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viernes, 4 de marzo de 2022

UN BUEN CAZADOR

 


La península de El Bluff siempre ha sido un refugio de vida silvestre. Desde la zona de Kukra Hill y Laguna de Perlas, muchas especies huían de los incendios provocados en las plantaciones de banano y caña de azúcar, atravesaban la franja costera pasando por Falso Bluff y las lagunas de agua dulce hasta adentrarse en la loma del faro y el bosque ubicado en el extremo sureste, cercano a la pista de aterrizaje.

— Por eso me convertí en cazador, por la abundancia — dijo don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas con mucho cariño por los Blofeños.

Se encontraba frente a la escuelita de doña Carmelita, propiamente en la esquina de Miss Lilian. Era la hora del recreo y varios estudiantes lo rodeaban para escuchar sus anécdotas de otros tiempos. Entre ellos figuraban el Macho Silvio, Charol y Taigá, los que se habían separado de los chavalos menores que jugaban y corrían en el patio de la escuela.

—¿Qué cazaba y dónde? —preguntó Taigá.

—Mejor pregúntame que no cazaba. Porque te voy a decir que me recorría toda la costa, hasta llegar a Falso Bluff. Pasaba por la primera y la segunda laguna, me cruzaba en cayuco a Caimán Rock y me regresaba. Cuando no me iba bien, subía a la loma del faro, aunque al coronel Brenes no le gustara porque el mandador me corría, y luego me iba a la montañita de al lado de La Colonia. En otras ocasiones buscaba mis presas en los grandes árboles de esa época —dijo Tapalwas.

—¿Dónde le iba mejor? —insistió el Macho Silvio.

Tapalwás adoptó pose de inspiración y su mirada brilló más que las aguas de la bahía bajo el sol a las dos de la tarde. Guardó silencio por varios minutos mientras recorría con la mirada el corre corre de los chavalos en el patio de la escuelita y la algarabía que se formaba con ellos en la tienda de Toño Real y doña Estercita.

—Nunca fui a la escuela —dijo Tapalwas —. En mis tiempos de chavalo a uno le enseñaban las letras y los números en las casas, la mamá o los hermanos mayores que ya habían aprendido lo hacían. Con eso se tenía suficiente para defenderse en la vida, una vida que era más pausada, sin muchos problemas, sin muchos sinvergüenzas y léperos de los que cuidarse como ahora.

“Pero volviendo al caso, agregó, aprendí a cazar al lado del río Punta Gorda, en las tierras de la familia de mi mujer, los McRea. Esas enseñanzas me sirvieron para aprovechar la abundante caza en El Bluff. No me van a creer, pero de todo había en esta puntita. Es que los animales no son tontos, allá los sacaban corriendo con las quemazones y aquí se refugiaban porque nadie los andaba jodiendo, no como en estos tiempos que con costo se agarra una guardatinaja. Y hablando de guardatinaja, una vez me fui a la segunda laguna porque días antes vi el rastro de varias en la orilla”.

» Las lagunas era uno de los mejores sitios de caza, porque los animales descansaban y tomaban agua, se relajaban pues y yo aprovechaba. Un día me alisté, limpié bien mi rifle calibre 22 de cinco tiros, la Panchita me preparó una comidita, le di filo a mis cuchillitos y me fui muy temprano. Cuando llegue a la playa el sol salía en el horizonte y, luego de una hora de caminata, llegue al sitio. Recogí varios cocos secos, los abrí y puse el cebo al pie de un gran árbol de Mangle, a la orilla de la laguna. Me subía al Mangle y allí me estuve por un buen rato, esperando que aparecieran.

—Se va a acabar el recreo y usted no termina de contarnos —dijo Charol.

—No te preocupes —dijo el Macho Silvio. Doña Carmelita tiene visitas.

—Este chavalo es impaciente —respondió Tapalwas y siguió con su relato.

» Para ser un buen cazador hay que llenarse de paciencia. Y así me estuve por un gran rato. Vi que la marea estaba bajando porque Caimán Rock se miraba más grande y las gaviotas, pelicanos y tijeretas se posaban en las piedras cubiertas de algas. De pronto se aparecieron tres guardatinajas, hermosas, con el brillo característico de su pelaje y sus manchas blancas. Se acercaban al pie del Mangle donde tenía el cebo de coco, pero bien nerviosas como que se imaginaban que las estaba esperando. Dejé que comieran un poco de coco. Sus patas estaban dentro de la laguna como si se refrescaran después de una larga caminata entre el mangle, los cocoteros, icacos y uvas de mar. Apunté a una con el 22, respiré profundamente y veo en la punta de mira a un gran cuajipal que sale como volando del agua y la atrapa de un tapazo, le da dos mordiscos y se pierde con ella en el agua oscura de la laguna. Las otros dos desaparecieron en un segundo y me quedé oliendo la punta del rifle.

