viernes, 15 de marzo de 2019

CAMINATA DE FELICIDAD



“El domingo vamos a irnos de caminata”, le dije a mis nietas, Daniela y María Fernanda, al regresar a casa después de hacer mi caminata vespertina de todos los días (entre 4 y 5:30 p.m.). Mostraron entusiasmo y White Bush se unió al plan. Al día siguiente, sábado, no dejaban de recordarme que íbamos a hacer la caminata el domingo, y al llegar el día, antes de la hora, Emiljamary y ellos estaban listos.

Caminamos desde las 3:45 hasta las 5:30 p.m.

Aquí les dejo las fotos.


El camino

Sol, mucho sol
Alegría
Llegamos

Los protagonistas: Daniela, María Fernanda, White Bush y Emiljamary.

Compartiendo galletas
Mamá, ya no aguanto

jueves, 21 de febrero de 2019

BACKTOWRITE CON GIFITI Y ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO

Si sos uno de los lectores que insisten y preguntan por qué he dejado de escribir, tomo conciencia de ello y descubro que han transcurrido varios meses desde la última vez que lo hice. Meses horribles, meses de tristeza. Agradezco por estar pendientes, por alimentar el reto maravilloso de vencer la página en blanco, por motivar la chispa de la pasión que se siente al escribir.

Como recalentamiento te voy a contar algo que, si somos contemporáneos, estoy seguro que te lo dieron a probar, y desde esa primera vez no quisiste probarlo nunca más. Me refiero al aceite de hígado de bacalao y algo nuevo que he probado en estos últimos meses, Gifiti.

Platicaba con un viejo amigo de origen alemán sobre la situación de su finca. Hablamos del estado de la carretera: pésima señor, increíble, increíble señor. Dijo que el verano estaba entrando, el invierno se aleja, la neblina de la mañana es una cortina gris que humedece los pastos y vuelve invisible al ganado que pastorea en los alrededores de la casa, los aleros gotean las plantas del jardín, el amanecer se torna agradable hasta que a las nueve de la mañana calienta el sol. Observo el atardecer sentado en una mecedora desde el corredor, no hay otro lugar mejor, no he visto otro igual señor, increíble, increíble. Con un trago de ron se aprecia mejor, dije. Oh señor, no me diga, no me diga, siempre tengo un poquito, contestó y me ofreció un vaso y hielo para que me sirviera un trago de gran reserva. No puedo acompañarlo, estoy tomando pastillas para desparasitarme, le dije y frunció el ceño. Beba un poquito de coca cola por favor, puede ponerle soda también, eso no le va a hacer daño, señor. Lo hice, le agregué bastante hielo y la soda neutralizó el sabor dulce.

Tomó de la bolsa de su camisa un puro marca Casa de Alegría elaborado en Estelí. Lo cortó en dos porciones con un cortapuros y con un encendedor de alta presión lo encendió. Inhaló profundamente el humo. La mesa y los alrededores se llenaron  del aroma suave y dulce del tabaco. Tome señor, tome está mitad, dijo ofreciéndome la otra mitad del puro. Gracias, pero dejé de fumar hace cinco meses. No me diga, no me diga, increíble señor. ¿Ha probado el Gifiti?, pregunté. ¿Qué cosa señor? ¿Qué cosa? Gifiti, un licor hecho por las Garífunas, respondí y le pedí al mesero que nos mostrara una botella. Nunca, dijo al tomar la botella en sus manos. Lo bueno está en sus ingredientes, dije. ¿Qué cosa? ¿Qué cosa? Tomé la botella y leí en voz alta la etiqueta: licor reposado en plantas medicinales, incluyendo Cuculmeca, Hombre Grande, Quina, Uña de Gato. ¡No me diga, no me diga, señor! Yo he comprado de algunas de esas plantas en la clínica del Japón de Managua, he oído esos nombres, me gusta, mucho me gusta, sí señor, dijo el viejo amigo alemán y apuró el vaso con un trago profundo, chupó el puro, exhaló el humo y degusté el aroma mezclado de tabaco y ron.

