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sábado, 6 de junio de 2026

SHIP UP

 



Hace mucho tiempo

me fui de Bluefields,

con una maleta pequeña,

dos camisas limpias

y un sueño grande

apretado en el pecho,

dice George McKenzie.

 

Dejé atrás la bahía,

oscura y mansa,

como si ella supiera

que yo no volvería igual.

 

Me fui embarcado

en un crucero enorme,

blanco como nube extranjera,

con luces encendidas

hasta en la madrugada.

 

Vi ciudades levantadas

a la orilla del mar,

puertos con nombres raros,

mujeres hablando idiomas

que yo apenas entendía,

hombres vestidos de lino,

niños rubios corriendo

sobre cubiertas brillantes.

 

Vi mares azules,

tan limpios y hondos,

que por un momento pensé

que el mundo era fácil

para los que tenían dinero.

 

Pero yo no iba de paseo.

 

Iba a trabajar.

 

Lavé platos,

cargué maletas,

limpié mesas,

sonreí cansado

a gente que nunca supo

cómo se llamaba mi tristeza.

 

Cada dólar guardado

tenía destino.

 

Una parte la mandaba a casa,

otra la ahorraba con paciencia

para levantar, algún día,

mi propia vivienda

en Bluefields.

 

Y así fue.

 

Con los años

levanté paredes,

puse techo firme,

colgué mi swing,

compré mi carro,

sembré flores frente al corredor

y regresé pensando

que la felicidad

me estaba esperando

sentada en la sala.

 

Pero mi casa estaba callada.

 

Mis hijos ya eran grandes.

Crecieron sin mis manos,

sin mi voz en la mañana,

sin mis pasos entrando

con pan de coco

o pescado fresco.

 

Mis amigos tampoco estaban.

 

Unos se fueron lejos,

otros se fueron bajo tierra,

y algunos quedaron perdidos

en las esquinas antiguas

de una ciudad

que también envejeció conmigo.

 

Ahora bajo al malecón

cuando cae la tarde.

 

Miro la bahía de Bluefields,

sus aguas oscuras,

sus pangas cansadas,

sus gaviotas regresando

como almas conocidas.

 

El viento me trae nombres.

 

Nombres de muchachos

que rieron conmigo,

que bebieron conmigo,

que soñaron conmigo

y bailábamos juntos en Mayo Ya

cuando no teníamos nada

y sin embargo

lo teníamos todo.

 

Entonces comprendo.

 

Mi viaje fue largo.

El barco fue grande.

El dinero llegó.

La casa quedó bonita.

El carro duerme dentro.

 

Pero algo de mí

se quedó navegando

en aquellos años perdidos.

 

Y cuando regreso solo

por las calles húmedas

de Bluefields,

sé que no todo sueño cumplido

trae descanso.

 

A veces uno vuelve

con las manos llenas,

pero con el corazón

mirando hacia atrás.

 

5/6 de Junio 2026.

 


miércoles, 6 de noviembre de 2024

AIRE

 



El sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas. Ivania se encontraba en el parque, corriendo en su habitual rutina matutina. Sus pies golpeaban el suelo con un ritmo constante, como un latido que resonaba en su ser. La brisa fresca acariciaba su rostro, y cada inhalación llenaba sus pulmones de aire puro, mientras el mundo despertaba a su alrededor.

Su mente se deslizaba a través de los recuerdos y las preocupaciones. El pueblo, con parte de sus calles adoquinadas y su gente de rostros conocidos, era tanto su hogar como su prisión. Había crecido entre los cuentos de las mujeres que habían forjado su historia, pero a menudo sentía que no eran suficientes. Quería contar la historia de las Mujeres Fundadoras de Nueva Guinea, aquellas que habían luchado y sacrificado tanto, pero su padre no comprendía su deseo.

"¿Por qué escribir un libro?", se preguntaba mientras sus piernas avanzaban. "¿Acaso no es suficiente estudiar historia en la universidad? ¿Por qué no simplemente buscar un trabajo convencional como todos los demás?" Las preguntas flameaban en su mente, como llamas persistentes que nunca desaparecían.

A pesar de sus dudas, el deseo de ser escritora ardía dentro de ella, como lava de un volcán que amenaza con erupcionar. Quería capturar las voces de esas mujeres, darles vida a través de las palabras, y mostrar al mundo su fortaleza y vulnerabilidad. En su cabeza, visualizaba cada página, cada capítulo, como un tributo a su historia. Sin embargo, la inseguridad y el miedo a fracasar la acechaban, envolviéndola como una neblina densa.

