jueves, 31 de mayo de 2012

CERO LECHE, CERO CARNE

“Cero leche, cero carne” es el eslogan que emplean los pequeños y medianos productores de Chontales, “Zelaya Central” y Río San Juan en su lucha por alcanzar mejores precios de la leche y el ganado frente a los acopiadores, industria láctea y cárnica del país. Es una lucha entre productores e industria mediana y grande, una lucha histórica, una lucha por la sobrevivencia.

La producción agropecuaria está regulada por las estaciones del año y por ello las variaciones del precio se conocen precisamente como “estacionales”. El pico del precio mínimo se da en la época de mayor producción, puesto que, a su vez, es el de mayor oferta.  A partir de ese momento comienza a ascender hasta llegar a la pre-época de la nueva producción en que la curva estacional del precio alcanza su pico de máxima. A partir de entonces comienza a descender en la medida que aumenta la afluencia al mercado de la nueva producción. En el momento en que ésta llega a su máximo, el nivel del precio alcanza su nivel mínimo y luego nuevamente empieza a ascender dando comienzo a un nuevo ciclo estacional.
            
Históricamente, los productores han sido castigados una vez que se da “el golpe de leche” mediante la caída de los precios de sus productos. La industria reduce el precio al inicio del periodo lluvioso por la sobreoferta de productos que se da con la recuperación de los pastos en las fincas. Consideran que los costos de producción de los productores se reducen porque no deben continuar suplementando el hato con concentrado, melaza ni forraje picado. De igual manera, muchos productores ven castigada la calidad de su producto que en el periodo seco es A y en el periodo lluvioso se torna en C.
           
Los pequeños y medianos ganaderos siempre han estado en desventaja debido a que no pueden almacenar sus productos, no pueden conservarlos como sucede con los granos básicos y, debido a ello, no pueden modificar la curva estacional de precios. Pero pueden incidir en la mejora del nivel de precios presionando a la industria nacional y al mismo gobierno para que defina políticas públicas que los beneficien, tal como lo ha hecho con la industria. Eso es lo que pretenden los productores del movimiento “Cero leche, cero carne” al anunciar el paro de la entrega de leche a los acopiadores (salvadoreños y hondureños), la industria láctea nacional y ganado a los mataderos industriales.
            
El Estado, a través de sus instituciones que atienden el sector agropecuario, debería establecer un sistema de seguimiento y monitoreo de los costos de producción en diferentes estratos de productores de las distintas zonas productivas del país con el fin de establecer márgenes de precios que sirvan de referencia para regular el precio. De igual manera debe tomar en cuenta la correlación existente entre el precio interno y el del mercado internacional para ejercer su función de regulador porque, tanto el queso como la carne, se exportan.
           
En materia económica, en nuestro país predomina la coyuntura sobre lo estratégico a excepción de lo que dictan los organismos internacionales en torno a la macroeconomía. Veremos tranques, paro de transporte de productos y daños económicos porque la industria tiene suficiente leche en polvo para utilizarla enriquecida y continuar ofertando leche,  igual  los mataderos que importan ganado en pie para sacrificarlo.
            
Este movimiento de productores debe ser el inicio, una oportunidad para que el Estado escuche sus propuestas y resuelva sus demandas, aun cuando sea a través del precio político, el precio que mejor maneja y para que se organicen, se integren horizontales y verticalmente alrededor de sus productos.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Jueves, 31 de Mayo de 2012

martes, 29 de mayo de 2012

LA COLORADILLA DE TITO SON CUAY

Tito Son Cuay era aficionado a la caza, un gran cazador conocido por todos en El Rama; era armero y con el cañón de fusiles viejos construía verjas para proteger las casas. Los guardias siempre acudían a su casa para vendérselos, igual que algunos campesinos asentados en las riveras de los ríos Rama, Siquia, Mico y el Escondido. El Rama siempre fue un punto estratégico para desarrollar guerras y desde allí zarparon hacia Bluefields muchos guerreristas, por lo que nunca le faltaron cañones. Los “rameños” le pusieron ese apodo, “Tito Son Cuay”, porque siempre caminaba cantando el son de un pájaro: fui, fuii, fuiii, fuiiii.
           
Una noche regresó de cazar en las profundidades del río Rama. El cayuco atracó en el muelle y se revelaron sus presas: tres guardatinajas, cinco iguanas y dos venados machos con cuernos rojos de cuatro ramas. “¡Te fue requetebién!”, dijo Luis al iluminarlo con un foco y terminar de amarrar el mecate en el muelle de la Viejitas. “Me agarró la tarde, por eso no me traje al oso caballo”, respondió Tito Son Cuay y, con la ayuda de Luis, comenzó a subir en un carretón de madera sus trofeos de caza. Tito Son Cuay halaba el carretón y Luis lo empujaba en la subida empinada del muelle. Al llegar a la calle se detuvieron a descansar; desde ese punto Tito Son Cuay observó en lo alto de la loma de El Rama el destello de una luz roja. “¡Viste!, ¡Viste!”, expresó si apartar la mirada. “Qué, qué”, preguntó Luis. “Aquella luz roja”, respondió. “Adonde, adonde”, volvió a preguntar buscando la luz. “Se enciende y se apaga”, agregó Tito Son Cuay bajando de su hombro el rifle veintidós con mira telescópica. “¡Ya la vi, allá, allá en lo alto,  pestañea!”, dijo Luis sorprendido señalando hacia la altura.
           
