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domingo, 14 de mayo de 2017

LA HONESTIDAD EN EL PESCAFRITO DE BLUEFIELDS


El Pescafrito, llamado así desde la época de los años 80 del siglo pasado, ubicado en la esquina del mercado municipal de Bluefields, es uno de los lugares que más frecuento. Encuentro nostalgia, y la música —soul y reggae—, es muy buena, además está a la mano, sólo tengo que salir del hotel Caribean Dreams, girar a la izquierda, y entro por la puerta principal.

Tiene un ambiente a media luz, rojiazul, las cervezas siempre están heladas y te atienden con amabilidad. La estructura del techo es un laberinto de cerchas de madera, horcones y columnas frágiles. Las mesas son de madera y sillas de plástico. El viernes, sábado y domingo lo he visitado. Posee una fuerza de atracción que no puedo evitar.

Varios amigos, los hermanos Thomas y sus esposas, Gregory y Jimmy, regresamos al atardecer de la playa de El Bluff. Sin que lo sugiriera entraron al Pescafrito. Lo dije, “este lugar es uno de mis favoritos”, y nos tomamos tres cervezas para postergar la sensación agradable que deja una tarde en la playa de El Bluff entre amigos.

Luego que los hermanos Thomas partieron se lo dije a Greg y a Jimmy. Hubo un tiempo que este lugar fue manejado por mis padres, White Bush y Ofelia, a inicios de los años 80 cuando se promovía en toda Nicaragua el consumo de mariscos por el  bloqueo de los yanquis. Y vivían allá abajo, dije, señalando el segundo piso de la casa de Hennington Hodgson porque eran buenos amigos.

Luego, Greg pidió la cuenta. “Give me the bill”, le dijo a la mesera, una morena, una black creole, joven y hermosa que nos estaba atendiendo, la misma que me había atendido los días anteriores.

La mesera regresó a la mesa y dijo la cantidad. Greg no dejó que aportáramos y le entregó un billete de quinientos córdobas. La mujer fue a la barra, pagó el consumo mientras seguíamos conversando. Regresó con el cambio y se lo entregó a Greg. Desde mi lugar, atenuada la iluminación solamente observaba los círculos fluorescentes de los billetes, de los córdobas de plástico. Greg los revisó a media luz y le entregó uno. “Esta es tu propina”, le dijo.

La mesera, acostumbrada a ese ambiente, vio la denominación del billete, uno de doscientos córdobas e inmediatamente, sin pensarlo, dijo en inglés: estás seguro de la propina, y se lo entregó. Todos quedamos viendo el billete. Greg tomó uno de los del cambio, lo cambió por el de doscientos y le entregó otro de menor valor.

“Para que mirés”, dijo, dirigiéndose a mí. “En la Costa Caribe hay gente honesta”, agregó. Sí, le dije, en Managua u otro lugar de Nicaragua la mesera o el mesero se va y no te lo dice. “Hasta en la mañana, de goma te das cuenta cuando revisas la cartera”, dijo Jimmy.

De seguro esta chavala es honesta porque sus padres se lo han enseñado, quizás va a una iglesia, talvez lo ha aprendido en el colegio”, dije. Ese es mi punto de vista, agregué, pero mejor voy a preguntárselo y seguimos conversando.

Luego de tomarnos la cerveza nos disponíamos a partir y Greg me lo recordó: “pregúntale a la chavala”.

Me dirigí a ella mientras salían por la puerta.

—¿Vos lo conoces a él? —pregunté al oído por la música.
—No.
—¿Por qué regresaste el billete de 200?
—Me parece que se había equivocado.
—¿Pero por qué? En otro lado no se lo regresan.
—En la vida tenemos que ser honestos.

¿Qué te dijo?, pregunto Greg en la acera, frente al hotel Caribean Dreams.
Le han enseñado lo que es correcto.
Te fijás, todavía hay gente honesta.

También por eso el Pescafrito será siempre uno de mis lugares preferidos en Bluefields, pensé mientras nos despedíamos.

Bluefields, RACCS.
Domingo, 14 de mayo de 2017

jueves, 11 de mayo de 2017

MALA JUGADA


La lámpara de la oficina se apaga. La batería inicia a sonar con un bip, bip que se intensifica al paso de los segundos. Veo la hora en mi teléfono celular, las diez de la mañana, y me doy cuenta que está descargado. Sin energía y con el teléfono descargado, nada peor. Recuerdo que tengo una batería externa, un power bank, y busco en las gavetas del escritorio, en los anaqueles del librero, en la mesa de trabajo pero no lo encuentro.

