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lunes, 29 de abril de 2013

REGGAE STYLE



Reggae Style es una forma, un estilo de vivir la vida y los acontecimientos que de ella se derivan de manera relajada, sin quebrarte demasiado la cabeza porque estás consciente que tarde o temprano se dará un hecho o varios que le pondrán fin. Es vivir la vida al suave, sin tormentos que te agobien y desvelen, es vivirla feliz.

Para ello es preciso seguir al pie de la letra lo que la mayoría de los médicos te recomiendan cuando descubren que tenés presión alta: “no se preocupe por nada, si se va a caer la casa deje que se caiga, pero antes busque como salirse”. Cuando lo asimilas, cuando sos capaz de vivir al ritmo del Reggae Style, tu vida cambia totalmente.

Desde hace muchos años me di cuenta que vivía nublado por los problemas y sufría la mayor parte del tiempo por la búsqueda desesperada, incisiva, de encontrarle solución a todo: “Ra flá, problema solucionado”. Para muchos estaba enfermo y siempre había alguien que me preguntaba: “¿Vos tenés azúcar?”, “ni para tomarme una tacita de café”, respondía.

Dar ese gran salto entre vivir agobiado y al ritmo del Reggae Style es difícil, pero cuando lo das te atrapa y posiblemente vivas muchos más años que el promedio de tus amigos y amigas que no lo han dado porque posee un alto valor terapéutico, es buena medicina para la mayoría de los males que nos aquejan.

Los que vivimos a ese ritmo somos como miembros de una familia ampliada, rápido nos identificamos y los otros, los sofocados y desesperados, también lo hacen. Es como llegar a una reunión de poetas sin serlo y, luego de escucharlos un buen rato, salir preguntando cómo hacen para inspirarse con esas metáforas tan vivas y versos llenos de pasión. Te quedan viendo como a un espécimen raro y se ríen de vos, pero si te gustan sus tertulias, los buscas y al final salís tirándote un par de versos sin darte cuenta. Te has convertido, has cambiado, ellos lo provocaron con su influencia. 

Nada de cumbia, nada de corridos rancheros, mucho menos los bullicios chinameros, la vida se vive mejor al ritmo lento, pausado del Reggae. Por eso los Caribeños somos longevos, todo lo vivimos al suave, sin prisa, sin preocupaciones, sin ponerle mucha mente a las tareas apremiantes cuyos plazos por cumplir se vencen, postergando para otros tiempos los problemas que desde siempre nos aquejan, especialmente en Bluefields.

viernes, 26 de abril de 2013

EL DIARIO DE LUISA: JULIÁN



Viernes, 26 de abril de 2013


Diyenia se fue a Bluefields el jueves santo y me quedé sola en casa pensando en su cacería de playa y en el sabor de la leche de coco, pero la provocación de Zahaira fue irresistible. “¡Anímate niña!, la finca está a una hora del pueblo, vamos y venimos por la tarde”, me dijo ese mismo día. No volvió a comentarme nada de Julián, su primo. Estoy segura que pensó que si lo hacía me negaría. “¿Por qué no?”, pensé y visité a doña Paula, mi vecina, para consultarle si podía cuidarme la casa. “Si niña, no se preocupe, vaya y diviértase”, contestó sonriente con una mirada de complicidad. Llamé a Zahaira para decirle que iría. “Sos un amor, vamos a pasarla súper, llego en una hora”, dijo. Alisté mi bolso con unas cositas de más: una toalla, el traje de baño, crema para el sol y una camiseta. Me puse un shortcito crema, una blusa celeste, tenis. Cerré la puerta trasera, las ventanas de los cuartos, las de la cocina y la sala.

A las nueve de la mañana apareció Zahaira entusiasmada, con su característica dulzura me abrazó y besó. “¿Aseguraste bien la casa?”, preguntó asomándose hasta en los cuartos. Salimos al porche. En la calle estaba la camioneta esperando. Al cerrar la puerta con doble llave, me sentí insegura, vacilante, con ganas de volver a entrar y disculparme con ella. “¡Apúrate niña!”, la escuche decir y bajé las gradas. “Él es Julián”, me dijo cuando lo vi bajarse de la camioneta y abrir la puerta para que entrara a la cabina posterior. El papá de Zahaira conducía, su mamá iba al lado y atrás nosotros tres, Zahaira, él, yo en el centro. La tina iba repleta de chavalos con neumáticos inflados y varios termos.