Para motivarlo a probar el Gifiti llamé a Manuel, un amigo que fue convencido por el garífuna promotor del ron para que se tomara un trago tres veces al día, por la mañana antes de desayunar, antes del almuerzo y antes de dormir, y se lo presenté al alemán. Sí, dijo Manuel, me tomé tres botellitas y desde la primera noté el cambio, me daba mucha hambre, me calentó el cuerpo y ahora ya no tengo dolor en la espalda ni en los huesos, me siento mejor porque antes de dolía todo. ¡No me diga, no me diga! Yo voy a llevar tres botellitas y las probaré cuando esté en mi casa, dijo el alemán y pidió las tres botellas.
  
Señor, escúcheme, escúcheme señor, voy a decirle algo increíble, increíble. El viejo amigo alemán se mostró entusiasmado. Aquí en mi finca, un hombre y una mujer joven, tienen una hija pequeña, muy niña, de tres o cuatro años. Ellos viven en una de las viviendas de la finca y un día ellos contaron que la niña estaba muy enferma, con muchos dolores que de tan fuertes no podía ni siquiera dormir. El hombre con su mujer han gastado mucho dinero, miles de billetes buscando como curar a la niña con doctores y medicamentos, mucho dinero para ellos que son pobres, hasta el hospital Metropolitano de Managua la han llevado sin poder hacer nada por ella. Increíble señor, imagina usted a la mamá de esa niña, sufre mucho también ella. En Managua el doctor dijo que no podía hacer nada, que podían aliviar el dolor pero no curarla de artritis reumatoide. El papá me llevó a verla, ¡horrible! señor, la niña en un rincón de la cama quejándose, sus manos inflamadas, rodillas y brazos, ¡horrible, horrible señor!  En Managua yo le conté a mi hermano y pasó el tiempo. Un día de viaje de regreso a la finca mi hermano me entregó una botella de medicina con un papel donde escribía como deben usarla para dársela a la niña. Meses después el papá de la niña me dijo que le diera muchas gracias a mi hermano por la medicina porque la niña estaba mucho, mucho mejor, que ya no se quejaba del dolor y que podía dormir por las noches. Volvió al puro y al ron el viejo amigo alemán y me dejó intrigado.

¿Qué medicina le dieron a la niña?, pregunté. ¡Increíble, señor, increíble! Era aceite de un pez, ¿cómo se llama? Mi mamá nos reunía a mí con mis hermanos en la mesa y nos daba una cucharadita de ese aceite con unas gotitas de limón como vitamina. Era horrible pero teníamos que tomarlo. Bacalao, a mí también me lo daban, dije. ¡Eso, eso mismo señor, bacalao! Eso fue lo que curó a la niña, increíble señor, increíble. Luego seguimos conversando y me despedí diciéndole que esperaba su impresión del Gifiti la próxima vez que nos viéramos y que buscaría el aceite de hígado de bacalao.

Dos semanas después nos encontramos. ¿Le gustó el Gifiti?, pregunté. Oh sí señor, increíble, increíble, muy bueno, me calienta todo el cuerpo. Y a usted señor, ¿cómo le fue con el aceite de bacalao?, preguntó. Fui a Managua y le conté a un viejo amigo lo maravilloso que resulta ser el aceite de bacalao, la historia sobre la niña y se interesó tanto que él también iba a comprar. Su asistente, una chavala muy atenta y cordial, investigó que en una farmacia de productos naturales llamada La Naturaleza podía encontrar el aceite de hígado de bacalao. Señor, señor, allí es donde compro hierbas para mi té, increíble, desde hace muchos años visito ese lugar, dijo entusiasmado el viejo amigo alemán. Resulta que fui con mi amigo y encontramos el aceite de hígado de bacalao, seguí platicándole. Al ver mi amigo la botellita de aceite y leer la etiqueta que señala que su uso es oral y la dosis, dependiendo si es para niños de 1 a 5 años, de 5 a 12 y adultos y niños mayores de 12 años, me quedó viendo como decepcionado y dijo: ¡Ideay, yo creía que iba a frotarle todo el cuerpo a mi mujer con este aceite pero resulta que es bebido! No paré de reírme por la inventiva imaginación de mi amigo, al final compramos el aceite y otras yerbas para los males que en esta edad nos aquejan. El viejo amigo alemán entendió la intención del viejo amigo de Managua y se carcajeó. ¡Increíble señor, increíble, se imagina usted si su amigo de Managua también tomara Gifiti!

