jueves, 30 de mayo de 2013

EL DÍA DE MI MADRE

Mi madre se elevó a los cielos sin una cana, sin una arruga, llena de vida. Inconsciente en una cama, sosteniéndole la mano le dije que la quería, que despertara, que perdonara mis estupideces infantiles, que era lo mejor del mundo y que sin ella todo acabaría. Al salir de la habitación, con lágrimas en los ojos mi padre me abrazó y sellamos el dolor de nuestro destino sin ella. Dos días después recibí su llamada. “Se ha ido”, dijo. Y cada día desde entonces, está presente en el aire que respiro.

Hoy es su día, el de mi madre. Y la veo sonriente, despertándome cada día muy de mañana para desayunar y poder tomar a tiempo el barco que me cruzara por la bahía. En las fotografías del pasado su bella letra describe cada uno de los momentos que quedaron grabados para siempre. “Ronald, tres meses. Para White Bush, su papi que lo quiere mucho”. “Ronald, Tony e Indiana, navidad de 1962”. Y otras, muchas más que recogen los momentos que disfrutamos a su lado: piñatas, navidades, primera comunión y al final al lado de mis hijos, sus nietos y de los hijos de mis hermanos.


Nunca dijo adiós. Nunca hubo despedida. Mi madre, Ofelia, está en mí, en mis hermanos, en mis hijos, en mi hija y en mis nietos.

martes, 28 de mayo de 2013

¡WAS BOSAWAS!

Río Bocay, cerro Saslaya y río Waspuk en el pasado formaron lo que fue una reserva de la biosfera llamada BOSAWAS. Herida a muerte, el daño queda impune. Los dividendos, los profits, se consumieron. Los territorios indígenas titulados fueron engañados, el engendro corruptor inmerso en su propia ley. ¡Was Bosawas! Un gobierno propio, otro engendro a la venta que desbocara en un distrito manoseado por los mismos depredadores.


