Seguidores

miércoles, 26 de julio de 2017

EL BRUJO DEL BLUFF


Al regresar de clases debía limpiar el corredor de la casa de mi abuela; primero sacudía las mecedoras, las dos ventanas del frente y el swing. Después barría y lampaceaba el piso de ladrillo rojo. Siempre lo hacía por las tardes porque por las mañanas iba a estudiar a Bluefields. No recuerdo si estaba barriendo o lampaceando, pero él llegaba todas las tardes. Lo miraba encaminarse por el lado del cementerio de la Iglesia, después de salir del barrio en que vivía y cruzaba la carretera de piedra en dirección a la casa. Saludaba a mi abuela y se sentaba en el corredor con sus piernas colgadas del piso, golpeando el muro con la suela de sus zapatos tenis. Allí, sentado en el piso, lo miraba de espalda como un hombrecito perezoso, sin ganas de hacer algo, ni siquiera hablaba, pero estaba atento a la gente que caminaba por la carretera en dirección a la Iglesia, la cancha de básquet, las cantinas o hacia la planta de la Booth.

Mi abuela regresaba a sus quehaceres después que lo saludaba. Yo seguía en mis labores y nunca me cruzaba palabras, sólo me quedaba viendo de lado, a su izquierda y a su derecha, de arriba abajo, y de abajo a arriba desde el piso donde estaba sentado. Yo en esos tiempos era chavala, cursaba el segundo año en el Instituto Cristóbal Colón. Lo recuerdo porque fue en ese año que comenzamos a usar el uniforme con una falda cuadrada color café, similar a la falda irlandesa llamada Kilt que usan los hombres de esas tierras. Regresaba a la casa y lo primero que hacía esa cambiarme el uniforme por un short cortito que usaba al igual que todas las chavalas de mi edad. El hombrecito me miraba girando la cabeza con sus ojos gatos brillantes y con sus manos se sobaba la barba larga y canosa, sobresaliéndole las uñas larguísimas de sus dedos meñiques. Su mirada era rara, profunda y perdida como si estuviera ausente, pero cuando alguien pasaba por la carretera o mi abuela, mi prima o mi primo salían al corredor, el dejaba de hacerlo y se reía solo.

Nunca me dirigió una palabra, nunca me dijo ¡Hola María del Carmen!, ni siquiera cuando visitaba a Lastenia, su hija. Éramos compañeras de clases y viajábamos en La Lesbia, la lancha que nos llevaba a Bluefields y en la que regresábamos a El Bluff después de clases. Terminaba mis quehaceres y pedía permiso para ir donde ella por el mismo camino en que él aparecía, dejando a mi izquierda el cementerio para dirigirme a su casa. Era una casa de minifalda, con una sala comedor y tres habitaciones, una de su mamá y él, otra de sus tres hermanos y la de Lastenia. En la parte posterior de la casa, debajo de unos palos de coco, de mango y marañones había una perrera donde mantenían amarrados tres perros y habían construido tres cuartos que le alquilaban a unas mujeres misquitas que habían llegado al puerto. Hacíamos las tareas entre las dos y luego, cuando aún era temprano, íbamos a la ensenada que quedaba frente a la casa desde donde disfrutábamos la brisa marina que nos llegaba de frente, observábamos el faro, los barcos que navegaban por el canal en dirección al río Escondido y la playa de El Tortuguero. Un día se nos hizo tarde por estar viendo subir un bote en la playa y, al regresar a casa de Lastenia, él estaba esperándola enfurecido. “Chavala desgraciada, chavala vaga, cuántas veces te he dicho que no salgas de la casa”, le dijo con un chilillo en la mano. Me dio un gran temor que salí corriendo hacia mi casa, sin despedirme de Lastenia. Desde el camino escuché su llanto.

No volví a visitarla hasta muchos años después, pero aprovechábamos la hora del viaje de ida en el barco para revisar las tareas aunque ella siempre se encontraba apenada y con una profunda tristeza. Siempre pensé que su timidez era natural, que era parte de su carácter de chavala, pero desde la vez que lo vi con el chilillo y escuché su llanto supe que era debido a él. Nunca le hice comentario sobre lo sucedido ni ella a mí.

Lastenia llevaba una vida miserable por culpa del maltrato que le daba a tal grado que dejó de hablarle a Mansel, un muchacho estudiante que la cortejaba en los viajes y terminó siendo su novio. Alguien le llegó con el chisme y la obligó a que dejara de hablarle. Estaban enamorados, yo lo sabía, con sólo verla se notaba en sus ojos una chispa de alegría cuando estaban juntos. Mansel no se dio por vencido, se las ingeniaba para verla: una noche se escabulló entre los arboles del patio de la casa y lo descubrió por el alboroto que armaron los perros que soltaba al anochecer. Sin bastarle eso, ahuyentarlo con los perros, lo sentenció frente a la casa de sus padres. Mansel dejó de viajar en el barco y de asistir a clases. Después me di cuenta que había enfermado, que su mamá lo había llevado donde todos los médicos de Bluefields y no lograron que el pobre pudiera hacer sus necesidades fisiológicas casi un mes después de pasar todos los días en el intento. La pobre mamá de Mansel y toda su familia estaban desesperados. A mí me contó una prima que el pobre pasaba largas horas sentado y quejándose en el inodoro, y que una vez lo vio con unas inmensas ojeras, flaco pero reflaco, con el estómago crecido de tanta cochinada retenida por más de un mes. Tal era la desgracia del pobre que no podía defecar pero el apetito lo mantenía hambriento, devoraba como enloquecido todo lo que fuera comida. Desesperada la mamá de Mansel, por consejo de sus amigas Blofeñas, hizo un viaje hasta Raitipura en la Laguna de Perlas donde un Sukia le preparo una contra para liberar al pobre de la brujería que sufría y que todos en el puerto a él le achacaban. Por temor a que le sucediera algo peor sus padres lo mandaron a estudiar a Chontales. Desde entonces Mansel no pone un pie en El Bluff, si lo hace le da un hambre feroz, deja de defecar y se le hincha el vientre de cochinadas.

Fue entonces cuando me di cuenta que el papá de Lastenia hacía brujerías. Sentí un enorme temor y cada vez más compasión por ella. Cuando miraba que cruzaba la carretera para dirigirse a sentarse al corredor, dejaba de hacer mis quehaceres y salía corriendo hacia el cuarto con desesperación, el cuerpo me temblaba de miedo. Al verme mi abuela en ese estado le tuve que contar la forma en que me miraba y ella se encargó de que no siguiera llegando al corredor de la casa. ¡Por favor no regrese a mi corredor! ¡No me gusta como mira a María del Carmen!, le dijo.

