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jueves, 15 de marzo de 2012

NIÑA SOLA, NIÑA HERIDA

Me sitúo a tú lado. Estás sentada sobre un tronco de madera emblanquecido, aun húmedo por las olas del mar que subieron hasta las piedras de la orilla, enloquecidas por la luna llena.  Veo las patitas de gallo alrededor de tus grandes y redondos ojos color de miel, opacados por la tristeza cuando te quedas con la mirada perdida, imperceptible en el oleaje del horizonte y entro en los destellos de tus pensamientos. Siempre quise hacerlo, miles de intentos después de visitarte toda una vida. ¡Ahora te conozco, al fin! Nunca dejaste de ser la misma niña, la niña sola, la niña herida. La niña que creció en una casa de paredes de madera, piso de concreto, techo de zinc bajo sombras de mango, aguacate y cocoteros, la casa que vive fresca en tú memoria.

Fuiste primera hija y segunda en todo. No te culpo; ahora, con el correr de los años, siento la misma pena, la misma rabia, el mismo dolor, parte de tú vida al transitar los recuerdos. Ahora comprendo, al fin; un beso, una caricia, una mirada complaciente, un cuento de fantasía por la noche, siempre te fueron negados. Creciste con limitaciones a tú alrededor: agua dulce racionada en cubetas, cargadas en carretas haladas por black creoles de cabello blanco, techo ennegrecido por el humo de candiles, cuentos de obeah, golondrinas transfiguradas en pájaro macuá, baños misteriosos y fantasmas de la noche; fetiches y creencias. Carencia de tela para los shorts cortitos, pero nunca falta de ingenio: las sábanas, cortinas y manteles te suplían, haciéndolos a escondidas.

Jugaste en medio de la calle arenosa, eras marimacha, siempre con los amigos del barrio que te enseñaron a ser fuerte. Esa es tú fortaleza, “tenés que aprender, los hombres no lloran” y lo creíste; por eso el corazón te palpita herido sin dar muestras de tus penas. La soledad duele, quema y mata. Te ofrezco papel y lápiz, ábreme tus recuerdos.

“Nací lejos de mi casa, la casa de mis abuelos porque nunca tuve casa, cerca de un cerro que tenía a sus pies campos azules y una poza llamada “pool”, donde salen duendes y fantasmas en las noches de luna llena. Mi mamá me dejó desde niña con ellos. Ella era la mujer más bella de la ciudad, a mi papá no lo conocí ni quiero conocerlo, mucho menos ahora que los años y la rutina me han envejecido. Sólo tengo el apellido de mi madre, igual al de mis tíos y tías”.

¡No, no, no dejes de pensar en ello! No importa, llora, llora toda lo que quieras, nadie puede impedirlo, llorar es un derecho humano y refresca el alma. ¡Mancha el papel con tus lágrimas!

“Tuve todo tipo de privaciones. La pobreza duele, pero mayor dolor causaba la ausencia de mi madre. Cuando ella llegaba a la casa de mis abuelos me trataba con indiferencia: nunca me decía cosas bonitas, menos abrazarme, acariciarme, nunca dijo: ¡niña linda, te quiero mucho!,  siempre andaba de prisa y cuando la buscaba ya se había ido. Para dónde, no sé, sólo escuchaba decir que debía tomar un barco y se perdía por meses. Eso sí, cuando le ponían quejas me pegaba, tomaba una faja de mis tíos y me daba con todas sus fuerzas. Después nació mi hermana, tampoco sé quién es su padre y tiene otro apellido. Con ella siempre fue distinta: la besaba, la acurrucaba cantándole canciones en el swing; los mejores trajes y zapatos eran para ella. Crecimos juntas, pero siempre fuimos diferentes, hasta en la piel, ¡mírame!, media negra, ¡así me llamaba!, así he sido siempre”.

Te levantas, recoges conchas y las lanzas con fuerza al oleaje. Caminas en la arena haciendo círculos, te detienes frente al mar. Regresas la mirada, sonríes y te desnudas. Admiro tú belleza: media negra, piel caoba; niña sola, niña herida. Caminas hacia el agua, entras en ella y te conviertes en la diosa del pasado: la mujer de atardeceres dominicales, reina de semana santa y sirena encantada de las lagunas. Regresas lentamente fascinando mí mirar.

“Me dejaron solitaria en esta casa, frente a la bahía que añora los barcos mercantes sobre sus aguas, igual que yo, los pasos, voces y risas de mis abuelos.  Uno a uno se marcharon y olvidaron que yo hacía falta, me quedé para siempre como testigo del pasado. La suerte nunca estuvo de mi lado, tuve amores llenos de engaños que me dieron hijas y ahora tengo nietas. ¿Esa es la belleza que añoras?”.

Sí, ¿existe otra? Perdona sus faltas, olvida tus penas, mira la vida en sus diferentes perspectivas, colma tú ser de orgullo, llénate de esfuerzo, comienza a soñar porque como vigía cuidare tus fantasías. Te ofrezco papel y tinta, es todo lo que tengo. Te acompañare en ese viaje mientras pueda, niña sola, niña herida.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 12 de marzo de 2012