—Usted es un mal cazador —dijo Taigá. Le ganó el cuajipal —agregó.

—Pero debe tener otras historias —dijo el Macho Silvio.

—Tengo muchas, un buen cazador siempre cuenta sus historias, eso lo satisface, además del acto propio cazar, la excitación que se siente cuando vas tras la presa es algo único —dijo Tapalwas.

 » Una tarde me fui a buscar un venadito que andaba rondando el bosque ubicado entre la pista y las casas de la Colonia. Le seguí las huellas desde la punta de la pista y llegué hasta el bosque. Andaba preparado como siempre. Puse un cebo de banano maduro y me subí a un árbol de Guaba. Allí me estuve un rato pensando en mis tiempos de juventud, de las cosas que nos suceden y las que nos perdemos por no decidirnos. De pronto el venado se acerca a los bananos y comienza a comer. Le puse la mira fija entre los cuernos de tres puntas. Se agachó y comió. El venado es un animal super arisco y de pronto levantó la cabeza. Creo que sintió mi olor, pero apreté el gatillo y dobló sus patas delanteras. Allí quedó, entre los bananos. Cuando me bajé del árbol, en la mera frente tenía el orifico y sangraba detrás de la oreja derecha por donde salió el tiro.

—Ahora sí le creo que es un buen cazador —dijo Taigá.

—Las visitas ya se van —dijo Charol.

—¿Qué hizo con el venado? —preguntó el Macho Silvio.

—Cuente, cuente, que ya nos van a llamar —dijo Charol.

» Le hice un corte para desangrarlo. Lo levanté de las patas traseras y esperé un rato para echármelo a tuto. Tenía que subir la ladera de la loma y calculé que pesaba unas ochenta libras y en efecto, eso era lo que más o menos pesaba cuando lo levanté. Comencé a subir la ladera con el venado, el saco y el rifle a tuto. Avancé cuesta arriba unas veinte varas cuando sentí el triple de peso sobre mis espaldas. Ya me estoy poniendo viejo, me dije, traté de hacer más fuerza para culminar la ladera, pero daba pequeños pasos, casi no avanzaba. Así, poco a poco, llegué hasta la cúspide y decidí detenerme.

—Doña Carmelita nos llama, apúrese —dijo Taigá.

» Pues aventé al venado hacia un lado y cuando cae veo a un tigre que se lo estaba comiendo y me voy de rodada. Imagínense, venía cargando al venado y al tigre que se lo comía. Del susto salgo corriendo, pero me acuerdo del rifle, lo busco y ya no veo ni al tigre ni al venado. El tigre bandido se me robo el venado. Lo busqué por todos lados, dispuesto a cazarlo y recuperarlo, pero fue imposible ubicarlo. El tigre se escapó, pero dicen que una noche el coronel Brenes lo cazó en el tambo de la casa de los Bermúdez.

—Te imaginas que vas cargando un venado y encima va un tigre comiéndoselo —dijo el Macho Silvio.

—Vámonos, vámonos, doña Carmelita ya tocó la campanita —dijo Taigá.

—Ni guardatinaja, ni venado, ni tigre, nada puede cazar, solo puede contar sus guayolas, sus mentiras —gritó Charol y corrieron hacia el acceso de la escuelita.

—¡Los voy a acusar con doña Carmelita, son unos mal educados! ¡También voy a ir a quejarme a sus casas! —gritó Tapalwas mientras ellos subían las gradas de la escuelita de doña Carmelita.

 

jueves, 3 de marzo de 2022

De la Serie: Las Guayolas de Tapalwas.

sábado, 12 de febrero de 2022

VOLANDO SOBRE PIEDRAS

 


La sombra del tanque de almacenamiento de agua los protegía del sol de la tarde. En su base de concreto, elevada a la altura de una silla normal, estaban sentados y observando las prácticas del equipo de la Booth, llamado el Diablo.

Era un grupo de chavalos que tenían su propio equipo de béisbol, llamado la UVA. Todos eran menores de edad y se fogueaban con esmero para un día poder jugar con el equipo de la empresa, campeón de la liga de béisbol de Bluefields.

Estaban allí observando las habilidades y destrezas de los grandes, entre ellos, Charles Wilson, Woodrow Budier, Alvin Omier, Frank Roe y Rodolfo Watts, siguiendo las indicaciones de Victorino Castro, su entrenador y de Wilmore Hodgson, su manager.

