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miércoles, 31 de diciembre de 2014

DESPEDIDA DEL AÑO 2014 AL MEDIODÍA (Con tonada del Ave María del Ángelus)


Son las doce del día y no puedo terminar este año sin despedirme y brindarles mis deseos para el año 2015.

Este año que finaliza ha sido genial. Incursioné en el mundo de la fotografía y he captado con mis cámaras varios momentos espectaculares, inolvidables, únicos. La libertad, la autonomía, la independencia y los deseos de vivir la vida intensamente, sin cadenas que esclavizan, me han permitido hacerte parte de muchos de ellos.

He seguido escribiendo tal como hoy lo hago. Al revisar me doy cuenta que he compartido con ustedes un total de 65 escritos, incluyendo vídeos, poemas y fotografías. Han sido 5.4 publicaciones en promedio por mes en mi blog, tu blog Sueños del Caribe.

La dicha y felicidad me ha acompañado dándome la vida nuevos nietos, María Fernanda, mi nieta menor y espero cosechar más, muchos más. Francisco se volvió a casar, Kalinga lo hechizó con sus dones norteños y Aster logró, luego de dejar de beber guaro, construir su casa, además de graduarse en la Universidad.

De la salud no me quejo, dejé de fumar. Pero hay dolor y debo convivir con él, y cuando a ella algo le duele, le doy su sobadita, nos damos nuestra sobadita.

Hay amigos y amigas que se han ido, se me han adelantado. Ellos y ellas, Martín Bermúdez, Juanita Allen, Juan Ramón Acosta y otros, siempre estarán a mi lado, no los ignoro, están conmigo. Me despedí de San Martín, Filmore McDonalds Banks, en su casa, en su cama, en su lecho de agonía: “San Martín, soy yo, Ronald Hill, el catracho, tu compañero de equipo, al que siempre salías corriendo a relevarlo cuando no encontraba el plato, el que fue testigo de tus hazañas como uno de los mejores pícheres de El Bluff y Bluefields”, le dije al oído. Inmediatamente abrió los ojos, balbuceó, parpadeó y le apreté la mano. “Te reconoció”, dijo su hermano, John Banks.

Sigo extrañando, y por eso busco y lo seguiré haciendo, a las amistades de por vida, el aroma caribeño, el sabor a coco y lo salobre del mar, pero no me quejo del verdor del trópico húmedo del que me enamoré por segunda vez. La gente trabajadora, solidaria y cristiana, además de sus paisajes, es el tesoro más grande que tiene Nueva Guinea y, como siempre lo he hecho, seguiré estando al lado de este pueblo trabajador que se merece un futuro mejor, futuro que ha construido con las uñas frente a la adversidad y que se prepara para celebrar los 50 años de su fundación el próximo 5 de marzo del 2015.

El resto es rutina, decepciones, desencantos y planes sin cumplir que los seres humanos siempre retomamos y seguimos luchando por hacerlos realidad. Por ellos, por esos sueños es que seguimos respirando cada mañana al levantarnos, deseo que a todos y todas se les hagan realidad en el 2015. Deseo que los problemas cotidianos no se conviertan en barreras insuperables en su caminar, les deseo salud, mucha salud, paz y armonía en su alrededor. ¡Feliz 2015!

lunes, 22 de diciembre de 2014

BAILE DE SOMBRAS



Ella dibujó su alma en mi cuerpo con la pintura roja de su lápiz labial durante la noche, y al amanecer, se despidió desde la puerta número dos del aeropuerto sembrado de estatuas negras.

Tengo planes, planes para los dos, dijo con sus frágiles brazos sobre mi pecho y sus largas piernas adheridas a las mías, tratando de posponer el momento inevitable.

Las cosas van a cambiar, agregó susurrando mi mejilla con su aliento rosa, puede suceder en cualquier lugar pero... no te imaginas como quisiera verte en Bilwi, caminar de tu mano en el muelle con nuestras sombras bailando al ritmo del oleaje del mar Caribe, compartir la isla solitaria que tengo escondida con vos, mirar el brillo de la luna en tus ojos cuando se levanta sobre la bahía de Bluefields, bailarte al ritmo de tambores garífunas en la grama de Orinoco y manchar el cielo azul con la intensidad de nuestras pasiones.

Me di cuenta que todo era un consuelo, que después de morir en sus brazos, de transitar entre la muerte y la vida a su lado, ella descubrió el dolor que sentía por su partida. Y por eso le dije que me arrepentía de haber llegado tarde a su vida, esa vida de mujer intuitiva y con convicción, libre y alegre, con deseos de vivirla intensamente para mantenerse reluciente y jovial a sus casi treinta años, casi por cumplirlos. Si yo pudiera… dije y selló con su mano mi boca. Tus sueños son los míos, no compliquemos el inicio de algo que estoy segura sucederá, agregó y se levanto de la cama.