Tito Son Cuay buscaba el destello rojo regulando la mira telescópica entre los matorrales, hojas y troncos de los árboles que se movían al ritmo de las rachas de viento en lo alto de la loma. “Qué es, qué es”, preguntó Luis. “Cállate, cállate, se puede arisquear, estate quieto”, respondió Tito Son Cuay con instinto de cazador. “¡Es enorme!, ¡parece una bola de fuego!, ¡es un animal raro!”, agregó al focalizar la luz y Luis pegó un brinco al escuchar dos disparos seguidos, pegaditos a sus oídos. La luz roja dejó de parpadear y se quedaron en silencio por unos minutos.
           
Luis sintió en la distancia un continuo estremecimiento de la tierra, un sonido ronco. ¿Qué mierda es eso?, ¿un temblor?, ¿un terremoto? El suelo temblaba bajo sus pies. Lo rodeaba un ruido ronco, profundo, que salía de la ladera de la loma de El Rama. A su alrededor, entre sus pies, observó que las piedras de la calle se desprendían, rodaban en la bajada del muelle sumergiéndose en el agua y se dio cuenta de que, inconscientemente, buscando protegerse, se había agarrado del brazo izquierdo de Tito Son Cuay.
           
“Dios mío, qué pasa, qué está pasando”, gritó Tito Son Cuay dejando caer el rifle y observó que el carretón rodaba en la bajada. No escuchó su grito ni su eco porque ese ruido denso, ese rodar loma abajo, se tragaba todos los ruidos. Temblaba de pies a cabeza igual que Luis y el miedo le había embebido las manos de sudor. Observó lo alto de la loma y notó que los árboles no se movían, vio correr desesperados a perros y gatos por la calle, y una luz roja encendida bajando por la ladera que derribaba piedras, arbustos y árboles en dirección a ellos. “Perdóname mis pecados”, “no volveré a matar tus animalitos”, gritó desesperado. Estaban encogidos y a gatas, pegados al suelo, viendo las piedras desprenderse, las casas moverse a sus lados; al levantar la mirada, Tito Son Cuay vio la enorme bola de fuego que hacia impacto en ellos, arrastrándolos calle abajo, rodando hacia el muelle de la Viejitas. Con los ojos cerrados sintió a Luis rodar a su lado, los golpes de sus cuerpos, el contacto de sus botas de hule, sus piernas, brazos y un olor pestilente, sanguinolento, pegajoso, que lo inundaba en su trayecto.
           
Cuando volvió en sí seguía temblando, pero ahora de frío porque estaba empapado de agua, sin moverse,  quieto en la ribera del río al lado del carretón. Vio a Luis a su lado y, por los dolores que sentía al tratar de incorporarse, tenía la impresión que un toro lo había embestido. Pero estaba vivo y tomó a Luis de los brazos para levantarlo. Revisaron sus cuerpos, estaban completos, aunque golpeados. Vieron a su lado una bola roja, inmensa, de más de un metro de diámetro. “Qué es esa mierda”, preguntó Luis sacudiéndose el cuerpo. Los pobladores de El Rama se habían reunido en la subida del muelle de La Viejitas y los chinos Cheng, Siu y Chow bajaron a ayudarles. “Nunca había visto un animal así”, dijo Tito Son Cuay sorprendido. Era redondo, color rojo y sus ocho patas se habían desprendido al rodar. La cabeza tenía dos impactos de bala y el dorso estaba intacto. Los chinos lo palpaban con una varita y chichucheaban entre ellos. “Animal, comelse”, dijo el chino Chow. “Pula calne, hacelse filete en salsa”, agregó el chino Cheng al cortarle un trozo con un machete. “Loja, calne lojita y suave”, expresó el chino Siu al palparla. “Destácenlo y reparten la carne”, dijo Tito Son Cuay y añadió: “no me toquen los venados”.
           
Minutos después apareció un alemán que vivía en la ciudad lacustre. Los chinos ya habían fileteado todo el dorso del animal, más de sesenta filetes tenían acomodados en una pana. Al ver la cabeza roja sobre el muelle logró identificar el animal desconocido. “Es un ácaro, es una coloradilla gigante”, dijo con su ronca voz y todos volvieron a verlo. “Tal loco, no sabel nala de alimal”, dijo Chow y cargaron la pana hasta la subida donde repartieron los filetes. Al subir, con los primeros rayos del sol, Tito Son Cuay observó los estragos de la avalancha que iniciaban desde la loma del Rama. “Gracias diosito por salvarme”, dijo. “Que se la harten ellos”, pensó y se dirigió con los venados a su casa.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 27 de mayo de 2012

domingo, 27 de mayo de 2012

ERA OTRO PALO DE MAYO

La primera vez que recuerdo haber visto bailar Palo de Mayo fue en El Bluff. Los black creoles de Bluefields que laboraban como estibadores en el muelle de la aduana se instalaban en una casa vieja de madera donde sus cocineros preparaban la comida. Cuando pasaba por allí, caminando en el andén, cerca de la oficina de don Octavio Bustamante, agente aduanero de esos tiempos, el aroma exquisito de sus panes, rice and beans con coco, turtle meat y carne con huesos en caldillo, me atraía hasta su cocina. Y compartían con alegría: “taste this; taste that, ¿you like it?