lunes, 20 de mayo de 2013

EL ANCIANO DE LA CHAMPA INCONCLUSA


La carretera de macadán hacia Nueva Guinea partía en dos la finca Mokorón que albergaba a cincuenta familias evacuadas desde las profundidades de la montaña y, donde antes predominaba el verdor de los pastos, el plástico negro sobresalía desde la distancia. Mi labor consistía en realizar una inspección de los asentamientos porque en los medios internacionales eran denunciados como campos de concentración.
A tempranas horas sostuve una reunión con el responsable del asentamiento. Me facilitó los nombres y apellidos de los evacuados, el nombre de sus comunidades de origen y los bienes que habían logrado salvar; unos tenían cerdos y gallinas, otros unas pocas vacas pero la mayoría llegó sin nada más que su propia vida. Luego hice el inventario de los alimentos y enseres domésticos que tenían para garantizarles alimentación así como sus requerimientos para tres meses y, al concluir, salí a constatar las condiciones en que se encontraban las familias.
Los hombres y las mujeres estaban atareados; armaban la estructura de las champas con madera rolliza, clavándola hasta formar dos triángulos unidos de sus ángulos superiores por largos troncos que enlazaban con otros de menor tamaño de sus lados laterales para cubrirlos con el plástico negro.
En el recorrido encontré a un anciano sentado en un tronco frente a una champa inconclusa.
    ¿De dónde viene? —le pregunté.
    De El Delirio —respondió con una sonrisa.
Era su comarca, su lugar, su hogar y por sólo el hecho de nombrarlo su rostro se iluminó. Simplemente por eso.
    Estaba cuidando cerdos —explicó.
    ¿Cerdos? —pregunté sin ponerle mucha atención porque la labor de los otros me atraía.
    Sí, los engordaba con yuca y guineos. Fui el último en salir de El Delirio.
Me fijé en su barba larga y cabello blanco, sus ojos eran azules como los de un norteño, sus cejas gruesas y plomizas, calzaba botas de guardia y vestía de jeans con camisa manga larga.
    ¿Qué tipo de cerdos?
    De varios —dijo acariciándose la barba con su mano izquierda—. Tuve que dejarlos en la parcela.
Observaba a los hombres de los lados afanados en la construcción de las champas con ayuda de las mujeres. El responsable del asentamiento estaba a mi lado. Al fondo, en lo alto de un cerro, los milicianos hacían excavaciones para atrincherarse de día y noche en sus horas de posta.
    La contra nos anda merodeando —dijo el responsable cuando notó que los miraba.
Debía dormir esa noche en el asentamiento y partir al día siguiente hacia otro ubicado cerca de Nueva Guinea.
    ¿Cuántos cerdos eran? —pregunté.
    Nueve, tres curros y seis chapiollos, de esos que son picudos y no se sabe qué sangre tienen —contestó mirando fijamente al responsable.
    ¿Y tuvo que dejarlos en la parcela?
    Sí, por la artillería, por los cohetes que caían haciendo grandes huecos el teniente me dijo que no había tiempo, que debía apurarme para alcanzar el camión.
Los niños y las niñas corrían en los alrededores, jugaban y gritaban en ese mundo gris que los mantenía a salvo.
    ¿Y no tiene familia? —le pregunté mientras observaba a cinco campesinos que arreaban varias vacas en dirección contraria al cerro donde estaban los milicianos.
    No —dijo —, a nadie, soy sólo, mi patrona ya falleció.
    ¿Y qué bando le gusta?
    Ninguno, no me interesa la política, vea a lo que nos han llevado. He andado largos caminos, tengo setenta años y creo que ya no puedo seguir más.
    ¿Y la champa?, ¿cuándo la termina?
    Ellos me van a ayudar cuando se desocupen —dijo señalando a los vecinos.
Me despedí del anciano y seguí recorriendo el asentamiento. Por la noche se realizó una reunión con los representantes de cada comunidad evacuada para conocer la problemática que enfrentaban. Dormí en una hamaca colgada en el corredor de la casa hacienda y a las tres de la mañana me despertó el sonido de las ráfagas de los fusiles que escuchaba en los alrededores, más allá del cerro.
Cuando aclaró el día me dijeron que no había bajas que lamentar, pero al recorrer el asentamiento constaté que el anciano de barba blanca y cabello largo había desaparecido con las dos familias que estaban ubicadas a los lados de su champa. “Se fue con la contra, lo vinieron a buscar”, dijo el responsable cuando pregunté por él.
Era un día soleado, el resplandor del sol sobre la copa de los árboles se filtraba a ambos lados de la carretera y, en el trayecto hacia “El Níspero”, no dejaba de pensar en la suerte del anciano y sus nueve cerdos.

Viernes, 17 de mayo de 2013
 

viernes, 10 de mayo de 2013

UNA PAUSA POR LA SALUD DE MI ALMA


El que escribe necesitar con urgencia someter ante otros su trabajo. Yo lo hago aunque no esté seguro si soy lo suficientemente bueno para que aparezcan publicados en las páginas culturales de los periódicos. Siempre los envió aun cuando los publico en mi blog porque estoy seguro que al hacerlo me desarrollo en el arte de escribir. Sin embargo, cuando lo hago puedo oler el peligro, palpar el riesgo del fracaso y me siento vulnerable. Tal vez me he convertido en un cínico por hacerlo muy seguido o quizás me he quemado demasiado. ¿Cómo escribir de tal forma que no se agote la creatividad, que no se apague la llama de la inspiración, que la escritura sea un regalo y no una tarea más?

Escribo todos los días. Siempre someto mis escritos. Escribo de la mejor manera posible pero de ahora en adelante dejare de hacerlo dos veces a la semana. No más escritos, no más cuentos, no más relatos, no más envíos ni publicaciones en mi blog. Mis envíos serán para mí,  para descansar, pasar tiempo con mi familia, mis nietos. Comeré, beberé y disfrutare la vida que hasta hoy he dado a través de mis envíos.

Vivo en el trópico húmedo, en Nueva Guinea, uno de los municipios más fascinantes de Nicaragua. Llueve nueve meses al año y tres son secos, sin una gota de agua. Me acompañan días lluviosos, atardeceres soleados, las fases del ciclo agrícola con sus encantos y desencantos como espejo de la vida misma.

