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lunes, 29 de noviembre de 2010

VOLVAMOS A SOÑAR


Foto: Flick/nicacatra/©
Los sueños son solo eso, dicen muchos. De qué sirve soñar, si al despertar nos enfrentamos a una realidad que perturba lo más profundo de nuestro ser, dislocando nuestros sentidos hasta convertirnos en seres humanos indiferentes a casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor, argumentan otros. Se refieren a ellos considerándolos únicamente como la actividad anímica del durmiente durante el estado de reposo.

Algunos dicen que soñar es cosa de niñas y niños. Construyen castillos de fantasía y el tiempo se encarga de destruirlos, al tener conciencia de las normas y reglas que los adultos hemos tejido para que se sujeten a ellas. Los soñadores son sólo eso, soñadores que puedes ver por todos lados, con vidas contrarias a las imaginadas, truncadas por ser impertinentes, desperdiciadas por un sueño inalcanzable, señalan otros.

¿Soñar despierto? Imposible. Nuestro tiempo no podemos desperdiciarlo en irrealidades. La vida agitada, abrumadora, donde actuamos como depredadores de nuestra propia especie, compitiendo contra todo y todos por espacio, empleo, dinero y reconocimientos, sin importar los daños que podamos ocasionar en nuestra frenética marcha de ambición y sobrevivencia; no podemos darnos el lujo de desperdiciar nuestro tiempo en quimeras.

La utopía dejó de ser colectiva y, sin darnos cuenta, se apropiaron de ella, es propiedad privada y los que la atesoran marcan las pautas con la intención de que actuemos sin ilusión propia. La convirtieron en partidos políticos, en poderes perversos del Estado, en campañas de propaganda electorera, en pintas grabadas en las paredes, en mensajes enlatados, vomitados miles de veces por los medios de comunicación para adormecernos; en cuentas bancarias a nombre de testaferros, en empresas que surgieron de la nada con efectos nefastos, manifestados en un pueblo hambriento; en niños que deambulan por las calles mendigando, en ingenieros sin ingenio, doctores vende brebajes contra todos los males, maestros sin vocación, profesionales sin empleo, en sexo que se oferta en las calles bajo la luz de los rótulos que reflejan brillantes sus eslogan y marcas.

Tratan de quitarnos hasta lo más íntimo, la posibilidad de soñar un mundo diferente. Debes pensar como ellos, tener sus mismos sueños aunque estés despierto, acompañarlos en sus marchas, en la promoción de sus nuevos productos, en sus batallas de garrotes y piedras, en sus restituciones de todo, arrogantes ante el derecho ajeno, porque de lo contrario no encuentras trabajo en sus instituciones ni empresas, y si lo tienes y no lo haces, caes nuevamente en la bruta y cruel realidad: desesperación, hambre y pérdida de autoestima. ¿Soñar con esa realidad?  Imposible, no más pesadillas.

Pero es posible cambiar la realidad, si todos, juntos a la vez, soñamos más allá de lo que a nuestro alrededor nos agobia; es cuestión de concentración, focalizarnos en lo deseado, en buscar el momento oportuno, el impulso necesario para convertirlos en realidad. Después de casi cinco décadas soñamos lo increíble y terminamos con una de las dictaduras más nefastas de Latinoamérica, ante la admiración del mundo entero; un día, luego de varios años de guerra entre hermanos, soñamos con la paz y la logramos.

¿Podemos encontrar en estos tiempos algo que nos unifique alrededor de un mismo sueño? Algo que esté por encima de defender la soberanía nacional, de lo cotidiano apremiante, de necesidades individuales insatisfechas; de partidos políticos que nos dividen como un cerco de espinas y al cruzarlo hiere y marca para siempre; mayor que la acumulación desesperada de riqueza; mayor al ejercicio del poder, que termina con quienes lo ejercen en un estado esquizofrénico, vacíos y arrinconados en los libros de historias mal contadas; algo que durante miles de años, en su búsqueda, la humanidad ha derramado sangre, derribado murallas y reventado cadenas; algo que no tiene precio, pero sí valor, un valor propio del ser humano, humanizador: el libre albedrío, la libertad. ¡Por supuesto que sí! Por ello vale la pena soñar. ¡Volvamos a soñar y reinventemos la utopía para convertirla en realidad!

 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Sábado, 27 de noviembre de 2010

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL CALLEJON OLVIDADO

I

¡Pasajeros del vuelo 453 de American Airlines con destino a la ciudad de Miami, por favor pasar a chequeo en la sala de migración! ¡Se les recuerda llevar a mano su pasaporte y boleto de embarque! ¡Este es el primer llamado! Esa voz de mujer, oculta tras los altoparlantes, sosegadora de angustias, hace que Joseph Norton se levante, abandone los pensamientos nostálgicos y se dirija a una vida nueva, a la aventura esperada por años, al trabajo de navegante. Ha logrado su sueño de ser un ship out man.

Se encuentra solitario, sus familiares están reunidos en Bluefields, tan anhelantes como él. Minutos antes ha conversado con su madre por teléfono. Le ha dicho que siempre se encomiende a Dios, que estará en sus plegarias y que nunca olvide su gente, sus raíces y su historia. Por su parte, Benjamín, su padre, le ha dicho: “no te preocupes, cuidaré a tus hermanos menores y a tu madre, disfruta el trabajo, descubrirás el mundo, la vida es corta y pronto volveremos a estar juntos, no tienes nada de qué avergonzarte, debes ser fuerte y evitar problemas”. Al abordar el avión y acomodarse en la sección 24C su ansiedad disminuye. Está nervioso, es su primer vuelo. Al elevarse la aeronave, sus recuerdos retroceden en el tiempo, vuelan hacia su barrio y al callejón donde ha crecido.

— ¿Vas a llamarme por teléfono? —pregunta Ivy con lágrimas que transitan amargas por sus mejillas.
— ¡Sí, mi amor, no habrá un día en que deje de hacerlo! —responde Joseph al mismo instante que se levanta de la cama en busca de su ropa. La observa frágil, dolida por la despedida.
— ¡Prometo esperarte toda la vida si es necesario! ¡Nada ni nadie podrá evitar que te siga amando! ¡Mi amor es sólo tuyo y para siempre! —concluye Ivy mientras Joseph se acerca a ella, toma su mano y le pone un anillo de compromiso en el dedo anular izquierdo.
— ¡Mi amor, mi vida!, ¡siempre he esperado este momento! —dice Ivy y se aferra a él como una niña con el corazón palpitante de emoción, con la alegría que le brinda la confirmación del anillo. Lo conoce bien, desde que eran niños y jugaban por todos los rincones del callejón de Beholden. Está segura que cumplirá la promesa.

Joseph recuerda este momento con dolor por la separación de su novia, amiga y cómplice de penas y sueños. Regresan a su mente los primeros besos que a escondidas se dieron bajo el viejo cocotero plantado en una de las esquinas, testigo de su amor y de la vida tormentosa y desesperada que se filtra desvaneciéndose en el callejón. Su padre le ha dicho que de nada debe avergonzarse y esas palabras inhiben lo más profundo de su existencia.

