martes, 15 de octubre de 2019

DOS BLACK CREOLE EN UNA ESQUINA DE NUEVA GUINEA



Esperaba que mi mujer terminara las compras, al lado de los carritos, en la acera del Pali. Al frente y a la derecha existen varios tramos que venden frutas y verduras, prácticamente de todo lo que no se encuentra en el super. Un nuevo mercadito ha florecido desde hace poco tiempo, pero los precios de los productos son mayores que los del mercado municipal. Todo es más costoso, pero la comodidad de los compradores, evitándose el viaje al mercado, los ha mantenido y promovido. El concepto de comodidad es poderoso, en un viaje te llevas todo para tu casa.

Volví la mirada hacia la esquina, al lado del parqueo, frente al predio baldío, y vi a una mujer black creole con una camiseta amarilla que se protegía del sol con una gorra y usaba lentes oscuros, igual que la licra que llevaba puesta. En sus manos cargaba varias bolsas de plástico vacías. A su lado, sentado en una silla de plástico estaba su acompañante, un black creole alto y barrigón. De la rama de un árbol de Pino, podado bajo los alambres del tendido eléctrico, colgaba una pesa de reloj. A un lado de ellos, a sus pies, sin estropear la circulación de las personas por la acera, dos termos grandes y, al fondo, los techos oxidados de las casas que bajan en pendiente hasta el corral de piedra y más allá, al levantar la mirada, el verdor revitalizante de la cordillera de Yolaina.

Seguí pendiente de los carritos, viendo el movimiento de la gente en su esmero de compras y taxis que se aglomeran buscando pasajeros, convirtiendo la circulación en esa cuadra en un infierno para los conductores desprevenidos que manifiestan su mal humor con gritos y pitazos.

¡Hi Mister!, dijo en inglés.

Vi en su rosto una sonrisa blanca transparente; una mujer black creole joven, amistosa, hermosa sin exageraciones.

¿Vienen de Bluefields?, pregunté en mi inglés con acento creole.

No Mister, de Pearl Lagoon.

Le dije que conocía Laguna de Perlas y todas las comunidades de la cuenca, desde Raitipura hasta Tasbapounie, que tengo a varios amigos allí, entre ellos a Wesley Williams, Fred Uldrich, Evenor Rodríguez, llamado El Cangrejo, a René y Pedro Ordoñez, y a todos los Sambola de La Fe, Brown Bank, Orinoco y más allá.

¿Cómo?, preguntó.

Nací en Bluefields y dejé el ombligo en El Bluff.

Vendemos mariscos, dijo.

Y cómo les va, pregunté.

Mister, a la gente de Nueva Guinea le gustan los mariscos, no andan regateando el precio, ven el producto y si les gusta lo compran, si andan en camioneta y no tienen en que llevarlo a su finca les damos bolsas con un poco de hielo y se van contentos. Hasta ahora nos ha ido bien, nos gusta Nueva Guinea, dijo.

¿Cada cuánto tiempo vienen a vender?

No Mister, vivimos aquí, alquilamos un lugar y nos mandan el producto, dijo y regresó a la esquina, a su punto, porque varias personas eran atendidas por el hombre.

Al concluir las compras en los tramos, cargamos el taxi y se detuvo en la esquina, frente al puesto de la mujer quien se mostró atenta al vernos bajar del taxi y sin dudarlo nos mostró el contenido de los termos.

¿Sólo tienen camarones?

Sí Mister, los parguitos y las colas amarillas junto con las jaibas se acabaron. A la gente de aquí le encanta comer mariscos, respondió la mujer siempre atenta.

Se ven buenos, llevemos dos libras, dijo mi mujer sin regatear el precio porque le pareció que no eran ni muy pequeños ni muy grandes.

Deme una libra más, dije cuando el hombre alto y barrigón entregaba la bolsa.

Antes de despedirme les dije que deben ofertar filetes de róbalo y corvina, trozos de macarela, que los estaría visitando. Me lo agradecieron y les di mis deseos de prosperidad.

Ese día almorzamos camarones en salsa, arroz, tajadas fritas de guineo cuadrado y ensalada. No sé por qué pero los sentí deliciosos, mi mujer los prepara en su punto, pero agregado a eso, estaban frescos porque ahora el viaje de Laguna de Perlas hasta Nueva Guinea se hace en menos tiempo y no digamos desde Bluefields, una hora, hora y media en vehículo particular sin mucha prisa.

Atrás quedaron aquellos años en que conseguir mariscos era una odisea: comprarlos en Bluefields, empacarlos en un termo, pagar impuestos en el muelle, pagar pasaje por la carga además del boleto en la panga y soportar el chequeo en El Rama como que estuvieras entrando a otro país, todo eso se acabó, es parte del pasado.

Ahora tenemos, además de los que vienen a vender desde Bluefields cargando sus termos en motocicleta, en taxi o vehículo particular con tanta prisa que te quieren reventar con precios altos sin dar rebajas, a estos dos black creole en una esquina de Nueva Guinea, al alcance de la mano, que te atienden con esmero, mezclándose con el gentío que transita en esa cuadra en un intercambio pluricultural, black creoles haciendo negocios con gente orgullosa de origen campesino, dos acentos distintos, el deje campechano de los nuevaguinellenses en parloteo con el acento fuerte, extravagante, alegre de los black creoles y, que si no te pones a pensar no te das cuenta que eso es uno de los mayores logros de la integración de la que tanto he escrito y se escucha decir en ciertos ámbitos.

La libra que quedó la voy a preparar en ceviche, como un antojito para más tarde, dijo mi hija cuando terminamos de almorzar.

Esa frase me ha confirmado los que pensaba mientras estábamos almorzando y creo firmemente que hay que compartir unas recetas al aire para que la comida caribeña se difunda, se deguste y forme parte, hasta los huesos y el alma, de la población de Nueva Guinea.


15 de Octubre de 2019

Foto: Ronald Hill desde Casa Uldrich, Pearl Lagoon.


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