También reflexionaba sobre sus amistad con Lesbia, su excompañera de universidad y emprendedora exitosa. Esa conexión había ido creciendo en los últimos meses, pero no estaba segura de qué significaba realmente. La insinuación de Lesbia la desconcertaba y a veces la llenaba de confusión. ¿Era el amor lo que ella deseaba, o era una complicación más en su ya tumultuosa vida? Con cada zancada, el aire arrastraba sus dudas, llevándose un poco la carga emocional que llevaba en su corazón. 

La carrera continuó y se permitió sumergirse en sus pensamientos, dejando que la adrenalina y el ejercicio la liberara momentáneamente de sus inquietudes. La libertad era su mayor anhelo, pero también un concepto que la aterraba. En su mundo de ideas, cada carrera era un paso más cerca de alcanzar sus sueños, aunque a veces se sentía como una niña perdida en el vasto océano de la vida.


Al regresar a casa, aún sumida en sus reflexiones, se encontró con la figura de su padre, plantada en la entrada como una valla bloqueando su camino. Ivania sintió que el aire se volvía denso y pesado.

—Ivania —dijo él, su voz grave resonando con autoridad—, necesitamos hablar.

El tono de su padre no dejaba espacio para la evasión. Ivania respiró hondo, preparándose para la confrontación.

—¿Sobre qué? —preguntó, manteniendo la calma, aunque su corazón latía con fuerza.

—Sobre tus sueños. ¿De verdad piensas que vas a poder escribir ese libro? La vida no es un cuento de hadas.

Lo miró a los ojos, buscando entender la razón detrás de su dureza. Pero no había tiempo para eso.

—Quiero escribir —dijo con firmeza, cada palabra era un acto de resistencia, como un escudo ante el ataque.

—¿Y qué hay de la realidad, la distribuidora, los negocios? —insistió él, como si cada frase de Ivania fuera un desafío a su autoridad.

La respuesta de Ivania se convirtió en un susurro, cargado de significado.

 —La realidad es como el aire que empuja. El silencio se instaló entre ellos, palpable y doloroso. Decidida a proteger su esencia, dio un paso atrás. —No estoy ignorando nada —agregó, su voz más suave—. Solo elijo no pelear.

Su padre permaneció en silencio, y en ese momento, la distancia entre ellos se volvió un abismo. Mientras ella se alejaba, sintió cómo sus sueños se aferraban a ella, recordándole que la libertad a veces requería enfrentar las tormentas más feroces.

 

El sol se ocultaba tras el horizonte, lanzando destellos dorados a través de la ventana del modesto apartamento de Lesbia. Ivania se acomodó en el sofá, sintiendo la calidez del lugar que, a pesar de su tamaño reducido, se sentía acogida. El olor a café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con la brisa que entraba por la ventana abierta. Lesbia estaba en la cocina, preparando un par de tazas, mientras ella observaba los detalles del lugar: un cuadro de paisajes naturales en la pared, libros apilados en una esquina, y plantas que parecían vibrar con vida.

—Así que... ¿qué dijo tu padre? —preguntó Lesbia, con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Ivania suspiró, recordando la confrontación.

—Dijo que no puedo perder el tiempo escribiendo un libro. Que debería enfocarme en algo más "realista", en comprometerme con su negocios y la distribuidora.

Lesbia frunció el ceño, dejando las tazas en la mesa.

—¿Realista? ¿Y qué hay de tus sueños, Ivania?

Ivania dejó escapar una risa amarga. —Mis sueños son sólo eso para él. Sueños. No entiende que quiero contar la historia de las mujeres que han luchado aquí, en este pueblo.

—¿Y por qué no lo haces? —Lesbia se sentó a su lado, inclinándose ligeramente hacia ella, su mirada intensa. —Podrías vivir aquí, en mi apartamento. Tendrías tu propio espacio, y podrías escribir sin distracciones.

Ivania sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La idea resonaba en su mente, pero también había miedo. —¿Y si no funciona? No quiero ser una carga.

—No serías una carga —Lesbia aseguró, su voz suave como el terciopelo—. Serías mi amiga, y esto es un lugar donde podrías convertirte en quien realmente eres. Imagínate: levantarte cada mañana y trabajar en tu libro, sin que nadie te diga que no puedes. Me ayudas algunas horas trabajando en línea con mis negocios y la pasaremos bien.

Ivania contempló la oferta, cada palabra de Lesbia resonando en su corazón. La idea de estar alejada de la mirada crítica de su padre era tentadora. Pero había algo más en la propuesta de Lesbia, una insinuación en su tono, un deseo de conexión que Ivania no podía ignorar.