Al inicio del viaje estaba nerviosa, Zahaira me miraba de reojo y apretaba mi mano. La amabilidad de doña Carmencita me tranquilizó. “Qué bueno que te decidiste, yo le dije a Zahaira que te invitara, no es bueno estar sola estos días santos”, dijo. Don  Marcos, con su tendencia de consentirle todo, se carcajeó y expresó “por eso Juliancito nos visita desde Costa Rica”. “Siempre pienso en ustedes, los extraño y aprovecho las vacaciones para visitarlos”, dijo Julián. Lo volví a ver, me sonrió y noté en sus grandes ojos negros la honestidad de sus sentimientos hacia la familia de Zahaira. Me sentí relajada, a gusto en medio de los dos, aun cuando clavaba de reojo su mirada sobre mis piernas al hablar con don Marcos sobre el paisaje seco, los planes de comprar con sus ahorros una finquita y regresarse definitivamente para montar un negocio en la ciudad. Zahaira me hincaba las costillas, se había dado cuenta que me agradaba porque yo también disimulaba para ver sus gruesas piernas de reojo, inhalando en la cabina su aroma. Recordé lo que me dijo de él: “¡te va a encantar, es un amor, un caramelo, lástima que seamos primos!”.

Llegamos a la finca, bajaron los termos y los chavalos salieron corriendo hacia el río con sus neumáticos en una explosión de felicidad. Doña Carmencita le indicó a Zahaira que los acompañara porque era peligroso que estuvieran sin vigilancia. Caminamos los tres detrás de los chavalos. En la orilla del río, bajo la sombra de un palo de agua, nos sentamos a observarlos. ¡Metámonos niña!, me dijo Julián. ¡Dale, cámbiate allí detrás de esas piedras!, me indicó Zahaira y juntas lo hicimos. El agua estaba clara y tibia, igual que mis penas, pero Julián tomó mi mano con fineza y me deje llevar por el impulso hacia la poza. Me sentí un poco incomoda al ver a Zahaira observándome sonriente desde la orilla pedregosa. En cierto punto el agua cubrió todo mi cuerpo sin tocar fondo y me aferré a Julián con desesperación mientras los chavalos chapaleteaban agua alrededor de los dos. Me atrapó de la cintura atrayéndome hacia él. Una vez más volví a sentir ese mariposeo traicionero y provocador, mi corazón despertaba con latidos explosivos de su letargo y mi piel se erizó cuando me encontré con su cuerpo bajo el agua.

En todos estos días, desde la última vez que te escribí, he hablado por teléfono con Julián. Es un encanto, fino, amable. Luego de ese viaje a la finca del papá de Zahaira me visitó el domingo antes de regresar a Costa Rica. Todo lo tenía planeado para comérmelo enterito en mi nido, pero cuando tomé la iniciativa arrinconándolo en el sofá de la sala con besos y caricias desesperadas me di cuenta que era gay. “No te importa, ¿verdad?”, me dijo. “No Julián, eres un bombón, siempre seremos amigos”, le respondí y le di las gracias por liberarme de las heridas que me atormentaban.

sábado, 20 de abril de 2013

DESPEDIDA DE LA MUSA



Se ha ido, batió alas y desapareció.
Antes de despedirse, conversamos.
Te he dado todo, dijo con el brillo de musa en sus ojos.
Mis días y noches han sido tuyos, respondí.
Regresó la mirada, se sentó a mi lado en el corredor.
El cielo estrellado y el canto de chicharras fueron testigos esa noche.

Mis deseos se mueven al ritmo de tus susurros, elevan y bajan mi voz, expanden y contaen imágenes, observo el camino que develan y lo marco con mojones para no perderme, la hoja a vencer la mantengo frente a mis ojos respondiendo cada interrogante.

