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viernes, 10 de mayo de 2013

UNA PAUSA POR LA SALUD DE MI ALMA


El que escribe necesitar con urgencia someter ante otros su trabajo. Yo lo hago aunque no esté seguro si soy lo suficientemente bueno para que aparezcan publicados en las páginas culturales de los periódicos. Siempre los envió aun cuando los publico en mi blog porque estoy seguro que al hacerlo me desarrollo en el arte de escribir. Sin embargo, cuando lo hago puedo oler el peligro, palpar el riesgo del fracaso y me siento vulnerable. Tal vez me he convertido en un cínico por hacerlo muy seguido o quizás me he quemado demasiado. ¿Cómo escribir de tal forma que no se agote la creatividad, que no se apague la llama de la inspiración, que la escritura sea un regalo y no una tarea más?

Escribo todos los días. Siempre someto mis escritos. Escribo de la mejor manera posible pero de ahora en adelante dejare de hacerlo dos veces a la semana. No más escritos, no más cuentos, no más relatos, no más envíos ni publicaciones en mi blog. Mis envíos serán para mí,  para descansar, pasar tiempo con mi familia, mis nietos. Comeré, beberé y disfrutare la vida que hasta hoy he dado a través de mis envíos.

Vivo en el trópico húmedo, en Nueva Guinea, uno de los municipios más fascinantes de Nicaragua. Llueve nueve meses al año y tres son secos, sin una gota de agua. Me acompañan días lluviosos, atardeceres soleados, las fases del ciclo agrícola con sus encantos y desencantos como espejo de la vida misma.

Escribo todos los días para publicar mis escritos y someterlos a otros. Lo hago porque soy escritor y porque los escritores escriben para otros. Dos veces a la semana dejare de hacerlo, de someter mis escritos y de preocuparme por la publicación de ellos.  En cambio me someteré a descansar, no escribiré y si lo hago, no lo haré para otros. Lo haré para mí mismo y por la salud de mi alma. Es una pausa y de ella cosechare abundancia para seguir adelante.

Viernes, 10 de mayo de 2013

miércoles, 28 de diciembre de 2011

EL PICAPEDRERO

Un día estaba escribiendo una historia de esas que a muchos de ustedes les gustan, con todas las cositas necesarias para embrujarlos desde la entrada: una buena trama con los personajes idóneos, con sus debilidades y fortalezas, enfrentados en una lucha feroz donde solamente uno de ellos podía ganar. Llegó un momento en que cobraron vida, me quedé sorprendido: no encontraba el final. Trataba de concluirla de diferentes maneras, empujando las palabras, girándolas, volteándolas para encontrar esa chispa que provoca la magia para conseguir un cierre digno y me di cuenta que no acertaba. Se rebelaron en mi contra. Me di cuenta en ese momento que debía dejar de escribir. Y lo hice.
           
Con calculadora en mano, me doy cuenta que he contado muchas historias, algunas buenas, otras regulares y muchas malas. Es normal, escribir no es fácil. De un pasatiempo se ha convertido en una adicción. No puedo dejar de escribir en este blog, pero voy a hacer el intento. No crean que escriba de gratis, no. Tiene un costo y muy alto. Ahora que llegamos a diciembre, un mes mágico, voy a tomar unas vacaciones. No voy a Cancún ni a Nueva York, no voy a ningún lado, pero me voy de vacaciones. Me voy contento, hago una pausa para meditar cómo voy a hacer para lograr lo que me propongo el próximo año.

Algunos dirán qué diablos importa lo que hagas con tu vida, pero debo comunicárselos, porque de eso se trata esto: mantener el hilo de la nuestra. Tengo planes y son maravillosos. No, trabajar ya no, trabajé desde los 18 años y a esta edad, aunque no lo crean, me ofrecieron un trabajo de jefe a nivel nacional de un proyecto financiado por una organización de las Naciones Unidas y, aunque la paga era súper tentadora, lo rechacé desde la entrada. Problemas, envidias, cizañas, puñaladas por la espalda, serruchaderas de piso, enemigos gratis, ya no. Suficiente, ¿verdad?

Siempre he sido maestro y volveré a serlo, creo que al final ese es mi mejor perfil. Fíjense que en estos días unos clientes hicieron un taller de tres días y se hospedaron en mi negocio; para que no se durmieran en el taller, inventé la dinámica de leerles mis historias, mis mentiritas casi ciertas y diario les leía, una en la mañana y otra por la tarde. Se fueron encantados y por la atención que brindo. Pero mayor fue la satisfacción que yo tuve. Es increíble, escribir las historias y que ustedes las lean es genial, pero que yo lea las historias que escribo es otra cosa, no tiene precio, es inspirador, revelador. Me dedicaré un parte del año a provocar, a entusiasmar, a contagiar a otros a que cuenten sus historias.
           