Ellos eran los que organizaban el baile del Palo de Mayo por las noches. Lo hacían frente a la casa de dos pisos de concreto que ahora ocupa la Naval, donde había una explanada grande bien engramada. Cortaban un árbol o una rama grande y la sembraban en el lado derecho del andén, como que vas para la aduana. Todos los habitantes lo sabían, por la noche se aglomeraban alrededor del palo que con esmero lo adornaban de cintas, popas y otras cosas, creo que hasta botellas de whisky importado, contrabandeado pues. Fue en los tiempos antes de que surgiera los “barbaros del ritmo”, antes de “Mango Gosth”, hace mucho tiempo.

Ellos también eran los músicos, sus instrumentos eran guitarra, una tina con un orificio del que salía un mecate amarrado a un palo era el bajo, una quijada de mula o caballo que le sacaba ritmo al rozar sus dientes, el colador para rayar coco lo empleaban rascándolo con algo pero su sonido se combinaba con los otros y se armaba el baile con la armonía de sus voces que en ingles contaban sucesos, recordaban su historia, su pasado llenos de orgullo.

Si te estás imaginado lo que ves ahora, estás equivocado. Nada que ver, nada de relajo, nada de ese baile de movimientos estrafalarios, nada de pegarse al cuerpo de la mujer, no se dejaban manosear, nada de agarrase de su cintura menos pegársele como macho en celo de las nalgas tratando de penetrarla por atrás con todo y ropa. Para eso otro lado, la cama el mejor sitio. Era otro Palo de Mayo. Era diferente: las parejas bailaban con orgullo y movimientos sensuales, recordando a sus ancestros y mediante el baile, su ritual, dando vueltas alrededor del palo, los recodaban, los convocaban para que les trajeran dicha, felicidad, un mejor porvenir y agradecerles por la vida, la abundancia, la fertilidad, para que les señalaran el camino a seguir y superar sus temores, sus necesidades.

Ahora es otro Palo de Mayo, son comparsas que recorren las calles al sonido de tululu, el ritual por la vida convertido en mercancía barata que se vende en cualquier lado, en nigth clubs, en fiestas de los poderosos. La herencia ancestral por la vida y su camino se va perdiendo sin que muchos, frente a falsas ilusiones, se den cuenta.




Domingo, 27 de mayo de 2012

sábado, 19 de mayo de 2012

EL AMANTE DE LA MAR Y EL RIO

La vida es corta, cortísima pero en su trayecto se convirtió en amante de la mar y el rio, de los barcos y la pesca, del arte culinario caribeño y sus platos, en contador de cuentos y leyendas, en un emprendedor incansable y aventurero. Así era y seguirá siendo por siempre en mis recuerdos Rafael Antonio Álvarez Vanegas, mi primo. Hijo de Mercedes Vanegas y Felipe Álvarez, nació en la ciudad de Managua el 23 de Octubre de 1946.

Su infancia y juventud la vivió con alas de ave marina en su inolvidable puerto de El Bluff, sin miedos, sin cadenas, sin límites ni barreras más que el horizonte del mar y el azul del cielo. En ese ambiente de libertad, repitió las vocales al ritmo de la varita que esgrimía doña Carmelita Bustamante en la escuelita del puerto. Cursó sus estudios de primaria en el Colegio San José y se bachilleró en el Instituto Nacional Cristóbal Colón de Bluefields, ambos dirigidos por los hermanos cristianos de La Salle. En la Universidad Centroamericana (UCA) obtuvo el título de Doctor en Derecho e incursionó en el mundo laboral, unido a otros amigos de la misma profesión, en un despacho jurídico de Managua.

El 3 de septiembre de 1973 contrae matrimonio con María del Socorro Bermúdez Mendoza, llamada por él y sus amigos “la Coco”. Con ella procreó a Ligia y Rafael y fuera del matrimonio a Mayra y Tobías pero llevan su apellido, los reconoce como hijos y se apasiona porque nazca el amor de hermanos entre ellos hasta que lo logra.

En esos años, siendo joven, aparecía los fines de semana en la casa donde vivía en Managua, parqueaba en la calle su vehículo Alfa Romeo deportivo último modelo, tocaba el singular sonido del claxon y al verme decía: “apúrate, vámonos, me estas atrasando”. A su lado recorrí los últimos rincones de las costas del Pacifico y me llevó a conocer a la familia de su madre en el Ostional, Rivas.