Escribo todos los días para publicar mis escritos y someterlos a otros. Lo hago porque soy escritor y porque los escritores escriben para otros. Dos veces a la semana dejare de hacerlo, de someter mis escritos y de preocuparme por la publicación de ellos.  En cambio me someteré a descansar, no escribiré y si lo hago, no lo haré para otros. Lo haré para mí mismo y por la salud de mi alma. Es una pausa y de ella cosechare abundancia para seguir adelante.

Viernes, 10 de mayo de 2013

martes, 7 de mayo de 2013

BLUEFIELDS ADORMECIDO


A las ocho de la noche las calles de la ciudad de Bluefields están desiertas, la aglomeración festiva de sus habitantes en las esquinas ha desaparecido, los taxi son escasos, los billares, bares y restaurantes están vacíos. El ruido de las discotecas no se escucha. La fiesta provocada por las rocolas de los callejones que abren paso a la bahía ha concluido. Las casas parecen deshabitadas, sus puertas y ventanas están cerradas y solamente se escucha el sonido del televisor encendido. El parque Reyes está desolado, los novios y amantes ya no lo frecuentan. La música de las casas de los barrios creole que alegraban las calles ha enmudecido. El destello intermitente de las luces emitidas por la camioneta azul celeste ahuyenta a los atrevidos que se reúnen después de las nueve de la noche en las aceras frente a los corredores de sus casas.

Durante el día se observa el movimiento de la gente por las calles en sus gestiones cotidianas, pero sus rostros muestran el cambio: las sonrisas y abrazos efusivos, la algarabía del encuentro entre amigos, las carcajadas y gritos expresivos se han esfumado. Las tiendas, casas comerciales, pulperías y ferreterías abren sus puertas a la espera de clientes. La música reggae o corridos mexicanos emitida por los taxis en su recorrido casi no se escucha. Los gritos de los vendedores ambulantes de mariscos, carne de tortuga y pattie son escasos.  

¿Dónde está el espíritu festivo de los Bluefileños?, ¿qué se hizo la alegría de vivir la vida?”, le pregunté a mis amigos. “Estamos hechos papillas, bienvenido a la nueva realidad de Bluefields”, respondió uno de ellos. “Hay escasez de agua potable, el costo de la vida es uno de los más alto del país, no hay fuentes de empleo e ingresos, el costo del transporte acuático en incosteable, la tarifa eléctrica todos los meses va en aumento y la lucha frontal contra la delincuencia nos mantiene temerosos”, agregó con pesadumbre.

Visité varias casas comerciales y tiendas del centro de la ciudad. Pregunté por el comportamiento de sus ventas. “Se han caído en más de un treinta por ciento”, respondieron todos. “¿Desde cuándo?”, volví a preguntar. Los propietarios, con dudas en el semblante, respondieron: “hace más de dos años”. Insistí sobre el problema con mis amigos Bluefileños y pregunté si la nueva realidad era producto de la lucha contra la delincuencia organizada, el narcotráfico y el lavado de dinero. “Se acabó la burbuja blanca”, se atrevió a asegurar uno de ellos

Otro amigo, dueño de un negocio, al comentarle lo de la burbuja blanca, lo negó rotundamente: “si acepto ese argumento es como decir que en mi negocio yo lavaba dinero proveniente de las drogas”, dijo un poco molesto. “No digo que la lucha frontal contra las drogas, el desmantelamiento de los cartelitos en la zona, no haya influenciado en esta situación, pero la droga sigue manteniendo la vida en los barrios”, aseguró. “La economía se nutre de la piedra”, agregó y explicó su argumento.

