viernes, 12 de noviembre de 2010

EL CALLEJON OLVIDADO

I

¡Pasajeros del vuelo 453 de American Airlines con destino a la ciudad de Miami, por favor pasar a chequeo en la sala de migración! ¡Se les recuerda llevar a mano su pasaporte y boleto de embarque! ¡Este es el primer llamado! Esa voz de mujer, oculta tras los altoparlantes, sosegadora de angustias, hace que Joseph Norton se levante, abandone los pensamientos nostálgicos y se dirija a una vida nueva, a la aventura esperada por años, al trabajo de navegante. Ha logrado su sueño de ser un ship out man.

Se encuentra solitario, sus familiares están reunidos en Bluefields, tan anhelantes como él. Minutos antes ha conversado con su madre por teléfono. Le ha dicho que siempre se encomiende a Dios, que estará en sus plegarias y que nunca olvide su gente, sus raíces y su historia. Por su parte, Benjamín, su padre, le ha dicho: “no te preocupes, cuidaré a tus hermanos menores y a tu madre, disfruta el trabajo, descubrirás el mundo, la vida es corta y pronto volveremos a estar juntos, no tienes nada de qué avergonzarte, debes ser fuerte y evitar problemas”. Al abordar el avión y acomodarse en la sección 24C su ansiedad disminuye. Está nervioso, es su primer vuelo. Al elevarse la aeronave, sus recuerdos retroceden en el tiempo, vuelan hacia su barrio y al callejón donde ha crecido.

— ¿Vas a llamarme por teléfono? —pregunta Ivy con lágrimas que transitan amargas por sus mejillas.
— ¡Sí, mi amor, no habrá un día en que deje de hacerlo! —responde Joseph al mismo instante que se levanta de la cama en busca de su ropa. La observa frágil, dolida por la despedida.
— ¡Prometo esperarte toda la vida si es necesario! ¡Nada ni nadie podrá evitar que te siga amando! ¡Mi amor es sólo tuyo y para siempre! —concluye Ivy mientras Joseph se acerca a ella, toma su mano y le pone un anillo de compromiso en el dedo anular izquierdo.
— ¡Mi amor, mi vida!, ¡siempre he esperado este momento! —dice Ivy y se aferra a él como una niña con el corazón palpitante de emoción, con la alegría que le brinda la confirmación del anillo. Lo conoce bien, desde que eran niños y jugaban por todos los rincones del callejón de Beholden. Está segura que cumplirá la promesa.

Joseph recuerda este momento con dolor por la separación de su novia, amiga y cómplice de penas y sueños. Regresan a su mente los primeros besos que a escondidas se dieron bajo el viejo cocotero plantado en una de las esquinas, testigo de su amor y de la vida tormentosa y desesperada que se filtra desvaneciéndose en el callejón. Su padre le ha dicho que de nada debe avergonzarse y esas palabras inhiben lo más profundo de su existencia.

Se encuentra en la entrada principal del callejón, entre la esquina que lleva a la casa de Stubbs y la calle en dirección a la iglesia San Martín. Aún no cumple los dieciséis años. Asiste a clases en el colegio de Breda Wine por la mañanas y por las tardes ejerce las funciones de enlace entre los asiduos visitantes y extraños que recurren en busca de lo prohibido. Todos lo conocen, es el que media entre la ansiedad y la felicidad, entre la realidad y la fantasía, es la conexión con el mercader de la droga: cocaína, crack y la yerba que exalta sonrisas y pensamientos profundos. Sin él nadie logra lo deseado. Conoce a todos y le es fiel a Zangó, el hombre, el rey del callejón, el mercader invisible.

— ¡Nunca te atrevas llevar a mi casa a una de esas almas en pena! —dice Zangó. Ni que se trate del presidente del consejo regional, ni el alcalde. Ninguna persona puede conocer mi casa.
— No te preocupes, ninguna persona cruzará el callejón en tu búsqueda —le asegura Joseph. Inquieto le pregunta: ¿cómo haces cuando te buscan por las mañanas, cuando estoy en clases?
— Eso no es asunto tuyo. Tu puesto está cubierto por otra persona que no conoces ni debe interesarte —responde el mercader mientras asoma la cabeza a través de la ventana que está contigua al andén principal del callejón.

Zangó es misterioso, cauteloso y desconfiado como una fiera herida. Por las mañanas, mientras Joseph acude a la escuela, Dorothy, una muchacha de quince años que estudia por las tardes, ocupa su puesto. Durante su turno de enlace pasa inadvertida pelando cocos secos con un machete corto y filoso, acomodada en un banco de madera bajo la sombra de un árbol de pera de agua. Ese es su señuelo, pelar cocos, así es identificada por los tránsfugas de la realidad, evasores de penas y por los que se prestan a adquirir el boleto a ello.

Ambos han sido reclutados a través de familiares cercanos necesitados de la misma mercancía y por la carencia del dinero en el hogar familiar. Son los tiempos en que el trabajo ha abandonado Bluefields y únicamente pueden adquirirlo los que se han involucrado en actividades políticas y partidistas. La chamba es escasa y acarrear maletas de turistas en los muelles o salir a pescar a la bahía no alcanza para las necesidades crecientes de las familias. Zangó, de manera cumplida le entrega semanalmente a Joseph un sobre con la suma de mil quinientos córdobas y nunca se le ha ocurrido ni interesado preguntar por la cantidad que recibe Dorothy.

