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miércoles, 26 de julio de 2017

EL BRUJO DEL BLUFF

Al regresar de clases debía limpiar el corredor de la casa de mi abuela; primero sacudía las mecedoras, las dos ventanas del frente y el swing. Después barría y lampaceaba el piso de ladrillo rojo. Siempre lo hacía por las tardes porque por las mañanas iba a estudiar a Bluefields. No recuerdo si estaba barriendo o lampaceando, pero él llegaba todas las tardes. Lo miraba encaminarse por el lado del cementerio de la Iglesia, después de salir del barrio en que vivía y cruzaba la carretera de piedra en dirección a la casa. Saludaba a mi abuela y se sentaba en el corredor con sus piernas colgadas del piso, golpeando el muro con la suela de sus zapatos tenis. Allí, sentado en el piso, lo miraba de espalda como un hombrecito perezoso, sin ganas de hacer algo, ni siquiera hablaba, pero estaba atento a la gente que caminaba por la carretera en dirección a la Iglesia, la cancha de básquet, las cantinas o hacia la planta de la Booth.

Mi abuela regresaba a sus quehaceres después que lo saludaba. Yo seguía en mis labores y nunca me cruzaba palabras, sólo me quedaba viendo de lado, a su izquierda y a su derecha, de arriba abajo, y de abajo a arriba desde el piso donde estaba sentado. Yo en esos tiempos era chavala, cursaba el segundo año en el Instituto Cristóbal Colón. Lo recuerdo porque fue en ese año que comenzamos a usar el uniforme con una falda cuadrada color café, similar a la falda irlandesa llamada Kilt que usan los hombres de esas tierras. Regresaba a la casa y lo primero que hacía era cambiarme el uniforme por un short cortito que usaba al igual que todas las chavalas de mi edad. El hombrecito me miraba girando la cabeza con sus ojos gatos brillantes y con sus manos se sobaba la barba larga y canosa, sobresaliéndole las uñas larguísimas de sus dedos meñiques. Su mirada era rara, profunda y perdida como si estuviera ausente, pero cuando alguien pasaba por la carretera o mi abuela, mi prima o mi primo salían al corredor, el dejaba de hacerlo y se reía solo.

Nunca me dirigió una palabra, nunca me dijo ¡Hola María del Carmen!, ni siquiera cuando visitaba a Lastenia, su hija. Éramos compañeras de clases y viajábamos en La Lesbia, la lancha que nos llevaba a Bluefields y en la que regresábamos a El Bluff después de clases. Terminaba mis quehaceres y pedía permiso para ir donde ella por el mismo camino en que él aparecía, dejando a mi izquierda el cementerio para dirigirme a su casa. Era una casa de minifalda, con una sala comedor y tres habitaciones, una de su mamá y él, otra de sus tres hermanos y la de Lastenia. En la parte posterior de la casa, debajo de unos palos de coco, de mango y marañones había una perrera donde mantenían amarrados tres perros y habían construido tres cuartos que le alquilaban a unas mujeres misquitas que habían llegado al puerto. Hacíamos las tareas entre las dos y luego, cuando aún era temprano, íbamos a la ensenada que quedaba frente a la casa desde donde disfrutábamos la brisa marina que nos llegaba de frente, observábamos el faro, los barcos que navegaban por el canal en dirección al río Escondido y la playa de El Tortuguero. Un día se nos hizo tarde por estar viendo subir un bote en la playa y, al regresar a casa de Lastenia, él estaba esperándola enfurecido. “Chavala desgraciada, chavala vaga, cuántas veces te he dicho que no salgas de la casa”, le dijo con un chilillo en la mano. Me dio un gran temor que salí corriendo hacia mi casa, sin despedirme de Lastenia. Desde el camino escuché su llanto.

No volví a visitarla hasta muchos años después, pero aprovechábamos la hora del viaje de ida en el barco para revisar las tareas aunque ella siempre se encontraba apenada y con una profunda tristeza. Siempre pensé que su timidez era natural, que era parte de su carácter de chavala, pero desde la vez que lo vi con el chilillo y escuché su llanto supe que era debido a él. Nunca le hice comentario sobre lo sucedido ni ella a mí.