Siempre pasaba a la misma hora. Salía por el mismo lado, detrás de la iglesia, del lado del cementerio, caminaba por la carretera, cruzaba el cine y se iba a sentar a las gradas del dispensario sin volver a ver la casa. Siempre estaba solitario; desde allí miraba pasar a la gente y jugar a los chavalos basquetbol y voleibol en la cancha. Sus hijos varones también jugaban con los otros chavalos del puerto, pero les daba una vida de constantes reprimendas, una vida de militar como la que él tuvo cuando fue miembro de la Guardia Nacional.

No sé exactamente de donde era originario pero mi tío José un día comentó, unos días después que mi abuela lo corrió del corredor, que desde joven se había metido a la guardia. En esos años, con tanta pobreza que había y tan pocas oportunidades para salir adelante en la vida, ser miembro de la guardia era una alternativa para sortear los obstáculos que debemos enfrentar. Y por eso resultó sirviéndole la comida a los guardias y a los presos de la loma de Tiscapa. Cuántos años estuvo allí no sé, pero fueron varios haciendo lo mismo y poco a poco, los males a todos se nos pasan, le fue cogiendo gusto a eso de maltratar a los presos. Les tiraba la comida, les gritaba obscenidades y así siguió actuando hasta que se involucró en las torturas. No me gusta decirlo, te lo confieso, pero ya que te interesa tanto te dejo claro que fue por otras personas que escuche decir que a los presos les hacía barbaridades: le encantaba sacarles las uñas de los dedos de la mano, por eso creo que él se las dejaba crecer para no olvidarlo, mezclaba la comida para los presos con sus propias heces y orina, les propiciaba choques eléctricos y hacía las veces de odontólogo con alambres y punzones hasta que se desmayaban. Fueron tantas barbaridades que se prestaba a hacerles que los propios jefes se lo prohibieron porque pensaban que estaba fuera de su cabales. Por esa abstinencia de torturas trató de fugarse de la loma de Tiscapa saltando un muro hasta caer en las laderas de la laguna, pero los guardias lo buscaron al darse cuenta y lo atraparon. Los encarcelaron y estuvo preso varios meses. Privado de sus fechorías, en la soledad su celda daba gritos de día y de noche hasta que el propio Somoza tuvo que intervenir. El general se apiadó del pobre y como en la mayoría de los casos que enfrentaba de guardias mal portados y delincuentes, lo trasladó al Bluff, la última península de la Costa Atlántica habitada, como castigo.

Se presentó al cuartel de la guardia con su hoja de traslado sin que señalara los motivos pero los oficiales tenían información de la prenda que les enviaban. Le asignaron el cargo de asistente de cocina porque no sabía nada de mecánica, oficio tan necesario para mantener brillantes los motores de los guardacostas que casi siempre permanecían atracados en la parte del muelle asignado a ellos y que todos llamaban el muelle de los guardacostas. Un mes después de su llegada mandó a traer a su familia y construyó, poco a poco, la casa que ocuparon de por vida al otro lado del cementerio. La maña de las torturas no se le quitó, pero debido a que en el puerto nunca había prisioneros, la practicaba con perros vagabundos que atrapaba en el mini mercado de doña Bernarda Rocha, ubicado al bajar las gradas, detrás de cuartel. Al teniente Sandino no le gustó ver las barbaridades que les hacía y le dieron de baja definitiva.

A sus hijos varones les procuraba entrenamiento militar en la playa de El Tortuguero. Los hacia correr con palos en el hombro hasta Falso Bluff dos veces por semana y les decía “mis combatientes”. Eran tan estricto con ellos que desde el andén del dispensario los vigilaba mientras jugaban en la cancha con sus amigos del puerto. Una vez finalizado los juegos salían disparados hacia su casa. Una vez que llegaron a adolescentes, uno por uno se fueron de la casa, abandonaron El Bluff y se fueron a otros países en busca de mejores horizontes llevándose a su madre mientras que Lastenia permanecía sola con él.

Fue en esos años, ya más viejo y retirado de la guardia, que su fama de brujo creció en el puerto. Las dueñas de burdeles y cantinas de El Bluff eran parte de su clientela porque le pedían sus oficios para mejorar los negocios. Para ello, el hombrecito de ojos gatos y barba larga canosa, vestido con un overol azul y calzando sus zapatos tenis, se levantaba de las gradas del dispensario y caminaba hacia el Vietnam por el lado de la casa de don Chon Benavidez. La dueña lo esperaba con lo que necesitaba para hacer el riego de la prosperidad: cuatro velas verdes, agua mineral, una regadora, cerveza, esencia de ruda, agua de coco y miel. Con estos ingredientes el hombrecito mezclaba en la regadora un litro de agua mineral, agua de coco, una cucharadita de miel y un vaso de cerveza. Después de batirla le echaba a la regadora la esencia de ruda. Con ese brebaje comenzaba a regar la puerta el local desde dentro hacia fuera y cuando terminaba encendía en la puerta de entrada las cuatro velas verdes formando los puntos cardinales (Norte, Sur, Este y Oeste) y las dejaba arder hasta que se disipaban. ¿Qué cómo lo sé? Era conocido por todos los Blofeños porque el hombrecito hacia lo mismo en todas las cantinas y putales los días viernes al mediodía. Y le daba resultados porque hervían de hombres todos los días. A las mujeres les enseñó cómo atraer clientes y la práctica más difundida entre ellas era la oración del puro.

Todos estos favores que le hacía a los prostíbulos, cantinas y mujeres le fueron bien remunerados, pero también tenía la simpatía de los marinos y pescadores porque les hacía el ritual del amarre para que sus mujeres no les fueran infieles durante la ausencia. Les daba resultados porque, cuando los marinos mercantes volvían al puerto, pasaban en dirección a la casa del hombrecito con paquetes y regalos. Los pescadores también eran generosos con él porque lo miraba pasar para su casa con gajos de pescados, langostas y cajas de camarones que le regalaban en el muelle de los barcos pesqueros de la Booth.

