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martes, 19 de junio de 2012

LA CASA DE PAPÚ

No era corpulento ni alto pero tenía grandes entradas en su frente y una mirada de paz. Hablaba bajito, pausado, y caminaba cabizbajo como meditando en los senderos recorridos del tiempo. Cuando joven, Ernest Simeón Hill, llamado “Papú” por sus nietos, salía de su casa por las mañanas con un sombrero de paja, vestido con camisa manga larga para abordar su cayuco “Juanita” y dirigirse hacia Jack Neal, una parte de la costa al sureste de la isla de Utila que era de su propiedad. Allí cultivaba cocos, bananos, mangos y aguacates. El cayuco de Papú fue el primero de la isla que navegó impulsado por un motor estacionario. Atrapaba tortugas con redes y recolectaba sus huevos escarbando en la arena. También tenia una gran puntería, desde la punta del cayuco le disparaba a los barracudas sin errar un sólo tiro. Cuando regresaba por las tarde siempre llevaba a casa sus cosechas y presas, las que vendía en el pueblo.

Papú contrajo matrimonio con Hazel Eldean Bush cuando tenía veintiún años y ella quince. La ceremonia del casamiento se realizó en la iglesia Metodista de Utila el día domingo 4 de febrero de 1912. En plena juventud se amaron como pajaritos enloquecidos de amor revoloteando entre flores bajo el ardiente sol del caribe hondureño y formaron una familia compuesta de diez hijos: Zola, Molly, Hazel, Ernest Simeón Jr., Kenton Chetwood, Natalie, Vilma Gwen, White Bush, Clifton Gideon y Henry Bush. A casi todos los conocí en la casa de Papú, menos a Molly porque murió en 1919 cuando tenía cuatro años.

La casa de Papú era de madera y tambo, un tambo alto. Allí, debajo de la casa, Papú acomodaba sus productos, las tortugas volteadas con el caparazón sobre el suelo y con unas tablillas debajo de sus cabezas para que descansaran. En ese lugar jugaba parte de la mañana entre la grava, arena de mar y conchas de caracoles. En el centro del tambo, Papú guardaba sus herramientas en una bodega. Al lado izquierdo había una bomba manual oxidada bajo las ramas frondosas de un árbol de mamón. Años atrás, con esa bomba sacaban agua de un pozo y la almacenaban en un gran tanque de madera sostenida a su alrededor por láminas de hierro, pero fue abandonada cuando el pozo se secó. Desde allí escuchaba los pasos de la abuela Hazel en sus tareas cotidianas.

Un caminito de grava, desde la esquina del terreno de Papú, ubicado al doblar a la derecha up on the Hill y a la izquierda hacia el cementerio, recorriendo hacia el norte el sendero arenoso de Mamy Lane en dirección a Jericó, conducía hacia las empinadas gradas de su casa. En la esquina había un inmenso árbol de mango mechudo cuyos frutos saboreaba por las mañanas. Contiguo a la ventana de la primera habitación del ala izquierda de la casa de Papú, había un árbol de Jamaica Apple, moradas de tan rojas, dulces, y todo el suelo a su alrededor era rojo. El lado derecho del patio era un jardín de frutas: había árboles de aguacate que daban unos frutos carnosos y cremosos con una semilla pequeñita, un árbol de mango Bombay cuyos frutos eran del tamaño de una fruta de pan, otro de Golden mango y uno de Sugar mango. La abuela Hazel los cuidaba con esmero y preparaba una exquisita jalea de mango que me daba a saborear con pan de coco.

Cuando los visitábamos mis hermanos y yo, nos alojaban en la primera habitación del ala izquierda de la casa. La habitación de Papú estaba pegada al corredor de la cocina, contiguo a la del árbol de Jamaica Apple. A la hora del almuerzo, la abuela Hazel nos llamaba: “el comida estar listo, venir a comer”, nos decía en español y, al concluir decía sonriendo: “barriga lleno, corazón estar contento”. El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú, siempre estaba fresco, por ello colgaban hamacas y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban. La cocina no era muy grande pero tenía un anexo donde lavaban los trastes bajo la frescura de un árbol de aguacate y al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal, con piedras azules brillantes. A ese pozo llegaba Mayoo a halar agua para su casa que quedaba detrás de la de Papú y la trasladaba en sus caballos, así como Kaiza que vivía un poco más hacia la colina bajo unos grandes árboles de mamey y otros vecinos de Mamy Lane.

