martes, 15 de octubre de 2019

DOS BLACK CREOLE EN UNA ESQUINA DE NUEVA GUINEA



Esperaba que mi mujer terminara las compras, al lado de los carritos, en la acera del Pali. Al frente y a la derecha existen varios tramos que venden frutas y verduras, prácticamente de todo lo que no se encuentra en el super. Un nuevo mercadito ha florecido desde hace poco tiempo, pero los precios de los productos son mayores que los del mercado municipal. Todo es más costoso, pero la comodidad de los compradores, evitándose el viaje al mercado, los ha mantenido y promovido. El concepto de comodidad es poderoso, en un viaje te llevas todo para tu casa.

Volví la mirada hacia la esquina, al lado del parqueo, frente al predio baldío, y vi a una mujer black creole con una camiseta amarilla que se protegía del sol con una gorra y usaba lentes oscuros, igual que la licra que llevaba puesta. En sus manos cargaba varias bolsas de plástico vacías. A su lado, sentado en una silla de plástico estaba su acompañante, un black creole alto y barrigón. De la rama de un árbol de Pino, podado bajo los alambres del tendido eléctrico, colgaba una pesa de reloj. A un lado de ellos, a sus pies, sin estropear la circulación de las personas por la acera, dos termos grandes y, al fondo, los techos oxidados de las casas que bajan en pendiente hasta el corral de piedra y más allá, al levantar la mirada, el verdor revitalizante de la cordillera de Yolaina.

Seguí pendiente de los carritos, viendo el movimiento de la gente en su esmero de compras y taxis que se aglomeran buscando pasajeros, convirtiendo la circulación en esa cuadra en un infierno para los conductores desprevenidos que manifiestan su mal humor con gritos y pitazos.

¡Hi Mister!, dijo en inglés.

Vi en su rosto una sonrisa blanca transparente; una mujer black creole joven, amistosa, hermosa sin exageraciones.

¿Vienen de Bluefields?, pregunté en mi inglés con acento creole.

No Mister, de Pearl Lagoon.

Le dije que conocía Laguna de Perlas y todas las comunidades de la cuenca, desde Raitipura hasta Tasbapounie, que tengo a varios amigos allí, entre ellos a Wesley Williams, Fred Uldrich, Evenor Rodríguez, llamado El Cangrejo, a René y Pedro Ordoñez, y a todos los Sambola de La Fe, Brown Bank, Orinoco y más allá.

¿Cómo?, preguntó.

Nací en Bluefields y dejé el ombligo en El Bluff.

Vendemos mariscos, dijo.

Y cómo les va, pregunté.

Mister, a la gente de Nueva Guinea le gustan los mariscos, no andan regateando el precio, ven el producto y si les gusta lo compran, si andan en camioneta y no tienen en que llevarlo a su finca les damos bolsas con un poco de hielo y se van contentos. Hasta ahora nos ha ido bien, nos gusta Nueva Guinea, dijo.

¿Cada cuánto tiempo vienen a vender?

No Mister, vivimos aquí, alquilamos un lugar y nos mandan el producto, dijo y regresó a la esquina, a su punto, porque varias personas eran atendidas por el hombre.

Al concluir las compras en los tramos, cargamos el taxi y se detuvo en la esquina, frente al puesto de la mujer quien se mostró atenta al vernos bajar del taxi y sin dudarlo nos mostró el contenido de los termos.

¿Sólo tienen camarones?

Sí Mister, los parguitos y las colas amarillas junto con las jaibas se acabaron. A la gente de aquí le encanta comer mariscos, respondió la mujer siempre atenta.

Se ven buenos, llevemos dos libras, dijo mi mujer sin regatear el precio porque le pareció que no eran ni muy pequeños ni muy grandes.

Deme una libra más, dije cuando el hombre alto y barrigón entregaba la bolsa.

Antes de despedirme les dije que deben ofertar filetes de róbalo y corvina, trozos de macarela, que los estaría visitando. Me lo agradecieron y les di mis deseos de prosperidad.

Ese día almorzamos camarones en salsa, arroz, tajadas fritas de guineo cuadrado y ensalada. No sé por qué pero los sentí deliciosos, mi mujer los prepara en su punto, pero agregado a eso, estaban frescos porque ahora el viaje de Laguna de Perlas hasta Nueva Guinea se hace en menos tiempo y no digamos desde Bluefields, una hora, hora y media en vehículo particular sin mucha prisa.

Atrás quedaron aquellos años en que conseguir mariscos era una odisea: comprarlos en Bluefields, empacarlos en un termo, pagar impuestos en el muelle, pagar pasaje por la carga además del boleto en la panga y soportar el chequeo en El Rama como que estuvieras entrando a otro país, todo eso se acabó, es parte del pasado.

Ahora tenemos, además de los que vienen a vender desde Bluefields cargando sus termos en motocicleta, en taxi o vehículo particular con tanta prisa que te quieren reventar con precios altos sin dar rebajas, a estos dos black creole en una esquina de Nueva Guinea, al alcance de la mano, que te atienden con esmero, mezclándose con el gentío que transita en esa cuadra en un intercambio pluricultural, black creoles haciendo negocios con gente orgullosa de origen campesino, dos acentos distintos, el deje campechano de los nuevaguinellenses en parloteo con el acento fuerte, extravagante, alegre de los black creoles y, que si no te pones a pensar no te das cuenta que eso es uno de los mayores logros de la integración de la que tanto he escrito y se escucha decir en ciertos ámbitos.

La libra que quedó la voy a preparar en ceviche, como un antojito para más tarde, dijo mi hija cuando terminamos de almorzar.

Esa frase me ha confirmado los que pensaba mientras estábamos almorzando y creo firmemente que hay que compartir unas recetas al aire para que la comida caribeña se difunda, se deguste y forme parte, hasta los huesos y el alma, de la población de Nueva Guinea.


15 de Octubre de 2019

Foto: Ronald Hill desde Casa Uldrich, Pearl Lagoon.


martes, 8 de octubre de 2019

¡STICK-UP, STICK-UP!



Zamba Larga se ubicó debajo del árbol de naranja agria. Desde el fuste hasta la casa de doña Gloria Meñaca, una casita vieja de madera cuya fachada daba frente al andén del puerto, dio tres pasos. Sus pasos eran extensos por las piernas largas y, por ser tan largas como las de una jirafa, le llamaban Zamba Larga. Entre el árbol de naranja agria y la pared lateral de la casa existía un espacio de tierra de unos seis metros de distancia que los vecinos y transeúntes lo usaban como pasillo para subir hacia la loma del puerto o sencillamente visitar la ventecita de doña Rosa Emilia para comprar pan simple recién horneado, panes dulces o una media de guarón. Zamba Larga se detuvo en el centro.

“De aquí para allá lo hacemos”, dijo señalando hacia el andén. Desde ese punto, a su izquierda miraba a todos los que aparecían por el lado de la cantina de Miss Pet y, a la derecha, los que avanzaban al pasar por la casa del coronel Brenes y la entrada a la cantina llamada La Cabaña. De frente, una casita de madera pegada al otro lado del andén le tapaba la vista de la playa del Tortuguero pero escuchaba el retumbo de las olas y sentía la brisa marina que le procuraban una tarde placentera.

“Yo lo hago, yo lo hago”, respondió Cámara Lenta.

Ni Charol ni Zamba Larga ripostaron. Era su derecho, estaba en el patio de su casa y podía hacer lo que se le antojara. No iban a discutir por una babosada, no estaban allí para eso.

Cámara Lenta tomó con sus manos de gigante un machete filoso, se acercó a Zamba Larga, se agachó mostrando su espaldota pelada porque siempre andaba sin camisa o la andaba mal abotonada enseñando la tilila, le hizo punta a un pedazo de palo y lo sembró con el tacón en el lugar que ocupaba Zamba Larga. Charol se acercó al punto sonriendo, solamente se le miraban los dientes de marfil en su semblante de mañoso y le entregó una cuerda de nylon negro. Zamba Larga dio un paso hacia el frente y marcó el punto con la punta de sus zapatos. Cámara Lenta amarró la cuerda de nylon al palo y así, en cuclillas, dio cuatro pasos pesados como los de un gigante hasta el lugar marcado; amarró el machete con el nylon y giró, siempre de cuclillas, marcando el círculo que ocuparían para jugar.

“Te quedó exacto”, dijo Charol enseñando sus dientazos, un destello bajo la sombra del naranjo.

Zamba Larga se sentó, ladeándose en una piedra, para apreciar mejor la sonrisa de satisfacción dibujada en los grandes labios de la boca de Cámara Lenta.

“Estamos listos”, dijo Cámara Lenta.