Roberto Bartlett, gerente de la empresa Booth, llamado el Diablo, pasó saludándolos acompañado de don Pedro Joaquín Bustamente. Detrás de ellos iba Felipe, hijo del Diablo y Chapop. Ese día se iba a definir la conformación del equipo y los chavalos de la UVA estaban a la expectativa.

Siempre que daba inicio la temporada de béisbol, tres jugadores de la UVA eran convocados por el equipo el Diablo para jugar como novatos, lo cual estaba establecido en el reglamento de la liga. Las aspiraciones eran altas. Entre los chavalos que estaban sentados a la sombra del tanque, figuraban Chabelo, Mau Mau, Richard Allen y el Guerrito. Desde allí escuchaban el ruido de los motores de la planta que funcionaban las 24 horas del día.

A su derecha miraban hacia el plato y de frente a la tercera base. A su izquierda estaba la casa de don Chon Benavidez y el camino hacia la esquina de la capilla de la iglesia católica. Al fondo, más allá del jardín central observaban las casas de Wilmore Hodgson y su bar El Tipito, la de la Paca John y su bar el 7 Mares, y la venta y el Broadway Restaurant propiedad de William Gómez, todos ellos muy concurridos por los capitanes y marinos de barcos pesqueros.

Miraban el equipo que practicaba sus jugadas con esmero, cuando se acercó a ellos don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwás con mucho cariño. Siempre aparecía en grupos que se reunían alrededor de la casa de don Octavio Gómez, en la esquina de la capilla católica y en cualquier otro acontecimiento a los que acudían los pobladores: velatorios, rezos, casamientos y bautizos. Sus pasos cornetos se notaron al instante, así como su buen vestir y su cara de platicador.

—El tiempo vale oro y vuela como corre las bases ese que va dando la vuelta por la segunda base —dijo al arrimarse al tanque.

—Ese es pitcher, se llama Davis Hodgson —dijo Mau Mau.

—Una vez, de joven, corrí más rápido que él —respondió Tapalwas.

—Eso fue hace siglos —dijo Chabelo.

—No te equivocas, fue hace mucho, pero mucho tiempo —dijo Tapalwas.

—Suéltela, cuéntela pues —dijo El Guerrito.

“Fue hace tiempo. Me encontraba a un lado del río Kurinwas esperando que su caudal bajara un poco después de tres días de lluvia. Una familia me dio posada en su ranchito y allí me estuve esperando. Miraba como hipnotizado el curso del agua que llevaba de todo: vacas, chanchos, palos, ramas y hasta un tigre trepado en las raíces de un tronco; todos iban zumbados, buscando el desagüe del río, en dirección a la Laguna de Perlas”, relató Tapalwas.

—¿Qué hacía usted por allí? —preguntó Richard.

» Eso es otro cuento, pero les quiero contar lo veloz que era. Así que cuando bajó el agua, al tercer día, me dispuse a cruzar el Kurinwas por la parte más estrecha, tal como me lo recomendaron los amigos de la ranchita.

» Me fui caminando río arriba y llegué a un estrecho de unos 30 metros. Revisé el cruce y decidí atravesar por unas inmensas rocas que sobresalían del lecho del río y que estaban dispuestas en toda su anchura. De un salto largo, más largo que Zamba Larga, me paré en la primera piedra. A unos dos metros estaba la otra y de un salto caí en ella. Sentí una leve sacudida, pero pensé que la corriente era capaz de socavar lo que se opusiera a ella, así que salté hacia la otra. Me encontraba más cerca de esta orilla que de aquella, así que salte una, dos y tres rocas.

» Ya estaba en la mitad del río cuando siento que la roca se mueve, que se va un poco de lado como que quisiera levantarse del lecho del rio y brinco hacia la otra que se mueve y veo hacia atrás y no están en su lugar las que había cruzado. Sentí mi piel como erizo de mar, los oídos me zumbaban como si tuviera cien grillos a mi lado, no me sentía la cabeza y el corazón me palpitaba como bombo de banda de música. ¡Dios mío!, ¿Qué es esto?, me dije, y sin pensarlo dos veces, salté hacia la siguiente piedra que se levantaba, luego hacia la otra, pero con una velocidad que nunca antes había experimentado.

» Iba volando sobre las piedras, tan rápido que apenas las tocaba con los pies, y así casi llego a la otra orilla cuando brinco en la última, y antes de caer en ella, veo que se mueve de lugar y me doy cuenta que es una tortuga de río gigante, inmensa, de unos tres metros de ancho y resbalo en el agua. Al lado de ella parecía un enano, dio la vuelta y me dio un coletazo que me aventó hacia la orilla del rio. Subí el borde agarrado de los matorrales y cuando volví la vista hacia las rocas, es decir a las tortugas gigantes, habían desaparecido”.