En Bluefields existen más de cuatrocientos pedreros, sobreviven de la chamba, hacen de todo para asegurar veinte pesos por la mañana y veinte por la tarde, además de robar lo que encuentran mal parqueado para venderlo. Con eso compran su piedra y pasan el día ambulando por las calles. En los barrios se fábrica la piedra, principalmente son mujeres las dedicadas a ello. ¿De dónde obtienen la materia prima?, no hay respuesta, pero cada mujer tiene a su alrededor un promedio de ocho vendedores que ganan por comisión. Los fuma-piedra son el sustento de la economía de esas familias y las pulperías los abastecen de los productos básicos que compran en las distribuidoras. Es la economía de la piedra la que los mantiene vivos y, a otros, casi la otra mitad, las remesas familiares. “¿Y la autonomía?, ¿y el desarrollo?”, pregunté. “Regresa en mayo y te vas a dar cuenta, vas a ver lo que se hace con autonomía, el tululu, otras conmemoraciones y promesas”, respondió.

Bluefields ha perdido brillo, su embrujo caribeño ha desaparecido, se encuentra adormecido mientras miles de sus habitantes viven en pobreza y en la hoguera de las drogas. La realidad se muestra parcialmente en los medios locales, priorizan la nota roja con sus balaceras, puñales ensangrentados y rencillas estériles, olvidándose de su rol social y el poder que tienen para avivar y despertar de su letargo a los pobladores de la ciudad más emblemática del Caribe Nicaragüense.

06/05/2013

viernes, 3 de mayo de 2013

RESCATE EN LA TROCHA DE BLUEFIELDS


En una hondonada, sin poder avanzar ni retroceder, frente a la última subida a vencer para llegar a San Pancho o Kukra River, nos quedamos atascados. El jeep Land Rover, luego de varios intentos frustrados, no logró subir la cuesta. Un río de agua se desprendía desde la cúspide abriendo surcos lodosos por la corriente en el camino barroso y la lluvia nos mantuvo retenidos dentro de la cabina, inmersos en la incertidumbre.

Antes de llegar a Naciones Unidas una llanta trasera fue devorada por el filo de una piedra; el tiempo que invertimos en cambiarla, más de media hora, marcó la diferencia entre un viaje placentero y uno infernal. “Regresemos a Nueva Guinea”, le dije a Jimmy Downs quien conducía. A su lado iba Tina, su esposa, en la parte de atrás Alberto Chang, su esposa Zoraida y yo. “Más adelante no hay piedras, es una trocha veranera”, respondió. Llamé por teléfono a mis amigos de Bluefields para decirles que si no llegábamos a las tres de la tarde es que nos habíamos quedado en el camino. “Plan Rescate, le voy a avisar al Ranger”, respondió Johnny.

La llanta que cambiamos estaba baja y en Naciones Unidas la rellenamos de aire. Preguntamos por las señas del camino y nos indicaron que no tomáramos un tramo de la derecha, “todo a la izquierda”, nos dijo un muchacho. Avanzamos unos doce kilómetros revestidos de todo tiempo, donde se observa el trabajo de cunetas y alcantarillas que realiza un módulo de construcción escuálido, sin la cantidad de equipos necesarios para avanzar en la obra, parqueado e inactivo al lado del camino. Unos pocos kilómetros más adelante avanzábamos sobre la trocha veranera sin revestimiento y pasamos una brigada de ENATREL que instala postes con un camión pesado y el cableado de fibra óptica hacia Nueva Guinea. El cielo en el horizonte se puso plomizo. Al culminar una subida encontramos una camioneta Land Cruiser de la misma empresa.

Cuando iniciamos el descenso la lluvia caía a cantaros. “No hay frenos, no se detiene”, escuche decir a Jimmy; rodamos sin control en la bajada, pero maniobró el jeep haciéndolo girar. Zoraida gritaba desesperada, abrió la puerta sin detenernos y, al frenar al lado de un paredón del camino, estábamos en dirección contraria, hacia Nueva Guinea. Abrí la puerta para bajarme pero Jimmy me indicó que no lo hiciera. Cuando escampó la lluvia, bajo la llovizna caminé hacia la camioneta. “Es mejor que no se muevan, hay que esperar unas tres horas para que se oree el camino”, dijo un conductor al explicarle lo sucedido. Al lado derecho había una vivienda y un poco más abajo una galera. “Aquí podemos dormir”, fue lo primero que pensé. Alberto y Zoraida subieron hasta ese punto y cruzaron la puerta de alambre en dirección a la vivienda. Jimmy caminó y minutos después subió con el jeep. Buscamos refugio en la casa. El dueño, de apellido Hernández, nos dio refugio amablemente con su familia. “No se preocupen, tenemos bastante maíz”, dijo en la pequeña sala atiborrada con sacos; volviendo a ver el piso de tierra agregó “la cama es grande”.