Mi padre, White Bush Hill, al igual que sus amigos cercanos le llamaban con cariño “Puti Far” y “Flap Tap” por su forma de ser, alegre, conversador ameno, entusiasta contador de cuentos inverosímiles por lo que le decía “sos peor que Tapalwás”. Cuando decidí contraer matrimonio, le solicité a él y a su cuñado, José Bermúdez, que aceptaran ser testigos. En la carretera hacia Juigalpa pasó todo el trayecto diciéndome: “piénsala bien, estás a tiempo, todavía nos podemos regresar” y reía a carcajadas.

En 1981 se traslada a vivir a esta ciudad de El Rama donde se desempeña como un abogado prominente y se convierte en asesor de la Alcaldía Municipal por muchos años, en miembro fundador del Club de Leones y en un incansable promotor de la justicia y colaborador del juzgado local.

Su espíritu emprendedor lo lleva a fundar la primera empresa de cable en ciudad Rama e  incursiona el mundo de la docencia universitaria con el afán de transmitir su vasta experiencia a los estudiantes de derecho. En los últimos años se apasiona con un proyecto de pesca; adquiere barcos que los llama como su mujer, Miss Coco, un yate que no llega a verlo navegar en las aguas del Caribe, al igual que la futura fábrica de hielo que decide ubicar en Haulover, Pearl Lagoon.

La vida es corta, cortísima pero Rafael la vivió intensamente.  A las ocho de la noche del 16 de Mayo del corriente se nos ha adelantado, se elevó a los cielos. Madre, esposa, hermanos, hijas, hijos, cuñados y cuñadas, familiares y amistades nunca lo olvidaremos. ¡Adiós Rafael!, ¡Adiós Flap Tap!

18 de Mayo de 2012.
Leído en su misa de cuerpo presente en la iglesia católica de ciudad Rama.

miércoles, 16 de mayo de 2012

¡FÚMATELO, DAMN IT!

Después que la panga arribó en el muelle, salí disparado hacia la casa. Entré calladito, subí a la habitación, me quité el uniforme y acostado en la cama pensaba en lo que sucedería. “Qué tenés”, preguntó mi mamá cuando notó que no bajaba a la sala. “Nada, no tengo nada”, contesté, tratando de ocultar mi zozobra pero ella sabía que algo me había ocurrido, ¿cómo no iba a notarlo?, ¿cómo engañar a una madre cuando estás en problemas? “Estás todo raro”, respondió recorriendo con su mirada el contorno de la habitación como tratando de descubrir indicios que me delataran. “Ya está servida la cena, se va a enfriar”, agregó y se dirigió a su cuarto. Cuando bajaba las gradas sintió mis pasos y preguntó: “¿Vistes a tú papá? Me quedé en suspenso, sin moverme, sin avanzar y volví a mentir. “No, no lo vi”, respondí. No recuerdo lo que cené, solamente los momentos que me llevaron a esa situación.

Sucedió cuando estudiaba en el Instituto Nacional Cristóbal Colón, el edificio de madera y dos plantas ubicado frente al parque Reyes. Fue en esa etapa de la vida cuando te cambia la voz, se te pone ronca, te comienza a salir el bigote y sospechas que un día llegaras a tener barba. Tiempos de adolescencia, momentos fugaces de la vida en que te crees un “súper héroe” que nada ni nadie puede derrotarlo en sus pretensiones, tiempos cuando ellas nos comienzan a enloquecer con sus miraditas, cuando te elevas a las nubes al tocarles la mano, te derrites en el pantalón al sentir sus besos y crees que todas pueden ser tuyas. Una etapa en que la vida abre sus puertas y ventanas para que te asomes, para que tus sentidos se empapen sin asumir riesgos porque eres inocente, “un culito cagado” decían mis amigos mayores.

Esa etapa es la mejor de nuestras vidas. No tienes preocupaciones más que aquellas relacionadas con los estudios, los exámenes, las notas y, por supuesto, ellas, las que siempre nos enloquecen y seguirán haciéndolo hasta que dejemos de respirar. Y por hacernos notar, por sobresalir, por llamarles la atención, por ser “bicho salido” como decía mi mamá, cometemos locuritas. Dejamos las piñatas y acudimos con permiso de nuestros padres a las fiestas de cumpleaños de los amigos y amigas, dormimos en sus casas, nos damos la primera emborrachada en la vida, le das el primer toque a un bate y te fumas el primer cigarrillo imitando a los mayores. “Los tímidos y babosos a ellas no les gustan, no son atractivos, les encanta la acción, los aventados, así que dale”, siempre te dicen y lo haces. Te sientes poderoso cuando ellas te miran con el vaso de ron o la cerveza en la mano y fumando, cuando descubren que pasaste por la cantina de “Santa Bárbara” tomándote un par de tragos dobles de guarón y, a medio gas, envalentonado, te decides sacarlas a bailar sin importar que te tiemblen las piernas, que el corazón te respingue violentamente en sus pechos al sentirlas pegaditas al cuerpo.

Así comencé a fumar. Por allí tengo una foto que cuando mi mujer la mira se ríe y dice: “desde chiquito vicioso, rascándose el culito cagado” y me da risa, me rio de su ocurrencia porque estoy en la calle con el pelo largo, en camisola, con un cigarro en la mano y con la otra rascándomelo. Y por ello me encontraba en ese momento angustiado.