El jeep, voy a cargarlo con el jeep encendido. Camino hacia el jeep. El motor arranca luego de cuatro intentos. No tiene combustible, la aguja indica que tiene poco menos de la reserva. Hace tres días, quizás cuatro, lo dejé con medio tanque de combustible. Debo reabastecerme. Entro en mi habitación y me quitó el pijama. No sé a qué hora volveremos a tener energía eléctrica, pero debo tomar las cosas con calma. Voy a reabastecerme de combustible y regreso.

Ojalá pueda llegar. Ya antes me ha pasado, me he quedado varado y he dejado el jeep tirado, tomar un taxi y buscar la gasolina. Recorro la ruta más corta: frente al Aguilar giro a la derecha tomando la avenida con boulevard y doblo en la esquina de la Juanita, cruzo el parque y salgo frente a la gasolinera. Me he detenido por el tránsito de vehículos. El calor es sofocante, un calor húmedo, propio del trópico húmedo. En el trayecto he ido saludando a Yelba, a Mocho Robles, a Justo, a Juanita y a Abel. Tenía muchos días de no verlos, quizás un mes. La calle se ha despejado y la traspaso.

Me estaciono detrás de un camión que está cargado de piñas, tan cargado que se pueden caer. Las piñas de Nueva Guinea son dulces y bastante apetecidas en los mercados. Veo a los ayudantes del camión, dos hombres jóvenes que bajan de los barandales y estiran el cuerpo en el piso techado de la gasolinera. Sus botas de hule lodosas hacen contraste con el suelo salpicado de manchas de aceite. Se dan cuenta que muchas piñas están por caerse, las jalan y luego las colocan en el centro del camión. El conductor ha descendido de la cabina. Debe ir lejos, quizás a Managua, sí, en Managua las piñas son apetecidas y se venden a buen precio. El conductor se ha dado cuenta que lo observo. Saluda de manos y de manos regreso el saludo. Detrás del jeep se encuentra un motociclista, lo he visto desde el espejo retrovisor.

Un taxista se abastece de combustible en la bomba de gasolina contigua y detrás de su vehículo otros dos están a la espera. Un vigilante descansa su espalda cerca de la puerta de la tienda de la gasolinera, a sus lados hay exhibidores de aceites, a su derecha la bodega de combustibles y lubricantes y más allá varias motocicletas estacionadas. Desde adentro de la tienda se escucha música ranchera y tras los ventanales de vidrio observo gente en movimiento. Por la calle se escucha el rugir de las motocicletas, los depósitos de basura están rebalsados y a su alrededor hay bolsas en el suelo.

El conductor del camión IFA sube a la cabina, enciende el motor, los dos hombres de botas sucias suben al camastro. Es mi turno. El camión tarda en salir, observo a un taxi que da marcha atrás. El camión gira un poco a su derecha y sale. Me preparo para estacionarme frente a la bomba y en un suspiro el taxi se me adelanta, se estaciona frente al jeep. El taxista se baja, le entrega un papel al bombero y sonríe al verme. Lleva varios pasajeros. El bombero también me observa pero no muestra emociones en su rostro. La rutina lo agobia, más en un día atareado. Los taxistas se saludan.

El motociclista que está detrás comienza a tocar el pito de la moto. “Me estás atrasando, avanzá”, grita pero como no se da cuenta de lo que sucede frente a mí, no le hago caso. Sigo esperando a que el taxista se abastezca, debe tener mucha prisa, es posible que se dirija a una de las colonias, talvez lleva a una persona enferma hacia el hospital. Llega otro taxi y se estaciona detrás del taxi que ha ocupado mi lugar. El taxi se marcha y el que acaba de llegar trata de hacer lo mismo. La moto pasa por mi derecha y se estaciona frente al jeep, frente a frente con el taxista. El hombre del taxi se baja, el motociclista también lo hace y comienzan a discutir. El vigilante se acerca, los bomberos están atentos. Me bajo del jeep. El aroma de aceite y combustible me golpea, el piso está resbaloso.