Se encuentra en la entrada principal del callejón, entre la esquina que lleva a la casa de Stubbs y la calle en dirección a la iglesia San Martín. Aún no cumple los dieciséis años. Asiste a clases en el colegio de Breda Wine por la mañanas y por las tardes ejerce las funciones de enlace entre los asiduos visitantes y extraños que recurren en busca de lo prohibido. Todos lo conocen, es el que media entre la ansiedad y la felicidad, entre la realidad y la fantasía, es la conexión con el mercader de la droga: cocaína, crack y la yerba que exalta sonrisas y pensamientos profundos. Sin él nadie logra lo deseado. Conoce a todos y le es fiel a Zangó, el hombre, el rey del callejón, el mercader invisible.

— ¡Nunca te atrevas llevar a mi casa a una de esas almas en pena! —dice Zangó. Ni que se trate del presidente del consejo regional, ni el alcalde. Ninguna persona puede conocer mi casa.
— No te preocupes, ninguna persona cruzará el callejón en tu búsqueda —le asegura Joseph. Inquieto le pregunta: ¿cómo haces cuando te buscan por las mañanas, cuando estoy en clases?
— Eso no es asunto tuyo. Tu puesto está cubierto por otra persona que no conoces ni debe interesarte —responde el mercader mientras asoma la cabeza a través de la ventana que está contigua al andén principal del callejón.

Zangó es misterioso, cauteloso y desconfiado como una fiera herida. Por las mañanas, mientras Joseph acude a la escuela, Dorothy, una muchacha de quince años que estudia por las tardes, ocupa su puesto. Durante su turno de enlace pasa inadvertida pelando cocos secos con un machete corto y filoso, acomodada en un banco de madera bajo la sombra de un árbol de pera de agua. Ese es su señuelo, pelar cocos, así es identificada por los tránsfugas de la realidad, evasores de penas y por los que se prestan a adquirir el boleto a ello.

Ambos han sido reclutados a través de familiares cercanos necesitados de la misma mercancía y por la carencia del dinero en el hogar familiar. Son los tiempos en que el trabajo ha abandonado Bluefields y únicamente pueden adquirirlo los que se han involucrado en actividades políticas y partidistas. La chamba es escasa y acarrear maletas de turistas en los muelles o salir a pescar a la bahía no alcanza para las necesidades crecientes de las familias. Zangó, de manera cumplida le entrega semanalmente a Joseph un sobre con la suma de mil quinientos córdobas y nunca se le ha ocurrido ni interesado preguntar por la cantidad que recibe Dorothy.

Además del turno que ejercía por las tardes, Joseph se encargaba de la misión más importante asignada por Zangó. En la madrugada de todos los jueves, entre las tres y cuatro de la mañana, después que ha terminado la fiesta en Four Brothers y Sima Club, debe esperar en su puesto de enlace una camioneta Toyota Prado color blanco. A las tres de la mañana en punto, Zangó le entrega un maletín “samsonite” con llave de combinación y al detenerse la camioneta abre la puerta trasera, coloca el maletín al fondo, junto al respaldar del asiento, y retira un saco de bramante con veinte kilogramos de peso. Sin revisar el contenido y mirar la cara de los ocupantes camina de prisa por el callejón hasta la casa de Zangó y lo entrega. Horas antes, el mismo día de todas las semanas, una camioneta Toyota Hilux de color celeste con plomo y luces intermitentes, recorre el barrio ahuyentando a los transeúntes, despejando el camino para consumar la operación; igual al campesino que labra la tierra para luego plantar la semilla que deberá dar sus frutos.

Los fines de semana son los más alegres en la vida de la gente del callejón. Salen de compra, se dirigen al mercado y visitan las principales tiendas de abarrotes. Zangó comparte con sus vecinos una parte de las ganancias de su próspero negocio. Se han convertido en sus cómplices, servidores y guardianes. Es el líder del callejón, la autoridad real, el que dicta lo que debe hacerse y lo prohibido. Antes lo fue Kahló, Janté y Zambá. Todos ellos ocupantes del trono por sucesión, un reinado no mayor a los quince años, una herencia real ganada por la confianza depositada en ellos por los habitantes del callejón, pero consagrada por la mano y el rostro invisible del poder. Ninguno de ellos, reyes sin corona, ostentan su riqueza; todo lo contrario, viven en las penumbras, en la casa de madera y techo de zinc más vieja, la casa que desprende un olor a madera en estado de descomposición por la invasión de las termitas y el pasar de los años sin que sus inquilinos se percaten de ello. El mismo olor que Zangó desprende de su aliento, sudor y orina.

Joseph conoció desde niño las normas establecidas en el callejón. Sin cuestionarse ni preguntar el por qué de ese particular modo de vivir, aceptó con naturalidad el trabajo de enlace, un trabajo de prestigio que garantizaba la continuidad de la vida de ancianos abandonados, de mujeres con hijos sin padres a cargo, de jóvenes drogadictos ambulantes y de hombres maduros sin sueños, esperanzas ni anhelos. También comprendió porque la mercancía de Zangó era la de mejor calidad, garantía de su alta demanda y las razones por las que nunca escaseaba, aun cuando en los titulares de los principales periódicos nacionales y en las radios locales anunciaban grandes decomisos de droga a narcotraficantes en alta mar y quiebres de puestos de venta en otros barrios de la ciudad.

La última madrugada del jueves en su puesto de enlace, al estacionarse la camioneta y depositar el maletín, encontró el saco acostumbrado y una bolsa de papel con un contenido enrollado. Una voz desde la cabina le dijo: “haz lo de siempre, pero no entregues la bolsa a Zangó, quédate con ella y guarda su contenido en una cuenta bancaria a nombre de tu padre para que en tu ausencia cubra los gastos de la familia mientras te acomodas y puedas ayudarle”. Zangó le explico a Joseph esta generosa medida como producto del nivel de estima de los seres invisibles de la camioneta, por su constancia y fidelidad. También le dijo que debía hacer exactamente lo que indicaban, luego de tomar una parte para emprender su viaje. Fue con su padre al banco e hizo la apertura de una cuenta de ahorro por la suma de tres mil dólares.

Nunca probó la droga, ninguna de las extremas, a excepción de un puro de marihuana ocasionalmente. Sus sueños no se lo permitían. Deseaba salir del callejón, dejar esa viciada vida, ver otro mundo. La oportunidad le llegó luego de hacer los trámites en la agencia de reclutamiento de marinos ubicada en su mismo barrio, después de concluir sus estudios de bachillerato. De unos trescientos aspirantes para ser ship out man, fue uno de los cinco elegidos y ahora que volaba hacia Miami en busca de sus sueños, nostálgico por su barrio, por el amor de Ivy y el mismo callejón, se preguntaba si las manos y rostros invisibles de la camioneta de los jueves habían intervenido en su favor.

Sus recuerdos se desvanecieron al escuchar el anuncio de la llegada del vuelo al aeropuerto internacional de Miami. Al salir de aduanas un empleado de la empresa naviera que lo empleaba sostenía una hoja impresa con su nombre: Joseph Norton. Se sintió libre, importante, comprendió que su vida cambiaria para siempre.

