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martes, 23 de enero de 2024

¡HASTA LA VISTA, BABY!

 



Ella se fue, mas pervive en cada rincón,

en el café matinal, en nuestro diálogo común.

Sueños compartidos, risa amanecida.

En la mirada, su presencia aún florecida.

 

Puky gira, buscando su compañía.

Silencio brutal, pero en mi mente ella guía.

Diálogo lleno de recuerdos, palabras repetidas,

"¡Ya van tres!", eco que no se olvida.

 

Su risa, corre corre, eco telefónico,

en la oficina, su voz, un lazo simbólico.

Regaño a los perros, pasos en corredores.

Sombra y luz, su esencia en todos los colores.

 

En su ausencia, llena el vacío con fuerza.

La dicha de ser parte de ella, mi fortaleza.

Decidida, con mirada al futuro, camina,

entre estatuas grises, ¡hasta la vista, baby!, se encamina.



23 de Enero de 2023.

Foto: Internet


miércoles, 26 de octubre de 2016

HIJO DEL TIEMPO Y ARENA


Mar fue mi primer palabra,
después de mamá.
Crecí con nombres marinos
en la lengua: oleaje,
pelícano, macarela, estrellas, huracán;
el sonido de sus nombres,
nativos como yo.

Caminé descalzo por la playa del Tortuguero
con mi padre, donde un estrecho
arenoso me aferra a Nicaribe,
perdiendo la vista en la mar azul
donde las redes de pescadores
acompañan cantos de esperanza.

En el mapa una flecha roja dice
estás aquí; en el faro,
al pie del acantilado,
entre rocas azules donde los jóvenes
perforan corazones entrelazados con sus nombres.
Estás aquí; entre la brisa marina,
donde la historia es una capa fina de arena
que el viento desaparece si no la atrapas.

El mar tiene una lengua antigua,
su voz se expresa en distintos dialectos;
al explotar las olas en los troncos,
en las piedras, en la arena, en los barcos.
La línea de playa tiene dolor
en la médula de sus huesos.
Su cuerpo recuerda
cicatrices de exterminio,
como las familias que sufren
al ver marchar a sus hijos,
arrancados de sus raíces por la pobreza.

Y alguien sobrevivió para recordar,
más allá del peso de los barcos sarrosos,
y de miles de manos cortándolos con
profundas huellas de dolor.
Alguien sobrevivió para contar la historia
de esta tristeza, abandonando el mar,
su playa, sus casas, sus familias,
orando junto a su moribunda abuela,
enterrada junto a árboles que no volvieron a florecer,
donde la bahía lloró al zarpar,
donde el río cubrió su alma con neblina al pasar,
donde un niño creció preguntando para guardarlo
en la memoria, para tejer  historias de viajes,
de viejas costumbres, de la vida de día, los cantos
y tradiciones de noche.

Estás aquí, dice la flecha roja,
donde la línea del mar y la playa se tejen.
Crucé la montaña, navegué el río,
hasta que se me olvidó mi nombre.
Y vine aquí, al mar azul,
a recordar la alegría más antigua que se,
bañarme en la playa desnudo,
acompañado por el oleaje, algas,
el canto de aves marinas.
Estar vivo, y la playa diciendo:
estás aquí, has vuelto,
hijo del tiempo y arena.

Ronald Hill A.


miércoles, 14 de octubre de 2015

EL BEJUCO: LOS COMPADRES Y LA GANADERÍA


La maleza recién cortada brillaba entre el pasto que comenzaba a crecer después de la lluvia. Un rebaño de ganado se protegía de la inclemencia del sol bajo la sombra de los árboles de Guanacaste, apiñado en un corral de alambre; el estado de sus carnes, la flacura, es producto de la mala alimentación y la escasez de agua en las llanuras chontaleñas. Los pozos están secos, los caños y ríos perdieron su alegría, la carretera de asfalto se derrite en sus lados y el hervor que emana sube como calentura hasta la cabeza. “Necesito un oasis”, pensé al avanzar sobre el empalme de Lovago en dirección hacia a Acoyapa, buscando la salida a San Carlos.

Vi un bar y me detuve girando a la izquierda. Traspasé un pequeño andén de acceso y me senté en una silla de madera a la orilla de un bordillo de bambú barnizado. Una mujer de unos treinta años, con el cabello negro ondulado que caía hasta sus hombros, se acercó con el menú en sus manos. “El Bejuco”, decía la portada.

    ¿Va viajando?
    Sí, hacia Nueva Guinea. Este calor está insoportable.
    ¿Va a tomar algo?
    Un refresco natural. ¿Tiene limonada?
    Ya se la traigo.

Su cuerpo firme se onduló al vaivén de los pasos como macolla de jaragua en la llanura chontaleña azotada por el viento.

Volví la mirada y noté otro bordillo pero de concreto; en ese ambiente dos hombres conversaban degustando un litro de cerveza y más al fondo un rotulo indicaba la ubicación de los servicios sanitarios. De frente, el bar tender llenaba un vaso con hielo. Levanté la mirada y noté el cielo raso de caña de castilla, los horcones de madera sosteniendo el techo. Escuché el rugir de una licuadora. Una camionetona Land Cruiser doble cabina, de color fucsia quemado, se estacionó; un hombre de unos 60 años con barbita de chivo canosa, lentes de medida y luciendo un sombrero camoapaeño se bajó de ella. Con el taconeo de sus botas entró al Bejuco y la mujer regresó con el vaso de limonada.

    ¡Hola, comadre! —dijo saludando a la mujer.
    ¡Adelante, compadre Julio! —respondió y lo siguió.

