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lunes, 28 de septiembre de 2015

REGGAE STYLE RECARGADO



En 1986 me sentía uno de los seres más desgraciados de Juigalpa. Atrás habían quedado los años de universidad y, más allá, los bellos recuerdos de mi adolescencia y niñez al lado de mi familia en el puerto de El Bluff. Debía trabajar para poder sobrevivir. Pero eso no es todo: tampoco me gustaba porque debía cargar un fusil para poder desplazarme por todo Chontales. Despreciaba a mis jefes y la pequeña casa en que vivía al lado de mi esposa con mis pequeños hijos. Todos dormíamos en la misma habitación y siempre estaba caliente porque los vecinos tenían una cocina de leña pegada a la pared que se mantenía encendida; vivíamos en un horno de ladrillos de barro, en una olla de presión.

Regresaba de mal humor, con un dolor de cabeza que era producto de la decepción, la amargura y la rebeldía. Los sueños que tuve en mis tiempos de estudiante se habían convertido en una pesadilla. Mi familia me pedía que saliera del país por temor a la guerra. “¿Eso es lo que habías soñado?”, me preguntaban, “¿trabajar por una miseria, vivir en un horno, soportar la escasez de todo lo básico, no tener esperanzas ni un futuro?” Yo quería tener alas y volar.

Nunca me interesó hacer dinero, sino vivir la vida sosegada. Debía tomar decisiones: me propusieron que diera clases en la universidad de Juigalpa y acepté. Me convertí en un lector entusiasta, leía lo que caía en mis manos y descubrí mis habilidades para mostrarles la realidad a los estudiantes. La pizarra se convirtió en mi aliada para toda la vida, en ella plasmaba esquemas, figuras y matrices sin necesidad de un papel en mis manos para impartir las clases, mucho menos necesitaba dictar como la mayoría de los profesores. El entusiasmo regresó a mi lado: convertía mi estado de decepción en discursos figurados y me sentía seguro de mí mismo.

Luego de seis años las cosas cambiaron. Renuncié a mi trabajo principal porque las nuevas autoridades del gobierno de la UNO me hicieron la vida imposible: me retiraron el apoyo con medios materiales y notaba la desconfianza en sus miradas porque seguía siendo el director de Planificación y Proyectos del MAG en Chontales. Cuando cambió el gobierno, en 1990, los recibí en mi oficina con la carta de renuncia, pero me dijeron que ellos querían que siguiera desempeñando el cargo, que reconocían mi profesionalismo. Se quedaron sorprendidos cuando les presenté mi carta de renuncia con un listado exhaustivo de todo lo que estaba bajo mi responsabilidad, los medios materiales y el estado de situación de más de cuarenta proyectos de cooperación para el desarrollo financiados con fondos externos. Me quedé sin empleo pero me sentí liberado, sin la carga que  había tenido encima de mis hombros.

Me fui a pasar Navidad a Utila; nos volvimos a reunir con mis padres mi hermano, mi hermana y yo. Mi hermano viajó de los Estados Unidos y volvimos a querernos como cuando niños. Todos estaban bien, el miserable era yo. Cuando regresé tocaron la puerta de mi casa buscándome de una organización de las Naciones Unidas. “Te hemos buscado por todos lados, tenemos un trabajo para vos”, me dijo el oficial del Programa. “Otra vez a la misma cosa”, pensé… Pero acepté. Un  mes después estaba en Nueva Guinea ayudándole a la gente a volver a empezar, a reasentarse, a construir nuevos proyectos de vida. Me enamoré del trópico húmedo, del verdor permanente, de los ríos y del lodo; la libertad de la montaña me atrapó para siempre. En esa realidad cautivadora una ONG llamada Ayuda en Acción me ofreció trabajo; allí pasé 14 años como Director hasta que hice el cierre de las operaciones. Durante un año estuve despidiéndome de las comunidades, de su gente, de las instituciones del Estado y de otras ONG. Tengo una colección de diplomas de reconocimientos; cuando Ayuda en Acción me entregó el suyo me di cuenta que me estaba poniendo viejo, pero ya no seguía siendo un miserable: “te vas por la puerta grande”, me dijeron.