A media mañana los vieron caminar en dirección hacia el muelle de los barcos pesqueros y uno de ellos cargaba un machete. Estaban reunidos frente a la iglesia de El Bluff, pegados al muro de la escuela y a la sombra del árbol de Zapote, sin hacer nada más que piropear a las mujeres que pasaban frente a ellos. Cámara Lenta cargaba el machete. Al caer la tarde, Zamba Larga dijo que la idea había sido de él, de Cámara Lenta, pero ya era demasiado tarde.

Bajaron en dirección al campo de béisbol y doblaron a la derecha, ingresando al callejón ubicado entre las casa de doña Chepita y la casa de Miss Myrtle, pasaron echando un ojo por el Vietnam y vieron a las putas de Shirley Sambola descansando en camisón y en chinelas, caramelearon a la Panameña, la hija del Tico, que se pintaba las uñas en el corredor de su casa mostrando bajo un shorcito sus hermosas piernas, avanzaron por la bajada quebradiza que corre lateral al muro de los tanques de la Esso y desembocaron en las tres esquinas que formaban la oficina del time keeper de la Booth, el tramo de carretera hacia el muelle y el taller de don Chon Benavidez. Allí se detuvieron unos instantes.

“Hay que darle filo”, dijo Cámara Lenta blandiendo el machete con su manota.

¿Dónde Don Chon?, preguntó Charol. Allí yo no voy, agregó.

“Tengo cinco pesos”, dijo Zamba Larga y acompañó a Cámara Lenta mientras Charol cruzó la carretera para esperarlos en los restos carcomidos del avión de combate de la II Guerra Mundial que un barco pesquero había levantado con sus redes en alta mar.

Entraron al taller cuando cruzaron el portón de malla metálica. Yo los atendí, dijo el hermano de don Chon Benavidez al día siguiente. Me encontraba haciendo una soldadura, uno de ellos me tocó la espalda y al verlos les dije que me esperaran. Era una tontera lo que querían pero dejé de ocuparme para darle filo al machete que andaban. Después siguieron su camino al dar la vuelta por el taller en dirección a la carretera.

Se juntaron nuevamente y caminaron al lado izquierdo de la carretera, sobre los durmientes en que descansaban los rieles, en dirección al muelle de los barcos pesqueros. Yo me los encontré, dijo Mau Mau, hasta me dijeron que los acompañara, pero como llevaba para mi casa una bolsa de camarones que me regalaron en un barco no les hice caso, pero me llamó la atención el machete refiludo que llevaba Cámara Lenta, tan filudo que brillaba desde lejos.

Pasaron por las casas de la cuartería de la Booth, un chorizo de casas de madera ubicadas a lo largo de la carretera consistente en una pequeña sala y una división que hacía las veces de cocina y, detrás de ellas, una letrina escondida entre el manglar, que eran ocupadas por trabajadores foráneos de El Bluff y de Bluefields, entre ellos conductores, carpinteros, soldadores, albañiles y maestros de obras.

Atrás habían dejado la cuartería cuando se encontraron con el trencito de la alegría. Desde que salía del muelle de los barcos pesqueros, el trencito se notaba entre el manglar espeso que cubría ambos lados de la vía. Los rieles rechinaban al avanzar sobre ellos, culebreándose con calma en el trayecto. Un motor de diésel ubicado en el vagón del piloto arrastraba otros siete en forma de U cargados de mariscos. Pintado totalmente de blanco, a excepción de las ruedas, el trencito había sido importado desde Panamá por la empresa Casa Cruz luego que sirviera en la construcción del canal. El “tuc, tuc, tuc” provocado por el motor se escuchaba desde lejos y el chillido de las ruedas brincando sobre los rieles que descansaban en durmientes de Cortez pintados con aceite quemado para que duraran toda la vida. Me hicieron parada pero no pude montarlos porque iba para la planta cargado de camarones, dijo Pinolillo quien lo piloteaba.

Sí señor, yo me los encontré al salir del muelle, dijo Seferina Woody, llamada La Cumbia, su nombre de combate desde Corinto hasta Cabo Gracias a Dios. Venía de hacer un mandadito en un barco, usted me entiende, ¿verdad?, y ellos me comenzaron a molestar, a decirme cosas como que hermoso culo tenés, que rico lo movés, y… sí, sí, ya entendimos, siga contándonos sobre ellos por favor. Sí señor, la cosa es que como no les hice caso para nada, el más molestón era el negrito que le dicen Charol, hasta quería que me metiera con él al manglar, imagínese usted, yo allí en el mero monte con el culo, perdón, y los pies mojados por el suampo, además, la verdad es que me puse nerviosa al ver semerendo machete que andaba uno de ellos y los deje haciéndome muecas de vulgaridades que usted no quiere escuchar. Comencé a caminar rápido y cuando volvía a ver hacia atrás, ya no estaban.

Eran como las once de la mañana y estaban platicando con La Cumbia, dijo Kakabila. Ella siguió caminando y los tres se metieron al manglar por un caminito que queda pegado al portón del muelle. ¿Qué van a hacer allí esos vagos?, me pregunté y me detuve. “Tac, tac, tac”, escuchaba desde la carretera y miraba que las hojas de un palo de mangle se movían y, de pronto, “bongón” caía. Escuché caer tres palos y luego siguieron haciendo el “tac, tac, tac”. Seguí mi camino y cuando llegué a la cuartería volví a ver atrás. Salían del manglar cargando cada uno un largo varejón de mangle.

Yo los encontré en la parte trasera del patio de la casa de doña Gloria Meñaca, la mamá de Cámara Lenta, dijo Tachita. Subieron a la loma por la parte del Vietnam, pasaron por la venta de doña Rosa Emilia, saludaron al Patito, el hijo de doña Rosa Emilia que estaba rastrillando el patio. Bajo la sombra de un palo de Mango estaban Victoriano, Masayita y el Africano saboreando una media de guarón con boquitas de mango celeque. No se detuvieron, con los varejones de mangle iban apurados y bajaron hasta la casa. Allí pelaron los varejones, hicieron estacas de tres pies cada una y luego se pusieron a sacarles punta con el machete filoso hasta dejar una punta bien afilada o una punta bien puntada. Todo el patio estaba lleno de cáscara y astillas de mangle pero doña Gloria Meñaca le llamó la atención a Cámara Lenta por el basural; rapidito recogieron la basura entre los tres y la tiraron en el fondo del patio, cerca de una letrina destartalada. Me quedé con ellos para ver la apuesta.


Después que Cámara Lenta dijo que estaban listos, jugaron a la cara o sol con una moneda para definir quienes jugaban de primero. Entre Zamba Larga y Charol rifaron la suerte de su turno porque Cámara Lenta estaba en su patio y tenía derecho a jugar con el que ganara de los dos para escoger al campeón.

“Cara”, dijo Charol.

“Ni modo, Sol”, respondió Zamba Larga.

Para evitar discusiones por marrullas, acordaron que Cámara Lenta tirara la moneda de a peso y la colocó en la palmota de su mano izquierda ante le mirada expectante de los dos. La tomó con su mano derecha y con los dedotes índice y pulgar la suspendió en el aire de un solo envión. La moneda dio vueltas, vueltas y vueltas hasta alcanzar la altura de las ramas del palo de naranja agria y, dando vueltas y vueltas, cayó en el círculo que había hecho.

“Cara”, dijo Cámara Lenta. Perdiste, agregó, dirigiéndose a Zamba Larga.

“Ni modo, después te reviento”, dijo Zamba Larga mirando en Charol la inmensa sonrisa blanca de felicidad.

Del lado de la casa de Pinita, Miss Pet y del coronel Brenes, comenzaron a aparecer varios chavalos que se iban acercando para ver la apuesta, acomodándose un poco más allá de la rueda pero siguiendo su forma. Entre el montón se destacaba El Patito, cargaba una canasta de plástico amarilla con la que lo mandaban a hacer mandados y estaba parado encima de una piedra, recostado al árbol de naranja agria.

Charol escogió su estaca entre el montón, unas quince estacas que tenían apiñadas al lado de la pared de la casa y Zamba Larga hizo lo mismo. Cámara Lenta estaba ansioso y también escogió su estaca, en su mano la estaca parecía un alfiler pero tenía tres pies de largo, tres pulgadas de grosor y dos cuartas de punta, tan puntuda como la punta de un puñal.

"¡Stick-up, stick-up!", gritó Cámara Lenta.

Zamba Larga se acercó al borde del círculo en dos pasos. Tomó la estaca con fuerza, levantó su pierna izquierda, tan alto que casi patea una rama del árbol y con un impulso de lanzador de béisbol la clavó en el centro. Solamente se miraba la cabeza de la estaca, una cuarta salida de la tierra.

Los espectadores gritaron y aplaudieron.

Te va a costar, dijo Zamba Larga dirigiéndose a Charol quien tomó su estaca y haciendo piruetas de cirquero, de un solo impulso tiró su estaca y le arrancó un pedazo a la de Zamba Larga. No había fallado.

 Los gritos y aplausos aumentaron.

"Desguázala", gritó Cámara Lenta mirando con lástima a Zamba Larga.