Bebí la limonada granizada y me di cuenta que estaba hecha de limón de castilla. Después de tres sorbos sentí lo helado subiéndoseme a la cabeza. “Buena parada”, pensé mientras veía cómo un jeep BJ40 de los años 70, color verde, se estacionó al lado de la camionetona. La mujer y Julio se quedaron expectantes, mirando hacia el andén de acceso. Un hombre de cabello gris cubierto por una gorra azul traspasó el bordillo.

    ¡Ideay, compadre Adolfo!, ¿por qué renquea? —expresó Julio desde la mesa que ocupaba.

El hombre caminó lentamente, sosteniéndose la pierna derecha con la mano. Jaló una silla y se sentó al lado de Julio estirando la pierna renca. La mujer lo observaba sin decir palabra.

    Creo que tengo artritis, talvez sea ácido úrico.
    No joda, compadre, lo que usted tiene es rencura de perro.
    No sea jayán, compadre.
    ¿Qué van a tomar? —preguntó la mujer.
    Un cuartito de whisky, de Johnny caminante con soda —dijo Julio. —Las bichas le hacen daño a mi compadre Adolfo —agregó cuando la mujer caminó hacia el lado del bar tender.
    ¿Y la comadre?, ¿cómo está? —preguntó Adolfo.

Julio tomó un puro del bolsillo de su camisa, le quitó el plástico, lo mordió, raspó un fósforo de lucifer en la mesa y lo encendió. El humo de puro rebotó en el cielo raso y su aroma se coló por mi nariz hasta estremecerme los pulmones. “Ummm, buen puro”, pensé.

    Está bien, recuperándose del tal chikungunya. Al rato eso es lo que usted anda, compadre. Ella así se levantaba de la cama, con esa rencura de perro, pero ya está mejor —dijo Julio tirando humo por la boca como dragón sentado en la piedra de Cuapa.
    No compadre, yo me conozco, esto no es ese tal chikun…, ya me enredé la lengua, ja, ja.

La mujer regresó a ellos con una bandeja sostenida por su mano izquierda y les sirvió. Al retirarse la llamé.

    ¿Se le ofrece algo más?
    Algo para comer, algo liviano.
    Le ofrezco quesillo, tacos y sándwich.
    Un quesillo, por favor. ¡Ah!, y otra limonada.
    No tardo —dijo y noté los ojos de color miel bajo sus pastosas cejas.

El ruido de una caravana de seis camiones ganaderos sobre la carretera, en dirección hacia el empalme de Lovago, estremeció los cimientos de El Bejuco.

    Mire, compadre Julio, allí van los novillos —dijo Adolfo de pie, sosteniendo su pierna renca.
    Esos vienen del lado de Nueva Guinea, allí hay abundancia pero están carísimos —respondió Julio luego de empinarse el vaso.
    Viera, compadre, cómo se apiñan esos camiones al lado de la catedral de Nueva Guinea, amanecen esperando que abran las puertas de la alcaldía.
    Ya los he visto, pero no he podido comprar terneros, nadie quiere venderlos y si se deciden te piden antojos de locura.
    Esa es la pechuga de la ganadería en estos tiempos, los toretes de doscientos cincuenta kilos.
    A propósito, compadre, ¿y los que me prometió?

El compadre Adolfo se empinó el vaso y saboreó el trago; sin responder se levantó y caminó renqueando en dirección a los servicios sanitarios. La mujer regresó y me sirvió la limonada y el quesillo.

    ¡Hola, amigo! —dijo Julio dirigiendo el saludo hacia mi lado. Volví a ver si era a otra persona y me di cuenta que me saludaba.
    Hola —respondí.
    ¿Va viajando?
    Sí, voy para Nueva Guinea por el lado de El Almendro.
    ¿Viaje de negocios?
    No, allá vivo.
    Su cara me parece conocida, ¿desde cuándo vive allá?
    Viví varios años en Juigalpa, pero desde 1990 radico en Nueva Guinea.

El compadre Adolfo regresó a la mesa, estiró la pierna renca y se sentó. La mujer estaba expectante con uno de sus hombros descansando sobre la barra del bar tender. Los hombres que bebían cerveza gritaron pidiéndole otro litro.

    El amigo es de Nueva Guinea —dijo Julio y Adolfo me saludó desde la mesa.
    Allí está el progreso —respondió Adolfo.
    Por aquí también se nota —respondí.
    Acoyapa es el pueblo típico ganadero, la ganadería es la fuente principal de su riqueza —dijo Julio.
    Los ganaderos viven el clímax del boom ganadero —dije.
    Los precios están buenísimos —dijo Adolfo.
    No se haga el chancho, compadre, ¿qué pasó con la ternerada?
    Mire, compadre, me ofrecieron un precio parejo, no pude negarlos.
    Se fija, compadre, por eso estamos como estamos, ni entre nosotros nos correspondemos. Por eso, porque no somos unidos, hasta de contrabandistas nos acusan los arribistas de los mataderos.
    Pero, compadre, vendí los cuarenta terneros a 62 córdobas el kilo, el lote entero, sin apartar cabeza, cuerpo y cola.
    Busque como reponerlos pronto porque los banqueros andan regando la bola que va a bajar el precio del ganado —dijo Julio.
    Dónde ha visto que la carne baja de precio, ese es amarre que tienen los banqueros que también son exportadores con los mataderos —dijo Adolfo.
    Póngase vivo, usted amárrese conmigo, la próxima ternerada me la aparta. Le voy a dar un cheque de anticipo. 
    Eso, mi compadre, en seis meses le tengo cincuenta toreritos.
    Pero no haga otra caballada, repóngalos, no ande de igualado, cuidado se va a comprar una camionetona.

Llamé a la mujer y pedí la cuenta. “Son cien pesos”, dijo. Me levanté y me dirigí a la mesa de los compadres ganaderos.