—¿Piedras que se vuelven tortugas gigantes? —preguntó Mau Mau.

—Por esta —dijo Tapalwas. Mostraba la cruz con sus dedos de la mano derecha.

—Ya quisiera yo poder volar así sobre las bases —dijo Richard.

—¡Muchachos¡, ¡allá viene Polo! —dijo Chabelo.

Eddie Bendlis Dixon, llamado Polo, era el manager del equipo de la UVA y se dirigía hacia el grupo que se había conformado detrás del plato. Allí estaban Victorino Castro, Wilmore Hodgson, Morsby Taylor, llamado Tuly y capitán del equipo, Roberto Bartlett, Elías Jureidini, representante del equipo y Polo.

—De seguro están poniéndose de acuerdo sobre los que vamos a jugar esta temporada con el equipo El Diablo —dijo El Guerrito.

—Don Tapalwas, ¿Qué era lo que andaba haciendo en Kurinwas? —preguntó Richard.

—¡Miren!, ¡miren!, Polo nos está llamando —dijo Chabelo.

—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡apurémonos!, ¡apurémonos! —dijo Mau Mau.

—¡Ideay¡, ¡esperen!, ¡esperen!, les voy a contar qué andaba haciendo en Kurinwas —dijo Tapalwas, entusiasmado por continuar contando su aventura.

—¡Otro día nos cuenta esa guayola! —dijo el Guerrito mientras los cuatros corrían hacia el lado de primera base donde se encontraba Polo.

—¡Incrédulos!, eso es lo que son ustedes —gritó Tapalwas y se encaminó hacia el lado de la casa de don Chon Benavidez para dirigirse a su vivienda ubicada en el callejón pegado al cerco de la capilla de la iglesia católica.

Esa misma tarde los chavalos de la UVA festejaron en el Broadway Restaurant la incorporación al equipo de El Diablo de tres de sus miembros: Richard Allen, El Catracho y  Mau Mau. Jugaron en la temporada de 1974, año en que el equipo volvió a ser campeón en la liga de béisbol de Bluefields.

 

sábado, 12 de febrero de 2022

Serie: Las Guayolas de Tapalwas.

Foto: Equipo El Diablo, 1974.


jueves, 12 de agosto de 2021

CASSAVA POINT

Los antepasados de mi mujer son de origen Rama y Ulwas. De ellos, conoció a sus abuelos, pero no tuvo la dicha de ver a sus bisabuelos. Su abuelo paterno, llamado Isaac, contaba sus aventuras en las selvas alrededor de Punta Gorda y más abajo, allá por el río Indio y Maíz, cuando levantaba su campamento y hacía una fogata que lo calentaba y ahuyentaba a las fieras del monte, después que regresaba de cacería. Ella nació allí, en Punta Gorda, en una choza de palma construida por encima del cauce del río para evitar las frecuentes inundaciones que anegaban los cultivos y arrasaban con las gallinas, cerdos, patos, chompipes y las pocas cabezas de ganado que tenían.

“Además de cazar y pescar eran yuqueros”, continuó hablando Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas.

Se encontraba en la esquina ubicada frente a la capilla de la iglesia católica de El Bluff. Su espalda descansaba en el muro de la escuela, al lado del árbol de Zapote, y melenquiaba tabaco, un hábito que era de su mayor disfrute, además de tomar aguardiente y contar sucesos que le habían marcado la vida.

Era un hombre de contextura más pequeña que la de un hombre mediano, su pelo era negro, sus ojos vivaces irradiaban desde sus profundidades una luz poderosa que se notaba cuando la gente le pedía que contara sus anécdotas, escupía casi siempre sus salivazos chirres hacia su lado izquierdo pidiendo permiso, vestía de pantalón largo al igual que la camisa y calzaba unos burrones de cuero, los que, al dar sus pasos medio cornetos, daban la impresión de pesar una tonelada.

Se dirigía a un grupo de chavalos adolescentes del puerto, entre ellos, Chabelo, El Guerri, Kalilita, El Sapo, El Zorro, el Negro Glen, Mario Tachita y Mau Mau. Ante las ganas que tenían por saber sobre sus anécdotas, comenzó a contarles con entusiasmo.

“Entonces, sembraban la yuca”, dijo Mario Tachita, uno de los chavalos que sobresalía por ser de los más mal intencionados del puerto.

