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miércoles, 28 de diciembre de 2011

EL PICAPEDRERO

Un día estaba escribiendo una historia de esas que a muchos de ustedes les gustan, con todas las cositas necesarias para embrujarlos desde la entrada: una buena trama con los personajes idóneos, con sus debilidades y fortalezas, enfrentados en una lucha feroz donde solamente uno de ellos podía ganar. Llegó un momento en que cobraron vida, me quedé sorprendido: no encontraba el final. Trataba de concluirla de diferentes maneras, empujando las palabras, girándolas, volteándolas para encontrar esa chispa que provoca la magia para conseguir un cierre digno y me di cuenta que no acertaba. Se rebelaron en mi contra. Me di cuenta en ese momento que debía dejar de escribir. Y lo hice.
           
Con calculadora en mano, me doy cuenta que he contado muchas historias, algunas buenas, otras regulares y muchas malas. Es normal, escribir no es fácil. De un pasatiempo se ha convertido en una adicción. No puedo dejar de escribir en este blog, pero voy a hacer el intento. No crean que escriba de gratis, no. Tiene un costo y muy alto. Ahora que llegamos a diciembre, un mes mágico, voy a tomar unas vacaciones. No voy a Cancún ni a Nueva York, no voy a ningún lado, pero me voy de vacaciones. Me voy contento, hago una pausa para meditar cómo voy a hacer para lograr lo que me propongo el próximo año.

Algunos dirán qué diablos importa lo que hagas con tu vida, pero debo comunicárselos, porque de eso se trata esto: mantener el hilo de la nuestra. Tengo planes y son maravillosos. No, trabajar ya no, trabajé desde los 18 años y a esta edad, aunque no lo crean, me ofrecieron un trabajo de jefe a nivel nacional de un proyecto financiado por una organización de las Naciones Unidas y, aunque la paga era súper tentadora, lo rechacé desde la entrada. Problemas, envidias, cizañas, puñaladas por la espalda, serruchaderas de piso, enemigos gratis, ya no. Suficiente, ¿verdad?

Siempre he sido maestro y volveré a serlo, creo que al final ese es mi mejor perfil. Fíjense que en estos días unos clientes hicieron un taller de tres días y se hospedaron en mi negocio; para que no se durmieran en el taller, inventé la dinámica de leerles mis historias, mis mentiritas casi ciertas y diario les leía, una en la mañana y otra por la tarde. Se fueron encantados y por la atención que brindo. Pero mayor fue la satisfacción que yo tuve. Es increíble, escribir las historias y que ustedes las lean es genial, pero que yo lea las historias que escribo es otra cosa, no tiene precio, es inspirador, revelador. Me dedicaré un parte del año a provocar, a entusiasmar, a contagiar a otros a que cuenten sus historias.
           
También voy a seleccionar, mejorar y editar las más de 170 entradas que tengo en este blog, agregando unas chispeantes, para regalarles en el próximo año un librito. Sí, ya lo sé, voy a necesitar reales para ello, pero los reales al final salen sobrando. ¿Qué difícil? Ya lo sé, pero si necesito la ayuda de ustedes se los comunicaré. Dicen que todos debemos hacer tres cosas importantes en la vida: formar una familia, construir una casa y escribir un libro. Ya tengo las dos primeras, intentaré lograr la tercera.
           
Estaré bastante ocupado, espero que la tentación de escribir en este blog no supere lo que me propongo porque tengo un plan grande; y me voy a focalizar en ello. Como dijo Juan Carlos Onetti… “Cuando un escritor pide a la literatura algo más que los elogios de honrados ciudadanos que son sus amigos, podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier cosa, pero seguirá escribiendo. No porque tenga un deber a cumplir consigo mismo, ni una urgente defensa cultural que hacer, ni un premio para cobrar. Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia”. Si la nostalgia me invade hasta enloquecerme como el encadenado que pica piedras, siempre los buscaré.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 28 de diciembre de 2011

sábado, 24 de diciembre de 2011

¡FELIZ NAVIDAD!

Reciban este simple mensaje de mi corazón,
levantando esta copa, dándole gracias a la vida,
gracias a Dios y gracias a todos ustedes,
gracias por los aplausos brindados.

Gracias por todos y cada uno de los niños de mi linda Nicaragua,
y rogando por todos ellos, que ninguno tenga necesidad y angustias.
Dándote gracias por todos los padres y madres de mí linda Nicaragua,
por los que son completamente feliz con sus hijos y por los que sufren pues ya no tiene a sus ángeles queridos, a sus madres.

Dándote gracias por todos y cada uno de mis amigos,
los cuales en realidad buscan tu camino, son sinceros,
y sobre todo tienen muchos detalles.
y a esos que siguen pidiendo justicia, justicia sincera.

Justicia que no se deja llevar por colores de piel ni políticos, justicia que se basa en tu amor.
Y pido justicia para los caídos, para todos los que murieron.
Y pido, con toda sinceridad, el consuelo de todos los que han sufrido los embates de la vida. Te pido por los presos, porque detrás de aquella celda una feliz navidad es un logro.
Pido por los que no tenemos recursos, pero que seguimos trabajando día a día.

Y levanto esta copa con dolor, para solamente decirte, gracias, porque tu eres el único que no nos falla, porque tu eres el único que teniéndolo todo, preferiste ser nadie. Enseña a mantenernos así.