    Ha sido un gusto conocerlos —dije y les estreche las manos.
    Por allí nos vemos en Nueva Guinea —dijo Julio.
    Hágase la prueba del ácido úrico —le dije a Adolfo.

La mujer regresó con el vuelto, le di una propina y sus ojos brillaron. “Que le vaya bien”, dijo. En el trayecto hasta el empalme del Pájaro Negro, antes de girar hacia El Almendro, no vi ni una sola cabeza de ganado.


Octubre, 2015.

martes, 13 de enero de 2015

VUDÚ DAYS (Wilson, mi amigo)


Desde que desembarqué en el muelle de las pangas de Bluefields me di cuenta que pasaría un fin de semana inolvidable. El rótulo pintado en la pared superior del galerón que da acceso al embarcadero, dando la bienvenida en español, inglés y misquito, me recordó que pisaba territorio pluricultural y multilingüe, la tierra del “sontín”, del Obeah man y de creencias sobrenaturales.

Este viaje no era como la mayor parte de los que he hecho; lo hacía por la urgente necesidad de ver a viejos amigos y amigas en la última semana del año para despedirme de ellos.

    Tengo que ir para bañarme y lavarme en las aguas en mi vieja playa antes que finalice el año —le dije a ella cuando me vio con las maletas.
    Siempre andas creyendo en esas babosadas —respondió haciéndome la señal de la cruz en la espalda, como siempre lo hace cuando tengo que viajar. — Que te vaya bien —agregó.

Desde el primer día, después de la una de la tarde, me dirigí en compañía de Silvio Lacayo, Silvio, su hijo, y Fabiola hacia una quinta ubicada en las cercanías del suampo de Lara. Un charco de tierra roja explotó en miles de gotas cuando la camioneta negra se desvió del camino para entrar a la quinta. Se escuchó el sonido del aire comprimido de los amortiguadores asentándose en el lodo; los alrededores, grama, postes, alambre de púas y troncos de los árboles quedaron salpicados de rojo.

En el fondo del terreno sobresale el bosque secundario propio de las planicies caribeñas, prevaleciendo la oscuridad y las sombras, pero a medida que la mirada retrocede se observan rayos de luz que como intrusos calientan el ambiente. En el centro, al lado de un ranchito con techo de suita, crecen plantas ornamentales en macetas hechas de bambú colgadas entre ramas  que forman una escalera viva. Se nota el despale selectivo de árboles y arbustos recién plantados con flores de distintos colores a sus alrededores. “Este es tu santuario”, le dije a Fabiola luego que me mostró con exquisitez sus plantas, los cultivos de sandía, tomate y chiltoma que recién comenzaban a germinar.

Un tronco de madera plantado al lado derecho del ranchito me llamó la atención; Silvio Lacayo, el suegro de Fabiola, me llevó a verlo. Una vara cruza el tronco a forma de brazos de los cuales cuelgan macetas con flores como si fueran sus manos; igual en su base y en el borde superior como si fueran sus pies y cabello. En la parte frontal mediana, el tronco tiene puesto dos trozos de poroplast pintados con acuarela en forma de ojos y más abajo otro como si fuera su lengua; una bufanda se sostiene de la vara con un nudo como colgando de su cuello. “Esto es Vudú, es un muñeco de vudú”, le dije a Silvio Lacayo. “Se llama Wilson”, respondió; me tomó una foto a su lado y regresamos al ranchito.

    ¿Por qué se llama Wilson?
    Así le puso don Silvio —respondió Fabiola.
    Por Wilson, el de la película “El náufrago”, protagonizada por Tom Hanks —dijo Silvio.

En la película el actor pinta una cara en una pelota de basquetbol de la marca Wilson con su mano sangrante y la ubica sobre un tronco. El balón se humaniza. La historia es sobre un hombre, el náufrago, que sufre por mantener la esperanza en la soledad de una isla. Su relación con Wilson puede parecer absurda pero es una excusa para vencer el tabú de hablar solo, de vencer el miedo de caer en la locura y es eso, precisamente dialogar con el balón, lo que lo mantiene cuerdo.

En un momento en que se unieron al grupo otros amigos de Fabiola y Silvio, me acerque a Wilson; le confesé mis penas, toqué sus manos, le acomodé la bufanda, pedí por mis deseos. Al despedirme escuché con claridad el susurró del viento al caer la tarde: “ándate tranquilo”.

La conversación de la noche, ante mi insistencia sobre el vudú y luego de disfrutar un exquisito costillar de cerdo asado, giró en torno a temas relacionados con sucesos sobrenaturales como el que contó una amiga presente. “Abrí la puerta del portón del corredor y al encender la luz vi las machas de patas de gato pintadas con sangre en la pared, alrededor de las ventanas y la puerta. Desde ese día mi niña (la jovencita que estaba a su lado) y yo comenzamos a sentir desesperación si estábamos dentro de la casa, sufríamos de un intenso dolor de cabeza, no podíamos estar tranquilas, mucho menos cuando Juan, mi marido, llegaba de sus viajes desde la Desembocadura”.

Todos escuchaban atentos, iluminados por una tenue luz de luna; Silvio me volvía a ver incrédulo. “Sí, es cierto, tuvimos que buscar ayuda para que nos limpiaran la casa, encontraron cochinadas”, agregó la mujer sin dar más explicaciones. Silvio se me acercó al oído y dijo: “alguna querida que tiene en la Desembocadura le hizo el sontín para que dejara a la mujer”.