Charol agarró su estaca y con el machete le volvió a sacar punta, tan puntuda la dejó como la espada de un pez espada. Componer la punta era parte del acuerdo siempre y cuando no pifiara. Corrió desde la pared de la casa hacia el círculo para tomar mayor impulso dispuesto a partir en dos la estaca de Zamba Larga. La lanzó desde el borde pero tuvo un traspié, resbaló y la estaca salió volando hacia la multitud, atravesando el círculo, girando y reventando el aire hasta pegar en el tronco del árbol de naranja agria y revotar directamente en el ojo derecho del Patito.

El Patito se desplomó al instante. Al oír sus gritos, sus lamentos desesperados y verlo con la estaca sangrosa clavada en el ojo, los chavalos salieron en desbandada buscando cada quien su casa.

Por ésta, mirá, te lo juro, yo lo vi, dijo Mario Tachita.

El resto es historia.

En los anales periodísticos de la época, años 60, aparece un reportaje del diario La Prensa, con la foto de Filmore Hodgson, alias Charol, en primera plana, acusado de haberle vaciado el ojo al querido y famoso personaje llamado El Patito, cuando el tal Charol, jugando una bayuncada que llamaban stick-up con Zamba Larga, sobrino de Manuel Granizo, alias Pinita y hermano de una docena de alias Los Pica Pollos, se le zafó la estaca y le vació el ojo al infortunado espectador.

Tan grande fue la conmoción en el puerto por este triste suceso que el Comité Olímpico, reunido en el campo de béisbol, prohibió de por vida el juego del stick-up en todos los patios y terrenos baldíos de El Bluff.

8 de octubre de 2019

viernes, 27 de septiembre de 2019

EL MUELLE DE LOS PESCADORES



Alejandro Arroyo Granizo esperaba al Guerri de cuclillas frente a la casa de Luis Uzcudun. Su espalda descansaba en el cerco de malla y, colocados sobre el andén, la cuerda de nylon enrollada en un pedazo de palo, un tarro con chacalines, un saquito con sus aperos de pesca y una bolsita con panes dulces que había comprado en la ventecita de la Machú y que, desde su posición, miraba de frente.

Allí, Martín, hijo de José Sanles y nieto de la Machú, salía al corredor para correr con panadas de agua a los perros que se aglomeraban frente a la ventana, atraídos por el olor de la carne que colgaba de unos ganchos de hierro y escuchaba los gritos: ¡Elena, Elena, este chavalo no hace caso! Se reía al ver las travesuras del mimado de los Sanles y el corre corre de la Machú detrás del nieto. Escuchó un grito a sus espaldas, ¡joder, joder!, el tirón de la puerta del cerco y vio al renco Luis Uzcudun, así le decían al vasco malhumorado, dar un paso raro, cuasi falso, para tomar el andén. ¡Me cago en la ostia!, ¡busca otro lugar para tus fechorías, anda, anda, vete, vete a la puta madre!, le gritó Uzcudun. Se levantó con el ceño fruncido, se acomodó la gorra, tomó sus cosas y caminó hacia la esquina de Miss Lilian maldiciendo al renco.

Al pasar por la pulpería de Toño Real y doña Carmelita se encontró con Kalilita que salía con una bolsa de compras. ¿Con quién vas?, preguntó Kalilita. Con el Guerri pero ya se retardó, le dijo mostrando el tarro con la carnada. Si querés yo me apunto, voy a dejar esto y llego, dijo Kalilita y caminó apurado hacia su casa mientras se detuvo en la esquina de Miss Lilian.

¿Qué le habrá pasado al Guerri?, se dijo observando hacia todos lados. Desde allí dominaba el trayecto del andén hasta la entrada al segundo piso de la aduana y las gradas del parque de la loma de El Bluff. Abajo, a su derecha, dos guardacostas, el siete y el cinco, estaban atracados en el extremo este del muelle de la aduana donde los guardias tenían su cuartel y con el tiempo pasó a llamarse el muelle de los guardacostas. Más allá, sobre el techo de zinc pintado de rojo y los mástiles de los barcos, navegaban varios pesqueros por el canal en dirección a Pescanica en Schooney Cay. A su espalda sentía el viento marino que le llegaba desde el Tortuguero, escuchaba la música que desprendía la roconola de la cantina de Miss Lilian y el ajetreo de varias parejas que bailaban al ritmo del chachachá haciendo temblar el puente casi colgante de madera que unía la casa con el andén. Bajo el tambo, Míster Herrera, el marido de Miss Lilian, preparaba con paciencia su bote de canaletes y la vela para zarpar hacia la isla de Miss Lilian. Lo festivo de la cantina le dibujó en el rostro una sonrisa de malpensado y le creció aún más cuando vio al Guerri doblar por la cantina de Miss Pet cargando un saquito de bramante en dirección hacia él.

¿Estamos listos?, preguntó despreocupado el Guerri, tratando de identificar a los que bailaban en la cantina.

Desde hace rato te estoy esperando. Kalilita nos va a acompañar, respondió y siguió al Guerri que se adelantó en el descenso.

La bajada hacia el muelle de los pescadores era de tierra roja, se mantenía chirre todo el tiempo por la lluvia y la pendiente, con peldaños hechos por el uso y avanzaban con cuidado de no resbalar bajo un sol de Octubre que calentaba sobre los árboles de Almendra sembrados por doña Juana Angulo frente a su casa. A su derecha vio a la Melá que reparaba una tarraya en las gradas de su casa, un anexo por encima del tambo de la casa de Miss Lilian.

Están picando bastante, en la mañana estuve pescando, le comentó la Melá y notó que el Guerri se perdía a su derecha al doblar la casona del muelle.

Toda su vida había visto esa casona y, como chavalo metido en las pláticas de sus amigos mayores, entre ellos Pinolillo, Chico Brenes, Zamba Larga y el Macho Silvio, escuchó que fue construida por el entusiasmo de unos extranjeros en conjunto con locales para echar a funcionar la primer factoría se mariscos de El Bluff, pero con la llegada de la empresa Casa Cruz en los años 50 el proyecto no prosperó. Por esa razón, aunque nunca se construyó el muelle ni funcionó la empresa, en el puerto todos le llamaban el muelle de los pescadores. Los cimientos de la casona fueron ocupados por diferentes familias que con el tiempo terminaron de construirla poco a poco, cada quien agregando puertas, ventanas, biombos como divisiones internas y parte del techo para hacerla habitable.

Giró por el pasillo del frente de la casona, vio al Guerri de pie en el centro, justo en el borde de la explanada, un gran corredor de concreto sin techo, donde el oleaje provocado por el viento proveniente de la playa del Tortuguero lo salpicaba.

Pásame la carnada, dijo el Guerri mientras sacaba del saquito su cuerda de nylon, anzuelos de diferentes tamaños y varias barritas de plomo.

Le entregó el tarro, desenrolló una parte de su cuerda, escogió una barrita de plomo y la amarró del extremo de la cuerda y, unas tres cuartas hacia arriba, colocó el anzuelo, un anzuelo mediano propio para atrapar la variedad de peces que predominaban en ese sector de El Bluff: bagres, palometas, roncadores y róbalos.

Escuchó el sonido de la cuerda —jui, jui, jui— que El Guerri hacía girar y girar con la mano derecha por encima de la cabeza para tomar mayor fuerza de impulso y tirarla lo más lejos posible del borde del muelle. Buen lance, se dijo desde el extremo del muelle más cercano al sector de los guardacostas. Hizo su lance y apareció Kalilita cargando un carrete de cuerda negra de nylon, de las que se usaba para hacer redes.

¿Está picando?, preguntó Kalilita y se acomodó en el extremo derecho del muelle.

Es el primer lance que hacemos, respondió El Guerri.

Ustedes son salados, dijo Kalilita al mismo tiempo que tiraba su cuerda.

Sonrió. De reojo los miraba en el borde de la línea del muelle, distantes lo suficiente para que sus cuerdas no se enredaran ni ocurrieran accidentes como los que se daban entre inexpertos, golpes en el cuerpo con el plomo o, peor aún, anzuelos ensartados en los brazos y espaldas. Son prevenidos y duchos a la pesca, pensó al recordar sus andanzas con ellos, desde arponear róbalos iluminados por la luz de las lámparas en las noches de verano bajo el muelle de tablones de la Texaco, cucharear Jacks en una panga de aluminio impulsada por un motor fuera de borda de 9 caballos de fuerza en la barra del puerto y tarrayar con el agua hasta la cintura en la ensenada durante la temporada de chacalines.

El Guerri dio un grito, ¡lo tengo, lo tengo!, que lo sacó de sus pensamientos. Miró la cuerda tensa que se movía en zigzag sobre las olas y la fuerza que hacía con sus brazos al jalarla.

¡Dale cuerda, dale cuerda!, gritó Kalilita.

No hizo caso, jaló y jaló con todas sus fuerza hasta que la cuerda quedó volando al viento, al garete en el oleaje.

