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martes, 17 de diciembre de 2013

EL VALOR DE LOS DETALLES

Nuestra vida es a la vez común y mítica. Vivimos y morimos, maravillosamente bellos por la edad y llenos de arrugas. Despertamos en las mañanas, compramos pan y esperamos tener dinero suficiente para seguir haciéndolo. En ese mismo instante, nuestros magníficos corazones bombean sin importar toda la tristeza, los días grises y lluviosos que vivimos. Somos importantes, nuestras vidas son verdaderamente magníficas; por ello vale la pena grabar todos sus detalles. Aquí estamos, somos seres humanos, así es como vivimos.  Démoslo a conocer, nuestros detalles son importantes.

Un día soleado visité la tumba de mis abuelos, Manuela y Felipe, en El Bluff, iba acompañado por Javier Benavidez. Luego de conversar en silencio con ellos y con la brisa del mar golpeándome el rostro, caminamos por el cementerio identificando a todos los conocidos del puerto. Al llegar al precipicio que da a la bahía, Javier me mostró las tumbas de unos pescadores coreanos, sus nombres estaban escritos en su idioma “hangueo”, frente a las lápidas hay una pequeña loza de concreto en la que sus compañeros se arrodillan haciéndoles reverencia. Ver esos nombres escritos en su idioma es algo único, diferente al resto de las tumbas, pero siempre serán reconocidos y recordados por sus amigos, así como yo lo hice al leer el de mis abuelos y otros blufeños del pasado. Un nombre es algo que llevamos por toda la vida, respondemos a él cuándo es llamado en el aula, a su pronunciación en una graduación, al ser susurrado en la noche.

Aunque parezca irrelevante es importante decir los nombres de quienes somos, los nombres de los lugares en los que hemos vivido, escribir los detalles de nuestras vidas.  “Vivo en Nueva Guinea, cerca de la ciudad, buscando la salida hacia Los Ángeles, rodeado de árboles, frente a una trocha que siempre se encuentra en mal estado porque los camiones volquetes de la alcaldía transitan por ella todo el año, de día y de noche, cargados de material para construir otros caminos y no hacen nada por repararla”.

Estamos vivos, nuestros momentos son importantes. Debemos ser portadores de los detalles que conforman nuestra historia, preocuparnos por las cosas sencillas. Registrar los detalles de nuestras vidas es una postura contra la capacidad destructiva de una bomba, contra su excesiva velocidad y eficiencia,  contra los que son capaces de activarla.

Hay que decirle sí a la vida en todas sus formas: el chorro de agua que se precipita por el canal y llena de alegría a los niños, la mirada esquiva, el venadito de viruta que acompaña el adorno navideño. No hay que decir “soy un tonto que vive en un pueblo pequeño y cena todos los días en una fritanga con nombre Nacionalista”. No. Hay que decirle un sí alegre a las cosas reales que existen en nuestras vidas, la verdad real de quiénes somos con nuestras libras de más, lo gris y frío de las calles, el poeta caribeño que sonríe junto a su compañera rubia que está pendiente de unos niños negros.

Escribo aceptando las cosas, amando los detalles, avanzando con un sí en los labios para que dejen de existir los no en este mundo, el no que invalida la vida y detiene los detalles de su continuidad.


16/12/2013