El trayecto al aeropuerto fue vacío e interminable como las calles trasnochadas de Managua, sólo nuestras manos se encontraban aferradas unas a la otra. Cuando salí del taxi para abrir la puerta, la vi bajar con el brillo de libertad que descubrí al conocerla y me sentí dichoso de ser parte de su vida.

Avanzó sobre la alfombra gris de los pesares, nos vemos el próximo año murmuró desde la distancia y con sus manos dijo adiós, borrando las huellas de lo que ahora es parte de mi pasado.

jueves, 18 de diciembre de 2014

UNA MANCHA DE TROMPOS

Nos juntábamos siempre para jugar hasta aburrirnos, disfrutábamos los diferentes juegos de temporadas: una mancha de trompos, haciendo piso y “revoluta” en el juego de chibolas, elevando barriletes y cometas desde la plazoleta del parque de la loma, aprovechando los vientos de noviembre y diciembre para mandar telegramas al cielo con nuestros deseos, hasta las carreras de bicicletas en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de las Chinitas. Siempre éramos los mismos: Kalilita, el Tanquecito, el Guerri, el Sapo, Richard, Alonso, la Melá, Martín, el Cabe, el Flaco y el Zorro Juan.

Para las manchas muchos preferían los trompos de Masaya, hechos de  guayacán con puyones gruesos, pero eran caros porque los pintaban con dibujitos. Otros con su ingenio infantil fabricaban los propios. Richard y Alonso Allen los hacían de la rama de un árbol de Guayaba con grosor medio; con un machete filoso daban los primeros cortes para que tomara forma, luego con un cuchillo hasta moldearle la cabeza y, cuando adquiría el tamaño deseado, lo raspaban con un pedazo de vidrio hasta que quedaran lisos sus contornos al tacto de la mano que posteriormente sacaría pecho a la hora de jugarlo en una mancha. El puyón, el arma destructiva, era el elemento más preciado, además del tamaño y peso del trompo.

    ¿Por qué le quitas el puyón si está nuevo? —le pregunté a Kalilita al verlo sentado en las gradas de su casa, tratando de sacarle el puyón a un trompo de Masaya con un alicate.
    Para la hora de los secos, vas a ver cómo voy a desguazarlos —respondió sin dejar de hacer fuerza, sin dejar de girar el alicate hasta sacarlo.

El mejor puyón era hecho con clavos de acero; con una lima triangular se afilaba la punta del clavo de dos pulgadas, se clavaba en la punta del trompo hasta que quedaban expuestos dos centímetros, luego se le cortaba la cabeza y se afilaba nuevamente hasta que la punta quedaba como la de una aguja. Los primeros bailes del trompo eran de prueba, si no estaba  sedita, si quedaba tatarata, se le daban varios toquecitos con el martillo para ajustarlo y volvía a afilarse.

Vi a Kalilita dar media vuelta sobre su propio eje al tirar el trompo para bailarlo, ese eje de chaparro que lo mantiene adherido al suelo con fuerza y con la suerte de vencer a la muerte en varias ocasiones. Lo recuerdo petrificado, mostrando su perfil izquierdo, su pelo negro chirizo parado como espinas de erizo de mar, sosteniendo la manila de nylon adherida por un nudo al dedo medio de su mano derecha que se movía al vaivén del ritmo de su entusiasmo.

    ¡Te quedó sedita! — dije al ver al trompo bailar en el suelo, en un sólo punto, cerca de su casa, bajo la sombra de los árboles de almendro plantados frente a la agencia aduanera de don Joaquín Bustamante.

Se agachó apurado al pie del trompo, deslizó la palma de su mano derecha con los dedos índice y medio abiertos entre el brillante puyón, mientras que con la izquierda sostenía la manila y con el dedo índice le dio un empujoncito al trompo atrayéndolo hacia la palma de su mano. Su cara brillaba de alegría, el trompo giraba campante en la palma de su mano.

    Está listo para la mancha —dijo.

Frente a la casa de doña Carmelita, al lado derecho del andén, propiamente al dar la vuelta por la esquina de la casa de Miss Lilian, frente al muelle de los guardacostas y el mar azul sobre la playa de El Tortuguero, nos juntábamos a jugar la mancha de trompos. Todos llevaban los trompos ocultos en la bolsa de sus pantalones y, luego de acordar el número de secos que recibiría el trompo del perdedor, se trazaba un círculo en el suelo con un palo y se ponía una moneda en el centro. Ese punto era la mancha y, una vez definido, salían de las bolsas los destructivos trompos con sus relucientes puyones de distintos tamaños y grosores.