¡Se me fue!, gritó El Guerri.

¡Por caballo!, respondió Kalilita.

¡Por querer ser el primero!, le gritó al Guerri. Jaló la cuerda, la enrolló y revisó la carnada mientras el Guerri volvía a colocar pesa y anzuelo a su cuerda.

¡Están salados, ya les dije, están salados!, comentó Kalilita riendo a carcajadas y enrollando la cuerda negra en el carrete para revisar la carnada y volver a lanzarla cerca de la rueda de un barco de vapor que junto a un mástil oxidado yacían en el fondo de la bahía desde antaño pero se dejaban ver con la marea baja o por el reviente de las olas.

¡Cálmate, deja de joder!, ripostó El Guerri con sus ojos gatos furiosos.

Después de hacer su segundo lance los notó calmados, cada quien en lo suyo, guardando silencio a la espera de que picaran los peces. A su izquierda podía observar a los guardias en sus quehaceres: lavando la cubierta de los guardacostas, dándole brillo a los cañones y ametralladoras por el desuso y limpiando el casco de madera para luego volver a pintarlos de un color plomizo. Desde la cocina de la covacha, contiguo a los barcos, escuchaba voces de la tropa que siempre estaba encuartelada limpiando su armamento, haciendo arme y desarme de los fusiles Garand, lustrando sus botas, jugando naipes y dominó, colgados en hamacas o simplemente escuchando radio Atlántico desde la comodidad de sus catres de dos niveles. Desde arriba le llegaban las carcajadas de los danzantes y el traqueteo del piso de madera de la cantina de Miss Lilian y su puente colgante.

En silencio aseguró la cuerda bajo una piedra,  bajó del muelle y caminó hacia la orilla de la bahía; recogió un trozo de tronco de madera de balsa de unas tres cuartas y regresó a su sitio. Tomó una navaja del saquito y comenzó a moldearla con los cortes. Siempre que necesitaba sosegarse hacia lo mismo, cortar la balsa y descubrir, poco a poco, hasta dónde lo llevaban esos cortes guiados por la imaginación, pero atento siempre a la cuerda que sostenía con un lazo en su mano izquierda.

¡Ahora sí, este no se me va!, gritó El Guerri, tirando de la cuerda con velocidad. Mostró con orgullo un hermoso roncador, haciéndole mofas a Kalilita.

Volvió a sonreír cortando la madera, imaginando un velero por la redondez alargada que iba tomando corte tras corte, viruta a viruta: la proa, la popa, la caseta con ventanas a los lados, un mástil, vela mayor, la orza, el timón, la caña de timón, popa, proa, hasta verlo pintado, reluciente, navegándolo en las islas del Caribe, menores y mayores, en un ir y venir interminable. Sintió el alivio de la tarde en su cuerpo y observó el brillo del sol sobre la playa de El Tortuguero y su vegetación, compuesta de mangle rojo, arbustos de icacos y uvas de mar. Arriba, en el cielo y aproximándose al muelle, vio el revoloteo de gaviotas y tijeretas.

¡Pica con fuerza!, ¡es grande!, escuchó gritar a Kalilita que hizo dos tirones para ensartar el anzuelo y la cuerda quedó tensa, sin movimientos bajo el agua y sin ganar un centímetro en sus manos.

¡Está pegada!, ¡te fijas, sos caballo por tirarla cerca de la chatarra!, gritó El Guerri.

¡Nada, nada, sentí el jalón!, respondió Kalilita.

Su cuerda se tensó y dejó de prestarles atención. Tiró a un lado el velero y esperó el siguiente jale con la paciencia que los caracterizaba. El Guerri y Kalilita volvieron a verlo. La línea, la pesa y el anzuelo que había escogido eran los ideales para pescar en el muelle y poder capturar los peces que más picaban. Una mordida más y tiró de manera continua, rápidamente, si resistencia, pero al tenerlo de frente, a unos seis metros del muelle, vio la cuerda moverse en zigzag. Se ha tragado todo el anzuelo, pensó y comenzó a jugarlo. Le dio cuerda, dos, cuatro, seis, ocho metros y cobró de un jalón que hizo con las dos manos. Es grande se dijo al sentir la resistencia. Recogió la cuerda con rapidez ganando todo lo que el largo de sus brazos le permitía y, al tenerlo al pie del muelle, lo levantó con toda su fuerza y lo tiró al piso. Tras los aletazos y colazos de desesperación le quitó el anzuelo y lo calmó de un golpe en la cabeza.

Hermoso róbalo, dijo el Guerri.

Levantó la mirada con una gran sonrisa en el rostro y, más allá del extremo donde se encontraba Kalilita, vio pasar detrás de la casona a míster Herrera que se preparaba para izar vela en su bote de canaletes. Le hizo señas a Kalilita para que lo notara.

¡Míster Herrera, míster Herrera!, ¡por favor despegue mi cuerda!, gritó varias veces Kalilita hasta que el marido de Miss Lilian lo escuchó.

Herrera soltó la vela, la acomodó a lo largo del bote y remó para aproximarse con sumo cuidado al punto donde la rueda del barco de vapor y el mástil reposaban en el fondo de la bahía. Al regresar o salir hacia la isla de Miss Lilian, esos fierros viejos eran sus puntos referentes más importantes para navegar y, para evitarlos, izaba la vela al pasarlos en su viaje de ida y la arriaba cuando se acercaba a ellos de retorno. La corriente y el oleaje le complicaban la maniobra, acercándose despacio, remando para adelantarse, ladeando el bote con el canalete hasta posicionarse lateralmente a la cuerda de Kalilita. Tomó la cuerda, la sacudió con su mano derecha varias veces para despegarla y repentinamente sintió un jalón que le quemó la mano.

¡Dame cuerda, dame cuerda!, gritó míster Herrera.

Kalilita desenrolló lo que más pudo su carrete de cuerda de nylon negro hasta que se le terminó y míster Herrera la aseguró del asiento del bote. Comenzó a jugar con el pez que aún no identificaba dándole cuerda hasta que en un momento la jaló con todas sus fuerzas. Desde el muelle vieron que la cuerda se puso tilinte chorreando agua a lo largo, míster Herrera la soltó y el bote de canaletes comenzó a ser arrastrado por el pez en dirección a la punta del muelle de los guardacostas.

¡Te fijás, te fijás!, ¡no estaba pegada!, gritó Kalilita dando brincos de alegría.

¡Se lo lleva, va de viaje!, respondió El Guerri.

Le indicó a los dos que guardarán las cosas, cuerdas, carnada, sacos, y que siguieran el bote de canaletes de míster Herrera. Kalilita iba adelante, después el Guerri y él atrás. Subieron las gradas de tierra, salieron a la esquina de Miss Lilian velozmente, corrieron hasta las gradas que daban acceso al cuartel de los guardias, llegaron al muelle y desde allí vieron el bote de canaletes de míster Herrera que se desplazaba velozmente a favor de la corriente en dirección a la barra. Corrieron por todo el muelle de la aduana, dando gritos para que los estibadores se dieran cuenta de que Herrera era arrastrado por un pez desconocido y que, por favor, por favor, salgan a rescatarlo porque se lo lleva, se lo lleva a las profundidades del mar.

En el sector del muelle llamado el muelle de las pangas, los pangueros prestaron atención a los gritos de desesperación. Entre el grupo vio a su amigo mayor llamado el Macho Silvio y Kalilita le pidió que por lo que más quiera señor, don Macho, Machito, por la virgencita del Carmen, salga a rescatar a míster Herrera porque lo arrastra un pescado endemoniado, por favor don Macho, sálvelo.

Entre la isla de Miss Lilian y el muelle de los barcos camaroneros de la Booth, el Macho Silvio y otros dos dispuestos a cumplir los ruegos de Kalilita, alcanzaron con una panga el bote de canaletes de míster Herrera y lo arrastraron hasta un pequeño muelle de la ensenada del puerto. Ansioso estaba Kalilita al ver que se acercaban.

¡Algo traen!, dijo El Guerri.

Después de la panga, míster Herrera, ahora dominando el bote, maniobró para atracar. Dentro del bote vieron grandes trozos de pescado.

Era un Mero, un Mero gigante, dijo el Macho Silvio.

¡Te fijás, te fijás!, gritó Kalilita. ¡Yo lo agarré, yo lo agarré!

Debe pesar más de 500 libras, agregó el Macho Silvio.

Kalilita y El Guerri sacaban los trozos del mero entre la sanguaza que casi llenaba el bote de canaletes y él los acomodaba en el pequeño muelle.

Mínimo, tenía más de cuatro metros de largo, dijo Herrera con un machete filoso en sus manos y la ropa ensangrentada. Me costó pero cuando se cansó lo sacamos, agregó.