Salí de clase y caminé bajando por la calle del Parque Reyes en dirección al cuerpo de bomberos. Doblé a la izquierda al llegar a la catedral y me encontré a Chico Vela, “el oso”, así le decíamos cariñosamente. Caminamos por la calle del cine Variedades, cambiamos de acera propiamente frente al cine y comenzamos a fumar, cada uno con su cigarrillo en la mano por la calle, en dirección a la “Casa de las Ofertas”, la tienda de don Erasmo Tijerino ubicada en la esquina. Don Erasmo había recién inaugurado, en sociedad con Pedrito Bustamante, el restaurante “Galaxy”, situado contiguo a su casa de habitación, adyacente a la tienda. Era toda una modernidad en Bluefields, tenía aire acondicionado y la pared de su fachada, totalmente de vidrio oscuro, no permitía que vieras, desde la calle, a las personas que se encontraban a lo interno, siempre los mismos, los amigos de nuestros padres en esa época.

Pasamos fumando frente al Galaxy, tirando bocanadas de humo como locomotoras en su trayecto y de pronto escuche un grito. “¡Ronald!, ¡estás fumando!”. Inmediatamente me deshice del cigarrillo dejándolo caer, sin moverme ni volver la mirada. “¡Ya te vi!, ¡ándate directo para El Bluff!, ¡cuando llegue a la casa nos arreglamos!”, volvió a gritar y regresé la mirada. Estaba enojado, era mi padre. ¡No, no estoy fumando!, respondí a unos quince metros de la entrada al restaurante, propiamente frente a los bancos de los lustradores. “¡Te vi desde adentro!, ¡espérame en la casa, ándate ahorita mismo!”, volvió a gritar. “Hoy te cachimbean”, me advirtió Chico Vela al despedimos en la esquina de don Erasmo.

Después de cenar subí a la habitación. Los momentos se convirtieron en una eternidad, una espera angustiante. Pensaba en lo que dijo Chico Vela al despedirnos y me quedé dormido. Desperté al escuchar a mi mamá: ¡Ronald, te llama tú papá! Bajé las gradas y lo vi sentado en el sofá de la sala, serio, en silencio, con el ceño fruncido. “Siéntate allí en frente”, dijo señalando una silla. “¡Lo agarré fumando!”, expresó dirigiéndose a mi mamá. ¡Ya me imaginaba que algo había sucedido, vino calladito y no salió a ningún lado!, respondió ella. “No papá, no estaba fumando, era Chico Vela, yo no fumo”, dije con la voz entrecortada, temerosa, balbuceando. ¡A mí no me vas a engañar!, ¡te la das de hombrecito!, agregó y se levantó del sofá. “Ahora sí, me va a dar con la faja”, pensé y comencé a llorar. De una de las bolsas inferiores de su camisa guayabera sacó dos paquetes de cigarrillos. “Tomá, abrí el paquete que quiero verte fumar”, manifestó con su mano extendida, ofreciéndomelo. “¡No papá, no papá!, ¡yo no fumo, no fumo!” respondí varias veces con lagrimas chorreando por mis mejillas. “Deja de llorar, demuéstrame como fumas con tus amigos”, volvía a insistir. Mi mamá no decía nada, solamente me observaba llorando, temeroso, arrepentido. ¡Es la última vez que te lo digo, enciende un cigarro y fúmatelo, damn it!, expreso con arrechura, con el rostro enrojecido, con sus manos temblando. Abrió el paquete de cigarros, me dio uno y puso el resto en la mesa. Tomó su encendedor, un Zippo, se acercó lentamente mientras me llevaba el cigarrillo a la boca y de un chupón quedó humeante. “¡Te fijas!, ¡te fijas!, ¡fuma!, ¡fuma!”, expresó volviendo a ver a mi mamá y se sentó en el sofá observándome detenidamente. “Ahora que fumas, te vas a dormir hasta que termines todo el paquete”, dijo. Después de fumarme ese cigarro volví a encender otro, otro y otro hasta que me detuvo y dijo: “Podes fumar pero no andes pidiendo”.

Con el paso del tiempo les conté a mis amigos lo sucedido. Ninguno de ellos me creía. “Sólo mentiras sos, te cachimbearon”, decían.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 12 de mayo de 2012

lunes, 14 de mayo de 2012

VIOLENCIA Y AUTONOMÍA

La Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) es catalogada como la más violenta del país según informe presentado por la Policía Nacional en la reunión de mandos celebrada hace pocos días. En la RAAS se dieron en el último año 42.7 muertes por cada 100 mil habitantes, cifra superior en un 255% en relación al promedio nacional (12) y similar al índice alcanzado en la Republica de Guatemala según dicho informe. Esos datos son alarmantes, pero busquemos sus causas en la realidad histórica, política, social y económica que vive la RAAS y todo el Caribe Nicaragüense.