Cultivaban yuca, dijo Tapalwas, que es otra cosa. Mientras la yuca crecía desde mayo a enero, se dedicaban a cazar, pescar y a cuidar sus animalitos. Preparaban unas veinte manzanas, las sembraban al espeque, de forma escalonada durante tres meses con el fin de cosecharla de igual manera y no verse atiborrados de yuca. Ellos mismos fueron seleccionando las mejores matas para que tuvieron un crecimiento rápido, produjeran raíces de gran tamaño y fueran resistente al agua, al empozamiento y la escorrentía. Era una variedad seleccionada por más de sesenta años en la familia y todavía es cultivada en toda la zona de los Ramas, y más allá de Punta Gorda y Atlanta.

“¿Cómo trasladaban esa yuca desde allá?, preguntó Mau Mau.

“Ve que pregunta”, dijo Kalilita. “Pues en botes, en que más va a ser”, agregó.

En botes pos pos hechos con troncos de árboles de roble gigantes, siguió con el relato Tapalwas, cavados a punto de cincel y machete, pero de gran calado. Eran botes de diferentes medidas, pero los que empleaban para transportar la yuca medían más de seis metros de largo por dos de ancho y, como no tenían motores de gasolina, los navegaban a punto de velas y remos. Así se trasladaba la yuca a los muelles de Bluefields. La venta era venta loca porque los pobladores, desde que se asentaron frente a la bahía, siempre han sido come yuca. Por eso es que prefieren, hasta hoy, la yuca cosechada desde hace cienes de años en Punta Gorda por la familia de mi mujer.

En uno de esos barcos yuqueros, el tío abuelo de ella, llamado Elías, llegó a Bluefields.

“¿En qué año fue eso?”, preguntó el Negro Glenn.

Mira hijo, no podría darte razón sobre el año, pero eso fue hace muchos, pero muchos años, imagínate que en ese entonces El Bluff todavía no se había poblado.

Después de dos días de estar vendiendo la yuca que trasladaban en el plan del bote, bien acomodada porque no tenían sacos, Elías salió una tarde a visitar a una tía abuela de mi mujer llamada Esther, que se había trasladado a vivir a la ciudad.

En esa época, Bluefields tenía sólo dos calles de tierra, una que bordeaba la bahía y otra que cruzaba las casitas ubicadas de este a oeste, con varios caminitos hacia el norte y el sur donde se asentaban los creoles que comenzaban a poblar los primeros barrios que luego llamaron Old Bank, Beholdeen y Cotton Tree.

Esther vivía en un ranchito de troncos y techo de palma, propiamente al lado de donde se encuentran hoy en día las tres inmensas palmeras de Palma Real, que para muchos son símbolos insignes de la ciudad. Se dedicaba a lavar y planchar ropa ajena, y su marido, llamado Gabriel, era un activo chambero en los muelles de la ciudad puerto.

Eran muy amables con él, pues los días de su estancia le daban de comer los tres tiempos y, en agradecimiento, siempre les llevaba regalitos del monte: una gallinita, chancho guari salado, mazorcas de maíz y todo lo que puedan imaginarse como buen fruto de la tierra. Elías vio el terreno de la ranchita donde vivían muy desolado, sin ningún tipo de plantas ni árboles, y como él estaba acostumbrado a vivir en la inmensidad de la montaña, le prometió a Esther varias plantas para sembrar y que le dieran alimentos.

¿Qué les llevó?, pregunto El Zorro.

“Jodido, jodido, deja al hombre que corte bien su pedazo de puro, que no ves que se puede cortar”, respondió El Sapo.  

Tapalwas recién había comprado un peso de puros en la venta de Marín, ubicada al lado de la casa de los Corea, cerca del callejón que daba a su casa, ubicada al fondo, en el lado norte del cementerio. Con una navaja de marinero que le había regalado un amigo jamaiquino en Honduras, su tierra natal, cortaba el puro en tres trozos, guardaba dos, envainaba la navaja y se llevaba a la boca el trozo nuevo, lo masticaba con esmero hasta convertirlo en una pelota multiforme y pastosa que paseaba con la lengua por su boca. Al llenarse de saliva, pedía permiso, volteaba la cara hacia la izquierda y tiraba un escupitajo al suelo. Para muchos Blofeños de esa época, poseía propiedades curativas. Lo visitaban con el fin de obtener parte de su melenca salivosa acumulada en un balde de aluminio que mantenía al lado de una mecedora donde pasaba sus tardes viendo las olas del mar, y luego utilizarla en compresas para curar ronchas, granos de la piel y otras enfermedades cutáneas. Volvió a melenquear y continuó con su relato.

Tres semanas después regresó Elías con más yuca, pero también con carne de guari salada obtenida de seis chanchos de monte que habían cazado. Toda la carne fue vendida el día que atracaron en uno de los muelles principales de ese entonces. La yuca le duró dos días y, al atardecer del primer día, se presentó en la casa de Esther y Gabriel. Les llevaba varias estacas de yuca y unos arbolitos de aguacate germinados en conchas de coco.