Le dieron su parte del Mero y zarpó hacia la isla de Miss Lilian al caer el sol en la isla del Venado. El Macho Silvio con sus ayudantes tomaron su parte y dieron la vuelta con el motor rugiendo hacia el muelle de las pangas.

¿Y ahora qué hacemos?, preguntó El Guerri.

Nos dividimos en partes iguales, buscamos en que llevarnos el Mero y regresamos por nuestras cosas, dijo Alejandro Arroyo Granizo.

Los tres se miraron en silencio, se carcajearon y chocaron las manos. En el trayecto por el andén la gente salía de sus casas para curiosear qué era la carga que llevaban sobre los hombros, incrédulos de que en el muelle de los pescadores atraparan semejante Mero.

27/9/19

miércoles, 18 de septiembre de 2019

SANTA ISABEL DEL PAJARITO


Un tercio de la caminata ha sido bajo la furia del sol, abriendo y cerrando puertas de golpe y de alambre de púas, flanqueado por el canto de chicharras gigantes, el polvo que dejan atrás los que van adelantados y la sombra chirre de laurelitos y palos de agua. El sendero, una alfombra polvosa que no resiste huellas, pero indulgente con mis botas, me deja apreciar colinas y valles en las que el pasto Retana fulgura al viento con vacas ensimismadas en su deguste sin prestarles atención a mis pasos.

El paisaje poco a poco va cambiando. El camino se cubre por la sombra de grandes árboles, tan grandes que solamente diez hombres con sus brazos extendidos pueden abrazarlos, y una exuberante vegetación pintada en diversas tonalidades por lianas, heliconias y palmeritas de montaña. Aparecen riachuelos en las hondonadas con nubes de zancudos que hacen fiesta de piquetes con mi cuerpo hasta que logro subir a la larga cresta de un cerro desde donde observo la majestuosidad de un bosque de almendros, anidados en sus copas por lapas verdes que me dan la bienvenida con su canto.

La luz de la tarde se despide en la copa de los árboles. El azul de montaña cubre el sendero y el chillar inquieto de los monos congos, junto con el revoloteo de las aves, anuncian la llegada de la noche montañosa. Después de una colina, al caminar por un valle pastoso, entre cuatro hileras de alambre de púas extendidas en el horizonte, surge la luna llena. Es increíble lo maravilloso que se muestra en la montaña y la claridad que brinda para guiar tus pasos. Media hora más de camino y los adelantados se comunican a gritos con los habitantes de las primeras casas de madera que conforman la comarca. Desde San Ramón, pasando primero en vehículo por La Unión, un recorrido de cinco horas me ha llevado hasta Santa Isabel del Pajarito.

En el corredor de una casa de madera están los adelantados (Giovanny, Héctor, Arosman y Lucas) con sus mochilas en el suelo, termo y parte de la carga esperando al resto del grupo (Antenor, Marvin y un baqueano). Cuando subo las gradas noto que ya han tendido sus hamacas entre los pilares y alfajillas que soportan el techo de zinc. El dueño de la vivienda, hermano de Antenor, un hombre pequeño de mirada profunda, nos da la bienvenida.

Dentro, la sala está iluminada por candiles, al fondo hay tres habitaciones y desde la cocina, una extensión hacia la derecha de la sala, se difunde el aroma de comida, el calor del fuego y las voces de mujeres. Me acomodo en una banca, me quito las botas y de la mochila tomo mis chinelas. Cuelgo la hamaca en la sala. Me asomo a la cocina, saludo a tres mujeres y veo la exuberancia del agasajo que nos tienen preparado alrededor del fogón: yuca cocida, quequisque y malanga, frijoles cocidos, un perol lleno de arroz blanco, un queso en su pana y carne de res en el asador. Las mujeres sirven la mesa e invitan a ocuparla. Ceno con el apetito provocado por la caminata, incitado por el dueño de la casa: “coman, coman, ¡Julita traiga más, sin pena, sin pena, coman, un traguito, eso, eso, un traguito de cususa para calentarse!”, hasta que el hambre, la suma de todos los hambres, es zaceado.

En el corredor el grupo de los adelantados conversa con la barriga llena y el corazón contento, cada quien desde su hamaca. Frente a ellos se ve la claridad que la luna llena le imprime a la plazuela y, a unos treinta metros de distancia, una piara compuesta de unos veinte cerdos amontonados unos sobre otros, forman casi un círculo como el que acompaña a la luna. Lucas dice que además de llena viene repleta de agua, que ya está comenzando a salir la cosecha de frijoles de Apante a lo que Arosman riposta recordándole que por la mañana hay que reunir a los campesinos para enseñarles a hacer el Aparato A y cómo usarlo para que saquen las curvas a nivel y así no acaben los suelos de esta linda montaña. Estás oyendo Giovanny, ese es un tema importante, la entrevista para la radio debe girar alrededor del medio ambiente y su protección, aquí estamos en la zona de amortiguamiento de la Reserva Indio – Maíz, dice Héctor a lo que Giovanny le contesta que él sabe cuál es su trabajo, que dejen de hablar pendejadas porque está cansado, con frío y ya se quiere dormir.

Estoy cansado, le digo al grupo y entro a la sala. Antenor conversa con su hermano, bajan la voz y la mirada profunda del campesino me alerta sobre su desconfianza, un rasgo vital para la sobrevivencia en la montaña. Les digo que voy a dormir, que me disculpen. Nosotros también, dice Antenor y desde más allá del corredor, desde la plazuela, se escucha el gruñido de los cerdos que crece en intensidad a medida que se acercan a la casa, se meten debajo del tambo en desbandada haciendo un alboroto que aumenta bajo nuestros pies por el choque entre la manada allí abajo. El hombre de la mirada profunda corre a la puerta, sale al corredor, mira hacia más allá de la plazuela y grita: ¡un tigre!, ¡un tigre!, ¡por allí anda un tigre! Desde uno de los cuartos la Julita sale corriendo con un rifle en sus manos y se lo entrega al hombre, lo toma, manipula y hace varios disparos al aire. Repentinamente los adelantados han entrado a la sala en carrera con sus mochilas y hamacas y comienzan a buscar como colgarlas. El alboroto se ha calmado con los disparos, el corredor está vació así como la plazuela que sigue iluminada por la luna. Luego de la desbandada de los cerdos nos hemos reído y Marvin comienza a contar la historia del Oso-Caballo, un animal que camina en dos patas y que se come a las vacas, que según él azota toda esa montaña y la Reserva Indio – Maíz, pero Lucas lo manda a callar porque aquí no andamos creyendo cuentos de caminos, dormité ya, le dice.

A las cinco de la mañana he despertado. Salimos al corredor, no veo ningún cerdo, y caminamos hacia la plazuela en dirección a una quebrada para bañarnos. La neblina cubre todos los cerros de los alrededores y me doy cuenta que estamos en una planicie atravesada de oeste a este por una quebrada de aguas claras y frías que baja con rapidez desde lo alto de uno de los cerros. Al pie de unas rocas, entre troncos secos que cruzan el curso del agua, nos bañamos y Héctor comienza a bromear con Marvin porque se le caído el jabón y tiene que agacharse para recogerlo.

Luego del desayuno nos dirigimos hacia la capilla de la comarca. Caminamos menos de media hora y desde varios puntos de la montaña se escuchan gritos de saludos entre campesinos y nuestro grupo. En un claro del bosque se ve la capilla, varias casitas en sus alrededores y los campesinos que han bajado al punto del encuentro. A los visitantes nos hacen presidir la reunión. Un delegado de la palabra da agradecimientos y bendiciones por nuestra llegada y dice que bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados y de allí agarra el hilo de sus planteamientos uno de los líderes de la comunidad para plantear las principales demanda de la población: los problemas que enfrentamos son muchos, desde el mal estado de la trocha entre La Unión y San Ramón que nos dificulta sacar los productos, el financiamiento que por todos lados nos han negado, llevamos años de años de estar quebrándonos las espaldas para al menos sobrevivir, se nos enferman los chigüines, salimos desesperados con los picados de culebras, necesitamos hacer buenos pozos para tener agua bebible y más cosas hermanos, pero llegamos a caer en cuenta y bien meditado por todos que lo más indicado son unos novillitos y unas vaquitas para prosperar en esta montaña.

Lucas toma la palabra y se tira su retahíla sobre el programa de campesino a campesino secundado por Arosman, explica en que consiste el aparato A, vamos a hacer la práctica, lo van a construir con sus propias manos en cuanto terminemos para que ustedes conserven los suelos y salven estas montañas, miren el ejemplo de destrucción en las colonias de Nueva Guinea, una barbaridad que no tiene perdón de Dios. Y otro líder toma la palabra, pide aplausos y dice que para ver el majestuoso arco iris es necesario empaparnos en la lluvia, esa que aquí no nos falta, así que confiando en que los amigos que nos honran con su visita sabrán ayudarnos una vez que regresen a Nueva Guinea, ayuda que esperamos con nuestros corazones rotos pero llenos de esperanzas.