Qué diría el viejo amigo alemán si se diera cuenta que conozco a varias mujeres que se toman todos los días un trago de Gifiti por la mañana y otro por la noche, pensé luego de despedirnos y verlo partir en La Pasajera. 

#Backtowrite
Miércoles, 20 de febrero de 2019

jueves, 5 de abril de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: EL HOMBRE CON MÁS SUERTE DE NUEVA GUINEA


Tenía más de doce años de trabajar en San Rafael del Sur como ayudante en una vulcanizadora. Su jefe le dijo que su hermano, Vicente, necesitaba con urgencia un ayudante para reparar llantas en Nueva Guinea. Sin pensarla dos veces se decidió. “Me voy para allá, le ayudo a tu hermano y me regreso después de quince días”, le dijo Pablo Emilio Guerrero. Pasó por Diriamba dándoles la noticia a sus familiares y el 10 de agosto de 1978 se bajó del bus en Nueva Guinea.
          
Regresó a  buscar a su mujer, Salvadora Ortega Reyes, y volvió para quedarse definitivamente. “Me gustó. Había más trabajo que descanso, poca diversión y era bastante sano. En esa época llovía trece meses al año, no habían adoquines, ni luz eléctrica, ni agua potable. Pocas casas tenían energía eléctrica: el hospital le vendía luz a don Jesús Valle, el dueño de la única gasolinera existente, y el banco le suministraba a las casas de la ciudadela”, recuerda Pablo Guerrero.
          
Comenzó a trabajar con entusiasmo día y noche, ahorrando en el banco lo más que podía y cambió de trabajo. Lo que le favoreció fue el paro nacional. “El paro es peligroso, ya no vamos a seguir trabajando, si acaso hay algo que hacer me van a ayudar mis muchachitos”, le dijo don Jesús Valle, su jefe. Después del triunfo de la revolución se presentó en el Banco Nacional de Desarrollo a retirar los quince mil córdobas que tenía ahorrados pero le hicieron un préstamo por la misma cantidad. Compró una planta eléctrica, unas planchas, una camionada de tucas que las dio a aserrar e hizo un chinamito donde puso el taller. Darío Chamorro le prestó el lugar y comenzó a trabajar. Vendía gaseosas que el camión se las ponía en el taller, la gente de las colonias las llegaba a retirar y así armó su negocio.
           
Siempre ha jugado la lotería. “En una ocasión, estando en Managua, la vende-lotería me pasaba dejando el billete, lo ponía detrás de un espejo, yo lo retiraba y allí dejaba los reales. Ese día, cuando llegue de mañana a retirarlo, una hija de la vendedora me dijo que habían llevado grave a su mamá al hospital y que lo vendieron en una parada de buses. Se lo sacó un busero que le decían Tinajón, se me llevó el billete 5185 con el premio mayor”, recuerda a carcajadas. Siguió jugando y siempre sacaba premios de mil, dos mil y cincuenta mil córdobas.
          
Un día encontró en la gasolinera vieja de Nueva Guinea al vendedor de lotería, le hizo un abanico con los billetes y escogió uno al azar. Le pagó la mitad del valor y lo guardó en una repisa sin saber qué número era. Al día siguiente le pagó la diferencia y siguió en su trabajo. Días después otro vende lotería de Santo Tomás pasó por su taller y le dijo que en Nueva Guinea había caído el premio mayor. “Saqué el billete, se lo enseñé y casi se muere el hombre, no podía ni hablar, ni respirar, ni nada. ¿Qué fue?, le pregunté. ¡Ay hermanito!, ¡te sacaste el billete completo!, me dijo todo desesperado. Agarré el billete y lo volví a poner en la repisa y me gritó: ¡No lo ponga allí!, ¡se le puede perder!, recuerda Pablo.

