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sábado, 6 de junio de 2026

SHIP UP

 



Hace mucho tiempo

me fui de Bluefields,

con una maleta pequeña,

dos camisas limpias

y un sueño grande

apretado en el pecho,

dice George McKenzie.

 

Dejé atrás la bahía,

oscura y mansa,

como si ella supiera

que yo no volvería igual.

 

Me fui embarcado

en un crucero enorme,

blanco como nube extranjera,

con luces encendidas

hasta en la madrugada.

 

Vi ciudades levantadas

a la orilla del mar,

puertos con nombres raros,

mujeres hablando idiomas

que yo apenas entendía,

hombres vestidos de lino,

niños rubios corriendo

sobre cubiertas brillantes.

 

Vi mares azules,

tan limpios y hondos,

que por un momento pensé

que el mundo era fácil

para los que tenían dinero.

 

Pero yo no iba de paseo.

 

Iba a trabajar.

 

Lavé platos,

cargué maletas,

limpié mesas,

sonreí cansado

a gente que nunca supo

cómo se llamaba mi tristeza.

 

Cada dólar guardado

tenía destino.

 

Una parte la mandaba a casa,

otra la ahorraba con paciencia

para levantar, algún día,

mi propia vivienda

en Bluefields.

 

Y así fue.

 

Con los años

levanté paredes,

puse techo firme,

colgué mi swing,

compré mi carro,

sembré flores frente al corredor

y regresé pensando

que la felicidad

me estaba esperando

sentada en la sala.

 

Pero mi casa estaba callada.

 

Mis hijos ya eran grandes.

Crecieron sin mis manos,

sin mi voz en la mañana,

sin mis pasos entrando

con pan de coco

o pescado fresco.

 

Mis amigos tampoco estaban.

 

Unos se fueron lejos,

otros se fueron bajo tierra,

y algunos quedaron perdidos

en las esquinas antiguas

de una ciudad

que también envejeció conmigo.

 

Ahora bajo al malecón

cuando cae la tarde.

 

Miro la bahía de Bluefields,

sus aguas oscuras,

sus pangas cansadas,

sus gaviotas regresando

como almas conocidas.

 

El viento me trae nombres.

 

Nombres de muchachos

que rieron conmigo,

que bebieron conmigo,

que soñaron conmigo

y bailábamos juntos en Mayo Ya

cuando no teníamos nada

y sin embargo

lo teníamos todo.

 

Entonces comprendo.

 

Mi viaje fue largo.

El barco fue grande.

El dinero llegó.

La casa quedó bonita.

El carro duerme dentro.

 

Pero algo de mí

se quedó navegando

en aquellos años perdidos.

 

Y cuando regreso solo

por las calles húmedas

de Bluefields,

sé que no todo sueño cumplido

trae descanso.

 

A veces uno vuelve

con las manos llenas,

pero con el corazón

mirando hacia atrás.

 

5/6 de Junio 2026.

 


jueves, 8 de mayo de 2014

LA EXPECTATIVA DE JUAN

Nehemías tomó la palabra y el auditorio quedó en silencio. El personal de los proyectos de Nueva Guinea y Kukra Hill, unas veinte personas, se acomodaron en sus pupitres para iniciar el curso sobre Planificación Sistémica. El día anterior, los de Nueva Guinea viajaron por tierra a El Rama y luego en panga hasta llegar a Pearl Lagoon, donde se reunieron por la noche para compartir al ritmo de guitarras y canciones creole en un bar ubicado sobre las aguas de la laguna. Ambos equipos de trabajo se llevaban bien y no desperdiciaban ocasión para intercambiar sobre su accionar en beneficio de las familias empobrecidas.
           
Nehemías lo había notado, lo expresó a la hora del desayuno. Ahora, caminando en semicírculos con su camisa manga larga color celeste y pantalón negro de paletones, en el fondo del auditorio del entonces CIEETS explicaba los objetivos del curso. “Ha sido diseñado para mejorar los niveles de planificación y gestión de cada uno de ustedes en su ámbito de trabajo”, dijo eufórico, sosteniendo en su mano izquierda unas tarjetas de apuntes multicolores y gesticulando como orador de mil batallas con su mano derecha.
           
