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miércoles, 7 de mayo de 2025

PALO DE MAYO UNA VEZ MÁS

 


La última vez fue hace muchos años, en su barrio negro de Old Bank. Fue al caer la noche y una de esas casualidades que, con el pasar de los años, lo sigo recordando. Quiero que vuelva a suceder, volver a vivirlo, disfrutarlo. Porque ahora, cada vez que lo materializo en imágenes, me lleno de entusiasmo.

Ella salió de su casa con su hermana mayor. Caminaron desde Beholdeen hacia Old Bank.

Vivían cerca de la capilla de San Martín, y cuando llegué a buscarla, no la encontré. “Salieron a bailar Palo de Mayo”, dijo su mamá desde el corredor de la casa de madera. Caminé hacia la punta, y noté el ambiente festivo en la calle y en los corredores de las casas.

La gente, hombres, mujeres y niños, caminaba dando adioses con manos y voces a quienes los miraban pasar desde ambos lados. En esos años no había muchos vehículos en Bluefields. La verdad, nunca recorrí sus calles en un carro.

Antes de llegar a la punta de Old Bank, a unos veinte metros, la gente se reunía en una plazoleta. Hablaban entre ellos, se escuchaban risas. Todo el ambiente se llenaba de una alegría comunitaria contagiosa, como si un hechizo los envolviera a todos al mismo tiempo.

Me detuve. La busqué con la mirada entre el gentío, pero no logré dar con ella.

Desde los corredores, las mujeres ayudaban a los mayores, hombres y mujeres de cabello blanco, a bajar las gradas. Ellos avanzaban con pasos lentos, cansados, hacia la plazoleta donde ya los esperaban con bancas de madera alineadas en la primera fila del semicírculo. Varios jóvenes trepaban a los árboles de fruta de pan, compitiendo por el mejor puesto para observar el espectáculo. Los niños y niñas corrían cortando el viento que venía desde la bahía, envueltos en su algarabía.

De una de las casas salieron varios hombres cargando el tronco de un árbol. Se dirigieron al centro de la plazoleta, donde los esperaban otros que ya habían excavado un hoyo. Entre todos lo sembraron, apretujándolo con piedras y tierra hasta dejarlo erguido, pero antes varias mujeres se acercaron con cintas de colores. Lo encintaron desde la parte superior hasta su base. Y así quedó el palo, vestido de fiesta, listo para que todo comenzara.

La música estalló de pronto. Tambores y voces se elevaron al ritmo de “singsaimasinmailo”, que parecía brotar de la tierra misma y vibraba en el aire tibio y húmedo, como un llamado ancestral. La gente se acercó con entusiasmo, cerrando el círculo humano alrededor del palo, con los ojos encendidos por la emoción y los cuerpos ya inquietos por moverse.

Fue entonces cuando apareció. Salió de la penumbra, sonriente, con una mirada traviesa que encendió mi corazón de golpe, como una llama imprevista. Llevaba una falda amplia que resaltaba el movimiento de sus caderas, con su cabello rizado en trenzas, dibujando círculos que hipnotizaban mis sentidos.

Entró al círculo formado alrededor del palo y tomó una de las cintas en sus manos con una gracia innata, natural y casi felina. Giraba en torno al tronco, y su cuerpo, sensual y orgulloso, parecía flotar con cada paso que daba al compás del Palo de Mayo. La seguí con la mirada, sin pestañear, con una emoción profunda y antigua que se apoderó de mí.

A su alrededor, hombres y mujeres se unían al baile con euforia creciente. Gritaban y reían en medio de la cadencia creciente del tambor: “mayayslasinki, mayayaoo”.

La energía colectiva era electrizante; niños brincaban al ritmo, mientras parejas se acercaban peligrosamente en una danza que era celebración y seducción al mismo tiempo.

