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domingo, 1 de febrero de 2026

MI BARCO

 


Desde hace muchos años

he pensado en tener mi propio barco.

No como lujo,

sino como punto de encuentro.

Hace unos meses lo ordené

y ahora lo espero

amarrado al muelle de Pearl Lagoon,

mirando el agua y el manglar.

 

Será un barco sencillo, 

de madera, pero firme,

donde la amistad no sea discurso

sino costumbre,

donde la paz se sienta

como el vaivén de las olas

y el amor

como sal que se adhiere a la piel.

 

Desde ya ruedan invitaciones,

no en sobres finos,

sino en la memoria y el afecto.

Vendrán familiares,

amigos de toda la vida,

brothers de Bluefields,

Managua, Juigalpa y Nueva Guinea,

rostros curtidos por el sol,

manos que saben remar juntas

aunque no se vean seguido.

 

El barco es grande,

lo suficiente para todos,

solos o acompañados,

porque aquí nadie estorba

y nadie sobra.

 

Haremos travesía por Laguna de Perlas:

Orinoco, Wawashang y Tasbapounie

donde haremos el haul over para salir

de la laguna al mar.

Iremos a los Cayos,

tocaremos Corn Island

y Little Corn Island.

Tal vez San Andrés,

si el viento se pone de acuerdo

con nuestras ganas.

 

En cada lugar bajaremos a tierra,

a estirar las piernas,

a saludar a la gente,

a probar su comida,

a escuchar historias nuevas

que se mezclen con las nuestras.

 

Habrá música,

poetas y poetisas,

cantantes con voz de marea,

fiestas sencillas

bajo cocoteros

y atardeceres lentos

que permanecen para siempre.

 

El barco tendrá camarotes

y una cubierta abierta al cielo,

sofás para dejarse caer

y mirar pasar las aves marinas

mientras la luna llena se levanta

sin apuro.

 

Habrá ron, cervezas,

jugos tropicales,

vino si alguien lo prefiere.

Sonará la música que provoque el cuerpo:

salsa, palo de mayo,

merengue, reggae, rock,

lo que pida el momento.

 

El que quiera pescar,

que se prepare.

Los peces saltan

sobre la mar azul

como si también celebrarán.

 

La idea es esa:

reír, comer, beber,

contar lo vivido

sin reloj ni prisa.

 

Otros viajes se quedaron esperando.

Otros barcos nunca zarparon.

 

Navegaremos dejando atrás

una estela clara,

no de espuma,

sino de alegría compartida

y hermandad verdadera.

 

Mi barco los espera.

 

 

 

13 de enero de 2026

Foto: Internet.

 


martes, 15 de octubre de 2019

DOS BLACK CREOLE EN UNA ESQUINA DE NUEVA GUINEA



Esperaba que mi mujer terminara las compras, al lado de los carritos, en la acera del Pali. Al frente y a la derecha existen varios tramos que venden frutas y verduras, prácticamente de todo lo que no se encuentra en el super. Un nuevo mercadito ha florecido desde hace poco tiempo, pero los precios de los productos son mayores que los del mercado municipal. Todo es más costoso, pero la comodidad de los compradores, evitándose el viaje al mercado, los ha mantenido y promovido. El concepto de comodidad es poderoso, en un viaje te llevas todo para tu casa.

Volví la mirada hacia la esquina, al lado del parqueo, frente al predio baldío, y vi a una mujer black creole con una camiseta amarilla que se protegía del sol con una gorra y usaba lentes oscuros, igual que la licra que llevaba puesta. En sus manos cargaba varias bolsas de plástico vacías. A su lado, sentado en una silla de plástico estaba su acompañante, un black creole alto y barrigón. De la rama de un árbol de Pino, podado bajo los alambres del tendido eléctrico, colgaba una pesa de reloj. A un lado de ellos, a sus pies, sin estropear la circulación de las personas por la acera, dos termos grandes y, al fondo, los techos oxidados de las casas que bajan en pendiente hasta el corral de piedra y más allá, al levantar la mirada, el verdor revitalizante de la cordillera de Yolaina.