Frente a la capilla me llama la atención una casita de madera pequeña, de unos cuatro metros cuadrados, y me dirijo a ella. Desde la ventana veo un hombre que está adentro, sentado en un banco, frente a una mesa y atrás tiene un anaquel de madera con algunos medicamentos. Es el local donde tienen el botiquín de medicamentos de la comarca. Tenemos pocos medicamentos, lo básico para primeros auxilios ante una herida, aspirinas, para la diarrea, pero nos hace falta de todo y con urgencia debemos conseguir suero antiofídico porque abundan las terciopelo y barba amarilla, dice el responsable. ¿Y la partera? Con ella llevamos el control de las mujeres embarazadas, dice, toma un cuaderno, revisa y se pone a sacar la cuenta.

A mi izquierda veo a un grupo de campesinos que sostienen un aparato A. Lo han construido y se muestran orgullosos. Ahora sí, con estos aparatos vamos a hacer curvas a nivel y obras de conservación para que no se nos laven lo suelos, dijo uno de ellos. Y para que vean que somos agradecidos les vamos a prestar las bestias para que se vayan montados, yo me voy con ustedes para regresarlas, dijo otro. Nos despedimos con choque de manos y emprendemos el retorno.

Semanas después vi al hombre pequeño de mirada profunda en Nueva Guinea. Me comentó que andaba retirando un crédito de novillos a nombre del grupo de productores de Santa Isabel del Pajarito. ¿Cómo van los trabajos de conservación de suelos?, pregunté. Es difícil, respondió, alejándose.

17 de Septiembre 2019

lunes, 2 de septiembre de 2019

LLUVIA DE CARAMELOS



Un chavalo protegido del sol por un gorra, vestido de pantalón corto azul y una camiseta blanca, camina con sus botitas de burro sobre un tramo de carretera de macadán en dirección a la pista de aterrizaje.

Frente a él, cruzando la pista, se levanta un promontorio rocoso y rojizo con escasa vegetación en el que pastorea un rebaño de cabras. Al llegar a la pista, a su derecha y en la distancia, un corte del terreno en V se abre sobre el mar y más allá observa el oleaje reventando en la línea de playa de la isla del Venado. Arriba del corte el bosque es denso y, siguiendo el curso de una ladera, desaparece en el fondo de una ensenada donde se mezclan las aguas de la bahía con las del mar.

Va en dirección a la casa pintada de rosado que hace funciones de terminal. Observa en lo alto de un palo un tubo rojo de tela abierto en dos lados que se levanta paralelo al terreno dando bandadas con la abertura más estrecha apuntando hacia el oeste. Ha caminado desde su casa pasando por los tanques de la Texaco, el comedor de Las Chinitas, el taller de don Chon, los tanques de la ESSO, la planta de la Booth, el tramo de carretera hasta llegar a las casas de La Colonia y, desde allí, un trecho pequeño que desemboca en la pista.

Escucha el rugir de un motor que irrumpe en el aire y corre hacia la casa rosada con toda la fuerza y velocidad que sus piernas pueden dar. En el promontorio las cabras se alejan al galope buscando refugio y ve el avión Douglas DC3 color amarillo volando sobre la pista que bate las alas como mariposa en señal de saludo. Vuelve la mirada hacia la izquierda, hacia el sector de la loma del faro y observa un grupo de chavalos que corren hacia la casa y otro que se aproxima desde el sector de La Colonia. Busca en lo alto al avión, no lo ve pero escucha el sonido del motor al lado del bosque que se torna más leve en el fondo de la ensenada. Los dos grupos de chavalos se aproximan corriendo a la casa rosada.

“No nos esperaste”, le dice un chavalo cabezón que tiene el pelo chirizo.

“Te adelantaste”, le dice otro, un chavalo flaco de piernas largas.

El chavalo no responde, no les presta atención. Está pendiente del avión, solamente sonríe mientras los dos grupos se aglomeran frente a la casa rosada desde la cual han salido dos hombres que se dirigen a la pista. Desde el sector de La Colonia llega un jeep verde seguido por un tractor al que va acoplado un trailer.

El chavalo corre detrás de los dos hombres. Llega a la pista, mira hacia el corte en V que se abre al mar y observa a lo lejos el avión amarillo que comienza a descender, planeando sedita, sin escuchar el ruido del motor por la fuerza contraria del viento. Está maravillado, no puede creerlo, pero ahora sí, así como viene, suspendido en el aire, casi sin moverse, esplendido y majestuoso por el contraste que hace el color amarillo con el cielo azul y blanco caribeño, como a la espera de que sus manitos lo atrapen para jugar con el todos los días en el patio de su casa, se da cuenta que es cierto y cae en ello, ahora sí, lo ve y siente los golpes de su corazoncito palpitante y brinca, brinca de emoción, grita, grita con todas sus fuerzas para que lo escuchen en toda la bolita del mundo: ¡allí viene, allí viene!, y corre, corre de regreso al grupo compuesto por unos veinte chavalos, se le tira encima al cabezón de pelo chirizo, lo abraza, da saltos, lo suelta y hace lo mismo con el flaco de piernas largas y nota que todos lo hacen, todos se abrazan, brincan y gritan emocionados.

El avión toca la pista y el estruendo de los motores lo saca del trance en que se encuentra. Lo ve pasar a mil por segundo, ahora sí lo oye entre los gritos y la algarabía, siente que tiembla la tierra, la fuerza y el peso del avión lo zangolotea, impresionado lo sigue con la mirada extasiada, nota la efervescencia del calor que desprenden los motores y que rebota en el asfalto al hacer la maniobra de giro frente a la loma del faro con el azul del mar como telón de fondo.

“Alístate”, le dice el chavalo cabezón.

Se han calmado pero están atentos, sus sentidos en alerta.

El avión se acerca frente a la casa rosada y se apagan los motores. Los dos hombres aseguran el tren de aterrizaje y el que conducía el jeep verde —usa camisa desmangada, lleva barba en forma de pera y un habano en sus labios— se acerca al avión. Se abre la puerta cercana a la cola. El hombre del habano conversa con dos miembros de la tripulación, saluda al piloto quien desde la ventanilla de la cabina habla con él en inglés y les hace señales para que se acerquen.

Los chavalos se agrupan frente a la puerta formando una U. Desde el avión se escucha que mueven bolsas y cajas de cartón. Uno de los tripulantes se asoma a la puerta, rompe una bolsa de caramelos y la lanza. El grupo se avalancha sobre la puerta, la U ha desaparecido, ahora es un molote que con la mirada fija en los caramelos y los brazos abiertos espera que caigan al suelo mientras el otro tripulante tira sobre ellos una bolsa de chocolates. La lluvia de caramelos y chocolates sigue cayendo y cayendo mientras, como en una piñata, gritan y se dan empujones en el suelo, cada cual recogiendo a dos manos lo más que pueda, llenado las bolsas de sus pantalones y, al lograrlo, se quitan la camisa formando un saquito para llenarlo.

La algarabía dura varios minutos. Los chavalos se alejan poco a poco de avión pendientes de lo que el otro ha podido recoger mientras los hombres han colocado la escalera en la puerta para descargar y cargarlo.

“Vos agarraste más que todos”, dice el chavalo flaco de piernas largas dirigiéndose al cabezón.

“Que va a ser, mirá el montón que lleva aquél”, le contesta el cabezón señalando a uno del grupo que regresa a sus casas por el lado del faro mientras ellos se dirigen al tramo de La Colonia.

“Así debería de llover todos los días”, dice el chavalo de gorra y los tres ríen a carcajadas despareciendo de la pista.

1 de Septiembre de 2019


domingo, 4 de agosto de 2019

EL HOMBRE DEL ROSTRO TRISTE


El hombre pidió pasada con un gesto de tristeza en su rostro, deslizó suavemente su cuerpo corpulento y ocupó el asiento pegado a la ventana. Eran las ocho de la mañana con diez minutos. Me encontraba sentado en el asiento del pasillo por orientación del conductor, a la espera de los pasajeros que aprovechaban la parada de quince minutos para ir al baño y desayunar en el comedor La Choza de Nueva Guinea. El ayudante, un hombre joven, moreno y con el pelo chirizo cubierto de gel, tomó mi maleta y la colocó en el portaequipaje ubicado encima de los asientos. El estrecho pasillo dividía el bus en dos secciones de veinte asientos a cada lado, y al fondo, en la última fila de asientos, permanecía una pareja de enamorados.

Cinco minutos después, unos quince pasajeros abordaron el bus expreso entre Bluefields y Managua, el ayudante cerró la puerta corrediza, el conductor aceleró el motor para continuar el viaje, y con la sacudida, sentí el roce del cuerpo del hombre que se había sentado al lado.

“¿Usted es de Bluefields?”, pregunté.

“Sí”, respondió y volteó el rostro.