Es el turno del jeep, dice el vigilante. El motociclista me observa. Sos pendejo, por qué dejas que te quiten el lugar, dice. No tengo prisa, respondo. Es el turno del jeep dice el bombero que atiende la bomba que he estado esperando. Retrocedé, le dice el vigilante al taxista. Esta gasolinera es de nosotros, responde el taxista. Nosotros somos clientes, dice el motociclista. Da la vuelta, parquéate al otro lado, le indica el otro bombero al taxista. El taxista entra al taxi y le da un jalón fuerte a la puerta. Es tu turno, dice el motociclista y empuja la moto para que me estacione al lado de la bomba. No, no, le digo, llená el tanque, no tengo prisa. ¡Por Dios que sos pajista!, dice y se estaciona para llenar su tanque.

El taxista llena el tanque en la bomba contigua, al otro lado, y sale velozmente de la gasolinera. El motociclista también lo hace. El bombero me hace señas para que me estacione frente a la bomba. Le entrego la llave. Trescientos córdobas, digo. Debe ser un día bastante atareado, no hay emociones en su rostro. La próxima no permita que le quiten su lugar, no deje que le hagan una mala jugada, dice al entregarme la llave.

Regreso por el mismo trayecto. Pienso en la mala jugada del taxista y en la intención de hacerla del motociclista. Mejor no sigo pensando, las malas jugadas están en todos lados.

viernes, 5 de mayo de 2017

LA BENDITA MANÍA DE REZAR


Rezo todas las noches. Rezar ha sido algo que he hecho a lo largo de mi vida. Desde los tiempos de estudiante en el colegio San José y el Instituto Cristóbal Colón de Bluefields me inculcaron el acto de rezar. Eso era algo esperado si tomamos en cuenta que eran centros educativos gestionados por hermanos cristianos de La Salle, pero fue mi madre, Ofelia Alvarez, la que marcó para siempre la bendita manía de rezar en mi vida.

Mi padre era un marinero convertido con los años en capitán de barcos camarones y al final en un empresario que prosperó como muchos otros a través de la pesca industrial, en la época de oro de dicha actividad en la Costa Caribe, a finales de la década de 1960 hasta la llegada de la revolución sandinista. Como marino y capitán mi padre pasaba la mayor parte del tiempo en alta mar, surcando sus aguas en la afanosa labor de pesca de camarones y, años después, de langosta.

La mayor parte del tiempo, mis hermanos, Tony, Indiana, y yo, estábamos solos con mi madre en nuestra casa de El Bluff, una casa de madera y dos pisos. En la segunda planta estaban las habitaciones, tres en total. La casa quedaba frente a la bahía, al lado de la casa de mis abuelos maternos, Manuela y Felipe.

Recuerdo que mi abuela Manuela rezaba con un rosario, pero a mi abuelo nunca lo vi hacerlo, él se entretenía en otras cosas, principalmente en la bodega del patio de la casa y jalando agua del pozo tal como creo que lo he contado en el patio de mi abuela. Para la época de las purísimas, mi abuela se esmeraba en preparar su altar y celebrarla a lo grande porque casi todas las familias de El Bluff en esa época acudían a sus rezos. El entusiasmo y la alegría se apoderaban de mí en esa época, no por los rezos, sino por la tiradera de pólvora, cohetes, carga cerrada, buscapiés y triquitracas, todos estos de origen chino, importados desde la yunai, pero cuando llegaba el punto culminante del rezo bastaba una sola mirada de mi abuela para que entrara a su casa a rezarle a la virgen.

En nuestra casa se rezaba todas las noches. Mi hermano Tony y yo teníamos nuestra habitación, la de la parte posterior del segundo piso, la de Indiana quedaba en el centro y la de mis padres en la parte frontal de la casa desde donde se apreciaba desde las ventanas de vidrio el muelle de los barcos camaroneros, el muelle de la Texaco, la salida hacia la barra, la isla de miss Lilian, la isla del Venado y una parte de la bahía de Bluefields. Desde su habitación, mi madre, luego que hablamos cosas cotidianas, nos llamaba a rezar pero cada quién lo hacía desde su habitación, ya en pijama y listos para dormir, porque debíamos levantarnos muy temprano para tomar un barco pospos para salir hacia el colegio de Bluefields.

El ritual era siempre el mismo; persignarse, el padre nuestro, un dios te salve María, la petición de nuestros ruegos y la despedida con la oración del ángel de la guarda. Lo hacíamos todo en coro, siguiendo la voz de nuestra madre. La casa se inundaba con nuestras plegarias y, cuando había tormentas, de esas que poco se ven ahora, con truenos y relámpagos que iluminaban toda la habitación, no dejábamos de hacerlo pero nuestras voces eran opacadas por la incesante lluvia con sus gotas gigantes sobre el techo de zinc.