—No sé... —murmuró, insegura.

Lesbia se acercó un poco más, sus ojos brillando con una luz que Ivania no había visto antes. —Ivania, a veces tenemos que arriesgarnos para vivir plenamente. Este lugar podría ser el refugio que necesitas. Además, sería divertido. Dos amigas en un apartamento. Podemos compartir las tareas, las risas, y tú podrías escribir.

Sintió cómo su corazón latía más rápido. La conexión entre ellas era palpable, como un hilo invisible que las unía. La posibilidad de mudarse con Lesbia no era solo un escape de del dominio de su padre, sino también una oportunidad para explorar esa complicidad que había ido creciendo entre ellas.

—¿Y si todo sale mal? —preguntó, aunque en el fondo sabía que ya había tomado una decisión.

Lesbia tomó la mano de Ivania, entrelazando sus dedos. —A veces, lo que parece un riesgo es solo el primer paso hacia un sueño. No tienes que hacer esto sola. Estoy aquí contigo.

El silencio se hizo presente, cargado de promesas no dichas y un aire de intimidad que envolvía la sala. Ivania cerró los ojos un momento, sintiendo el calor de la mano de Lesbia sobre la suya.

—Está bien —dijo finalmente, abriendo los ojos. —Me mudaré contigo.

Una sonrisa iluminó el rostro de Lesbia, y Ivania sintió que el peso que llevaba en el corazón se aligeraba. Estaba lista para enfrentar lo que vendría, y en ese momento, comprendió que había elegido un camino lleno de posibilidades. Su sueño de ser escritora podría finalmente convertirse en una realidad, y quizás, solo quizás, también exploraría el nuevo territorio que se estaba abriendo entre ellas.

 

Ivania disfrutaba de su rutina matutina, corriendo por el parque con el aire fresco acariciando su rostro. El sonido de sus pasos sobre el pavimento se mezclaba con los susurros del viento que atravesaba las hojas de los árboles. Mientras corría, su mente divagaba en el mundo de su libro, visualizando las páginas llenas de historias sobre las Mujeres Fundadoras de Nueva Guinea. Las palabras danzaban en su cabeza, fluyendo como un río en libertad, llevándola a un lugar donde podía ser completamente ella misma.

Pensaba en Lesbia, en su risa y en cómo la hacía sentir. La dulzura de su amiga le traía alegría, pero también incertidumbre. ¿Qué quería realmente Lesbia de ella? Las caricias suaves y las miradas llenas de complicidad a menudo la dejaban confundida. ¿Era solo amistad, o había algo más?

En medio de sus pensamientos, al dar la vuelta en el andén, se encontró de frente con su padre. Su corazón dio un vuelco. La mirada de él, dura, pero con un leve destello de preocupación, le hizo frenar.

—Ivania —comenzó él, con una voz que intentaba ser suave—. He venido a buscarte.

—¿Por qué? —respondió ella, tratando de mantener la calma, su respiración agitada por el esfuerzo y la sorpresa.

—Quiero que regreses a casa. No puedes seguir con esta idea de ser escritora. No tiene futuro, hija.

Sintió un nudo en el estómago. Las palabras de su padre golpeaban su corazón como un martillo. Recordó las noches en las que había soñado con convertirse en una escritora, de dar voz a las mujeres que habían forjado su pueblo. Pero ahora, la realidad la enfrentaba.

—No puedo simplemente renunciar a lo que soy —respondió, sintiendo la adrenalina recorrer su cuerpo.

—¿Y qué eres? —su padre insistió, un tono de frustración en su voz—. ¿Una escritora? ¡No tienes idea de lo difícil que es eso! Vuelve con nosotros, a lo seguro.

Ivania se quedó en silencio, el aire fresco alrededor de ella contrastando con la opresiva tensión del momento. En su mente, imágenes de su vida con Lesbia pasaron rápidamente: las risas compartidas, los cafés por las mañanas, el sueño que comenzaba a florecer.

Finalmente, levantó la mirada, decidida. —Soy alguien que quiere contar historias. Y aunque pueda no ser fácil, estoy dispuesta a luchar por ello.

Su padre pareció aturdido por su respuesta. —Ivania, piénsalo bien. No quiero que te lastimen.

—No soy una niña —dijo ella, sintiendo que la fortaleza que había construido en los últimos meses la envolvía—. Quiero ser libre.

En ese instante, su padre pareció ver algo en su mirada. Quizás entendió que ya no podía controlar su destino. Sin decir más, dio un paso atrás, la tristeza reflejada en su rostro.

