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miércoles, 11 de febrero de 2015

CHINITA CARIBEÑA



Creciste escuchando voces orientales,
fusionándose con el hablar del mestizo
y el grito del creole a tu alrededor.
Flauta y pipa callaron,
el bombo y el tambor sonaron.
Palo de Mayo, cumbia y reggae bailaste,
ritmos que por tus venas fluyen,
Chinita caribeña,
impulsando los latidos de tu inquieto corazón.

La bata pegadita, socadita
que usabas de chiquita,
te hacia caminar dando pasitos cortos
sobre una nube de sueños mágicos,
importada en toneles clandestinos.

El pan bond, el alo con flijol,
el aroma a coco y lo salobre del mar
llenaron tu alma de ilusión.
La sonrisa en tu carita, chinita caribeña,
será siempre parte de mi visión.

Tus ojitos, chinita caribeña,
reflejan los destellos de la luna
reinando en la bahía,
desapareciendo al verlos la soledad
de mi vagabundo corazón.

Tu piel, chinita caribeña,
cual arena blanca de los cayos expuesta al sol
embellece el territorio multiétnico
que amas desde muy pequeña.

Tus jeans y camisetas
revelan la figura de diosa,
asentada para siempre en el caribe
con magia y alegría de pólvora.
Chinita caribeña, orgullo de mi región.




lunes, 22 de septiembre de 2014

EL PAISAJE MÁS BELLO DE LA BAHÍA



Después de cerrar el portón metálico de la bodega de la aduana con un enorme candado, caminaba por el andén tomado de la mano de mi abuelo Felipe. Las llaves, aseguradas al sostenedor de la faja de mi abuelo por una cadena de plata, se estrellaban unas con otras, explotando en un tintineo metálico al caer en el fondo de la bolsa derecha del pantalón caqui de paletones, ruedo volteado y almidonado, siguiendo el ritmo pesado, cansado, de sus pasos.

Minutos antes había jalado cinco veces un mecate amarrado al badajo de la campana de bronce adherida a una columna ubicada frente a su escritorio. El sonido alegre y chillón se expandía más allá de las cajas, bultos y sacos arpillados en la inmensa bodega, anunciando las cinco de la tarde y el fin de la jornada laboral a empleados de oficina ubicados en el segundo piso, a estibadores atareados en el muelle, a guardias permanentemente en actividades de ocio, a los habitantes de los alrededores y más allá de la esquina de Miss Lilian.

Cerca de la casa de mi abuela Manuela, unos treinta minutos después de las cinco campanadas, se detuvo bajo los leves rasguños de la sombra del centenario árbol de Laurel de la India, un poco más allá del florido jardín de doña Rosa Bermúdez. Su mirada se perdía hacia el oeste, en dirección a la Isla del Venado. “Mirá, mirá el paisaje más bello de la bahía”, dijo. Vi los colores del veraniego atardecer caribeño, el sol desvaneciéndose sobre la Isla del Venado.

El paisaje más bello de la bahía
“¡Fíjate bien, fíjate bien!”, agregó señalando la Isla de Miss Lilian y su isla chiquita. En el horizonte el sol se entronizaba sobre la Isla del Venado, dominando el espacio que separa a la isla de Miss Lilian de su isla chiquita, pincelando de color naranja acaramelado el cielo y las aguas de la bahía.

Recuerdo a mi abuelo cuando quedó solo, luego que falleció mi abuela Manuela; por las tardes se sentaba en una mecedora en el corredor eterno de su casa en El Bluff, esperando como un enamorado extasiado, aferrado a un andarivel para levantarse en el momento preciso y, sobre las barandas de concreto, ver una vez más el paisaje más bello de la bahía.
           
En unos de mis viajes fugaces a Bluefields y El Bluff, reviví estos recuerdos que ahora comparto. Como lo hacia mi abuelo, convencí al panguero para que esperáramos el momento preciso para zarpar y, con mi cámara fotográfica, atrapar para toda la vida el paisaje más bello de la bahía de Bluefields.

Ni tormentas, ni huracanes, ni piratas y bucaneros globalizados, ni hijos del Caribe que someten a miserias infrahumanas a sus pueblos, podrán ponerle fin al paisaje más bello de la bahía. Nunca, jamás lo harán, porque son incapaces de admirarlo. Y si un día lo hicieran, el sol no volvería a salir.

martes, 15 de octubre de 2013

TODO POR UN RONDÓN

Cuando pensé que tenía todo lo necesario para hacer el rondón llamé por teléfono a la Tere; “tenés que traer el pescado”, dijo. Iba hacia el muelle de las pangas que viajan a El Bluff con mi primo Javier Álvarez, “el Tanquecito” y tuvimos que regresar a la esquina de la bajada del mercado Teodoro Martínez de Bluefields para comprar el pescado: unos yellow tail de tamaño mediano, los ofrecen los vendedores en cubetas de plástico en ese sector que, por eso, tiene una fragancia particular. “¡Llevar pescado al puerto, qué locura!, ¡al monte no se lleva leña!”, le dije a Javier. “Hasta los mutruz desaparecieron”, respondió riéndose.  

Al pasar el portón del muelle, tres hombres estaban sentados en una banca ubicada frente a la boletería; tomaban aguardiente y conversaban tan contentos que todos los volvían a ver por sus carcajadas. No esperamos mucho tiempo, el cupo de pasajeros se completó en media hora. Eran las diez de la mañana cuando le pasé las bolsas con las compras a Javier, quien estaba de pie, y me sostuve de su hombro para abordar la panga. El viento no agitaba olas. Un bote largo repleto de carbón maniobraba para atracar en el muelle del mercado, casi metiendo la proa en el basural acumulado debajo del edificio. Cuando el panguero encendió el motor fuera de borda sentí más intenso el aroma de la gasolina mezclada con aceite que cambiaba la tonalidad del agua, entre azul y amarillo, por el ardiente sol.

No vi botes de pescadores en la travesía de veinte minutos, caminamos por el andén hasta la casa de doña Juana Angulo, ubicada frente a la bajada del eterno cuartel de los guardacostas. Con la cadena oxidada que asegura el portón de zinc, Javier dio varios golpes para ser escuchado. “Entren, no tiene candado”, gritó doña Juana. No ingresamos hasta estar seguros de que nos había oído porque recordamos que, a pesar de su avanzada edad, no le falla un rifle calibre 22 bien aceitado para espantar a los intrusos que se aventuran a entrar en su patio.

—    Ya ni pescado se encuentra aquí, se acabaron esos tiempos —dijo doña Juana al saludarla. Estaba en la salita sentada en una mecedora de más de medio siglo de antigüedad.

Javier
Luego de la bienvenida nos dispusimos a preparar el rondón a un lado de la cocina. Javier es un gran cocinero y desde un inicio pensé que prepararía el rondón, pero la Tere se impuso. Entre pláticas les conté que mi papá decía que el rondón debía prepararse entre familiares y amigos, preferiblemente en la playa, a la orilla del mar, para lograr su magia al degustarlo. La Tere ralló los cocos y extrajo la leche, peló los plátanos, bananos, yuca y el quequisque, depositándolos en una pana de plástico mientras yo trataba de encender el carbón. Cuando Javier terminó de preparar el pescado dijo: “Se nos olvidó algo” y se ofreció para buscar una botella de ron.