Con sus hechizos y brujerías prosperó en el puerto a tal grado que por su popularidad entre los necesitados de brujerías, le llegaban clientes desde Bluefields. Los bluefileños, mestizos y creoles, dejaron de requerir servicios de los Obeah Man que vivían en los barrios creole de la ciudad como Old Bank, Cotton Tree y Beholden, y poco a poco estos se fueron quedando sin empleo por la fama que tenía. Los vientos del sur también llevaron los rumores de sus buenos oficios a las comunidades de la cuenca de Pearl Lagoon, principalmente Tasbapounie, Kakabila y Raitipura, donde los Sukia fueron perdiendo su clientela histórica. En tiempos de su auge se miraba caminar gente extraña por el andén de El Bluff que se dirigía hacia su casa ubicada al otro lado del cementerio. Pero como en esta vida la prosperidad de unos es mal vista por otros, los Sukia y los Obeah Man unieron fuerzas y destrezas para contrarrestar su popularidad mediante conjuros que deshabilitaron la eficacia de los rituales que le hacía a sus clientes, le iban quitando vida y en menos de un año se convirtió en un viejito enclenque que solamente podía caminar con un bastón.

Todo ese tiempo Lastenia se encargó de cuidarlo, nunca lo abandonó, pero llegó un día en que ya no pudo soportarlo. Fue cuando Lastenia se presentó en la casa de mi abuela preguntando por mí, muchos años después de aquellos tiempos en que viajábamos como estudiantes a Bluefields. Salí al corredor y allí estaba ella con los ojos rojos, demacrada y enflaquecida que casi no la reconozco. Me puso al tanto de lo que le sucedía y me pidió que la acompañara a su casa. Sentí tanta pena y compasión por ella que me vestí apropiadamente y partimos juntas en la oscuridad por el trecho del camino pegado al lado del cementerio.

Al cruzar el umbral de la puerta sentí un ambiente espeso, sofocante, impregnado por el aroma del alcrebite quemado, la bujía de la sala se apagaba y encendía sin que nadie tocara el interruptor y comencé a escuchar lamentos provenientes de una de las habitaciones. Seguí avanzando detrás de Lastenia y cuando ella abrió la puerta de la habitación allí estaba él en una cama. La bujía de la habitación también se apagaba y se encendía sola al igual que la de la sala y en esa intermitencia de luz lo fui observando. El hombrecito había enflaquecido tanto que era un costal de huesos, había perdido el cabello, la barba de antes era una hebra larga de pocos pelos, sus ojos gatos estaban apagados y observaba fijamente el techo, todo en él se había desvanecido menos las uñas de sus dedos meñiques que le habían crecido tanto que así acostado en la cama se extendían más allá de sus pies descalzos. Lastenia le habló y el comenzó a respirar afanosamente como ahogándose en el  intento e inició a quejarse cada vez más fuerte sin mover ni siquiera los pies hasta que los quejidos se convirtieron en gritos de horror que se elevaban en intensidad siguiendo el ritmo del destello de la bujía al encenderse y bajaban al apagarse. No pude soportarlo y salí corriendo de la habitación y fue allí cuando me di cuenta que los perros aullaban fuera de la casa siguiendo en sintonía los gritos espantosos que el daba dentro de la habitación. Salí al patio y vi que los vecinos se encontraban afuera de sus casas impresionados por lo que sucedía.

Lastenia dijo que ya no sabía qué hacer, que llevaba tres meses de día y de noche en esa situación y que los vecinos estaban enojados porque no los dejaba dormir. Traté de calmar su angustia y una de las mujeres misquitas, inquilina de uno de los cuartos, dijo que eso sucedía porque le habían hecho una brujería, un maleficio de venganza y que ella conocía a un Sukia de Puerto Cabezas que podía liberarlo. Entre los vecinos y la misquita logramos convencer a Lastenia de sacarlo de la casa para ubicarlo en uno de los cuartos que estaba desocupado y así ella podría descansar hasta que la misquita diera con el Sukia de Puerto Cabezas y lo liberara de esa inconclusa agonía. Regresé a casa y puse al tanto de los que sucedía a mi abuela y al tío José. Logré que me dieran permiso para acompañar a Lastenia un rato por las noches y así lo hice hasta el día que la misquita apareció una tarde con el Sukia de Puerto Cabezas.

El Sukia lo auscultó en el cuarto que ahora ocupaba y nos permitió, a Lastenia y a mí, que lo acompañáramos. Le quitó toda la ropa hasta dejarlo desnudo y comenzó a limpiarle el cuerpo con un trapo humedecido en una pana que contenía alcohol y unas pelotitas de alcanfor. Le ayudamos a girarlo y quedé horrorizada cuando vi la punta de sus vertebras casi por salirse de la piel. Al terminar lo volvimos a colocar boca arriba, lo vestimos y le sujetamos las manos y los pies con un mecate por instrucciones del Sukia. Así, con una tijera bien afilada, el Sukia comenzó a cortarle pedacito por pedacito cada una de las uñas mientras él daba alaridos espantosos cada vez que la cortaba, desprendiendo con cada trozo un emanación igual a la del cabello quemado. Dos horas después el Sukia dijo que estaba sin fuerzas y debía descansar para esperar y ver como respondía a su cura, a mi mano, dijo, y la misquita lo llevó a su cuarto de alquiler para que descansara y se alimentara. Yo seguí al lado de Lastenia que estaba sin fuerzas, desesperada y con un rosario en sus manos rezaba pidiendo por su padre.

Ya entrada la noche, a eso de las siete, comenzó nuevamente la agonía desesperante. El Sukia acudió al cuarto y estuvo solo con él por un rato. Luego llegó a la casa donde nosotras estábamos con un saco en sus manos y dijo que tenía que visitar el cementerio. Lastenia se puso histérica, decía que para qué, que no entendía lo que el Sukia quería hacer con su padre y la misquita le explicó que el Sukia iba a ponerle fin a la agonía, que lo liberaría de los malos espíritus que se habían apoderado de su padre y para lograrlo debíamos hacer lo que nos indicaba.

La mujer misquita marchaba adelante alumbrado el camino con una linterna, la seguía el Sukia y nosotras atrás de ellos. Entramos por el lado sur. Al pisar el camposanto el Sukia habló con la misquita y nos dijo que necesitaba encontrar dos tumbas, la más antigua y la más reciente. No tardamos mucho tiempo en encontrarlas pues tanto Lastenia como yo conocíamos muy bien la ubicación por el hecho de ser un lote de terreno pequeño. En cada una de ellas el Sukia se arrodilló frente a las lápidas, tomó tierra con grama de sus cuatro lados depositándola en el saco hasta llenar tres cuartas partes del mismo y dijo que regresáramos.