Y por favor, que los reyes nunca olviden a los muchos niños que no tendrán juguetes este año, de los muchos niños que no escucharan villancicos, de los muchos niños que quizás nunca tendrán una feliz navidad, cuida a mis hijos, a mis nietos y ten misericordia de todos nosotros, que el mejor regalo que hemos tenido has sido tú.


Aquí les dejo este vídeo. Dale click.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA NOSTALGIA POR SUS PUEBLOS LA ACOMPAÑARÁ

La conocí por uno de sus escritos. Recuerdo sus bellas descripciones, sus imágenes como grabadas en óleo, su corazón palpitando en el papel, en cada frase y su anhelo por convencer de que somos un mismo pueblo, separado por líneas imaginarias llamadas fronteras. Un pueblo que celebra las mismas fiestas, que disfruta las mismas comidas, los mismos lagos y volcanes, los mismos ríos serenos, la misma música, el mismo cielo, el mismo sol y la misma luz plateada de luna que embruja a su mismo mar.  Un pueblo que sufre los mismos embates de la naturaleza: terremotos, inundaciones y huracanes. Un pueblo que sufre, día a día, golpes poderosos, las pisadas de animales jurásicos en combates frenéticos por ostentar el poder hasta saciarse de la misma sangre. Un pueblo con los mismos rostros, los mismos ranchos, los mismos árboles y las mismas flores. “Qué bella es”, pensé.
           
Luego, con el paso de los meses, participamos en el Festival de Blogs de Nicaragua. Y de allí para acá, nos hicimos amigos. Tiene una amplia sonrisa, de lentes que no necesita para observar con pasión la vida que transcurre a su alrededor. Nos comunicamos por correos, luego a través de mensajes en Facebook y al final por Skype. Al escuchar su voz recordé aquellas imágenes y, al verla, descubrí la alegría y grandeza de su corazón. Nunca coincidimos para estrecharnos la mano ni para conversar acompañados por nuestros cigarrillos y una buena taza de café, gustos que compartimos.
           
Siempre hablamos de nuestras pasiones: escribir. Ella tiene su blog, 1001 trópicos. Ella es Mildred, Mildred Largaespada. En una de nuestras pláticas me dijo que se iba definitivamente para España, a Córdoba, donde vivirá. “Voy por avión hasta Madrid y luego en tren hasta Córdoba”, dijo.
           
Estoy seguro que la nostalgia por sus pueblos la acompañará y desde lo más profundo de su corazón nos regalará en sus escritos, sentimientos renovados de esperanza en el futuro posible, enriquecidos de deseos para ver un día a sus pueblos libres de cadenas y botas sucias que los pisotean. El viaje será difícil, deja una parte de su corazón. La otra se va con su marido y sus hijos. La imagino pensativa, en el avión y en el tren. Las mismas imágenes, los mismos pueblos que describió resurgirán en su trayecto.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
21/12/2011 10:53 a.m.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

¡REVOLUTA!, ¡REVOLUTA!


Esperaban ansiosos que pasaran los prolongados meses lluviosos. El dinero que sus padres les entregaban para sus gastos en el recreo, durante las clases en Bluefields, lo ahorraban para comprar la mayor cantidad posible de chibolas o canicas. Entre más bolitas, más juegos y mayor la apuesta. Antes de dirigirse al muelle de las pangas y abordar el barco para trasladarse al puerto entraron a la tienda de Wing Sang. Recorrieron los estantes y se detuvieron en la sección para niños.

   Mira, aquí están las bolitas —dijo Pancho señalándolas con el dedo. ¿Cuántas vas a comprar?
    No sé —respondió El Tanquecito y se quedó pensativo, indeciso.
    ¿A cómo son? —preguntó Pancho a la chinita que los atendía.
    Tles pol chelín —respondió acomodándose un palillo en el moño de su pelo.
    Déme tres pesos —dijo El Tanquecito con decisión— y vos, ¿cuántas vas a comprar?
    Sólo me queda un peso porque compré cigarros. Dame un peso — le dijo a la chinita, mirando de reojo y con malicia a El Tanquecito.

Con sus bolitas en los bultos salieron corriendo hacia el muelle y partieron en el barco “La Lesbia” hacia El Bluff. Luego de dejar los bultos se cambiaban el uniforme por pantalones cortos, camisetas y botitas burro marca Adoc. Con permiso de sus padres o sin él, se escapaban para jugar por las tardes. Se reunían frente al patio de la casa de doña Carmelita, al lado derecho del andén, propiamente al dar la vuelta por la esquina de la casa de Miss Lilian, frente al muelle de los guardacostas y el mar azul sobre la playa de El Tortuguero. Pancho era el primero en acudir al sitio por vivir a tres casas distantes, frente a la bajada del muelle de la aduana. Luego se aparecía El Tanquecito, sonriente con la bolsa de bolitas amarrada en la faja del pantalón y el permiso de su mamá.

Inquietos esperaban la llegada de El Sapo y El Guerri quienes vivían en el otro extremo del puerto, siguiendo el andén hasta la capilla de la iglesia católica. Ninguno de los dos estudiaba en Bluefields. El Sapo era el mayor y el más rudo de ellos, trabajaba por las mañanas en la casa de Luis Uscudun, ayudándole a Marlon William a elaborar agujas de plástico para cocer redes y peinetas en una maquinita eléctrica donde dejaban caer finas pelotitas de plástico de diferentes colores en los moldes; al ser derretidas, salían los productos que pulían con esmero. El Guerri vivía al terminar el andén, contiguo al cementerio y era el más flaco de ellos, su tiempo transcurría en los alrededores de la cancha de basketball donde jugaba por las mañanas con sus amigos vecinos.