Luego de una bailadita de calentamiento, se definía el número de secos que recibiría el trompo del perdedor y comenzaba la tiradera de trompos sobre la mancha. El que dejaba su marca más lejana debía poner su trompo en “la cama”, es decir dentro del centro del círculo, y comenzaban a llover los puyazos de los otros trompos que lo arreaban por todo el patio de doña Carmelita hasta llegar a la “recha”, el límite establecido para la arreada. Si uno de los jugadores fallaba, el dueño del “encamado” lo levantaba y hacia una cruz con el puyón para que el pifiado pusiera su trompo. En ese tirar y poner se regresaba al círculo y el trompo que entraba se hacía merecedor del número de secos acordados.

En ese momento los jugadores amarraban el trompo con la misma cuerda de lanzarlo dándole varias vueltas a la cabeza con uno de los extremos y con el otro al puyón, de tal manera que quedara balanceado para dar los secos. El perdedor se quedaba calladito, sin decir nada, solamente observando.

    Le voy a dar con cariño —dijo Kalilita, volviendo a ver al Guerri.

Se puso de cuclillas frente al trompo del Guerri, con su mano derecha sostenía los dos extremos de la cuerda y con la izquierda su trompo, calculando la distancia y el movimiento pendular para dar los secos. Uno, dos, tres secos y no pudo desguazar el trompo, solamente dejó los cráteres hechos por el puyón. Se levantó, se acercó al andén y le dio tres pasadas al puyón sobre el borde de concreto hecho a base de piedra azul.

    ¡Así no vamos!, gritó el Guerri.
    El que pierde tiene que aguantar —respondió Kalilita sin que ninguno de los otros jugadores protestara.

Volvió a su posición de verdugo, medio escarbó en el suelo y acomodó con delicadeza el trompo del Guerri. “Crack” se escuchó cuando dio el cuarto seco y el lado derecho del trompo voló hacia un lado. Miró hacia arriba buscando los ojos del Guerri y, con la velocidad de su mirada maliciosa, dio el seco de muerte partiéndolo en dos tucos.

Unos días después visité a Kalilita para pedirle que le pusiera a mi trompo un puyón de los que él usaba para desguazarlos. Lo hizo con pericia y mientras me enseñaba a dar los secos en un trompo viejo, con el impulso y la pifiada, el puyón terminó incrustado en el musculo braquiradial de mi brazo izquierdo. Me regaló un poco de guaro lija del que vendían en su casa para que me echara en el hueco y no se me infestara.

Cuando tengo la dicha de encontrarme con ellos, con el Cabe, el Tanquecito, el Sapo y la Melá, es tema obligado conversar sobre esos tiempos de chavalos; para revivirlos, para que no se me olviden, siempre aprovecho cualquier ocasión para contarlo y que recuerden esos tiempos felices que vivimos en el puerto.


Martes, 16 de diciembre de 2014

sábado, 13 de diciembre de 2014

MI ÁRBOL, TU ÁRBOL, NUESTRO ÁRBOL


El Madroño es el árbol nacional de Nicaragua desde 1971. En La Gaceta, Diario Oficial de la República de Nicaragua, número 194, del viernes 27 de agosto de ese año, aparece reproducido el Decreto Legislativo No. 1891 por el cual se declara al madroño ÁRBOL NACIONAL DE NICARAGUA, y se dispone que el Día del Árbol, el último viernes de junio, sea plantado en parques, plazas, aceras y autopistas de todo el país y en el patio de cada centro de enseñanza de la Nación. Al momento de su publicación, el 27 de agosto de 1971, era Presidente de la República el dictador General Anastasio Somoza Debayle; el texto completo del Decreto es el siguiente:

SE DECLARA EL MADROÑO ÁRBOL NACIONAL DE NICARAGUA.

Decreto No. 1891 del 23 de agosto de 1971
Publicado en La Gaceta Nº 194 del 27 de agosto de 1971

El Presidente de la República, a sus habitantes,
Sabed:

Que el Congreso ha ordenado lo siguiente:

La Cámara de Diputados y la Cámara del Senado de la República de Nicaragua,
Decretan:

Artículo 1. Se declara el Madroño (Callycophyllum candidissimum) ÁRBOL NACIONAL DE NICARAGUA.