Con un pedazo de cartón soplaba el fogón lleno de carbón. Desde la sala doña Juana Angulo estaba pendiente de nosotros. “En este fueguito va a dilatar mucho tiempo”, le dije repetidas veces a la Tere. “Cálmate, muchos jodes, ya vas a ver, así lo he hecho siempre”, respondía. Hizo astillas un pedazo de madera roja, la echó en el carbón y se encendió. Puso una parrilla encima del fogón y sobre ella el caldero hasta la mitad de leche de coco. “No dejes de soplar”, dijo. “Esta mujer es mandona”, le dije a doña Juana y rio a carcajadas. “Acordate de los condimentos”, respondió doña Juana y la Tere salió al patio. Regresó con una hojitas de orégano y albahaca que esparció en el caldero y le echó sal, pimienta, chiltoma y cebolla mientras estaba pendiente del pescado que sofreía en una paila. Javier apareció, cortó unos cocos, los peló y con esmero nos atendía. Con delicadeza la Tere acomodó el plátano, el banano, el quequisque y la yuca y de último, cuando hervía la leche, acomodó el pescado sofrito. Mientras se cocinaba el rondón conversamos de diferentes temas y doña Juana Angulo mostró fotos del pasado, de sus hijos y sus nietos.

Este ritual fortalece nuestra identidad caribeña, funciona como centro y motor de cohesión a través del cual se aglutinan voluntades y esfuerzos. Me di cuenta, nuevamente, que la amistad se fortalece alrededor de una mesa al degustar el plato preferido y más aún cuando es preparado con la participación activa de amigos y familiares. Pensando en ello, luego de saborear el exquisito rondón bajo la sombra de los árboles de Mango cuidados por el rifle 22 de doña Juana Angulo, hice una siesta revitalizadora en una hamaca, escuchando las pláticas placenteras de Javier y la Tere.

Lunes, 14 de octubre de 2013


jueves, 5 de septiembre de 2013

UN BELLO NIÑO RAMA

Los botes esperaban en el muelle de los pescadores. Edward y su madre, Rosemary, se sentaron en la popa; un indio de Rama Cay comenzó a remar poniendo en movimiento la embarcación. Teodoro bajó de prisa las gradas de tierra desde la esquina de Miss Lilian y se sentó en el bote, el indio Rama más joven lo alejó del muelle empujándose con el canalete. Navegaron en línea recta y pasaron los guardacostas. Edward escuchó el golpe de los canaletes del otro bote en el agua; anochecía y no podía verlo. Los indios Rama remaban con fuerza y veloces con el fin de entrar en la corriente.
“¿Dónde vamos, mamá?”, preguntó Edward cuando el bote giró a babor.
Se deslizaban en la bahía paralelo al puerto sobre la fuerte corriente, alimentada por las aguas del rio Escondido, pasando los muelles de la aduana y la Texaco. Edward notó las lucecitas tristes de las casas y, más allá de una mancha oscura, las luces de los barcos camaroneros atracados en el muelle de la Casa Cruz.
“A la Isla del Venado. Una señora está enferma”, dijo Rosemary sosteniendo un bolso y señaló hacia una lucecita entre el puerto y Bluefields, al lado izquierdo de Half Way Cay.
El bote en que iba Teodoro llegó primero. Cuando desembarcaron se guiaron por la chispa de los cigarros que fumaban. El indio Rama empujó el bote hasta la arena seca, Teodoro le dio un cigarro y comenzaron a caminar. El indio joven iba adelante cargando el bolso y Rosemary alumbraba el camino con su foco. Pasaron un cocal, recorrieron un sendero húmedo donde se escuchaba el movimiento de cangrejos; al subir una ladera observaron luces en una choza de madera. Dos perros salieron a su encuentro y una anciana esperaba en la puerta con una lámpara.
“Tiene tres días”, dijo la anciana cuando Rosemary vio a la mujer tendida en la cama de madera, cubierta por una cobija sobre un colchón de zacate seco envuelto en sacos de bramante.
Desde Rama Cay llegaron dos ancianas a ayudarle; no tuvieron resultado. Decidieron avisarle a Rosemary por su maestría en el arte de traer a este mundo a más de la mitad de los pobladores de El Bluff y, en su juventud, antes de trasladarse a vivir al puerto, a los primeros habitantes de la isla del Venado y a cientos de indios Ramas que poblaban los cayos de la bahía de Bluefields y Kukra River. Cuando Teodoro y Edward entraron, la mujer gritaba y sintieron un fuerte aroma. El indio Rama se alejó de la casa seguido por los perros, más allá del cocal para no escuchar los gritos enloquecedores.
“Va a parir”, le dijo Rosemary a Edward. Le indicó a una anciana que calentara agua en un perol. “Por eso grita, por los dolores, la criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Sus músculos están tratando que salga, eso pasa cuando grita”, agregó.
“Sí”, contestó Edward y Rosemary se acercó a la mujer. “No puedo más”, le dijo. La anciana que calentaba el agua le avisó a Rosemary que ya hervía y echó la mitad del líquido en una pana. Rosemary se lavó las manos y palpó el vientre de la mujer, sobándolo con un trapo tibio. De su bolso sacó una lata que contenía hierbas y las sumergió en el perol. “Tienen que hervir”, dijo.
Edward observaba con detenimiento a su madre masajear la barriga de la mujer. “La criatura viene en mala posición. Voy a meterle mano para acomodarla”, dijo. Le pidió a la anciana un pocillo con el té y la mujer lo bebió. Llamó a Teodoro y le entregó los trapos húmedos, le pidió que retirara la cobija y que vaciara en sus manos el aceite de olivo que estaba en el bolso.
Luego, al intentar meter la mano moviéndola con esfuerzo, Teodoro, el remero joven y la otra anciana, sujetaron a la mujer. Edward sostenía el tarro de aceite al lado de su madre que tardaba, rezaba y sudaba mientras la mujer gritaba. Finalmente, luego de acomodar ambas piernas, sacó a la criatura, le dio dos palmadas en la nalga para que respirara y se la entregó a la anciana que cuidaba el agua.
“Es un bello niño Rama”, le dijo a Edward mientras él apartaba la mirada para no verla cortar el cordón que lo mantenía unido a la mujer. “Ese fue el parto más hermoso que atendió mi mamá”, contó Edward muchos años después en El Bluff.

31/08/2013


sábado, 17 de agosto de 2013

BAHÍA DE BLUEFIELDS


El autor del poema Bahía de Bluefields es Beltran Bustamante.Es una obra clásica sobre Bluefields y aquí les dejo la letra y a Osberto Jerez interpretándolo con saxofón.

Bahía de Bluefields
Puertecita del mar
Sus almejas y ostiones
Son riquezas natural

En noche tibia
De luna plateada y sentimental
Las criollitas cual ninguna
En botecitos se ven remar.

Bahía de Bluefields
En tu despertar
Aparecen tus isletas
Que al poeta hacen soñar.

En noche tibia
De luna plateada y sentimental
Las negritas cual ninguna
En botecitos se ven remar.


Bahía de Bluefields










lunes, 14 de febrero de 2011

TRAVESIA DE SUEÑOS

El despertar era temprano. A las cinco y media de la mañana, abandonaban la cama tras el llamado de abnegadas madres. Se dirigían al baño mientras ellas preparaban el desayuno a sus hijos que debían atravesar la bahía en busca del pan del saber. Los días grises con sus intensas lluvias, sus relámpagos y truenos, nunca evitaron la travesía, no existía temor a la oscuridad del cielo, mucho menos a la invisibilidad de las costas.