En el cuarto los gritos eran intermitentes como el destello de las luces, se elevaban en intensidad al encenderse la bujía y disminuían al apagarse en cuestión de segundos. Los cuatro estábamos de pie observándolo. El Sukia dijo que debíamos desnudarlo nuevamente. Lastenia procedió a desvestirlo mientras el Sukia formaba una cruz con la tierra y grama del cementerio en el centro del cuarto, encima acomodó la ropa que se le quitó y le pidió gasolina y fósforos a la misquita. Lastenia comenzó a llorar y temblaba por el temor a lo que desconocíamos y que estaba por suceder. Al verla en ese estado me acerqué a ella y nos abrazamos. La misquita regresó con un recipiente y los fósforos. El Sukia regó con combustible la ropa amontonada sobre la cruz de tierra y encendió un fósforo. El tiempo se detuvo y, mientras la bujía se apagó por una milésima de segundo, vi el destelló del fosforó encendido que caía girando lentamente en dirección a la cruz de tierra con la ropa. Al hacer contacto hizo una explosión que reventó en miles destellos azules y desprendió una humareda pestilente que se apropió del cuarto junto con los gritos de desesperación que el hombre pegaba desde su lecho agonizante. La luz de la bujía aceleró su intermitencia, los perros aullaban como enloquecidos alrededor del cuarto y el Sukia hacía invocaciones en su lengua con los brazos elevados sobre la humareda. Volví la mirada y vi que de los ojos del hombrecito corrían lágrimas mientras la humareda se disipaba, la intermitencia de la bujía se detenía junto con los aullidos de los perros y el aroma de alcrebite desaparecía. Lastenia corrió al lado de su padre y se arrodilló en su lecho, vi que murmuró unas palabras, dio un suspiro profundo y dejó de respirar.

Al día siguiente lo sepultamos en el cementerio, detrás de la capilla de la iglesia. Fue un sepelio lúgubre en el que solamente unos cuantos vecinos acompañaron a Lastenia. Siempre le seguí haciendo compañía y un día le pregunté sobre las palabras que su padre murmuró antes de ser liberado de la brujería que le habían  hecho. “Perdóname hija, perdóname por toda la familia para descansar en paz”, eso dijo Lastenia que habían sido sus últimas palabras. 

Con el paso de los meses Lastenia se fue recuperando poco a poco, había ganado unas libras de peso y en su rostro se notaba la paz que había alcanzado. Nunca se casó, sus últimos años lo vivió en soledad en la casa donde una noche vi a un Sukia liberar a su padre, al brujo del Bluff, de una agonía interminable.

26/07/17

miércoles, 14 de junio de 2017

ASÍ SE GANAN LOS PESOS EN EL MAR


Luego de finalizadas las clases, la Empresa Booth de Nicaragua S.A., ubicada en el puerto El Bluff, brindaba la oportunidad de obtener empleo a jóvenes estudiantes como un medio para ganar un poco de dinero en jornadas de trabajo menores a las normales, realizando actividades supervisadas por los responsables de las diferentes áreas. Por casi todas las áreas de la empresa estuve dos años con un empleo estudiantil. La más fascinante fue el área de producción debido al proceso sincronizado, desde la descarga de la captura de camarones en el muelle de los pesqueros hasta el empaque de los mismos en cajas de cinco libras según su tamaño, donde la mano de obra empleada eran mujeres que en una banda hacían la limpieza de impurezas y luego los equipos se encargaban de clasificarlos según el tamaño.

La mayor parte de las mujeres eran afro caribeñas, black creoles de Bluefields que hacían diario el viaje a El Bluff en un barco de la empresa y desarrollaban su jornada hablando de todo, en inglés y a veces en español, creando un ambiente ameno, florecido por amplias sonrisas y carcajadas sin descuidar su labor. No cabe la menor duda que la mayor satisfacción eran los momentos del pago semanal en base a la planilla de horas normales y horas extras liquidadas con rigurosidad.

Fue tan motivadora esa experiencia que un día mi padre, White Bush Hill me dijo: ahora que ya ganaste tus pesos en tierra, te enseñaré como se ganan en el mar, alístate que por la tarde vas conmigo a pescar. A pescar en un barco camaronero llamado San Martín frente a las costas de El Bluff. Todos los años, entre los meses de noviembre y enero, la flota de barcos pesqueros salía por las tardes a realizar su faena cerca de la costa, donde el conglomerado de estos daba la impresión de tener una ciudad vecina, con miles de luces vivas e intermitentes, que se desplazaban en el horizonte durante las noches. Era un espectáculo increíble, admirado por los caminantes desde la esquina de Miss Lilian con la mirada fija en el Este, frente a la playa de El Tortuguero.

Llegamos al muelle de los barcos pesqueros como a las cuatro de la tarde. La tripulación se encontraba haciendo los preparativos para la salida. En una hora mi padre hizo el recuento de todo lo necesario para salir al mar: tripulación, chequeo del combustible, estado del motor, hielo, estado de las redes, radio comunicación, luces, alimentos, agua y definición del sitio de pesca. Una vez concluido el chequeo procedió a comunicarse por la radio con otros capitanes de barco que iban a salir esa tarde. Entre estos se comunicó con su hermano menor, Henry B. Hill, el que salía también esa tarde. Se pusieron de acuerdo y en una hora el San Martín soltaba sus amarras del muelle para hacer su maniobra de salida y enrumbarse hacia la barra. En menos de quince minutos, el barco, con sus plumas extendidas, comenzó a ser golpeado por las olas del mar y cambió un poco su rumbo hacia el noreste, cortando las olas con la proa, navegando paralelo a la costa del puerto desde donde se podía observar la loma y el faro. En la cubierta la tripulación observaba con cierta melancolía la costa y la incertidumbre apareció en sus semblantes revelando cierto grado de temor al sentirse nuevamente sin el contacto de sus pies sobre tierra firme.

Una hora más tarde el San Martín navegaba a unas ocho millas de la costa siempre en dirección noreste y comenzaba a caer la noche. Ya se había perdido contacto visual con la costa y, cada vez más, se hacían notorios los haces de luz del faro desprendidos de sus lentes de Fresnel, advirtiendo la lejanía de la costa y creando a la vez una especie de sentido de seguridad en la tripulación. Junto a mi padre, en la cabina del capitán, se podía observar a los otros barcos pesqueros, emitiendo luces verdes los que iban a la izquierda y luces rojas los de la derecha. Navegaban sin cesar a lo largo de la costa, de sur a norte.

Después de la orden dada por White Bush, fue lanzada al mar una red pequeña llamada “chango” de unos seis pies de largo y con capacidad de capturar unas veinticinco libras las que se arrastraron por unos veinte minutos para luego volver a subirlas. Una vez levantada la abrieron e iniciaron a hacer el recuento. Quince camarones de los grandes bastaron para que inmediatamente se diera la orden de lanzar las redes mayores.