También voy a seleccionar, mejorar y editar las más de 170 entradas que tengo en este blog, agregando unas chispeantes, para regalarles en el próximo año un librito. Sí, ya lo sé, voy a necesitar reales para ello, pero los reales al final salen sobrando. ¿Qué difícil? Ya lo sé, pero si necesito la ayuda de ustedes se los comunicaré. Dicen que todos debemos hacer tres cosas importantes en la vida: formar una familia, construir una casa y escribir un libro. Ya tengo las dos primeras, intentaré lograr la tercera.
           
Estaré bastante ocupado, espero que la tentación de escribir en este blog no supere lo que me propongo porque tengo un plan grande; y me voy a focalizar en ello. Como dijo Juan Carlos Onetti… “Cuando un escritor pide a la literatura algo más que los elogios de honrados ciudadanos que son sus amigos, podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier cosa, pero seguirá escribiendo. No porque tenga un deber a cumplir consigo mismo, ni una urgente defensa cultural que hacer, ni un premio para cobrar. Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia”. Si la nostalgia me invade hasta enloquecerme como el encadenado que pica piedras, siempre los buscaré.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 28 de diciembre de 2011

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿CÓMO QUIERE QUE LO CUENTE?

Sin luces, micrófonos, cámaras y un auditorio repleto, te voy a contar cómo lo cuento. Ya lo sabes, es sólo un intento porque ahora, después de ver un video en una de las páginas que más frecuento, unos periodistas cuentan que están desarrollando un taller para ellos y estudiantes de comunicación sobre cómo contar historias, cómo escribir crónicas y se me ocurrió contarte cómo trato de hacerlo.
           
A propósito, lo que están haciendo es una campanada de alerta para los grandes medios de comunicación, los dueños y sus editores, esos que con cierta arrogancia y dependiendo de su estado de ánimo desechan en el cesto de la basura lo que con mucho esfuerzo tratamos de contarte. Ojo, mucho ojo facultades de ciencias de la comunicación, el viejo esquema, el “lead” con sus respuestas a las seis W: ¿qué?, ¿quién?, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿dónde? y ¿cómo?, se está quedando atrás con el desarrollo tecnológico y los nuevos medios de comunicación. Los lectores, los que consumen las palabras escritas, la razón de ser de los medios escritos, se están aburriendo.
           
El género periodístico es diverso. La tipología anglosajona, basada en la frase “facts are sacred, ideas free” —los hechos son sagrados, las ideas libres— lo clasifica en dos tipos. Por un lado, el que da a conocer hechos como la noticia, el reportaje y la crónica; por otro, el artículo de opinión y el editorial que dan a conocer ideas. En los primeros, siguiendo la frase de que los hechos son sagrados, son bien rigurosos, a tal grado que te obligan a corroborarlos hasta extenuarte. La crónica se enmarca en lo que ha pasado y el periodista la interpreta directamente sobre los hechos. Contar historias, hacer una crónica, es fascinante para el que quiere ir más allá de lo tradicional. Interpretar los hechos y cautivarte con ellos es el reto.
 
Lo primero que hago es elaborar un plan. Antes elaboro una lista de temas que han estado dando vuelta y vuelta en mi cabeza. Esos temas se encuentran a nuestro alrededor, en la vida diaria, en la lucha constante por construir una vida mejor. ¿Lucha? Sí, lucha. La vida sin lucha no es vida. Todos y todas luchamos contra algo o alguien que se opone en la consecución de nuestras metas, siempre hay oponentes y de esa lucha se deriva la historia que te voy a contar. A veces la lucha es interna, contra nosotros mismos, pero esa parte es otro cuento. Historias hay muchas que contar. Debes estar claro del objetivo, es decir ¿para qué?, cuáles son los motivos que tienes para contarlo. ¿Quién es el destinatario? Es decir, para quién lo escribes, porque debes despojarte del yo en homenaje al usted. Con esos aspectos resueltos ya vas avanzando.
           