Seguí pendiente de los carritos, viendo el movimiento de la gente en su esmero de compras y taxis que se aglomeran buscando pasajeros, convirtiendo la circulación en esa cuadra en un infierno para los conductores desprevenidos que manifiestan su mal humor con gritos y pitazos.

¡Hi Mister!, dijo en inglés.

Vi en su rosto una sonrisa blanca transparente; una mujer black creole joven, amistosa, hermosa sin exageraciones.

¿Vienen de Bluefields?, pregunté en mi inglés con acento creole.

No Mister, de Pearl Lagoon.

Le dije que conocía Laguna de Perlas y todas las comunidades de la cuenca, desde Raitipura hasta Tasbapounie, que tengo a varios amigos allí, entre ellos a Wesley Williams, Fred Uldrich, Evenor Rodríguez, llamado El Cangrejo, a René y Pedro Ordoñez, y a todos los Sambola de La Fe, Brown Bank, Orinoco y más allá.

¿Cómo?, preguntó.

Nací en Bluefields y dejé el ombligo en El Bluff.

Vendemos mariscos, dijo.

Y cómo les va, pregunté.

Mister, a la gente de Nueva Guinea le gustan los mariscos, no andan regateando el precio, ven el producto y si les gusta lo compran, si andan en camioneta y no tienen en que llevarlo a su finca les damos bolsas con un poco de hielo y se van contentos. Hasta ahora nos ha ido bien, nos gusta Nueva Guinea, dijo.

¿Cada cuánto tiempo vienen a vender?

No Mister, vivimos aquí, alquilamos un lugar y nos mandan el producto, dijo y regresó a la esquina, a su punto, porque varias personas eran atendidas por el hombre.

Al concluir las compras en los tramos, cargamos el taxi y se detuvo en la esquina, frente al puesto de la mujer quien se mostró atenta al vernos bajar del taxi y sin dudarlo nos mostró el contenido de los termos.

¿Sólo tienen camarones?

Sí Mister, los parguitos y las colas amarillas junto con las jaibas se acabaron. A la gente de aquí le encanta comer mariscos, respondió la mujer siempre atenta.

Se ven buenos, llevemos dos libras, dijo mi mujer sin regatear el precio porque le pareció que no eran ni muy pequeños ni muy grandes.

Deme una libra más, dije cuando el hombre alto y barrigón entregaba la bolsa.

Antes de despedirme les dije que deben ofertar filetes de róbalo y corvina, trozos de macarela, que los estaría visitando. Me lo agradecieron y les di mis deseos de prosperidad.

Ese día almorzamos camarones en salsa, arroz, tajadas fritas de guineo cuadrado y ensalada. No sé por qué pero los sentí deliciosos, mi mujer los prepara en su punto, pero agregado a eso, estaban frescos porque ahora el viaje de Laguna de Perlas hasta Nueva Guinea se hace en menos tiempo y no digamos desde Bluefields, una hora, hora y media en vehículo particular sin mucha prisa.

Atrás quedaron aquellos años en que conseguir mariscos era una odisea: comprarlos en Bluefields, empacarlos en un termo, pagar impuestos en el muelle, pagar pasaje por la carga además del boleto en la panga y soportar el chequeo en El Rama como que estuvieras entrando a otro país, todo eso se acabó, es parte del pasado.

Ahora tenemos, además de los que vienen a vender desde Bluefields cargando sus termos en motocicleta, en taxi o vehículo particular con tanta prisa que te quieren reventar con precios altos sin dar rebajas, a estos dos black creole en una esquina de Nueva Guinea, al alcance de la mano, que te atienden con esmero, mezclándose con el gentío que transita en esa cuadra en un intercambio pluricultural, black creoles haciendo negocios con gente orgullosa de origen campesino, dos acentos distintos, el deje campechano de los nuevaguinellenses en parloteo con el acento fuerte, extravagante, alegre de los black creoles y, que si no te pones a pensar no te das cuenta que eso es uno de los mayores logros de la integración de la que tanto he escrito y se escucha decir en ciertos ámbitos.

La libra que quedó la voy a preparar en ceviche, como un antojito para más tarde, dijo mi hija cuando terminamos de almorzar.