Artículo 2. El Poder Ejecutivo, a través de los Ministerios de Agricultura y Ganadería y de Educación Pública, dispondrá que ese árbol sea sembrado en los parques, plazas, aceras y autopistas de todo el país y para sea plantado, el Día del Árbol, en el patio de cada Centro de enseñanza.

Artículo 3. Esta Ley empezará a regir desde su publicación en “La Gaceta”, Diario Oficial.
Dado en el Salón de Sesiones de la Cámara de Diputados.- Managua, D.N, 9 de agosto de 1971.- Orlando Montenegro M., D.P.- Francisco Urbina R., D.S.- Adolfo González Baltodano., D.S.
Al Poder Ejecutivo. Cámara del Senado. Managua, D.N., 16 de agosto de 1971.- Cornelio H. Hüeck, S.P.- Pablo Rener, S.S.- Eduardo Rivas Gasteazoro, S.S.

Por Tanto: Ejecútese. Casa Presidencial. Managua, D.N., veintitrés de agosto de mil novecientos setenta y uno.- A. SOMOZA, Presidente de la República.- M. Buitrago Aja, Ministro de la Gobernación.

martes, 2 de diciembre de 2014

EL ANCIANO CON SOMBRERO DE PAJA (“He luchado toda la vida”)

A las once de la mañana pocos clientes concurren al mercadito campesino que se instala todos los viernes frente a la acera de la Alcaldía. Recorro cuatro toldos en busca de naranjelas para hacer fresco con ellas; al llegar al final de la hilera un anciano de cabello blanco, cubierto con un sombrero de paja, saborea un nacatamal en el borde de una mesa.

Dos hombres conocidos están sentados a la orilla del toldo que delimita el espacio que queda libre para que circulen los vehículos en doble vía. Desde allí, el punto más elevado de la calle, observo que las mesas también están ralas de productos.  Al fondo, en dirección a la Alcaldía, más de diez motocicletas están parqueadas con sus llantas delanteras pegadas a la cuneta. “Vino muy tarde”, dijo una de las mujeres que siempre vende plátanos y guineos, “el lunes puede encontrar, los de los Ángeles siempre traen”, agregó.

Regresé la mirada hacia el anciano y noté que se limpiaba la boca con un pañuelo. Le pedí permiso para tomarle una foto con mi teléfono. Sin decir palabras se alejó un poco de la mesa, guardó su pañuelo y se quitó el sombrero. “Con sombrero va a quedar más elegante”, le dije y se lo volvió a poner.

    ¿Cómo se llama usted? —pregunto dándole la mano.

Las voces de las mujeres que ofrecen sus productos, las de las que se acercan a los toldos preguntando por los precios, los hombres que platican al lado y el sonido de un vehículo que pasa pitando, no permiten que me escuche con claridad. Me acerco casi pegándome a su oído para preguntarle nuevamente.

    Cesario Betancourt Pérez —responde con su voz cansada pero firme.
    ¿Qué edad tiene?
    Yo tengo… ochenta y… seis años.
    ¿En qué año vino a Nueva Guinea?
    Me vine para acá en 1972.
    ¿De dónde es originario?
    De Honduras, de San Marcos de Colón, pero me vine porque mi papá fue casado con una señora llamada Isabel Pérez, originaria de Pueblo Nuevo. Así fue que llegué a León.
    Entonces, se vino para acá y compró finca.
    ¡No, no le voy a mentir hermano, me la regalaron!
    ¿Quién?
    En los tiempos cuando estaba Tacho Somoza, Tacho me la regaló. Entraban camiones a las Marías, la comarca donde yo vivía, y los hombres nos decían que a los que se vinieran para Nueva Guinea les iban a dar tierra; “les vamos a hacer su casa, van a tener todo y ya no van a seguir siendo esclavo de los ricos”. Mi esposa andaba en una oferta en Matiguás pero yo les dije “me voy, sin tamales pero me voy”.
    Y se vino. ¿En avión?
    Sí, en avión, allí donde era la pista me apearon.

Miro hacia donde señala y un avión Hércules de la fuerza aérea Panameña está estacionado en el extremo este de la pista; otro sobrevuela los alrededores en el cielo azul de abril, a la espera de que se disuelva el tumulto de gente para aterrizar. Los campesinos recién llegados caminan desorientados, aferrados a sus bultos y sacos mientras los trabajadores del IAN gritan dando orientaciones para que hagan fila y se dirijan hacia una caseta donde registran sus datos.