Respiró profundamente mientras lo veía alejarse, un peso levantándose de sus hombros. Sabía que su decisión estaba tomada. Era hora de vivir su verdad.

 

En el acogedor apartamento de Lesbia, se sentó frente a su laptop, las ideas fluyendo de su mente a las teclas. Era un espacio pequeño, pero lleno de vida, donde cada rincón parecía susurrar posibilidades.

Justo cuando se sumergía en su escritura, Lesbia apareció con una taza de café humeante y unas rosquillas recién horneadas. Se acercó a ella, dejando la taza en la mesa, y le dio un suave beso en la mejilla.

—Aquí tienes, escritora —dijo Lesbia, acariciando suavemente la espalda de Ivania.

Sonrió, sintiendo un calor que se extendía por todo su ser. Era en esos momentos que comprendía lo que realmente quería: ser ella misma, con la libertad de escribir y la amistad y cariño de Lesbia a su lado.

—Gracias —respondió, respirando profundamente el aroma del café. Se sintió viva, libre, como si el aire que llenaba sus pulmones la impulsara hacia adelante.

Regresó a su computadora, las palabras fluyendo con más intensidad que nunca. Sabía que su camino no sería fácil, pero también entendía que estaba lista para enfrentarlo. Era su vida, su historia, y ahora tenía la oportunidad de escribirla. Mientras los rayos del sol entraban por la ventana, iluminando el espacio, sintió que el aire de la mañana la acompañaba en cada palabra, recordándole que su libertad era su mayor tesoro.


25/10/2024

Foto Internet.



domingo, 14 de enero de 2024

VIVIMOS INMERSOS EN HISTORIAS

 


Platón creía que somos presos de nuestra propia visión del mundo, como los personajes lo son de su propia historia. Es innegable que pasamos un alto porcentaje de nuestras noches y días escuchando, leyendo, atendiendo y formulando historias. Y lo hacemos mucho más de lo que nos damos cuenta.

Primero están las narraciones que nos brinda la literatura; aunque nos quejemos que se lee poco y mal, la mayoría de las personas que saben leer y escribir han aprovechado esta capacidad para consumir crónicas, cuentos y novelas.

Luego, debemos mencionar las formas más importantes de consumo narrativo que han desplazado a la lectura: el cine y la televisión. Estas industrias están entre las más grandes del mundo, porque deseamos y necesitamos que nos cuenten historias. Así que sumemos al tiempo de nuestras lecturas el tiempo que pasamos en el cine, más el que pasamos consumiendo series o películas frente a cualquier pantalla y, por supuesto, en las redes sociales.

También hay que añadir que nuestra conversación sería imposible sin escuchar y contar historias. Casi cada vez que empezamos a platicar con alguien los hacemos invitándolo a contar una pequeña historia. “¿Cómo estás?”, “¿Cómo te fue?”, “¿Qué pasó con…?”. Todos los días formulamos preguntas de este tipo, que los demás responden con frases hechas o, si hay tiempo y confianza, pequeñas historias casi siempre provisionales o inacabadas, puesto que siguen sucediendo. Desde luego, con frecuencia similar son los demás los que nos hacen preguntas y nosotros quienes las respondemos. La buena conversación está hecha de historias y de reciprocidades.

Además, está el tiempo que dedicamos noche tras noche a nuestros sueños (aunque, en sentido estricto los sueños no tienen secuencia narrativa, pero es al recordarlos cuando les damos temporalidad). Pero ya sea al soñar o al evocar nuestros sueños, todos somos dramaturgos de nuestros anhelos y nuestros temores. Nos soñamos como si no fuéramos nosotros quienes soñamos, sino una tercera persona: nos vemos desde afuera, con una perspectiva imposible en la vigilia, como si nos miráramos a través de una cámara emplazada a metros de distancia, o como lo haría un autor escribiendo en tercera persona. Todos, hasta las personas menos dotadas de imaginación y vocación literaria, somos visitados cada noche por las musas. Mientras el cuerpo descansa, nuestra inteligencia se embarca al turbulento mar de la inconsciencia, en el que nuestra experiencia se combina, se recrea y se decanta; cuando arriba al puerto de la consciencia, podemos contar nuestros sueños como historias.