Lo observaba desde la entrada al auditorio, yo estaba casi pegado a la pared, cerca de las gradas de acceso y la puerta principal. Los rayos de luz mañanera entraban por las ventanas del lado lateral derecho y lo iluminaban como reflectores a un actor en el escenario. La brisa cálida en colusión con la luz impregnó el ambiente con el denso aroma de almendros caribeños florecidos y Nehemías se notó falto de respiración por unos instantes hasta que lanzó una pregunta a los presentes. “¿Cuáles son sus expectativas del curso?” Todos quedaron en silencio, se miraban entre ellos sin responder. ¿Alguien puede decirme qué es una expectativa?, volvió a preguntar. Tras unos segundos de silencio, Juan levantó la mano. “Yo les puedo contar algo sobre las expectativas”, dijo y caminó hacia el frente hasta quedar al lado de Nehemías, quien lo observaba de lado, levantando la cabeza. “Explíquele al grupo”, le dijo.
           
“Les voy a contar, es algo que me sucedió hace ya muchos años cuando era un joven inocente”, dijo Juan sonriendo frente al grupo que lo escuchaba atento. “Fue durante un viaje que hicimos en el Instituto Cristóbal Colón a la isla de San Andrés para desarrollar un intercambio deportivo y cultural. Viajamos de noche en dos de los guardacostas que están en El Bluff. Al llegar nos alojaron, a hombres y mujeres, en una escuela,  acomodamos los colchones que nos dieron a los lados de las paredes de un aula. El primer día jugó el equipo femenino de volibol y allí la vi por primera vez, como todavía recuerdo: alta, pelo corto, delgada, con cinturita fina y piernas largas. Era la rematadora principal del equipo. La había visto en Bluefields, sabía dónde vivía, quiénes eran sus padres y hermanos, pero fue en San Andrés donde me iluminó como chispazo de quiebra plata en cuarto oscuro”.

“La primera noche que pasamos en esa escuela me fijé con lujo de detalles en el punto en que ella dormía, casi de frente a mí, al otro lado del aula, pasando todo el espacio vacío entre nosotros. A ambos lados de ella dormían dos de sus amigas. Al día siguiente jugué con mi equipo de basquetbol y ganamos con diez puntos de diferencia, a pesar de que el juez estaba en contra nuestra. Luego de jugar me fui directo a la cancha donde ella jugaba y, al terminar el juego que ganaron, me uní a su grupo de amigas y amigos para pasar el resto del día visitando Spratt Bay y la cueva de Morgan”.

    ¿Y la expectativa? —preguntó Nehemías mirando seriamente al grupo.
    A eso voy —respondió Juan y siguió su relato.

“Me hechizó, no podía separarme de ella ni dejar de verla en ese short cortito, ni apartar por un instante mi mirada de la cintura y sus piernas largas. La miraba y me correspondida de reojo con el pestañar de sus ojos gatos, esmeraldas como las aguas de la isla. Por la noche, luego de tender el colchón y ponerme un short y camiseta para dormir, tomé la decisión de trasladarme a su lado una vez que apagaron las luces. Hice los cálculos necesarios y media hora después que la oscuridad se apoderó del salón me comencé a mover como gato hacia ella. Cuando abandoné el colchón sentí un escalofrío que me subió por las rodillas pasando mi espalda hasta llegarme al cerebro, la emoción de sentirme a su lado. Iba en total silencio y escuchaba los latidos de mi corazón como tambores de guerra. Me detuve a la mitad del trayecto por un instante, traté de apartar la oscuridad para verla y me di cuenta que me faltaban cuatro gateadas más para llegar hasta sus pies. Mis manos sudaban, no por el contacto con el piso, sino por la desesperación de acariciar sus piernas.
           