II

La empresa Majestic Sea le brindó la oportunidad esperada. Inicialmente tuvo que pasar un curso a bordo de un crucero para especializarse como asistente de camarotes. El dominio del inglés y del español fue una ventaja que supo aprovechar para ganarse el puesto y la confianza de su jefe inmediato. Después de quince días en alta mar firmó su primer contrato por un año con la posibilidad de renovarlo. Una vez firmado llamó entusiasmado a Ivy dándole la noticia y preguntando sobre su familia. Su sueldo básico mensual era de mil quinientos dólares, sin incluir las propinas generosas que los turistas entregan voluntariamente a los empleados que por su esmero se las merecen. En sus viajes como asistente de camarote tenía garantiza la alimentación, el vestuario y una buena cama donde descansar. Ese ambiente limpio y reluciente, con olor a nuevo y ordenado, le parecía un espejismo cuando los recuerdos del callejón regresaban a él.

Siempre fue amistoso con sus compañeros, lo que le permitió ganarse el cariño y respeto de ellos. Estaba a cargo de varios camarotes y suites. En su labor se esforzó al máximo, asegurándose que estuviera siempre en orden, garantizando a los turistas unas vacaciones placenteras. Cambiaba la ropa de cama y limpiaba totalmente las habitaciones y, al concluir su labor, antes de cerrar la puerta, revisaba cada rincón del camarote dos o tres veces. No descuidaba ningún detalle. Si un huésped usaba espejo de mano, lo limpiaba. Si encontraba abierta una computadora portátil, le quitaba el polvo. Esos detalles lo hacían merecedor de jugosas propinas y el primer mes de trabajo logró juntar setecientos dólares.

Además del salario y las propinas, lo que más le gustaba a Joseph del trabajo en el crucero eran los viajes. En su primer año conoció las Bermudas, Cozumel, Gran Caimán, Puerto Rico, República Dominicana, Panamá y varias islas de las antillas menores. En cada uno de estos destinos aprovechaba para salir junto con sus compañeros de trabajo y llamaba a Ivy para contarle las maravillas de esos mundos y recordarle su promesa de amor. Ivy, por su parte, le comentaba la situación de su casa, del barrio y el callejón, así como la confirmación de la transferencia mensual de trescientos dólares que hacia a su nombre para entregárselos a su padre.

Al concluir el primer año como asistente de camarotes en la naviera Majestic Sea le comunicaron que debía tomar un mes de vacaciones y le extendieron el contrato por tres años renovables. Al regresar a Fort Lauderdale, proveniente de Martinica para tomar sus vacaciones, el boleto de regreso a Bluefields lo esperaba.

III

Ivy fue a su encuentro en el aeropuerto que cambia de nombre según el partido político que ostenta el poder: para los de derecha Las Mercedes y para los cristianos, socialistas y solidarios, Augusto Cesar Sandino. Desde que lo vio a través de los ventanales de vidrio se dio cuenta de lo mucho que había cambiado. Vestía con pantalones jeans color azul, camiseta de cuello color celeste, tenis blanco marca Adidas, chaqueta de cuero color café y sobre su pecho colgaba una gruesa cadena de oro. El cabello lo llevaba bien corto y en su cara sobresalía un exuberante bigote que terminaba afinado en las comisuras labiales. Su cuerpo había cambiado, lo notaba robusto, con varias libras de peso de más y esa nueva apariencia hacia palpitar de entusiasmo su enamorado corazón.

Al salir con sus maletas (tres, más su bolso de mano), Ivy corrió a sus brazos. Se abrazaron, se besaron, dejaban de hacerlo, se miraban a los ojos y volvían a besarse como dos locos enamorados mientras robaban las miradas de otros que esperaban a sus seres queridos sin atreverse a demostrar su amor y cariño como ellos. Tomaron un taxi y se hospedaron en el hotel Camino Real por su cercanía al aeropuerto para partir en el primer vuelo del siguiente día hacia Bluefields.

Se alojaron en la mejor habitación. Al entrar, los besos no cesaron, las caricias, los deseos retenidos y la pasión desbocada, explotaron como un volcán en erupciones múltiples hasta que los cuerpos, vencidos por el agotamiento placentero, dejaron las huellas de su amor en el amplio sofá que amueblaba el ambiente y en las sábanas blancas de la cama king size. Renovados de espíritu salieron al restaurante donde cenaron como enamorados en su primera cita.

— Veo que aún llevas el anillo que te entregué hace más de un año —dice Joseph al acariciar su mano.
— Nunca me lo he quitado. Ha sido mi compañero fiel desde que te fuiste, testigo de mi soledad y confort del recuerdo de tu amor —respondió Ivy acariciándole las mejillas, sintiéndolas rellenas y un poco más abultadas.
— Prepárate, es tiempo que uses uno nuevo, uno definitivo, el que llevaras el resto de tu vida —dice Joseph mientras le muestra dos anillos de oro, anillos de compromiso con sus nombres gravados.
— ¡Joseph, no te entiendo!, ¿qué estas pensando? —pregunta Ivy mirando los anillos.
— Mi amor, nos vamos a casar. Quiero que seas la mujer que me acompañe de por vida, quiero que me des hijos, quiero una nueva vida y solamente con vos la podré alcanzar —responde besando sus labios.
— Pero así, de pronto. Tenemos que planear bien el matrimonio —dice Ivy, aún incrédula y llena de emoción.
— No te preocupes, todo está arreglado. Desde hace quince días hable con Breda Wine por teléfono para que en su iglesia nos casemos. Él ya lo sabe y nos casamos dentro de cinco días.
— ¡Pero Joseph, hay que hacer otros preparativos! No tengo traje de novia, tenemos que invitar a nuestros amigos y familiares —agrega Ivy.
— Todo está arreglado. Traigo tu traje de novia y las tarjetas para los invitados, espero que solamente sean familiares y ciertos amigos.
— ¿Por qué no me lo dijiste por teléfono? —cuestiona Ivy.
— Debes preaparte desde ahora para nuevas sorpresas. Espero sean muchas en nuestra futura vida —dice Joseph con una confianza que rebasaba los límites de la temeridad.

IV

De regreso en Bluefields, Joseph anuncia el matrimonio a su familia y a la de Ivy. Ambas lo celebran con alegría y señal de un mejor porvenir. Visita a Breda Wine y le entrega quinientos dólares para que se encargue de los preparativos de la iglesia. Camina hacia la casa de Zangó y un joven de unos dieciocho años se interpone en su camino. Es el nuevo enlace hacia el rey del callejón. Luego de explicarle sus motivos y al regresar con el visto bueno de Zangó, entra a la vieja casa donde lo espera acostado en una hamaca que cuelga en la sala.

— Has regresado. Como te veo, parece que te ha ido muy bien —dice el rey sin invitarlo a tomar asiento porque no existen, mientras se inclina empujando sus piernas sobre la hamaca.
— ¿Quién es el que ha ocupado mi lugar? —dice Joseph con cierto aire de celos mientras introduce su mano en el bolsillo derecho del pantalón para sacar dinero y dárselo a Zangó.
— No quiero ningún regalo de tu parte. No me debes nada. Al contrario, siempre estaré agradecido por tus servicios de enlace, el mejor que he tenido en estos últimos años. El nuevo enlace se llama Roger y te ha reemplazado desde que te fuiste.
— ¿Y Dorothy?, ¿aún esta a tus servicios? —pregunta Joseph mientras se sienta en el soporte inferior de la ventana de madera que da al callejón.
— Siempre. A ella le he confiado la espera de la camioneta Toyota Prado de los jueves —responde Zangó mientras se levanta de la hamaca. —Es una chavala seria y muy responsable —agrega.
— ¿Y como está el negocio?
— Mucho mejor. La situación ha mejorado. Tengo nueva clientela, las visitas son mas frecuentes. Hay mucha gente refinada que busca la cocaína, gente de las altas esferas sociales de Bluefields. El crack lo consumen los que ya no encuentran el placer del polvo, esos que puedes ver por las calles en estado lamentable, vagabundos que hacen cualquier cosa por drogarse.
— ¿Y vos?, ¿cuenta cómo te ha ido? —pregunta Zangó.