Me escuchó sin interrumpir.
Sus alas estaban contraídas, tensas, ansiosas.
Es hora de partir, dijo.
No me dejes, no te vayas, no sé qué hacer sin vos, respondí.
Seguí, no te detengas, el camino es largo y has comenzado el recorrido, agregó. Al levantarse y tomar impulso para volar, traté de detenerla pero fue imposible.
En la desesperación me aferre a sus alas y se desprendió una pluma.
Consérvala a tu lado, dijo sonriente y se fue.

domingo, 14 de abril de 2013

REENCUENTRO SOBRE UNA LÁPIDA


La última vez que nos encontramos fue en diciembre pasado; viajaba hacia Managua y pasé parte del día y la noche en Juigalpa siguiendo el consejo de mi mujer: “andá, nunca salís, visitá a tus amigos”.  Uno de ellos me dio un aventón hasta la ciudad de los caracolitos negros y en agradecimiento lo invité a almorzar donde “la Deyfilia”. Luego de despedirnos lo llamé por teléfono. “Ya llego”, dijo y minutos después apareció Miguel Traña Galeano como siempre: apresurado y sonriente. Conversamos toda la tarde, revivimos pasajes de la etapa en que trabajamos juntos y nos aventuramos como docentes bajo un ambiente de guerra y sueños vencedores de la muerte.

Ella recibió la noticia por parte de una amiga, pero me lo dijo después. Quizás por olvido o tal vez no quiso que saliera de noche en mi cacharpa apresurado a su vela porque al hacerlo, horas más tarde, descubrí en sus ojos la angustia que reconoce el dolor de quien ha perdido a un amigo. Quise llamarlo marcando su número pero me retuve, sabía que al hacerlo escucharía la voz de Janet Tablada, su esposa, o la de unos de sus hijos en ese momento desgarrador.

Salí a su despedida por la mañana y en el trayecto reviví los momentos que pasamos juntos. Desde el primer instante en que nos conocimos, cuando llegué en busca de trabajo a la delegación de gobierno de la entonces V Región, luego de entregarle mis documentos al delegado del Ministerio de Planificación, le di la mano y, al comunicarme que la plaza disponible ya tenía a una persona designada desde Managua, Miguel Traña me dijo: “no creo que aguante, le doy menos de quince días”; así fue. Una mañana me buscaron y él se encargó de ubicarme en el salón de la oficina, procurando que quedara a su lado porque hacíamos equipo atendiendo el sector agropecuario, él era analista de la parte agrícola y a mi encargo estaba la pecuaria.

Dos horas después estaba en Juigalpa. Me atreví a llamar a su número. “Estamos en la UNAN”, respondió su hijo. El auditorio estaba repleto de gente. En el fondo, colgada en la pared, su fotografía y, al pie del pódium, su féretro custodiado por la guardia de honor y coronas de flores. Quería estar a su lado al igual que los dirigentes de la universidad y los estudiantes. Quería contar mi historia sobre él, pero ya no formaba parte del mundo académico que le rendía honores. Luego de escuchar las palabras emotivas de Emilio, el decano, me dirigí a hacerle guardia de honor. Allí, a su lado, recordé su advertencia en uno de los incontables viajes de asesoría a los municipios de Chontales en un jeep Toyota, cuando en esos tiempos de primero se montaban los fusiles estando conscientes que las balas de una emboscada no nos dejarían ni manipularlos. Al dormirme en el trayecto de una palmada me despertó y dijo: “maestro, no se duerma, puede despertarse en otro mundo”.

A las doce en punto terminaron de rendirle tributo. Vi a Janet y caminé hacia ella. La tomé del brazo y, al verme, de sus ojos brotaron lágrimas, nos abrazamos en el dolor;  con voz desgarrada dijo: “se nos fue Miguel”. Miguel, el que abandonaba su escritorio cruzando el salón y se sentaba frente a ella para cortejarla, el que después de tener los resultados sobre el comportamiento del sector agrícola los vinculaba con el análisis que ella realizaba sobre el comercio interior generando una visión más real, más cruda sobre la carestía de la población que hacia colas interminables en los centros de abastecimiento. Miguel, el mismo que guardaba silencio en las reuniones de trabajo, pero lo retenido explotaba en palabras críticas contenidas en sus informes. Miguel que les abría la mente a sus alumnos con sus cátedras de economía política, matemática financiera y filosofía.