Lastenia llevaba una vida miserable por culpa del maltrato que le daba a tal grado que dejó de hablarle a Mansel, un muchacho estudiante que la cortejaba en los viajes y terminó siendo su novio. Alguien le llegó con el chisme y la obligó a que dejara de hablarle. Estaban enamorados, yo lo sabía, con sólo verla se notaba en sus ojos una chispa de alegría cuando estaban juntos. Mansel no se dio por vencido, se las ingeniaba para verla: una noche se escabulló entre los arboles del patio de la casa y lo descubrió por el alboroto que armaron los perros que soltaba al anochecer. Sin bastarle eso, ahuyentarlo con los perros, lo sentenció frente a la casa de sus padres. Mansel dejó de viajar en el barco y de asistir a clases. Después me di cuenta que había enfermado, que su mamá lo había llevado donde todos los médicos de Bluefields y no lograron que el pobre pudiera hacer sus necesidades fisiológicas casi un mes después de pasar todos los días en el intento. La pobre mamá de Mansel y toda su familia estaban desesperados. A mí me contó una prima que el pobre pasaba largas horas sentado y quejándose en el inodoro, y que una vez lo vio con unas inmensas ojeras, flaco pero reflaco, con el estómago crecido de tanta cochinada retenida por más de un mes. Tal era la desgracia del pobre que no podía defecar pero el apetito lo mantenía hambriento, devoraba como enloquecido todo lo que fuera comida. Desesperada la mamá de Mansel, por consejo de sus amigas Blofeñas, hizo un viaje hasta Raitipura en la Laguna de Perlas donde un Sukia le preparo una contra para liberar al pobre de la brujería que sufría y que todos en el puerto a él le achacaban. Por temor a que le sucediera algo peor sus padres lo mandaron a estudiar a Chontales. Desde entonces Mansel no pone un pie en El Bluff, si lo hace le da un hambre feroz, deja de defecar y se le hincha el vientre de cochinadas.

Fue entonces cuando me di cuenta que el papá de Lastenia hacía brujerías. Sentí un enorme temor y cada vez más compasión por ella. Cuando miraba que cruzaba la carretera para dirigirse a sentarse al corredor, dejaba de hacer mis quehaceres y salía corriendo hacia el cuarto con desesperación, el cuerpo me temblaba de miedo. Al verme mi abuela en ese estado le tuve que contar la forma en que me miraba y ella se encargó de que no siguiera llegando al corredor de la casa. ¡Por favor no regrese a mi corredor! ¡No me gusta como mira a María del Carmen!, le dijo.

Siempre pasaba a la misma hora. Salía por el mismo lado, detrás de la iglesia, del lado del cementerio, caminaba por la carretera, cruzaba el cine y se iba a sentar a las gradas del dispensario sin volver a ver la casa. Siempre estaba solitario; desde allí miraba pasar a la gente y jugar a los chavalos basquetbol y voleibol en la cancha. Sus hijos varones también jugaban con los otros chavalos del puerto, pero les daba una vida de constantes reprimendas, una vida de militar como la que él tuvo cuando fue miembro de la Guardia Nacional.

No sé exactamente de donde era originario pero mi tío José un día comentó, unos días después que mi abuela lo corrió del corredor, que desde joven se había metido a la guardia. En esos años, con tanta pobreza que había y tan pocas oportunidades para salir adelante en la vida, ser miembro de la guardia era una alternativa para sortear los obstáculos que debemos enfrentar. Y por eso resultó sirviéndole la comida a los guardias y a los presos de la loma de Tiscapa. Cuántos años estuvo allí no sé, pero fueron varios haciendo lo mismo y poco a poco, los males a todos se nos pasan, le fue cogiendo gusto a eso de maltratar a los presos. Les tiraba la comida, les gritaba obscenidades y así siguió actuando hasta que se involucró en las torturas. No me gusta decirlo, te lo confieso, pero ya que te interesa tanto te dejo claro que fue por otras personas que escuche decir que a los presos les hacía barbaridades: le encantaba sacarles las uñas de los dedos de la mano, por eso creo que él se las dejaba crecer para no olvidarlo, mezclaba la comida para los presos con sus propias heces y orina, les propiciaba choques eléctricos y hacía las veces de odontólogo con alambres y punzones hasta que se desmayaban. Fueron tantas barbaridades que se prestaba a hacerles que los propios jefes se lo prohibieron porque pensaban que estaba fuera de su cabales. Por esa abstinencia de torturas trató de fugarse de la loma de Tiscapa saltando un muro hasta caer en las laderas de la laguna, pero los guardias lo buscaron al darse cuenta y lo atraparon. Los encarcelaron y estuvo preso varios meses. Privado de sus fechorías, en la soledad su celda daba gritos de día y de noche hasta que el propio Somoza tuvo que intervenir. El general se apiadó del pobre y como en la mayoría de los casos que enfrentaba de guardias mal portados y delincuentes, lo trasladó al Bluff, la última península de la Costa Atlántica habitada, como castigo.