Los días siguientes los dediqué para visitar y despedir el año estrechando manos y dando abrazos a viejos amigos. A una amiga tuve que gritarle para que abriera el portón de zinc. Luego de saludarla me hizo pasar a su casa y vi cosas tiradas, desacomodadas en la sala: vasos, platos, fotos, muebles, ropa de uso personal y de cama. Al ver mi cara de sorpresa dijo sonriente: “estoy aprovechando que no está mi mamá, estoy botando chunches viejos y hago limpia antes que termine el año”. Recordé las palabras de otra amiga que hacía referencia a la mamá de mi amiga: “mi mamá no nos dejaba visitar esa casa, decía que allí la mujer se dedicaba a hacer cochinadas”.

Visité a mis familiares en el cementerio de El Bluff e hice un recorrido por varias tumbas de familias de antaño y recientes. “Ahora se roban hasta la tierra de las tumbas; las preferidas son de aquellas personas que la gente considera que hacían brujerías”, dijo el Bena. “Desde chavalo recuerdo que al Mexicano lo consideraban brujo, no por su barba colgándole hasta el pecho ni por sus largas uñas, sino porque él alardeaba de sus poderes sobrenaturales. No podía morir, pasó varias semanas en agonía, daba gritos espantosos que se escuchaban hasta la Booth por las noches y una manada de perros que tenía aullaba lamentándose alrededor de su casa. La familia no soportó su agonía y lo trasladaron a uno de los cuartitos que había hecho en el patio para alquilárselo a la Casimira y otras misquitas, te acordás de la Casimira, ¿verdad?”, agregó.

Los tres días que visité El Bluff me bañe, me lavé y me confesé con mi vieja playa. Fueron tres días de sol, luminosos, con una brisa leve que espantó los jejenes y con un oleaje que permitía nadar en sus azules aguas; también ellas se limpiaban al depositar algas a lo largo de la costa. La espiritualidad y paz que encuentro en esa playa me recordó el susurró de Wilson, mi amigo.

El último día regresé en una caponera hasta el muelle de las pangas y allí me encontré a viejos amigos del puerto. Mientras esperaba la salida de la panga hacia Bluefields conversé con ellos; al tocar el tema de la extrema pobreza en que se encuentran, abandonados y sin esperanzas, uno de ellos, el Chaparro de cabello canoso dijo: “todos las fuckin gobiernas, después de la Somoza, no poder hacer nada bueno, ni pesca, ni petróleo, ni marina, nada, sólo babosadas… y nosotros aquí casi muriendo como si desde Managua nos hacer un gran brujería”.

“También tu mamá creía en brujerías. Decía que a vos nada podía enloquecerte porque te había dado una cura que consiguió en Kakabila”, dijo ella cuando regresé del viaje y le conté lo de Wilson, mi amigo. “Nunca se imaginó que este sontín chontaleño te volvería loco”, agregó con su mirada complaciente.


Martes, 13 de enero de 2015

viernes, 3 de mayo de 2013

RESCATE EN LA TROCHA DE BLUEFIELDS


En una hondonada, sin poder avanzar ni retroceder, frente a la última subida a vencer para llegar a San Pancho o Kukra River, nos quedamos atascados. El jeep Land Rover, luego de varios intentos frustrados, no logró subir la cuesta. Un río de agua se desprendía desde la cúspide abriendo surcos lodosos por la corriente en el camino barroso y la lluvia nos mantuvo retenidos dentro de la cabina, inmersos en la incertidumbre.

Antes de llegar a Naciones Unidas una llanta trasera fue devorada por el filo de una piedra; el tiempo que invertimos en cambiarla, más de media hora, marcó la diferencia entre un viaje placentero y uno infernal. “Regresemos a Nueva Guinea”, le dije a Jimmy Downs quien conducía. A su lado iba Tina, su esposa, en la parte de atrás Alberto Chang, su esposa Zoraida y yo. “Más adelante no hay piedras, es una trocha veranera”, respondió. Llamé por teléfono a mis amigos de Bluefields para decirles que si no llegábamos a las tres de la tarde es que nos habíamos quedado en el camino. “Plan Rescate, le voy a avisar al Ranger”, respondió Johnny.

La llanta que cambiamos estaba baja y en Naciones Unidas la rellenamos de aire. Preguntamos por las señas del camino y nos indicaron que no tomáramos un tramo de la derecha, “todo a la izquierda”, nos dijo un muchacho. Avanzamos unos doce kilómetros revestidos de todo tiempo, donde se observa el trabajo de cunetas y alcantarillas que realiza un módulo de construcción escuálido, sin la cantidad de equipos necesarios para avanzar en la obra, parqueado e inactivo al lado del camino. Unos pocos kilómetros más adelante avanzábamos sobre la trocha veranera sin revestimiento y pasamos una brigada de ENATREL que instala postes con un camión pesado y el cableado de fibra óptica hacia Nueva Guinea. El cielo en el horizonte se puso plomizo. Al culminar una subida encontramos una camioneta Land Cruiser de la misma empresa.

Cuando iniciamos el descenso la lluvia caía a cantaros. “No hay frenos, no se detiene”, escuche decir a Jimmy; rodamos sin control en la bajada, pero maniobró el jeep haciéndolo girar. Zoraida gritaba desesperada, abrió la puerta sin detenernos y, al frenar al lado de un paredón del camino, estábamos en dirección contraria, hacia Nueva Guinea. Abrí la puerta para bajarme pero Jimmy me indicó que no lo hiciera. Cuando escampó la lluvia, bajo la llovizna caminé hacia la camioneta. “Es mejor que no se muevan, hay que esperar unas tres horas para que se oree el camino”, dijo un conductor al explicarle lo sucedido. Al lado derecho había una vivienda y un poco más abajo una galera. “Aquí podemos dormir”, fue lo primero que pensé. Alberto y Zoraida subieron hasta ese punto y cruzaron la puerta de alambre en dirección a la vivienda. Jimmy caminó y minutos después subió con el jeep. Buscamos refugio en la casa. El dueño, de apellido Hernández, nos dio refugio amablemente con su familia. “No se preocupen, tenemos bastante maíz”, dijo en la pequeña sala atiborrada con sacos; volviendo a ver el piso de tierra agregó “la cama es grande”.