Fue el 12 de agosto de 1991 cuando la suerte le cambió.  Con el billete premiado número 11402 se sacó noventa y cinco mil dólares. Se dirigió al banco, mostró el billete al gerente y le solicitó que se lo cambiaran. “Me hicieron un recibo y dos días después me mandaron a llamar para entregármelos. ¿Qué va a hacer con los reales?, me preguntaron. Por ahora no necesito comprar nada, les respondí y dejé los reales allí en mi cuentecita. Con calma me puse a pensar en qué podía hacer y comencé a comprar propiedades. Compré el terreno donde estaba antes la Coca Cola en seis mil dólares y ahora me han ofrecido 220 mil dólares; compre aquí donde tengo el taller, mi casa, donde vive mi mamá y una finca de 250 manzanas”, explica con orgullo.
          
La suerte no lo volvió a abandonar. Seis veces se ha sacado premios grandes. Cuando le pregunté cómo es que hace, si se sabe algún “sontín” para sacársela, se puso a reír y respondió: “es cuestión de estar en la jugada, estoy pendiente de los números que caen y no caen. Todo número es bueno antes de jugarlo. A veces me retiro una o dos semanas y después sigo jugando, pero la suerte no es para cualquiera. Enrique, el que vive allí, indica con sus manos en dirección al frente de su casa, se sacó los 20 millones que rifaba la Cruz Roja. No compró nada, solamente una gran mesa donde pasó jugando desmoche y bebiendo guaro hasta que se le acabaron los reales. Una mañana vi a la vendedora de lotería que bajaba las gradas del parque y seguí trabajando. Cuando la busqué ya no estaba, había doblado para el lado de la gasolinera que puso Lolo Rocha y le vendió mi billete a Severiano Lumbí: el enano se sacó el premio mayor y ya ves, por esos realitos lo mataron en su casa, por eso te digo que la suerte no es para cualquiera”.

Pablo Emilio Guerrero siempre sigue jugando la lotería, está pendiente de los números y se entretiene en su taller de vulcanización donde, además de reparar llantas, construye bombas de mecate, fogones y cocinas industriales. Sus hijos, ya mayores, le ayudan y no lo dejan hacer casi nada. ¿En cuánto estima su patrimonio?, le pregunté;  después de hacer cálculos en el aire respondió “creo que tengo más de un millón y medio de dólares”.



martes, 27 de marzo de 2018

BILWASKARMA



Ninguno de los dos conocíamos Bilwaskarma pero sabíamos que ellas, Karen y Melania, lo dijeron esa tarde en el estadio, estudiaban enfermería en esa localidad cercana a Waspán. Los invitamos a Bilwaskarma, dijo Melania con una sonrisa seductora que intercambiaba con Karen. Volví la mirada hacia Glass, ambos llevábamos puesto el uniforme de la selección de béisbol de Bluefields diseñado para los juegos de la serie del Atlántico que se jugaba en Waspan en 1975 ó 1976, no lo recuerdo muy bien pero fue por esos años. Glass no titubeó y, sin consultarme, dijo que llegaríamos a visitarlas antes del juego porque nos tocaba jugar contra Puerto Cabezas al día siguiente por la tarde.

Glass era mayor que yo, unos tres o cuatro años mayor, y más corpulento. Se había conocido con Melania en Bluefields y ella lo miraba con esos ojos color de miel deslumbrados que tiene como tratando de atrapar una estrella fugaz que se desvanece en su recorrido. Por él fue la invitación, y me sentí como un aderezo en el plato principal que habían preparado porque Karen se mostraba un poco distante, nerviosa e indiferente conmigo.

