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lunes, 7 de octubre de 2013

EL FOTÓGRAFO DEL PUERTO


“El interés por la fotografía me surgió después de ver una película de Roy Rogers cuando inauguraron el cine hogar de don Alberto”, dijo Eduardo al comentar sobre su arte que, por más de medio siglo, captó en imágenes los acontecimientos más importantes ocurridos en el puerto de El Bluff.

Esa tarde los habitantes del sector de la capilla bajaban por el lado de la cantina de Miss Pet, los del lado de la aduana subían por la esquina de Miss Lilian y el corredor hervía de gente que esperaba ansiosa la apertura de la puerta izquierda. En la ventana ubicada al lado de swing —en el que don Alberto mecía holgadamente su rechoncho cuerpo sin saludar a los que caminaban por el andén— vendían los tickets, un peso por persona, sin importar edad, sexo ni color. La fecha y hora fue anunciada con anticipación, de boca en boca entre vecinos, hasta llegar la noticia a la colonia del Guerrillero, las cantinas ubicadas alrededor del campo de beisbol y el barrio del Suampo. Allí estaban todos ante una expectativa nueva que los sacaría de la rutina portuaria.

Los chavalos corrían hacia la tienda de Toño Real y doña Estercita; comparaban empanadas, chicha en botella, leche de burra, bombones y chingongos en una algarabía de felicidad, pero el Patito, así le llamaban a Eduardo, no se movía de su lugar: “Sin zarandearme, sin perder un centímetro de espacio, me pegaba a la puerta aguantando la presión del tumulto”, recuerda.

La puerta se abrió a las siete y el Patito quedó prensado entre la pared y la corriente de gente que se escurría por el pasillo hasta llegar al salón ubicado en el fondo de la casa. Al ser liberado, salió caminando triunfalmente con sus pasos encontrados, acomodándose el cabello rizado alborotado con las manos, moviendo lateralmente el dorso como péndulo de reloj nervioso y estirando sus brazos cortos en un constante aleteo de felicidad.

“Llegue al salón cuando estaba oscuro y los gritos me dieron la bienvenida con las luces emitidas por el proyector sobre una manta blanca tendida en la pared derecha, materializando las imágenes en blanco y negro de Roy Rogers cantando montado en su caballo Trigger”, dijo Eduardo. Unos aplaudían, otros se acercaban a la manta para tocar el caballo pero don Alberto calmaba la euforia masiva. “No encontré lugar, de haberlo hecho no podría ver al vaquero ni al caballo por los cuerpos y cabezas que lo tapaban, pero me subí a la última banca del fondo, pegada a un biombo de madera, donde estaba ubicado el proyector”, agregó y sus ojos gatos brillaron al recordarlo. “La película continuamente se detenía y la gente, gritando enfurecida, pedía que les regresaran su peso, pero don Alberto encendía las luces amenazándolos —el que siga gritando no vuelve a entrar, les decía— y se quedaban calladitos”.

Al finalizar la película, una hora después, fue el primero en salir; al llegar a su casa, luego de subir una ladera, esquivando palos de Coco, Mango y Caimitos con un flash light, emocionado le dijo a Rosemary, su mamá, que quería ser fotógrafo para captar la vida y los acontecimientos que se daban en el puerto.

“Ella sonrió después de cerrar la puerta. Cuando entró a su cuarto desde el mío la escuché decir: Aquí no pasa nada interesante y nadie se gana la vida tomando fotos, ojalá que los hombres y las mujeres no se vuelvan haraganes con ese invento de don Alberto porque nos morimos de hambre, sólo eso faltaba, que se acabe la paridera de zipotes”, dijo Eduardo riéndose.

Rosemary siempre se opuso a su deseo, pero su colección de fotos, en blanco y negro y a color, guardadas con esmero en varios álbumes, fue su mayor tesoro. Inmortalizó nacimientos, bautizos, comuniones, procesiones, cumpleaños, casamientos, sepelios, ranchos en la playa, las casas made in USA de la Colonia, barcos mercantes en el muelle, curas, marineros, cantinas, prostitutas, borrachos, aterrizajes del avión amarillo, empleados y agentes aduaneros, el parque de la loma, el casco hundido del Jamaica, coroneles y oficiales de la guardia, la planta de la Booth, visitas de presidentes, barcos pesqueros, barcos surcando la bahía, así como amaneceres y atardeceres.

Cuando le pregunté sobre las fotos, con ansias que me las mostrara, sus ojos claros se nublaron. "Todo desapareció con el huracán Juana, se perdieron todas, no quedó nada, todos desapareció al igual que las esperanzas de los blofeños", dijo.

Antes de partir para continuar caminando por el andén del puerto con el fin de visitar a viejos amigos y amigas, me retuvo. Conversábamos bajo la sombra, sentados frente a la casa que poco a poco ha reconstruido, con el viento fresco proveniente de la playa aminorando el candente día soleado. "Vení, entrá, tenés que ver a Mary antes que te vayas, está bien mal", dijo. Lo seguí, corrió una cortina blanca y entramos a la habitación. "Es el Ronald, el hijo de Ofelia y de Hill", le dijo. Tomé su mano, besé su frente y le dije que ellos ya habían cruzado el umbral del tiempo. "No te puede ver pero te escucha", dijo Edward. Los ojos de Mary se iluminaron por el brillo de las lágrimas y el tiempo se detuvo en su lecho de agonía para que tuviera la oportunidad de ver las imágenes del pasado captadas por el fotógrafo del puerto.

 10/11/2016