Comienza a escribir tu historia, no te detengas. No tengan miedo nunca a la crítica, siempre habrá alguien que quiere demolerte de entrada. Debes saber dónde empezar y dónde concluir. Toda historia tiene un principio, un ambiente, un desarrollo y una conclusión, igual que la vida misma. Tú decides dónde empezar. Puedes hacerlo al final de la historia cuando “fueron felices para siempre” y retroceder en el tiempo. Ojo, el tiempo es importante para los que te leen; tienes que ir al grano, pero no hay que ser rudos, no sueltes toda la historia de una vez, emplea la “teoría del iceberg”, esa que dice que el iceberg sólo muestra el diez por ciento de su masa ante nuestros ojos. Recuerda que el editor es tu enemigo y la extensión de tu historia la utilizará como pretexto para desecharla. Escoge bien las palabras, nunca emplees esas rebuscadas y trata de mantener a tu lado varios diccionarios. Recuerda que nos comunicamos dialogando, así que emplea diálogos, pero no cargues mucho tu historia con ellos y debes aprender a construirlos en desborde. La tentación de describir siempre te va a atrapar, hazlo pero no en exceso. Recuerda que narrar y describir no es lo mismo, narrar es relatar y describir es pintar, emplea el lápiz como un pintor el pincel.
           
Emplea escenas como en las películas o en el teatro, intenta que los que leen se aproximen a tus personajes como el lente de una cámara en “close up” o en alejamiento. Debes conocer bien a los personajes, como que fueran de tu propia familia y recuerda que son seres humanos que tienen temores, vicios, alegrías y malicias. No te olvides de la acción, sin acción no hay movimiento. Reflexiona y analiza lo que sucede, entrégales el micrófono para que sean las personas las que opinen. Llegará un momento donde tu historia debe resolverse, “la crisis de la acción”, el punto donde los conflictos se resuelven y de allí en adelante la acción cae, termina la lucha y se da la resolución de tu historia. Lo puedes hacer de diferentes maneras, pero no creas que es fácil.
           
Cuando termines tu historia, no te llenes de mucho orgullo. Conviértete en carpintero, utiliza el cepillo y la lija, debes pulirla y sacarle brillo. Desecha en ese momento lo que puedas, corrige y corrige como cuando comenzaste a escribir, con entusiasmo. Compártela, entrégasela a un amigo sincero para que la lea. Él sabrá valorarla, te dirá si encontró sensaciones y sonidos agradables en las palabras y en cada frase al entrar por sus ojos hasta hacer chispas con las neuronas, trasladándose a vivirlo en carne propia, desde la comodidad de la cama o el sillón, sin asumir ningún riesgo. Él te dirá si la trama que preparaste para intrigarlo, convencerlo, convertirlo en tu aliado, enojarlo, alegrarlo, carcajearse o entristecerlo, lo atrapó. Si tu historia es buena, al concluir su lectura, te aseguro que se ha quedado en suspenso, pensando en las palabras, en las imágenes grabadas en su corazón, mente y piel, o subrayadas en el papel. Ese es el premio del esfuerzo.
           
Anímate, cuenta tus historias. Si eres libre, olvídate del editor, tarde o temprano se convencerá que las mejores historias son las que ha enviado al cesto de la basura. Si no lo eres, insiste, abrúmalo con tus historias, un día se cansará.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Sábado, 26 de noviembre de 2011

miércoles, 29 de diciembre de 2010

¿POR QUÉ ESCRIBES?

Muchas veces lo han preguntado. Siempre contesto lo mismo y ahora lo comparto con ustedes.

Escribo para mis amigos. Un día, uno de esos amigos de juventud que se han ido lejos, como arrastrado por un fuerte viento del mes de noviembre, pidió que le contara sobre la situación de mi pueblo, mi querido puerto de El Bluff. Solitario en la habitación de un hotel comencé a escribir y surgió sin esperarlo, fluyendo en imágenes y escenas, un relato con pintura reflejando mis añoranzas, penas y deseos sobre el puerto. Terminó solo, sin apurarlo, sin esperarlo. Se lo envíe y recibí felicitaciones de su parte. Lo volví a vivir, dijo. Un día se lo di a leer a una española compañera de trabajo en Ayuda en Acción y, sin hacer más comentarios, a los días me dijo: “vamos a Kukra Hill a una reunión de trabajo, nos encontramos en la Curva y luego nos vamos a El Bluff”. Caminamos juntos por las calles de El Bluff, le mostré mi puerto, su gente y cada sitio se lo describía como en el escrito, un antes y un después. Luego me envió un correo diciendo que había leído nuevamente y que ahora comprendía perfectamente la situación de mi puerto, dándome ánimos para que siguiera escribiendo. Por eso digo siempre que escribo por y para mis amigos y amigas. La fuente de mis escritos es la vida vivida.