Todavía nos falta añadir otro tipo de historias a las que dedicamos más tiempo que a todas las demás: casi ocho horas diarias, según algunos estudios. Me refiero a las cavilaciones o ensoñaciones diurnas; a esos pasajeros estados mentales en los que nos imaginamos lo que podría suceder si hiciéramos tal cosa o si nos pasara tal otra. Especulamos casi sin descanso acerca de circunstancias hipotéticas a las que podríamos tener que enfrentarnos, mismas que ensayamos en nuestro efímero teatro mental. Deseos, temores, esperanzas, preocupaciones, posibilidades, sueños tontos, se escenifican una y otra vez, así sea fugazmente, en nuestra mente. Cada una de estas ensoñaciones diurnas dura en promedio 14 segundos. Parece poco, pero tenemos cerca de 2,000 diarias; de ahí que equivalgan más o menos a una jornada laboral.

No hay duda: pasamos una gran parte de nuestro tiempo inmersos en historias.

 

14 de enero de 2024 (un día antes de comenzar el año, pero esa es otra historia).

Fuente: Boullosa, Pablo. El corazón es un resorte: Metáforas y otras herramientas para mejorar nuestra educación.

Foto: Internet.


jueves, 28 de septiembre de 2023

ATRAPANDO EL FUTURO



Los fines de semana eran nuestros preferidos.

Dos días, sábados y domingos, para disfrutarlos.

 

Aunque mirábamos pocas películas de ciencia ficción,

para nosotros todo era posible.

 

Nuestras bicicletas, de freno trasero que llamábamos vacas,

eran nuestros cohetes espaciales.

 

Acostados en la grama del parque de la loma,

por las noches nos perdíamos en el cielo estrellado.

 

Estrellas fugaces y lluvias de dracónidas,

nos encontrábamos en nuestra travesía espacial.

 

Bicicletas que transformábamos en nuestros caballos heroicos,

Tornado, Trigger, Tuper, Diablo y Loco.

 

Con ellos cabalgábamos en el oeste de nuestra infancia,

íbamos a la loma del faro y alzábamos polvo por la carretera.

 

Nos llevaban a todos lados, laderas, lodazales y suampo,

competíamos en la playa hasta la segunda laguna.

 

Cansados nos tirábamos al suelo, grama, arena, piedra,

soñando siempre con nuestras aventuras.

 

Me di cuenta de que eran solo mis piernas y pulmones,

piernas y brazos dirigiendo, pequeños y poderosos pulmones para gritar.

 

Esos gritos luego se convertirían en canción,

ya no eran caballos, mis piernas estaban cansadas.

 

Los gritos se calmaron y solo hablamos,

con las bicis nos sentábamos y encontrábamos en la plática.

 

Los tesoros que buscábamos y no lo sabíamos,

el oro estaba hecho de planes para el fin de semana.

 

Cada uno tenía ideas y pensamientos diferentes,

pero los teníamos y estábamos seguros como leones.

 

Con voz infantil y segura en la inmensa quietud de la península,

lo que nos sucedería después estaba muy lejos.

 

Allí, descansando acostados en la grama de playa, algo intuíamos,

atraparíamos el futuro sin importar lo rápido que ocurriera.


25 de Septiembre de 2023.

Foto: Internet.

 

domingo, 4 de septiembre de 2022

A USTED SER INEXISTENTE

 


Mensajes cortos, demoledores.

Cuatro frases, reveladoras.

Telegramas sueltos, insospechables.

Nada extenso, cartas inexistentes.

 

Se acabó el camino.

Ya no hay agua.

Haga caso, vuelva mañana,

Despídase, regrésese a casa. 

¡Adiós chelita!, chaparra odiosa.

Incesante voz, de ella.

Pan ni frijoles hay,

Ni leche, ni café. 

Vieras, ya no regresa.

Siempre bebió de todo.

Aguarrás, ácido, cerveza, ron.

Sentenciado siguió y siguió.

Que lo entierren parado. 

Cero aguas, cero guaros.

Se acabó el martirio.

Ella dejará de sufrir.

Alístate para el camino.

Que en paz descanses.

Ningún daño seguirás haciendo.

La humanidad será mejor.

Fuera gris, bienvenido azul.

Y allí, viéndote estoy.

Vas de viaje, tristemente.

Los diplomas que acumulaste

con polillas se pudrirán.

La chelita suspira hondamente.

¡Adiós mi chaparra odiosa!

 

El cielo se cerró.

Tierra sobre casa nueva.

Allí vivirás mucho mejor.

Descanse usted ser inexistente.

 

Domingo, 4 de septiembre de 2022.

Foto Propia.

 

viernes, 17 de julio de 2015

MORDIDO POR UNA SERPIENTE

La vi escurrirse en el patio del frente de la casa, se quedó quieta en el ángulo, entre la mussaenda, los arbustos de croton y el borde del corredor. Me acerqué para verla y levantó la cabeza con la mitad de su cuerpo enrollado. Al ver sus ojos sentí un mareo profundo, perdí las fuerzas, no pude mover ni una sola parte de mi cuerpo, sólo la vi acercarse. Luché contra ese estado de inmovilidad, con mis pensamientos y la mirada, pero no pude reaccionar.