A los habitantes de la Costa Caribe de Nicaragua históricamente nos han mantenido en el abandono. Las cifras que revelan organismos internacionales de prestigio sobre niveles educativos, acceso a servicios de salud, energía eléctrica, empleo digno, acceso a vivienda y seguridad alimentaria, son una verdadera violación a nuestros derechos humanos, una vergüenza para la nación. Ningún gobierno, de derecha o izquierda, ha logrado mejorar estas condiciones para que disfrutemos  una vida digna. Nicaragua, a pesar de reconocerse como multiétnica, pluricultural y multilingüe, viola constantemente los derechos consignados en la Constitución Política y Ley de Autonomía.

No nos dejan vivir en paz, se irrespetan nuestras formas ancestrales de autogobierno, nuestras tradiciones y costumbres en el uso y usufructo de la tierra y nuestros bosques no son respetados. Testaferros de “geófagos” penetran cada vez más en los territorios demarcados a través de la Ley de Tierras, corrompiendo las estructuras comunitarias con el fin de extraer madera preciosa mediante una red que se eleva hasta las altas esferas económicas del país, provocando altos niveles de conflictividad  entre comunidades y familias que culminan en actos de violencia, balaceras y matanzas.

La riqueza de las Regiones Autónomas es mal lograda. Los recursos marinos, mineros,  madereros, el potencial turístico, la cercanía con otras naciones Caribeñas, la ruta hacia los mercados por medio de mar Caribe, nunca han sido objeto de un verdadero Plan de Nación a través del cual se priorice su usufructo en función de la mejoría en las condiciones de vida sus habitantes. Grandes agentes económicos, nacionales e internacionales, actúan irresponsablemente guiados únicamente por la avaricia, ocasionando daños ambientales y empobreciendo a los pueblos del Caribe mediante triquiñuelas y soborno de las autoridades regionales con el consentimiento de las instituciones del Estado. Una Región llena de riquezas con un pueblo empobrecido, hambriento, abandonado por siglos es una de las mayores injusticias que se comenten en Nicaragua. En esta realidad lacerante encontramos explicación a la violencia impune que vive la región.

Tenemos una Ley de Autonomía, una Autonomía de papel. Nada de lo que contempla se cumple como soñaron sus impulsores y las nuevas generaciones. Los grandes partidos políticos tradicionales, en su ambición por ostentar el poder, vienen y manosean a su gusto y antojo las estructuras de gobierno en las Regiones Autónomas y a los Consejos Regionales; la mayoría de los miembros de estas instituciones tienen la mirada puesta en Managua, esperando las señales de los poderosos en lugar de ver la miseria de sus pueblos para actuar. Los concejales regionales son llamados por la población “cobra cheques” por su inoperancia y las elecciones de los mismos no tienen los niveles de participación que deberían de tener, no existe entusiasmo, los sueños se van perdiendo, se esfuman con el paso del tiempo.

La Autonomía continúa siendo un sueño inconcluso, fue sustituida por la injustica, la violación de los derechos humanos de los pueblos indígenas que viven en la zozobra, en el acoso constante de los narcotraficantes que circulan por las costas y las autoridades que los persigue en el cumplimiento del deber. Se transformó de un mundo multicolor, el logro de la unidad en la diversidad  se convirtió en el mundo gris, opaco, el mundo del miedo, la inseguridad y la violencia. De pueblos triunfantes y llenos de orgullo nos hemos convertido en víctimas de la exclusión, de la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado a tal grado que se nos da el mote de narcotraficantes, drogos y delincuentes. Por el color de nuestra piel, forma de hablar y vestir somos objeto de marginación, trato de segunda, de un racismo solapado que impregna a toda la sociedad.

Los Caribeños, al igual que en el pasado, debemos enarbolar nuestra lucha histórica, nuestros sueños ancestrales de paz, libertad y autodeterminación presionando a las autoridades Regionales, al gobierno Central y Asamblea Nacional con el fin de definir una política Regional de Seguridad y Convivencia acorde a nuestra realidad que deje de convertirnos en victimas y nos indemnice por los daños históricos que hemos sufrido. De lo contrario, se perderá en la batalla contra la exclusión, crimen organizado y narcotráfico.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 11 de mayo de 2012

jueves, 10 de mayo de 2012

CONSEJITOS PARA BLOGUEROS

Soy poco ducho en el arte de bloguear, pero a través de esta entrada y en base a mi experiencia quiero darte unos consejitos para que los tengas en cuenta.

·         Trata de ser original. La originalidad dará prestigio a lo que blogueas, sin importar el formato que empleas: un video, una foto, un escrito en verso o prosa. En estos tiempos de hiperconectividad, donde casi todo se comparte en la Red, resulta difícil dejar a un lado la tentación de imitar a otros. Esfuérzate y llegaras a ser original.

·         No hagas caso de aquellas recetas que dicen “debes escribir menos de 400 palabras”, argumentando que la gente no tiene tiempo para leer. Si tienes un blog, recuerda que eres libre, no escribes para un periódico que te limita en la extensión del texto. Eso sí, debes escribir con honestidad y compromiso conservando tu propio estilo. Trata de mantener en suspenso a tus lectores para interesarlos y, al final, darles el premio que se merecen por dedicarle tiempo a la lectura. Si lo haces te aseguro que siempre leerán lo que escribes, sin importar el número de palabras que emplees.