Desde entonces trabajo de manera independiente, a mi ritmo. He aprendido que las preocupaciones matan, que no vale la pena vivir en una olla de presión, que hay que esforzarse para ayudar a los demás, que los jefes son traicioneros, que la vida se vive mejor por cuenta propia, que la base de la pirámide de la vida, el entorno, hay que obviarlo; que el centro, el trabajo, vale la pena cuando se ayuda a la gente sin aprovecharse de su realidad. Ahora sé que la cúspide, la familia, es lo mejor de todo, lo único que cuenta.

Por ello ahora vivo feliz; sin ser adinerado, la riqueza está a mi lado. Vivo la vida al suave, al ritmo del Reggae Style. Estoy aprendiendo a ser vago, vaga-mundo. Si un día lo haces, vas a empezar a vivir; nunca es tarde, pero tenés que comenzar desde ya.


Estelí
Septiembre, 2015.

martes, 8 de septiembre de 2015

A MIS AMIGOS REGADOS POR EL MUNDO (UNA NOCHE, UN AMOR)



I

Un hombre, independientemente de su condición social, debe tomar decisiones que lo marcan para siempre; pero son pocos los que se orgullecen de ello en el transcurso de su vida. Esa verdad innegable, el coraje con que lo expresa, su peculiar forma de actuar, el entusiasmo y muestras de aprecio que me brinda al encontrarnos por las calles de Bluefields, pidiéndome que salude a todos sus amigos, me motivó a proponerle una entrevista. En dos ocasiones anteriores se lo había dicho y siempre lo evitaba, pero seguí insistiendo hasta que aceptó.

    ¿A qué hora nos vemos? —le pregunté por teléfono.
    Yo te voy a llamar.
    Tiene que ser donde estemos tranquilos —le propuse.
    Te voy a llevar a un lugar que te va a encantar.
    Sin tomar alcohol, no bebas —puntualicé.
    No te preocupes, yo soy serio.

Caminé por las calles y me dirigí al parque Reyes. Era una mañana luminosa, los rayos de sol se filtraban entre las ramas de los centenarios árboles de Caoba, haciendo resplandecer el tono de los colores rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta con que se encuentran pintadas las bancas, el muro perimetral y las paredes con sus murales. La gente disfrutaba el ambiente; mujeres sin compañía, otras conversando, adultos mayores, hombres jóvenes y muchachas estaban conectados a Internet mediante sus teléfonos celulares, tabletas y computadoras portátiles, usaban la señal inalámbrica libre que existe en todos los espacios. Trabajadores de la comuna cortaban la grama con una guaraña haciéndola volar en trocitos; respiré el aroma tierno, el aroma de la esperanza cubriendo la superficie tosca del andén como manto que reviste los pecados de los caminantes que lo ensucian con sus pasos. Saqué mi cámara de la mochila y comencé a fotografiar a las personas desde una distancia desde la cual no lo notaran. En ello estaba cuando sonó el timbre del teléfono; era él.

    Te estoy esperando.
    ¿Dónde estás? —pregunté.
    En la galería Aberdeen.
    ¿Estás tomando?
    No, no, sólo una cervecita. ¿Y vos dónde estas?
    En el parque, ya voy para allá.

Entré al salón de la galería Aberdeen y su espacio amplio me absorbió. Las paredes son una galería de pinturas en exposición para la venta, desde el fondo se desprende el aroma de los dulces expuestos en un mostrador y, más allá, desde la cocina fluyen los olores de los platillos que preparan. Sus clientes degustaban al ritmo del que no tiene prisa, con la música acogedora para entablar una conversación. Miré hacia el segundo piso y allí estaba. Al verme me indicó que subiera por las gradas que tenía a mi espalda.

    Sentate aquí —dijo.
    ¿Te vas a tomar otra? —pregunté al sacar una libreta y un lapicero de la mochila.
    Es en serio la cosa, sos bandido. Yo sé, por eso te aprecio mucho —dijo y se acomodó con placer en la silla.
    Primero te voy a tomar una foto, ¿no hay problema?
    No, para nada, vos hace lo que se te ocurra, ahorita soy todo tuyo —respondió con una sonrisa transparente como el brillo de sus ojos color miel detrás de los lentes graduados que lleva puestos.
    Mirá, si no te gusta te tomo otra.
    Y con una libélula en el fondo, ¡ay que linda te quedó!
    ¿Otra cerveza?
    Ya que insistís tanto, una más —respondió y llamó al mesero.
    Para mí un café, después la cerveza —dije y el mesero se retiró.

Tomé el teléfono y abrí las notas de voz. Pulsé la opción de grabación nueva y lo coloqué cerca de él para lograr una grabación limpia.

