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domingo, 27 de septiembre de 2026

EL RONDÓN DE MI PAPÁ

 


Mi papá, White Bush Hill, decía que el rondón debía hacerse en familia y a la orilla del mar. No sé cuántas veces se lo escuché decir. Ahora, tantos años después, basta que alguien mencione un rondón para que yo vuelva a verlo junto al caldero, con el Caribe detrás.

Lo hacía en Corn Island y en la playa de El Bluff. También en los cayitos de Utila, aunque allá le cambiaba el nombre.

—Vamos a hacer un bando —decía.

Así le llaman en Utila al mismo rondón que nosotros conocemos. Cambiaba el nombre, pero no aquella costumbre de reunir a la familia y pasar buena parte del día junto al mar. Mi papá tampoco escogía cualquier lugar. Buscaba un sitio donde hubiera cocoteros y buena sombra. Nosotros recogíamos leña y algunos troncos que encontrábamos en la playa; con la leña se hacía el fuego y los troncos servían de asiento.

Los ingredientes llegaban en sacos y canastas. Muchas veces el coco venía rallado desde la casa y ya en la playa exprimían la pulpa para sacarle aquella leche blanca que iba primero al caldero. Mi papá atizaba el fuego y comenzaba la espera.

Tenía su manera de hacer las cosas. Apenas la leche de coco empezaba a calentarse, agregaba cebolla, chiltoma, ajo, pimienta y su punto de sal. Después venían los bastimentos, pero tampoco los echaba todos juntos. Primero la yuca, después el quequisque, el plátano, el banano verde y los demás, cada uno a su tiempo. Él miraba el caldero y sabía cuándo debía entrar lo siguiente. La fruta de pan era otra cosa. No siempre había, porque dependía de la temporada de cosecha. Cuando la teníamos, esperaba hasta que el rondón estuviera casi dando el punto para agregarla.

Y no cualquier pescado servía para el rondón de mi papá. Su preferido era el king fish, grande y carnoso. Lo cortaba en buenas rodajas, lo freía aparte y lo dejaba esperando su momento. También hacía rondón de cambute, aquel caracol de mar que tanto nos gustaba. Otras veces utilizaba la pierna del jamón, pero tenía que quedarle carne pegada al hueso. También podía hacerlo de cecina salada o de cerdo salado y secado al sol. Y claro que sí, le gustaba el de Wari, pero no recuerdo que hiciera de tortuga. La tortuga la hacía en caldillo, frita o con leche de coco pero no en rondón. 

Casi al final hacía la masa de los domplin con harina, agua y sal. Los formaba con las manos y los iba agregando al caldero junto con las rodajas de king fish que había frito antes. Después venía el chile de cabro. Ese sí que no podía faltar. Mi papá lo echaba entero, sin cortarlo, y lo dejaba allí mientras el rondón terminaba de hacerse.

—Es para que agarre su aroma y sabor —decía.

Y cubitos Maggi, nunca. Ahora veo que mucha gente le pone cubitos a todo, pero mi papá no le echaba ninguno al rondón. Con todo aquello que había dentro del caldero, no hacía falta.

Pero si les sigo contando solamente lo que llevaba el rondón, les voy a contar apenas una parte. Porque lo mejor ocurría alrededor del fuego.

En El Bluff casi siempre estaban los amigos de mi papá: tío Felipe, Payo Montero y Bartlett. Se acomodaban en aquellos troncos bajo los cocoteros, hablaban de sus cosas y de pronto alguno soltaba una carcajada que se escuchaba desde lejos. Mi papá entraba y salía de la conversación porque tenía que atender el fuego.

Y claro, también estaban los tragos. Llevaban termos con hielo, ron, cervezas, gaseosas, chileros, jugos y otras cosas para pasar el día. Si alguien se acercaba, siempre había algo que ofrecerle. En eso eran muy atentos.

Hay una imagen de mi papá que todavía me hace reír. Cuando se le terminaba el trago no pedía otro. Agitaba el vaso para que sonara el hielo y miraba a sus amigos. Ellos ya sabían. Alguno se levantaba y volvía a servirle, y mi papá regresaba a lo suyo. A veces, mientras revisaba el caldero, soltaba aquello de que “el rondón siempre es mejor cuando lo cocina un hombre”. Mi madre, tía Mechú y Dora Luz sabían que las estaba provocando. Mi mamá también hacía un rondón riquísimo y él lo sabía. Pero así era la broma y aquello terminaba en risas.

