lunes, 5 de enero de 2026

OSTIONES, ALMEJAS Y LENCERÍA



No sé cómo empezó esto, ni por qué,

de verdad no lo sé.

Desde que Tanquecito llamó por el teléfono

la escena vuelve, insiste,

como la marea que no aprende a retirarse.

 

—Vamos —dijo—,

te voy a llevar a ver

cómo preparan los ostiones para venderlos.

 

La mujer estaba allí,

sentada en una cajilla de plástico.

como si el día le hubiera dado ese asiento.

A su lado, Saul, su pareja.

Frente a ambos,

un volcán de ostiones:

conchas pegadas unas con otras.

 

Con la mano izquierda tomaban el cuerpo áspero

con la derecha el cuchillo preciso,

abrían la concha

y sacaban el cuerpo carnoso,

blando como promesa cumplida.

 

Las piernas de la mujer, largas y abiertas,

sostenían la faena.

Fuertes, marcadas por el sol y la sal.

Cuando se estiraba,

el trabajo dejaba ver sus nalgas

quemadas de bahía y paciencia.

Quise apartar la mirada.

No pude.

El cuerpo también recuerda.

 

Pensé en Awas.

En mí, joven, recogiendo almejas

con más entusiasmo que paga.

Aprendiz de marea y cansancio.

El verdadero salario

llegaba al caer el sol sobre los cocoteros:

Sarafina,

paciente como el agua quieta,

enseñándome sin prisa

lo que no se aprende trabajando.

 

Ese recuerdo abrió otro.

Las piletas de Pointeen, Bluefields.

Astillero de día,

refugio de luna llena por la noche.

Los jóvenes íbamos en pareja

a sumergirnos en romances

dentro de agua tibia del verano

y en la luz grande

que se tendía sobre la bahía.

 

Ostiones, almejas, piletas:

todo se enlaza

como viejas redes remendadas.

 

Dos por pileta.

La luna arriba.

El agua sosteniendo cuerpos.

Susurros, silencios cargados,

el tiempo detenido en una escena lenta y hermosa.

Hasta que alguien grita:

—¡Un tiburón! ¡Aquí anda un tiburón!

 

Bajo la luz de una bujía cansada,

en la orilla de las piletas,

las mujeres salen mojadas,

temblando de frío y de susto.

Unas ríen nerviosas,

otras corren sin mirar atrás.

Al volver en sí,

se miran unas a otras:

en las manos sostienen

sostenes y bragas ajenas,

trofeos sin dueños.

 

Siempre fue un tema delicado:

ostiones, almejas y lencería.

Ahora, cuando lo pienso,

me río por dentro.

 

Recuerdo como aprendí a quitarlas:

se deslizan por el vientre,

pegadas a la piel caliente, blanca o negra,

pasan por la cadera, la nalga, los muslos,

corren por las rodillas,

se rinden en los tobillos

y allí se juntaban al fin:

lencería vencida.

 

Hoy los cubos se llenan.

Se miden con exactitud,

van en bolsas que recorren

calles, plazas, parques y muelles,

mientras alguien grita:

—¡Ostiones, ostiones!

 

Y la vida sigue,

como siempre:

abriéndose a cuchillo,

dejando ver lo que guarda,

sin detener su curso.

 

5 de diciembre de 2026.

Foto Internet.






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