Se presentó al cuartel de la guardia con su hoja de traslado sin que señalara los motivos pero los oficiales tenían información de la prenda que les enviaban. Le asignaron el cargo de asistente de cocina porque no sabía nada de mecánica, oficio tan necesario para mantener brillantes los motores de los guardacostas que casi siempre permanecían atracados en la parte del muelle asignado a ellos y que todos llamaban el muelle de los guardacostas. Un mes después de su llegada mandó a traer a su familia y construyó, poco a poco, la casa que ocuparon de por vida al otro lado del cementerio. La maña de las torturas no se le quitó, pero debido a que en el puerto nunca había prisioneros, la practicaba con perros vagabundos que atrapaba en el mini mercado de doña Bernarda Rocha, ubicado al bajar las gradas, detrás de cuartel. Al teniente Sandino no le gustó ver las barbaridades que les hacía y le dieron de baja definitiva.

A sus hijos varones les procuraba entrenamiento militar en la playa de El Tortuguero. Los hacia correr con palos en el hombro hasta Falso Bluff dos veces por semana y les decía “mis combatientes”. Eran tan estricto con ellos que desde el andén del dispensario los vigilaba mientras jugaban en la cancha con sus amigos del puerto. Una vez finalizado los juegos salían disparados hacia su casa. Una vez que llegaron a adolescentes, uno por uno se fueron de la casa, abandonaron El Bluff y se fueron a otros países en busca de mejores horizontes llevándose a su madre mientras que Lastenia permanecía sola con él.

Fue en esos años, ya más viejo y retirado de la guardia, que su fama de brujo creció en el puerto. Las dueñas de burdeles y cantinas de El Bluff eran parte de su clientela porque le pedían sus oficios para mejorar los negocios. Para ello, el hombrecito de ojos gatos y barba larga canosa, vestido con un overol azul y calzando sus zapatos tenis, se levantaba de las gradas del dispensario y caminaba hacia el Vietnam por el lado de la casa de don Chon Benavidez. La dueña lo esperaba con lo que necesitaba para hacer el riego de la prosperidad: cuatro velas verdes, agua mineral, una regadora, cerveza, esencia de ruda, agua de coco y miel. Con estos ingredientes el hombrecito mezclaba en la regadora un litro de agua mineral, agua de coco, una cucharadita de miel y un vaso de cerveza. Después de batirla le echaba a la regadora la esencia de ruda. Con ese brebaje comenzaba a regar la puerta el local desde dentro hacia fuera y cuando terminaba encendía en la puerta de entrada las cuatro velas verdes formando los puntos cardinales (Norte, Sur, Este y Oeste) y las dejaba arder hasta que se disipaban. ¿Qué cómo lo sé? Era conocido por todos los Blofeños porque el hombrecito hacia lo mismo en todas las cantinas y putales los días viernes al mediodía. Y le daba resultados porque hervían de hombres todos los días. A las mujeres les enseñó cómo atraer clientes y la práctica más difundida entre ellas era la oración del puro.

Todos estos favores que le hacía a los prostíbulos, cantinas y mujeres le fueron bien remunerados, pero también tenía la simpatía de los marinos y pescadores porque les hacía el ritual del amarre para que sus mujeres no les fueran infieles durante la ausencia. Les daba resultados porque, cuando los marinos mercantes volvían al puerto, pasaban en dirección a la casa del hombrecito con paquetes y regalos. Los pescadores también eran generosos con él porque lo miraba pasar para su casa con gajos de pescados, langostas y cajas de camarones que le regalaban en el muelle de los barcos pesqueros de la Booth.