A las seis y media de la mañana el muelle de El Bluff se inundaba de alegría. Un mar de voces, un cielo de risas y un infinito lleno de esperanzas se mezclaba con el encuentro de los estudiantes que le daban vida al viejo muelle pintándolo de azul y blanco. Paraguas y capotes, bultos llenos de cuadernos, lápices e ilusiones eran parte de su vestimenta. Varias madres acompañaban a sus hijos menores hasta el momento de partir en el barco que los llevaba hacia Bluefields en una travesía de casi una hora. Por su lentitud para cruzar el trecho de cuatro millas y media, a esos barcos se les llamaba “pospo”, entre ellos la Muca, Ethel, Fifi, Arturo y, el más veloz, la Lesbia.

En los días lluviosos el calor de los cuerpos se expandía dentro de la cabina del barco. Los bultos se abrían, los cuadernos florecían y la travesía se convertía en una sesión más de estudios. El ruido del motor se imponía y, como un maestro, no permitía establecer conversación alguna. Ese ambiente de húmeda tranquilidad daba sobresaltos con el resplandor provocado por un relámpago, por el rugir del trueno, el embate de las olas, la maniobra esquiva del capitán frente a un tronco inesperado, arrojado por el río Escondido; las miradas ardientes de novios, los temores de los menores y las bromas con objetos que cruzaban el espacio en busca de su objetivo provocaban risas, carcajadas inocentes.

Con el amanecer radiante, las costas de la bahía se mostraban con nitidez y las aguas calmas abandonaban el color terroso vistiéndose de azul marino claro, provocando un ambiente festivo. El rugir del motor desaparecía y los bultos ocupaban los asientos, mientras los estudiantes llenaban la caseta, la proa y la popa del barco para admirar en la distancia los entonces campos azules de Bluefields, las costas de la Isla del Venado, la abundante vegetación de Half Way Cay y el acompañamiento alegre de los delfines y medusas de mar.

A mitad de la travesía se observaba a los pescadores en sus cayucos de vela iniciar la faena del día, desplegando sus tarrayas sobre los bancos de chacalines y cardúmenes de róbalos y palometas. El barco de la empresa camaronera, atiborrado de trabajadores que saludaban a su paso, era encontrado al cruzar Half Way Cay. Al atracar en el muelle, los menores y muchachas salían de primero, mientras los mayores brindaban sus manos con cortesía. Poco a poco el barco quedaba vacío, abandonado por la alegría con que lo inundaban. Sus figuras se observaban hasta perderse, llenando las calles de Bluefields al dirigirse a los colegios Moravo, San José y Cristóbal Colón.

Por las tardes aparecían en el muelle en grupos o parejas hasta llenar nuevamente el barco que acogía sus sueños y la alegría exhibida en sus caras. La travesía se tornaba más amena, expresándose en besos y caricias de novios adolescentes, juegos en la cabina y sobre la cubierta, admiración de celestiales atardeceres que reflejaban los rayos del sol sobre las olas y la ansiedad por el regreso al hogar familiar. En la distancia, al acercarse al muelle de la Aduana, observaban los barcos mercantes atracados que cargaban y descargaban mercancías hasta altas horas de la noche y la salida de los barcos camaroneros hacia alta mar por la barra del puerto.

Muchos de ellos emigraron con el paso del tiempo hacia la capital para ingresar a las universidades y hoy son profesionales exitosos. Otros, por diversas causas, abandonaron el puerto y se encuentran dispersos alrededor del planeta, inmersos en una nueva travesía tras la búsqueda de los sueños que su puerto nunca pudo darles, mucho menos hoy, en las circunstancias de pobreza y marginación en que se encuentra, arrinconado en el olvido como el barrio más pobre de Bluefields.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 12 de febrero de 2011

viernes, 14 de enero de 2011

LENTES PARA EL CARIBE

La visión es la capacidad de distinguir los objetos y su entorno. El órgano de la visión es el ojo, que capta las vibraciones de la luz, que se desplaza en forma de onda y que vibra en contacto con los distintos cuerpos, transmitiéndolas al cerebro. Al sufrir algún tipo de trastorno dejamos de percibir la realidad circundante adecuadamente. Millones de personas padecen diversos tipos de enfermedades de la vista entre ellas conjuntivitis, glaucoma, miopía, astigmatismo, presbicia, estrabismo, cataratas y daltonismo.

Sr. Bob Peck
Desde hace nueve años se ha apoyado en la Costa Caribe a personas con problemas de visión mediante examen de la vista y dotación de lentes. Un total de treinta mil personas de la cuenca de Laguna de Perlas, Kukra Hill y Bluefields han sido beneficiadas con el apoyo solidario de diferentes personas, entre ellas, el Sr. Bob Peck, ex funcionario de la Universidad de Boston y actualmente retirado, en conjunto con FADCANIC.

Estudiantes de Williams College
En estos días, un grupo de catorce estudiantes de Williams College de la ciudad de Williamstown, MA., estuvieron en Nueva Guinea con el mismo propósito y atendieron en un día y medio de trabajo a más de un mil personas con problemas visuales. Este grupo de estudiantes estuvo coordinado por el Sr. Peck y las doctoras Katie Fields (optometrista privada), Elise Harb (profesora de la escuela de optometría de New England) y Jennifer Gustafson (optometrista de la administración de Veteranos).

La Universidad URACCAN los acogió, brindándoles el apoyo con la convocatoria y el recinto para la atención de las personas con problemas de visión. Su gira incluye nuevamente la cuenca de Laguna de Perlas y Bluefields.

Con lentes para mejorar la visión de los pobladores del Caribe se aporta en la salud, en la incorporación de muchos al Sistema Educativo Autonómico Regional (SEAR) y en el incremento de los niveles de autoestima de las personas. Grandioso sería que políticos regionales se examinaran la visión para que logren percibir la realidad de su pueblo tal como se vive: en desempleo, con hambre y miseria.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 13 de enero de 2011

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL CALLEJON OLVIDADO

I

¡Pasajeros del vuelo 453 de American Airlines con destino a la ciudad de Miami, por favor pasar a chequeo en la sala de migración! ¡Se les recuerda llevar a mano su pasaporte y boleto de embarque! ¡Este es el primer llamado! Esa voz de mujer, oculta tras los altoparlantes, sosegadora de angustias, hace que Joseph Norton se levante, abandone los pensamientos nostálgicos y se dirija a una vida nueva, a la aventura esperada por años, al trabajo de navegante. Ha logrado su sueño de ser un ship out man.

Se encuentra solitario, sus familiares están reunidos en Bluefields, tan anhelantes como él. Minutos antes ha conversado con su madre por teléfono. Le ha dicho que siempre se encomiende a Dios, que estará en sus plegarias y que nunca olvide su gente, sus raíces y su historia. Por su parte, Benjamín, su padre, le ha dicho: “no te preocupes, cuidaré a tus hermanos menores y a tu madre, disfruta el trabajo, descubrirás el mundo, la vida es corta y pronto volveremos a estar juntos, no tienes nada de qué avergonzarte, debes ser fuerte y evitar problemas”. Al abordar el avión y acomodarse en la sección 24C su ansiedad disminuye. Está nervioso, es su primer vuelo. Al elevarse la aeronave, sus recuerdos retroceden en el tiempo, vuelan hacia su barrio y al callejón donde ha crecido.

— ¿Vas a llamarme por teléfono? —pregunta Ivy con lágrimas que transitan amargas por sus mejillas.
— ¡Sí, mi amor, no habrá un día en que deje de hacerlo! —responde Joseph al mismo instante que se levanta de la cama en busca de su ropa. La observa frágil, dolida por la despedida.
— ¡Prometo esperarte toda la vida si es necesario! ¡Nada ni nadie podrá evitar que te siga amando! ¡Mi amor es sólo tuyo y para siempre! —concluye Ivy mientras Joseph se acerca a ella, toma su mano y le pone un anillo de compromiso en el dedo anular izquierdo.
— ¡Mi amor, mi vida!, ¡siempre he esperado este momento! —dice Ivy y se aferra a él como una niña con el corazón palpitante de emoción, con la alegría que le brinda la confirmación del anillo. Lo conoce bien, desde que eran niños y jugaban por todos los rincones del callejón de Beholden. Está segura que cumplirá la promesa.