“Es una buena prueba”, dijo mi padre, “vamos a lanzar las redes grandes”. En esos momentos, todos los capitanes de barcos mantenían constante comunicación por radio, surgían pláticas, algunas en español y otras en inglés, sobre los resultados de las pruebas hechas, problemas con los barcos y marineros, el estado del tiempo, sus expectativas de la captura así como de los acontecimientos transcurridos en el puerto y, no lo dudemos, también sobre las aventuras y los infaltables amores de marinos.

La noche estaba estrellada. La marejada era llevadera para los marinos. Una brisa moderada proveniente del este golpeaba a estribor. Todas las luces del San Martín estaban encendidas cuando se dio la orden de hacer el primer lance de las redes mayores. Eran como las siete y media de la noche. En un dos por tres la tripulación procedió a realizarlo de manera ordenada y con sumo cuidado. Primero hicieron la maniobra de largar o “calar” el aparejo desde la popa dando avances lentos, comenzando por la punta de las redes o “copo” que es donde va a parar la captura, después las malletas, que son unos cabos de nylon que va unidas a las puertas. En el instante de bajar las dos puertas, el cuidado de los marinos estaba al máximo debido a que se debe ejecutar con la suficiente pericia para evitar que se crucen. Estas puertas van sujetas a unos cables de acero en su cara anterior los que tiene un largo suficiente para que puedan llegar al fondo marino formando un “seno”, que en el extremo sujeto a las puertas, va arrastrando en el fondo mientas el otro extremo va unido a la maquina o “winche” que es el encargado de recoger el aparejo y es operado por el winchero.

Acto seguido se procedió a bajar los cables que sujetan las puertas con el sumo cuidado de que estén igualados debido a que un error en la calada al arriarlos puede desgarrar el arte por completo. El winchero mostraba su experiencia al ir frenando cada carrete donde se cobra el cable. Una vez arriados estos, los marinos se mostraban alegres y amenos.

En ese instante el cocinero nos llamó a cenar. Unos hermosos pargos rojos fritos, los que fueron seleccionados por él a la hora de levantar el “chango”, acompañados de abundante arroz, tajadas de plátano fritas, café en abundancia y el infaltable chile de cabro nos esperaban en la mesa comedor. La cena fue amena, reían, hablaban de sus cosas y de las expectativas de la captura. “Dentro de tres horas haremos el levante de la redes”, dijo mi padre. “Continuaremos hacia el norte y al dar la vuelta lo haremos. Espero que descansen. La noche será bastante larga. Te puedes acostar en mi camarote y duerme un poco. Te despertaré a la hora del levante”, me dijo.

Me acosté con el estómago lleno y traté de conciliar el sueño mientas escuchaba a mi padre hablar por radio y sostener conversación con el winchero, el segundo al mando en el barco. El oleaje lo sentía más fuerte y el ruido de motor no me dejaba dormir. Como a las once de la noche me despertó. “Levántate, vamos a hacer el levante, vamos a dar la vuelta”, dijo.

Al salir a cubierta los marinos estaban listos para iniciar el levante de la redes. La maniobra siguió el mismo proceso del lance, pero a la inversa, empezando por recoger el cable hasta que subieron las puertas con sumo cuidado para ser amarradas fuertemente y evitar así bandazos y accidentes por su volumen y peso, desgrilletaron las malletas jalándolas con el winche para terminar hasta llegar al final del saco, donde se encuentra la captura, el que subió a bordo dando coletazos y los marinos se esmeraban con mucha fuerza para sostenerlo. A ser levantadas en su totalidad, las redes fueron abiertas por el copo y comenzó a salir la captura, similar a una avalancha, entre las que caían camarones, peces, sardinas, tiburones pequeños, calamares, algas marinas, pulpos, toda una variedad riquísima de vida marítima.

El San Martín ahora navegaba a menor velocidad en dirección al sur, siempre paralelo a la costa, con todas sus luces encendidas y, a lo lejos, el destello de las luces del faro era más tenue. Con la captura en la cubierta, los tres marinos, entre ellos el pavo y el winchero, comenzaron a realizar el proceso de selección, unos sentados en unos pequeños bancos de madera y otros de cuclillas, cada quien con una canasta a su lado. Con una raqueta jalaban, seleccionaban, descabezaban y depositaban los camarones en la canasta. El pavo, un aprendiz de marino, seleccionaba los pescados, sardinas de buen tamaño, langostas y otras especies de utilidad, echándolas en recipientes diferentes. En esa labor pasaron más de una hora. Al concluir, la captura rechazada fue tirada a la mar, empujada por una raqueta grande a través de las escotillas de la cubierta.

El camarón descabezado fue lavado con agua a presión, pesado y luego estibado en la bodega en hielo triturado. “Cuantas libras”, preguntó mi padre. “Doscientas”, respondió el winchero. “Es un buen lance”, comentó un marino. “Prepárense para el siguiente”, dijo mi padre y se dirigió a la radio para conocer los resultados de los otros camaroneros. “Unos has sacado un poco menos y otros lo mismo” dijo. “Es una noche buena, tienes buena suerte, pero te veo pálido. Dormí un rato, cuando hagamos el próximo levante te despierto”, agregó. “Me siento mareado”, dije. “Acuéstate que eso te hará bien”, respondió.

El oleaje era más intenso lo que provocaba movimientos bruscos del barco. La proa se hundía cortando las olas, volvía a levantarse e inmediatamente se sentía un golpe de mar fuerte a babor ladeándolo unos treinta grados a estribor. Como sin fuerzas, el San Martín volvía a estabilizarse para nuevamente iniciar su danza entre las olas. Nunca pude conciliar el sueño, pero sentía la suculenta cena moverse en mi estómago como si fuese la compañera de baile del barco. De pronto caí en un estado angustioso, sentía la boca salivosa, un leve dolor de cabeza y sudaba frío. Mi estómago no pudo soportar más la danza del San Martín y sin darme tiempo para nada, vomité en el camarote.

Escuche a mi padre decirme levántate, me agarró de un brazo y la cintura llevándome a la cubierta para que continuara vomitando. Vomité hasta lo que no tenía en el estómago. En ese preciso instante un barco se acercó como a seis metros del San Martín. Era el barco de mi tío Henry y lo escuche que gritaba diciéndome: ¡Ajá cabrón, ahora ya sabes cómo se ganan los pesos que le pedís a tu papá! Me lo repitió dos veces pero no pude levantar la mirada para ver su semblante porque nuevamente volví a vomitar una y otra vez. Tenía una sensación de inestabilidad y desequilibrio lo que provocaba un estado se inseguridad desagradable. Estaba padeciendo el “mal del navegante”. Mi padre me sostenía y daba golpes leves en mi espalda lo que me hacía sentir seguro. Al ver que deje de vomitar me llevó al camarote, me dio a beber un vaso de agua, abrió la ventana y me dijo que me quedara quieto viendo en un punto fijo y que tratara de dormir. Agotado y sin fuerzas, deseando estar en tierra firme, me quede dormido.