Las peticiones las hacíamos por turno, eso creo, pero nunca dejábamos de pedir por nuestro padre ausente, por el pescador, por el marino. Le pedíamos a Dios que le apartara las tormentas en la trayectoria de su faena de pesca, que la temporada fuera buenísima con muchas cajas de camarones para que las familias de los capitanes, wincheros, marinos y pavos, mejoraran sus condiciones de vida. Que los barcos no sufrieran desperfectos, que ninguno se enfermara y que todos regresaran sanos y salvos al puerto.

Luego nos quedábamos en silencio y despertábamos hasta que nuestra madre nos llamaba para que nos alistáramos para volver a surcar la bahía hacia la escuela. Al despertar, todo estaba en su lugar, el uniforme, los zapatos, las toallas y, luego del aseo y vestirnos, nos esperaba el desayuno en el comedor ubicado en la planta baja de la casa.

Los domingos íbamos a la misa que se celebrara en la capilla de El Bluff, la misma en la que se casaron nuestros padres. Eran tiempos de chavalos, inolvidables. Recuerdo que para recibir la comunión debía de confesarme con el padre Edwin, un gringo que por muchos años fue el responsable de la capilla. No tenía ningún pecado, pero me confesaba enumerando que había matado loras y pajaritos con un rifle de balín, que me había peleado con Lolo y con Martín (QEPD), mis vecinos, que no le había hecho caso a mi mamá, y sin pensarlo dos veces el padre Edwin me mandaba a rezar para quedar limpio de pecados.

Lo que más me gustaba de la misa era ver a las chavalas del puerto que vestían sus mejores trajes para la ocasión: a Teresita Gómez, aunque siempre supe que a ella le gustaba Tony, a Lesbia Brenes, bella, elegante con su porte de reina, a las gemelas chinitas, las del comedor que le llamábamos el comedor de Las Chinitas, a Francis Benavides y su hermana Rina, a Rosamaría, cuyos ojos me hipnotizaban, y a otras que la memoria no las atrapa del pasado. ¿Helen, ibas a Misa?
 
Con el tiempo me convertí en monaguillo por la insistencia de mi tía Merchú y en diversas ocasiones tuve que leer la palabra de Dios frente a los concurrentes de la misa con mis manos temblando, tal como me sucede ahora cuando tengo la ocasión irrefutable de enfrentarme al público.

En nuestros viajes de vacaciones a Utila, mi padre nos enviaba a la iglesia Metodista, la iglesia a la que pertenecía toda su familia. El culto era distinto pero principalmente porque era en inglés, porque lo otro, las plegarias y alabanzas era para el mismo Dios. Lo que más me gustaba era el Sunday School porque nos reuníamos con los amigos y amigas de Utila de nuestra época y ellas se mostraban graciosas con sus cantos y en las diversas actividades que se organizaban los domingos. Por las noches, mi abuela Hazel, desde su habitación, en la casa de Papú, mi abuelo Ernesto, era de madera con cuatro habitaciones levantada sobre pilares de madera, nos invitaba a rezar mientras el abuelo Ernesto y tía Natalia creo que lo hacían en silencio.

Con el paso de los años, ya grandecito, fui abandonando mi presencia de las misas. La más emotiva de todas las misas en que he participado, la que nunca en mi vida olvidaré, fue la misa campal que se celebró al anochecer en el cementerio de Utila cuando enterramos a White Bush Hill, mi padre. No pude rezar en esa ocasión, el dolor de perder a mi padre se apoderó de todos mis sentidos y no dejé de llorarlo hasta que mi hermana Indiana, su familia y yo nos quedamos solos y nos abrazamos cubiertos de dolor.

Aunque no esté en el lecho de mi cama siempre rezo por la noches y lo hago en silencio, solo para mí y el Señor. Mi mujer reza en su lado de la cama, con su rosario en la mano, y yo en el mío pero como no me escucha no cree que lo haga. El ritual sigue siendo el mismo que me enseño mi mamá: persignarse, el padre nuestro, un dios te salve María, la petición de mis ruegos y la despedida con la oración del ángel de la guarda. Ahora le pido a Dios que mis padres estén en su reino, iluminados por su luz eterna.