Joseph recuerda este momento con dolor por la separación de su novia, amiga y cómplice de penas y sueños. Regresan a su mente los primeros besos que a escondidas se dieron bajo el viejo cocotero plantado en una de las esquinas, testigo de su amor y de la vida tormentosa y desesperada que se filtra desvaneciéndose en el callejón. Su padre le ha dicho que de nada debe avergonzarse y esas palabras inhiben lo más profundo de su existencia.

Se encuentra en la entrada principal del callejón, entre la esquina que lleva a la casa de Stubbs y la calle en dirección a la iglesia San Martín. Aún no cumple los dieciséis años. Asiste a clases en el colegio de Breda Wine por la mañanas y por las tardes ejerce las funciones de enlace entre los asiduos visitantes y extraños que recurren en busca de lo prohibido. Todos lo conocen, es el que media entre la ansiedad y la felicidad, entre la realidad y la fantasía, es la conexión con el mercader de la droga: cocaína, crack y la yerba que exalta sonrisas y pensamientos profundos. Sin él nadie logra lo deseado. Conoce a todos y le es fiel a Zangó, el hombre, el rey del callejón, el mercader invisible.

— ¡Nunca te atrevas llevar a mi casa a una de esas almas en pena! —dice Zangó. Ni que se trate del presidente del consejo regional, ni el alcalde. Ninguna persona puede conocer mi casa.
— No te preocupes, ninguna persona cruzará el callejón en tu búsqueda —le asegura Joseph. Inquieto le pregunta: ¿cómo haces cuando te buscan por las mañanas, cuando estoy en clases?
— Eso no es asunto tuyo. Tu puesto está cubierto por otra persona que no conoces ni debe interesarte —responde el mercader mientras asoma la cabeza a través de la ventana que está contigua al andén principal del callejón.

Zangó es misterioso, cauteloso y desconfiado como una fiera herida. Por las mañanas, mientras Joseph acude a la escuela, Dorothy, una muchacha de quince años que estudia por las tardes, ocupa su puesto. Durante su turno de enlace pasa inadvertida pelando cocos secos con un machete corto y filoso, acomodada en un banco de madera bajo la sombra de un árbol de pera de agua. Ese es su señuelo, pelar cocos, así es identificada por los tránsfugas de la realidad, evasores de penas y por los que se prestan a adquirir el boleto a ello.

Ambos han sido reclutados a través de familiares cercanos necesitados de la misma mercancía y por la carencia del dinero en el hogar familiar. Son los tiempos en que el trabajo ha abandonado Bluefields y únicamente pueden adquirirlo los que se han involucrado en actividades políticas y partidistas. La chamba es escasa y acarrear maletas de turistas en los muelles o salir a pescar a la bahía no alcanza para las necesidades crecientes de las familias. Zangó, de manera cumplida le entrega semanalmente a Joseph un sobre con la suma de mil quinientos córdobas y nunca se le ha ocurrido ni interesado preguntar por la cantidad que recibe Dorothy.

Además del turno que ejercía por las tardes, Joseph se encargaba de la misión más importante asignada por Zangó. En la madrugada de todos los jueves, entre las tres y cuatro de la mañana, después que ha terminado la fiesta en Four Brothers y Sima Club, debe esperar en su puesto de enlace una camioneta Toyota Prado color blanco. A las tres de la mañana en punto, Zangó le entrega un maletín “samsonite” con llave de combinación y al detenerse la camioneta abre la puerta trasera, coloca el maletín al fondo, junto al respaldar del asiento, y retira un saco de bramante con veinte kilogramos de peso. Sin revisar el contenido y mirar la cara de los ocupantes camina de prisa por el callejón hasta la casa de Zangó y lo entrega. Horas antes, el mismo día de todas las semanas, una camioneta Toyota Hilux de color celeste con plomo y luces intermitentes, recorre el barrio ahuyentando a los transeúntes, despejando el camino para consumar la operación; igual al campesino que labra la tierra para luego plantar la semilla que deberá dar sus frutos.

Los fines de semana son los más alegres en la vida de la gente del callejón. Salen de compra, se dirigen al mercado y visitan las principales tiendas de abarrotes. Zangó comparte con sus vecinos una parte de las ganancias de su próspero negocio. Se han convertido en sus cómplices, servidores y guardianes. Es el líder del callejón, la autoridad real, el que dicta lo que debe hacerse y lo prohibido. Antes lo fue Kahló, Janté y Zambá. Todos ellos ocupantes del trono por sucesión, un reinado no mayor a los quince años, una herencia real ganada por la confianza depositada en ellos por los habitantes del callejón, pero consagrada por la mano y el rostro invisible del poder. Ninguno de ellos, reyes sin corona, ostentan su riqueza; todo lo contrario, viven en las penumbras, en la casa de madera y techo de zinc más vieja, la casa que desprende un olor a madera en estado de descomposición por la invasión de las termitas y el pasar de los años sin que sus inquilinos se percaten de ello. El mismo olor que Zangó desprende de su aliento, sudor y orina.

Joseph conoció desde niño las normas establecidas en el callejón. Sin cuestionarse ni preguntar el por qué de ese particular modo de vivir, aceptó con naturalidad el trabajo de enlace, un trabajo de prestigio que garantizaba la continuidad de la vida de ancianos abandonados, de mujeres con hijos sin padres a cargo, de jóvenes drogadictos ambulantes y de hombres maduros sin sueños, esperanzas ni anhelos. También comprendió porque la mercancía de Zangó era la de mejor calidad, garantía de su alta demanda y las razones por las que nunca escaseaba, aun cuando en los titulares de los principales periódicos nacionales y en las radios locales anunciaban grandes decomisos de droga a narcotraficantes en alta mar y quiebres de puestos de venta en otros barrios de la ciudad.

La última madrugada del jueves en su puesto de enlace, al estacionarse la camioneta y depositar el maletín, encontró el saco acostumbrado y una bolsa de papel con un contenido enrollado. Una voz desde la cabina le dijo: “haz lo de siempre, pero no entregues la bolsa a Zangó, quédate con ella y guarda su contenido en una cuenta bancaria a nombre de tu padre para que en tu ausencia cubra los gastos de la familia mientras te acomodas y puedas ayudarle”. Zangó le explico a Joseph esta generosa medida como producto del nivel de estima de los seres invisibles de la camioneta, por su constancia y fidelidad. También le dijo que debía hacer exactamente lo que indicaban, luego de tomar una parte para emprender su viaje. Fue con su padre al banco e hizo la apertura de una cuenta de ahorro por la suma de tres mil dólares.

Nunca probó la droga, ninguna de las extremas, a excepción de un puro de marihuana ocasionalmente. Sus sueños no se lo permitían. Deseaba salir del callejón, dejar esa viciada vida, ver otro mundo. La oportunidad le llegó luego de hacer los trámites en la agencia de reclutamiento de marinos ubicada en su mismo barrio, después de concluir sus estudios de bachillerato. De unos trescientos aspirantes para ser ship out man, fue uno de los cinco elegidos y ahora que volaba hacia Miami en busca de sus sueños, nostálgico por su barrio, por el amor de Ivy y el mismo callejón, se preguntaba si las manos y rostros invisibles de la camioneta de los jueves habían intervenido en su favor.