Luego que pasó la lluvia salimos a la plazuela. Me quité la camisa y la gorra para colgarlas en un mecate. “¿Usted fue militar?”, preguntó el campesino. “No”, respondí. “Es que los militares es lo primero que hacen, cuando se mojan ponen a secar la ropa”, dijo. Vi el reloj y me di cuenta que tenía hambre, era la una de la tarde. No había desayunado, no tenía planeado hacer el viaje a Bluefields con ellos pero a última hora me decidí. “En el jeep hay una bolsa de papas”, dijo Tina; con eso almorcé. La esposa del señor Hernández hirvió agua y preparé un café. “Aquí hay señal, allí en la orilla de la puerta”, dijo la señora, Zoraida hizo varias llamadas comunicando a Alfredo y Dorothy lo sucedido. Llamé a mi hijo Ronald y le dije que estábamos en la comarca “Villanueva”. “Si no hubiera venido estaría en mi cama acostado con White Bush”, le dije a Jimmy.

El sol comenzó a salir. A las tres de la tarde sentimos su intensidad y nos refugiamos bajo la sombra de un árbol. Un tucán voló hasta un árbol ubicado cerca de la galera y se los mostré a Tina y a Jimmy. Volvimos la mirada hacia el cielo, en dirección a Bluefields, lo vimos gris. “Eso es señal de lluvia”, dijo el señor Hernández. El camino se había secado un poco. Nos dijeron que San Pancho estaba a una media hora y que podíamos llegar si nos apurábamos; decidimos seguir avanzando en la trocha. “No se preocupen, avancen hasta donde puedan, nosotros nos regresamos a San Pacho y les ayudamos”, nos dijo el conductor de la camioneta. Eran las tres y media de la tarde.

En la capilla de Villanueva, antes de la bajada, encontramos una camioneta que avanzaba hacia Nueva Guinea. Un hombre se bajó cuando Jimmy preguntó por las condiciones del camino. “Casi nos damos vuelta en una bajada, gracias a Dios estamos vivos, Dios es grande, nos salvó”, dijo. “¡Regresémonos, regresémonos!”, decía Zoraida. “No hacerle caso, hombre, querer meternos el mono”, dijo el chino Alberto. “¿Que decís vos?”, le preguntó Jimmy a Tina. “Probemos”, contestó, y en medio del histerismo de Zoraida seguimos avanzamos.

En la última cuesta a vencer comenzó a garuar. En el primer intento el jeep avanzó hasta un cuarto de la pendiente. Me bajé para inspeccionar y dirigir la maniobra de Jimmy. Le hacía señas para que acelerara pero no lo hacía, el jeep no se movía. Vi que se abrió la puerta trasera y bajó Zoraida. La lluvia se intensificaba y el rio lodoso de desprendía desde lo alto. Tras varios intentos por subir nos dimos por vencidos y nos encontramos nuevamente en la cabina bajo la lluvia. A las cuatro de la tarde pasó un campesino montado a caballo que se dirigía a Villanueva. “No van a poder subir, mejor quiten el vehículo del centro de la trocha porque falta que pase un IFA que viene de San Pancho y se puede deslizar sobre ustedes”, nos dijo. “Avísele a los de ENATREL que aquí estamos”, le dije. Jimmy trató de subir de retroceso una pequeña pendiente que habíamos pasado antes de llegar a la hondonada pero fue imposible. Luego de varios intentos pudo ubicar el jeep al lado derecho del camino.