La vi hacer el primer intento, pero no pude moverme, estaba como clavado en la grama y se acercaba cada vez más. Quise gritar pidiendo ayuda pero no salían palabras de mi boca. Se me tiró encima y…

    ¡AAAyyyyyyy! —grité y me desperté sudoroso, con respiración y palpitación acelerada.
    ¿Qué te pasó? —preguntó ella al despertarse por el grito.

No respondí, me di vuela y volví a dormir con una sensación de temor.

    ¿Qué fue lo que soñaste? —preguntó por la mañana a la hora en que iba a preparar su taza de café.
    Me mordió una serpiente —respondí y le conté.
    ¿Oíste tu grito?
    Sí, lo escuché.
    ¿Eso te despertó?
    Sí.
    Una serpiente que te muerde, ¡alégrate, eso es buena suerte!
    ¿Y despertarse con el grito?
    Porque tuviste una pesadilla, temor. ¡Sos miedoso!

Después de su cafecito ella partió a la visita rutinaria de los nietos y me quedé pensando en lo soñado; intrigado llamé a una amiga de Bluefields, una black creole que vive en el barrio San Mateo, cerca del cementerio. Luego del saludo le conté lo soñado.

    Es común que la gente sueñe con serpientes, a veces no significa nada. Soñar con una serpiente o con varias no tiene por qué significar algo malo o que vaya a sucedernos algo relacionado con éstas —dijo.
    ¿Pero qué significa soñar con una serpiente? — pregunté.
    Te lo voy a decir según el sueño que la gente tiene, pero me vas a quedar debiendo esta consulta, la próxima vez que vengas a Bluefields me pagas y caro, ¿oíste? —dijo.
    Sí, sí, sabes que lo haré — respondí.

Me explicó lo siguiente:

1.      Si sueñas que matas a la serpiente, esto es una lucha en la que vences el obstáculo representado por este animal. Este obstáculo puede estar relacionado con cualquier vivencia de tu vida real. El hecho puede ser una enfermedad, sea grave o leve, o superar un bache amoroso, incluso económico o emocional. Matar al reptil representa que logras salir del pozo en que estás metido.
2.      Si en cambio sueñas que te peleas con una serpiente y das patadas para apartarla de ti, significará que el sueño te está enviando un mensaje: que tengas cuidado ya que quizás estés rodeado de personas que te pueden traicionar, presta atención en el trabajo o si haces negocios o has de firmar algún contrato o documento.
3.      Soñar que una serpiente te rodea el cuerpo como si fuera una anaconda, indica tu temperamento sensual y aventurero, te gusta disfrutar del sexo con un punto salvaje y  el sueño puede ser un augurio de una mejora de tus relaciones sexuales.

    ¿Y si la serpiente te muerde en el sueño?”, le pregunté desesperado.
    Es síntoma de buena suerte, anuncia prosperidad, entrada de dinero, pero también que has de estar alerta en tu trabajo o en cualquier trato que realices con socios; puede haber gente que quiera traicionarte, por lo que en este caso puede tener un significado positivo y a la vez uno que no lo sea tanto. De todos modos, si te fijas, te darás cuenta que todo lo relacionado con las serpientes suele estarlo también con la cautela.

Luego de esas palabras de mi amiga de Bluefields me quedé tranquilo, aunque también en alerta, cauteloso con todo lo que pasa alrededor. No es nuevo, siempre lo he hecho pero luego del sueño con la serpiente que me muerde, lo hago mucho más. Tengo que andar con cuidado, hay que ser desconfiado, ver las cosas y la realidad en tercera dimensión, no dejarse llevar por las primeras impresiones, por las apariencias ni por los impulsos.

¡Ah!, casi se me olvida: sobre el grito me dijo que no era nada, que fue producto del miedo que sentí, “terror nocturno”, dijo. “Cuando vengas te voy a dar una cosa para que se te quite ese estrés de por vida y no lo vuelvas a tener”, agregó.


Nueva Guinea, RACCS.

martes, 11 de octubre de 2011

AHORA LO VEO CLARAMENTE

Lo notó con el paso del tiempo. Nubarrones, tormentas, desequilibrios y obstáculos lo mantenían ciego sin valorar cosas menores. Su vida transcurría en un ir y venir constante, mochila al hombro llena de sueños para desparecer en otros lo que, sin darse cuente, a él también lo limitaba. Una noche soñó para él. Sorprendido despertó en la oscuridad. Hizo cuentas, desechó lo malo de lo bueno, olvidó rencores del pasado, calculó el tiempo, aligeró su mochila y se concentró en su futuro sin mirar atrás.