    ¿Y me vas a grabar? —preguntó, después de saborear intensamente la cerveza.
    ¿Resulta un problema para vos?
    No, no, yo soy libre como libélula, nadie me puede cuestionar porque te voy a contar la pura verdad, eso es lo que vos querés, que te cuente la historia de mi vida para que la conozcan mis amigos regados por el mundo.

II


Mi nombre es Miguel Hermógenes Bejarano Cabrera, pero todo mundo, en Bluefields y más allá de las fronteras de Nicaragua, me llama Mike. Nací aquí en Bluefields, soy Blufileño cien por ciento. Nací el 29 de septiembre de 1946, soy hijo de Hermógenes Bejarano y Concepción Cabrera. Voy a cumplir sesenta y nueve años, ¡ay!, cómo me encanta ese número, el “sixty nine”.

Mi abuela tenía una cantina que se llamaba “La Generala” en los tiempos de la guerra de Moncada, ella era generala de los liberales; para comprar armas y poder derrocar a Zelaya, asaltaron el banco Wells Fargo que quedaba en la propiedad del Moravo en 1926. Se llamaba Lucila Delgado, oriunda de León, del barrio Santa Lucía; se vino para acá así como emigraron muchos granadinos y leoneses. Tuvo una hermana que se llamaba Otilia Delgado, esposa de Berty Smith. Yo me crié con mi abuela, era de reales, ¡uy!, demasiados reales tenía, le prestaba reales a los chinos, a William Woo y a otros para que realizaran sus negocios. En esos tiempos comíamos con chelines, con centavos, porque todo era barato.

Tengo hermanos de distintas familias, hay Bejarano Cabrera que son cuatro, después están los Bejarano Pérez, Nelson Bejarano, Javier Bejarano que ahora tiene una aseguradora de carros y vende vehículos, Nelson es el financiero del gobernador en la casa de gobierno. Estudié la primaria en el Colegio San José y después la secundaria en el Colón, en el tiempo de los hermanos cristianos, pero fui vulgareado por ser homosexual; como mi abuela tenía reales no me importaba que me vulgarearan. Fue en los tiempos en que los gringos mandaban aquí; los familiares de los gringos, cuando tenían un hijo homosexual, era vudú: lo mandaban a un seminario y también a iglesias que ellos manejaban. Yo tuve un padre que se llamaba el padre David que era homosexual y había hasta un monseñor. Me vulgareban por celos, celos platónicos o celos solapados. A mí nunca me puso el pie encima ninguno de esos desgraciados. Yo tenía un montón de amigos, por mi tendencia homosexual vivía enamorado de ellos. A Lambert, el mejor basquetbolista de Nicaragua, lo encontré romanceando con el padre David donde se vestían los sacristanes. Era un vulgareo de poder, ellos daban notas por manoseo y relaciones homosexuales. En ese tiempo era un escándalo ser homosexual, era el tiempo que daban clases Gustavo Meza que era profesor de física y química, Roy Hodgson que era pianista, fue el que hizo los himnos del San José y del Colón.

No terminé mis estudios en el Colón, llegué hasta tercer año. Me fui para Managua donde hice un curso de telecomunicaciones. Como yo machacaba el inglés me fue fácil, eso lo hice en el instituto de comunicaciones ubicado cerca de las Piedrecitas. Nunca trabajé, para qué si mi abuela tenía un cachimbo de reales. Mi tío era José Delgado, secretario del Partido Liberal en la Costa Atlántica y cónsul de Colombia.

    ¿Van a ordenar algo más? —preguntó el mesero al retirar la botella y la taza vacía.
    ¿Qué querés vos?  —me preguntó Mike.
    Una botellita de agua.
    A mi tráeme otra cerveza, ¡búscamela cubierta de velo!

El mesero, un black creole de unos veinticinco años, mostró sus dientes blancos al sonreír y Mike continúo su relato.