Esa frase me ha confirmado los que pensaba mientras estábamos almorzando y creo firmemente que hay que compartir unas recetas al aire para que la comida caribeña se difunda, se deguste y forme parte, hasta los huesos y el alma, de la población de Nueva Guinea.


15 de Octubre de 2019

Foto: Ronald Hill desde Casa Uldrich, Pearl Lagoon.


lunes, 5 de junio de 2017

TURTLE PUNCH

Desde hace muchos años no probaba la carne de tortuga. Es uno de mis platillos favoritos, consumirla es parte de la cultura caribeña y prepararla es un arte culinario ancestral que se recrea en las comunidades misquitas y creole. En El Rama la preparan, desde chavalo la comí en la casa de mis padres, quizás de una manera refinada, con un toque oriental tendiendo un poco a lo dulce por la influencia de mis ancestros chinos, pero la que acabo de degustar en el comedor de Miss Stella tiene un gusto peculiar, un sabor característico de la comida creole, fuerte, bien condimentada y jugosa por la leche de coco.

Llegué por la mañana a Tasbapounie para hacer negocios mediante el acopio de pescados. Desde hace meses lo he estado pensando y decidí abrir una marisquería en Managua que se complemente con el restaurante que tengo cerca de la carretera a Masaya. Viajé por tierra desde El Rama a Laguna de Perlas y luego tomé una panga para cruzar la laguna. Por recomendación de Rosario Alegría, mi prima, hice contacto con Miss Stella para alojarme en su hospedaje. Es un lugar familiar, su vivienda está ubicada al lado de las cuatro cabañas que ha construido para facilitar alojamiento a los visitantes que llegan a Tasbapounie. Desde mi cabaña se aprecia la playa con sus cocoteros, las pangas de los pescadores y los cayos pintados de amarillo al atardecer. Miss Stella maneja el negocio con Newton, su marido, y fue a través de ellos que logré hacer el contacto para reunirme con el Comunnity Board con el fin de solicitar el permiso de pesca y acopio. Pensaba en la exquisitez de la comida y en dicha reunión que sostendré mañana cuando escuché tocar la puerta.

—Good… good evening Tíaa —dijo una voz en inglés creole.

Me di cuenta que era Ray Green, el chambero que había cargado mis maletas desde el muelle. Miss Stella, fina y amable, lo invitó a pasar. Ray Green tenía un aspecto distinto, estaba bien vestido, sin la ropa que imagino siempre usaba para hacer su trabajo de chambero.

—Siéntate Ray, aquí con nosotros, al lado de Hannibal —dijo Newton en inglés señalando la silla que estaba a mi lado.
—Quieres probar la tortuga que he preparado —dijo Miss Stella en español.
—Gracias… gracias pero ya comí donde mamá —respondió Ray Green sin tomar el lugar que le ofrecían—. Vengo… vengo para contarle cuentos al jefecito —agregó dirigiéndome la mirada.
—Qué bien, perfecto. Él sabe muchas historias de la comunidad, pero sus cuentos no son gratis —dijo Newton.

Miss Stella y Newton cruzaron miradas y sonrieron entre ellos. Pensé que sería oportuno salir a caminar con Ray Green por la comunidad para hacer la digestión. Mi reloj marcaba las siete.

—Quisiera caminar y conocer un poco de Tasbapounie —dije.
—Yo… yo te llevo jefecito —expresó Ray Green.
—Perfecto Mr. Hannibal —dijo Miss Stella —. Lleva a Mr. Hannibal al bar de Mr. George, así caminan por el centro de la comunidad —agregó, dirigiéndose a Ray.

Salimos y cruzamos el andén. Al llegar al segundo, el del centro de la comunidad, caminamos en dirección hacia el norte. El cielo estrellado se infiltraba entre las copas de los árboles de fruta de pan, almendros y cocoteros. Las familias compartían sentadas en los corredores de las casas de madera y Ray Green les daba saludos que respondían con gentileza. La música ya no era estridente como en la mañana y me llamó la atención que las familias vieran televisión en una comunidad tan distante.

—¿Cómo les llega la señal de televisión? —pregunté.
—Todos… todos tienen antena para satélite —respondió Ray Green.

