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miércoles, 20 de octubre de 2010

EN BLUEFIELDS CON EL POETA

I. EL ENCUENTRO Y NUESTRO REINO

Foto El Nuevo Diario
Tenía muchos años de no verlo. Salí a la recepción del hotel en busca de la guía telefónica y noté que al lado alguien me observaba. Nos vimos, nos reconocimos, nos dimos la mano y un abrazo de hermanos. Fue mi maestro, lo seguirá siendo. Es Guillermo Villanueva, llamado con cariño “Memo” por los chontaleños y sus amigos. Quedamos de vernos por la noche. No lo logramos hasta el día siguiente. Conversamos en su habitación. Me habló de sus libros, de sus escritos y poemas; uno de sus textos es especial, es un poema a Bluefields, en él recupera recuerdos de días lejanos y felices. Me lo pasó para leerlo. No, le dije, vos sos el poeta y quiero que lo leas con la inspiración que te motivó a escribirlo. Lo leyó inspirado. Evocó la bahía por un amor que debió haber sido suyo toda la vida.

Salimos a recorrer las calles de Bluefields de tarde. Caminamos hasta el parque donde se celebraba la elección de Miss Bluefields. Al inicio evitamos la música estridente. Subimos al kiosco, luego me dijo que quería ver de cerca el nuevo edificio, antes el Cristóbal Colón, del consejo regional. Más tarde lo invité a que descubriera los centenarios caobas y se quedó admirado. Trepamos al pie del monumento de la autonomía y desde allí observamos a las bellas disputándose el título de ganadora. En un entremés vimos una competencia de baile, desde el inicio dijo: “la gorda, la gorda va a ganar”. Así fue. Es sensual, tiene cadencia, dijo.

Caminamos a un costado del parque, el que lleva al estadio de béisbol. Allí nos sentamos a platicar y preguntó sobre mi vida; se la mostré en varias tomas. Estás bien, seguí así, dijo.

II. LA CUCARACHITA CHONTALEÑA

No bebe ni fuma. Desde que lo conozco sus placeres han sido la lectura, la escritura, la buena comida y las musas que lo inspiran. Subimos a la azotea de un restaurante y las pláticas cesaron hasta muy tarde.

Tiene buen apetito. En una de sus salidas gastronómicas visitó los Pollos Tip Top y descubrió que hay cucarachas. No puede ser, son irresponsables. No se los perdono, dijo. Al pasar por el lugar, con entusiasmo, me lleva a verlas desde afuera, a través de las ventanas de vidrio. ¡Mira, mira, allá están! ¿Las ves? Sí, sí, le digo. Son pequeñas, son raras.

Al día siguiente por la tarde había acordado con Carlos Eddie Monterrey en vernos para identificar a dos de los nueve jóvenes guerrilleros que aparecen en una foto junto con él. ¿A dónde vamos?, pregunta. Sí, vamos, me dice, yo lo conozco. Llegamos al rancho. El lleva uno de sus libros para regalárselo. Yo cargo la cámara fotográfica y en ella va la foto. Al llegar, llamo por teléfono a Carlos y responde que no tarda. Qué vas a comer, pregunta. Camarones al ajillo, le digo. Pedí pues, yo voy a ver cómo están, a ver si me decido, contesta. Al llegar Carlos Eddie, después de los saludos, toma el libro, lo firma frente a él y se lo entrega. Sirven mis camarones y decide pedir lo mismo. Hoy tengo ganas comer bien, así que tráeme, además de los camarones, una tajaditas de plátano con chanchito, le dice al mesero. Le muestro la foto a Carlos Eddie y no recuerda el nombre de los dos que me interesan, son los que nadie recuerda. Míralo, le dice, cómo come, está calladito. Le sirven sus platos y Carlos Eddie ordena que sirvan un plato de rondón. Me quedo extrañado, estoy lleno. Lo comemos también, dice.

Entusiasmado, Carlos Eddie lleva la cámara a su esposa para mostrarle la fotografía. Cómo ves a Carlos Eddie, me pregunta. Lo veo tranquilo, sereno, sin prisa, no tiene ningún estrés. Lo veo inmerso en su negocio, en sus planes de mejora, en rescatar la cultura local, está sin preocupaciones. Así lo veo yo también, dice. Al regresar Carlos Eddie se lo comenta. Le pregunta sobre las mejoras del Rancho. Tengo que estar pendiente del mantenimiento, hay que fumigando con comenejol, dice Carlos Eddie. Inmediatamente le cuenta lo de las cucarachas y Carlos Eddie se sorprende y dice: fíjate, aquí antes no había de esas, son chiquitas, son raras. Se vienen por los árboles, ya inundaron Nueva Guinea y ahora están en Bluefields, son cucarachitas Chontaleñas, digo. Para de comer y ríe a carcajadas. La palma de su mano derecha busca la de mi mano izquierda y las chocamos entre carcajadas. Sos bandido, dice. ¿Quieres una tortillita tostada, con queso y cuajada?, le pregunto. Aquí no hay, sólo que las hagan de leche de coco, contesta y reímos a carcajadas.

III. LA DE BLANCO O LA DE NEGRO

No han servido la comida. Pide vaso de jugo de naranja tipo frost. El mesero le dice que la licuadora se ha dañado y él se ríe a carcajadas. El mesero le ofrece uno preparado con hielo bien picado y lo acepta. Ve que frescura, dice.

Mira, mira, dice en voz baja y con malicia. Dos damas le hacen compañía a un hombre de unos sesenta años en una mesa cercana. Una de ellas lleva puesta una blusa blanca, es la más joven. La otra viste una blusa negra. El hombre está sentado en el centro, ellas a los lados. Quiero ver si sos fiera, me dice. A cuál de las dos crees que enamora, me pregunta. Creo que a la de negro, pero estoy seguro que para vos es a la de blanco, le digo. Pues sí, dice. Mira, mira, como la atiende, dice. Cuando terminan de comer y se retiran de la mesa las queda viendo. Fíjate bien, le digo. Es más bella la de negro, dice. Sos fiera.

IV. EL POETA Y EL PARAGUAS

Salgo a la recepción del hotel y llevo un paraguas en la mano derecha. Por si llueve, le digo. No va a llover, me dice y regreso a dejarlo a la habitación. Vámonos, caminemos, me dice. Recorremos las calles, las esquinas y recuerdos comunes. Quedamos en volver a vernos el día siguiente. Salgo de la habitación y lo espero en el porche. Lleva un paraguas y me da la impresión que lo necesita de apoyo. ¿Y ese paraguas?, pregunto. No va a llover, le digo. Es mi entrada al paraíso, dice golpeando el piso con la punta. La recepcionista ríe a carcajadas, yo divago y luego, al comprenderlo, también sonrío.

V. SUS RECUERDOS DE BLUEFIELDS

Bluefields le da nuevos brillos. Así lo percibí. Se siente en un mundo encantado y encantador. A varios amigos nos acompaño en 1977, durante el periodo de vacaciones. Conoció mi casa, mis padres y hermanos. Mi padre le mostró las artes de pesca. Pero de todos sus recuerdos sobresale su diosa, así la llama, Johanna. Todavía hoy, después de tantos años, siente el aroma de ella al pasar por la que fue su casa. Al escucharlo leer el poema a Bluefields, comprendí por qué sobrevive en sus recuerdos aquel llamado ardiente y puro, tierno y volcánico de su diosa; con el paso de los años, tal como su padre se lo dijo, la tibieza de su ombligo sigue tentando sus noches en celo.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 19 de octubre de 2010

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