Nosotros, los chavalos, vivíamos nuestra propia fiesta. Corríamos por la arena, entrábamos al mar, salíamos y al rato estábamos otra vez en el agua. Las mujeres nos mantenían bajo la mirada, aunque nosotros creíamos andar libres por toda la playa.

Y no todo era bañarnos. Nos íbamos por los alrededores buscando icacos, uvas de mar y manzana de los cocos. Cuando encontrábamos bastante, levantábamos la parte de abajo de la camiseta y hacíamos una especie de bolsa para llevarlos. Regresábamos orgullosos donde los adultos y les ofrecíamos lo que habíamos encontrado. Después volvíamos a desaparecer rumbo al agua.

Hasta que el olor del rondón nos encontraba. Podíamos estar metidos en el mar y aquel olor llegaba hasta nosotros. Salíamos con la sal pegada al cuerpo y la arena en los pies y mirábamos hacia el caldero.

Ya casi.

Mi papá probaba el caldo, atizaba el fuego, acomodaba algún pedazo de leña y volvía a mirar dentro del caldero. No recuerdo que necesitara reloj para aquello.

Él sabía.

Si cierro los ojos todavía puedo escuchar aquella playa. Las olas, nuestros gritos desde el agua, las conversaciones de los mayores y alguna carcajada que sobresalía de las demás. Y entre todos aquellos sonidos, de vez en cuando, el hielo golpeando dentro de un vaso.

Hasta que mi papá decía:

—Ya está.

Entonces salíamos del mar y nos acercábamos con el hambre que dejan horas de correr, nadar y andar de un lado para otro. Cada uno buscaba su plato y cuchara y se acomodaba bajo los cocoteros, algunos todavía sobre aquellos troncos recogidos en la playa.

Alguien pedía más caldo, otro quería otro pedazo y las conversaciones seguían. Nosotros seguramente estábamos pensando en regresar al agua apenas termináramos. Éramos chavalos. Qué iba a saber que tantos años después recordaría hasta el sonido del hielo dentro de un vaso.

Al final todavía nos esperaba un trabajo. Los mismos sacos en que habían llegado los ingredientes servían para recoger latas, botellas, restos y toda la basura que habíamos producido. Eso nos tocaba a nosotros, bajo la mirada de los adultos. Nada debía quedar tirado en la playa. Después cargábamos los sacos de regreso a casa. Habían llegado llenos con las cosas para el rondón y regresaban con nuestra basura. Atrás quedaba la playa limpia.

Y miren cómo trabaja la memoria. Comencé hablándoles del rondón de mi papá y ya estoy viendo a tío Felipe, Payo Montero y Bartlett. Veo a mi madre, a tía Mechú y a Dora Luz, y también nos veo a nosotros corriendo por la playa con las camisetas levantadas y llenas de icacos y uvas de mar.

Han pasado muchos años y he comido otros rondones, algunos muy buenos, pero ninguno sabe a aquellos días. Quizás porque aquel rondón era mucho más que lo que había dentro del caldero: era la gente, las carcajadas, los chavalos corriendo, el humo de la leña, el ruido de las olas y aquel vaso que mi papá agitaba para hacer sonar el hielo.

Cuando todo eso regresa, vuelvo a verlo.

White Bush Hill está junto al caldero. Los amigos conversan bajo los cocoteros, nosotros corremos por la arena y el mar suena a pocos pasos. Detrás de mi papá está el Caribe.

Y todavía lo escucho decir:

—El rondón debe hacerse en familia y a la orilla del mar.

 

26 de septiembre de 2026.

martes, 15 de octubre de 2013

TODO POR UN RONDÓN

Cuando pensé que tenía todo lo necesario para hacer el rondón llamé por teléfono a la Tere; “tenés que traer el pescado”, dijo. Iba hacia el muelle de las pangas que viajan a El Bluff con mi primo Javier Álvarez, “el Tanquecito” y tuvimos que regresar a la esquina de la bajada del mercado Teodoro Martínez de Bluefields para comprar el pescado: unos yellow tail de tamaño mediano, los ofrecen los vendedores en cubetas de plástico en ese sector que, por eso, tiene una fragancia particular. “¡Llevar pescado al puerto, qué locura!, ¡al monte no se lleva leña!”, le dije a Javier. “Hasta los mutruz desaparecieron”, respondió riéndose.  