Con sus hechizos y brujerías prosperó en el puerto a tal grado que por su popularidad entre los necesitados de brujerías, le llegaban clientes desde Bluefields. Los bluefileños, mestizos y creoles, dejaron de requerir servicios de los Obeah Man que vivían en los barrios creole de la ciudad como Old Bank, Cotton Tree y Beholden, y poco a poco estos se fueron quedando sin empleo por la fama que tenía. Los vientos del sur también llevaron los rumores de sus buenos oficios a las comunidades de la cuenca de Pearl Lagoon, principalmente Tasbapounie, Kakabila y Raitipura, donde los Sukia fueron perdiendo su clientela histórica. En tiempos de su auge se miraba caminar gente extraña por el andén de El Bluff que se dirigía hacia su casa ubicada al otro lado del cementerio. Pero como en esta vida la prosperidad de unos es mal vista por otros, los Sukia y los Obeah Man unieron fuerzas y destrezas para contrarrestar su popularidad mediante conjuros que deshabilitaron la eficacia de los rituales que le hacía a sus clientes, le iban quitando vida y en menos de un año se convirtió en un viejito enclenque que solamente podía caminar con un bastón.

Todo ese tiempo Lastenia se encargó de cuidarlo, nunca lo abandonó, pero llegó un día en que ya no pudo soportarlo. Fue cuando Lastenia se presentó en la casa de mi abuela preguntando por mí, muchos años después de aquellos tiempos en que viajábamos como estudiantes a Bluefields. Salí al corredor y allí estaba ella con los ojos rojos, demacrada y enflaquecida que casi no la reconozco. Me puso al tanto de lo que le sucedía y me pidió que la acompañara a su casa. Sentí tanta pena y compasión por ella que me vestí apropiadamente y partimos juntas en la oscuridad por el trecho del camino pegado al lado del cementerio.

Al cruzar el umbral de la puerta sentí un ambiente espeso, sofocante, impregnado por el aroma del alcrebite quemado, la bujía de la sala se apagaba y encendía sin que nadie tocara el interruptor y comencé a escuchar lamentos provenientes de una de las habitaciones. Seguí avanzando detrás de Lastenia y cuando ella abrió la puerta de la habitación allí estaba él en una cama. La bujía de la habitación también se apagaba y se encendía sola al igual que la de la sala y en esa intermitencia de luz lo fui observando. El hombrecito había enflaquecido tanto que era un costal de huesos, había perdido el cabello, la barba de antes era una hebra larga de pocos pelos, sus ojos gatos estaban apagados y observaba fijamente el techo, todo en él se había desvanecido menos las uñas de sus dedos meñiques que le habían crecido tanto que así acostado en la cama se extendían más allá de sus pies descalzos. Lastenia le habló y el comenzó a respirar afanosamente como ahogándose en el  intento e inició a quejarse cada vez más fuerte sin mover ni siquiera los pies hasta que los quejidos se convirtieron en gritos de horror que se elevaban en intensidad siguiendo el ritmo del destello de la bujía al encenderse y bajaban al apagarse. No pude soportarlo y salí corriendo de la habitación y fue allí cuando me di cuenta que los perros aullaban fuera de la casa siguiendo en sintonía los gritos espantosos que el daba dentro de la habitación. Salí al patio y vi que los vecinos se encontraban afuera de sus casas impresionados por lo que sucedía.

Lastenia dijo que ya no sabía qué hacer, que llevaba tres meses de día y de noche en esa situación y que los vecinos estaban enojados porque no los dejaba dormir. Traté de calmar su angustia y una de las mujeres misquitas, inquilina de uno de los cuartos, dijo que eso sucedía porque le habían hecho una brujería, un maleficio de venganza y que ella conocía a un Sukia de Puerto Cabezas que podía liberarlo. Entre los vecinos y la misquita logramos convencer a Lastenia de sacarlo de la casa para ubicarlo en uno de los cuartos que estaba desocupado y así ella podría descansar hasta que la misquita diera con el Sukia de Puerto Cabezas y lo liberara de esa inconclusa agonía. Regresé a casa y puse al tanto de los que sucedía a mi abuela y al tío José. Logré que me dieran permiso para acompañar a Lastenia un rato por las noches y así lo hice hasta el día que la misquita apareció una tarde con el Sukia de Puerto Cabezas.

El Sukia lo auscultó en el cuarto que ahora ocupaba y nos permitió, a Lastenia y a mí, que lo acompañáramos. Le quitó toda la ropa hasta dejarlo desnudo y comenzó a limpiarle el cuerpo con un trapo humedecido en una pana que contenía alcohol y unas pelotitas de alcanfor. Le ayudamos a girarlo y quedé horrorizada cuando vi la punta de sus vertebras casi por salirse de la piel. Al terminar lo volvimos a colocar boca arriba, lo vestimos y le sujetamos las manos y los pies con un mecate por instrucciones del Sukia. Así, con una tijera bien afilada, el Sukia comenzó a cortarle pedacito por pedacito cada una de las uñas mientras él daba alaridos espantosos cada vez que la cortaba, desprendiendo con cada trozo un emanación igual a la del cabello quemado. Dos horas después el Sukia dijo que estaba sin fuerzas y debía descansar para esperar y ver como respondía a su cura, a mi mano, dijo, y la misquita lo llevó a su cuarto de alquiler para que descansara y se alimentara. Yo seguí al lado de Lastenia que estaba sin fuerzas, desesperada y con un rosario en sus manos rezaba pidiendo por su padre.