    Ya tardaron mucho —dijo Pancho. Hagamos el ring mientras los esperamos.

Sin opinar, El Tanquecito lo observaba. Tomó un pedazo de palo y sobre el suelo arenoso, a un metro del corredor de la casa continua a la de doña Carmelita en dirección a la de sus padres, trazó un círculo de unos cincuenta centímetros de radio. Decidido a trazar la raya comenzó a contar sus pasos.

    Espérate, espérate, no hagas la raya. Tenemos que ver con ellos a qué distancia vamos a jugar —dijo El Tanquecito.
    Ya se dilataron, se hace tarde —respondió Pancho.

Tres guardias que pasaban por el lugar se detuvieron para ver el juego. “A qué hora comienzan”, preguntó uno de ellos. “Esperamos a El Sapo y a El Guerri”, respondió El Tanquecito. “No tardan, El Guerri está esperando a El Sapo, frente a la casa de Uscudun”, dijo otro de los guardias. Segundos después aparecieron El Sapo y El Guerri con sus bolsas de canicas amarradas en la faja.

    Ya nos íbamos a ir —dijo Pancho.
     Mira, ya hizo el ring —dijo El Guerri.
    ¿Y la raya? —preguntó El Sapo.
    Ustedes deciden a cuántos pasos vamos a jugar —dijo El Tanquecito.
    A nueve —respondió Pancho y todos asintieron.

El Tanquecito se paró en el borde del círculo y comenzó a caminar contando los nueve pasos en dirección a la casa de Miss Lilian. Con la punta de su botita Adoc marcó el punto y Pancho trazó con el palo la raya de tres metros de largo, paralela al círculo.

    ¿De cuánto es la apuesta? —preguntó El Sapo.
    De cinco bolitas —respondió El Tanquecito.
    Vale, de a cinco y sin marrullas —dijo El Guerri.

Los cuatro se acercaron al círculo y sacaron las cinco bolitas. Las acomodaron de tal forma que quedaran separadas y cada cual estaba pendiente de que los otros cumplieran lo acordado. Luego cada quien lanzó con su mano la bolita hacia la raya, mientras los otros median la distancia a la que quedaba para determinar quién iniciaría de primero el juego: sacar la mayor cantidad de chibolas del círculo.
           
El Tanquecito quedó de primero, El Guerri de segundo, El Sapo de tercero y Pancho de último. Los guardias se sentaron en el andén observando el juego, igual que otras personas que pasaban. El Tanquecito se acomodó de cuclillas, midió una cuarta con su mano izquierda desde la raya, acomodó la canica entre los dedos pulgar y anular de su mano derecha y la lanzó con fuerza hacia el centro del círculo. No dio en el blanco y los otros sonreían por su fracaso. Luego siguió El Guerri y, en el preciso instante en que iba a lanzar de cuclillas su canica hacia el círculo, se escuchó un gritó.

    ¡Pancho! ¡Pancho! ¡Vago! ¡Rejodido! ¡Vení a jalar el agua que los tanques están vacíos!

Todos volvieron a ver en dirección a la casa de Pancho. Era doña Juana Angulo que sostenía una faja esgrimiéndola en su mano derecha mientras Pancho, como gacela, se aventó sobre el círculo de canicas y gritó: ¡Revoluta!, ¡Revoluta!, ¡Piso!, ¡Piso!, tomando todas las canicas y salió corriendo sobre los corredores de las casas vecinas en dirección a la suya. Los guardias reían a carcajadas mientras El Tanquecito, El Guerri y El Sapo lo maldecían enojados.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 14 de diciembre de 2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

SIGFRID ERWIN RUTHLING: CON LA SOGA AL CUELLO

De prisa, con el corazón palpitando como huyendo de sí mismo, entró a la casa. Introdujo sus grandes botas viejas llenas de lodo en la cuerda que, por el contrapeso, lo elevó al segundo piso de madera. Su cabello largo se sacudió en el trayecto y, al sentirse seguro, se sentó en la litera. De una patada apartó de su lado la cubeta y se asomó a la ventana como buscando fantasmas en la oscuridad de esa noche lluviosa. Encendió un cigarrillo, al terminarlo se acercó al precipicio de cuatro metros que lo separaba de la planta baja. Tomó la cuerda, la amarró de la viga que sostenía la estructura del techo a dos aguas, hizo un lazo y, con lágrimas en sus mejillas, se lo acomodó en el cuello. Se quedó pensativo y recordó su pasado.

En la euforia de su juventud, a inicios del decenio de 1980, llegó a Nueva Guinea como internacionalista, participando en una brigada de solidaridad proveniente de la República Federal Alemana. “Eran doce y se trasladaron a la colonia Jacinto Baca donde se desarrollaba un gran proyecto de cacao con cooperativas campesinas”, dijo Donald. Apoyaban a los campesinos en la construcción de viviendas y una noche fueron secuestrados por la contra. Los retuvieron enmontañados por cuarenta días mientras a nivel internacional y en distintos foros, el gobierno de Nicaragua denunciaba el hecho. Una columna del ejército desarrolló un operativo para liberarlos y el teniente Daniel Esquivel cayó en una emboscada en la zona conocida como el Naranjal, cerca de la colonia Talolinga. Fueron liberados y, al regresar a Nueva Guinea, fundaron un taller al que nombraron “Daniel Esquivel”, en honor al teniente que se hizo amigo de ellos mientras construían casas. El taller era para capacitar a los hijos de los campesinos organizados en mecánica automotriz, electricidad, soldadura y torno. “Después del susto, todos los integrantes de la brigada regresaron a su país, pero Sigfrid Erwin Ruthing se quedó”, agregó Donald.