·         Olvídate de aquellos blogs que visitaste alguna vez y te sorprendieron, pero que con el paso del tiempo se esfumaron, se “vitriniaron”, perdieron el entusiasmo, se “quemaron” por falta de interés de sus lectores al “elevarse hasta las nubes” con el prestigio que una vez tuvieron. No sigas sus pasos, no te encumbres, son mal ejemplo para un bloguero.

·         Debes dedicarle tiempo a tu blog. Trata por lo menos de hacer dos entradas o post por semana como mínimo.

·         Sorprende a tu audiencia, entrégales de todo. Diversifica tu blog: tu medio de comunicación. No sigas un esquema lineal porque la vida no lo es. En ella encontraras de todo para bloguear si abres bien tus sentidos.

·         Si te encanta criticar al gobierno, a las instituciones del Estado y a las ONG´s, síguelo haciendo, pero no te quedes allí: plantea tus propuestas, tus ideas, tus alternativas de solución a los problemas que afectan a tu país, municipio, ciudad, comunidad y tu familia por muy disparatadas que parezcan. En el arte de la crítica predomina la propuesta.

·         El blog es un medio de comunicación y como tal existe un emisor del mensaje y un receptor. Debes interesarte en cómo reaccionan tus lectores, mantente atento a los comentarios que hacen y trata de responder a ellos aun cuando muchos lo hagan en contra de lo que piensas. Recuerda que siempre estarás expuesto, siempre habrá alguien que quiera destrozarte y debes lidiar con ello. No te alteres, responde con gallardía, recuerda el dicho “lo cortés no quita lo valiente”.

·         Resiste la tentación, por muy “palmado” que te encuentres, de vender publicidad en tu blog. A nadie le gusta que de pronto salte una ventana publicitaria en lo que está leyendo. Si quieres ganar dinero hay muchas otras opciones en la Red. Te aseguro que muchos dejaran de visitar tu blog si lo haces.

·         Si eres usuario de las redes sociales, vincula tu blog con ellas. Puedes hacerlo con Twitter y Facebook. Con esta última puedes hacer una página de tu blog y combinarlo con networkedblogs.  De esa manera tu entrada o post se difundirá rápidamente entre tus amigos y los amigos de tus amigos. Piensa en las redes sociales como si fueran mensajeros que se encargan de trasmitir tu mensaje.

·         No seas egoísta: dale seguir a los blogs que te gustan o frecuentas. Aquellos que valoras positivamente llévalos a tu blog creando una pestaña donde digas “yo sigo estos blogs”, “blogs que frecuento” o “blogs amigos”. De esta manera estarás vinculándote con otros blogs que muchas personas leen. Busca en tu país a otros blogueros, hagan encuentros, organícense para crecer juntos y tener incidencia en políticas públicas. Pueden contactar a GlobalVoices quien seguro los apoyara en sus iniciativas. Si eres Nica lo puedes hacer en los Festivales de Blogs que se realizan cada año.

·         Revisa siempre las estadísticas del blog, ellas hablaran por sí solas sobre tu desempeño.

Si sigues estos consejitos te aseguro que un día llegaras a tener un buen blog. Te deseo suerte y recuerda que bloguear es un pasatiempo, un entretenimiento con el que debes sentirte libre, sin presiones ni traumas. De lo contrario seguirás el camino de los “vitrineros”, de los que se evaporaron por “quemados”.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 09 de mayo de 2012  

martes, 8 de mayo de 2012

LA LOLA


Caminó hasta el fondo del comedor “Paulito” y vació en el barril situado al lado del lavandero las dos cubetas de agua que cargaba. Sus pasos eran pesados, torpes como los de un gigante que se balancea herido en sus rodillas, cubiertas con tiras de tela. Calzaba botas de guardias desamarradas y al avanzar provocaba un sonido seco con las lengüetas alborotadas. Sostenía su pantalón corto con un mecate y mostraba el pecho tras la camisa mal abotonada. El cabello ralo exponía el sudor de su amplia frente y sus ojos chirres enrojecidos brillaban en la tenue luz mañanera.

    ¡No jodás, sólo cinco pesos me vas a dar! —dijo enojado—. Su aliento etílico inundó el ambiente como bomba expansiva  y reveló la ausencia de dientes en su maxilar superior. — ¡Acordate que ayer me llevé el perro muerto que estaba allí! —agregó juntando los labios y moviendo la cabeza en dirección a la entrada del comedor sin moverse del frente de la mesa.

Víctor se levantó, sacó un billete de diez pesos de su cartera y al entregárselos su rostro se iluminó como el de un niño consentido después de recibir un premio.

    ¡Ahora sí!, ¡ahora ajusto para la media! —expresó con alegría y salió del comedor apresurado.
    ¿Quién es? —preguntó uno de los clientes después de saborear un trago de café de palo hecho al estilo salvadoreño.