Sus recuerdos se desvanecieron al escuchar el anuncio de la llegada del vuelo al aeropuerto internacional de Miami. Al salir de aduanas un empleado de la empresa naviera que lo empleaba sostenía una hoja impresa con su nombre: Joseph Norton. Se sintió libre, importante, comprendió que su vida cambiaria para siempre.

II

La empresa Majestic Sea le brindó la oportunidad esperada. Inicialmente tuvo que pasar un curso a bordo de un crucero para especializarse como asistente de camarotes. El dominio del inglés y del español fue una ventaja que supo aprovechar para ganarse el puesto y la confianza de su jefe inmediato. Después de quince días en alta mar firmó su primer contrato por un año con la posibilidad de renovarlo. Una vez firmado llamó entusiasmado a Ivy dándole la noticia y preguntando sobre su familia. Su sueldo básico mensual era de mil quinientos dólares, sin incluir las propinas generosas que los turistas entregan voluntariamente a los empleados que por su esmero se las merecen. En sus viajes como asistente de camarote tenía garantiza la alimentación, el vestuario y una buena cama donde descansar. Ese ambiente limpio y reluciente, con olor a nuevo y ordenado, le parecía un espejismo cuando los recuerdos del callejón regresaban a él.

Siempre fue amistoso con sus compañeros, lo que le permitió ganarse el cariño y respeto de ellos. Estaba a cargo de varios camarotes y suites. En su labor se esforzó al máximo, asegurándose que estuviera siempre en orden, garantizando a los turistas unas vacaciones placenteras. Cambiaba la ropa de cama y limpiaba totalmente las habitaciones y, al concluir su labor, antes de cerrar la puerta, revisaba cada rincón del camarote dos o tres veces. No descuidaba ningún detalle. Si un huésped usaba espejo de mano, lo limpiaba. Si encontraba abierta una computadora portátil, le quitaba el polvo. Esos detalles lo hacían merecedor de jugosas propinas y el primer mes de trabajo logró juntar setecientos dólares.

Además del salario y las propinas, lo que más le gustaba a Joseph del trabajo en el crucero eran los viajes. En su primer año conoció las Bermudas, Cozumel, Gran Caimán, Puerto Rico, República Dominicana, Panamá y varias islas de las antillas menores. En cada uno de estos destinos aprovechaba para salir junto con sus compañeros de trabajo y llamaba a Ivy para contarle las maravillas de esos mundos y recordarle su promesa de amor. Ivy, por su parte, le comentaba la situación de su casa, del barrio y el callejón, así como la confirmación de la transferencia mensual de trescientos dólares que hacia a su nombre para entregárselos a su padre.

Al concluir el primer año como asistente de camarotes en la naviera Majestic Sea le comunicaron que debía tomar un mes de vacaciones y le extendieron el contrato por tres años renovables. Al regresar a Fort Lauderdale, proveniente de Martinica para tomar sus vacaciones, el boleto de regreso a Bluefields lo esperaba.

III

Ivy fue a su encuentro en el aeropuerto que cambia de nombre según el partido político que ostenta el poder: para los de derecha Las Mercedes y para los cristianos, socialistas y solidarios, Augusto Cesar Sandino. Desde que lo vio a través de los ventanales de vidrio se dio cuenta de lo mucho que había cambiado. Vestía con pantalones jeans color azul, camiseta de cuello color celeste, tenis blanco marca Adidas, chaqueta de cuero color café y sobre su pecho colgaba una gruesa cadena de oro. El cabello lo llevaba bien corto y en su cara sobresalía un exuberante bigote que terminaba afinado en las comisuras labiales. Su cuerpo había cambiado, lo notaba robusto, con varias libras de peso de más y esa nueva apariencia hacia palpitar de entusiasmo su enamorado corazón.

Al salir con sus maletas (tres, más su bolso de mano), Ivy corrió a sus brazos. Se abrazaron, se besaron, dejaban de hacerlo, se miraban a los ojos y volvían a besarse como dos locos enamorados mientras robaban las miradas de otros que esperaban a sus seres queridos sin atreverse a demostrar su amor y cariño como ellos. Tomaron un taxi y se hospedaron en el hotel Camino Real por su cercanía al aeropuerto para partir en el primer vuelo del siguiente día hacia Bluefields.

Se alojaron en la mejor habitación. Al entrar, los besos no cesaron, las caricias, los deseos retenidos y la pasión desbocada, explotaron como un volcán en erupciones múltiples hasta que los cuerpos, vencidos por el agotamiento placentero, dejaron las huellas de su amor en el amplio sofá que amueblaba el ambiente y en las sábanas blancas de la cama king size. Renovados de espíritu salieron al restaurante donde cenaron como enamorados en su primera cita.

— Veo que aún llevas el anillo que te entregué hace más de un año —dice Joseph al acariciar su mano.
— Nunca me lo he quitado. Ha sido mi compañero fiel desde que te fuiste, testigo de mi soledad y confort del recuerdo de tu amor —respondió Ivy acariciándole las mejillas, sintiéndolas rellenas y un poco más abultadas.
— Prepárate, es tiempo que uses uno nuevo, uno definitivo, el que llevaras el resto de tu vida —dice Joseph mientras le muestra dos anillos de oro, anillos de compromiso con sus nombres gravados.
— ¡Joseph, no te entiendo!, ¿qué estas pensando? —pregunta Ivy mirando los anillos.
— Mi amor, nos vamos a casar. Quiero que seas la mujer que me acompañe de por vida, quiero que me des hijos, quiero una nueva vida y solamente con vos la podré alcanzar —responde besando sus labios.
— Pero así, de pronto. Tenemos que planear bien el matrimonio —dice Ivy, aún incrédula y llena de emoción.
— No te preocupes, todo está arreglado. Desde hace quince días hable con Breda Wine por teléfono para que en su iglesia nos casemos. Él ya lo sabe y nos casamos dentro de cinco días.
— ¡Pero Joseph, hay que hacer otros preparativos! No tengo traje de novia, tenemos que invitar a nuestros amigos y familiares —agrega Ivy.
— Todo está arreglado. Traigo tu traje de novia y las tarjetas para los invitados, espero que solamente sean familiares y ciertos amigos.
— ¿Por qué no me lo dijiste por teléfono? —cuestiona Ivy.
— Debes preaparte desde ahora para nuevas sorpresas. Espero sean muchas en nuestra futura vida —dice Joseph con una confianza que rebasaba los límites de la temeridad.

IV

De regreso en Bluefields, Joseph anuncia el matrimonio a su familia y a la de Ivy. Ambas lo celebran con alegría y señal de un mejor porvenir. Visita a Breda Wine y le entrega quinientos dólares para que se encargue de los preparativos de la iglesia. Camina hacia la casa de Zangó y un joven de unos dieciocho años se interpone en su camino. Es el nuevo enlace hacia el rey del callejón. Luego de explicarle sus motivos y al regresar con el visto bueno de Zangó, entra a la vieja casa donde lo espera acostado en una hamaca que cuelga en la sala.