Entonces ella me vio. Su sonrisa se amplió, cálida y pícara, mientras sus ojos brillaban con el reflejo de las luces del barrio. Extendió su mano hacia mí, invitándome a entrar en el remolino festivo que había creado con su presencia. Sin pensarlo, crucé el gentío, tomado por una fuerza irresistible, y juntos bailamos.

Giramos alrededor del palo decorado, riendo y respirando uno frente al otro, compartiendo un instante tan fugaz como eterno, tan intenso que ahora, al recordarlo, aún siento en la piel su esencia de mujer caribeña y el eco sensual de la música, “tululupasanda”, de aquella noche inolvidable.

Quiero verla bailar Palo de Mayo una vez más. Porque sé que solo en esa danza, rodeado por la alegría eufórica de nuestra gente, podré reencontrarme con aquella juventud perdida y con ella, que sigue girando, luminosa y eterna en mis memorias.


7 de Mayo 2025.

Foto: Arpillera de Nydia Taylor.




domingo, 27 de mayo de 2012

ERA OTRO PALO DE MAYO

La primera vez que recuerdo haber visto bailar Palo de Mayo fue en El Bluff. Los black creoles de Bluefields que laboraban como estibadores en el muelle de la aduana se instalaban en una casa vieja de madera donde sus cocineros preparaban la comida. Cuando pasaba por allí, caminando en el andén, cerca de la oficina de don Octavio Bustamante, agente aduanero de esos tiempos, el aroma exquisito de sus panes, rice and beans con coco, turtle meat y carne con huesos en caldillo, me atraía hasta su cocina. Y compartían con alegría: “taste this; taste that, ¿you like it?

Ellos eran los que organizaban el baile del Palo de Mayo por las noches. Lo hacían frente a la casa de dos pisos de concreto que ahora ocupa la Naval, donde había una explanada grande bien engramada. Cortaban un árbol o una rama grande y la sembraban en el lado derecho del andén, como que vas para la aduana. Todos los habitantes lo sabían, por la noche se aglomeraban alrededor del palo que con esmero lo adornaban de cintas, popas y otras cosas, creo que hasta botellas de whisky importado, contrabandeado pues. Fue en los tiempos antes de que surgiera los “barbaros del ritmo”, antes de “Mango Gosth”, hace mucho tiempo.

Ellos también eran los músicos, sus instrumentos eran guitarra, una tina con un orificio del que salía un mecate amarrado a un palo era el bajo, una quijada de mula o caballo que le sacaba ritmo al rozar sus dientes, el colador para rayar coco lo empleaban rascándolo con algo pero su sonido se combinaba con los otros y se armaba el baile con la armonía de sus voces que en ingles contaban sucesos, recordaban su historia, su pasado llenos de orgullo.

Si te estás imaginado lo que ves ahora, estás equivocado. Nada que ver, nada de relajo, nada de ese baile de movimientos estrafalarios, nada de pegarse al cuerpo de la mujer, no se dejaban manosear, nada de agarrase de su cintura menos pegársele como macho en celo de las nalgas tratando de penetrarla por atrás con todo y ropa. Para eso otro lado, la cama el mejor sitio. Era otro Palo de Mayo. Era diferente: las parejas bailaban con orgullo y movimientos sensuales, recordando a sus ancestros y mediante el baile, su ritual, dando vueltas alrededor del palo, los recodaban, los convocaban para que les trajeran dicha, felicidad, un mejor porvenir y agradecerles por la vida, la abundancia, la fertilidad, para que les señalaran el camino a seguir y superar sus temores, sus necesidades.

Ahora es otro Palo de Mayo, es una fiesta de todo el mes llamada Mayo Ya donde comparsas, con trajes coloridos de azul, verde, rojo y amarillo, que recorren las calles al sonido de la musica de Palo de Mayo y al fin del mes se efectúa el tululu en un recorrido entre Cotton Tree y Old Bank, haciendo un arco con las manos donde todos se unen sin importar grupos etnicos, posición economica y ideologica, materializando la unidad en la diversidad.