Fue un sí desganado, uno de esos sí que se dicen para salir del paso y evadir la conversación con un desconocido que se ha sentado al lado interrumpiendo la holgura de espacio, la privacidad del viaje y los pensamientos.

“¿A qué hora salieron de Bluefields?”

 Me observó con detenimiento y noté el color moreno de su piel, las facciones finas de su rostro envejecido, sus ojos color café claros, las paperas de su cuello y sus manos grandes y arrugadas que se aferraban con firmeza a la cabecera del asiento de enfrente. “Antes de las seis de la mañana”, dijo.

“Siempre que viajo a Managua trato de tomar el bus de esa hora”, comenté.

No hizo comentarios. Reclinó su cabeza en el asiento y miró hacia la ventanilla empañada por la lluvia desde la que pasaban árboles, cercas de alambre, casas y vehículos intermitentes.

Traté de estirar las piernas pero mi rodilla izquierda asimiló la estrechez del espacio existente con el asiento delantero. Miré hacia atrás y noté a los pasajeros ocupándose de sus cosas, unos con el teléfono móvil en las manos mensajeando, otros escuchando música con los auriculares puestos y la mayoría tratando se dormir. Tomé mi tableta de la mochila para leer, entonces me di cuenta del sonido estridente de la música, ranchera y de banda, que el ayudante del bus seleccionaba de una memoria externa conectada a un pequeño equipo de sonido colgado del techo detrás del asiento del conductor.

Rechinaron los frenos, crujió la carrocería sobre un reductor de velocidad y por unos segundos el bus se detuvo. La puerta se abrió dándole paso a un vendedor que ofrecía bolsitas de maní tostado cubiertos de azúcar. El vendedor me ofreció un semilla para probarlo pero le dije que no, muchas gracias, mientras la gran mano del hombre de al lado se extendía para tomarlo, llevárselo a la boca de prisa y pedir una bolsa. Bueno, a los bluefileños les encanta el maní, pensé al verlo masticar y degustarlo como un niño a punto de tener un empacho. Al regresar del fondo de bus, el vendedor depositó una bolsa en el tablero del bus, frente al conductor y el ayudante. Un tributo por la entrada a vender, pensé y unos minutos después se bajó del bus.

Traté de concentrarme en la lectura pero fue imposible, recliné la cabeza, cerré los ojos para tratar de dormir pero tampoco pude hacerlo. El teléfono móvil fue mi distracción hasta la parada de Juigalpa donde se detuvo el bus por quince minutos. Allí fui al servicio, pedí una gaseosa y un pico de piña. El hombre del asiento de al lado pidió cigarrillos pero le dijeron que no vendían. Fuera del local, los caracoles negros, lo vi tomarse una gaseosa acompañada de pan dulce y me pareció mucho más alto, casi llegando a los seis pies pero un poco encorvado. La edad no perdona, pensé y entró de primero al bus.

Luego del arrancón levantó su mano derecha para llamar la atención del ayudante y al tenerla le dijo: “Recuerde que me voy a bajar en el aeropuerto”.

“¿Va a tomar un avión?”.

“Si”.

¿Hacia los Estados Unidos?

“A Miami, pero primero a Fort Lauderdale, allí me esperan”.

“¿Allá tiene familia?”

“Sí, mis hijos”.

“¿Y en Bluefields?”

“Solamente un hijo”.

“¿Va de vacaciones?”

“No, no. Vivo en Miami desde hace 42 años”.

“Wow, desde hace mucho tiempo”, dije. No respondió pero noté que en su rostro una sonrisa esquiva. ¿Qué le parece Bluefields, el Bluefields de estos tiempos?

Se quedó pensativo, parpadeando uno segundos como tratando de ubicarse en un sitio oscuro. Respiró profundamente, estrechó sus manos y regresó la mirada. “Bluefields es otra ciudad con mucha gente de afuera que busca sobrevivir de cualquier manera y eso provoca delincuencia, violencia y crimen. La gente tiene miedo y vive encerrada en sus casas como en una jaula, con las ventanas cubiertas de hierro esperando un milagro para salvarse”.

“Yo soy de El Bluff, pero desde hace 23 años vivo en Nueva Guinea”, dije.

“¡De El Bluff!”, dijo.

“Sí de El Bluff”, respondí y dije mi nombre.

Me quedó viendo con detenimiento, escudriñándome con desconfianza.

“Yo trabajé en el muelle de El Bluff como estibador cuando era joven”, dijo con satisfacción en el rostro.

“Yo recuerdo, cuando estaba chavalo, quizás de unos diez años, que casi enfrente de la agencia aduanera de don Octavio Bustamante, los estibadores que trabajaban en el muelle instalaban su cocina en una casa vieja de madera. Al pasar por allí el ambiente se llenaba del aroma de las comidas que preparaban los cuques, aroma de la comida creole”, dije.

“¡Oh, sí!, dijo. Eran verdaderos cocineros, nos trataban bien, hasta nos preparaban el pan porque un hombre que trabaja hasta tarde en la noche, cargando un barco mientras dos o tres estaban anclados en la bahía esperando su turno para ser descargados, debe de comer su comida caliente”, dijo y noté su entusiasmo en la conversación.

Fue inevitable mencionarle a Felipe Álvarez, quien trabajó muchísimos años, casi toda su vida, como jefe de la bodega de la aduana. “Es mi abuelo materno, ¿lo recuerda?”

“Claro que sí, lo conocí muy bien. Estaba pendiente de nuestro trabajo dentro de la bodega y junto a los agentes aduaneros nos indicaban donde acomodar la mercadería que descargábamos. Tocaba una campana que indicaba la hora de entrada y de salida a los trabajadores”, dijo.

Uno de los pasajeros de enfrente abrió la ventanilla y el aire fresco se esparció entre nosotros. El bus volvió a frenar, se detuvo y se abrió la puerta. Una mujer subió mostrando una gran sonrisa y hablaba con el ayudante y el conductor como viejos amigos. Cargaba una pana de plástico y una cubeta. Comenzó a caminar por el pasillo ofreciendo rosquillas, bollo dulce y otras cosas de horno. Ni él ni yo le compramos.

Busqué en el teléfono una foto del muelle de El Bluff. Es una foto tomada en los años 40, en blanco y negro, y se la mostré. Miré, le dije acercándole el teléfono, un barco a vapor, se ven los estibadores en su labor, el edificio de la aduana cuando aún no tenía un segundo piso, una lancha o “pos pos” que viaja a Bluefields, la isla del Venado, Half Way Cay y al fondo el cerro Aberdeen.

“Es el mismo muelle”, respondió.

“Entonces usted conoció a mi tío Felipe, el cajero de la aduana”, dije.

“Sí, claro que sí y también a Jorge y a Pablo”, dijo.

“Ellos eran mis tíos”, dije.

“A tu mamá la conocí cuando era jovencita y luego se casó con tu papá, Mr. Hill”.

“¿También conoció a mi papá?”

“Sí, fui marino en uno de sus barcos camaroneros, en el Nilska Lorena, lo conocí muy bien, siempre estaba hablando y dando bromas a la tripulación”.

“Ellos fallecieron, están sepultados en Utila, una isla de Honduras, están juntos como siempre lo estuvieron”, dije y sentí una pesadez en la garganta.

“El Bluff de esa época no volverá”, dijo. “Pobre gente, tanta pobreza”.

“¿Usted conoció a Mr. Allen?

“Por supuesto, el watchman, siempre estaba alrededor de nosotros cuando estábamos cargando o descargando. También recuerdo a Bortey, a Pilito, a Chaguito Bermúdez, Juan Ramón Acosta y a otros que por ahora olvido”.

“Si menciono a los que yo recuerdo, estoy seguro que usted los conoció”, dije.

Se carcajeó, al fin, fue una risa que estremeció todo su cuerpo y luego hubo un momento de silencio entre ambos. El ayudante se acercó para pedirme el pago del transporte. Noté que pasábamos San Benito. El hombre volvió a recordarle al ayudante que se bajaba en el aeropuerto.

“¿A qué hora sale su avión?”

“Por la noche, a las nueve de la noche”, dijo.

“Va a pasar bastante tiempo en espera del vuelo”.

“Si, pero tiempo tengo suficiente, no tengo ninguna prisa”, respondió.

“Discúlpeme, ¿cuál es su nombre?”, pregunté.

“Mr. McElroy”, dijo sin mencionar su nombre.

El bus se detuvo frente a la primera entrada del aeropuerto, salí al pasillo para darle pasada. Le di mis deseos de un buen viaje y, al bajar las gradas del bus, se giró para decirme adiós con las manos mostrando una sonrisa en su rostro.

Lo vi alejarse desde la ventana. Cruzó la calle y se adentró en el predio del aeropuerto con sus pasos cortos y pesados, cargando una pequeña maleta. Luego lo perdí de vista. A mi lado quedaba el espacio vacío de este hombre que vivió una de las mejores épocas de Bluefields y El Bluff, un testigo de la grandeza de esos años. Que buen viaje he tenido, pensé al bajarme en la parada de buses de Atlántico. Ni cuenta me di del tiempo transcurrido, pensé al ver la hora.

