Seguidores

martes, 13 de agosto de 2013

DOS CARIBEÑOS EN LA BARRERA DE JUIGALPA


José Santos lo anunció al despedirse en el porchecito de la casa: “voy a contratar a los chicheros para que te toquen toda la tarde en la barrera”. Al día siguiente, Fidel Gallardo pasó buscándome; en la esquina de doña Comelia Zambrana —una cuadra antes de llegar al parque Palo Solo de Juigalpa— nos encontramos con Fulvio y Teco. Minutos después vi que “Machete”, así le decíamos a José Santos, salía apresurado de su casa sin olvidarse de pasarle la cerradura a la puertecita de hierro del corredor. “Vámonos antes que me mire mi mamita”, dijo Machete volviendo a ver hacia su casa con una sonrisa maliciosa dibujada en el rostro.

Caminamos en dirección al parque central, bajando por la calle de Palo Solo, desde  ahí se observaba el movimiento de la gente en los puestos de venta instalados alrededor del parque. Al llegar a la esquina de la catedral doblamos hacia la derecha en dirección a la barrera de toros. En el trayecto se escuchaba el reventar de morteros y cohetes que apresuraban el paso de la gente para conseguir lugar y disfrutar de una corrida más en la fiesta brava de Juigalpa.

Subimos las gradas del costado norte de la barrera y nos quedamos de pie. Debajo del piso de madera se sentía el movimiento provocado por el pataleo de los toros. Frente a nosotros, en el centro de la barrera,  estaban los jinetes montados en sus caballos de campo, “los campistos”, girando los mecates por encima de sus sombreros; los sorteadores arrastraban sus capas rojas levantando polvo y varios grupos de personas tomaban, dispersos en los alrededores mientras las reglas de la barrera, las llamadas varas, estaban repletas de gente.

“Caminemos para el lado de los chicheros”, me dijo Machete al oído y nos movimos hacia la izquierda, entre la gente que bailaba dando brincos y taconazos sin ceder una pulgada de su lugar. Llegamos a orillas del palco asignado al comité de las fiestas, estaba separado del resto por malla ciclón, ahí tocaban los chicheros y los invitados especiales hacían compañía a la novia de la fiesta. “Para que mires, pues, allí están, los contraté para que toquen porque es tu cumpleaños”, me dijo José Santos. “Gracias hermano, sos un buen amigo, gracias”, le dije mientras Fidel sonreía.

Comenzaban las corridas de los toros, salían dando brincos desesperados para quitarse de encima a los montadores; unos rodaban por el suelo después del primer salto del animal enfurecido que era jochado por los sorteadores, otros, luego de vencer, cabalgaban sobre sus gruesos lomos alrededor de la barrera levantando sus brazos en señal de victoria, del dominio de la bestia por el hombre.

Los gritos, el estallido de cohetes y morteros, el taconeo de los bailadores sobre el piso de madera y el son de los chicheros enmudecieron dando paso a un murmullo de asombro colectivo cuando una estampida de toros se apoderó de la barrera. “Se soltaron”, escuché decir a uno que estaba pegado a la malla porque sólo se escuchaba la música de los chinamos instalados alrededor de la barrera, como fondo relajado de la excitada fiesta.

Los campistos al galope los esquivaron, los sorteadores y los grupos de tomadores corrieron hacia las varas huyendo de ellos. En el centro de la barrera quedó un hombre solitario y despistado. Era un negro caribeño. La gente le gritaba: “¡negro!, ¡negro!, ¡correté!, ¡corré hacia las varas!” Un inmenso toro Brahman blanco se apartó de la manada y se dirigía furioso hacia el negro. Los sorteadores corrieron en su ayuda tratando de llamar la atención del toro, los campistos intentaban detener a los otros que enfurecidos levantaban la cabeza para embestir con sus largos cuernos a los que se colgaban de las varas, pero el toro blanco se dirigía hacia el negro. Segundos después, el negro reaccionó: corrió con el toro detrás de él y desapareció de la barrera al resbalarse entre las varas. La barrera volvió a rugir eufórica.

Varios años más tarde conocí a Allan Forbes en Nueva Guinea y le platiqué del engaño que me había hecho José Santos en la barrera con el toque de chicheros por mi cumpleaños. “Yo era ese negro”, dijo Allan. “Cuando me resbalé entre las varas, iba todo embarrado porque el maldito toro blanco era racista y, al salir debajo de una de las mesas de un chinamo, me agarraron a patadas gritando ¡este negro mañoso algo se anda robando!”.

12 de agosto de 2013.