Domingo, 27 de mayo de 2012

martes, 3 de mayo de 2011

FALDA EN VUELO, PALO DE MAYO


Tras el escritorio su figura menuda era casi perfecta; tez bronceada, pocas pecas, ojos color miel, cabello lacio castaño sobre los hombros. Se levantó para saludarlo brindándole su mano y, al estrecharla, sintió el calor de su sangre mediterránea. Le ofreció una silla, dijo espérame, ya termino y, con coquetería, se inclinó sobre el anaquel adherido a la pared para retirar un ampo.

Con la mirada siguió sus movimientos  concentrándose de la cintura hacia abajo; su falda volada de manta se levantó por el aire desprendido del abanico y volvió la mirada súbitamente delatando sus encantos a través de la sonrisa. Su rostro enrojeció al ser descubierto y con disimulo desechó los pensamientos inoportunos sacando un cuaderno de la mochila.

Regresó a la silla, puso a un lado el ampo, tomó su agenda, la abrió con el separador de hojas mostrando borrones, notas, el trajín del día, la semana y el mes; un laberinto de borrones y citas; su mundo de papel y tinta.

  ¡Es un gusto trabajar contigo! —dijo con gentileza calculada y agregó— espero una relación franca y sincera.
  Espero que sea reciproca y con buenos resultados —contestó admirando las pecas de su fina nariz.

Revisaron los objetivos del viaje y se encontraron en el aeropuerto para tomar el último vuelo a Bluefields. Al bajarse del avión Cessna caravan su figura ligera se cubría de goce. ¡Que brisa tan fresca, siento lo salobre en la piel! dijo al caminar hacia la caseta terminal lidiando con la falda que abrazaba sus piernas y el cabello en fiesta. Tomaron un taxi para dirigirse al centro de la ciudad. En el recorrido, a través la ventana, admiraba las casas de madera y el sonido estridente de la música que desprendían, las tiendas apiñadas, el gentío caminando en las aceras, los niños jugando en las esquinas y los gritos de vendedores ambulantes. Cuando salió del taxi acarició su nariz inhalando el denso aroma marino mezclado con las aguas vertidas por las cunetas. ¡Que emoción, estoy en el caribe! dijo y se dirigieron a la recepción del hotel. Quedaron de verse una hora después.

Al ducharse la imagen de la falda en vuelo volvía insistente a sus pensamientos, la vio desnuda, admiró su piel nácar, su cintura gitana y alucinado saboreo la miel de su cuerpo. Volvió a la realidad cuando la ducha dejó de echar agua y exclamó ¡Ahora te jodistes!, ¡que agua más inoportuna! Minutos después bajó las gradas, salio a la recepción y la encontró recién bañada escribiendo en su libreta de notas. Al acercarse, su fresco aroma lo cautivó y ella cerró la libreta.

    Me apetece comer mariscos —dijo al cerrar el bolso.
    Que te parece una plancha de mariscos. A una cuadra del hotel, en El Pescafrito, preparan un buen plato —respondió.
    Si, excelente, vamos.

Se acomodaron en la esquina derecha al entrar. El pidió dos cervezas pero de inmediato ella dijo no, en el caribe hay que tomar ron. Brindaron por la Costa Caribe y ordenaron dos planchas de mariscos. Insistente preguntaba y, al seducirlo por su interés, le contó la historia de su tierra y su pasado. Que casualidad le dijo, estamos en el mes de mayo y relató el origen y la tradición de las fiestas que se celebran durante el mes mientras ella seguía sin interrumpir los detalles.

La mesera retiró las planchas vacías y le preguntó sobre los sitios donde se bailaba el Palo de Mayo entusiasmada por el relato. En el Four Brothers respondió la mesera, cerca de aquí, caminando hacia Punta Fría. ¿Conoces?, le preguntó y, al responder que sí, le pidió que la llevara a ver el famoso baile.