Dominaba el arte de la construcción y la carpintería. Ejercía ambos oficios y los albañiles de la zona se quedaban admirados al ver su destreza, el esmero y la velocidad con que armaba el hierro, paleaba el concreto para hacer la mezcla chorreándolo en los cimientos, pegando bloques y su agilidad con la cuchara repellando paredes. Subía a las columnas para tejer la estructura del techo como araña. “Cuando perdían el tiempo era drástico, enojado les llamaba la atención y por ello muchos no querían trabajar con él. Decían que estaba loco, que se fumaba varios cigarros de marihuana”, dijo Agenor. Su aspecto poco le ayudaba. Alto, barbudo, gafas finas, pelo rubio largo con una colita amarrada tras la nuca, una chapa en la oreja derecha y, al caminar, daba grandes zancadas como desesperado sobre el lodazal. Los chavalos le gritaban su nombre al verlo por las calles tratando de burlarse, pero él no les hacía caso.

Con el tiempo, combinó su oficio con la labor de maestro. Impartía clases en INATEC sobre su arte y estudió magisterio por encuentros en la Escuela Normal. Posteriormente fue profesor de orientaciones prácticas en la Escuela Salinas Pinell donde trataron de obligarlo a cambiar su apariencia, mal ejemplo para los alumnos, pero se negó. Luego argumentaron que no podía seguir impartiendo clases porque no tenía título de bachiller. Decidido a obtenerlo se matriculó en el Instituto Nacional Rubén Darío donde se graduó. “Su mochila era una cubeta de cinco galones, allí cargaba los cuadernos, libros y lapiceros”, dijo Moisés. Una vez lo vi recostado en uno de los pilares de la discoteca Eclipse 2000 y tenía a sus pies la cubeta. El galerón estaba repleto de gente, bailaban “que vengan los bomberos”. Al concluir la pieza, el disc-jockey anunció la canción “the eyes of the tiger”. Todos se hicieron a un lado formando un círculo y Sigfrid se apoderó de la fiesta. Entró al círculo cubierto por un aura de bailarín de ballet y dio tres saltos, desamarró el nudo de la cola del cabello, sacudió la cabeza girándola, movió las piernas hacia atrás y delante, contorsionó todo el cuerpo y terminó bañado en sudor. La multitud lo aplaudía con gritos de entusiasmo. Tomó su cubeta y desapareció
           
Años después, al caer el muro de la vergüenza, regresó a su tierra para visitar a sus padres. Regresó triste. “No le gustó el ambiente, la vida citadina lo desesperó”, dijo Agenor. Añoraba la paz y tranquilidad que gozaba en esta tierra húmeda y montañosa. Compró una bicicleta y circulaba por las calles lodosas. Dejó de viajar en buses a Managua y, con la mochila en su espalda, recorría de ida y vuelta los doscientos ochenta kilómetros hasta la capital; se montaba en su bicicleta para visitar las colonias y comunidades. Cuando la bicicleta se deterioró por el trajín, sin pedales, la empujaba de tramo en tramo para hacer sus recorridos.
           
Al retirarse de Nueva Guinea, el último de los alemanes que formó parte de la brigada secuestrada le ofreció el cargo de administrador del taller, pero no lo aceptó. Por su destacada labor le donaron una manzana de terreno. Allí construyó, pieza por pieza, golpe a golpe, la casa que habitaba con el dinero que ganaba y la poca ayuda que sus padres le enviaban. De dos pisos, con techo a dos aguas, y piso de tierra la parte de abajo, sin escaleras para acceder a su dormitorio y evitar que extraños subieran a robarle.

Su mayor decepción la sufrió cuando las sandinistas perdieron las elecciones y el neoliberalismo se enseñoreó, abandonando el apoyo que recibían las cooperativas. Hizo un nuevo intento por regresar a su tierra para quedarse definitivamente, pero dos meses después regresó. Su caminar ya no era el de aquellas zancadas apuradas, se volvió lento y pesado, nostálgico. El mal humor inundó sus venas y trataron de quitarle la tierra que le habían donado. Para evitarlo, comenzó a vender solares y se quedó únicamente con el lote donde erigió su palacio y la parcela que tenía en la Reserva Indio – Maíz. Se desaparecía por meses y, en las profundidades de la selva, vivía la libertad que anhelaba, escuchando el rugir de los tigres, el canto de las lapas, cosechando el maíz y los frijoles que requería para alimentarse. La sociedad nunca lo comprendió. Lo miraban como a un vagabundo que vivía elevado en las nubes de cannabis. No se daban cuenta que de esa manera escapaba de sus penas.

Con la soga apretujada al cuello como a su vida misma, se mostraba indeciso. La lluvia caía con violencia sobre el techo de zinc y en el preciso instante que se preparaba para quitársela, el destello de un relámpago lo dejó ciego; un segundo después, el rugir de un trueno enardecido lo asustó y cayó al precipicio.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 09 de diciembre de 2011

lunes, 12 de diciembre de 2011

TIEMPOS DE PASIÓN

Nos sentamos alrededor de una mesa pequeña y se quedó admirando el ambiente: tres pantallas planas, un bar lleno de luces, gente joven a nuestro alrededor que sonreían y cantaban sus canciones preferidas, las que están de moda, rancheras y románticas. “Me gusta este lugar”, dijo. “¿Vas a cantar?”, pregunté; “mi mujer es la que canta, yo no”, respondió.