Luego de recorrer el andén por unos quince minutos, Ray Green giró nuevamente hacia la derecha, en dirección a la playa. Caminamos sobre la grama, sentí las rachas de viento proveniente del mar y el revoloteo de las palmeras en lo alto.

—Aquí… aquí es el bar de Mr. George —dijo señalando la casa.

Cruzamos una pared de madera y me gustó el ambiente alumbrado tenuemente por bombillos rojos y azules, así como la música country en inglés que sonaba por los parlantes con el volumen tolerable para escuchar los cuentos de Ray Green. Un bordillo de bambú cerraba el lado derecho y el fondo del espacio. A la izquierda estaba el bar y una lámpara blanca que colgada del techo de palma lo iluminaba. Una joven mujer creole salió de la barra a nuestro encuentro.

—Hola Ray, pasen adelante —dijo.
—Gracias… gracias Judith —dijo Ray. —Él es Hannibal… es mi amigo, anda conociendo —agregó.

Judith me observó de arriba abajo con sus grandes ojos intensos, con cierta desconfianza, pero me tendió la mano y al estrecharla mostró su hermosa sonrisa de labios carnosos.

—Pueden ocupar la mesa que deseen, pasen, pasen adelante —dijo Judith.
—¿Dónde... dónde quiere sentarse? —preguntó Ray.
—La que elijas —respondí al ver sólo dos mesas ocupadas.

Judith caminó nuevamente hacia la barra. Noté que quebraba su cuerpo, movía con erotismo las caderas, volvió su mirada hacía mí y, tras fijar su mirada en la mía, intensificó el parpadeo de sus grandes ojos negros.

—Jefecito… jefecito, usted le gusta a Judith —expresó Ray Green al notarlo.
—Es sexi, bastante sexy —respondí y entramos al salón.

Nos acomodamos en una mesa del fondo, pegada al lado del bordillo de bambú. Las sillas estaban construidas con madera rolliza de mangle y la mesa con madera de caoba. Noté que al pie de la barra estaba un pizarrón con el menú escrito con tiza: pollo frito, pescado frito, camarones empanizados, cervezas, ron y gaseosas. En la parte inferior, en letras grandes, estaba escrito: TURTLE PUNCH entre paréntesis.

La brisa proveniente de la playa hacía placentero el lugar y los otros clientes conversaban amenos, siempre en inglés creole, casi gritando. Al nuestro lado derecho, en el patio, observé varios cocoteros enanos cargados de frutas.

—Si desean algo más, me avisan —dijo Judith al servir los vasos, el ron, la gaseosa y una pana con hielo.
—¿Podrías conseguirme agua de coco? —le pregunté a Judith.
—Lo que usted quiera —respondió con su gran sonrisa—. Ray los puede cortar —agregó dirigiéndose a él.
—Claro… claro que sí, soy experto en cortar cocos —dijo Ray Green.

Ray Green cortó los cocos y Judith le dio un machete para que los pelara, luego sirvió el agua en un pichel y regresó a la barra con el mismo erotismo al andar. Le serví un trago doble a Ray Green, se empinó el vaso sin arrugar la cara y yo me lo serví mezclado con hielo y agua de coco.

—Ahora… ahora sí jefecito, ahora poder contarle cuentos.

Ray Green estaba ansioso de que escuchara sus cuentos, pero me llamaba la atención el pizarrón de la barra, porque el ponche de tortuga era parte del menú que ofertaban.

—Ray, ¿sabes cómo se prepara el turtle punch?
—Claro… claro jefecito, mi mamá saber hacerlo.
—Cuéntame cómo se prepara.

Cruzó sus piernas en la silla de mangle rollizo, pidió que le sirviera otro trago de ron para aclarar su garganta y se lo tomó. Adquirió una pose narrativa y empezó a hablar:

—Mamá… mamá lo hace desde que soy niño para papá. Ella… ella consigue una aleta de tortuga y la pone en el fuego para quemar las escamas. El fuego… el fuego deber estar bien encendido, ardiendo para quemar bien. Después… después raspar las escamas con un cuchillo y lavar sólo con agua para limpiarla. Cortar… cortar en trozos pequeños y cocer en agua para que aleta suavizarse. Cuando… cuando enfría quitaba el pellejo del aleta… Umm… umm, jefecito necesito otro trago.
—Doble, un doble para Ray —dije y se lo serví.
—¡Aah… aah! Cuando… cuando hacer turtle punch mamá siempre cantar, siempre estar alegre. Ella… ella poner en licuadora con leche y licuar bien. Después… después poner el cosa licuado a hervir con canela, nuez moscada, pimienta y guaro… guaro suficiente. Papá… papá escuchar licuadora y acercarse a la cocina. Mamá… mamá decirle que no estar listo, que ella va a llamarle. Papá… papá regresar al corredor. Cuando… cuando el turtle punch estar listo ella llamar a papá y servirlo en un pana caliente. Papá…papá tomarlo como sopa.
—¿Y le gusta a tu papá?
—¡Buay! Papá… papá comenzar a sudar después de beberlo y caminar dando vueltas. Mamá… mamá llamarme y decirme: ¡Ray… Ray!, ¡ve a jugar con tus amigos! Cuando… cuando regresar a la casa, papá estar acostado en hamaca y mirarme con un gran sonrisa.
—Jajaja, vos si sabes contar cuentos —dije y serví tragos para los dos.

Judith se acercó a la mesa después de servirles cervezas a los clientes que estaban cerca de nosotros y la llamé.

—¿Desea algo más?
—Quiero probar el turtle punch —dije y Ray soltó una carcajada.
—¡Oh no, no! —dijo Judith y caminó velozmente, sin su cadencia erótica, hacia el pizarrón de la barra. Con un trapo borró las letras del ponche de tortuga y regresó a nosotros.

Los hombres que conversaban en la mesa de al lado dejaron de hacerlo, estaban atentos a nuestra conversación después que Judith corrió a borrar el menú.

—¿Por qué lo has borrado? —pregunté.
—No vendemos más, no más turtle punch —respondió con el semblante serio, sin mover las pestañas.
—Pero, ¿por qué? —insistí.
—El MINSA lo ha prohibido, no podemos venderlo porque los hombres se vuelven locos, persiguen a las mujeres por la comunidad, no respetan.
—Cierto… cierto jefecito —dijo Ray.
—La mamá de Ray lo prepara para su papá —dije.
—Solamente se puede consumir en casa, pero en los bares está prohibido —dijo Judith.
—¿Vos lo has probado? —pregunté a Ray.
—Claro… claro que sí, jefecito. Todos… todos los hombres de Tasbapounie comer turtle punch. Todas… todas mujeres hacerlo para sus maridos. ¿Verdad amigos?
—Claro que sí, turtle punch es maravilloso —dijo uno de los hombres.
—Cállate, no digas nada, porque vos sos de los que persigues mujeres —dijo Judith, dirigiéndose al otro hombre.

El hombre no respondió, pero desde la mesa mostraba una monumental sonrisa creole en su rostro.

—¿Cuáles son las maravillas que provoca el turtle punch? —pregunté.
—Me voy, no quiero escuchar eso —dijo Judith y se retiró hacia la barra.
—Cuerpo… cuerpo calentarse. Planta… planta del pie desesperarse, querer moverse… moverse mucho, tener que caminar, no poder estar quieto. Boca… boca secarse, ojos… ojos ponerse grande, brillantes. Corazón… corazón querer explotar, ser un bombo —dijo Ray.
—El cuerpo se calienta. Necesita tener una mujer para calmarse, si no tiene mujer debe buscar una, por eso la MINSA prohibirlo. Turtle punch ponernos muy amorosos —dijo el hombre.
—No lo creo —dije.
—Jefecito… jefecito, turtle punch es la viagra natural de nosotros —dijo Ray.

Antes de despedirnos le di propina a Judith por atendernos amablemente. “Mr. Hannibal, si usted quiere turtle punch yo puedo preparárselo en mi casa”, dijo con un tono sensual cuando me disponía a salía del bar de George.

—Judith… Judith querer enloquecer a jefecito —dijo Ray y no dejó de reírse en el trayecto de regreso al hospedaje de Miss Stella.