Luego que pasó la lluvia salimos a la plazuela. Me quité la camisa y la gorra para colgarlas en un mecate. “¿Usted fue militar?”, preguntó el campesino. “No”, respondí. “Es que los militares es lo primero que hacen, cuando se mojan ponen a secar la ropa”, dijo. Vi el reloj y me di cuenta que tenía hambre, era la una de la tarde. No había desayunado, no tenía planeado hacer el viaje a Bluefields con ellos pero a última hora me decidí. “En el jeep hay una bolsa de papas”, dijo Tina; con eso almorcé. La esposa del señor Hernández hirvió agua y preparé un café. “Aquí hay señal, allí en la orilla de la puerta”, dijo la señora, Zoraida hizo varias llamadas comunicando a Alfredo y Dorothy lo sucedido. Llamé a mi hijo Ronald y le dije que estábamos en la comarca “Villanueva”. “Si no hubiera venido estaría en mi cama acostado con White Bush”, le dije a Jimmy.

El sol comenzó a salir. A las tres de la tarde sentimos su intensidad y nos refugiamos bajo la sombra de un árbol. Un tucán voló hasta un árbol ubicado cerca de la galera y se los mostré a Tina y a Jimmy. Volvimos la mirada hacia el cielo, en dirección a Bluefields, lo vimos gris. “Eso es señal de lluvia”, dijo el señor Hernández. El camino se había secado un poco. Nos dijeron que San Pancho estaba a una media hora y que podíamos llegar si nos apurábamos; decidimos seguir avanzando en la trocha. “No se preocupen, avancen hasta donde puedan, nosotros nos regresamos a San Pacho y les ayudamos”, nos dijo el conductor de la camioneta. Eran las tres y media de la tarde.

En la capilla de Villanueva, antes de la bajada, encontramos una camioneta que avanzaba hacia Nueva Guinea. Un hombre se bajó cuando Jimmy preguntó por las condiciones del camino. “Casi nos damos vuelta en una bajada, gracias a Dios estamos vivos, Dios es grande, nos salvó”, dijo. “¡Regresémonos, regresémonos!”, decía Zoraida. “No hacerle caso, hombre, querer meternos el mono”, dijo el chino Alberto. “¿Que decís vos?”, le preguntó Jimmy a Tina. “Probemos”, contestó, y en medio del histerismo de Zoraida seguimos avanzamos.

En la última cuesta a vencer comenzó a garuar. En el primer intento el jeep avanzó hasta un cuarto de la pendiente. Me bajé para inspeccionar y dirigir la maniobra de Jimmy. Le hacía señas para que acelerara pero no lo hacía, el jeep no se movía. Vi que se abrió la puerta trasera y bajó Zoraida. La lluvia se intensificaba y el rio lodoso de desprendía desde lo alto. Tras varios intentos por subir nos dimos por vencidos y nos encontramos nuevamente en la cabina bajo la lluvia. A las cuatro de la tarde pasó un campesino montado a caballo que se dirigía a Villanueva. “No van a poder subir, mejor quiten el vehículo del centro de la trocha porque falta que pase un IFA que viene de San Pancho y se puede deslizar sobre ustedes”, nos dijo. “Avísele a los de ENATREL que aquí estamos”, le dije. Jimmy trató de subir de retroceso una pequeña pendiente que habíamos pasado antes de llegar a la hondonada pero fue imposible. Luego de varios intentos pudo ubicar el jeep al lado derecho del camino.

Varados y dentro de la cabina solamente pensaba que pronto anochecería pero no me confiaba en lo que había dicho el campesino. “Esta zona es limpia, no es peligrosa”. Me imaginaba tratando de dormir dentro del vehículo con una nube de zancudos sobre nosotros, pensaba en el “Plan Rescate” y en la brigada de ENATREL que no regresaba por la lluvia. Jimmy bajó del jeep y caminó hacia una casa ubicada arriba de la cuesta. “Después de esa subida todo es parejo”, dijo; Alberto  y Zoraida caminaron hasta la casita.

Minutos después pasó un muchacho con una señora de unos cincuenta años y un perro. Iban caminando hacia San Pancho, la lluvia había cesado. Nos dijeron que San Pancho estaba a media hora de camino y que había señal telefónica. “Si la señora llega, yo también”, pensé y tomé mi mochila. Le dije a Jimmy y a Tina que caminaría con ellos hasta San Pancho para llamar por teléfono. Comencé a caminar sobre la cuesta detrás de ellos. Encontré a Alberto y Zoraida que regresaban. “No, no te vayas, quédate con nosotros”, dijo pero no le hice caso. Eran las cuatro y veinte minutos de la tarde.

Luego de subir la cuesta mis zapatos burros pesaban mucho, la capa de tierra fangosa adherida a la suela era de unos cinco centímetros. Caminamos unos diez minutos sobre el cerro y súbitamente nos encontramos con una pendiente similar a la que no pudimos subir. La señora le pidió al muchacho que le cortara una vara para usarla de bordón y yo hice lo mismo porque cada paso era un desliz. Ellos calzaban botas de hule, el calzado ideal para esas condiciones. “Camine al lado del camino, es menos liso”, me dijo el chavalo y bajé sosteniéndome de la vara. En la hondonada, al bajar encontramos una camioneta parqueada al lado del camino. “Ni lo intente, nosotros estamos al otro lado”, le dije al conductor y me observó incrédulo. Continuamos avanzando y pude apreciar el cerro “La Toboba” a mi derecha. Pregunté por el tiempo restante de camino y el chavalo me mostró el techo de unas casas en el horizonte. “Allá, después de esas casas queda San Pancho”, dijo. Calculé la distancia, unos diez kilómetros de camino. “Oiga, oiga ese ruido, son vehículos que vienen”, dijo el muchacho. “No escucho nada, sólo los latidos de mi corazón, se me quiere salir”, le respondí; se detuvo para darme agua de una botella que llevaba en su mochila. “Es buena agua, de un manantial”, dijo y bebí. Estaba bañado de sudor, el lodo cubría los ojos de mis pies por encima de las calcetas y no aguantaba el peso de la mochila en mis hombros.