Perfecto, dijo Melania, los estaremos esperando y le dio un beso a Glass. Por la mañana sale un bus de Waspán hacia Bilwaskarma, pueden abordarlo en el parque, el recorrido es corto porque apenas hay diez kilómetros hasta allá. Karen por su parte me extendió la mano, una mano un poco grande para su altura, suave y fría, pero la expresión de sus ojos al tomarla me dejaron pensando que algo misterioso en ella quedaba expuesto al contacto con mi piel.

Y se marcharon, caminaron juntas y nos volvían la mirada con una sonrisa de complicidad. Ahora si, dijo Glass, la partimos. Se van a dar cuenta, Smith se va a dar cuenta y nos van a sancionar, respondí. No te preocupes, el juego es hasta las dos de la tarde, después que desayunemos nos vamos para Bilwaskarma.

El vehículo se detuvo frente a la entrada del hospital – escuela de Bilwaskarma. Al bajar ellas nos estaban esperando. El hospital se encontraba cubierto de un bosque denso de pinares y estaba pintado de color blanco con verde. Caminemos, dijo Melania, y la seguimos. Pensé que nos iban a mostrar el hospital pero en lugar de caminar hacia las instalaciones tomaron un camino arenoso hacia la izquierda del edificio. Sigan caminando sin detenerse, ya los alcanzamos, dijo Melania y, siempre con sus sonrisas cómplices, regresaron al hospital.

Caminamos quizás unos quince minutos y nos detuvimos en un promontorio de grandes rocas, piedras azules regadas, esparcidas en un radio de unos quinientos metros en los alrededores. Glass estaba ansioso y me decía que ahora sí, la partimos, estas chavalas no andan con cuentos. Talvez Melania con vos pero a Karen la veo muy misteriosa, le dije y subí al promontorio de rocas. Desde el borde de una gran roca vi una laguna azul cubierta de árboles de pino, a una altura de unos diez metros desde las rocas que la protegían. Volví la mirada hacia Glass y vi llegar a Melania con Karen. Llevaban puestas sus batas de enfermeras, calzaban chinelas y ambas cargaban bolsos. Desde allí me saludaron y vi a Melania tomar de la mano a Glass, lo jaló hacia otro punto de la laguna mientras Karen se quedaba inerte, sin moverse del lugar. La llamé y subió el promontorio.

Mientras Melania y Glass se acomodaban en una de las piedras, al otro lado de donde me encontraba, Karen llegó a mi lado. Ahora siempre pienso en Karen, dos o tres veces al día, quizás más, talvez diez, siempre vuelve su recuerdo para estos días de semana santa. Al llegar a mi lado dijo, no tardé ni cinco minutos en subir, sí, eso dijo. Nos sentamos en una de las piedras y a su lado la laguna me pareció mucho más bella. Vi a Melania en el otro lado quitándose la bata de enfermera, a Glass quitándose la ropa, y tomados de la mano, se tiraron a la laguna. Karen sonreía, siempre sonreía, sus labios carnosos mostraban al hacerlo su blanquecina dentadura. ¿Cómo es tu vida en el hospital?, le pregunté. Ella no dejaba de mirar a Glass y a Melania que nadaban con sus cuerpos sincronizados en las aguas de la laguna azul.

Es triste, dijo.  Y no sé de donde diablos se me ocurrió decirle, que conmigo la tristeza había llegado a su final, que estaba allí para alegrarla, para hacerle el amor, que quería que fuera mía en ese paraíso norteño caribeño, en esas aguas azules rodeadas de pinos en abundancia. Karen se quedó pensativa, dos, tres, cinco segundos. Se levantó, se quitó la bata blanca, quedó desnuda ante mis ojos. ¡Madre santa, que mujer más hermosa!, me dije. Toda ella, su cuerpo caneloso, su cintura generosa, su vientre tenso, su sexo depilado, sus piernas acentuando su disposición, y su sonrisa, esa sonrisa blanca en esos labios carnosos que me invitaban a descubrir lo desconocido me dejaron ensimismado, mirándola, saboreándola, ella allí con el sol de la mañana a sus espaldas, el verdor de los pinos de fondo, exhorto, soñándola. Primero debes bañarte conmigo, dijo y me libró del ensueño.