— Has regresado. Como te veo, parece que te ha ido muy bien —dice el rey sin invitarlo a tomar asiento porque no existen, mientras se inclina empujando sus piernas sobre la hamaca.
— ¿Quién es el que ha ocupado mi lugar? —dice Joseph con cierto aire de celos mientras introduce su mano en el bolsillo derecho del pantalón para sacar dinero y dárselo a Zangó.
— No quiero ningún regalo de tu parte. No me debes nada. Al contrario, siempre estaré agradecido por tus servicios de enlace, el mejor que he tenido en estos últimos años. El nuevo enlace se llama Roger y te ha reemplazado desde que te fuiste.
— ¿Y Dorothy?, ¿aún esta a tus servicios? —pregunta Joseph mientras se sienta en el soporte inferior de la ventana de madera que da al callejón.
— Siempre. A ella le he confiado la espera de la camioneta Toyota Prado de los jueves —responde Zangó mientras se levanta de la hamaca. —Es una chavala seria y muy responsable —agrega.
— ¿Y como está el negocio?
— Mucho mejor. La situación ha mejorado. Tengo nueva clientela, las visitas son mas frecuentes. Hay mucha gente refinada que busca la cocaína, gente de las altas esferas sociales de Bluefields. El crack lo consumen los que ya no encuentran el placer del polvo, esos que puedes ver por las calles en estado lamentable, vagabundos que hacen cualquier cosa por drogarse.
— ¿Y vos?, ¿cuenta cómo te ha ido? —pregunta Zangó.

Joseph le explica con entusiasmo el tipo de trabajo que realiza, los lugares que ha conocido, las amistades que ha hecho, la cantidad de dinero que ha ganado en el transcurso del año y su continuidad por la renovación del contrato. Zangó ha regresado a la hamaca y lo escucha atento sin perderse ningún detalle.

— Eso me llena de alegría, se nota en tu rostro lo contento que estás, siempre supe que lo lograrías —dice Zangó cuando Joseph concluye.
— Me casare con Ivy el domingo, he venido a invitarte a la boda. Quiero que asistas.
— Joseph, querido Joseph, sabes muy bien que no podré asistir, mi vida no me lo permite, no puedo frecuentar ni siquiera la iglesia —dice Zangó con cierta pesadez en sus palabras, con un destello de dolor que sale de la profundidad de su ser.
— Pero puedes asistir a la boda civil. Se realizará en casa de Ivy el día jueves —insiste Joseph.
— Lo siento mucho, no podré. Recuerda que es el día del intercambio y debo preparar cuentas. Te deseo la mayor felicidad de este mundo desquiciado. Ivy siempre ha sido una buena muchacha y estoy seguro que serán felices. Ven, acércate, déjame darte un abrazo.

Joseph se acerca. Zangó se levanta de la hamaca y ambos se aferran en un abrazo fuerte y profundo. Es un abrazo de hermanos, del maestro con el aprendiz, del pasado con el futuro. El abrazo del rey en su calabozo y del súbdito libre, liberado de esa vida del callejón que se desvanece, que se erosiona con el paso del tiempo sin dejar huellas. Ese abrazo para Joseph duró una eternidad y el tiempo que permaneció aferrado a Zangó volvió a vivir su pasado, reconoció las caras que buscaban la droga, el ruido de la camioneta de luces intermitentes, el maletín de los jueves y las vidas desperdiciadas de los habitantes del callejón, de los niños, jóvenes, mujeres y de los ancianos. Se sintió lleno de culpa.

— Siempre he tenido la necesidad de saber, siempre me he preguntado si alguien intervino para que se me diera la oportunidad de irme embarcado —dice Joseph mirándolo fijamente a los ojos.
— Lo que está para vos nadie podrá quitarlo de tu camino. Todas las cosas que nos suceden tienen un fin, un propósito y el tuyo ya está definido —dice Zangó con un cierto aire filosófico.
— ¡Contesta mi pregunta! —insiste Joseph.
— El tiempo te dará la respuesta, él se encarga de aclararnos el camino y la mente. No te precipites, disfruta tu nueva vida, ama a Ivy, cría a tus hijos, edúcalos y sácalos de este maldito callejón. Ahora vete, visita a tus amigos, disfruta tu estadía en Bluefields —concluye Zangó.
— Volveré a visitarte, antes que regrese al trabajo —agrega Joseph al despedirse.
— No lo hagas, no debes exponerte más. Es por nuestro bien. Te deseo lo mejor —dice Zangó al verlo bajar las gradas de la casa.

Al caminar por el callejón Joseph medita. Aún siente el abrazo que le dio Zangó y un ardor en el pecho. Su cuerpo está impregnado de su olor. No comprende lo que le dijo, no termina de entenderlo, sus dudas han aumentado. De lo que sí está claro es que debe salir del callejón, abandonar definitivamente el lugar que lo vio nacer, el lugar donde sus ancestros y su familia ha vivido de por vida. Los olores pesados que inhala, la suciedad a su alrededor, los cuerpos drogados tirados en los corredores, los niños que corren desnudos y descalzos, los viejos que languidecen esperando la gracia divina para llevarlos a una vida mejor; son imágenes que se contraponen en espejos de realidades paralelas, entre su vida del callejón y la de olores fragantes, la higiene, lo reluciente, lo ordenado, las sonrisas de satisfacción y la fantasía que se vive en el crucero y los hoteles de descanso donde espera una nueva travesía por el majestuoso caribe.

V

El día domingo, a las nueve y treinta de la mañana, Joseph está listo en su casa, viste de traje con chaleco y corbata adornada por lunares blancos. Aparenta mayor edad. Por su parte, Ivy luce espléndida, reluciente y bella con el vestido de bodas que resalta sus mejores cualidades. Él aún no la ha visto vestida de novia. Joseph se dirige hacia la iglesia con su madrina. Ha escogido certeramente a Dorothy y nadie ha cuestionado su decisión. Al llegar a la iglesia es recibido por los invitados, principalmente familiares y amigos de ambos.

Luego de los saludos, caminan hacia el altar donde Breda Wine los espera sonriente con su traje de ceremonia, aparenta tener la conciencia y alma limpia. Ha realizado los preparativos de la boda con un esmero nunca antes visto. La iglesia se encuentra adornada con cortinas nuevas, flores silvestres y ha dado retoques de pintura color pastel a los cuatro costados de su templo. De pie, frente al altar, Joseph se acomoda al lado izquierdo de Dorothy y, tras una espera de diez minutos, se escucha la marcha triunfal de Mendelssohn que anuncia la llegada de Ivy. La comitiva adquiere la forma de un desfile que marcha al ritmo de la música, encabezado por las damas de honor y seguidas por Ivy que lleva sostenido con ambas manos el ramo de flores, mientras su padre sostiene con su mano izquierda su brazo derecho y al caminar ella lleva medio paso adelante. Los pasos de ambos son cortos y juntan los pies tras cada avance hacia el altar.

Todas las miradas se concentran en Ivy quien luce bella, hermosa, radiante de alegría y determinación. Joseph desde el altar la admira, nunca antes la había visto tan bella como en esta ocasión en que sellaran su amor para siempre. Al llegar al altar, el padre de Ivy toma su mano y se la entrega a Joseph quien se encuentra maravillado al verla tan reluciente y le dice: “te entregó a mi hija, luz de mis ojos, corazón de mi corazón y confío en que sabrás honrarla y amarla por siempre”.

Luego que los padrinos se acomodan a ambos lados de los novios, Breda Wine inicia la ceremonia dando la bienvenida. Como bien sabe hacerlo, dirige palabras alentadoras que relajan el ambiente tenso por el que pasan los novios. Procede a la liturgia del evangelio, lee a Tobías 8, 5 - 10 del viejo testamento y luego pasa a la homilía haciéndola bastante informal, aleccionando a los novios sobre el significado del matrimonio. En el interrogatorio ambos asienten, han decidido contraer matrimonio de forma libre, con la voluntad de guardarse fidelidad y cumplir con las distintas obligaciones matrimoniales. Luego procede a desarrollar el consentimiento con la participación de los novios:

— Ivy, ¿quieres ser mi mujer? —pregunta Joseph.
— Sí, quiero, Joseph —responde Ivy.
— Joseph, ¿quieres ser mi marido? —pregunta Ivy.
— Sí, quiero, Ivy — dice Joseph.
— Ivy, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida, todos los días y todas las noches —dice Joseph con emoción.
— Joseph, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente el resto de mi vida, en los momentos de felicidad y angustias, en la salud y enfermedad, hasta el último de mis días —concluye Ivy con lágrimas de felicidad en sus ojos.