A las tres de la tarde del 11 de abril se celebró la misa en la capilla del colegio San Francisco. Allí estaban caras conocidas que tenía muchos años de no ver y viejos amigos, los de una época que forjó hombres y mujeres como Miguel. Un hombre sin apego a los bienes materiales que vivió sin pretender cargos ni puestos de trabajo para ostentar lo que no es propio. Marchamos detrás de él y, al llegar a su destino final, sobre una lápida nos reencontramos reviviendo entre amigos parte de su vida. ¡Descansa en paz, Miguel!

Sábado, 13 de abril de 2013

miércoles, 10 de abril de 2013

UN PAJARITO SE BAÑA Y NO DEJA DE CANTAR

Hoy me puse a regar. La grama comienza a mostrar los estragos del periodo seco y muy temprano, antes que el sol se abriera espacio entre la densa neblina, conecté el irrigador a la manguera. La tierra está reseca, con surcos que se ensanchan a medida que el verano se intensifica y las plantas se muestran resentidas con hojas amarillas. Lo hago en cuadrantes para que el riego sea uniforme y la dosis de agua equitativa, evitando el desperdicio.

En uno de los cambios, un pajarito color café, de esos que son brincadores e inquietos, voló en círculos alrededor de una planta similar a la penca y a la sábila. Las gotas de agua comenzaban a irrigarla, llenando sus hojas dobladas en forma de espada con espinas en la punta. Luego de tres vueltas se posó arisco en una de sus hojas, zambullendo la cabeza en una concavidad que retenía el agua, doblándola hacia el dorso con rápidos aleteos y movimientos de la cola. Aun cuando el chorro golpeaba su cuerpecito no se iba y comenzó a cantar, un canto alegre, más fuerte que el de los otros pájaros posados en las ramas de los árboles; tan poderoso que se convirtió por ese instante en el rey de la mañana.

“Ve qué jodido, se está refrescando, se baña y no dejaba de cantar”, pensé. Seguramente notó mi presencia en un instante de lucidez porque se quedó calladito, viéndome como agradecido y voló hacia un pedernal que tengo en el patio. Busqué la cámara y le tome una foto. El pajarito desapareció por unos minutos y luego regresó con más confianza, siguió con su revoloteo entre las gotas esparcidas en círculos y se posó en tierra firme cantando alegremente, brincando en la grama.

Ese pajarito que se baña y no deja de cantar se convirtió en el rey de la mañana, nada le importaba más que refrescarse con la seguridad que no iba a ser agredido. Cuando el sol se apoderó del día y el agua esparcida desapareció en la tierra sedienta, el pajarito se dio la última zambullida entre las gotas de agua y se fue. No hizo nada más que darse una ducha refrescante, agradecer el gesto de irrigar su espacio, su grama y sus arbustos, con su canto lleno de felicidad. Al verlo y escucharlo fui parte de su dicha en este tiempo seco, polvoso, que durará unos meses más hasta que la lluvia regrese a cubrir las montañas, valles y colinas.

Ojalá, pienso ahora, hubiera tenido la suerte de descubrir en su alegre canto un presagio, una señal, un indicio develándome con claridad el camino que aún debo recorrer en esta lucha diaria por sobrevivir. Pero no, no lo hizo, sólo me acompaño una parte de la mañana, una parte de este día, alegrándome con su canto y con eso me basta. Aquí lo estaré esperando y, si regresa, seguiré siendo tan feliz como él.

lunes, 8 de abril de 2013

VÍNCULO ENTRE CÍRCULOS Y GARABATOS


Tenían una hora de estar reunidos. “Sos muy crítico”, dijo Margaret apartando su mirada de ojos azules. Andrés se quedó callado, pensativo; el lapicero que tenía en su mano derecha inmóvil, los círculos y garabatos que hacía en la libreta, quedaron abandonados como obra de arte inconclusa. Discutían siempre, pero en esta ocasión, aun cuando Margaret lo disfrutaba, estaban en total desacuerdo.