Domingo, 4 de agosto de 2019.

viernes, 15 de marzo de 2019

CAMINATA DE FELICIDAD



“El domingo vamos a irnos de caminata”, le dije a mis nietas, Daniela y María Fernanda, al regresar a casa después de hacer mi caminata vespertina de todos los días (entre 4 y 5:30 p.m.). Mostraron entusiasmo y White Bush se unió al plan. Al día siguiente, sábado, no dejaban de recordarme que íbamos a hacer la caminata el domingo, y al llegar el día, antes de la hora, Emiljamary y ellos estaban listos.

Caminamos desde las 3:45 hasta las 5:30 p.m.

Aquí les dejo las fotos.


El camino

Sol, mucho sol
Alegría
Llegamos

Los protagonistas: Daniela, María Fernanda, White Bush y Emiljamary.

Compartiendo galletas
Mamá, ya no aguanto

jueves, 21 de febrero de 2019

BACKTOWRITE CON GIFITI Y ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO

Si sos uno de los lectores que insisten y preguntan por qué he dejado de escribir, tomo conciencia de ello y descubro que han transcurrido varios meses desde la última vez que lo hice. Meses horribles, meses de tristeza. Agradezco por estar pendientes, por alimentar el reto maravilloso de vencer la página en blanco, por motivar la chispa de la pasión que se siente al escribir.

Como recalentamiento te voy a contar algo que, si somos contemporáneos, estoy seguro que te lo dieron a probar, y desde esa primera vez no quisiste probarlo nunca más. Me refiero al aceite de hígado de bacalao y algo nuevo que he probado en estos últimos meses, Gifiti.

Platicaba con un viejo amigo de origen alemán sobre la situación de su finca. Hablamos del estado de la carretera: pésima señor, increíble, increíble señor. Dijo que el verano estaba entrando, el invierno se aleja, la neblina de la mañana es una cortina gris que humedece los pastos y vuelve invisible al ganado que pastorea en los alrededores de la casa, los aleros gotean las plantas del jardín, el amanecer se torna agradable hasta que a las nueve de la mañana calienta el sol. Observo el atardecer sentado en una mecedora desde el corredor, no hay otro lugar mejor, no he visto otro igual señor, increíble, increíble. Con un trago de ron se aprecia mejor, dije. Oh señor, no me diga, no me diga, siempre tengo un poquito, contestó y me ofreció un vaso y hielo para que me sirviera un trago de gran reserva. No puedo acompañarlo, estoy tomando pastillas para desparasitarme, le dije y frunció el ceño. Beba un poquito de coca cola por favor, puede ponerle soda también, eso no le va a hacer daño, señor. Lo hice, le agregué bastante hielo y la soda neutralizó el sabor dulce.

Tomó de la bolsa de su camisa un puro marca Casa de Alegría elaborado en Estelí. Lo cortó en dos porciones con un cortapuros y con un encendedor de alta presión lo encendió. Inhaló profundamente el humo. La mesa y los alrededores se llenaron  del aroma suave y dulce del tabaco. Tome señor, tome está mitad, dijo ofreciéndome la otra mitad del puro. Gracias, pero dejé de fumar hace cinco meses. No me diga, no me diga, increíble señor. ¿Ha probado el Gifiti?, pregunté. ¿Qué cosa señor? ¿Qué cosa? Gifiti, un licor hecho por las Garífunas, respondí y le pedí al mesero que nos mostrara una botella. Nunca, dijo al tomar la botella en sus manos. Lo bueno está en sus ingredientes, dije. ¿Qué cosa? ¿Qué cosa? Tomé la botella y leí en voz alta la etiqueta: licor reposado en plantas medicinales, incluyendo Cuculmeca, Hombre Grande, Quina, Uña de Gato. ¡No me diga, no me diga, señor! Yo he comprado de algunas de esas plantas en la clínica del Japón de Managua, he oído esos nombres, me gusta, mucho me gusta, sí señor, dijo el viejo amigo alemán y apuró el vaso con un trago profundo, chupó el puro, exhaló el humo y degusté el aroma mezclado de tabaco y ron.

Para motivarlo a probar el Gifiti llamé a Manuel, un amigo que fue convencido por el garífuna promotor del ron para que se tomara un trago tres veces al día, por la mañana antes de desayunar, antes del almuerzo y antes de dormir, y se lo presenté al alemán. Sí, dijo Manuel, me tomé tres botellitas y desde la primera noté el cambio, me daba mucha hambre, me calentó el cuerpo y ahora ya no tengo dolor en la espalda ni en los huesos, me siento mejor porque antes de dolía todo. ¡No me diga, no me diga! Yo voy a llevar tres botellitas y las probaré cuando esté en mi casa, dijo el alemán y pidió las tres botellas.
  
Señor, escúcheme, escúcheme señor, voy a decirle algo increíble, increíble. El viejo amigo alemán se mostró entusiasmado. Aquí en mi finca, un hombre y una mujer joven, tienen una hija pequeña, muy niña, de tres o cuatro años. Ellos viven en una de las viviendas de la finca y un día ellos contaron que la niña estaba muy enferma, con muchos dolores que de tan fuertes no podía ni siquiera dormir. El hombre con su mujer han gastado mucho dinero, miles de billetes buscando como curar a la niña con doctores y medicamentos, mucho dinero para ellos que son pobres, hasta el hospital Metropolitano de Managua la han llevado sin poder hacer nada por ella. Increíble señor, imagina usted a la mamá de esa niña, sufre mucho también ella. En Managua el doctor dijo que no podía hacer nada, que podían aliviar el dolor pero no curarla de artritis reumatoide. El papá me llevó a verla, ¡horrible! señor, la niña en un rincón de la cama quejándose, sus manos inflamadas, rodillas y brazos, ¡horrible, horrible señor!  En Managua yo le conté a mi hermano y pasó el tiempo. Un día de viaje de regreso a la finca mi hermano me entregó una botella de medicina con un papel donde escribía como deben usarla para dársela a la niña. Meses después el papá de la niña me dijo que le diera muchas gracias a mi hermano por la medicina porque la niña estaba mucho, mucho mejor, que ya no se quejaba del dolor y que podía dormir por las noches. Volvió al puro y al ron el viejo amigo alemán y me dejó intrigado.

¿Qué medicina le dieron a la niña?, pregunté. ¡Increíble, señor, increíble! Era aceite de un pez, ¿cómo se llama? Mi mamá nos reunía a mí con mis hermanos en la mesa y nos daba una cucharadita de ese aceite con unas gotitas de limón como vitamina. Era horrible pero teníamos que tomarlo. Bacalao, a mí también me lo daban, dije. ¡Eso, eso mismo señor, bacalao! Eso fue lo que curó a la niña, increíble señor, increíble. Luego seguimos conversando y me despedí diciéndole que esperaba su impresión del Gifiti la próxima vez que nos viéramos y que buscaría el aceite de hígado de bacalao.

Dos semanas después nos encontramos. ¿Le gustó el Gifiti?, pregunté. Oh sí señor, increíble, increíble, muy bueno, me calienta todo el cuerpo. Y a usted señor, ¿cómo le fue con el aceite de bacalao?, preguntó. Fui a Managua y le conté a un viejo amigo lo maravilloso que resulta ser el aceite de bacalao, la historia sobre la niña y se interesó tanto que él también iba a comprar. Su asistente, una chavala muy atenta y cordial, investigó que en una farmacia de productos naturales llamada La Naturaleza podía encontrar el aceite de hígado de bacalao. Señor, señor, allí es donde compro hierbas para mi té, increíble, desde hace muchos años visito ese lugar, dijo entusiasmado el viejo amigo alemán. Resulta que fui con mi amigo y encontramos el aceite de hígado de bacalao, seguí platicándole. Al ver mi amigo la botellita de aceite y leer la etiqueta que señala que su uso es oral y la dosis, dependiendo si es para niños de 1 a 5 años, de 5 a 12 y adultos y niños mayores de 12 años, me quedó viendo como decepcionado y dijo: ¡Ideay, yo creía que iba a frotarle todo el cuerpo a mi mujer con este aceite pero resulta que es bebido! No paré de reírme por la inventiva imaginación de mi amigo, al final compramos el aceite y otras yerbas para los males que en esta edad nos aquejan. El viejo amigo alemán entendió la intención del viejo amigo de Managua y se carcajeó. ¡Increíble señor, increíble, se imagina usted si su amigo de Managua también tomara Gifiti!

Qué diría el viejo amigo alemán si se diera cuenta que conozco a varias mujeres que se toman todos los días un trago de Gifiti por la mañana y otro por la noche, pensé luego de despedirnos y verlo partir en La Pasajera. 

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Miércoles, 20 de febrero de 2019