domingo, 11 de enero de 2026

LOS BLUFFEÑOS

Los bluffeños son gente de mar, aunque el mar ya no les de trabajo. Nacieron en un puerto activo, de pescadores y estibadores, pero ese tiempo quedó atrás. Hoy no hay empresas pesqueras ni barcos mercantes. El muelle está vivo, sí, pero empobrecido.

Aunque estén en tierra, los bluffeños camina como si el piso se moviera, el mar les marca el ritmo, el humor y la paciencia. La pobreza atraviesa el pueblo de arriba abajo y se volvió parte de la rutina.

En su pasado poblacional, la mayoría era mestiza, llegada del centro y del Pacifico de Nicaragua. En sus escasos tres kilómetros cuadrados de extensión territorial, convivían con los mestizos algunas familias garífunas, black creoles y misquitos.

Hoy la composición cambió: predominan misquitos, mestizos y creoles. En las calles y en los encuentros deportivos (juegan futbol y beisbol), se nota esa mezcla donde confluyen las tres sangres. Estamos frente a una generación alegre, el futuro de El Bluff, que es fuerte y resistente, nacida de la mezcla, criada en la escasez, pero todavía de pie frente al mar.

Económicamente sobreviven del rebusque. Trabajan como chamberos en el muelle de las pangas, conducen caponeras, hacen mandados, cargan bultos e implementan pequeños negocios para satisfacer necesidades básicas. Algunos levantan ranchos en la playa que solo se llenan dos veces al año: Semana Santa y Año Nuevo. El resto del tiempo es espera, fiado y aguante.

Las remesas sostienen muchas casas. Mantienen una resistencia diaria: han aprendido a aguantar sin quejarse mucho. Huracanes, olvidos, promesas rotas, pero siguen.

Las mujeres, las bluffeñas, son el pilar real del puerto. Con muchos hombres fuera por migración, ellas asumieron todos los roles: pican piedra, trabajan como domésticas, vendedoras ambulantes, pulperas, cuidando niños. Crían solas, administran la escasez y esperan el dinero que llega de lejos. No es empoderamiento discursivo, es necesidad pura, supervivencia diaria. Saben reír, bailar y gozar, pero no todo el tiempo. La fiesta llega cuando toca.

Culturalmente los bluffeños son alegres. Cuando se reencuentran después de años, reviven el pasado glorioso del puerto con risa, anécdotas y orgullo. Su forma de hablar los delata: una mezcla natural de ingles - español, con palabras como yubich, yufella, nofuk. El idioma es identidad y memoria. Cuando viajan en panga a Bluefields visten sus mejores galas, hacen compras y visitan a otros bluffeños que se trasladaron hace muchísimos años para recordar los tiempos gloriosos de una época que no volverá.

Son tímidos y huraños con los extraños. No por frialdad, sino por desconfianza. Durante muchos tiempo fueron engañados y expoliados. Aprendieron a observar antes de confiar, pero cuando hacen amistad, se abren: son solidarios, leales y acompañan sin hablar mucho.

Los bluffeños son resistentes, alegres, desconfiados al inicio y solidarios al final. Vive entre las ruinas de lo que fue y la dignidad de no rendirse, aunque el mar ya no les responda. Son pacíficos y no se apropian de luchas ajenas.

La fe también cambió. Antes, la mayoría era católica y la Virgen del Carmen, patrona del puerto, unía al pueblo en celebraciones grandes y publicas (una pomposa procesión acuática de barcos y pangas llevaba a la imagen desde Bluefields, amenizada por la banda del Instituto Cristóbal Colón). Hoy predominan las iglesias evangélicas. La fe sigue viva, pero fragmentada, más privada, menos festiva.

La educación se desplazó con el tiempo. De la escuelita de doña Carmelita, frente a la cantina de Miss Lilian, pasó a la escuela, construida por los bluffeños, situada frente a la capilla católica. Hoy se imparte en una nueva escuela ubicada en la antigua pista de aterrizaje, donde estuvo la casa rosada y se estacionaba el avión amarillo. Mejor edificio, menos carga simbólica. El centro del pueblo se movió.

Los bluffeños viven atentos al clima, la marea y el viento. Habitan casas humildes de madera, elevadas y remendadas. Al caminar por el antiguo andén se observan los vestigios de las casas del pasado.

Los niños crecen rápido. La comida es básica: arroz, frijoles, coco, pescado y pollo cuando aparece. Comer es resolver, pero el humor ayuda a solventar.

A pesar de los factores adversos, con el empuje de las nueva generaciones, los nuevos bluffeños, soplan  aires de cambio en esta nueva época del puerto.


11 de Enero de 2026

Foto Internet. 

1 comentario:

  1. RAFAEL ALVAREZ BERMUDEZ11 de enero de 2026 a las 11:29

    Entre nostalgias y épocas de Abundancia, pasando por los proceso políticos y los desastres naturales, el Paraíso como le (llamaba mi tío Memo Bermudez), sigue ahí, resiliente, empeñado en vivir, confiando en nuevos tiempos, apostando al mar... Su eterno vigilante!

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