Joseph le explica con entusiasmo el tipo de trabajo que realiza, los lugares que ha conocido, las amistades que ha hecho, la cantidad de dinero que ha ganado en el transcurso del año y su continuidad por la renovación del contrato. Zangó ha regresado a la hamaca y lo escucha atento sin perderse ningún detalle.

— Eso me llena de alegría, se nota en tu rostro lo contento que estás, siempre supe que lo lograrías —dice Zangó cuando Joseph concluye.
— Me casare con Ivy el domingo, he venido a invitarte a la boda. Quiero que asistas.
— Joseph, querido Joseph, sabes muy bien que no podré asistir, mi vida no me lo permite, no puedo frecuentar ni siquiera la iglesia —dice Zangó con cierta pesadez en sus palabras, con un destello de dolor que sale de la profundidad de su ser.
— Pero puedes asistir a la boda civil. Se realizará en casa de Ivy el día jueves —insiste Joseph.
— Lo siento mucho, no podré. Recuerda que es el día del intercambio y debo preparar cuentas. Te deseo la mayor felicidad de este mundo desquiciado. Ivy siempre ha sido una buena muchacha y estoy seguro que serán felices. Ven, acércate, déjame darte un abrazo.

Joseph se acerca. Zangó se levanta de la hamaca y ambos se aferran en un abrazo fuerte y profundo. Es un abrazo de hermanos, del maestro con el aprendiz, del pasado con el futuro. El abrazo del rey en su calabozo y del súbdito libre, liberado de esa vida del callejón que se desvanece, que se erosiona con el paso del tiempo sin dejar huellas. Ese abrazo para Joseph duró una eternidad y el tiempo que permaneció aferrado a Zangó volvió a vivir su pasado, reconoció las caras que buscaban la droga, el ruido de la camioneta de luces intermitentes, el maletín de los jueves y las vidas desperdiciadas de los habitantes del callejón, de los niños, jóvenes, mujeres y de los ancianos. Se sintió lleno de culpa.

— Siempre he tenido la necesidad de saber, siempre me he preguntado si alguien intervino para que se me diera la oportunidad de irme embarcado —dice Joseph mirándolo fijamente a los ojos.
— Lo que está para vos nadie podrá quitarlo de tu camino. Todas las cosas que nos suceden tienen un fin, un propósito y el tuyo ya está definido —dice Zangó con un cierto aire filosófico.
— ¡Contesta mi pregunta! —insiste Joseph.
— El tiempo te dará la respuesta, él se encarga de aclararnos el camino y la mente. No te precipites, disfruta tu nueva vida, ama a Ivy, cría a tus hijos, edúcalos y sácalos de este maldito callejón. Ahora vete, visita a tus amigos, disfruta tu estadía en Bluefields —concluye Zangó.
— Volveré a visitarte, antes que regrese al trabajo —agrega Joseph al despedirse.
— No lo hagas, no debes exponerte más. Es por nuestro bien. Te deseo lo mejor —dice Zangó al verlo bajar las gradas de la casa.

Al caminar por el callejón Joseph medita. Aún siente el abrazo que le dio Zangó y un ardor en el pecho. Su cuerpo está impregnado de su olor. No comprende lo que le dijo, no termina de entenderlo, sus dudas han aumentado. De lo que sí está claro es que debe salir del callejón, abandonar definitivamente el lugar que lo vio nacer, el lugar donde sus ancestros y su familia ha vivido de por vida. Los olores pesados que inhala, la suciedad a su alrededor, los cuerpos drogados tirados en los corredores, los niños que corren desnudos y descalzos, los viejos que languidecen esperando la gracia divina para llevarlos a una vida mejor; son imágenes que se contraponen en espejos de realidades paralelas, entre su vida del callejón y la de olores fragantes, la higiene, lo reluciente, lo ordenado, las sonrisas de satisfacción y la fantasía que se vive en el crucero y los hoteles de descanso donde espera una nueva travesía por el majestuoso caribe.

V

El día domingo, a las nueve y treinta de la mañana, Joseph está listo en su casa, viste de traje con chaleco y corbata adornada por lunares blancos. Aparenta mayor edad. Por su parte, Ivy luce espléndida, reluciente y bella con el vestido de bodas que resalta sus mejores cualidades. Él aún no la ha visto vestida de novia. Joseph se dirige hacia la iglesia con su madrina. Ha escogido certeramente a Dorothy y nadie ha cuestionado su decisión. Al llegar a la iglesia es recibido por los invitados, principalmente familiares y amigos de ambos.

Luego de los saludos, caminan hacia el altar donde Breda Wine los espera sonriente con su traje de ceremonia, aparenta tener la conciencia y alma limpia. Ha realizado los preparativos de la boda con un esmero nunca antes visto. La iglesia se encuentra adornada con cortinas nuevas, flores silvestres y ha dado retoques de pintura color pastel a los cuatro costados de su templo. De pie, frente al altar, Joseph se acomoda al lado izquierdo de Dorothy y, tras una espera de diez minutos, se escucha la marcha triunfal de Mendelssohn que anuncia la llegada de Ivy. La comitiva adquiere la forma de un desfile que marcha al ritmo de la música, encabezado por las damas de honor y seguidas por Ivy que lleva sostenido con ambas manos el ramo de flores, mientras su padre sostiene con su mano izquierda su brazo derecho y al caminar ella lleva medio paso adelante. Los pasos de ambos son cortos y juntan los pies tras cada avance hacia el altar.

Todas las miradas se concentran en Ivy quien luce bella, hermosa, radiante de alegría y determinación. Joseph desde el altar la admira, nunca antes la había visto tan bella como en esta ocasión en que sellaran su amor para siempre. Al llegar al altar, el padre de Ivy toma su mano y se la entrega a Joseph quien se encuentra maravillado al verla tan reluciente y le dice: “te entregó a mi hija, luz de mis ojos, corazón de mi corazón y confío en que sabrás honrarla y amarla por siempre”.

Luego que los padrinos se acomodan a ambos lados de los novios, Breda Wine inicia la ceremonia dando la bienvenida. Como bien sabe hacerlo, dirige palabras alentadoras que relajan el ambiente tenso por el que pasan los novios. Procede a la liturgia del evangelio, lee a Tobías 8, 5 - 10 del viejo testamento y luego pasa a la homilía haciéndola bastante informal, aleccionando a los novios sobre el significado del matrimonio. En el interrogatorio ambos asienten, han decidido contraer matrimonio de forma libre, con la voluntad de guardarse fidelidad y cumplir con las distintas obligaciones matrimoniales. Luego procede a desarrollar el consentimiento con la participación de los novios:

— Ivy, ¿quieres ser mi mujer? —pregunta Joseph.
— Sí, quiero, Joseph —responde Ivy.
— Joseph, ¿quieres ser mi marido? —pregunta Ivy.
— Sí, quiero, Ivy — dice Joseph.
— Ivy, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida, todos los días y todas las noches —dice Joseph con emoción.
— Joseph, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente el resto de mi vida, en los momentos de felicidad y angustias, en la salud y enfermedad, hasta el último de mis días —concluye Ivy con lágrimas de felicidad en sus ojos.