Durmieron felices. Por la mañana Elías plantó en el patio los obsequios. Al despedirse les dijo que los cuidaran, sobre todo en los meses secos, “dele una regadita con el agua de lluvia que recoja y verá cómo crecen”, le dijo a Gabriel al tercer día de su estancia porque debía regresar con las compras: herramientas, candiles, tiros de escopeta, sal, azúcar, jabón, cal y café.

La gente del puerto circulaba por el andén, unos hacia el lado del campo de béisbol y otros hacia el lado de la cabaña, la cantina de Miss Pet y el sector de la aduana y el muelle, pero ellos estaban inmersos en el relato de Tapalwas. La Cumbia pasó, se volteó hacia ellos, movió sus inmensas nalgas en modo coqueto, pero ninguno se fijó en ella, no dieron silbidos ni lanzaron sus piropos frecuentes a la escultural negra, por lo que ella les hizo deprecio con rostro y cuerpo y siguió caminando en dirección a los putales.

“¿Y se pegaron?”, preguntó El Guerri que estaba recostado a la pared, enrollado en el piso como una boa, con las piernas en cruz, y fumándose un cigarrillo.

Muchos años después, Elías regresó siendo un anciano con su hijo mayor llamado Timoteo. Fue a la casa de Esther y Gabriel, pero ya no vivían allí, en su lugar habían construido una casa de madera propiedad de una familia de origen norteamericano. Elías vio la sombra que cubría la casa. Pidió permiso para entrar en el patio y se llevó la gran sorpresa de que la estaca de yuca había crecido tanto que se convirtió en un inmenso árbol de yuca, tan grande que poseía tres fustes de dos metros de diámetro y diez de altura.

Sorprendido del colosal crecimiento de la planta, con autorización de los gringos, comenzó a escarbar con su machete y con la ayuda de su hijo al píe del árbol de yuca, y en la medida que escarbaban, iban descubriendo las raíces. A Timoteo le dijo que les avisara a los habitantes de los alrededores sobre el descubrimiento y luego fueron apareciendo, incrédulos aún, con machetes para ayudar a seguir escarbando.

La noticia se regó en los barrios de los creoles y estos aparecieron con cobas, palas, picos y barras para extraer las raíces de yuca que descubrían poco a poco hasta llegar a la orilla de la bahía donde se había extendido la punta de una de ellas. Tenía una longitud de cincuenta metros desde la orilla de la bahía y unos veinte de ancho. Los ricos sedimentos que bajan del rio Escondido la cubrieron en su totalidad, formando una punta de tierra en la que muchas familias ya se habían asentado con sus ranchitas de varas y palmas de coco. Así fue como se formó la punta de yuca de Bluefields, la que los creoles comenzaron a llamar Cassava Point con mucho cariño, a tal grado que la protegieron de la erosión con piedras en sus bordes que movían mediante palancas desde distintos puntos de la ciudad.

Por más de seis meses se suspendieron los viajes de los botes cargados de yuca desde Punta Gorda. La yuca sembrada por Elías rindió tanto que los habitantes del Bluefields de ese entonces pasaron comiendo yuca todo ese tiempo: la prepararon cocida, en sopa con todo lo comestible, en rondón, frita, en pastel, en buñuelos, hicieron harina y sacaron almidón, y una gran parte de ella fue trasladada en barcos a las comunidades de Laguna de Perlas, especialmente a Orinoco, donde los garífunas hicieron tortillas de harina de yuca en cantidad suficiente como para alimentar a la comunidad por un año.

“¿Una punta de yuca en Bluefields?”, preguntó El Zorro. “No la conozco”, agregó.

“Ni yo, nunca oí hablar de Cassava Point”, dijo Mario Tachita.

Ustedes no conocen la punta de yuca o Cassava Point porque las autoridades de esa época le cambiaron el nombre por desprecio a la iniciativa de los creoles, y comenzaron a llamarla Pointteen. Allí donde existe un astillero en la mera punta, allí mismo terminaba la punta de la yuca sembrada por Elías. Yo les estoy contando la pura verdad. Tarde o temprano se darán cuenta de que la historia verdadera de un lugar nunca se cuenta como en realidad sucedió, sino que se acomoda al interés de los que mandan. Son ellos los que se encargan de voltear la historia como si se tratara de un calcetín sucio.

“Esa en otra de tus guayolas”, dijo Kalilita.