Abraham Sánchez llegó a Nueva Guinea finalizando la década de 1970. Una tarde se montó en la parte trasera de un bus que salía de la COTRAN y comenzó a gritar “¡La Guinea!, ¡La Guinea!”, ayudándoles a los pasajeros a montar sus maletas. No descansó en el recorrido, el conductor quedó encantado por su amabilidad pero no le duró la alegría porque en el segundo viaje se quedó. “Recuerdo cuando lo conocí”, dijo doña Rita. Estaba en mis quehaceres, escuché un alboroto frente a la tienda y al asomarme vi que unos chavalos le gritaban “¡Lola!, ¡Lola!, ¡Lola cochona!, y él, enfurecido y desesperado, gritaba palabras que no podía entender mientras recogía piedras de la calle de macadán para tirárselas a los chavalos que lo apedreaban. “Dejen de apedrearlo, les grité, y salieron huyendo hacia el lado del mercado”, añadió Rita.
           
La gente lo consideraba un loco, un dundo y baboso, pero no lo fue siempre. Un medio día con el sol incandescente, cuando era chavalo y después de almorzar, fue a dejarle comida a un tío que limpiaba una parcela. Le entregó el morralito, tomó el machete con la intención de ayudarle y en un descuido lo cortó. Al ver la sangre daba alaridos, mientras el tío, enfurecido y chorreando sangre de su pierna, le dio varios golpes en la espalda con el canto del machete. Desde entonces padecía de dolores de cabeza y su comportamiento cambió, dejó de ser el mismo para siempre. “Los cambios de luna lo transformaban. Se volvía impaciente, hacia muecas raras y locuras propias de él”, explicó Daniel; agregó: “cuando estaba en su sano juicio era servicial, les hacía mandados a todos los comerciantes del mercado, recogía la basura y halaba agua desde el pozo situado en los terrenos de ENABAS”.
           
Comenzó a beber guaro con un tuerto que andaba en los buses apodado “Gallina”,  al que le decía “Lola” porque se rumoraba que era maricón. Con el tiempo a Abraham le pusieron ese mote y se enojaba cuando le gritaban “¡Lola!, ¡Lola!” Hacía recortes de fotografía de mujeres que salían en los periódicos y cuando venía al comedor me las mostraba diciendo: “Mirá, mirá, ésta es mi novia”, recordó Víctor. Era como un niño grande y le gustaba la buena comida. “Siempre pedía comida con salsa, lo que sea pero con bastante salsa. Disfrutaba del café, huevitos fritos y le encantaba el chile”, añadió doña Chilo, esposa de Víctor.
           
Caminaba con dificultad cuando sus rodillas se le hinchaban. “Aquí lo atendíamos, cocíamos hojas de aquel palo de mango que había en la esquina, se las poníamos como cataplasma en las rodillas y se quedaba dormido por horas en una silla”, explicó Rita. Luego se iba a recoger basura con un viejo borracho que le decían “El Abuelo” y como le pagábamos por ello se peleaban entre ellos. Eran tiempos en que el tren de aseo era deficiente, la alcaldía era casi nada en ese entonces.
           
El guaro lo degeneró progresivamente pero nunca dejó de trabajar. En el galerón de la parada se montaba en los buses que salen de madrugada y, en el recorrido hasta el rótulo de la salida, gritaba “¡Managua!, ¡Managua!, ¡Managuaaa!”, cargando las maletas de los pasajeros. Por ello los choferes le daban unos cuantos pesos que utilizaba para comprar su media de guaro y a las ocho de la mañana ya andaba borracho. Su parque era el sector del mercado y por las tardes se bañaba  en el salto del río El Zapote. Era conocido por todos los comerciantes y muchos de los campesinos que lo conocían le gritaban: “¡Abraham!, ¡Abraham!, ¿habrán frijoles éste año?”, mientras él, enojado, los seguía tirándoles piedras. “Quebraba vitrinas de los tramos y vidrios de los buses en su arrechura”, recordó Daniel sonriendo.
           
“Una tarde de viernes santo se apareció en mi tienda. Andaba borracho y se sentó en la silla quejándose de un fuerte dolor de cabeza y estómago. Le dimos agua para beber y luego agarró para el lado del mercado. Llegó al tramo de Vía Chica y se durmió en la acera con el sol dándole en la cara. Nunca volvió a despertarse, allí murió”, relata doña Rita. “Cuando me di cuenta que había muerto, después de llegar de río Plata a mi casa, hicimos una comitiva entre todos los del mercado y nos dispusimos a hacer los preparativos de su vela. La Policía lo llevó al hospital y gestionamos ante la alcaldía el ataúd. Entre todos recogimos con la ayuda del pueblo para hacerle la bóveda y Macolo hizo las verjas de hierro que la protegen. Lo velamos en el galerón de la parada de buses, los matarifes donaron carne y huesos para hacer sopa, la población nos llevó de todo y un gentío se aglomeró esa noche de viernes santo alrededor de la Lola. Su entierro fue frondoso, miles lo acompañamos hasta el cementerio la Gongolona”, explicó Daniel y añadió: “Siempre le llevo una corona el día de los muertos”.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Sábado, 05 de mayo de 2012