Sellan su compromiso con los anillos y, al ser declarados marido y mujer, se abrazan como la primera vez y besan ansiosos, con un beso que concluye por los extensos aplausos de los participantes en la ceremonia. Al voltearse hacia los invitados, Joseph observa hacia la entrada principal de la iglesia y descubre la camioneta Toyota Prado de los jueves que sale deprisa del parqueo. No le presta mucha atención debido a los saludos, abrazos y deseos de felicidad para ambos por parte de los presentes. Está inquieto pero no permite que esa visión perturbe el momento de felicidad.

La fiesta de la boda se realiza en el segundo piso del hotel South Atlantic numero dos y termina hasta muy entrada la noche. Antes de finalizar la fiesta los novios se trasladan hacia el hotel Oasis donde han decidido pasar tres días con sus noches disfrutando su luna de miel. Al concluir, los invitados quedan satisfechos y recordarán el acontecimiento como uno de los mejores de los últimos años en la ciudad por la exquisitez de la comida, el ambiente bien decorado, la música variada y la felicidad de Ivy y Joseph.

VI

Acude nuevamente a su trabajo de asistente de camarotes. Previo al viaje ha convencido a Ivy que deben abandonar la vida del callejón. Para ello acuerdan buscar un terreno para iniciar la construcción de su casa. Viaja nuevamente a Miami, ahora más confiado que antes y con la determinación de ahorrar para rehacer su vida. Sus recuerdos y nostalgias se concentran en Ivy. Recuerda su luna de miel, revive los tres días de amor y placer compartidos sin inhibiciones, similar a un río que se esparce inundando con su torrente desconsiderado lo que encuentra en su curso.

Al llegar a Miami se dirige en otro vuelo a Fort Lauderdale para zarpar al siguiente día en el mismo barco hacia las Bahamas por cuatro días. Desempeña su labor con mayores ánimos y diario se comunica con Ivy. Al concluir el crucero le informan que a partir de ese momento ha sido asignado a una nueva ruta de viajes y promovido al cargo de supervisor de asistentes de camarotes con un salario mensual de cinco mil doscientos dólares. La vida le ha jugado una buena pasada y recuerda con claridad lo que Zangó le dijo aquella mañana, acostado en la hamaca, cuando lo visitó en su casa del callejón.

Viaja a Hawai. Se embarca en el Rhapsody of the Seas de la empresa de cruceros Royal Caribbean con capacidad de dos mil cuatrocientos pasajeros, doscientos setenta y nueve metros de eslora y velocidad de crucero de veintidós nudos. Un barco lujoso que hace la travesía por las islas de Hawai y culmina en Vancouver, Columbia Británica. Con frecuencia mensual deposita cuatro mil dólares en una cuenta bancaria a su nombre y transfiere siempre trescientos a su padre y el resto a Ivy a través de Western Union. Ivy en una de sus conversaciones telefónicas le comenta que tiene tres meses de embarazo. Joseph se siente el hombre más feliz de la embarcación, lo comunica a sus amigos, compañeros, a su jefe inmediato y celebran sin freno al llegar a Vancouver. Joseph insiste ahora más que antes en abandonar el callejón mientras Ivy le dice que ha buscado diversos terrenos en Bluefields y que en su próximo regreso tendrá que decidirse por uno para construir la casa deseada por ambos.

Durante un año continuo se desempeña en el puesto haciendo el mismo recorrido. Al término del periodo regresa a Bluefields con la ilusión de cargar en sus brazos a su hijo. Un día después de pasar en el barrio, en el callejón, visita diversos terrenos que se ofertan y decide comprar uno en el barrio Loma Fresca, un sitio alejado del centro de la ciudad y de su barrio, en el que se han construido casas modernas, pequeñas mansiones con arquitectura nunca antes vista en Bluefields.

Discute con Ivy porque ha tomado la decisión de salir lo antes posible del callejón. No quiere que su hijo, a quien ha nombrado Samuel, siga en la casa de sus padres. Los siguientes días se hospedan en un hotel, hace los trámites legales para la compra del terreno y busca una vivienda en alquiler para que Ivy y su hijo se trasladen a vivir en ella tras su ausencia. Los padres de ambos resienten la decisión tomada pero al final aceptan los argumentos de Joseph: quiere una nueva vida para su mujer y su hijo. En una visita a Zangó lo felicita y le augura un esplendido porvenir.

VII

Con el paso de los años Joseph continúa embarcado y regresa cada año a Bluefields en sus vacaciones. Cinco años después de haber comprado el terreno en Loma Fresca concluye su casa soñada. Los planos y su diseño se los hizo un arquitecto que conoció en uno de sus viajes y que lo acompaño a Bluefields para inspeccionar el terreno de una manzana. La casa es majestuosa. Es de dos pisos con una fachada parecida a la de la Casa Blanca. En el primer piso tiene un área de recepción, una amplia sala amueblada con todo lo necesario y moderno, una sala con una mesa de billar, a un lado una terraza con un moderno horno para hacer asados, dos baños de lujo y una espléndida cocina. En el piso de arriba seis habitaciones cuentan con aire acondicionado, baños privados con ducha caliente, camas king size, televisores de plasma de treinta y dos pulgadas y en el centro de ellas una amplia sala de estar con un bar exquisitamente surtido. Un pozo artesiano abastece de agua que almacena en dos tanques de cinco mil galones cada uno.

Luego de veinticinco años como jefe de camareros en los cruceros de Royal Caribbean, decide retirarse. Ivy no ha podido darle más hijos. Samuel estudia ingeniería en la Universidad Católica de Managua. En el garaje de su casa hay tres vehículos parqueados. Un Toyota Corolla que utiliza Ivy, una camioneta Mercedes Benz de color blanco cubierta totalmente y una camioneta Ford Explorer que Joseph utiliza en sus salidas por las calles de Bluefields.

Zangó ha transferido el trono. Su reinado ha concluido. Ahora el rey del callejón es Kachá y su enlace de los jueves sigue siendo Dorothy, la madrina de matrimonio de Joseph. Uno de esos jueves de transacción, la camioneta en que debe depositar el maletín y retirar el saco de bramante ha cambiado. Dorothy lo sabe, Kachá se lo ha dicho. Luego de circular la camioneta color celeste con plomo y luces intermitentes ahuyentando a los trasnochados, una camioneta Mercedes Benz color blanco se estaciona, Dorothy deposita el maletín y retira el saco, su peso ha aumentado, ahora es de treinta kilogramos. Escucha una voz en la cabina que la saluda. Su rostro cambia de semblante, deja de estar nerviosa y se siente segura, en confianza porque reconoce la voz, sabe quién es el nuevo suplidor de la mercancía.

Mientras Zangó ha desaparecido del callejón y Joseph ha realizado sus sueños, la vida del callejón se esfuma, se disipa al igual que el humo del crack o la cocaína inhalada mientras el futuro de los niños y los jóvenes es cada vez mas incierto, sin que nadie cuestione y actúe para erradicar el mal deseado por muchos que viven a expensas de generaciones que se pierden en la marginación, la pobreza y las drogas.