Los ojos de abuela Hazel eran redondos y azules como el cielo, y su cabello fino y blanco como el algodón. Su voz alegre mantenía el orden en la casa. En el patio cultivaba diversos tipos de flores que florecían durante todo el año. Cuando me miraba triste porque añoraba a mis padres, decía: “poor little thing” y me acurrucaba en su pecho acariciándome la cabeza, pero cuando no hacía caso o cometía una travesura, sus ojos brillaban como el sol sobre el mar. Papú no decía nada, solo sonreía. Cuando surgía un problema en la familia ella siempre estaba atenta: una herida, un clavo en el talón del pie, un anzuelo encarnado en la mano, un dolor de garganta o una gripe, con amabilidad y dulzura todo lo resolvía. Si debía visitar la casa de sus hijos e hijas por las noches para socorrer a sus nietos, tomaba su flash light y se dirigía con pasos seguros y el alma en sus manos para llenarlos de caricias y besos.  Papú era el menor de sus cinco hermanos, cuatro mujeres y un varón, mientras que la abuela Hazel tuvo cuatro hermanos de los cuales uno era varón, Henry, el menor. A la casa de Papú llegaba la hermana de la abuela Hazel, Indiana, quien era idéntica a ella pero menos alta y le llamábamos “tía Indiana”. En el pasillo de la casa de Papú, en la pared derecha pintada de blanco, había una foto colgada en la pared de Mary Flynn, la mamá de abuela Hazel, bella y con la misma mirada.

En la casa de Papú conocí a todos mis primos y primas que vivían en Utila y a aquellos que en tiempos de vacaciones, desde los Estados Unidos, visitaban la isla. La primera vez que llegue a visitar la casa de Papú fue en una avioneta que aterrizó en la antigua pista de aterrizaje cerca del campo de béisbol. Los Utileños, al verla dar vueltas sobre la isla, acudían alegres a ese lugar. Luego, con el paso de los años, la pista de aterrizaje se trasladó al extremo sureste de la isla, en el sitio conocido como La Punta. Era corta, revestida con grava blanca fina sobre la arena y los fuertes vientos del noreste obligaban a los pilotos a hacer uso de todas sus habilidades al momento de aterrizar.

En La Punta aprendí a nadar; entre la orilla y el arrecife caí en una depresión arenosa, el agua cubrió todo mi cuerpo y repentinamente me encontré nadando. Experimenté una de las mayores dichas en esos años de niñez y luego me tiraba desde el muelle de Mr. Archie con los primos y amigos para zambullirme en las limpias aguas de la isla. En la Punta, antes de llegar al puente de madera que cruza Upper Lagoon y une el pueblo con ese extremo de la isla, vivían mis tíos Henry y Simeón, cada uno con su familia, en casas separadas por un cerco de madera. Por las tardes, con mis primos Crawford, Albert, Billy y Johnny, por ser casi de la misma edad, solíamos atrapar sardinas enormes acostados en los bordes del puente con hilos finos de nylon y anzuelos diminutos que hacíamos girar en círculos sin carnada sobre el cardumen para luego dirigirnos al muelle de Mr. Archie a pescar unos peces finos, plateados y chatos pero deliciosos llamados Silver Fish que llevábamos a la casa de Papú y la abuela Hazel los preparaba fritos con tajadas de plátano. En periodos lluviosos, frente a la casa de mis tíos, los fuertes vientos provocaban que el agua de la laguna inundara un terreno baldío y, con diminutos trozos de madera, hacíamos veleros para competir con Andy y Roby Bush en regatas de fantasía. En época seca, en el mismo espacio, jugábamos futbol y béisbol de dos bases.