Al pasar el portón del muelle, tres hombres estaban sentados en una banca ubicada frente a la boletería; tomaban aguardiente y conversaban tan contentos que todos los volvían a ver por sus carcajadas. No esperamos mucho tiempo, el cupo de pasajeros se completó en media hora. Eran las diez de la mañana cuando le pasé las bolsas con las compras a Javier, quien estaba de pie, y me sostuve de su hombro para abordar la panga. El viento no agitaba olas. Un bote largo repleto de carbón maniobraba para atracar en el muelle del mercado, casi metiendo la proa en el basural acumulado debajo del edificio. Cuando el panguero encendió el motor fuera de borda sentí más intenso el aroma de la gasolina mezclada con aceite que cambiaba la tonalidad del agua, entre azul y amarillo, por el ardiente sol.

No vi botes de pescadores en la travesía de veinte minutos, caminamos por el andén hasta la casa de doña Juana Angulo, ubicada frente a la bajada del eterno cuartel de los guardacostas. Con la cadena oxidada que asegura el portón de zinc, Javier dio varios golpes para ser escuchado. “Entren, no tiene candado”, gritó doña Juana. No ingresamos hasta estar seguros de que nos había oído porque recordamos que, a pesar de su avanzada edad, no le falla un rifle calibre 22 bien aceitado para espantar a los intrusos que se aventuran a entrar en su patio.

—    Ya ni pescado se encuentra aquí, se acabaron esos tiempos —dijo doña Juana al saludarla. Estaba en la salita sentada en una mecedora de más de medio siglo de antigüedad.

Javier
Luego de la bienvenida nos dispusimos a preparar el rondón a un lado de la cocina. Javier es un gran cocinero y desde un inicio pensé que prepararía el rondón, pero la Tere se impuso. Entre pláticas les conté que mi papá decía que el rondón debía prepararse entre familiares y amigos, preferiblemente en la playa, a la orilla del mar, para lograr su magia al degustarlo. La Tere ralló los cocos y extrajo la leche, peló los plátanos, bananos, yuca y el quequisque, depositándolos en una pana de plástico mientras yo trataba de encender el carbón. Cuando Javier terminó de preparar el pescado dijo: “Se nos olvidó algo” y se ofreció para buscar una botella de ron.

Con un pedazo de cartón soplaba el fogón lleno de carbón. Desde la sala doña Juana Angulo estaba pendiente de nosotros. “En este fueguito va a dilatar mucho tiempo”, le dije repetidas veces a la Tere. “Cálmate, muchos jodes, ya vas a ver, así lo he hecho siempre”, respondía. Hizo astillas un pedazo de madera roja, la echó en el carbón y se encendió. Puso una parrilla encima del fogón y sobre ella el caldero hasta la mitad de leche de coco. “No dejes de soplar”, dijo. “Esta mujer es mandona”, le dije a doña Juana y rio a carcajadas. “Acordate de los condimentos”, respondió doña Juana y la Tere salió al patio. Regresó con una hojitas de orégano y albahaca que esparció en el caldero y le echó sal, pimienta, chiltoma y cebolla mientras estaba pendiente del pescado que sofreía en una paila. Javier apareció, cortó unos cocos, los peló y con esmero nos atendía. Con delicadeza la Tere acomodó el plátano, el banano, el quequisque y la yuca y de último, cuando hervía la leche, acomodó el pescado sofrito. Mientras se cocinaba el rondón conversamos de diferentes temas y doña Juana Angulo mostró fotos del pasado, de sus hijos y sus nietos.

Este ritual fortalece nuestra identidad caribeña, funciona como centro y motor de cohesión a través del cual se aglutinan voluntades y esfuerzos. Me di cuenta, nuevamente, que la amistad se fortalece alrededor de una mesa al degustar el plato preferido y más aún cuando es preparado con la participación activa de amigos y familiares. Pensando en ello, luego de saborear el exquisito rondón bajo la sombra de los árboles de Mango cuidados por el rifle 22 de doña Juana Angulo, hice una siesta revitalizadora en una hamaca, escuchando las pláticas placenteras de Javier y la Tere.

Lunes, 14 de octubre de 2013