Acostado en la cabaña pensé en mi restaurante. Vi claramente un rótulo atractivo que anunciaba el turtle punch, a hombres y mujeres haciendo fila, ordenándolo al mediodía para llenarse de energía y eliminar el estrés de la calurosa Managua. Pensando en el acopio de pescados y en la reunión del Comunnity Board me quedé dormido con el sonido de las olas del mar reventado en los troncos de los cocoteros.

sábado, 16 de abril de 2011

HAMBRE DE LIBERTAD

Cayos Perlas. Foto Atlantic Tours. 
La pizarra acrílica colgada en la pared del fondo mostraba esquemas, gráficos, matrices y trazos coloreados en azul, verde y negro; resplandecía por los últimos rayos de sol en la blanca habitación, impregnando de luz los papelógrafos colgados en las paredes laterales con cinta adhesiva. Sillas desordenadas alrededor de la mesa, tazas de café vacías, ceniceros llenos, papeleras repletas de hojas arrugadas y escritorios apiñados en un extremo eran testigos de lo ocurrido. Al entrar inhale el aroma denso, mezclado de tabaco, café y alcohol de tinta; la riqueza de las pláticas aún se percibía en el pequeño espacio, ahogado por los deseos.

Dije buenas tardes y no tuve respuesta. Atraído por la pizarra caminé hacia el fondo y observé con detenimiento la riqueza de los detalles. Nombres de comunidades que había olvidado —Halouver, Brown Bank, Raitipura, Kakabila, Orinoco, Marshall Point, Tasbapounie— ordenadas numéricamente, combinadas con fechas, actividades, personal y presupuesto garantizado. Hipnotizado volví la mirada a las paredes descubriendo el orden correspondiente de los papelógrafos con las comunidades indicadas en la pizarra y el desglose a nivel de detalles; siembra de piña, construcción de preescolares, pozos, puentes peatonales, letrinas, reparación de muelles, talleres de capacitación y reuniones comunitarias. ¡Que exquisitez! pensé y la incertidumbre desapareció, el plan estaba elaborado. Tuve la sensación de estar invadiendo espacio ajeno, salí de prisa y, al bajar las gradas, escuche mi nombre desde el fondo del patio.

    ¡Llegaste justo a tiempo, hermano! —dijo Carlos—. ¡Te estamos esperando!
    Ya sabes como es el viaje, primero por tierra y luego tuve que tomar dos pangas —respondí al estrecharnos las manos.
    Vamos, nos esperan. La reunión con los líderes comunitarios está por empezar —dijo y caminamos hacia la escuela.

Antes de entrar a la reunión fui presentado al equipo de campo, volvía a encontrarme con Johnny y Dolene después de muchos años. De inmediato fui acogido con calor caribeño ante las miradas expectantes de Carlos y Chepe León. Los comunitarios estaban sentados en los pupitres alrededor del aula y, mientras Carlos explicaba el trabajo de la organización, — trabajamos por construir un mundo justo a través de la solidaridad, los niños y las niñas son los principales sujetos, promovemos el desarrollo comunitario integral, nuestro compromiso es de largo plazo, no inventamos nuestro trabajo porque surge de las necesidades que ustedes prioricen en sus comunidades, el compromiso debe ser mutuo— Johnny traducía al idioma inglés facilitando la comunicación, agregando palabras propias al medio.

    Es la primera vez que escucho esas palabras alentadoras, me gusta como trabaja su organización —dijo uno de los líderes en inglés.

El ambiente tenso se transformó, las sonrisas afloraron en los rostros, la ebullición de los ánimos se convirtió en deseos por iniciar de inmediato el trabajo en las comunidades y, al concluir la sesión, se despidieron con la esperanza de convertir sus sueños en realidad.

Luego de alojarnos en Lodge Green me cautivó el calor humano de Wesley y su esposa, el sabor anhelado de la comida caribeña hecha en casa, el trato abierto y sincero como amigos de siempre que se reencuentran. Después de cenar salimos al patio, nos acomodamos en las bancas ubicadas en la arena bajo los frondosos árboles de aguacate y conversamos hasta altas horas de la noche.