Desperté y me sentí desmoralizado. Mierda, pensé, se van a reír de mí. Al verme mi padre me dijo que pronto llegaríamos a El Bluff y que ya se podía ver la loma y el faro. Sin fuerzas me levanté y salí a cubierta. Me di cuenta que ya habían hecho el último lance porque tiraban los desechos al mar. No te ahueves, me dijo el “pavo”, todos hemos vomitado más de una vez, nadie se escapa de eso. Sentí un poco de alivio y la brisa llenó mis pulmones de aire fresco, aire de mar. Miles de aves marinas, gaviotas, pelícanos y tijeretas, nos acompañaban con los alegres sonidos de su canto, dándose un festín con los desechos que salían por la cubierta.

Al llegar al muelle y caminar hacia la casa aún sentía como que estaba navegando en el San Martín. “Pronto te sentirás mejor, dijo mi padre. “La vida de mar es dura y no es para todos, ahora ya lo sabes”, agregó. Si, respondí, nunca lo olvidaré.


Ronald Hill Álvarez

sábado, 10 de junio de 2017

AL RITMO DE LAS VACAS


Camina sin prisa porque sabe que va a llegar y nadie desespera en su espera. Deja que las vacas se desplacen al paso que desean mientras observa lo alto de las ramas en busca de un pájaro aguador.

¿Cuántas ordeñan? Son poquitas, unas cinco, suficiente para las cuajadas de la casa y la leche de mis hermanitos.

¿La ponen a cocer? Sí, cocida y con un poco de canela, así nos encanta.

¿Y antes? Sólo nos daban un poquito, un vasito nada más porque toda la vendían. Ahora nos dan hasta arroz de leche, siempre con las rajitas de canela que me mandan a cortar al fondo del patio.

¿A quién se la vendían? A los vecinos y en el pueblo, pero ahora mi papá dice que no vale la pena, está botada y la quieren regalada, sale mejor que nos empachemos nosotros y que se mamen los terneros.

¿Por qué está botada? Dice mi papá que por lo de siempre, aunque unos dicen que es por la lluvia tempranera que provoca el golpe de la leche. Yo no entiendo cómo nos puede golpear la leche si es una bendición de Dios. Mi papá dice que son mañas de los dueños de las planta de acopio porque siempre nos hacen lo mismo como si no fuéramos nosotros los que les entregamos leche, nos tratan como si fuéramos sus enemigos. Pero también dice que el gobierno tiene culpa porque deja que hagan lo que quieren con nosotros como si no fuéramos de este país, no nos defiende para nada.

¿No vas a la escuela? Si voy, pero hoy es sábado.

¿Y vas a pasar mañana? Siempre, todos los días paso por la mañana.

¿Qué quieres ser cuando seas grande? Cualquier cosa, tal vez maestro porque no quiero vivir como mi papá, el pobre vive de la esperanza y siempre sale mal en sus negocios, nada le sale bien, ni los frijoles, ni la yuca, ni la leche. Así no quiero vivir. ¡Miré, se metieron en aquel callejón!

El niño corrió detrás de ellas, las arreó nuevamente por el centro de la carretera y me dijo adiós de manos al seguir el camino hacia su casa, sin prisa, al ritmo de las vacas.

lunes, 5 de junio de 2017

TURTLE PUNCH

Desde hace muchos años no probaba la carne de tortuga. Es uno de mis platillos favoritos, consumirla es parte de la cultura caribeña y prepararla es un arte culinario ancestral que se recrea en las comunidades misquitas y creole. En El Rama la preparan, desde chavalo la comí en la casa de mis padres, quizás de una manera refinada, con un toque oriental tendiendo un poco a lo dulce por la influencia de mis ancestros chinos, pero la que acabo de degustar en el comedor de Miss Stella tiene un gusto peculiar, un sabor característico de la comida creole, fuerte, bien condimentada y jugosa por la leche de coco.

Llegué por la mañana a Tasbapounie para hacer negocios mediante el acopio de pescados. Desde hace meses lo he estado pensando y decidí abrir una marisquería en Managua que se complemente con el restaurante que tengo cerca de la carretera a Masaya. Viajé por tierra desde El Rama a Laguna de Perlas y luego tomé una panga para cruzar la laguna. Por recomendación de Rosario Alegría, mi prima, hice contacto con Miss Stella para alojarme en su hospedaje. Es un lugar familiar, su vivienda está ubicada al lado de las cuatro cabañas que ha construido para facilitar alojamiento a los visitantes que llegan a Tasbapounie. Desde mi cabaña se aprecia la playa con sus cocoteros, las pangas de los pescadores y los cayos pintados de amarillo al atardecer. Miss Stella maneja el negocio con Newton, su marido, y fue a través de ellos que logré hacer el contacto para reunirme con el Comunnity Board con el fin de solicitar el permiso de pesca y acopio. Pensaba en la exquisitez de la comida y en dicha reunión que sostendré mañana cuando escuché tocar la puerta.

—Good… good evening Tíaa —dijo una voz en inglés creole.

Me di cuenta que era Ray Green, el chambero que había cargado mis maletas desde el muelle. Miss Stella, fina y amable, lo invitó a pasar. Ray Green tenía un aspecto distinto, estaba bien vestido, sin la ropa que imagino siempre usaba para hacer su trabajo de chambero.

—Siéntate Ray, aquí con nosotros, al lado de Hannibal —dijo Newton en inglés señalando la silla que estaba a mi lado.
—Quieres probar la tortuga que he preparado —dijo Miss Stella en español.
—Gracias… gracias pero ya comí donde mamá —respondió Ray Green sin tomar el lugar que le ofrecían—. Vengo… vengo para contarle cuentos al jefecito —agregó dirigiéndome la mirada.
—Qué bien, perfecto. Él sabe muchas historias de la comunidad, pero sus cuentos no son gratis —dijo Newton.

Miss Stella y Newton cruzaron miradas y sonrieron entre ellos. Pensé que sería oportuno salir a caminar con Ray Green por la comunidad para hacer la digestión. Mi reloj marcaba las siete.

—Quisiera caminar y conocer un poco de Tasbapounie —dije.
—Yo… yo te llevo jefecito —expresó Ray Green.
—Perfecto Mr. Hannibal —dijo Miss Stella —. Lleva a Mr. Hannibal al bar de Mr. George, así caminan por el centro de la comunidad —agregó, dirigiéndose a Ray.