Ronald Hill A.
La Colina
hillron@hotmail.com
Miércoles, 10 de noviembre de 2010
Nueva Guinea, RAAS.


domingo, 10 de octubre de 2010

LA MINA DE LOS POBRES

Recorro el tramo que fue la pista y en el camino aparecen las primeras champas; unas tienen techo de paja, otras de plástico negro, están vacías, sólo muestran piedras.  A la distancia se escucha: «pic, pac, pic, pac», es el golpe de los mazos sobre las piedras. Al acercarme el sonido es mayor y frecuente. Observo mas champas a la izquierda, camino hacia ellas. Subo un pequeño promontorio y descubro la mina.
 
En el centro hay una laguna sin vida; la lluvia ha inundado su corazón. Al fondo, la piedra está descubierta en una pendiente: huellas de la explotación que ha tenido desde los tiempos del Proyecto de Aguas Profundas, la construcción de casas en Bluefields por la brigada cubana después del huracán Juana y del cierre de la playa de El Bluff. En la parte baja, cerca de la laguna hay dos champas. Arriba, en la parte alta, están la mayor parte de ellas. Me dirijo a las champas que están en el promontorio desde donde observó.
 
  ¡Hola!, ¿cómo están? —saludo. Me miran con desconfianza y sin dejar de picar piedra. El sol ha quemado las pieles. Llevan puestas botas de hule y camisas sin mangas.
  Hola, ¿qué anda haciendo por estos lados? —pregunta una de ellas mientras la otra pasa al lado y se dirige a la punta del promontorio.
   Aquí, visitándolas. ¿Me pude dedicar un minuto de su tiempo? —digo y me siento frente a ella en una de las piedras que no ha quebrado. Me observa con recelo, como a un intruso que invade su casa. No contesta. No deja su labor.

Observo a la otra, está en la punta del promontorio sacando piedras. Siento su mirada, en un descuido me ha observado de pies a cabeza. Evita la mía. Me identifico.

  Yo pensé que era otro de los de la televisión —dice y disminuye el ritmo del golpe del mazo sobre la piedra.
  Nooo, soy de aquí. Tenía como treinta años de no venir por estos lados. Antes aquí pastoreaban los cabros del Diablo. Esto está cambiado. ¿Cómo se llama usted? —pregunto.
  Yelba —contesta en seco y sin agregar nada más.
  ¿Desde cuando hace este trabajo? —pregunto. Ella inclina su torso. Observo la fuerza de su muñeca y brazo.
  ¡Uuuhh, desde hace mas de diez años! —contesta y su rostro expresa cansancio.
  Es bastante tiempo. Este es un trabajo pesado. ¿Y su marido? —le pregunto. Su rostro cambia. Aprieta el mazo y golpea la piedra con mayor fuerza, explota en pedazos y siento que uno impacta en mi rodilla.
  ¿Pero qué le hizo? —pregunto. Me da la impresión que quisiera darle así, duro con el mazo, como le dio a la piedra —le digo.
  ¡Ja, ja, ja, ja! —ríe a carcajadas. Llama a la otra y dice.
  ¡Oí Mariluz, este ya me hizo reír! Observo a Mariluz y también sonríe.

Me levanto y camino hacia donde Mariluz. El sol quema. Está recogiendo piedras en la punta del promontorio. Explica el proceso desde que sacan la piedra grande hasta que la quiebran en pequeños trozos para al final sacar el piedrín. Regresamos a la champa de Yelba. La veo más amena.

   Entonces usted es de aquí? —pregunta Yelba con inquietud. Deja de picar piedras.
  Sí. Le explico la historia de mi niñez y juventud en el puerto. Le hablo de mis abuelos y mis padres. Están atentas.
  Yo los conocí —dice Mariluz y se sienta.
  Por qué hacen esto —pregunto.
  Aquí no hay nada que hacer, no hay trabajo. La empresa está cerrada. Para comer tenemos que buscar cómo ganarnos la vida —dice Yelba mientras Mariluz medita.
Y son solas —pregunto. Se buscan la mirada.
Desde que el hombre me dejó hago esto —dice Yelba. Se quedó sin trabajo. Usted sabe que el hombre es cómo el gallo, no sabe cuidar los pollos, sólo sabe alimentarse él mismo.
  Ja, ja, ja —eso está bueno, le digo. No lo había escuchado. Cuénteme lo que pasó.
Ya le dije, perdió el trabajo. Como no podía ayudar a sostener la familia se sentía como derrotado, sin huevos y se convirtió en vago, comenzó a beber guaro, se hizo alcohólico.
Eso es cierto, le pasa a muchos cuando no tenemos trabajo. La situación es dura.
Pero míreme a mí. Le hago capricho. Con esto sostengo la familia —concluye y se le nota el orgullo en la mirada.
  Y qué se hizo —pregunto.
  Nos abandonó. No lo pude aguantar. Se convirtió en un hombre violento, maltrataba a los niños y a mí. Nunca pudo entender que yo mantuviera con este trabajo la casa. Se fue para Puerto Cabezas.
    Los hombres son débiles —dice Mariluz. No aceptan la derrota y se desquitan con uno. Nosotras nos tragamos el orgullo. Al inicio estábamos desesperadas. Ahora vivimos de esto. Él miraba este trabajo como basura, como que haciéndolo iban a valer menos.
  No todos somos así —contesto. Dígame cuánto ganan con las piedras; mas o menos un promedio por mes. Ya saben que no le trabajo a la alcaldía, mucho menos al gobierno. Sonríen.
  En cuatro días produzco un metro cúbico de piedrín —dice Yelba.
Al mes son más o menos siete metros —calculo. ¿A cómo venden el metro?
A setecientos —dice Mariluz. Las veo un poco inquietas, como que la conversación ya no las anima.
¿Y cómo es la cosa, vienen a encargarles el piedrín?
  Sí. Pero tenemos que llevarlo hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —dice Yelba indicando donde.
Cómo lo trasladan —pregunto.
Lo medimos en cubetas. Cincuenta cubetas son un metro cúbico. Luego se traslada en carreta para cargarlo en el bote —dice Mariluz.
Mire aquella champa que está en el centro, allá al otro lado, en la parte de abajo, la del color celeste —indica Yelba. Allí esta la presidenta. Vaya a platicar con ella.

Me despido de Yelba y Mariluz, son hermanas. Camino hacia donde está la presidenta. Recibo una llamada. Es el Best que me espera en la playa. No tardo, le digo. Una hora más o menos. Cómo están las bichas, le pregunto. Como te gustan, dice. Pienso en el esfuerzo de ellas. Me han hecho recapacitar sobre la situación de miles de familias que caen en la pobreza extrema cuando los hombres pierden su trabajo

Con la crisis y la presión económica en muchas partes del mundo los hombres han perdido sus medios tradicionales de subsistencia, las mujeres se han visto obligadas a realizar tareas adicionales que les reporten un ingreso, al mismo tiempo que continúan con sus labores domésticas. Cuando los hombres están desempleados, las mujeres aceptan trabajos mal remunerados, de poco prestigio, a menudo con un riesgo considerable, todo con el fin de alimentar a sus familias. Como consecuencia de su imposibilidad de contribuir adecuadamente al ingreso familiar, los hombres empiezan a sentirse de sobra y como un peso para sus familias; ven desafiada su percepción de sí mismos como sostén y jefes de familia, lo cual a menudo se traduce en ira y frustración. Por otra parte, las mujeres continúan ocupándose de sus familias, adquieren una nueva y endeble confianza en sí mismas, aunque sus oportunidades de obtener trabajo remunerado siguen siendo pocas. Se la juegan, pienso.