Cinco minutos después encontramos estacionado el camión IFA que viaja de San Pancho a Nueva Guinea. Me acerqué al conductor y le dije lo mismo que al de la camioneta. Continuamos caminando y nos encontramos una camioneta de tina que trataba de subir. “No le diga nada, no hacen caso”, dijo el chavalo y recordé lo que dijo el chino Chang: “no hacerle caso, hombre, querer meternos el mono”; estoy seguro que eso es lo que pensaban. “Usted no se preocupe, esta señora es dueña de un comedor, va seguro”, dijo el chavalo mientras caminábamos dejando atrás las cuestas. En una vuelta nos encontramos con una camioneta y les hice señas, les dije que no iban a subir, que mejor se regresaran. Luego aparecieron tres más, iban en caravana.

Noté que el camino era diferente, arenoso, y que la pendiente era cada vez menos marcada. “¿Ya estamos cerca”?, pregunté. “Sí”, respondió el chavalo. Eran las seis de la tarde, comenzaba a oscurecer. “Esta es la casa que le mostré desde el cerro”, dijo el chavalo señalándola al lado del camino. Diez minutos después salimos a un tope y caminamos hacia la izquierda. “Adelantito queda San Pancho”, dijo el chavalo. Vimos el destello de unas luces que bajaban del lado del cerro, una camioneta nos alcanzó y se detuvo. “Súbanse a la tina, los llevamos a San Pancho”, dijo el conductor. “Yo no dejo a mi perro”, dijo el chavalo. Me subí, le di la mano a la señora y el chavalo subió a su perro. Atrás venían las otras camionetas que iban en caravana.

En San Pancho encontramos a una mujer que al lado del camino hablaba por teléfono sin acercárselo al oído, sosteniéndolo con la mano derecha por encima de la cabeza. La camioneta se detuvo, las otras tres estaban cerca. Me bajé a buscar la señal telefónica. Los de la camioneta también la buscaban pero no pudimos encontrarla. “En San Pancho los dejamos”, dijo el conductor; al llegar al pueblo se bajó el chavalo con la señora y su perro. “¿Van para Bluefields?”, pregunté. “Sí, vamos de regreso”, respondió el conductor. “¿Se va a ir con ellos?”, preguntó el chavalo; le respondí que sí. “¿Me van a dejar aquí en la tina?”, le pregunté al conductor porque observé que sólo una muchacha iba en la cabina posterior. “En la vuelta se pasa”, respondió. Eran las seis y veinte minutos cuando entré a la cabina.

En el trayecto hacia Bluefields les comenté lo sucedido. Eran de la Juventud Sandinista, de la promotoría social que realizaba en Bluefields monitoreo al programa “Plan Techo” que impulsa el gobierno. El día anterior habían llegado por el mismo camino y salieron de regreso a las cuatro de la tarde. No dejaba de pensar en Jimmy, Tina, Alberto y Zoraida, los imaginaba dentro del jeep bajo la oscuridad de la noche, pero también pensaba en la brigada de ENATREL que estaba cerca de donde los había dejado. Encontramos un camioncito varado en el centro de la carretera. Entre todos, pasajeros, conductores y promotores, unos doce en total, lo empujamos bajo la llovizna y subió la pequeña pendiente en dirección a San Pancho. Más adelante encontramos un microbús embancado; hicimos varios intentos para sacarlo del hoyo en que estaba atorado pero fue imposible. Las camionetas pasaron sobre un charco y continuamos el viaje.

La luna comenzó a mostrarse en el horizonte. Repentinamente sonó mi teléfono por la señal que emiten las antenas desde el cerro Aberdeen. Llamé a mi mujer y luego a Dorothy. Pasamos suampo de Lara y a las ocho de la noche me bajé de la camioneta frente al Consejo Regional. Llamé a Alfredo Cordero y me dijo que llegara a su casa. Llamé a Johnny y luego a Ranger. Caminé hacia la casa de Alfredo, llamé a Mariano para comunicarle lo sucedido y me dijo: “vos fuiste el que inventaste esa mierda”, preocupado por Tina, su hermana. Al verme Alfredo en la acera de su casa salió y entré por el portón. Le conté lo sucedido y le pedí algo de tomar, baje la mochila de mis hombros y recordé que había metido unas sandalias. Me quité mis burritos lodosos, me obsequió una cerveza y entré a la casa. Allí estaban su esposa y unos amigos compartiendo. Luego apareció el Ranger y me di cuenta que el Plan Rescate sería hasta el amanecer. Minutos después llegó Dorothy. Hicieron la noche conmigo, nos reímos de lo sucedido y poco a poco quedé inmerso en su Reggae Style.

Esa noche dormí poco. Desperté a las cinco de la mañana, no pude dormir, pensaba en mis amigos atrapados en la hondonada antes de subir la última cuesta para llegar a San Pancho. A las cinco y media de la mañana sonó mi teléfono. Era Jimmy el que llamaba y me contó que la brigada de ENATREL los sacó de la hondonada halándolos con el guinche de la camioneta y con los empujones de los trabajadores. Habían llegado a San Pancho a las seis y media de la tarde y allí durmieron los cuatro, dentro del jeep Land Rover porque seguía lloviendo. Le comunique que el Plan Rescate ya había iniciado, que dos camionetas Land Cruiser habían salido en su búsqueda. Los volví a ver sanos y salvos a las once y media de la mañana en Bluefields.