“En la última gateada mi mano izquierda toco su colchón y con la derecha palpé como ciego hasta acariciar la planta de su piecito izquierdo. No reaccionó y me sentí con confianza. Me senté al lado del colchón y acaricié sus tobillos con la mayor ternura del mundo, subiendo suavemente por sus piernas. Ella correspondió mis caricias abriendo las piernas sin dar muestra de desconfianza. Con rapidez me subí al colchón, acomodándome entre sus piernas abiertas y busqué su húmedo sexo con mi mano derecha. Cuando traté de acariciarlo, ¡Dios Mío!, ¡qué susto!, ¡agarre el pene erecto de un hombre! Salí corriendo hacia otro lado”.

Todos nos carcajeamos por varios minutos, Nehemías también. Al notar que lo hacía, Nehemías se puso serio y dijo: “Qué buen ejemplo, esa fue una falsa expectativa”. “Sí, pero me sirvió de lección por muchos años y hasta ahora me atrevo a contarlo”, dijo Juan.
           
Los siguientes dos días se desarrolló con éxito el taller sobre Planificación Sistémica y, tanto los hombres como las mujeres del grupo, siempre consideraban las expectativas de la gente a la hora de elaborar el ejemplo de un plan con varias alternativas de acción. “Ese Juan es fiera”, dijo Nehemías al despedirnos en el muelle de Pearl Lagoon.


Miércoles, 07 de mayo de 2014

miércoles, 29 de diciembre de 2010

¿POR QUÉ ESCRIBES?

Muchas veces lo han preguntado. Siempre contesto lo mismo y ahora lo comparto con ustedes.

Escribo para mis amigos. Un día, uno de esos amigos de juventud que se han ido lejos, como arrastrado por un fuerte viento del mes de noviembre, pidió que le contara sobre la situación de mi pueblo, mi querido puerto de El Bluff. Solitario en la habitación de un hotel comencé a escribir y surgió sin esperarlo, fluyendo en imágenes y escenas, un relato con pintura reflejando mis añoranzas, penas y deseos sobre el puerto. Terminó solo, sin apurarlo, sin esperarlo. Se lo envíe y recibí felicitaciones de su parte. Lo volví a vivir, dijo. Un día se lo di a leer a una española compañera de trabajo en Ayuda en Acción y, sin hacer más comentarios, a los días me dijo: “vamos a Kukra Hill a una reunión de trabajo, nos encontramos en la Curva y luego nos vamos a El Bluff”. Caminamos juntos por las calles de El Bluff, le mostré mi puerto, su gente y cada sitio se lo describía como en el escrito, un antes y un después. Luego me envió un correo diciendo que había leído nuevamente y que ahora comprendía perfectamente la situación de mi puerto, dándome ánimos para que siguiera escribiendo. Por eso digo siempre que escribo por y para mis amigos y amigas. La fuente de mis escritos es la vida vivida.

Escribo porque al hacerlo me siento libre. Sí, por eso. Al escribir vivo en un mundo diferente. Me escapo de la realidad. Viajo a diferentes lugares, encuentro gente distinta, a veces buena y a veces mala, gente con sueños lindos, con penas, con odio, con pasión, amor, rencor; gente común y corriente como en la vida real, pero con la diferencia de que a ellos los puedo moldear a mi manera, los puedo convertir en personas felices, en desgraciados, en villanos y héroes. La vida real no me permite hacer eso. Si pudiera hacerlo no escribiría. Mi mujer a veces se enoja y dice “vivís como en la luna” y me rió de sus ocurrencias, pero al concluir un escrito ella es la primera crítica y, si ella no está, se lo leo en voz alta a la muchacha que nos ayuda en la casa, después de decirle deja de hacer lo que estas haciendo y siéntate, escucha y dime si a tus oídos les gusta lo que escuchas. Ambas son críticas, dicen si les gusta o no. La imaginación es mi aliada y casi siempre está de mi lado, nunca me abandona porque la lectura insaciable la atrapa, no la deja escapar.