Salimos y cruzamos el andén. Al llegar al segundo, el del centro de la comunidad, caminamos en dirección hacia el norte. El cielo estrellado se infiltraba entre las copas de los árboles de fruta de pan, almendros y cocoteros. Las familias compartían sentadas en los corredores de las casas de madera y Ray Green les daba saludos que respondían con gentileza. La música ya no era estridente como en la mañana y me llamó la atención que las familias vieran televisión en una comunidad tan distante.

—¿Cómo les llega la señal de televisión? —pregunté.
—Todos… todos tienen antena para satélite —respondió Ray Green.

Luego de recorrer el andén por unos quince minutos, Ray Green giró nuevamente hacia la derecha, en dirección a la playa. Caminamos sobre la grama, sentí las rachas de viento proveniente del mar y el revoloteo de las palmeras en lo alto.

—Aquí… aquí es el bar de Mr. George —dijo señalando la casa.

Cruzamos una pared de madera y me gustó el ambiente alumbrado tenuemente por bombillos rojos y azules, así como la música country en inglés que sonaba por los parlantes con el volumen tolerable para escuchar los cuentos de Ray Green. Un bordillo de bambú cerraba el lado derecho y el fondo del espacio. A la izquierda estaba el bar y una lámpara blanca que colgada del techo de palma lo iluminaba. Una joven mujer creole salió de la barra a nuestro encuentro.

—Hola Ray, pasen adelante —dijo.
—Gracias… gracias Judith —dijo Ray. —Él es Hannibal… es mi amigo, anda conociendo —agregó.

Judith me observó de arriba abajo con sus grandes ojos intensos, con cierta desconfianza, pero me tendió la mano y al estrecharla mostró su hermosa sonrisa de labios carnosos.

—Pueden ocupar la mesa que deseen, pasen, pasen adelante —dijo Judith.
—¿Dónde... dónde quiere sentarse? —preguntó Ray.
—La que elijas —respondí al ver sólo dos mesas ocupadas.

Judith caminó nuevamente hacia la barra. Noté que quebraba su cuerpo, movía con erotismo las caderas, volvió su mirada hacía mí y, tras fijar su mirada en la mía, intensificó el parpadeo de sus grandes ojos negros.

—Jefecito… jefecito, usted le gusta a Judith —expresó Ray Green al notarlo.
—Es sexi, bastante sexy —respondí y entramos al salón.

Nos acomodamos en una mesa del fondo, pegada al lado del bordillo de bambú. Las sillas estaban construidas con madera rolliza de mangle y la mesa con madera de caoba. Noté que al pie de la barra estaba un pizarrón con el menú escrito con tiza: pollo frito, pescado frito, camarones empanizados, cervezas, ron y gaseosas. En la parte inferior, en letras grandes, estaba escrito: TURTLE PUNCH entre paréntesis.

La brisa proveniente de la playa hacía placentero el lugar y los otros clientes conversaban amenos, siempre en inglés creole, casi gritando. Al nuestro lado derecho, en el patio, observé varios cocoteros enanos cargados de frutas.

—Si desean algo más, me avisan —dijo Judith al servir los vasos, el ron, la gaseosa y una pana con hielo.
—¿Podrías conseguirme agua de coco? —le pregunté a Judith.
—Lo que usted quiera —respondió con su gran sonrisa—. Ray los puede cortar —agregó dirigiéndose a él.
—Claro… claro que sí, soy experto en cortar cocos —dijo Ray Green.

Ray Green cortó los cocos y Judith le dio un machete para que los pelara, luego sirvió el agua en un pichel y regresó a la barra con el mismo erotismo al andar. Le serví un trago doble a Ray Green, se empinó el vaso sin arrugar la cara y yo me lo serví mezclado con hielo y agua de coco.

—Ahora… ahora sí jefecito, ahora poder contarle cuentos.

Ray Green estaba ansioso de que escuchara sus cuentos, pero me llamaba la atención el pizarrón de la barra, porque el ponche de tortuga era parte del menú que ofertaban.

—Ray, ¿sabes cómo se prepara el turtle punch?
—Claro… claro jefecito, mi mamá saber hacerlo.
—Cuéntame cómo se prepara.

Cruzó sus piernas en la silla de mangle rollizo, pidió que le sirviera otro trago de ron para aclarar su garganta y se lo tomó. Adquirió una pose narrativa y empezó a hablar:

—Mamá… mamá lo hace desde que soy niño para papá. Ella… ella consigue una aleta de tortuga y la pone en el fuego para quemar las escamas. El fuego… el fuego deber estar bien encendido, ardiendo para quemar bien. Después… después raspar las escamas con un cuchillo y lavar sólo con agua para limpiarla. Cortar… cortar en trozos pequeños y cocer en agua para que aleta suavizarse. Cuando… cuando enfría quitaba el pellejo del aleta… Umm… umm, jefecito necesito otro trago.
—Doble, un doble para Ray —dije y se lo serví.
—¡Aah… aah! Cuando… cuando hacer turtle punch mamá siempre cantar, siempre estar alegre. Ella… ella poner en licuadora con leche y licuar bien. Después… después poner el cosa licuado a hervir con canela, nuez moscada, pimienta y guaro… guaro suficiente. Papá… papá escuchar licuadora y acercarse a la cocina. Mamá… mamá decirle que no estar listo, que ella va a llamarle. Papá… papá regresar al corredor. Cuando… cuando el turtle punch estar listo ella llamar a papá y servirlo en un pana caliente. Papá…papá tomarlo como sopa.
—¿Y le gusta a tu papá?
—¡Buay! Papá… papá comenzar a sudar después de beberlo y caminar dando vueltas. Mamá… mamá llamarme y decirme: ¡Ray… Ray!, ¡ve a jugar con tus amigos! Cuando… cuando regresar a la casa, papá estar acostado en hamaca y mirarme con un gran sonrisa.
—Jajaja, vos si sabes contar cuentos —dije y serví tragos para los dos.

Judith se acercó a la mesa después de servirles cervezas a los clientes que estaban cerca de nosotros y la llamé.

—¿Desea algo más?
—Quiero probar el turtle punch —dije y Ray soltó una carcajada.
—¡Oh no, no! —dijo Judith y caminó velozmente, sin su cadencia erótica, hacia el pizarrón de la barra. Con un trapo borró las letras del ponche de tortuga y regresó a nosotros.

Los hombres que conversaban en la mesa de al lado dejaron de hacerlo, estaban atentos a nuestra conversación después que Judith corrió a borrar el menú.