“Ni modo, es lo que pienso”, respondió Andrés mientras Margaret reunía las hojas del convenio borrador a ser firmado con el gobierno local recién designado. “Es legitimarlos, es poner en riesgo los fondos y darle la espalda a los líderes de la sociedad civil que por tantos años nos han acompañado”, expresó Margaret al levantarse e introducir los papeles en su maletín de ejecutiva. “El cambio es importante, si no lo aprovechas estás contradiciendo la visión de desarrollo que tantas veces me has compartido”, respondió Andrés.

“Los líderes tienen miedo, están indecisos, recelosos, no quieren trabajar con ellos”, agregó Margaret poniéndose de pie. “¿A qué le tienen miedo?, mira a tu alrededor, la gente sigue el curso normal de sus vidas, los comerciantes abren sus tiendas, los abogados escrituran y litigan, los productores siembran y cosechan, las exportaciones no se detienen y todos acuden a pagar sus impuestos. Incluso, Margaret, ellos siguen con sus propias vidas, sus propios proyectos y negocios. Si tienen miedo es por algo, si no quieren involucrarse debes cuestionar incluso el llamarlos líderes porque su actitud no es la de uno. Son de ocasión, de épocas de abundancia, acostumbrados a mantener hasta sombra ajena bajo control sin que nadie los cuestione, muchos menos permitir que otros sopesen sus propuestas que decididamente has apoyado”, dijo Andrés.

 “Eres duro”, expresó Margaret y volvió a la silla. “No Margaret, es la realidad, no pueden obviarlos, ostentan el poder y tu organismo debe relacionarse con ellos, incluso los partidos opositores, los que no aceptaban su proclamación como ganadores, se sentaron en la mesa para conformar gobierno y eso sí es legitimarlos”, aseveró Andrés volviendo a mover el lapicero.

Margaret se quedó pensativa y recordó el largo periodo de cooperación con el gobierno local que por más de veinte años mantuvo el partido rojo sin mancha, los logros, los vínculos de hermandad entre su ciudad europea y la ciudad de la “luz en la selva” que despierta húmeda por la neblina que la inunda desde las montañas, los viajes de dos vías de los ciudadanos de ambos pueblos para redescubrirse a través de sus culturas, de las vallas escaladas para frenar la corrupción en el organismo civil local contraparte, los planes inconclusos, las presiones recibidas por el comité de solidaridad y el gobierno local de su ciudad por mejores resultados y mayor impacto.

“No lo aceptan, desconfían y no quieren involucrarse”, insistió Margaret con tono de desconcierto. “Apartarse no es la opción adecuada, la vida continua, las limitaciones están presentes en las comunidades y barrios, los retos son mayores. Es momento en que ellos demuestren sus capacidades, esas que dices has fortalecido. No puedes permitir que ahora, por intereses de esos que llamas líderes, el vínculo establecido se venga al suelo y desaparezca. No es momento de esconderse en casa, de meter la cabeza en un hueco ante la realidad como un avestruz temerosa. Es todo lo contrario, es el momento de aprovechar la coyuntura, actuar pensando en el futuro, redefiniendo nuevas reglas para interactuar con el gobierno local; incluso debes considerar apartarlos, involucrando nuevos líderes, principalmente jóvenes dispuestos y con visión”, expuso Andrés
.
“Sería darles la espalda, traicionar sus años de trabajo”, respondió Margaret con sus mejillas blancas ruborizadas. “De no hacerlo traicionarías a la gente humilde de las comunidades y los barrios que esperan ansiosos los proyectos. Definitivamente no comprendo tu posición, eres experta en cooperación, de ti he aprendido mucho, principalmente que la cooperación busca cómo apoyar a los más pobres; tiene un gran corazón pero en él no cabe el amor maternal como el que muestras hacia ellos. Por el bien de las comunidades y su gente, es momento que decidas entre los objetivos de la cooperación y esos líderes que no están dispuestos a seguir trabajando en este contexto, líderes entre comillas”, agregó Andrés.