Me tendió su mano y la sensación del misterio volvió a atraparme, me jaló y caminamos al borde de una roca. Sin dudarlo, estoy seguro que la laguna era su espacio de diversión preferido, dio un salto que duró toda la eternidad, uno, tres, cinco, siete segundos, hasta que su cuerpo color canela se sumergió en el manto azul de la laguna dejándome expectante de la explosión del agua en espera de verla resurgir con su sonrisa. Uno, tres, cinco, siete segundos, no lo sé, pero tardó más que un orgasmo en volver para invitarme, llamándome con esa misma sonrisa para que me precipitara en ese abismo a descubrir el secreto.

Y viéndola, sensual, con su cuerpo bañado de azul, sus piernas en movimiento esparciendo el agua, di un salto sin dejar de verla. Al contacto con el agua mi cuerpo se cubrió de las gélidas aguas. Al salir del azul profundo ella se me acercó como adivinando que necesitaba el calor de su cuerpo. Madre Santa, que agua más helada, alcancé a decir y mi cuerpo dejó de responder a los intentos de nadar. Ella se dio cuenta que estaba tiritando de frío y me abrazó, su cuerpo se acercó al mío, tocó mis brazos y mi espalda y descubrió que temblaba. Sentí que unas manos pegajosas que me jalaban desde el fondo de la laguna y entré en pánico, traté de gritar y no pude hacerlo. No recuerdo nada más, creo que me quedé en blanco.

La volví a ver en la orilla, junto a una piedra, rodeado por sus brazos, con una toalla cubriendo mi espalda y sus piernas enmarañadas con las mías. “Pensé que te ahogabas”, dijo. Me tomó nuevamente con sus manos de misterio, me ayudó a levantarme, subimos el promontorio, busqué con la mirada a Melania y a Glass pero no logré verlos. “Aquí, siéntate aquí, respira, respira profundo”, dijo.

Unos minutos después había salido del shock, pero el frío que sentía no había desaparecido. ¿Qué te pasó?, pregunto Karen. Primero sentí un frío terrible, me quedé como congelado y sentí que unas manos me jalaban desde lo profundo de la laguna, respondí. Pensé que se iba a reír, pero no, no lo hizo, más bien se quedó pensativa, sin hablar por uno, tres, cinco, siete segundos.

¿Me dices la verdad?, preguntó. Sí, sí, no te miento, respondí. Volvió a sonreír, sus manos buscaron las mías. Mírate los pies, dijo. Vi en pies, arriba de los tobillos, una marca azul. ¿Y esto?, ¿Qué es esto?, pregunté. Es la marca de la reina de la laguna, se enamoró de vos, le llaman Liwa Mairen, y te ha hecho un hechizo de amor, dijo. ¿Cómo?, ¿Y ahora que va a sucederme? Nada, no te preocupes, dijo y me dio un beso con sus labios carnosos y su cálida lengua. No logré contar los segundos que duró el beso, no sé cuántos fueron, me sentí dentro de la laguna, nadando, enmarañado con la Liwa Mairen, haciéndole el amor en círculos, escuchando sus quejidos como cantos de sirena, con mi sexo atrapado en éxtasis y teniendo uno, tres, cinco, siete orgasmos. Cuando Karen dejó de besarme, Melania y Glass estaban a nuestro lado y mi cuerpo volvió a responderme.

Nunca más volví a ver a Karen. Siempre recuerdo su sonrisa y el misterio que la cubría. No sé si está viva ni donde vive, pero siempre pienso en ella para los días de semana santa. Siempre vuelve a mí, vuelvo a vivir, a sentir, a disfrutar el beso que me dio y los siete orgasmos que tuve dentro de las aguas de la laguna de Bilwaskarma.

27/03/2018
Semana Santa
Nueva Guinea
RACCS.