Mi papá tenía una cantina muy famosa, se llamaba “El Coquito Bar”, era cantina y prostíbulo. Yo le ayudaba a mi papá. Quedaba en el barrio de la cantina de Lindo, la gente le decía así porque había un viejo que le llamaban así y vendía guaro. Quedaba en el sector de  “La Poza del Diablo”. Allí me iba a bañar con mis amigos, bebíamos guaro porque mi abuela era la regenta y socia de los licores Bell; yo me robaba el guaro y pasábamos disfrutando. Yo sólo bebía cerveza, pero con miedo porque mi papá era muy rígido, ¡uf, uf! Él no andaba perdiéndome a mí nunca, ninguno de mi familia me perdió a mí; él estaba enamorado de sociedad obrera de Bluefields, era presidente del Club de los Obreros y, como él tenía sus enamoradas, no nos hacía caso a nosotros porque estábamos bajo la tutela de mi abuela. Tenía un taller de zapatería y era muy machista, machista, machista. Una vez me encontró en un cuarto encerrado con un amigo mío de colegio que se llamaba Chico, vivía aquí cerca, al lado de la casa de un chino que era fotógrafo; me cachimbió con el tira pie y me dijo “aquí ya no quiero cochones”. Pero, ¿qué?, árbol que nace torcido no se puede enderezar de la noche a la mañana.

En aquel tiempo nos vulgareaban, la homosexualidad era perseguida. Llegó un día en que me puse furioso y le contesté a alguien: “¿qué pasó?, ¿por qué me vulgariás a mí?, andá buscá, andá a las iglesias, allí hay, andá busca a los seminarios, allí hay montones, solapados, yo ando libre gracias a Dios”. En esa etapa éramos como 150 maricones: Arnal, Chico Arce, Allan, el hermano de Anthony Matthew y otros. Yo te digo, mientras no viva del gobierno, mientras no le trabaje a nadie, a mí me vale verga, porque a mí me respeta mi familia, los Bejarano, me vale lo que diga el resto del mundo. Hasta Papas han salido maricones, nadie dice nada, como son benditos. Aquí hay muchos políticos que son maricones, unos son culos benditos y otros son turcas benditas y son aceptados, nadie les dice nada.

El mesero se acercó a la mesa con una bandeja, vació la cerveza en un vaso y abrió la botella de agua. Mike se quedó en silencio, yo escuché las voces de una pareja de gringos que hablaban en inglés cerca del área del balcón de la galería.

    Este hombre es fino, por eso me encanta venir aquí. ¿Viste como chorreó la cerveza? —dijo Mike y el mesero dio la vuelta, siempre sonriendo.
    Contáme lo de las cantinas de ese tiempo, ¿cómo eran?

Las cantinas en aquel tiempo eran unas cantinas sanas, no había crímenes, nadie te asaltaba, podías ir a un Palo de Mayo, a cualquier parte, y nadie te tocaba. Mi lugar era donde “La Vilma Roja”, era mi lugar de reuniones con mis enamorados. Unos de mis amigos eran “Cañeco” y “Pitri”. Esa señora era rígida en su cantina. Yo llegaba con Allan, éramos íntimos amigos, me ha respetado y yo lo he respetado, viajamos juntos a cumpleaños de otros homosexuales de Managua, él pagaba la avioneta porque tenía su cantina, su putal. La cantina de él quedaba en Santa Rosa, también estaba la de la Marlene, la de la Urania, la de la Delia, habían varios prostíbulos. Yo también tenía uno, chiquitito, se llamaba “Kamikaze Bar”, me lo regaló un japonés que era capitán de un barco que se llamaba Kamikaze Maru. En ese entonces estaba Pedrito Bustamente, me dio una mantenedora, no tenía sillas. Doña Aurelia, hermana de Harry Brautigam, esposa del doctor Hooker, me regaló las primeras mesitas. Era chavalo, chavalo, pero con ideas de superar.

Llegaban varios que me cerraban la cantina, entre ellos Pablo Corrochel, Felipe Perdomo, el papá de Martín, Harold Springer. Había bastantes cubanos que se vinieron después de la Revolución, eran mis clientes y fueron los pioneros en la pesca de langosta aquí en la Costa porque aquí nadie sabía nada de eso.

    ¿Y visitabas las cantinas de El Bluff?

¡Claro, oye!, visitaba varias: “El Mameluco” que quedaba en la salida a la playa, “El Vietnam” de la Shirley y otras como “La Cabaña”, “El Dragón de Oro”. Yo tenía mi negocio, pero fíjate que yo soy un maricón raro, nunca abusé de nadie, nunca toqué, no; beber, beber, ser maricón es ser maricón. Ahora hay un montón de mariconcitos aquí en Bluefields que no sé si están enojados, pero yo no los apoyo. Desde que nací tengo todos los derechos que cualquier ciudadano tiene, ellos están pidiendo más y más, ¿para qué?  Por allí machetearon a uno, manoseó, le tocó las partes a un hombre y no le gustó, el hombre le cortó la mano. Hace poco el doctor Alba le hizo la operación, se está recuperando.