Hace unos años le escribí una carta al niño Dios porque me di cuenta que era necesario enviarle una cartita con mis deseos y motivar a mis amigos para que lo hicieran. Ahora mis peticiones se han ido acorralando a mi entorno. Rezo y le pido a Dios por mis hijos, por mis nietos y mis nueras, le pido para que les ayude en la lucha por la vida, que les alumbre el camino porque ya es poco lo que puedo hacer por ellos, le pido por mis nietos, por mis hermanos, por mis amigos de siempre cuando están enfermos o tienen problemas, le pido siempre un mundo justo.

Cuando rezo no hago peticiones materiales, la etapa de mi vida en la que luché incesantemente por tener algo material ya terminó, ahora le pido a Dios, a través de la bendita manía de rezar, por lo más prioritario que tenemos en la vida: salud, familia y justicia, aunque casi siempre los seres humanos tenemos que esforzarnos para lograrlo.

jueves, 20 de abril de 2017

TRES CHONTALEÑOS EN LA ESQUINA DE ERASMO


No podía creer lo que miraba, en mis años errantes no lo pude sospechar, pero por unos instantes me sentí hechizado. Desde que salí del hotel Caribean Dreams noté que el ambiente blufileño se me mostraba lóbrego, y por unos instantes, bajando hacia el muelle del mercado municipal, pensé que iba a ser un día lluvioso, de calles mojadas y encierro prolongado por las nubes oscuras estancadas sobre la bahía. Observe varias camionetas lodosas estacionadas en esa cuadra y recordé el movimiento de gente en el pasillo del hotel que entraba a sus habitaciones la noche anterior, y el tránsito de camiones por la carretera en construcción que trasladan toros y camionetas con tráileres ocupados por caballos durante la tarde que viajé desde Nueva Guinea a Bluefields.

“Mañana van a montar toros”, dijo uno de mis amigos que siempre visito. La mujer que me atiende con el desayuno lo confirmó. “Hoy hay montadera de toros”, dijo al servirme una taza de café acompañada con tortillas de harina cubiertas de mantequilla. “¿Va a ir?”, preguntó y luego de un sorbo de café le dije que prefería la tranquilidad de la playa. Terminé mi desayuno y caminé por las calles de la ciudad. Cuando llegué la esquina de Erasmo me encontré con el torrente de taxis que la saturan y que vuelven peligroso el cruce entre las aceras.

Vi a George en la esquina y crucé la calle. Le pedí que me lustrará las sandalias y me ofreció el banco para sus clientes. Quíteselas para no mancharle los pies, dijo. Le entregué la primera, la del pie izquierdo, y la quedó observando con detenimiento. ¿Con qué las lustra?, preguntó. Con Chinola porque me es más fácil, respondí. No lo vuelva a hacer, la Chinola mata el cuero porque tiene muchos químicos, dijo al abrir la lata de pasta café y comenzó a cubrirla de una capa delgada con sus manos gruesas.

Noté a dos hombres en la esquina que observaban a George, propiamente donde estaba el Alto cuando la calle era de doble vía. Uno de ellos se acercó y mostró sus botas de vaquero. Vestía de jeans y camisa manga larga a cuadros con una gruesa faja que en la hebilla mostraba los cuernos enormes de un toro. ¿Cuánto cobra por lustrarlas?, le preguntó. George se quedó pensativo sin dejar de cepillar la sandalia. Cien el par, dijo. El hombre no respondió y regresó donde su acompañante. George me volvió la mirada. Mucho cuero, mucha pasta, dijo. Está caro, pero nunca me las ha lustrado un negro, dijo el hombre que había mostrado sus botas. Date el gusto, respondió el otro regresando la mirada y noté que vestía similar pero llevaba puesto un sombrero.

¿Estás seguro que aquí es el mejor lugar?, pregunto el hombre de las botas. Aquí tiene que ser el desfile hípico, imagínate toda esta calle con el montón de caballos subiendo para allá —señaló hacia el antiguo cine Variedades— y con la bahía de fondo, con el montón de negros asustados de ver tantos animales de raza bailando al son de los chicheros, algo nunca antes visto en Bluefields, dijo extasiado el hombre de sombrero.

Deme la otra, dijo George tocando con el cepillo la caja de lustrar. Noté algo raro en su semblante y sus manos callosas temblaban.

¡Mirá, mirá, allá viene Joaquín!, dijo el hombre de las botas. ¡Y montado!, dijo el de sombrero. Volví la mirada. Un hombre vestido de vaquero, barbudo, con el jeans dentro de las botas y una tajona cruzada en su faja, se dirigió hacia la esquina.