           Comenzó a sonar la canción “Que será” de José Feliciano y el chavalo que ameniza el karaoke me pasó el micrófono. No sabía de qué se trataba pero Henry Avilez, desde otra mesa, comenzó a entonar la canción; me hizo señas y la cantamos a dúo. Escuchó la estrofa: “ya mis amigos se fueron casi todos y los otros partirán después que yo, lo siento porque amaba su agradable compañía, mas en mi vida tengo que marchar”; me miraba sorprendido y animado dio varias palmadas en mi espalda. Teníamos muchos, muchos años de no vernos, de no sentarnos en una mesa a platicar y, al hacerlo, recordamos aquellos tiempos.
           
Como por arte de magia, provenientes de diferentes lugares, coincidimos en Nueva Guinea en la época de postguerra a inicios de la década de 1990. El escenario era desalentador: instituciones del Estado caquécticas, un gobierno local recién electo que estrenaba temeroso la Ley de Municipios para actuar, miles de familias campesinas que retornaban de los campos de refugiados desde el exterior con esperanzas y sonrisas en sus rostros, la infraestructura social existente en ruinas, el bosque tendido en el suelo por el paso del huracán y la producción agropecuaria paralizada. La población estaba deseosa de paz para la prosperidad y el gobierno de Nicaragua se focalizaba en concretizar el proceso de desarme y reconciliación de ambos bandos después del conflicto armado. “Tengo un fusil AK 47 partido en dos, colgado en la oficina de mi casa”, dijo Thomas Pijnenburg.
           
La cooperación internacional se volcó, en esos años, con la ayuda necesaria apoyando el proceso de reconciliación y muchos proyectos que fueron aprobados en la etapa sandinista comenzaron a implementarse, adecuándose a las condiciones de la nueva realidad. En uno de ellos, llamado PRODES, financiado por el gobierno de Holanda, los conocí. Eran las estrellitas, Thomas Pijnenburg, un antropólogo holandés y Pío Martínez, su contraparte nacional, un sociólogo originario de Rivas. También coincidieron Oscar Sánchez al frente de un proyecto de agua y saneamiento ambiental financiado por el SNV llamado PASOC, Ramiro González construyendo casas e infraestructura social en el casco urbano con un proyecto financiado por la AECI y otros muchos más. El jefe de la Policía era el hoy presidente de la FENIBA, comisionado Adolfo Marenco y al frente del Ejército, Rafael Rosales (qepd). El alcalde Orlando Baquedano.
           
“Recuerdo la primera vez que te vi montado en un camión Mercedes Benz de doble eje, azul celeste con placa amarilla y una bandera ondeante de las Naciones Unidas con el logotipo de ACNUR estampado en ambas puertas”, dijo Thomas. Llamé a Harry, el dueño del karaoke y le pregunté “¿te acuerdas de este chele?, éramos clientones del restaurante de tu mamá”. “Sí, claro, ustedes eran como unos diez, yo estaba chavalo y mi mamá me dejaba atendiéndolos porque volaban lengua hasta altas horas de la noche”.
           
La química hizo efectos rápidamente y la empatía creció entre todos. Cada quien desde sus trinchera de trabajo focalizado, pero nos buscábamos para comentarnos los problemas que surgían. “Oye, hace un break, vamos al Peñón a tomarnos un cafecito”, “ya son las cinco, te veo como esclavo, apúrate que nos vamos a reunir donde la Hilda” y entre pláticas amenas, eufóricas, apasionadas y criticas constructivas edificábamos la visión deseada, la imagen recuperada, revitalizada de una nueva “luz en la selva”.
           
Los espacios públicos de concertación fueron promovidos por el grupo. La Comisión Municipal de Defensa del Medio Ambiente, la Comisión Social, la Comisión Económica, etcétera, tenían altos niveles de participación. Todos los actores locales, líderes religiosos y comunitarios, el alcalde y el concejo municipal participaban en ellas buscando el consenso para enfrentar los retos de esos tiempos. Las visiones compartidas en las reuniones informales se volcaban en esos espacios donde cada uno exponía sus argumentos y, luego de acaloradas discusiones, mediante un proceso de votación, libre y democrático, llegábamos a acuerdos que materializábamos con el aporte de todos.
           
“En todas las consultorías que he hecho desde esos tiempos, siempre menciono el trabajo conjunto que hacíamos en la Comisión del Medio Ambiente”, dijo Thomas. Se refiere a la decisión que tomamos con la participación activa de MARENA, Alcaldía, Policía Nacional y el Ejército para ponerle freno al despale indiscriminado y a la comercialización ilegal de madera que por las noches salía en camiones atestados hacia Managua. “Nos respetaban, estábamos jóvenes, ingenuos, llenos de ilusión”, agregó.
           