La vieja casa de madera se tambaleaba al ritmo de las parejas que bailaban la música de Palo de Mayo. Sorprendida observaba los movimientos y contorsiones eróticas, inhaló un aire mezclado de sudor, alcohol y humo denso, humo cannabis; caminaron hacia la barra abriéndose paso a empujones y él pidió dos cervezas. Mientras el barman abría las cervezas, un joven creole se acercó admirándola de pies a cabeza y la invitó a bailar ofreciéndole su mano, sin dudarlo la tomó y abrieron espacio para bailar.

Desde la barra, observaba con asombro su estilo de bailar. Levantó sus manos y comenzó a palmear mientras movía sus pies en puntilla hacia delante y hacia atrás. El joven creole entusiasmado se contorsionó haciendo temblar todo su cuerpo. Ella extendió los brazos hacia el frente moviendo las piernas en sincronía, un brazo al frente, una pierna atrás. Dio un salto y con las manos hizo círculos sobre su cabeza extendida hacia atrás iniciando movimientos circulares con los brazos seguidos de quiebres sensuales de cadera.

Regresó a él bañada de sudor mientras la aplaudía, de un trago bebió media cerveza y se dio un cambio de ritmo. Lo tomó de la mano invitándolo a bailar una canción soul, ¿segura?, le preguntó y, sin responder, frente a la barra cruzó sus manos por su cuello atrayéndolo. Sintió el palpitar desbocado de su corazón gitano, el calor de sus mejillas, la falda quieta adherida a su cintura y su gracia mediterránea.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 02 de mayo de 2011

martes, 18 de mayo de 2010

LLEGO MAYO CON RENOVADAS ESPERANZAS.

Llegó el mes de Mayo. En la Costa Caribe de Nicaragua es un mes de Palo de Mayo simbolizando la fertilidad, la vida, la abundancia, la alegría de un pueblo por lo nuevo, por las esperanzas renovadas, por ver nuevamente florecer esa inmensa y rica zona del país postergada, abandonada, en extrema pobreza. Es que Mayo le trae al caribeño de Nicaragua nuevos brillos, alegría, entusiasmo, nuevos proyectos de vida, compromisos renovados. Donde nos encontremos, en Bluefields, BilwiManagua o en el extranjero, Mayo nos llena de todo eso. No existe un costeño, mujer o hombre, que deje de expresar esos sentimientos y mucho menos bailar al ritmo de esa música llamada "música de Palo de Mayo" en alguno de los barrios de Bluefields, en las discos de Managua o en las fiestas de amigos y amigas durante este mes.


Mayo es símbolo de vida. Desde los tiempos prehistóricos los seres humanos le hemos rendido culto a la naturaleza. En Mayo comienzan las lluvias y llenan de vida los surcos, todo se torna esplendoroso, verdoso y con los retoños emerge la vida y de ella queremos siempre sacar lo mejor, y por eso es que bailamos alrededor del árbol, símbolo de vida, o "palo" el que adornamos con frutas y cintas de colores.


Como ese árbol o "palo" adornado de colores y frutos, los habitantes de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe de Nicaragua, deseamos ver nuestra tierra. Una tierra donde los diferentes grupos y comunidades indígenas puedan convivir en paz y armonía, con respeto a sus tradiciones, cultura y sus derechos revalorizados; donde sus recursos naturales se aprovechen en beneficio de sus pueblos. Una tierra donde se note el progreso, donde sus hijos no tengan que salir expulsados por falta de oportunidades hacia otros países y donde se respete y prevalezcan las leyes.


Mayo nos hace soñar y mirar siempre hacia la utopía. La utopía caribeña materializada en el proceso autonómico que vivimos. Una autonomía renovada, autentica, cumpliendo sus mandatos en beneficio de su pueblo y no de partidos políticos, en la que están al frente de los Consejos Regionales los mejores hombres y mujeres escogidos por su méritos, conocimientos y compromisos con esta zona del país marginada, explotada y en miseria. Viva Mayo!


Ronald Hill Alvarez
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
18 de Mayo de 2010.