A las siete de la mañana partimos con Ray hacia los Cayos Perlas. Salimos por Set Net Point al mar Caribe y una hora después estábamos en los paradisíacos cayos, un archipiélago majestuoso, aún virgen, refugio de pescadores que recibe en sus arenas blancas a miles de tortugas que desovan en ellos. Igual a los cayos de Utila, pensé. Aguas mansas color turquesa invitaban a sumergirse en ellas. Los termos y la comida para la ocasión fueron acomodados bajo la sombra de cocoteros y los tragos de ron con agua de coco no se hicieron esperar.

Con el agua cálida arriba de la cintura hicimos un círculo donde los planes de la pizarra y los papelógrafos fueron expuestos, la mejor forma de compartirlos, dialogarlos e intercambiar ideas a futuro para renovar compromisos. Cañal, el panguero, se transformó en un mesero de playa que atentamente rellenaba los vasos vacíos.

    ¿Y el problema de la desnutrición infantil? —preguntó Carlos en su condición de médico.
    Desnutrición infantil aquí no hay —respondió Ray mientras con Carlos y Chepe León intercambiamos miradas, sorprendidos.
    Explíquenos —dijo Carlos.
    Mira, la gente de las comunidades siembra yuca, plátano, arroz y comen pescado —dijo Ray saboreando su trago y agregó — Esa es la mejor comida, la más nutritiva.
    ¿Estas seguro? —insistió Carlos.
    Sí hombre, los peces comen chacalines y camarones. Las familias consumen bastante pescado —razonó Ray y agregó — Aquí hay otro tipo de hambre.
    ¿De que tipo? —preguntó Chepe León.
    Hombre, la gente tiene hambre de libertad —respondió Ray con seguridad.
    ¿Pero como podemos eliminarlo? —preguntó Carlos.
    Trabajando por los derechos de los pueblos de la Costa, apoyando la Autonomía —respondió Ray.

Esa conversación sostenida en las aguas de los Cayos Perlas marcó para siempre nuestra relación y me permitió descubrir, luego de visitar en diversas ocasiones cada una de las comunidades, los anhelos de libertad de los habitantes de la cuenca de Laguna de Perlas.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
hillron@hotmail.com
Viernes, 15 de abril de 2011

viernes, 14 de enero de 2011

LENTES PARA EL CARIBE

La visión es la capacidad de distinguir los objetos y su entorno. El órgano de la visión es el ojo, que capta las vibraciones de la luz, que se desplaza en forma de onda y que vibra en contacto con los distintos cuerpos, transmitiéndolas al cerebro. Al sufrir algún tipo de trastorno dejamos de percibir la realidad circundante adecuadamente. Millones de personas padecen diversos tipos de enfermedades de la vista entre ellas conjuntivitis, glaucoma, miopía, astigmatismo, presbicia, estrabismo, cataratas y daltonismo.

Sr. Bob Peck
Desde hace nueve años se ha apoyado en la Costa Caribe a personas con problemas de visión mediante examen de la vista y dotación de lentes. Un total de treinta mil personas de la cuenca de Laguna de Perlas, Kukra Hill y Bluefields han sido beneficiadas con el apoyo solidario de diferentes personas, entre ellas, el Sr. Bob Peck, ex funcionario de la Universidad de Boston y actualmente retirado, en conjunto con FADCANIC.

Estudiantes de Williams College
En estos días, un grupo de catorce estudiantes de Williams College de la ciudad de Williamstown, MA., estuvieron en Nueva Guinea con el mismo propósito y atendieron en un día y medio de trabajo a más de un mil personas con problemas visuales. Este grupo de estudiantes estuvo coordinado por el Sr. Peck y las doctoras Katie Fields (optometrista privada), Elise Harb (profesora de la escuela de optometría de New England) y Jennifer Gustafson (optometrista de la administración de Veteranos).

La Universidad URACCAN los acogió, brindándoles el apoyo con la convocatoria y el recinto para la atención de las personas con problemas de visión. Su gira incluye nuevamente la cuenca de Laguna de Perlas y Bluefields.

Con lentes para mejorar la visión de los pobladores del Caribe se aporta en la salud, en la incorporación de muchos al Sistema Educativo Autonómico Regional (SEAR) y en el incremento de los niveles de autoestima de las personas. Grandioso sería que políticos regionales se examinaran la visión para que logren percibir la realidad de su pueblo tal como se vive: en desempleo, con hambre y miseria.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 13 de enero de 2011