Ya entrada la noche, a eso de las siete, comenzó nuevamente la agonía desesperante. El Sukia acudió al cuarto y estuvo solo con él por un rato. Luego llegó a la casa donde nosotras estábamos con un saco en sus manos y dijo que tenía que visitar el cementerio. Lastenia se puso histérica, decía que para qué, que no entendía lo que el Sukia quería hacer con su padre y la misquita le explicó que el Sukia iba a ponerle fin a la agonía, que lo liberaría de los malos espíritus que se habían apoderado de su padre y para lograrlo debíamos hacer lo que nos indicaba.

La mujer misquita marchaba adelante alumbrado el camino con una linterna, la seguía el Sukia y nosotras atrás de ellos. Entramos por el lado sur. Al pisar el camposanto el Sukia habló con la misquita y nos dijo que necesitaba encontrar dos tumbas, la más antigua y la más reciente. No tardamos mucho tiempo en encontrarlas pues tanto Lastenia como yo conocíamos muy bien la ubicación por el hecho de ser un lote de terreno pequeño. En cada una de ellas el Sukia se arrodilló frente a las lápidas, tomó tierra con grama de sus cuatro lados depositándola en el saco hasta llenar tres cuartas partes del mismo y dijo que regresáramos.

En el cuarto los gritos eran intermitentes como el destello de las luces, se elevaban en intensidad al encenderse la bujía y disminuían al apagarse en cuestión de segundos. Los cuatro estábamos de pie observándolo. El Sukia dijo que debíamos desnudarlo nuevamente. Lastenia procedió a desvestirlo mientras el Sukia formaba una cruz con la tierra y grama del cementerio en el centro del cuarto, encima acomodó la ropa que se le quitó y le pidió gasolina y fósforos a la misquita. Lastenia comenzó a llorar y temblaba por el temor a lo que desconocíamos y que estaba por suceder. Al verla en ese estado me acerqué a ella y nos abrazamos. La misquita regresó con un recipiente y los fósforos. El Sukia regó con combustible la ropa amontonada sobre la cruz de tierra y encendió un fósforo. El tiempo se detuvo y, mientras la bujía se apagó por una milésima de segundo, vi el destelló del fosforó encendido que caía girando lentamente en dirección a la cruz de tierra con la ropa. Al hacer contacto hizo una explosión que reventó en miles destellos azules y desprendió una humareda pestilente que se apropió del cuarto junto con los gritos de desesperación que el hombre pegaba desde su lecho agonizante. La luz de la bujía aceleró su intermitencia, los perros aullaban como enloquecidos alrededor del cuarto y el Sukia hacía invocaciones en su lengua con los brazos elevados sobre la humareda. Volví la mirada y vi que de los ojos del hombrecito corrían lágrimas mientras la humareda se disipaba, la intermitencia de la bujía se detenía junto con los aullidos de los perros y el aroma de alcrebite desaparecía. Lastenia corrió al lado de su padre y se arrodilló en su lecho, vi que murmuró unas palabras, dio un suspiro profundo y dejó de respirar.

Al día siguiente lo sepultamos en el cementerio, detrás de la capilla de la iglesia. Fue un sepelio lúgubre en el que solamente unos cuantos vecinos acompañaron a Lastenia. Siempre le seguí haciendo compañía y un día le pregunté sobre las palabras que su padre murmuró antes de ser liberado de la brujería que le habían  hecho. “Perdóname hija, perdóname por toda la familia para descansar en paz”, eso dijo Lastenia que habían sido sus últimas palabras. 

Con el paso de los meses Lastenia se fue recuperando poco a poco, había ganado unas libras de peso y en su rostro se notaba la paz que había alcanzado. Nunca se casó, sus últimos años lo vivió en soledad en la casa donde una noche vi a un Sukia liberar a su padre, al brujo del Bluff, de una agonía interminable.

26/07/17