Sellan su compromiso con los anillos y, al ser declarados marido y mujer, se abrazan como la primera vez y besan ansiosos, con un beso que concluye por los extensos aplausos de los participantes en la ceremonia. Al voltearse hacia los invitados, Joseph observa hacia la entrada principal de la iglesia y descubre la camioneta Toyota Prado de los jueves que sale deprisa del parqueo. No le presta mucha atención debido a los saludos, abrazos y deseos de felicidad para ambos por parte de los presentes. Está inquieto pero no permite que esa visión perturbe el momento de felicidad.

La fiesta de la boda se realiza en el segundo piso del hotel South Atlantic numero dos y termina hasta muy entrada la noche. Antes de finalizar la fiesta los novios se trasladan hacia el hotel Oasis donde han decidido pasar tres días con sus noches disfrutando su luna de miel. Al concluir, los invitados quedan satisfechos y recordarán el acontecimiento como uno de los mejores de los últimos años en la ciudad por la exquisitez de la comida, el ambiente bien decorado, la música variada y la felicidad de Ivy y Joseph.

VI

Acude nuevamente a su trabajo de asistente de camarotes. Previo al viaje ha convencido a Ivy que deben abandonar la vida del callejón. Para ello acuerdan buscar un terreno para iniciar la construcción de su casa. Viaja nuevamente a Miami, ahora más confiado que antes y con la determinación de ahorrar para rehacer su vida. Sus recuerdos y nostalgias se concentran en Ivy. Recuerda su luna de miel, revive los tres días de amor y placer compartidos sin inhibiciones, similar a un río que se esparce inundando con su torrente desconsiderado lo que encuentra en su curso.

Al llegar a Miami se dirige en otro vuelo a Fort Lauderdale para zarpar al siguiente día en el mismo barco hacia las Bahamas por cuatro días. Desempeña su labor con mayores ánimos y diario se comunica con Ivy. Al concluir el crucero le informan que a partir de ese momento ha sido asignado a una nueva ruta de viajes y promovido al cargo de supervisor de asistentes de camarotes con un salario mensual de cinco mil doscientos dólares. La vida le ha jugado una buena pasada y recuerda con claridad lo que Zangó le dijo aquella mañana, acostado en la hamaca, cuando lo visitó en su casa del callejón.

Viaja a Hawai. Se embarca en el Rhapsody of the Seas de la empresa de cruceros Royal Caribbean con capacidad de dos mil cuatrocientos pasajeros, doscientos setenta y nueve metros de eslora y velocidad de crucero de veintidós nudos. Un barco lujoso que hace la travesía por las islas de Hawai y culmina en Vancouver, Columbia Británica. Con frecuencia mensual deposita cuatro mil dólares en una cuenta bancaria a su nombre y transfiere siempre trescientos a su padre y el resto a Ivy a través de Western Union. Ivy en una de sus conversaciones telefónicas le comenta que tiene tres meses de embarazo. Joseph se siente el hombre más feliz de la embarcación, lo comunica a sus amigos, compañeros, a su jefe inmediato y celebran sin freno al llegar a Vancouver. Joseph insiste ahora más que antes en abandonar el callejón mientras Ivy le dice que ha buscado diversos terrenos en Bluefields y que en su próximo regreso tendrá que decidirse por uno para construir la casa deseada por ambos.

Durante un año continuo se desempeña en el puesto haciendo el mismo recorrido. Al término del periodo regresa a Bluefields con la ilusión de cargar en sus brazos a su hijo. Un día después de pasar en el barrio, en el callejón, visita diversos terrenos que se ofertan y decide comprar uno en el barrio Loma Fresca, un sitio alejado del centro de la ciudad y de su barrio, en el que se han construido casas modernas, pequeñas mansiones con arquitectura nunca antes vista en Bluefields.

Discute con Ivy porque ha tomado la decisión de salir lo antes posible del callejón. No quiere que su hijo, a quien ha nombrado Samuel, siga en la casa de sus padres. Los siguientes días se hospedan en un hotel, hace los trámites legales para la compra del terreno y busca una vivienda en alquiler para que Ivy y su hijo se trasladen a vivir en ella tras su ausencia. Los padres de ambos resienten la decisión tomada pero al final aceptan los argumentos de Joseph: quiere una nueva vida para su mujer y su hijo. En una visita a Zangó lo felicita y le augura un esplendido porvenir.

VII

Con el paso de los años Joseph continúa embarcado y regresa cada año a Bluefields en sus vacaciones. Cinco años después de haber comprado el terreno en Loma Fresca concluye su casa soñada. Los planos y su diseño se los hizo un arquitecto que conoció en uno de sus viajes y que lo acompaño a Bluefields para inspeccionar el terreno de una manzana. La casa es majestuosa. Es de dos pisos con una fachada parecida a la de la Casa Blanca. En el primer piso tiene un área de recepción, una amplia sala amueblada con todo lo necesario y moderno, una sala con una mesa de billar, a un lado una terraza con un moderno horno para hacer asados, dos baños de lujo y una espléndida cocina. En el piso de arriba seis habitaciones cuentan con aire acondicionado, baños privados con ducha caliente, camas king size, televisores de plasma de treinta y dos pulgadas y en el centro de ellas una amplia sala de estar con un bar exquisitamente surtido. Un pozo artesiano abastece de agua que almacena en dos tanques de cinco mil galones cada uno.

Luego de veinticinco años como jefe de camareros en los cruceros de Royal Caribbean, decide retirarse. Ivy no ha podido darle más hijos. Samuel estudia ingeniería en la Universidad Católica de Managua. En el garaje de su casa hay tres vehículos parqueados. Un Toyota Corolla que utiliza Ivy, una camioneta Mercedes Benz de color blanco cubierta totalmente y una camioneta Ford Explorer que Joseph utiliza en sus salidas por las calles de Bluefields.

Zangó ha transferido el trono. Su reinado ha concluido. Ahora el rey del callejón es Kachá y su enlace de los jueves sigue siendo Dorothy, la madrina de matrimonio de Joseph. Uno de esos jueves de transacción, la camioneta en que debe depositar el maletín y retirar el saco de bramante ha cambiado. Dorothy lo sabe, Kachá se lo ha dicho. Luego de circular la camioneta color celeste con plomo y luces intermitentes ahuyentando a los trasnochados, una camioneta Mercedes Benz color blanco se estaciona, Dorothy deposita el maletín y retira el saco, su peso ha aumentado, ahora es de treinta kilogramos. Escucha una voz en la cabina que la saluda. Su rostro cambia de semblante, deja de estar nerviosa y se siente segura, en confianza porque reconoce la voz, sabe quién es el nuevo suplidor de la mercancía.

Mientras Zangó ha desaparecido del callejón y Joseph ha realizado sus sueños, la vida del callejón se esfuma, se disipa al igual que el humo del crack o la cocaína inhalada mientras el futuro de los niños y los jóvenes es cada vez mas incierto, sin que nadie cuestione y actúe para erradicar el mal deseado por muchos que viven a expensas de generaciones que se pierden en la marginación, la pobreza y las drogas.