Jueves, 02 de mayo de 2013

domingo, 30 de diciembre de 2012

ASÍ SE VIAJA AQUÍ


Siempre trato de ser puntual; llegué a la estación de buses con tiempo suficiente para tomar un microbús —interlocal expreso, les llaman— desde Juigalpa hacia Managua. “No se preocupe, en un ratito sale el próximo, ya viene en camino”, dijo uno de los ayudantes y me acerqué al grupo de personas que lo esperaban bajo el ardiente sol mañanero de la ciudad de los caracolitos negros.

Acomodé la maleta con rodillos al lado de un murito y, con la mochila en el hombro, caminando sobre los adoquines cubiertos de flores amarillas, estaba pendiente de la llegada del microbús. Eran las ocho de la mañana. Los viajeros se notaban angustiados por la espera, entre ellos reconocí a “la China” con la que entablé conversación. Noté que nadie había comprado boleto, nadie hacía fila, todos estaban regados en los alrededores. De pronto, los ayudantes anunciaron la llegada del microbús.

Sin aún estacionarse definitivamente, al abrirse la puerta corrediza todos salieron corriendo como en una estampida de novillos, formando un molote frente a la puerta donde los empujones desesperados eran la garantía necesaria para conseguir un asiento. En menos de un minuto catorce pasajeros habían llenado el microbús y cuatro personas salían de su interior. “Esos desgraciados que salieron reciben pago por conseguir asiento”, dijo “la China” con tono descontento. “El otro no tarda”, dijo el conductor cuando salió rumbo a la capital.

“Managua, Managua, Managua”, gritaba otro ayudante desde la parada de buses. Anunciaba la salida del bus ruteado de las nueve de la mañana; sabedor de la angustia que pasábamos, nos toreaba con su propuesta. “Hay asiento, a las once y cuarenta estamos en Managua”, decía. “No se desespere, el otro no tarda”, me aconsejaba “la China”. Decidí no asumir el riesgo de quedarme con la maleta frente a la puerta del microbús, evitar otra estampida y el molote; luego de despedirme, abordé el bus ruteado con un asiento garantizado.

Dos días después, a la misma hora, enfrentaba igual situación en el mercado de Mayoreo. Desde que bajé del taxi pensé en el estorbo que me ocasionaba la maleta, en la gran cantidad de personas que viajan por las vacaciones y, al encontrarme con el grupo disperso que esperaba el microbús, lo afronté directamente. “¿Y por qué no hacemos fila?”, pregunté. Nadie respondió, todos me miraban como animal raro. “¿Vamos a hacer molote?”, pregunté nuevamente. “Así se viaja aquí”, respondió una mujer que cargaba en sus brazos a una niña. Repentinamente se estacionó el microbús, abrieron la puerta y me quedé esperando el paso de la estampida. “Señor, todavía hay asiento, páseme la maleta”, dijo el ayudante al verme frente a la puerta.

Viajar en transporte colectivo es divertido cuando tenés tiempo suficiente, sin prisa, sin urgencias. Pero viajar entre molotes es repugnante. Los dueños de los microbuses y buses se hacen de la vista gorda, al igual que las autoridades que los regulan. El orden y el buen trato con los viajeros no les interesan, pero los transportistas son exigentes cuando de su bolsa se trata. Son los primeros en llorarle al gobierno por el alza del combustible, el costo de las llantas y son capaces de cualquier cosa por que les mantengan el subsidio que reciben. ¿Y los pasajeros? Bien, gracias.


Ronald Hill A.
23 de Diciembre de 2012.

lunes, 24 de enero de 2011

EL MUELLE DE BLUEFIELDS

Muelle municipal de Bluefields. Foto: Kenny Siu.

Amanece con barcos aferrados sin partir,
húmedo y frío por la bruma que lo invade desde el río.
Con los primeros rayos de luz lo saturan de vida:
trasnochados, ilusionados y desesperados.

Acogedor de sueños:
Pangueros, navegantes de ida y vuelta.
Pasajeros, ilusionados por compromisos.
Capitanes de navíos; surcadores de mares, ríos y lagunas.
Amantes, corazones disueltos por despedidas.
Chamberos, buscadores del pan.
Comerciantes, ilegales y legales.
Pescadores, proveedores de alimentos por las calles.
Vagabundos, miradas disipadas en el horizonte.
Ancianos, amanecidos sin conciliar el sueño.
Borrachos, desesperados por la guía.

Al atardecer, satisfecho muestra calidez a sus anchas.
Amarres y desamarres.
Cargues y descargues que lo pintan.
Ir y venir diligente, desesperante.
Abrazos al ausente que regresa,
carcajadas y gritos de alegría.
Ilusiones crecientes, estimulantes.
Los rayos del sol mueren a su espalda,
su reinado desvanece.
Vuelve la inmensidad de la noche.

Luz tenue acoge su sueño,
manso oleaje lo custodia.
Espíritus lo invaden.
Vigilante sin sentido escucha:
susurros, lamentos y pasiones.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 23 de enero de 2011

viernes, 8 de octubre de 2010

VIAJE EN DOS MOMENTOS

I

Llega la panga de Bluefields. Los pasajeros salen de ella frente a un gentío que busca maletas en vez de manos. Andan de prisa y, al salir al muelle flotante, se aglomeran en la confusión de las maletas. Tres soldados salen de su cuartel. Bajan las gradas y cierran el paso ubicándose a lo ancho del camino que va hacia la parada de buses que viajan a Managua. Dos en los extremos y uno al centro. Arriba los observa el jefe.