Nunca olvida a Pío Martínez, su contraparte. “A ver, chele, cómo fue el accidente que tuviste con el avión ultraliviano impulsado por un pequeño motor”, le dije. “Nunca lo había volado pero un día me decidí. Lo armamos y cerca de las casas que construimos con el proyecto, improvisamos una pequeña pista. Me elevé por unos minutos pero una bolsa fuerte de viento me atrapó, no pude dominarlo y caí en un colchón de pasto Elefante que habíamos sembrado. Antes de despegar, Pío me decía que le dejara firmado mi testamento heredándole mis cosas, pero al verme caer, en un instante estaba a mi lado, asustado, y tratando de rescatarme se quemó el brazo con el motor. Él fue el accidentado”, dijo sonriendo, “éramos buenos amigos, nos íbamos en las motos hasta donde podíamos llegar, en el lodazal, subiendo y bajando cerros, hablando con los campesinos y nos caíamos embarrándonos todo de lodo. No nos bastaba eso y nos montábamos en mulas hasta adentrarnos en la montaña. De esa manera hicimos el recorrido hasta Bluefields por la trocha que ahora será carretera”.
           
Recordó varios momentos de esos tiempos. “Vos siempre fuiste el más crítico de todos, el que ponía sin rodeos en la mesa los puntos sobre las íes. Una vez nos dejaste sorprendidos. Desde la alcaldía convocaste a un encuentro de organismos de cooperación externa, más de treinta, para discutir y buscar formas de trabajo conjunto. Tomaste un mapa de Nueva Guinea con círculos de distintos colores, lo pegaste en la pared y comenzaste a mencionar a los organismos que trabajaban en la misma comunidad, haciendo las mismas cosas sin coordinar acciones. Desde ese momento, la dinámica de trabajo cambió: todos tratábamos de coordinar acciones por muy insignificantes que fueran”, dijo Thomas. Una mañana le presenté a mi hijo Ronald: “este es aquel chele que andaba disparado por las calles con una moto Kawasaki 650”, dijo. “El mismo”, respondió sonriente.
           
Preguntó por todos los amigos de esos tiempos. Mostró fotos de su casamiento, de sus hijas y de su casa en España. Regresó a hacer una evaluación de los proyectos TIC (Tecnología de la Información y Comunicación) financiados por el gobierno de Finlandia a varias alcaldías, entre ellas la de Nueva Guinea. Me solicitó convocar a amigos de estos tiempos con visión crítica y organizamos un pequeño taller. Elaboró un esquema en la pizarra y comenzó a preguntar, a cuestionarse, a provocar y, sin dudarlo, me trasladé eufórico a los viejos tiempos. Al día siguiente, amaneciendo, nos tomamos una taza de café con su compañero Theo Vlaar y nos despedimos como en aquellos tiempos de pasión.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 11 de diciembre de 2011

miércoles, 7 de diciembre de 2011

CARTA AL NIÑO DIOS

Querido Niño Dios:

En esta Navidad que celebramos recordando tu nacimiento en la gruta de Belén, me doy cuenta que tengo más de cuarenta años de no escribirte. El tiempo ha pasado como un soplo de aliento desde aquella última vez que lo hice y te pido perdón por no haberlo seguido haciendo. Con el paso de los años me di cuenta que mis padres acomodaban en la cama los juguetes que te pedía, así como lo hice con mis hijos y ahora ellos lo hacen con mis nietos. No tengo ningún reproche por eso, al contrario, me lleno de orgullo por la ilusión que tejieron a mí alrededor esperando tu llegada.
         
También, Niño Dios, con el paso de los años, ya mayorcito, esperaba tu venida festejando con mis amigos y amigas a lo grande. No tengo que decirte cómo, porque tú lo sabes. Por eso se me olvidó ir a la misa del gallo, salir corriendo a la casa para abrazar a mis padres que ahora están a tu lado cuidándote y los añoro mucho. Por eso también te pido perdón, yo se que estás viendo las lágrimas que derramo, pero la vida es dura, tú lo sabes mejor porque lo sufriste en carne propia cuando te crucificaron por querer construir un mundo mejor para todos.
         
Hoy en día, en estos tiempos, nos siguen crucificando de distintas maneras; no les bastó con vos, les quedó la maña, la maldad. Vieras, Niño Dios, los centros comerciales, la televisión con la propaganda, las ofertas y la promoción del consumismo que hacen en tu nombre para engordar sus cuentas en los bancos, sin importarles nada más. No tienen ojos, no pueden ver, están ciegos por la avaricia y deseos de poder. No te voy a seguir contando, vos lo sabes; mejor voy al grano y te expreso mis deseos. Vos sos milagroso y se que todo lo podes hacer realidad.

1.    Tráeme una brisa nueva de vida para ver crecer sanos y felices a mis nietos. Te pido que la acompañes con un paquete de salud. Te voy a dejar abierta las ventanas de mi casa, podes entrar sin esforzarte mucho porque no tienen verjas. Lo que te pido también va en nombre de mi mujer, recuerda su rodilla.
2.    Alúmbrale el camino a mis hijos. Ya están grandes, les he dado todos los consejos que puedas imaginarte, pero a veces no hacen caso. Un día se darán cuenta y dirán “mi papá tenía razón”, pero mientras tanto te los encomiendo a vos. Por favor, entra a la casa de ellos, no los olvides.
3.     En tu recorrido te pido que riegues a mi alrededor, en mi patio, en Nueva Guinea, en la costa Caribe y Nicaragua entera, una buena dosis de concordia para que germine en todos los corazones el amor y el deseo por hacer el bien hacia los demás.
4.     Hace florecer los campos, sopla la semilla de los campesinos para que tengamos cosechas en abundancia.
5.     Calma las aguas, detén las tormentas para que los pescadores tengan buena faena.
6.    Te pido que dejes caer esas estrellitas brillantes que como estela te acompañan, en la cabeza de la mayor parte de los políticos de nuestro país para que les ilumines el cerebro y no sigan haciendo las caballadas que cometen todos los días, perjudicando a este pueblo trabajador que se merece un futuro mejor.