    ¿Vino solo o con su esposa?
    Con mi esposa.
    Y después, ¿para donde lo mandaron?
    Después, allí nos daban provisiones, un saco de pan, manteca y todo, estábamos muy alegre porque eso no lo teníamos, éramos pobrecitos, yo vivía a la orilla de un río. Todos los días me tenía que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar en los algodonales.
    ¿Y entonces, donde le dieron la parcela?
    Allá, cerca de la colonia Rubén Darío.
    ¿Cuánto le dieron?
    Me dieron 50 manzanas.
    ¿Y allí permaneció por mucho tiempo?
     Sí, en esa época se abrieron los créditos para criar chanchos que nos daba el banco, pero le hice una solicitud para ganado y me dieron dos vacas paridas, una bestia y un macho. Mire, con esas dos vacas paridas yo hice veinte. Cuando la guerra de los años ochenta eso era lo que tenía. Estaba bien, tenía mi carreta, mis tres pares de bueyes, mis bestias para andar y viajaba tranquilo a la finca porque yo vivía en La Esperanza; me iba montado siete kilómetros por el camino a la Rubén Darío.

“Sólo tengo sembradas dos manzanas de frijol rojo, ¿y vos?”, pregunta el hombre de gorra y bigote que está sentado a la orilla del tubo que sostiene el toldo. “Una para la comida y para no volver a perder”, contesta el otro, el que está al lado de la vía. “Se acabaron los tiempos de las grandes frijoleras, ya es demasiado lo que se pierde cada año”, agrega el de bigote. “A diez pesos cada uno”, dice la mujer de la venta de nacatamales, sosteniendo en su mano derecha un hermoso tamal que muestra a una señora que husmea en su mesa.

    Y cuénteme, ¿cómo pasó esos tiempos de guerra?, le pregunto a don Cesario.
     ¡Ahhh!, ¡todos mis animales se los robaron, se los comieron! Llegaban unos y otros, los de la contra y los del ejército. “Nos vas a dar una vaca, un ternero”, me decían; qué iba a hacer, se los comían. Un día vengo de la parcela y al bajar un caño me salió la contra. “Es cierto que vos tenés un hijo que es artillero, que anda con los sandinistas”, me dijeron. No tengo hijo que anda con ellos, es un nieto. Vos sabes que los hijos cuando están hombres deciden lo que van a hacer, ya no hacen caso, les dije. Me metieron al monte, me investigaron todo, uno de ellos me quería llevar, otro me amenazaba con una pistola, pero otro que era conocido, porque yo le había hecho un favor, les dijo que no me hicieran nada. Mire cómo son las cosas: me soltaron.
    ¿Y después?, ¿se salió de la finca?
    Sí, amigo. Tuve miedo, mal vendí todo y logré comprar una casita en la zona 5 donde vivo ahora.

El hombre de bigote dejó de hablar sobre los cultivos y su parcela, se volteó hacia el lado de la mesa donde estaba sentado el anciano y se metió en la plática. “Eso es lo que les va a pasar a los campesinos que viven en la ruta del canal si no se organizan, si cada uno negocia por su cuenta con los chinos no volverán a comprar lo que ahora tienen en esos lados de Punta Gorda”, dijo. El otro se quedó pensativo mirando al anciano. La mujer se acercó y con sutileza retiró el plato donde quedaban las hojas del nacatamal que se había comido.

    ¿Y su señora?

Dos empleados de la Alcaldía se montaron en sus motocicletas, se pusieron los cascos, las encendieron de una patada, giraron a la izquierda, maniobraron con rapidez pasando pegadito a los hombres que estaban a la orilla del toldo y el ruido de los motores se dejó de escuchar hasta que doblaron a la derecha, perdiéndose por la calle central.

    Ya murió, pero mire, yo he luchado toda la vida. Quisiera que llegara a mi casita, quiero que me visite, de la esquina de Rubén Darío a la media cuadra estoy yo, pegado a Alberto Blandón.
    Está bien, amigo, un día de estos llego.

La vida del campesino es dura, lo han marginado y explotado históricamente, pensé al llegar a casa. Han sido golpeados triplemente. A unos, Somoza les dio hacha, calabaza y miel, y a otros, los desalojó de sus tierras; en los años ochenta fueron evacuados por la guerra perdiendo todo, otros se involucraron en el conflicto armado por la fuerza y, para remate, el huracán Juana con sus bosques acabó. Hoy, esos mismos campesinos que retornaron a sus tierras para comenzar de nuevo, una vez finalizada la guerra en 1990, sus mujeres, sus hijos y nietos, ven el futuro incierto por los planes de construir  un canal interoceánico que los mantiene en zozobra. ¿Volverán a ser golpeados?, sigo preguntándome.



30/11/2014