Varados y dentro de la cabina solamente pensaba que pronto anochecería pero no me confiaba en lo que había dicho el campesino. “Esta zona es limpia, no es peligrosa”. Me imaginaba tratando de dormir dentro del vehículo con una nube de zancudos sobre nosotros, pensaba en el “Plan Rescate” y en la brigada de ENATREL que no regresaba por la lluvia. Jimmy bajó del jeep y caminó hacia una casa ubicada arriba de la cuesta. “Después de esa subida todo es parejo”, dijo; Alberto  y Zoraida caminaron hasta la casita.

Minutos después pasó un muchacho con una señora de unos cincuenta años y un perro. Iban caminando hacia San Pancho, la lluvia había cesado. Nos dijeron que San Pancho estaba a media hora de camino y que había señal telefónica. “Si la señora llega, yo también”, pensé y tomé mi mochila. Le dije a Jimmy y a Tina que caminaría con ellos hasta San Pancho para llamar por teléfono. Comencé a caminar sobre la cuesta detrás de ellos. Encontré a Alberto y Zoraida que regresaban. “No, no te vayas, quédate con nosotros”, dijo pero no le hice caso. Eran las cuatro y veinte minutos de la tarde.

Luego de subir la cuesta mis zapatos burros pesaban mucho, la capa de tierra fangosa adherida a la suela era de unos cinco centímetros. Caminamos unos diez minutos sobre el cerro y súbitamente nos encontramos con una pendiente similar a la que no pudimos subir. La señora le pidió al muchacho que le cortara una vara para usarla de bordón y yo hice lo mismo porque cada paso era un desliz. Ellos calzaban botas de hule, el calzado ideal para esas condiciones. “Camine al lado del camino, es menos liso”, me dijo el chavalo y bajé sosteniéndome de la vara. En la hondonada, al bajar encontramos una camioneta parqueada al lado del camino. “Ni lo intente, nosotros estamos al otro lado”, le dije al conductor y me observó incrédulo. Continuamos avanzando y pude apreciar el cerro “La Toboba” a mi derecha. Pregunté por el tiempo restante de camino y el chavalo me mostró el techo de unas casas en el horizonte. “Allá, después de esas casas queda San Pancho”, dijo. Calculé la distancia, unos diez kilómetros de camino. “Oiga, oiga ese ruido, son vehículos que vienen”, dijo el muchacho. “No escucho nada, sólo los latidos de mi corazón, se me quiere salir”, le respondí; se detuvo para darme agua de una botella que llevaba en su mochila. “Es buena agua, de un manantial”, dijo y bebí. Estaba bañado de sudor, el lodo cubría los ojos de mis pies por encima de las calcetas y no aguantaba el peso de la mochila en mis hombros.

Cinco minutos después encontramos estacionado el camión IFA que viaja de San Pancho a Nueva Guinea. Me acerqué al conductor y le dije lo mismo que al de la camioneta. Continuamos caminando y nos encontramos una camioneta de tina que trataba de subir. “No le diga nada, no hacen caso”, dijo el chavalo y recordé lo que dijo el chino Chang: “no hacerle caso, hombre, querer meternos el mono”; estoy seguro que eso es lo que pensaban. “Usted no se preocupe, esta señora es dueña de un comedor, va seguro”, dijo el chavalo mientras caminábamos dejando atrás las cuestas. En una vuelta nos encontramos con una camioneta y les hice señas, les dije que no iban a subir, que mejor se regresaran. Luego aparecieron tres más, iban en caravana.

Noté que el camino era diferente, arenoso, y que la pendiente era cada vez menos marcada. “¿Ya estamos cerca”?, pregunté. “Sí”, respondió el chavalo. Eran las seis de la tarde, comenzaba a oscurecer. “Esta es la casa que le mostré desde el cerro”, dijo el chavalo señalándola al lado del camino. Diez minutos después salimos a un tope y caminamos hacia la izquierda. “Adelantito queda San Pancho”, dijo el chavalo. Vimos el destello de unas luces que bajaban del lado del cerro, una camioneta nos alcanzó y se detuvo. “Súbanse a la tina, los llevamos a San Pancho”, dijo el conductor. “Yo no dejo a mi perro”, dijo el chavalo. Me subí, le di la mano a la señora y el chavalo subió a su perro. Atrás venían las otras camionetas que iban en caravana.