Desde ya estoy ansioso por que vengas y esta carta te la dejó debajo de la almohada para que la encuentres fácilmente. Una copia se la envío a mis amigos y amigas para que se animen y te escriban.

Buenas noches, mi querido Niño Dios.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 06 de diciembre de 2011

PD: Niño Dios, si crees que son muchos mis deseos te pido que te esfuerces en los primeros cinco; el último de ellos, aquí nosotros lo vamos a resolver más temprano que tarde. 



lunes, 5 de diciembre de 2011

EL CORONEL ALMA DE NIÑO

Su imagen dibujada con crayola en la pared del segundo piso, al lado izquierdo del portón que daba acceso a la oficina, era el reflejo de su alma. Su figura sobresalía entre todos los empleados; estatura mediana, piel rosada y sudorosa, cabello ralo, ojos azules, gafas gruesas, nariz aguileña, abdomen abultado y caminar taciturno, como evitando pisar espumas de cerveza alemana por ser la tierra de sus ancestros. Su voz pausada era de niño, pero todos lo respetaban.
           
Llegó al puerto desde Managua, después de bajar desde la hacienda cafetalera de sus padres ubicada en Las Nubes y asentarse en San Carlos, para luego navegar por el Río San Juan hasta salir al mar Caribe, en los tiempos que el ferrocarril y las aduanas del país estaban en manos de los gringos. Le pusieron el uniforme caqui con el grado escrito en el nombramiento de administrador de aduanas. Nunca realizó un disparo, nunca puso sus pies en una academia militar, pero ostentaba el rango de coronel: dos fusiles cruzados sobre los cuellos de la camisa y en el sombrero militar de picos.
           
Vivía en una inmensa casa ubicada en la loma del puerto, su fortín; desde allí, con su mirada, dominaba la bahía de Bluefields y el cerro Aberdeen, la costa de la isla del Venado, las serranías de Yolaina, el movimiento de los barcos mercantes que entraban y salían atiborrados de riquezas, el muelle de los barcos camaroneros en mera faena, la Colonia con sus casas made in USA, la pista y, con binoculares, sonreía al ver el aterrizaje semanal del avión bimotor amarillo que celebraba su llegada con lluvia de caramelos para los niños ansiosos que lo esperaban; divisaba la loma del cocal y su faro, la playa del Tortuguero, amaneceres y atardeceres celestiales, noches estrelladas y tormentas huracanadas.
           
Para acceder a ella le ordenó a Juan Lacayo, el ingeniero de la aduana, construir el parque de sus ensueños, el más bello de la costa Caribe: un largo andén revestido con basalto, azul como el mar, le permitía subir las gradas sostenido de pasamanos, luego de hacer cinco estaciones en su recorrido; tomaba aire fresco cada quince metros en áreas de descanso que lo acogían con bancas y columnas aéreas que terminaban en su pináculo con faroles redondos. Cerca de la cúspide, sostenido de la baranda respiraba profundo, volvía la mirada hacia la aduana y, al llegar a la inmensa plazoleta de losa, admiraba el verdor de la grama de playa que amarraba la tierra protegida por un muro de retención colmado de bancas y jardineras áreas florecidas. Al coronar la subida, recorría el andén izquierdo admirando los árboles de marañones y el solitario árbol de Laurel de la India adornado con bancas a su alrededor en el centro de la explanada frente a la casa. Virginia, su empleada, una creole originaria de Pearl Lagoon, esperaba ansiosa su llegada con la puerta abierta y, al entrar, la cerraba para juntos jugar sus juegos noctámbulos de fantasías secretas.
           
Igual que él, otros llegaron como lluvia de dracónidas, en el mismo lapso, cada quien buscando una mejor vida para colmar sus sueños en la península.

    Sus amigos incondicionales eran empleados de la aduana —dijo Rafael.
    Los más cercanos eran Juan Ramón, Chicho y Chagüito, mi papá —agregó Ramón.
    Recuerdo los viajes del Coronel Peters a Bluefields en la panga de la aduana —comentó Rafael.

Chicho era el panguero oficial de la aduana y diario cruzaba la bahía. “Igualito al hijo del Macho Silvio, así, gato, alto y chelote pero flaco”, dijo Ramón. Las pangas eran estacionadas en un galerón construido sobre el agua y las elevaban con un guinche para evitar los golpes contra el muro del muelle, provocados por el oleaje. Juan Ramón era el jefe del taller de mecánica, se entretenía brindándole mantenimiento a la planta generadora que suministraba energía eléctrica a las casas desde las cinco de la tarde hasta las diez de la noche.

El taller quedaba al pie de la bajada hacia al muelle de las pangas y allí guardaban los motores, el combustible y daban mantenimiento. Al lado derecho de la entrada al taller había un pozo del que sacaban agua para lavar las herramientas y motores. Nadie utilizaba el agua para consumo porque estaba contaminada, solamente los caballos cholencos y vagabundos del Mandador que se paseaban por el andén. Contiguo al galerón, al lado derecho, había una batería de tres letrinas que facilitaban las necesidades fisiológicas de pasajeros, estibadores y pangueros. En ese punto siempre se respiraba un aire raro y pesado, producto de la mezcla de los olores de gasolina, orina y excrementos. Los peces mutruz crecían como gigantes en esos alrededores, pero el Coronel pasaba por allí con la cabeza erguida y sonriente, conteniendo la respiración y abordaba la panga con la ayuda de Chicho.