Salgo a la pista y me dirijo a la parte baja de la mina en busca de la presidenta. Desde arriba observo su champa, es la única allí abajo. Las piedras también se muestran y da la impresión que han sido cortadas con maquinaria, quizás con un taladro gigante, un barreno u otro tipo de herramienta. El color predominante en esa parte es el gris. Es buena piedra, es de la azul, pienso. Bajo hacia ella.

  ¡Hola!, ¿es usted la presidenta? —la acompaña un chavalo de unos dieciocho años. Me ha observado en el recorrido y no muestra desconfianza. Ha dejado de picar piedras.
  Sí, soy yo —contesta y me invita a sentarme en una silla de plástico. ¿Qué lo trae por aquí?
Le doy las razones y me identifico.
Yo le trabaje a tu mamá —dice sonriente. Llegaba a lavar la ropa de ustedes. Vos estabas chiquito. ¿Y tus hermanos? ¿Qué se hicieron?
Son gringos, viven en los Estados Unidos.
¿Y usted, dónde vive?
Soy montañero, vivo en Nueva Guinea —le digo, sonríe como quien dice este maje me quiere matizar. Antes de que me siga preguntando voy al grano.
¿De qué cosa es usted la presidenta?
Del grupo de mujeres que trabajamos aquí picando piedras. Somos como ciento veinte, pero las que estamos casi siempre son como unas sesenta —concluye con cierto aire de orgullo. Observo a su alrededor. Hay poca piedra picada. Yelba y Mariluz tienen casi dos pirámides completas de piedrín picado.
  Cuál es el trabajo que hace usted como presidenta del grupo, además de picar piedras —pregunto.
  Es una larga historia. Es una historia de lucha por tratar de sobrevivir. Hasta presa he caído. Aquí vino el Zorro a tratar de sacarnos.
  Ya me sé esa historia —le digo. La leí en los periódicos y hasta por la televisión. Cómo es que organizan el trabajo con el grupo —pregunto y me observa con duda. 
Peleamos por la piedra. Trataron de sacarnos, hasta hicieron un cerco alrededor de guarumo, de aquellos palos que están allá, antes habían más pero los cortaron casi todos para hacer el cerco y evitar que entráramos.
  Pero el Zorro dice que la mina es de su familia —le digo. Se ríe a carcajadas.
  Me extraña que creas eso —dice. Vos sabes que el coronel sólo era dueño de aquella parte —agrega y señala. Eso es lo que le compró a Teodoro. Ahora salen con el cuento que esta parte donde vivían los cabros del Diablo también es de ellos.
  Bueno esos enredos no me interesan —le digo. ¿Cuénteme cómo es que se organizan con el trabajo?
La gente que necesita la piedra para construir viene aquí a encargarla, cuando son bastantes metros, como los de los proyectos. Los que necesitan poco, vienen y la compra. Llenamos sacos y la acarreamos con carretones hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —indica.
Esto es bien pesado. ¿Por qué no han conseguido una trituradora de piedras? Así podrían sacar más piedras y trabajar menos.
  Eso es lo que queremos. Nadie nos ayuda a conseguirla.
  ¿Usted es la que hace los contratos? —pregunto.
  Sí, a mí me buscan, soy la presidenta —concluye.
  ¿Cuánto le pagan por el metro cúbico?
  Setecientos córdobas —dice.
  ¿Pagan impuestos por aprovechar la mina? —pregunto. Ríe.
  ¡No hijo, eso eran antes! —concluye y regresa a picar piedra.
  ¿Y ahora por qué no? —se detiene pensativa.
  No pagamos directamente impuestos, hacemos aportes por aprovechar la mina. Usted me entiende, ¿verdad?
  ¡Sí, claro que sí! Al entendido con señas —digo y capta inmediatamente que comprendo la situación.
  Y el dinero de la venta, ¿cómo se lo distribuyen? —hace una pausa.
Cada quien recibe su parte, según los metros que aporta.

Observo a varias personas, en la parte de arriba están pendientes de mi visita a la presidenta. Voy a subir a aquella parte, le digo. Ya regreso, voy a tomar fotos. Sí, está bien, vaya. Subo la pendiente y arriba hay mas champas. Las recorro hasta el final. Llego a una donde escuchan un programa de radio en miskito.

    ¡Tutni yamni manani sut ra! —saludo.
  ¡Naksa! (¡Hola!) —contesta sorprendido un hombre de unos cuarenta años. Se levanta y le baja el volumen a la radio. Los otros sonríen.
  ¡Muhtara uba bitni, nara lika kauhla! (¡Hace mucho calor allá abajo, aquí es más fresco!) —digo. Todos callan. Los de la champa de al lado se acercan.
  ¿Bisnis kam nahki auya? (¿Cómo les va con el negocio?). Se quedan viendo.
  ¿Ta upla mairin dia mai win? (¿Qué te dijo la presidenta?) —pregunta siempre el mayor de ellos.
Diara sut pain sa wisa, diara manis atkisa bara prais ka sin sipar. (Dice que todo está bien, que venden bastante y a un buen precio).
¿Mairka bila dia prais sapa walesa? (¿A qué precio dice ella?) —pregunta inquieto.
  Sem andat córdoba mita kum. (Setecientos córdobas el metro). Se miran entre ellos.
¡Kuna baha nahki ki, witin yang nani ra lika paip andat baman ai aibapisa! (¡No puede ser, a nosotros ella nos paga a quinientos el metro!) —dice sorprendido y manifiesta ira.
  Lilka alkaya auna. Auhya ra bili kaiki banhgwisa. Yang wal miskitu ra aisisma ba mihta tinki mai wisna. (Voy a tomar fotos. Me esperan en la playa. Gracias por platicar en miskito conmigo).
   ¡Were, wapara! (¡Espera, no te vayas!) —dice mientras camino hacia la salida de la pista.
  Diara kum ai wis. Kapu, mai walisna. (Dígame. A ver, pues, lo escucho) —le digo mientras camina a mi lado.
    ¿Man televisan ra wark takisma? (¿Usted trabaja para la televisión?)
    Apia, yang kirhbi tauksna. Yang naha ra ai baikan. Aisabe. (No, ando de visita. Nací aquí. Adiós.) —deja de caminar a mi lado y se detiene en una de las champas.

El calor está sofocante. Veo el reloj y me doy cuenta que han pasado casi dos horas. Pienso en las bichas del Best, deben estar bien heladas. Antes de salir hacia la pista le digo adiós de lejos a la presidenta. Unos que están picando piedras cerca de la salida me llaman.

  ¡Señor, regáleme diez pesos!
  ¿Cómo? —grito y sigo caminando.
  ¡Que me regale diez pesos! —grita. ¡Somos pobres y nadie nos ayuda! ¡El gobierno no nos regala nada, nadie viene a vernos para ayudarnos! —siempre grita y sigo caminando, lo evito.
  ¡No esperes que te vengan a ayudar! ¡Mucho menos los políticos!

