La felicidad
no siempre hace
ruido.
A veces cae como lluvia
fina
sobre los árboles
del trópico húmedo,
golpeando hojas anchas,
dejando la tierra
blanda y viva,
con olor a café recién
colado
y humo de leña
mojada.
Está en el campesino
que abre el surco
con paciencia,
aunque le duelan
los hombros
y la pobreza le
camine al lado.
Sigue.
Porque la tierra
responde.
Vive en el lodazal
pegado a los pies,
en los niños y
niñas
que saltan en los
charcos
riendo sin motivo,
sin saber qué es
eso,
exactamente eso,
es la dicha.
Está en el hombre
que corta flores
silvestres
y camina hasta el río.
Yo lo vi.
La mujer que ama
lava ropa,
el agua corre,
se miran.
Basta.
Se esconde en el
monte,
cuando dos cuerpos
se buscan
sin prisa,
con el canto de las
aves de testigo
y el bosque respirando
alrededor,
sabiendo que el encuentro
es breve
pero verdadero.
Corre por los ríos,
cae en cascadas,
sube con la luna
llena
y despierta temprano
cuando el sol parte
el rocío
en dos mitades de
luz.
En el Caribe,
la felicidad huela
a sal
y a coco hirviendo.
Llega con los pescadores
cuando la faena es
buena
y el mar, a veces
duro,
cumple.
Está en rostro de
la mujer creole
que mueve la olla
del rondón,
chile de cabro,
pescado, yuca,
pensando en su amado
que hace chambas en
el muelle
y volverá cansado,
pero vivo.
Vive en los
enamorados
que se aman sobre
la arena,
en la mujeres que
bailan,
en las voces
alegres
que recorren las
calles
tomadas de la mano,
aunque mañana toque
luchar de nuevo.
La felicidad no es
grandeza.
Es lluvia
regresando a la tierra.
Es el mar abriéndose
otra vez.
9 de enero de 2026.
Foto: Sergio Orozco Carazo.

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