Los pasajeros suben las inclinadas gradas de acceso al muelle flotante. Caminan de prisa. Llegan frente a ellos. Ponen sus maletas en el suelo. Los soldados van sobre ellas como depredadores sobre una presa. Abren las maletas, meten sus manos, recorren los lados, el centro, los depósitos. Palpan su contenido ante la mirada expectante del dueño quien las cierra. Se produce otra aglomeración, todos están inquietos bajo un sol ardiente.

Unos pasan sin ser revisados. Estoy a la expectativa. He bajado varias gradas, estoy cerca y la cámara fotográfica ha captado varias imágenes. Uno de los soldados me mira con recelos. Regreso hacia arriba. El jefe clava su mirada en mi rostro. Te van a joder por estar tomando fotos me dice Rafael.

Abajo sigue la revisión. Arriba, en la calle, los que no fueron revisados abordan un carro blanco que los espera.

II

Voy hacia El Rama. Llego al muelle municipal y sin bajarme del taxi dos tipos se pelean por mis maletas. Uno de ellos es más rápido y se apropia de ellas. Sin esperarme se las lleva. De prisa lo sigo.  Le han cerrado el paso, discute con otro y no lo dejan entrar. Le quito mis maletas y entro al fondo de la caseta de embarque. Compro mi boleto y, con alivio, me acomodo en unas bancas. Llega un tipo y me dice que debo pagar en la entrada cinco pesos de peaje.

Entro a unos servicios sanitarios. Salgo y un tipo me dice que tengo que pagar dos pesos. Puta, pienso, es un derecho humano orinar. Después de media hora un tipo llama a gritos a formar fila para el registro de maletas. Todos se levantan rápido buscando como ubicarse al inicio de la fila. No tengo prisa, siento nostalgias. Me ubico al final de la línea, una serpiente en movimiento.

Pasa el tiempo, más de media hora y no han comenzado el registro. Regreso a la banca pendiente de las maletas. El mismo gritón comienza a entregar flotadores. Me pasa dejando uno por la banca. Tenemos más de media hora que nos llamaste a formar fila y no comienza el registro, le digo. El resto de pasajeros clava su mirada en él. Se da cuenta y con enojo dice: no es mi culpa hay unos pasajeros que no han venido, hasta que estén todos comienza el registro. Registran las maletas y abordamos la panga.

Todavía falta el registro de El Rama. No se si por la brisa o por la nostalgia de Bluefields, unas lagrimas recorren mi mejilla. Es la brisa, pienso.

La escena de la llegada a El Rama se repite, pero ahora llueve. Hasta a las vacas las palpan en mejores condiciones, las meten en una manga bajo techo y le introducen hasta el codo para ver si están preñadas. Nos merecemos algo mejor que esto, pienso.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 08 de octubre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

DE REGRESO EN BLUEFIELDS

Foto cortesía de Kenny Siu

Nos encontramos en la calle central; teníamos muchos años de no vernos y el saludo fue efusivo: nos miramos esquivos, nos reconocimos, nos dimos un apretón de manos y un abrazo fuerte. Habíamos estudiado en el Colón y jugado base ball en el mismo equipo. De entrada me invitó a tomarnos unas cervezas y acepté. Éramos cuatro, él y otros dos de sus amigos.

—Voy a estar quince días —dijo Steven. Cuando estoy en el barco, sólo pienso en regresar, me hace falta la familia, los amigos, mi gente. 

Nos acomodarnos en una mesa esquinera. Uno de sus amigos pidió cerveza para todos. Estaban bien heladas. Afuera el calor era insoportable, calor caribeño.

—Cuéntame qué haces —preguntó al mismo tiempo que se empinaba la botella. Hizo una llamada por teléfono, habló con uno de sus amigos indicándole el sitio donde nos encontrábamos. Noté el poco interés en la respuesta y dudé en contestarle.
 
—Compro mariscos en Bluefields y los vendo en Nueva Guinea —dije. Me miró sin prestar atención y volvió a llamar por teléfono. Llamaba a otro amigo con el mismo fin. Terminó la llamada y le dijo a uno de sus amigos que pidiera más cervezas. Esperé un comentario de su parte, no hubo.
 
Aparecieron cuatro personas. Uno de ellos había conversado con él en la primera llamada, los otros tres eran amigos del amigo de Steven. Los saludó de la misma manera como lo hizo conmigo y, sin terminar, pidió más cervezas. Dos de ellos eran conocidos: habíamos estudiado juntos en el San José y siempre que nos saludábamos en la calle me pedían dinero. Steven pidió la cuenta y pagó. Se hacía tarde, iban a ser las once de la mañana. Me disculpé aduciendo prisa por comprar los mariscos y al despedirme aparecieron otros seis amigos de él. El ceremonial se repitió.
 
Siempre regresamos a Bluefields por diversos motivos. La mayoría por nuestra familia, que nos espera en tiempo de vacaciones después de pasar largos meses en el barco, en el trabajo que hacemos en otro país, o simplemente por regresar para semana santa, las fiestas de mayo, los desfiles de septiembre o para Navidad. Volvemos con entusiasmo, con alegría, con ganas de reencontrarnos con la familia y amistades, con la música, el sabor de nuestra comida, el olor de nuestra ciudad, sus calles, sus esquinas, su parque, sus callejones, la brisa de su bahía.
 
El tiempo se nos hace corto y, cuando nos damos cuenta, debemos retornar, a veces sin realizar muchas de las cosas que habíamos pensado previo al viaje. Muchos, como Steven, se la pasan celebrando con sus amigos y los amigos de sus amigos; no se dan cuenta que Bluefields y su gente ha cambiado por múltiples razones. Regresemos a Bluefields con otra mirada y redescubrámoslo.
 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.