Camino hacia la playa. Pienso en la plática que sostuve con los miskitos y la presidenta. Ahora comprendo por qué Yelba y Maricruz trabajan aparte y por qué la presidenta está sola en el centro de la mina. Ellas no se dejan coimear por la presidenta, son originarias del lugar y tienen iguales derechos. La presidenta se queda con doscientos córdobas por metro cúbico de los miskitos. Hay una cadena lineal de explotación, pienso. Pero también ella es la de los contactos, la facilitadora, la que paga el traslado de ese piedrín hasta su embarque, asume costos mientras que ellos le proveen el material. Hacen aportes para aprovechar la mina mediante relaciones informales. No poseen derechos jurídicos ni legales para explotarla. En Bluefields, el costo del metro cúbico de piedrin es de setenta dólares equivalentes a mil quinientos córdobas. Entre el usuario final, ya sea proyectos sociales impulsados por ONG's, el FISE, la misma alcaldía o por cualquier ciudadano que necesita el piedrin para construir, existe una cadena de intermediación. A esa cadena hay que agregar a los políticos locales del Puerto, de ambos bandos, que se aprovechan de la situación y cuando interactúan con ellos se sienten impotentes, presionadas, silenciadas y frente a oídos sordos. Es allí donde aparece la cadena de explotación externa, la explotación de la miseria por los políticos. La corrupción también afecta a los más pobres. 

Pienso en el alto grado de explotación que ha tenido la mina. Ha pasado de ser explotada para grandes proyectos estratégicos, como el del puerto de aguas profundas y el cierre del mar para recuperar la playa, a proyectos de carácter social como la construcción de casas en Bluefields después del huracán Juana. Al Zorro no lo dejaron. Ahora la explotan ellas y sobreviven a la miseria. Los políticos se aprovechan de la situación mediante impuestos informales e ilegales.

¿Cuánto tiempo durará la mina? No lo sé. Hay mucha piedra que picar todavía. Hay muchos que podrían ganarse la vida en ella. Mientras no existan alternativas de trabajo y empleo en el puerto, muchos van a continuar recurriendo a ella. La chancha, la trituradora, les facilitaría el trabajo pero acortaría el tiempo de vida. No sólo de la mina sino de todo el puerto. La mina es un promontorio convertido hoy en un enorme hueco. Ha protegido desde siempre al puerto del embate de las olas del mar. La naturaleza es sabia y vengativa. El día que se termine la piedra será el inicio del fin.

Vuelve a sonar el teléfono. Es el Best. Ya voy, estoy cerca, le digo. Está ansioso por leer la “conversación en la arena bajo un cielo estrellado”.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
10 de Octubre de 2010.

viernes, 16 de julio de 2010

ESPLENDOR Y MISERIA

Siempre está en mis pensamientos, en esos momentos difíciles de la vida, de angustia, desesperación y decepciones por lo fallido, siempre regresa, sin llamarlo, como una luz que me da ánimos para seguir adelante. Nunca podré olvidarlo. Sus rincones, lugares de encuentros, de paseos, la vida de su gente, los amigos de juventud, la vida vivida en él siempre están presentes. La cálida casa de mi abuela Manuela, contiguo a la de mis padres, regresa y me encuentro sentado en la mesa redonda de la cocina comedor, junto a mi abuelo Felipe, noto como sazona y saborea la suculenta comida, escucho sus palabras claramente, me vuelve a ver, sonríe, continua hablando siempre de cosas buenas, siempre trae buenas noticias a la mesa. La imagen se nubla y vuelvo a la realidad. Suspiro y me lleno de coraje.

Cambió en todos los aspectos. En lo físico, como nos sucede con el paso del tiempo, los excesos marchitaron su belleza y encantos porque la codicia de unos cuantos casi terminó con sus riquezas. La naturaleza le jugó una mala pasada, rompió sus vínculos con la franja costera y lo convirtió en una isla en medio de la nada. Su gente cambió, la mayoría de los jóvenes se marcharon en busca de un futuro mejor y cuando regresan son extraños entre los que volvieron a poblarlo. La vida cambió de una manera dolorosa pasando de la abundancia a la miseria en corto tiempo, en un suspiro la pujante actividad económica que le daba esplendor desapareció y sin invitación aparecieron la miseria, el hambre, las drogas, la delincuencia. Sus aguas perdieron profundidad y la riqueza marina a su alrededor también emigró. Muchos barcos quedaron varados y con el tiempo se convirtieron en chatarra oxidada, abandonados, como fantasmas de mar y por muchos años su muelle principal estuvo ocioso.

La adversidad hundió a muchos en la droga y se convirtieron en “zombies”, enemigos de la poca riqueza de su gente y también en enemigos a muerte de los perros flacos hambrientos que detectan sus pasos en la calma de la noche. Durante el día deambulan por sus andenes, se concentran en el muelle de las pangas sentados en las bancas a la espera de pasajeros y corren tras los bolsos para cargarlos a cambio de monedas y, si te rehúsas a ello, te acompañan en el recorrido pidiendo sin cesar para la comida. Algunos vagan por la costa con los ojos amarillentos, perdidos en el horizonte, con esperanza de que las olas les entreguen algo que vender. A otros la adversidad no los ha podido doblegar y han encontrado nuevas formas de vida. Unos pican piedra y venden piedrín para ser utilizadas como materiales de construcción, otros han encontrado en la venta de agua el sustento de sus familias y en la venta de chatarra al por mayor ante la abundancia de este recurso. Para el verano y semana santa, algunos han logrado construir pequeños ranchos de paja en la playa, donde venden bebidas y comida a los veraneantes que cada vez son más por la belleza de su playa. La mayoría esta de brazos cruzados, obligados a permanecer en estado de miseria por una Empresa gringa llamada Gulf King que le debe al Estado de Nicaragua y a ellos, su salario, vacaciones e indemnizaciones según las leyes laborales del país porque se ha declarado en quiebra y nadie hace nada por el hecho de ser norteamericana.

La desesperación los ha obligado a ejercer presión tomándose el plantel de la empresa Petronic cortando el abastecimiento de combustible y paralizando al instante la economía de la RAAS. El gobierno Regional les prometió reactivar la pesca habilitando unos diez barcos camaroneros sin contar con los recursos para ello. El gobierno Central envía regularmente alimentos básicos y los exonera del pago del servicio de luz eléctrica. Con estas medidas los líderes suspendieron la toma pero la población los acusó de haberse vendido al Gobierno y otro grupo se volvió a tomar el lugar, entre ellos los enemigos nocturnos de los perros.

La problemática es tan profunda que la solución no está al alcance de las autoridades regionales. Solamente se podrá superar con una empresa fuerte, integrada, con una flota moderna de barcos, con un astillero para su mantenimiento, con mercado seguro de sus productos, que genere empleo permanente y temporal, y lo más importante, que contribuya a recuperar las esperanzas y el esplendor de El Bluff. El gobierno Central tiene las posibilidades y el reto de hacerlo realidad.

Ronald Hill Álvarez

La Colina
Viernes, 16 de julio de 2010
Nueva Guinea, RAAS.
hillron@hotmail.com