Con mis primos conocí diferentes lugares de Utila. Una mañana, visitó la casa de Papú Frank Feurtado con su inseparable cámara fotográfica. Llegaba de vacaciones y me invitó a conocer Pumpkin Hill, el punto más elevado de la isla. Por más de una hora caminamos desde la casa, pasando el campo de béisbol en dirección noreste, por un sendero llano y lodoso bajo la vegetación del bosque. Desde la cumbre observé la belleza de Utila, su vegetación, los pescadores en sus cayucos, las aguas color turquesa que la rodean y, a los lejos, en dirección noreste, la isla de Roatán. Después nos trasladamos a Brandon Hill con el fin de entrar a su cueva; subimos sobre piedras, nos amarramos de una cuerda frente al orificio de entrada y comenzamos a bajar a sus entrañas. En la medida que avanzábamos, los espacios se reducían en aquella concavidad como tratando de evitar que la profanáramos y debíamos arrastrarnos como topo en su madriguera. Con un foco en mano el primo Frank alumbraba el trayecto y, sobre la bóveda color amarillo terroso que nos cubría, adheridos de sus patas en ella, descubrimos miles de murciélagos. Fue la primera y última vez que entré a las entrañas de Brandon Hill.    

Papú masticaba tabaco. Desde los Estados Unidos sus hijos se lo enviaban de diversos sabores y pasaba largas horas en ello, sentado en una mecedora frente a la las gradas, escupiendo en una cubeta que mantenía al lado. Cuando ese tabaco fino se le terminaba compraba puros baratos para masticarlo. Antes de caer el sol, Papú bajaba las gradas y se dirigía hacia el Cabildo ubicado una cuadra al sur de la casa, en el tope de la calle principal arenosa de Utila. Con los años, cuando comenzó a crecerme el bigote y la barba, debía rasurarme: tomaba una brocha de barbero, preparaba espuma con el jabón en una taza y frente a un espejo colgado en el corazón de la casa lo hacia. Papú me observaba con atención y un día dijo: “yo también necesito una afeitada”. Tomé una porra, puse a calentar agua, con un paño caliente froté sus mejillas, cuello y bigote y lo cubrí de espuma. Cuchilla en mano procedí a afeitarlo con el mayor esmero posible tratando de evitar una cortada. Papú nunca se movía y me daba la impresión que hacía una pequeña siesta. Al terminar, lo limpiaba con el paño y frotaba mis manos llenas de colonia en su cara. Luego Papú entraba a su habitación, cambiaba de ropa y se ponía su sombrero de cazador para partir hacia el Cabildo. Sentado en el corredor del Cabildo con sus amigos, entre ellos Mayoo, Pat Flynn, Charles Muñoz, Sherlock Muñoz y otros, conversaban sobre sus aventuras de juventud y los problemas cotidianos de la isla. Cuando las mujeres jóvenes y guapas, las utileñas, pasaban por la calle y con sus ocurrencias y piropos las halagaban, desde la casa se escuchaban las intensas carcajadas de alegría que ellas y el grupo de amigos de Papú emitían con entusiasmo. “Papú, sobre qué habla con sus amigos que las mujeres se ríen a grandes carcajadas”, le pregunté una noche mientras escuchaba sentado en su mecedora la radio de Belice. “Hijo, un día, cuando seas mayor lo sabrás”, respondió.

Papú me llevó a conocer los Cayitos, un archipiélago formado por trece cayos en el extremo suroeste de Utila. Con su cayuco navegaba cerca de la costa que exponía su franja de arena blanca cubierta de una densa vegetación de cocoteros y apreciaba, bajo las aguas cristalinas, la riqueza marina: cardúmenes de peces, delfines, tortugas y el inmenso arrecife que los protege y da vida, así como la diversidad de aves marinas revoloteando en el cielo azul pintado en el horizonte de blancas nubes. Papú tenía parientes en Jewel Cay, el más grande de todos y el único poblado. La gente de los Cayitos son grandes pescadores y cuelgan en varas los pescados salados que luego venden en la costa de Honduras. Papú, luego de visitar a sus parientes, nos llevaba a Water Cay, un cayo con una pequeña bahía de agua transparente color turquesa y arena blanca que recorría en pocos minutos, y podía trasladarme caminando con el agua hasta la cintura a otro Cayo adyacente. Luego de disfrutar de sus aguas y atrapar conchas de caracoles de diversas formas, regresábamos al atardecer con el sol a nuestras espaldas vistiendo de amarillo las tranquilas aguas de la bahía de Utila.