Lo encontré muchos años después. Pecas en sus manos, cabello aún negro con barba blanca. Nos dimos la mano, un abrazo y al preguntarle como estaba respondió: “Muy bien, ahora lo puedo ver todo como en una película, lo puedo ver claramente, mis miedos han desaparecido”.





Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 11 de octubre de 2011

lunes, 14 de febrero de 2011

TRAVESIA DE SUEÑOS

El despertar era temprano. A las cinco y media de la mañana, abandonaban la cama tras el llamado de abnegadas madres. Se dirigían al baño mientras ellas preparaban el desayuno a sus hijos que debían atravesar la bahía en busca del pan del saber. Los días grises con sus intensas lluvias, sus relámpagos y truenos, nunca evitaron la travesía, no existía temor a la oscuridad del cielo, mucho menos a la invisibilidad de las costas.

A las seis y media de la mañana el muelle de El Bluff se inundaba de alegría. Un mar de voces, un cielo de risas y un infinito lleno de esperanzas se mezclaba con el encuentro de los estudiantes que le daban vida al viejo muelle pintándolo de azul y blanco. Paraguas y capotes, bultos llenos de cuadernos, lápices e ilusiones eran parte de su vestimenta. Varias madres acompañaban a sus hijos menores hasta el momento de partir en el barco que los llevaba hacia Bluefields en una travesía de casi una hora. Por su lentitud para cruzar el trecho de cuatro millas y media, a esos barcos se les llamaba “pospo”, entre ellos la Muca, Ethel, Fifi, Arturo y, el más veloz, la Lesbia.

En los días lluviosos el calor de los cuerpos se expandía dentro de la cabina del barco. Los bultos se abrían, los cuadernos florecían y la travesía se convertía en una sesión más de estudios. El ruido del motor se imponía y, como un maestro, no permitía establecer conversación alguna. Ese ambiente de húmeda tranquilidad daba sobresaltos con el resplandor provocado por un relámpago, por el rugir del trueno, el embate de las olas, la maniobra esquiva del capitán frente a un tronco inesperado, arrojado por el río Escondido; las miradas ardientes de novios, los temores de los menores y las bromas con objetos que cruzaban el espacio en busca de su objetivo provocaban risas, carcajadas inocentes.

Con el amanecer radiante, las costas de la bahía se mostraban con nitidez y las aguas calmas abandonaban el color terroso vistiéndose de azul marino claro, provocando un ambiente festivo. El rugir del motor desaparecía y los bultos ocupaban los asientos, mientras los estudiantes llenaban la caseta, la proa y la popa del barco para admirar en la distancia los entonces campos azules de Bluefields, las costas de la Isla del Venado, la abundante vegetación de Half Way Cay y el acompañamiento alegre de los delfines y medusas de mar.

A mitad de la travesía se observaba a los pescadores en sus cayucos de vela iniciar la faena del día, desplegando sus tarrayas sobre los bancos de chacalines y cardúmenes de róbalos y palometas. El barco de la empresa camaronera, atiborrado de trabajadores que saludaban a su paso, era encontrado al cruzar Half Way Cay. Al atracar en el muelle, los menores y muchachas salían de primero, mientras los mayores brindaban sus manos con cortesía. Poco a poco el barco quedaba vacío, abandonado por la alegría con que lo inundaban. Sus figuras se observaban hasta perderse, llenando las calles de Bluefields al dirigirse a los colegios Moravo, San José y Cristóbal Colón.

Por las tardes aparecían en el muelle en grupos o parejas hasta llenar nuevamente el barco que acogía sus sueños y la alegría exhibida en sus caras. La travesía se tornaba más amena, expresándose en besos y caricias de novios adolescentes, juegos en la cabina y sobre la cubierta, admiración de celestiales atardeceres que reflejaban los rayos del sol sobre las olas y la ansiedad por el regreso al hogar familiar. En la distancia, al acercarse al muelle de la Aduana, observaban los barcos mercantes atracados que cargaban y descargaban mercancías hasta altas horas de la noche y la salida de los barcos camaroneros hacia alta mar por la barra del puerto.