Escribo porque me gusta. Porque escribir se ha convertido en un hábito. Cuando terminé mis estudios de primaria, al graduarme de sexto grado, mi padre me regaló una máquina de escribir portátil, una de esas pequeñas, mecánica. Por muchos años estuvo a mi lado, pero fue en la universidad que descubrí su utilidad. Luego del triunfo de la revolución, la universidad se convirtió en un caos con los planes de estudios y me encontré con que en un semestre debía llevar doce clases, después que las vacaciones se convirtieron para la eternidad. Iba a clases por la mañana, por la tarde y por la noche. Una resma de papel la dividía en tres partes, dándolas a empastar y me llevaba una de ellas para anotar consecutivamente las clases. Al regresar de cada turno pasaba las clases a máquina con copia en papel carbón y archivaba cada asignatura en un ampo. Si debía investigar me iba a la biblioteca y tomaba apuntes para luego pasarlos en limpio por la máquina de escribir, archivándolo en la asignatura y ampo correspondiente. A la hora de los exámenes me iba a los ampos y les daba una leída. Con la participación en las clases, los apuntes, la ampliación de ellos en la biblioteca y la escritura a máquina de los mismos ya había estudiado. Mis compañeros y compañeras de clases, al darse cuenta del motivo de mis altas notas, corrían siempre tras los apuntes pasados por la máquina de escribir para fotocopiarlos y, cuando eso no les bastaba, llegaban a mi casa a que les explicara, a que les diera la clase en una pizarra que habíamos habilitado en el fondo de la casa, bajo unos árboles de almendro; de esa manera seguía estudiando y escribiendo.

Durante muchos años me convertí en escritor de escritorio. El trabajo me absorbía y fui uno de esos escritores de estrategias, de planes, de programas, proyectos, de informes de seguimiento, de evaluaciones, de rendiciones de cuentas. Lo hacía como siempre, pegado en la realidad, con la terminología exquisita que se usa en los organismos internacionales de cooperación, a tal grado que muchas veces ya no era necesario que los “jefes” lo leyeran porque sabían que todo ello era perfecto, dibujado, pintado y convencedor, con completud, sin faltar ningún detalle.

Escribo todos los días. Muchos piensan que es de un tirón, pero no es así. Surge la idea, escribo un párrafo, lo dejo reposar, lo abandono, regreso a él, continúo, salgo, hago otras cosas, pero un angelito anda en la cabeza dando vueltas y vueltas hasta que termino de escribir. En ese momento sucede algo extraño, me da una sensación mezclada de alegría y tristeza. Alegría porque veo materializado el esfuerzo y tristeza porque no deseaba terminarlo.

Escribo porque quiero cambiar la realidad. ¿Qué razón tendría el hecho de escribir si no se aspira cambiar algo? Antes fue la juventud, después el compromiso por una Nicaragua mejor, luego trabajar junto a los pobres y excluidos por la construcción de un mundo justo en la era de la globalización. Ahora, mi nueva trinchera es escribir. Material acumulado hay a montón. La opinión pública fue el inicio y sigue siendo principalmente sobre la situación de mi amado Caribe Nicaragüense. Los diarios han publicado mis escritos, pero no publican todo, lo hacen según sus intereses. Ahora publicó por mi cuenta. Soy un escritor sin paga, libre, sin ataduras que me ahoguen. Trato de despojarme del yo en el homenaje al usted para llamar su atención y que su mente, sus sentidos, emociones y deseos se conviertan en mis aliados. Y lo seguiré haciendo porque creo que lo mejor esta por venir.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 23 de diciembre de 2010

lunes, 29 de noviembre de 2010

VOLVAMOS A SOÑAR


Foto: Flick/nicacatra/©
Los sueños son solo eso, dicen muchos. De qué sirve soñar, si al despertar nos enfrentamos a una realidad que perturba lo más profundo de nuestro ser, dislocando nuestros sentidos hasta convertirnos en seres humanos indiferentes a casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor, argumentan otros. Se refieren a ellos considerándolos únicamente como la actividad anímica del durmiente durante el estado de reposo.