Margaret se levantó y Andrés besó su mejilla derecha como siempre lo hacía al despedirse después de sus pláticas. “¿Qué escribías?, le pregunto Margaret observando la libreta. “Nada importante, sólo el vínculo entre círculos y garabatos”, respondió Andrés y, al verlos, Margaret sonrió.

Domingo, 07 de abril de 2013

lunes, 1 de abril de 2013

LA CASA MÁS BELLA DE UTILA


Rodney comenzó a relatarlo en el corredor del antiguo Cabildo Municipal de Utila. Hace muchos años allí se reunían por las tardes y yo acompañaba al grupo. El sol ardiente parpadeaba al ritmo ondulante de las hojas de los árboles de almendro plantados en el parque y al caer en el horizonte, luego de sus charlas, regresaban a casa. Pero esa tarde, después de escucharlo, el orgullo nutrido de historias cotidianas y remembranzas coloniales, los mantuvo alejados por varios días. La gente que transitaba por la calle principal lo notó; todos preguntaban por ellos ante la ausencia de los gritos y carcajadas del grupo.

Sus conversaciones giraban alrededor del mar, el mar que los nutría con su riqueza, el mar que los llevó a las costas de la isla como olas después de la tempestad. Entre limitaciones y penurias, de generación en generación, construyeron su próspero modo de vida, acompañados por la vegetación en las montañas y rodeados del arrecife más bello de las islas de la bahía de Honduras: lagunas arriba y abajo, un archipiélago de cayos al oeste con playas de arena blanca y aguas color turquesa, una calma bahía protectora de cayucos, barcos y sus casas, construidas frente a calles revestidas de grava color nácar.

Pregunté por la mejor casa de Utila y los miembros del grupo se volvieron a ver. Sus voces discordantes, con un acento cantadito al hablar el inglés creole de las islas, se confundieron entre nubes de opiniones. Para los más viejos, Kaziar y Estern, las de estilo victoriano, construidas de madera a dos pisos, con barandas y swing en los corredores de arriba y abajo, ventanas de madera y vidrio protegidas con celosías, pintadas de blanco impecable con ribetes verdes, eran las mejores de la isla; la historia esplendorosa materializada de su pasado. Para otros, los más jóvenes, los que se iban por temporadas a trabajar surcando los siete mares como marinos y lograban comprar un terreno para construir su vivienda, la modernidad se imponía. Entre ellos, John y Scott, opinaban que las más bellas eran las construidas de madera sobre pivotes de tubos plásticos de doce pulgadas de diámetro rellenados de concreto, con largas escalinatas para acceder al corredor frontal, machihembradas de pino, cielo raso de yeso moldeado al antojo, techo impermeable de tablillas, sala espaciosa, habitaciones a ambos lados del pasillo con baños propios y la cocina en el fondo, explayada sobre una plazoleta de madera con vista al mar. No había acuerdo entre el pasado y el presente.

Me había quedado pensativo explorando las casas que eran ejemplo, como intruso que entra a descubrirlas por sus ventanas en noche de luna llena. “¿Y para ti cuál es la mejor?”, le preguntó John a Rodney; todos los del grupo quedaron esperando respuesta. “Queda aquí cerca, en dirección a la tienda de Mister Anderson, frente al viejo pozo de la casa de la anciana que tiraba bacinillas repletas de mierda y orines cuando pasabas por su patio”, dijo. Volvieron la mirada al lugar indicado y, al notarlo, al materializarla en sus mentes, se quedaron viendo y explotaron en carcajadas. “¿Cómo puedes decir eso?”, cuestionó Scott. “Esa era la casa  más fea de Utila”, agregó John. Kaziar y Estern intercambiaron miradas, pero fue Kaziar quien lo incitó a que argumentara sus razones y comenzó a relatarlo.