Muchos de ellos emigraron con el paso del tiempo hacia la capital para ingresar a las universidades y hoy son profesionales exitosos. Otros, por diversas causas, abandonaron el puerto y se encuentran dispersos alrededor del planeta, inmersos en una nueva travesía tras la búsqueda de los sueños que su puerto nunca pudo darles, mucho menos hoy, en las circunstancias de pobreza y marginación en que se encuentra, arrinconado en el olvido como el barrio más pobre de Bluefields.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 12 de febrero de 2011

lunes, 29 de noviembre de 2010

VOLVAMOS A SOÑAR


Foto: Flick/nicacatra/©
Los sueños son solo eso, dicen muchos. De qué sirve soñar, si al despertar nos enfrentamos a una realidad que perturba lo más profundo de nuestro ser, dislocando nuestros sentidos hasta convertirnos en seres humanos indiferentes a casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor, argumentan otros. Se refieren a ellos considerándolos únicamente como la actividad anímica del durmiente durante el estado de reposo.

Algunos dicen que soñar es cosa de niñas y niños. Construyen castillos de fantasía y el tiempo se encarga de destruirlos, al tener conciencia de las normas y reglas que los adultos hemos tejido para que se sujeten a ellas. Los soñadores son sólo eso, soñadores que puedes ver por todos lados, con vidas contrarias a las imaginadas, truncadas por ser impertinentes, desperdiciadas por un sueño inalcanzable, señalan otros.

¿Soñar despierto? Imposible. Nuestro tiempo no podemos desperdiciarlo en irrealidades. La vida agitada, abrumadora, donde actuamos como depredadores de nuestra propia especie, compitiendo contra todo y todos por espacio, empleo, dinero y reconocimientos, sin importar los daños que podamos ocasionar en nuestra frenética marcha de ambición y sobrevivencia; no podemos darnos el lujo de desperdiciar nuestro tiempo en quimeras.

La utopía dejó de ser colectiva y, sin darnos cuenta, se apropiaron de ella, es propiedad privada y los que la atesoran marcan las pautas con la intención de que actuemos sin ilusión propia. La convirtieron en partidos políticos, en poderes perversos del Estado, en campañas de propaganda electorera, en pintas grabadas en las paredes, en mensajes enlatados, vomitados miles de veces por los medios de comunicación para adormecernos; en cuentas bancarias a nombre de testaferros, en empresas que surgieron de la nada con efectos nefastos, manifestados en un pueblo hambriento; en niños que deambulan por las calles mendigando, en ingenieros sin ingenio, doctores vende brebajes contra todos los males, maestros sin vocación, profesionales sin empleo, en sexo que se oferta en las calles bajo la luz de los rótulos que reflejan brillantes sus eslogan y marcas.

Tratan de quitarnos hasta lo más íntimo, la posibilidad de soñar un mundo diferente. Debes pensar como ellos, tener sus mismos sueños aunque estés despierto, acompañarlos en sus marchas, en la promoción de sus nuevos productos, en sus batallas de garrotes y piedras, en sus restituciones de todo, arrogantes ante el derecho ajeno, porque de lo contrario no encuentras trabajo en sus instituciones ni empresas, y si lo tienes y no lo haces, caes nuevamente en la bruta y cruel realidad: desesperación, hambre y pérdida de autoestima. ¿Soñar con esa realidad?  Imposible, no más pesadillas.

Pero es posible cambiar la realidad, si todos, juntos a la vez, soñamos más allá de lo que a nuestro alrededor nos agobia; es cuestión de concentración, focalizarnos en lo deseado, en buscar el momento oportuno, el impulso necesario para convertirlos en realidad. Después de casi cinco décadas soñamos lo increíble y terminamos con una de las dictaduras más nefastas de Latinoamérica, ante la admiración del mundo entero; un día, luego de varios años de guerra entre hermanos, soñamos con la paz y la logramos.

¿Podemos encontrar en estos tiempos algo que nos unifique alrededor de un mismo sueño? Algo que esté por encima de defender la soberanía nacional, de lo cotidiano apremiante, de necesidades individuales insatisfechas; de partidos políticos que nos dividen como un cerco de espinas y al cruzarlo hiere y marca para siempre; mayor que la acumulación desesperada de riqueza; mayor al ejercicio del poder, que termina con quienes lo ejercen en un estado esquizofrénico, vacíos y arrinconados en los libros de historias mal contadas; algo que durante miles de años, en su búsqueda, la humanidad ha derramado sangre, derribado murallas y reventado cadenas; algo que no tiene precio, pero sí valor, un valor propio del ser humano, humanizador: el libre albedrío, la libertad. ¡Por supuesto que sí! Por ello vale la pena soñar. ¡Volvamos a soñar y reinventemos la utopía para convertirla en realidad!

 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Sábado, 27 de noviembre de 2010