Ronald Hill A.
La Colina
hillron@hotmail.com
Miércoles, 10 de noviembre de 2010
Nueva Guinea, RAAS.


miércoles, 20 de octubre de 2010

EN BLUEFIELDS CON EL POETA

I. EL ENCUENTRO Y NUESTRO REINO

Foto El Nuevo Diario
Tenía muchos años de no verlo. Salí a la recepción del hotel en busca de la guía telefónica y noté que al lado alguien me observaba. Nos vimos, nos reconocimos, nos dimos la mano y un abrazo de hermanos. Fue mi maestro, lo seguirá siendo. Es Guillermo Villanueva, llamado con cariño “Memo” por los chontaleños y sus amigos. Quedamos de vernos por la noche. No lo logramos hasta el día siguiente. Conversamos en su habitación. Me habló de sus libros, de sus escritos y poemas; uno de sus textos es especial, es un poema a Bluefields, en él recupera recuerdos de días lejanos y felices. Me lo pasó para leerlo. No, le dije, vos sos el poeta y quiero que lo leas con la inspiración que te motivó a escribirlo. Lo leyó inspirado. Evocó la bahía por un amor que debió haber sido suyo toda la vida.

Salimos a recorrer las calles de Bluefields de tarde. Caminamos hasta el parque donde se celebraba la elección de Miss Bluefields. Al inicio evitamos la música estridente. Subimos al kiosco, luego me dijo que quería ver de cerca el nuevo edificio, antes el Cristóbal Colón, del consejo regional. Más tarde lo invité a que descubriera los centenarios caobas y se quedó admirado. Trepamos al pie del monumento de la autonomía y desde allí observamos a las bellas disputándose el título de ganadora. En un entremés vimos una competencia de baile, desde el inicio dijo: “la gorda, la gorda va a ganar”. Así fue. Es sensual, tiene cadencia, dijo.

Caminamos a un costado del parque, el que lleva al estadio de béisbol. Allí nos sentamos a platicar y preguntó sobre mi vida; se la mostré en varias tomas. Estás bien, seguí así, dijo.

II. LA CUCARACHITA CHONTALEÑA

No bebe ni fuma. Desde que lo conozco sus placeres han sido la lectura, la escritura, la buena comida y las musas que lo inspiran. Subimos a la azotea de un restaurante y las pláticas cesaron hasta muy tarde.

Tiene buen apetito. En una de sus salidas gastronómicas visitó los Pollos Tip Top y descubrió que hay cucarachas. No puede ser, son irresponsables. No se los perdono, dijo. Al pasar por el lugar, con entusiasmo, me lleva a verlas desde afuera, a través de las ventanas de vidrio. ¡Mira, mira, allá están! ¿Las ves? Sí, sí, le digo. Son pequeñas, son raras.

Al día siguiente por la tarde había acordado con Carlos Eddie Monterrey en vernos para identificar a dos de los nueve jóvenes guerrilleros que aparecen en una foto junto con él. ¿A dónde vamos?, pregunta. Sí, vamos, me dice, yo lo conozco. Llegamos al rancho. El lleva uno de sus libros para regalárselo. Yo cargo la cámara fotográfica y en ella va la foto. Al llegar, llamo por teléfono a Carlos y responde que no tarda. Qué vas a comer, pregunta. Camarones al ajillo, le digo. Pedí pues, yo voy a ver cómo están, a ver si me decido, contesta. Al llegar Carlos Eddie, después de los saludos, toma el libro, lo firma frente a él y se lo entrega. Sirven mis camarones y decide pedir lo mismo. Hoy tengo ganas comer bien, así que tráeme, además de los camarones, una tajaditas de plátano con chanchito, le dice al mesero. Le muestro la foto a Carlos Eddie y no recuerda el nombre de los dos que me interesan, son los que nadie recuerda. Míralo, le dice, cómo come, está calladito. Le sirven sus platos y Carlos Eddie ordena que sirvan un plato de rondón. Me quedo extrañado, estoy lleno. Lo comemos también, dice.

Entusiasmado, Carlos Eddie lleva la cámara a su esposa para mostrarle la fotografía. Cómo ves a Carlos Eddie, me pregunta. Lo veo tranquilo, sereno, sin prisa, no tiene ningún estrés. Lo veo inmerso en su negocio, en sus planes de mejora, en rescatar la cultura local, está sin preocupaciones. Así lo veo yo también, dice. Al regresar Carlos Eddie se lo comenta. Le pregunta sobre las mejoras del Rancho. Tengo que estar pendiente del mantenimiento, hay que fumigando con comenejol, dice Carlos Eddie. Inmediatamente le cuenta lo de las cucarachas y Carlos Eddie se sorprende y dice: fíjate, aquí antes no había de esas, son chiquitas, son raras. Se vienen por los árboles, ya inundaron Nueva Guinea y ahora están en Bluefields, son cucarachitas Chontaleñas, digo. Para de comer y ríe a carcajadas. La palma de su mano derecha busca la de mi mano izquierda y las chocamos entre carcajadas. Sos bandido, dice. ¿Quieres una tortillita tostada, con queso y cuajada?, le pregunto. Aquí no hay, sólo que las hagan de leche de coco, contesta y reímos a carcajadas.

III. LA DE BLANCO O LA DE NEGRO

No han servido la comida. Pide vaso de jugo de naranja tipo frost. El mesero le dice que la licuadora se ha dañado y él se ríe a carcajadas. El mesero le ofrece uno preparado con hielo bien picado y lo acepta. Ve que frescura, dice.

Mira, mira, dice en voz baja y con malicia. Dos damas le hacen compañía a un hombre de unos sesenta años en una mesa cercana. Una de ellas lleva puesta una blusa blanca, es la más joven. La otra viste una blusa negra. El hombre está sentado en el centro, ellas a los lados. Quiero ver si sos fiera, me dice. A cuál de las dos crees que enamora, me pregunta. Creo que a la de negro, pero estoy seguro que para vos es a la de blanco, le digo. Pues sí, dice. Mira, mira, como la atiende, dice. Cuando terminan de comer y se retiran de la mesa las queda viendo. Fíjate bien, le digo. Es más bella la de negro, dice. Sos fiera.

IV. EL POETA Y EL PARAGUAS

Salgo a la recepción del hotel y llevo un paraguas en la mano derecha. Por si llueve, le digo. No va a llover, me dice y regreso a dejarlo a la habitación. Vámonos, caminemos, me dice. Recorremos las calles, las esquinas y recuerdos comunes. Quedamos en volver a vernos el día siguiente. Salgo de la habitación y lo espero en el porche. Lleva un paraguas y me da la impresión que lo necesita de apoyo. ¿Y ese paraguas?, pregunto. No va a llover, le digo. Es mi entrada al paraíso, dice golpeando el piso con la punta. La recepcionista ríe a carcajadas, yo divago y luego, al comprenderlo, también sonrío.

V. SUS RECUERDOS DE BLUEFIELDS

Bluefields le da nuevos brillos. Así lo percibí. Se siente en un mundo encantado y encantador. A varios amigos nos acompaño en 1977, durante el periodo de vacaciones. Conoció mi casa, mis padres y hermanos. Mi padre le mostró las artes de pesca. Pero de todos sus recuerdos sobresale su diosa, así la llama, Johanna. Todavía hoy, después de tantos años, siente el aroma de ella al pasar por la que fue su casa. Al escucharlo leer el poema a Bluefields, comprendí por qué sobrevive en sus recuerdos aquel llamado ardiente y puro, tierno y volcánico de su diosa; con el paso de los años, tal como su padre se lo dijo, la tibieza de su ombligo sigue tentando sus noches en celo.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 19 de octubre de 2010