“Mejor nos vamos”, dijo Chabelo. “Vamos a jugar basquetbol”, agregó. Todos los siguieron calle abajo, bajando por el cine Renith en dirección a la casa de don Chon Benavidez y la cancha.

“No me creen”, dijo Tapalwas. “Incrédulos, eso es lo que son, unos incrédulos mal educados”, gritaba al verlos partir. Tiró un par de escupitajo y caminó por el andén en dirección a la entrada del callejón que lo llevaba a su casa.

 

De la Serie: La Guayolas de Tapalwas.
8 de agosto de 2021

miércoles, 28 de julio de 2021

DE PESCA EN SEMANA SANTA

Una tarde, reunidos en el porche de la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo, ubicada frente a las gradas que dan acceso al cuartel de la guardia y sus guardacostas, los concurrentes, Zoilo Carrasco, Pablo Álvarez, el chino Chow, todos trabajadores de don Pedro Joaquín Bustamante, que tenía su oficina al lado, y Rafael Montero, trabajador de la aduana, comenzaron a pedirle a don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas con mucho cariño por los pobladores del puerto, que les contará una de sus anécdotas.

Para animarlo le convidaban tragos de guaro lija de a peso. Tapalwas se toma el trago de un solo envión, sin arrugar el rostro y, al ver la cara de doña Juana Angulo, sale apresurado al corredor a dar su escupitajo. Zoilo lo espera con un pedazo de papel que contiene sal y una almendra sazona para que la deguste. Así soporta la quemazón y el ardor que le provoca el trago de aguardiente con un 80% de volumen de alcohol, con lo cual don Octavio se muestra orgulloso.

Después de cuatro entradas y salidas de la barra de don Octavio, además de los oficinistas mencionados, se fueron apareciendo otros transeúntes, entre ellos, Victoriano, Masayita y El Africano para tomarse su cuartita de lija.

Animado, Tapalwas se sienta en un banco. Desde esa posición privilegiada en el corredor, mira subir y bajar a la gente por las gradas, unos hacia el muelle para viajar a Bluefields y otros que retornaban a sus casas. A todos da saludos y adioses. Los concurrentes también se muestras animados, han saboreado varios tragos, tragos que son registrados en un cuaderno de cuentas por don Octavio y que serán cancelados religiosamente la próxima quincena de pago.

No me lo van creer, dice Tapalwas, todos dejan de hablar entre ellos, pero me sucedió en una Semana Santa ya lejana, cuando ustedes, menos El Africano porque él no tiene años, andaban en pantalones chingos. Salí temprano de la casa con mi hijo, el que ustedes llaman el Picudo, para evitar el sol. Bajamos el cayuco con los canaletes, las cuerdas, la carnada, machete y arpones. Remando sin ninguna prisa nos dirigimos a probar suerte al lado de los mástiles sarrosos del barco hundido que queda al lado de murito, al lado del muelle de los pescadores.

Era un Viernes Santo, un día claro, caliente, sin un soplo de viento y con las aguas de la bahía limpias y de color verde azulado. Un día tan calmo que ni siquiera se escuchaba el retumbo de las olas en la playa de El Tortuguero. Iba en busca de unos roncadores porque allí era seguro que picaban, así que le dije a mi hijo que gobernaba el cayuco, que se alineara al mástil en forma de 7 que sobresalía y a las ruedas sarrosas para amarrarnos a ellas.

Allí estuvimos un gran rato, pero nada picaba. Era tanta la calma que no escuchaba la música de la Rock-Ola de la cantina de Miss Lilian, el movimiento de los guardias en el guardacostas no se notaba, gente circular por el andén no se miraba, era una calma bien serena la de ese día. Al rato me sentí algo inquieto, algo dentro de mí me decía que teníamos que movernos de lugar si queríamos atrapar roncadores, así que solté el mecate y le dije a mi hijo que remáramos un poco más allá saliendo frente al lado del muelle de la aduana, pero sin adentrarnos en la corriente que, aunque no soplara viento y estuviera calmo, siempre había por la bajada de las aguas del río Escondido que buscan el mar hacia el lado de la barra y la isla del Venado.

Así que nos acercamos a la corriente, pero sin entrar en ella, de larguito, pero con el cauce del agua a la vista en su fluir hacia el mar. Tiré la cuerda y allí no más comenzaron a picar los roncadores de buen tamaño, hermosos y gordos. Saqué uno, dos, tres, cuando mi hijo me gritó que mirará hacia arriba.

El cielo estaba limpio, azulito claro, con nubes blancas sobre Bluefields y a la orilla del manglar pegado al mar, y vi una bandada de gaviotas que volaban sobre una mancha plateada que se reflejaba desde el fondo del agua avanzando contra corriente. Sentí un cosquilleo en mi cuerpo, pero nada que se igualara al miedo. Le dije a mi hijo que remáramos rápido hacia ese punto plateado que se veía en el agua y en un dos por tres, con ayuda de la leve corriente, nos acercamos.