    ¿Entonces, ibas a El Bluff y te quedabas allá?

Claro, cuando tocaba el conjunto de José Luis iba a la fiesta de la virgen del Carmen, iba con mis putas y Allan llevaba las suyas.

    ¿Y llevabas a tus amores? ¿Se miraban allá?

No, yo fui un maricón tan excepcional: tuve tres amores y hasta allí ya llegué. El primero fue Chuch, profesor de matemática del Colón, el segundo fue el que era jefe de deportes del San José pero era muy culión, y el último es Pachanga, era joyero y miembro del partido Sandinista que ahora ni lo vuelven ni a ver al pobre, se está muriendo, tiene hemorroides. Por eso es que yo no me meto en la política, si me hubiera metido, ¡uh! Fíjate que una vez me invitaron, de un partido me dijeron “Mike, no querés ser del partido para que seas tal cosa”, “no, no me gusta la política”.

Yo tengo un hermano que me adora mucho, se llama Javier Bejarano, todo me acepta, me invita a beber guaro, me respeta: como soy el hermano mayor de la familia Bejarano, él me adora mucho, todos mis hermanos me adoran.

    Esa fue la etapa de tu juventud, tu esplendor.

Sí. Me enamoré de uno de El Bluff, de Juan, el hijo del coronel Brenes. El coronel no, pero la esposa, Yolanda, me volaba verga, me llamó y me dijo que me iba a mandar a echar preso. Como era hija del coronel Peters, ella quería mandar. Yo le contesté, “mire, señora, no me ande molestando, deje a su hijo, además él no es para mí”. Yo lo consentía en mi negocio, él se atendía solo, si había gallo pinto, comía gallo pinto. Era joven, culiaba, pero a mí me encantaba.

    ¿Y después del triunfo de la Revolución cómo era el ambiente?

La cosa fue peor. Los sandinistas mandaron desparecer los prostíbulos. En el tiempo de la guardia igual, el general Somoza cae, no porque era malo, sino por los que andaban detrás de él, los allegados, varios coroneles que manejaban la prostitución, cantinas y ruletas. Yo iba a la Tropicana, ese lugar era de uno de los grandotes, de un coronel que mangoneaba, Victorino Lara, era el cobrador de todos esos negocios. ¡Ideay!, ganaban un sueldo y tenían una casa de vidrio, ¡ja, ja, ja! Vienen los sandinistas y dicen “vamos a poner una sociedad proletaria y ahora salen burgueses”. Saben a quién tocan, porque nunca tocaron a los Pellas ni a los Chamorro, ni Somoza los pudo tocar. Les volaron verga a los homosexuales, a las prostitutas y cerraron los negocios, pero dejaron los que a ellos le interesaban como “Aquí Polanco”, un prostíbulo donde llegaban hasta embajadores de todos los países.

    ¿Y ahora, en esta etapa?

Ya adulto, maduro, sigo siendo el mismo Mike. Hola, hola, tengo muchas amistades, tanto hombres como mujeres. Adiós, buenos días, buenas tardes, hasta allí, no más. Me dedico al Duqui, vendo mis duqui, hago mis rifas, vendo lotería escamoteada porque la gerente de la lotería no me quiere; ella fue impuesta por Schwartz y desde el tiempo que ella llegó allí nunca me apoyó. Ya me dieron mi jubilación, te la voy a enseñar.

Un camión comenzó a pitar en la calle, frente a la galería. Mike sacó su billetera, me mostró su carnet de jubilado y puse en pausa la grabación para verlo. Escuché el ruido proveniente de la cocina y las voces de los clientes. Una mujer joven, con el pelo amarrado en moño y de lentes, cruzó el salón y se sentó en una mesa cercana de la pared derecha cubierta por cuadros de pintura. De su bolso sacó una computadora portátil; yo regresé con Mike.

    ¿Cómo cuántos son tus ingresos?

Semanalmente me gano como unos tres mil córdobas en todos mis bisnes. A veces más, a veces menos.

    Ya tenés tus clientes, clientes fijos.

¡Ah, claro que sí! Soy poquitero. No te estoy diciendo que la Revolución es un cambio, pero muchos delegados de las oficinas del gobierno creen que ellos son los dueños. No, eso no es así.