Algunos dicen que soñar es cosa de niñas y niños. Construyen castillos de fantasía y el tiempo se encarga de destruirlos, al tener conciencia de las normas y reglas que los adultos hemos tejido para que se sujeten a ellas. Los soñadores son sólo eso, soñadores que puedes ver por todos lados, con vidas contrarias a las imaginadas, truncadas por ser impertinentes, desperdiciadas por un sueño inalcanzable, señalan otros.

¿Soñar despierto? Imposible. Nuestro tiempo no podemos desperdiciarlo en irrealidades. La vida agitada, abrumadora, donde actuamos como depredadores de nuestra propia especie, compitiendo contra todo y todos por espacio, empleo, dinero y reconocimientos, sin importar los daños que podamos ocasionar en nuestra frenética marcha de ambición y sobrevivencia; no podemos darnos el lujo de desperdiciar nuestro tiempo en quimeras.

La utopía dejó de ser colectiva y, sin darnos cuenta, se apropiaron de ella, es propiedad privada y los que la atesoran marcan las pautas con la intención de que actuemos sin ilusión propia. La convirtieron en partidos políticos, en poderes perversos del Estado, en campañas de propaganda electorera, en pintas grabadas en las paredes, en mensajes enlatados, vomitados miles de veces por los medios de comunicación para adormecernos; en cuentas bancarias a nombre de testaferros, en empresas que surgieron de la nada con efectos nefastos, manifestados en un pueblo hambriento; en niños que deambulan por las calles mendigando, en ingenieros sin ingenio, doctores vende brebajes contra todos los males, maestros sin vocación, profesionales sin empleo, en sexo que se oferta en las calles bajo la luz de los rótulos que reflejan brillantes sus eslogan y marcas.

Tratan de quitarnos hasta lo más íntimo, la posibilidad de soñar un mundo diferente. Debes pensar como ellos, tener sus mismos sueños aunque estés despierto, acompañarlos en sus marchas, en la promoción de sus nuevos productos, en sus batallas de garrotes y piedras, en sus restituciones de todo, arrogantes ante el derecho ajeno, porque de lo contrario no encuentras trabajo en sus instituciones ni empresas, y si lo tienes y no lo haces, caes nuevamente en la bruta y cruel realidad: desesperación, hambre y pérdida de autoestima. ¿Soñar con esa realidad?  Imposible, no más pesadillas.

Pero es posible cambiar la realidad, si todos, juntos a la vez, soñamos más allá de lo que a nuestro alrededor nos agobia; es cuestión de concentración, focalizarnos en lo deseado, en buscar el momento oportuno, el impulso necesario para convertirlos en realidad. Después de casi cinco décadas soñamos lo increíble y terminamos con una de las dictaduras más nefastas de Latinoamérica, ante la admiración del mundo entero; un día, luego de varios años de guerra entre hermanos, soñamos con la paz y la logramos.

¿Podemos encontrar en estos tiempos algo que nos unifique alrededor de un mismo sueño? Algo que esté por encima de defender la soberanía nacional, de lo cotidiano apremiante, de necesidades individuales insatisfechas; de partidos políticos que nos dividen como un cerco de espinas y al cruzarlo hiere y marca para siempre; mayor que la acumulación desesperada de riqueza; mayor al ejercicio del poder, que termina con quienes lo ejercen en un estado esquizofrénico, vacíos y arrinconados en los libros de historias mal contadas; algo que durante miles de años, en su búsqueda, la humanidad ha derramado sangre, derribado murallas y reventado cadenas; algo que no tiene precio, pero sí valor, un valor propio del ser humano, humanizador: el libre albedrío, la libertad. ¡Por supuesto que sí! Por ello vale la pena soñar. ¡Volvamos a soñar y reinventemos la utopía para convertirla en realidad!

 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Sábado, 27 de noviembre de 2010