¡Compadre Joaquín, andaba perdido!, dijo el hombre de las botas mientras el de sombrero se acercó al caballo y lo sostuvo de la gamarra porque el torrente de taxis que transitaban por la esquina lo arisquearon.

¡Aquí nadie se pierde, es más pequeño que Juigalpa!, dijo el hombre de la tajona bajándose del caballo. Anduve por el lado del parque y vi un montón de negras hermosas, lindas. Todas me quedaban viendo, agregó con tono de entusiasmo al pisar la acera.

El tránsito de vehículos por la esquina de Erasmo se atascó y el caballo inició a corcovear  porque los taxistas tocaban con intensidad la bocina de los carros y varios gritaban: ¡aparten el caballo! El hombre de sombrero lo jaló hasta subirlo en la acera. La gente que caminaba por la esquina se detuvo ante la presencia del caballo y se formó un tumulto de admiradores.

Hechizado lo observé. Se mostraba hermoso, un pura sangre español, un caballo Andaluz blanco con una alzada de más de un metro setenta; de cuello fuerte y arqueado, cubierto de una crinera larga y colgante; cabeza mediana, ligeramente convexa, cabeza de halcón; ojos vivaces; pecho amplio; grupa redondeada y potente. Su porte era el de un caballo orgulloso de armoniosas proporciones, un caballo dueño y señor de la esquina, provocando un contraste irreal, exótico entre el flujo de gente, sus voces altisonantes y los fuertes aromas de la calle caribeña.

George volvió a golpear la caja de lustrar y me volvió a la realidad. “Listo”, dijo y le entregué los veinte córdobas. Los tomó con su mano nerviosa y caminó, con el rostro brillando por el sudor que se discurría en su barba cana, hacia el tumulto de gente. “Move that fucking horse from the sidewalk”, gritó en inglés creole.

Los curiosos se apartaron como aguas bíblicas y George quedó solitario frente a los tres hombres y el caballo. “Quítenlo de la acera”, dijo en español. “La acera es para la gente, no es para animales”, agregó. ¡Sí, quítenlo!, gritó uno de los espectadores. ¡Quítenlo!, gritó otro. Los tres hombres no respondieron ni una sola palabra ante los gritos de la gente. El hombre del sombrero volvió a jalar el caballo y, haciendo señas a los conductores, cruzó hacía la esquina opuesta donde había menos gente.

El hombre de las botas se volvió hacia George. Estaba sorprendido por su reacción, lo siguió con la mirada hasta que se acomodó en la caja de lustrar y caminó hacia él. “Negro, le dijo, lústrame las botas”. George tomó sus trapos, el cepillo, la pasta y los introdujo sin prisa en la caja de lustrar. El hombre que llegó montado en el caballo caminó también hacia George. “Ya terminé de trabajar”, respondió George. “Dale Negro, lústranos las botas a los dos”, dijo el otro hombre. George tomó su caja de lustrar y su banco. “No me gustan las botas ni los caballos”, dijo y caminó con cierto orgullo en su semblante hasta perderse al doblar la esquina de Erasmo en dirección hacia la calle Paterson.

Al abordar la panga hacia la playa de El Bluff el cielo se había despejado. A mi izquierda, más allá de la punta de Old Bank, observé el destello de la pólvora sobre las casas y la línea de la bahía. “Ya comenzó la montadera de toros”, dijo uno de los pasajeros.

Nueva Guinea.
20 de Abril del 2017. 

sábado, 1 de abril de 2017

EL PRIMER DÍA DE ABRIL



El encanto del amanecer cubrió su rostro. Su apariencia se transfiguró por la luz de mañana, cubriéndola bajo el dintel de la puerta. Por unos instantes quedó inmóvil, iluminada por los primeros rayos del sol del primer día de Abril.

En sus ojos negros descubrí la belleza de la noche, y entre toda su hermosura, la gracia del día ruborizándose por el enrojecido cielo. Escuché su voz diciendo su nombre, el canto de una paloma en las altas ramas de los árboles de caoba, la música de una dulce melodía. De su sonrisa los destellos de luz irrumpen al amor, el contenido de todas las virtudes de su fascinante corazón.

Y en este primer día de Abril, los pájaros en bandada señalan el cielo, a mis oídos aburridos, a mis ojos cegados por nostalgia, que ella sigue conmigo, que su belleza está intacta, que irradia siempre cada uno de mis amaneceres.