    Nunca viajó sentado, siempre de pie aferrado al mecate. Desde que mirábamos venir la panga por Half Way Cay sabíamos que era él —dijo Ramón.

Sus travesías eran por razones administrativas y amorosas. Se enamoró de una joven y, sin dudarlo, como agasajo, ordenó a su ingeniero de cabecera la construcción de una casa de dos pisos color azul desde los cimientos, para ablandar el corazón de su futura suegra. Al concluirla realizó una exhaustiva inspección de la vivienda, revisando cada uno de los detalles; recorrió la sala, la cocina, subió al segundo piso, entró a las seis habitaciones, se asomó a la azotea, volvió a bajar y se quedó pensativo, observando el inmenso jardín protegido por dos largos corredores internos. “Algo falta”, dijo y un mes después regresó con un árbol de cerezas que mandó a pedir a Nueva Orleans para plantarlo. Todos los del puerto visitaban esa casa, hacían compras en las tiendas de los chinos y, con cortesía, doña Pastora, en la comodidad de una mecedora, permitía que dejaran sus sacos de víveres. La atracción de todos los visitantes era el árbol rojo, lleno de cerezas, que la anciana contemplaba como hipnotizada, mientras él cortejaba a su musa en la terraza.
           
No escuchaba la radio, pero estaba al día con los acontecimientos. Todas las mañanas, después de asomarse en el balcón de la aduana para inspeccionar el trajín de los barcos y recorrer el muelle, mandaba a llamar a Chagüito. Recostado en el sillón, frente a todos los empleados que, como murciélagos, desde sus escritorios, afinaban los radares, le preguntaba, con su voz baja y entrecortada, sobre las noticias.

    Cha..güi..to, cuén..te..me..lo, qué es..cu..chó en la Voz de A..mé..ri..ca.
    Nada nuevo Coronel, repetición, repetición de los mismo que le conté el otro día —dijo Chagüito.
    Gra..cias, re..gre..se a sus la..bo..res.

Se quedaba pensativo, mirando el techo de zinc del salón y de reojo al resto de empleados en su incesante tecleo de las maquinas de escribir Olympia, elaborando pólizas de importación. Mandaba a llamar a Juan Ramón con Zoilo, un joven que se iniciaba en la aduana como office boy, para corroborar lo que decía Chagüito. “El Ejercito Popular de Liberación de China derrotó el ejercito Tibetano en el Chamdo”, comentó Juan Ramón.

    Juan Ra..món, dí..ga..le a Cha..güi..to que le e..che a..gua al po..lo a tie..rra del en..chu..fe don..de co..nec..ta la ra..dio.
    Sí mi Coronel.
    De..be ser que no es..cu..cha bien por la in..ter..fe..ren..cia, por la es..tá..ti..ca.

“Y mi papa lo hacia, porque un día llegó apurado de la aduana y me mandó a echarle un balde de agua al polo a tierra del enchufe donde conectaba el radio Phillips, aquellos con teclado y válvulas”, dijo Ramón a carcajadas.

    Tenía un gran corazón —dijo Rafael.

Amparaba a muchas ancianas solitarias. Todos los meses les entregaba un saco con provisiones y, cuando enfermaban, cubría sus gastos en medicamentos, transporte y estancia en Bluefields. Los días veinticinco de diciembre celebraba a lo grande el cumpleaños de Margarita, una niña que padecía síndrome de Down, hija de la hermana de Virginia, Miss Sarah, la esposa de Mr. Allen. Era la fiesta esperada por todos los habitantes del puerto. Niños, jóvenes y adultos eran invitados. A los niños les preparaba piñatas, repartían paquetes de caramelos, chocolates, refrescos y galletas, y entregaban juguetes. Los jóvenes bailaban toda la tarde y los adultos disfrutaban la comida, cervezas, vinos y whiskey importados. La explanada frente a su casa se llenaba de risas, gritos y la algarabía de niños y niñas que subían y bajaban las gradas del parque como hormiguitas enloquecidas. Margarita sonreía de dicha y felicidad.

Se casó con la musa que cortejaba, pero el amor le duró poco tiempo: enviudó y la luz de sus ojos azules perdió intensidad. Se refugió en la casa y desde entonces su caminar fue taciturno. Continúo con sus rutinas y se volvió a enamorar de una joven de Bluefields de apellido Cajina.

En una ocasión, el presidente de Nicaragua, Luis Somoza, visitó el puerto. Lo atendieron en la casa de don Octavio Gómez, y el coronel jefe de la guardia y los guardacostas del puerto; le solicitó al presidente el cargo que ocupaba el legendario Coronel alma de niño. “Ese muerto yo nunca lo cargaré”, dijo Luis. Cuando su hermano, Anastasio Somoza, asumió el poder, sin pensarlo dos veces, lo retiró del cargo. Fue entonces que se trasladó a Bluefields. Allí vivió sus últimos años en soledad. Una noche murió de aflicción; al expirar, una luz azul intensa se elevó a los cielos desde la explanada de la loma del parque de sus sueños y una lluvia de estrellas bajó a su encuentro.
           
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 03 de diciembre de 2011