Esa casa que ustedes conocieron, con sus paredes de madera mohosa y devorada por el tiempo, con el techo de zinc oxidado que se despegaba ante la mínima brisa, con los cimientos de los lados sin piso, paredes ni techo repuesto, con piezas de madera faltantes en las gradas, era la casa más bella de Utila. La habitó un matrimonio feliz que en sus años mozos procrearon dos niñas preciosas. No tenían siete años cuando sus padres murieron en un accidente aéreo y quedaron huérfanas al cuido de sus familiares. Crecieron en el infortunio, en el dolor de la ausencia de sus padres y, sin que eso bastara, el huracán Fifí se llevó todo, sólo quedaron ellas. Con sus manos, removiendo escombros, tabla tras tabla, clavo tras clavo, volvieron a levantarla. En la pubertad, la mayor de ellas, trajo dos bellas niñas al mundo y las crió como había crecido, sola.

La conocí cuando las niñas tenían la edad de ellas al perder a sus padres. Vine a la isla como náufrago que busca reposo y paz después de largos años a la deriva. Fue una tarde cuando todo comenzó, una tarde similar a ésta. Jugábamos volleyball combinado entre chicas y chicos en un terreno baldío ubicado frente a la caseta de la antigua planta eléctrica, siempre éramos los mismos, pero repentinamente ella apareció, quería jugar y se incorporó a mi equipo. Quedé maravillado cuando vi su destreza al hacer los remates; era alta, esbelta y ágil como gaviota que picotea sardinas en la cresta de las olas. Desde ese instante, siempre esperaba que ella acudiera al juego por las tardes, para que siguiera quemándoles las manos a las jóvenes del equipo contrario.

Una noche, después de bajar de Mamey Lane y dirigirme hacia el cine de Mister Archie, al pasar frente a la casa, la vi sentada en las gradas y me acerqué a ella para conversar. La colmé de elogios por su destreza y me reveló la historia que ustedes conocen. Creció nuestra amistad, siempre jugábamos volleyball y acudía a las gradas. Pero una noche no estaba allí y, sin percatarme, traspasé el umbral  de la puerta llena de hendijas. Estaba en el fondo de la casa, preparaba la cena para sus niñas, su hermana no estaba: al sentir mi presencia en la sala, al verme, sus ojos color miel brillaron. Me invitó a cenar pescado frito con tortillas de harina y comenzó a llover. Cerró puertas y ventanas, pero el viento entraba por los orificios de las paredes. Corrió a una habitación y apartó hacia un lado la cama. Tomó todos los recipientes que tuvo al alcance y los colocó debajo de los hoyos del zinc, acurrucó a sus niñas en el viejo sofá de la sala y me senté frente a ella en un banco de madera.

La tormenta no cedía, ni yo dejaba de verla y escuchar las canciones de amor maternal que cantaba en inglés para calmar a las niñas mientras el viento y la lluvia azotaban con fuerza  la casa. Las niñas se durmieron y colocó sobre el mosquitero de la cama en que dormían un trozo de plástico. La tormenta duró toda la noche y me dormí a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo en el sofá lleno de huecos. Cuando aclaró el día desperté, su hermana dormía al lado de las niñas. Al despedirme y darle la mano, dijo: “Aquí siempre serás bienvenido, mi casa es tu casa”.

Ahora sólo quedan los cimientos de madera descubiertos allí donde estaba, pero para mí sigue siendo la mejor casa, la más bella. La casa de dos mujeres que crecieron solas, que le sonrieron a la adversidad, que fueron criticadas por todos en las calles e iglesias, la casa de las mujeres a las que nadie se atrevió a decir “aquí están mis manos para ayudarles, mucho menos llevarles una tabla o una lámina de zinc”.

Todos se volvieron a ver, no hicieron más comentarios, se retiraron en silencio hacia sus casas. Ya anochecía y me quedaba con la inquietud de conocer la casa más bella de Utila. “Muéstramela”, le dije a Rodney. Caminamos hacia el sitio indicado en su relato. Frente a los carcomidos cimientos de madera, con ojos nostálgicos, dijo: “Aquí vivió una dulce mujer, la de la casa más bella de Utila”.

Martes, 26 de marzo de 2013