Estábamos encima de la mancha plateada que resultó ser un cardumen de Róbalo, inmenso, tan grande que las aguas se pusieron plomizas en todo nuestro alrededor, desde el borde del muelle hasta allá a lo lejos en dirección a Half Way Cay y la isla Chiquita de Miss Lilian.

Miré hacia abajo, nunca antes había visto tantos róbalos juntos, tan grandes, tan hermosos, nadando sin ninguna prisa, sin nada que interrumpiera su nado, sin nada que los inquietara, y, por encima de ellos y de nosotros, la inmensidad del cielo limpio y claro con las gaviotas que volaban en círculos con su canto, un mugido sordo que subía de intensidad, como amenazándonos, hasta caer en una letanía aguda y estirada para seguir subiendo y bajando, como escoltando algo que no quieren que se vea ni se toque, algo que no es de éste mundo.

Me encontraba como ido, admirando esa belleza, eso que quizás sólo una vez en la vida puede ocurrir, cuando de pronto, quizás por el instinto de animal que llevamos dentro, me acordé del arpón. Me agaché para amarrarlo a la punta del bote, revisé la cuerda, la enrollé un poco y lo agarré con fuerza. A mi hijo le hice señas para que no provocara el más mínimo ruido con el canalete.

Dejé que avanzaran debajo del bote de canalete, estaba en guardia, sin prisa, pero el corazón me palpitaba tan fuerte como los cañonazos que tiraban los guardacostas cada vez que venía Somoza al puerto. De pronto vi uno grande, abrí mis piernas para pisar con fuerza los bordes del piso del bote y tomar impulso. Conté, midiendo el arponazo, uno, dos, y de pronto, a un lado del que había escogido, se me atravesó otro mucho más grande, un inmenso róbalo, el doble de tamaño, de unos cuatro metros de largo, al que a su paso los otros se apartaban abriéndole espacio para que se desplazara, mientras arriba las gaviotas revoloteaban como locas emitiendo sus graznidos amenazantes.

Este es, no puede ser otro, me dije y tiré con todas mis fuerzas el arpón. Se deslizó como una bala entre el agua, se insertó entre la cabeza y la primera aleta dorsal y, de un coletazo poderoso elevó sobre la superficie un estallido de agua tan altísimo que las gaviotas dejaron de graznar y desaparecieron con el cardumen.

La corriente se detuvo. Solamente quedamos el róbalo, mi hijo y yo en las aguas mansas. Unos segundos después, sentí el jalón igualito al de un remolcador que jala una ristra de doscientas tucas por el río Escondido. Caí de espaldas en el bote. El róbalo comenzó a jalar con tanta fuerza, a la velocidad de una panga con un motor de 45 caballos de fuerza, y en menos de diez minutos estábamos en la bocana del río Escondido, cerca de Schonner Cay. De pronto dejó de jalar y nos detuvimos.

Se cansó, ahora yo lo voy a jalar, le dije a mi hijo. Comencé a jalarlo, poco a poco, jalaba y jalaba con todas mis fuerzas y, cuando logro sacarlo a la superficie, mi hijo ya listo con el machete para darle en la cabeza y meterlo en el bote, vemos que es una tuca.

¡¿Dios mío, qué es esto?!, se repetía mi hijo una y otra vez al ver el gran pedazo de tuca que teníamos a la orilla del bote de canalete.

Cuando me volvió la serenidad, cuando toda la emoción de mi cuerpo desapareció, me senté en el plan del bote para pensar en lo que había sucedido. Nadie va a creernos, pensaba y le dije a mi hijo que remáramos lo más rápido que pudiéramos en dirección a El Bluff.

No nos dimos cuenta de cuantas horas tuvimos que canaletear para regresar a la casa, allá al lado del cementerio donde vivimos. Llegamos todos quemados por el sol y esa noche nos dio una calentura que nos hacía tiritar. Ustedes no me van a creer, pero de algo si estoy seguro, nunca más voy a salir de pesca en semana santa.

“Se fijan, camaradas, sólo guayolas nos cuenta”, dijo Rafael Montero.

“Ja, ja, ja, otra ronda y nos vamos”, dijo Pablo Álvarez mientras Zoilo entraba a la casa en busca de los tragos de guaro lija que don Octavio ya tenía servidos y anotados en el cuaderno.

 

De la Serie: La Guayolas de Tapalwas.

Foto de Internet.

27 de julio de 2021.