En la adolescencia aprendí a bucear con snorkel y descubrí la vida existente en el majestuoso arrecife de Utila. Frente a la Punta cerca del faro, Rock Point, paralelo a la costa de Blue Bayou iniciando desde la playa de Sandy Bay, Little Bight y en los Cayitos, me sumergía bajo el oleaje imperceptible para admirar ese mundo exótico y multicolor lleno de vida: peces amarillos, rojos, azules, anguilas, barracudas, caracoles de diversos tamaños, tortugas, estrellas, caballitos y helechos de mar de diversas formas, hasta que mis pulmones estaban por reventar para salir soplando el agua del tubo, respirar, nadar en la superficie y volver a bajar.

Por las noches, la abuela Hazel me concedía permiso para salir al centro y Papú decía que regresara antes que se apagaran las luces del pueblo. Una planta eléctrica ubicada en una casita de madera, al lado izquierdo del andén, caminando hacia la tienda de Mr. Archie, se encendía después de las cinco de la tarde y dejaba de funcionar antes de las diez de la noche. Con unas cuantas monedas, one nickel, one dime, one quarter o un “tostón”, salía entusiasmado hacia la casa de Mrs. Decker que tenía en la plata baja un comedor y, al entrar, los aromas de sus panes, pasteles, hamburguesas y chancho con yuca enloquecían mis deseos por degustarlos. También caminaba hasta donde Mr. Archie para comprarle a Mayra, una vendedora noctámbula que se ubicaba en frente de la tienda con una pequeña mesa de madera y varias panas, el delicioso “wishawilly” con yuca y ensalada de repollo con tomate. Ese punto era de encuentro con primos y amigos, entre ellos Danny Muñoz, Ralph Zelaya, Héctor Fúnez, Hoyt Sanders, Web y otros, para entrar al salón del cine, un galerón de madera ubicado al lado izquierdo del muelle, donde proyectaban películas de cowboys, las preferidas en la isla.

Los sábados por la noche visitaba el salón de Mr. Harvey, “el 07”. A ese local, un galerón de paredes y piso de madera con ventanales a los lados y una barra al fondo, las utileñas acudían a bailar. Las piezas musicales que más sonaban eran de country music y las parejas bailaban abrazados dando largos pasos, girando en círculos alrededor del local. Nunca había bailado de esa manera, pero una noche de despedida de año me atreví. Le extendí la mano a una rubia de ojos azules que estaba sentada junto a sus amigas en una de las bancas y, tomados de la mano, me llevó al centro del salón; mis pasos torpes, mis movimientos lentos por la costumbre de bailar pegado en dos ladrillos al ritmo del soul y reggae, poco a poco se fueron acoplando al ritmo de ella y termine bañado en sudor. En la plenitud de la noche, al ritmo de la canción “knock three times” todos se detenían al momento que la letra decía “Oh my darling, knock three times on the ceiling if you want me” golpeando, hombres y mujeres, con toda la fuerza de su pie derecho el piso de madera, estremeciendo el salón de Mr. Harvey como si un terremoto sacudiera la isla.

Al salón de Mr. Harvey no podían entrar los black creoles de Utila. Una noche, sin darme cuenta de ello, le dije a mi amigo Hoyt Sanders: “vamos a la fiesta del 07” y sorprendido respondió: “allí no pueden entrar los negros” y me invitó al salón donde ellos lo hacían: “the bucket of blood”, ubicado en extremo sur de Lozano road y unos metros antes de virar a la izquierda por Rocky Hill road. El ambiente en la “cubeta de sangre”, un salón mucho más pequeño que el 07, era acogedor por la música soul, blues, calipso y reggae que sensualmente bailaban las parejas. Luego que Hoyt me presentó a sus amigas y amigos diciendo “this is the son of White Bush” tuve la impresión de ser bienvenido. Una tarde se lo pregunté a Papú. “Abuelo, por qué los negros no pueden entrar al salón de Mr. Harvey”. Se quedó meditando, masticando su tabaco. “Por puras majaderías”, respondió después de escupir en la cubeta.

Antes de subir al cementerio de Utila, “the garden of memories”, para visitar a mis padres, a Papú y a la abuela Hazel, siempre me detengo en la esquina del terreno donde estaba la casa de Papú. Desde allí regresan los recuerdos, escucho la voz de la abuela Hazel y veo claramente a Papú bajar las gradas con su característico sombrero de cazador, pasa a un lado, y se dirige a reunirse con sus amigos que lo esperan en la antigua casa del Cabildo.

Ronald Hill A.
Sábado, 09 de junio de 2012