En San Pancho encontramos a una mujer que al lado del camino hablaba por teléfono sin acercárselo al oído, sosteniéndolo con la mano derecha por encima de la cabeza. La camioneta se detuvo, las otras tres estaban cerca. Me bajé a buscar la señal telefónica. Los de la camioneta también la buscaban pero no pudimos encontrarla. “En San Pancho los dejamos”, dijo el conductor; al llegar al pueblo se bajó el chavalo con la señora y su perro. “¿Van para Bluefields?”, pregunté. “Sí, vamos de regreso”, respondió el conductor. “¿Se va a ir con ellos?”, preguntó el chavalo; le respondí que sí. “¿Me van a dejar aquí en la tina?”, le pregunté al conductor porque observé que sólo una muchacha iba en la cabina posterior. “En la vuelta se pasa”, respondió. Eran las seis y veinte minutos cuando entré a la cabina.

En el trayecto hacia Bluefields les comenté lo sucedido. Eran de la Juventud Sandinista, de la promotoría social que realizaba en Bluefields monitoreo al programa “Plan Techo” que impulsa el gobierno. El día anterior habían llegado por el mismo camino y salieron de regreso a las cuatro de la tarde. No dejaba de pensar en Jimmy, Tina, Alberto y Zoraida, los imaginaba dentro del jeep bajo la oscuridad de la noche, pero también pensaba en la brigada de ENATREL que estaba cerca de donde los había dejado. Encontramos un camioncito varado en el centro de la carretera. Entre todos, pasajeros, conductores y promotores, unos doce en total, lo empujamos bajo la llovizna y subió la pequeña pendiente en dirección a San Pancho. Más adelante encontramos un microbús embancado; hicimos varios intentos para sacarlo del hoyo en que estaba atorado pero fue imposible. Las camionetas pasaron sobre un charco y continuamos el viaje.

La luna comenzó a mostrarse en el horizonte. Repentinamente sonó mi teléfono por la señal que emiten las antenas desde el cerro Aberdeen. Llamé a mi mujer y luego a Dorothy. Pasamos suampo de Lara y a las ocho de la noche me bajé de la camioneta frente al Consejo Regional. Llamé a Alfredo Cordero y me dijo que llegara a su casa. Llamé a Johnny y luego a Ranger. Caminé hacia la casa de Alfredo, llamé a Mariano para comunicarle lo sucedido y me dijo: “vos fuiste el que inventaste esa mierda”, preocupado por Tina, su hermana. Al verme Alfredo en la acera de su casa salió y entré por el portón. Le conté lo sucedido y le pedí algo de tomar, baje la mochila de mis hombros y recordé que había metido unas sandalias. Me quité mis burritos lodosos, me obsequió una cerveza y entré a la casa. Allí estaban su esposa y unos amigos compartiendo. Luego apareció el Ranger y me di cuenta que el Plan Rescate sería hasta el amanecer. Minutos después llegó Dorothy. Hicieron la noche conmigo, nos reímos de lo sucedido y poco a poco quedé inmerso en su Reggae Style.

Esa noche dormí poco. Desperté a las cinco de la mañana, no pude dormir, pensaba en mis amigos atrapados en la hondonada antes de subir la última cuesta para llegar a San Pancho. A las cinco y media de la mañana sonó mi teléfono. Era Jimmy el que llamaba y me contó que la brigada de ENATREL los sacó de la hondonada halándolos con el guinche de la camioneta y con los empujones de los trabajadores. Habían llegado a San Pancho a las seis y media de la tarde y allí durmieron los cuatro, dentro del jeep Land Rover porque seguía lloviendo. Le comunique que el Plan Rescate ya había iniciado, que dos camionetas Land Cruiser habían salido en su búsqueda. Los volví a ver sanos y salvos a las once y media de la mañana en Bluefields.

Jueves, 02 de mayo de 2013