—¿Por qué lo has borrado? —pregunté.
—No vendemos más, no más turtle punch —respondió con el semblante serio, sin mover las pestañas.
—Pero, ¿por qué? —insistí.
—El MINSA lo ha prohibido, no podemos venderlo porque los hombres se vuelven locos, persiguen a las mujeres por la comunidad, no respetan.
—Cierto… cierto jefecito —dijo Ray.
—La mamá de Ray lo prepara para su papá —dije.
—Solamente se puede consumir en casa, pero en los bares está prohibido —dijo Judith.
—¿Vos lo has probado? —pregunté a Ray.
—Claro… claro que sí, jefecito. Todos… todos los hombres de Tasbapounie comer turtle punch. Todas… todas mujeres hacerlo para sus maridos. ¿Verdad amigos?
—Claro que sí, turtle punch es maravilloso —dijo uno de los hombres.
—Cállate, no digas nada, porque vos sos de los que persigues mujeres —dijo Judith, dirigiéndose al otro hombre.

El hombre no respondió, pero desde la mesa mostraba una monumental sonrisa creole en su rostro.

—¿Cuáles son las maravillas que provoca el turtle punch? —pregunté.
—Me voy, no quiero escuchar eso —dijo Judith y se retiró hacia la barra.
—Cuerpo… cuerpo calentarse. Planta… planta del pie desesperarse, querer moverse… moverse mucho, tener que caminar, no poder estar quieto. Boca… boca secarse, ojos… ojos ponerse grande, brillantes. Corazón… corazón querer explotar, ser un bombo —dijo Ray.
—El cuerpo se calienta. Necesita tener una mujer para calmarse, si no tiene mujer debe buscar una, por eso la MINSA prohibirlo. Turtle punch ponernos muy amorosos —dijo el hombre.
—No lo creo —dije.
—Jefecito… jefecito, turtle punch es la viagra natural de nosotros —dijo Ray.

Antes de despedirnos le di propina a Judith por atendernos amablemente. “Mr. Hannibal, si usted quiere turtle punch yo puedo preparárselo en mi casa”, dijo con un tono sensual cuando me disponía a salía del bar de George.

—Judith… Judith querer enloquecer a jefecito —dijo Ray y no dejó de reírse en el trayecto de regreso al hospedaje de Miss Stella.

Acostado en la cabaña pensé en mi restaurante. Vi claramente un rótulo atractivo que anunciaba el turtle punch, a hombres y mujeres haciendo fila, ordenándolo al mediodía para llenarse de energía y eliminar el estrés de la calurosa Managua. Pensando en el acopio de pescados y en la reunión del Comunnity Board me quedé dormido con el sonido de las olas del mar reventado en los troncos de los cocoteros.

domingo, 14 de mayo de 2017

LA HONESTIDAD EN EL PESCAFRITO DE BLUEFIELDS


El Pescafrito, llamado así desde la época de los años 80 del siglo pasado, ubicado en la esquina del mercado municipal de Bluefields, es uno de los lugares que más frecuento. Encuentro nostalgia, y la música —soul y reggae—, es muy buena, además está a la mano, sólo tengo que salir del hotel Caribean Dreams, girar a la izquierda, y entro por la puerta principal.

Tiene un ambiente a media luz, rojiazul, las cervezas siempre están heladas y te atienden con amabilidad. La estructura del techo es un laberinto de cerchas de madera, horcones y columnas frágiles. Las mesas son de madera y sillas de plástico. El viernes, sábado y domingo lo he visitado. Posee una fuerza de atracción que no puedo evitar.

Varios amigos, los hermanos Thomas y sus esposas, Gregory y Jimmy, regresamos al atardecer de la playa de El Bluff. Sin que lo sugiriera entraron al Pescafrito. Lo dije, “este lugar es uno de mis favoritos”, y nos tomamos tres cervezas para postergar la sensación agradable que deja una tarde en la playa de El Bluff entre amigos.

Luego que los hermanos Thomas partieron se lo dije a Greg y a Jimmy. Hubo un tiempo que este lugar fue manejado por mis padres, White Bush y Ofelia, a inicios de los años 80 cuando se promovía en toda Nicaragua el consumo de mariscos por el  bloqueo de los yanquis. Y vivían allá abajo, dije, señalando el segundo piso de la casa de Hennington Hodgson porque eran buenos amigos.

Luego, Greg pidió la cuenta. “Give me the bill”, le dijo a la mesera, una morena, una black creole, joven y hermosa que nos estaba atendiendo, la misma que me había atendido los días anteriores.

La mesera regresó a la mesa y dijo la cantidad. Greg no dejó que aportáramos y le entregó un billete de quinientos córdobas. La mujer fue a la barra, pagó el consumo mientras seguíamos conversando. Regresó con el cambio y se lo entregó a Greg. Desde mi lugar, atenuada la iluminación solamente observaba los círculos fluorescentes de los billetes, de los córdobas de plástico. Greg los revisó a media luz y le entregó uno. “Esta es tu propina”, le dijo.

La mesera, acostumbrada a ese ambiente, vio la denominación del billete, uno de doscientos córdobas e inmediatamente, sin pensarlo, dijo en inglés: estás seguro de la propina, y se lo entregó. Todos quedamos viendo el billete. Greg tomó uno de los del cambio, lo cambió por el de doscientos y le entregó otro de menor valor.

“Para que mirés”, dijo, dirigiéndose a mí. “En la Costa Caribe hay gente honesta”, agregó. Sí, le dije, en Managua u otro lugar de Nicaragua la mesera o el mesero se va y no te lo dice. “Hasta en la mañana, de goma te das cuenta cuando revisas la cartera”, dijo Jimmy.

De seguro esta chavala es honesta porque sus padres se lo han enseñado, quizás va a una iglesia, talvez lo ha aprendido en el colegio”, dije. Ese es mi punto de vista, agregué, pero mejor voy a preguntárselo y seguimos conversando.

Luego de tomarnos la cerveza nos disponíamos a partir y Greg me lo recordó: “pregúntale a la chavala”.

Me dirigí a ella mientras salían por la puerta.

—¿Vos lo conoces a él? —pregunté al oído por la música.
—No.
—¿Por qué regresaste el billete de 200?
—Me parece que se había equivocado.
—¿Pero por qué? En otro lado no se lo regresan.
—En la vida tenemos que ser honestos.

¿Qué te dijo?, pregunto Greg en la acera, frente al hotel Caribean Dreams.
Le han enseñado lo que es correcto.
Te fijás, todavía hay gente honesta.

También por eso el Pescafrito será siempre uno de mis lugares preferidos en Bluefields, pensé mientras nos despedíamos.

Bluefields, RACCS.
Domingo, 14 de mayo de 2017