Escribo porque al hacerlo me siento libre. Sí, por eso. Al escribir vivo en un mundo diferente. Me escapo de la realidad. Viajo a diferentes lugares, encuentro gente distinta, a veces buena y a veces mala, gente con sueños lindos, con penas, con odio, con pasión, amor, rencor; gente común y corriente como en la vida real, pero con la diferencia de que a ellos los puedo moldear a mi manera, los puedo convertir en personas felices, en desgraciados, en villanos y héroes. La vida real no me permite hacer eso. Si pudiera hacerlo no escribiría. Mi mujer a veces se enoja y dice “vivís como en la luna” y me rió de sus ocurrencias, pero al concluir un escrito ella es la primera crítica y, si ella no está, se lo leo en voz alta a la muchacha que nos ayuda en la casa, después de decirle deja de hacer lo que estas haciendo y siéntate, escucha y dime si a tus oídos les gusta lo que escuchas. Ambas son críticas, dicen si les gusta o no. La imaginación es mi aliada y casi siempre está de mi lado, nunca me abandona porque la lectura insaciable la atrapa, no la deja escapar.

Escribo porque me gusta. Porque escribir se ha convertido en un hábito. Cuando terminé mis estudios de primaria, al graduarme de sexto grado, mi padre me regaló una máquina de escribir portátil, una de esas pequeñas, mecánica. Por muchos años estuvo a mi lado, pero fue en la universidad que descubrí su utilidad. Luego del triunfo de la revolución, la universidad se convirtió en un caos con los planes de estudios y me encontré con que en un semestre debía llevar doce clases, después que las vacaciones se convirtieron para la eternidad. Iba a clases por la mañana, por la tarde y por la noche. Una resma de papel la dividía en tres partes, dándolas a empastar y me llevaba una de ellas para anotar consecutivamente las clases. Al regresar de cada turno pasaba las clases a máquina con copia en papel carbón y archivaba cada asignatura en un ampo. Si debía investigar me iba a la biblioteca y tomaba apuntes para luego pasarlos en limpio por la máquina de escribir, archivándolo en la asignatura y ampo correspondiente. A la hora de los exámenes me iba a los ampos y les daba una leída. Con la participación en las clases, los apuntes, la ampliación de ellos en la biblioteca y la escritura a máquina de los mismos ya había estudiado. Mis compañeros y compañeras de clases, al darse cuenta del motivo de mis altas notas, corrían siempre tras los apuntes pasados por la máquina de escribir para fotocopiarlos y, cuando eso no les bastaba, llegaban a mi casa a que les explicara, a que les diera la clase en una pizarra que habíamos habilitado en el fondo de la casa, bajo unos árboles de almendro; de esa manera seguía estudiando y escribiendo.

Durante muchos años me convertí en escritor de escritorio. El trabajo me absorbía y fui uno de esos escritores de estrategias, de planes, de programas, proyectos, de informes de seguimiento, de evaluaciones, de rendiciones de cuentas. Lo hacía como siempre, pegado en la realidad, con la terminología exquisita que se usa en los organismos internacionales de cooperación, a tal grado que muchas veces ya no era necesario que los “jefes” lo leyeran porque sabían que todo ello era perfecto, dibujado, pintado y convencedor, con completud, sin faltar ningún detalle.

Escribo todos los días. Muchos piensan que es de un tirón, pero no es así. Surge la idea, escribo un párrafo, lo dejo reposar, lo abandono, regreso a él, continúo, salgo, hago otras cosas, pero un angelito anda en la cabeza dando vueltas y vueltas hasta que termino de escribir. En ese momento sucede algo extraño, me da una sensación mezclada de alegría y tristeza. Alegría porque veo materializado el esfuerzo y tristeza porque no deseaba terminarlo.

Escribo porque quiero cambiar la realidad. ¿Qué razón tendría el hecho de escribir si no se aspira cambiar algo? Antes fue la juventud, después el compromiso por una Nicaragua mejor, luego trabajar junto a los pobres y excluidos por la construcción de un mundo justo en la era de la globalización. Ahora, mi nueva trinchera es escribir. Material acumulado hay a montón. La opinión pública fue el inicio y sigue siendo principalmente sobre la situación de mi amado Caribe Nicaragüense. Los diarios han publicado mis escritos, pero no publican todo, lo hacen según sus intereses. Ahora publicó por mi cuenta. Soy un escritor sin paga, libre, sin ataduras que me ahoguen. Trato de despojarme del yo en el homenaje al usted para llamar su atención y que su mente, sus sentidos, emociones y deseos se conviertan en mis aliados. Y lo seguiré haciendo porque creo que lo mejor esta por venir.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 23 de diciembre de 2010