    ¿Existe una organización de homosexuales en Bluefields?

Sí hay. Hay como mil y pico de homosexuales, pero organizados son pocos, los más allegados al Presidente que se llama Tyron. A mí me buscan cuando los quieren quitar de la directiva, cuando lo están desbarrancando, cuando hay elecciones para que vote por ellos, por él, para que lo reelijan. En esa organización hay lesbianas y hay homosexuales. Son como dos mil quinientos entre maricones y cochonas. En mis tiempos la población era como de siete mil personas, ahora hay más de cien mil. En esos tiempos, cuando venía un chavalo con una chavala del puente para allá era casamiento, cuando venía de las piletas de Martínuz en Pointeen era casamiento, ¡ja, ja, ja, ja! Hasta yo iba a esos lugares, pero como te digo, siempre fui un maricón raro.

    ¿Siempre tuviste montones de hombres que te enamoraban?

¡Ay, Dios mío!, desde el sesenta y pico para acá se me olvidaron todos lo que yo he querido. Cada noche tenía un amor; una noche, un amor. Los becados de los hermanos cristianos, ¡ay, ay, ay, ay!, me seguían, eran becados del hermano Lucas. En esos tiempos también había varias prostitutas, “la Diablo Rojo”,  “la Panameña”, “la Rosa Paisana”, “la Vicky Me Voy”, ¡ja, ja, ja!

    Entonces ahora estás tranquilo, con tus negocios, con tu pensión, ¿seguís teniendo amores?

Estoy feliz, feliz, pero amores no, ya no porque en Bluefields los homosexuales estamos perdidos. Los nuevos homosexuales, los jóvenes, le están echando el calvo al pollo, por el pollo, que por el pollo. El hijo de una lideresa liberal, es maricón, ¡uf!, hay un montón.

    ¿Qué querés decir con una noche, un amor?

¡Ah!, que cada noche, aunque no hiciera nada, me sentía feliz, me sentía como la Lady Diana en Inglaterra.

    Has disfrutado la vida y tenés amigos, ¿te sentís realizado?

¡Claro!, ¡gracias a Dios! He viajado, estuve en Panamá, en Costa Rica, en México, me di gusto. Tuve un amigo granadino que tenía un bus Pulman. Mi familia es de la burguesía de Granada, de sangre pura y noble. En Panamá fui tan egoísta, se enamoraban y me decían: “¡oye chico!,  ¡papi!, ¡nunca he probado a un Nica!”, “ni lo vas a probar, porque este mortorio no es para cualquier zopilote”, les decía. Llevaba guaro y cotonas bordadas, yo no andaba en esa cosa. Tengo amigos regados por todo el mundo, por eso te digo que me saludes a mis amigos regados por el mundo, a toda la comunidad Lasallista que me conoció aquí en Bluefields. Yo no tengo prejuicios contra nadie y lo mejor de todo es que sólo me enamoré de uno, de Lambert. Yo soy homosexual y nunca he creído en el amor entre los hombres, porque es una inversión monetaria de parte de los hombres. ¡Imaginaté!, ¡yo ya vieja y haciendo tortillas!, ¡Ave María! Salúdamelos, a todos, a todos mis amigos regados por el mundo, a Chico Vela, a Tilo, a todos, todos.

Claro que sí Mike. Estoy seguro que van a recordar esos tiempos de chavalos, te van a recordar con mucho cariño, le dije; apagué la grabadora y terminé la entrevista.

Bluefields, Nicaragua.
Agosto de 2015.

jueves, 3 de septiembre de 2015

AL RITMO DE SU TIEMPO





De piernas cruzadas la vi,
bajo sombras de secas palmeras,
seduciendo la brisa del mar.

Sus lentes reflejaban gaviotas,
grama de playa cubriendo su alrededor,
chavalos corriendo, brincando piedras.

Su risa me concientizó del sonido,
atrayéndome en arena tibia.
Piel seduciendo sentidos.

Bocas locas, manos bucólicas.
Corazones detonando en diamantes azules,
llamas flameantes brotaron.

Sus ojos el firmamento iluminaron.
Brujitas rosadas y amarillas,
tallos verdes sus manos estrujaron.

Ardor de pasión, océano de paz.
Olvidando toda crueldad,
enloquecido al ritmo de su tiempo.


Foto: http://www.filosoficamente.es/tiempo-filosofar/