Además del turno que ejercía por las tardes, Joseph se encargaba de la misión más importante asignada por Zangó. En la madrugada de todos los jueves, entre las tres y cuatro de la mañana, después que ha terminado la fiesta en Four Brothers y Sima Club, debe esperar en su puesto de enlace una camioneta Toyota Prado color blanco. A las tres de la mañana en punto, Zangó le entrega un maletín “samsonite” con llave de combinación y al detenerse la camioneta abre la puerta trasera, coloca el maletín al fondo, junto al respaldar del asiento, y retira un saco de bramante con veinte kilogramos de peso. Sin revisar el contenido y mirar la cara de los ocupantes camina de prisa por el callejón hasta la casa de Zangó y lo entrega. Horas antes, el mismo día de todas las semanas, una camioneta Toyota Hilux de color celeste con plomo y luces intermitentes, recorre el barrio ahuyentando a los transeúntes, despejando el camino para consumar la operación; igual al campesino que labra la tierra para luego plantar la semilla que deberá dar sus frutos.

Los fines de semana son los más alegres en la vida de la gente del callejón. Salen de compra, se dirigen al mercado y visitan las principales tiendas de abarrotes. Zangó comparte con sus vecinos una parte de las ganancias de su próspero negocio. Se han convertido en sus cómplices, servidores y guardianes. Es el líder del callejón, la autoridad real, el que dicta lo que debe hacerse y lo prohibido. Antes lo fue Kahló, Janté y Zambá. Todos ellos ocupantes del trono por sucesión, un reinado no mayor a los quince años, una herencia real ganada por la confianza depositada en ellos por los habitantes del callejón, pero consagrada por la mano y el rostro invisible del poder. Ninguno de ellos, reyes sin corona, ostentan su riqueza; todo lo contrario, viven en las penumbras, en la casa de madera y techo de zinc más vieja, la casa que desprende un olor a madera en estado de descomposición por la invasión de las termitas y el pasar de los años sin que sus inquilinos se percaten de ello. El mismo olor que Zangó desprende de su aliento, sudor y orina.

Joseph conoció desde niño las normas establecidas en el callejón. Sin cuestionarse ni preguntar el por qué de ese particular modo de vivir, aceptó con naturalidad el trabajo de enlace, un trabajo de prestigio que garantizaba la continuidad de la vida de ancianos abandonados, de mujeres con hijos sin padres a cargo, de jóvenes drogadictos ambulantes y de hombres maduros sin sueños, esperanzas ni anhelos. También comprendió porque la mercancía de Zangó era la de mejor calidad, garantía de su alta demanda y las razones por las que nunca escaseaba, aun cuando en los titulares de los principales periódicos nacionales y en las radios locales anunciaban grandes decomisos de droga a narcotraficantes en alta mar y quiebres de puestos de venta en otros barrios de la ciudad.

La última madrugada del jueves en su puesto de enlace, al estacionarse la camioneta y depositar el maletín, encontró el saco acostumbrado y una bolsa de papel con un contenido enrollado. Una voz desde la cabina le dijo: “haz lo de siempre, pero no entregues la bolsa a Zangó, quédate con ella y guarda su contenido en una cuenta bancaria a nombre de tu padre para que en tu ausencia cubra los gastos de la familia mientras te acomodas y puedas ayudarle”. Zangó le explico a Joseph esta generosa medida como producto del nivel de estima de los seres invisibles de la camioneta, por su constancia y fidelidad. También le dijo que debía hacer exactamente lo que indicaban, luego de tomar una parte para emprender su viaje. Fue con su padre al banco e hizo la apertura de una cuenta de ahorro por la suma de tres mil dólares.

Nunca probó la droga, ninguna de las extremas, a excepción de un puro de marihuana ocasionalmente. Sus sueños no se lo permitían. Deseaba salir del callejón, dejar esa viciada vida, ver otro mundo. La oportunidad le llegó luego de hacer los trámites en la agencia de reclutamiento de marinos ubicada en su mismo barrio, después de concluir sus estudios de bachillerato. De unos trescientos aspirantes para ser ship out man, fue uno de los cinco elegidos y ahora que volaba hacia Miami en busca de sus sueños, nostálgico por su barrio, por el amor de Ivy y el mismo callejón, se preguntaba si las manos y rostros invisibles de la camioneta de los jueves habían intervenido en su favor.

Sus recuerdos se desvanecieron al escuchar el anuncio de la llegada del vuelo al aeropuerto internacional de Miami. Al salir de aduanas un empleado de la empresa naviera que lo empleaba sostenía una hoja impresa con su nombre: Joseph Norton. Se sintió libre, importante, comprendió que su vida cambiaria para siempre.

II

La empresa Majestic Sea le brindó la oportunidad esperada. Inicialmente tuvo que pasar un curso a bordo de un crucero para especializarse como asistente de camarotes. El dominio del inglés y del español fue una ventaja que supo aprovechar para ganarse el puesto y la confianza de su jefe inmediato. Después de quince días en alta mar firmó su primer contrato por un año con la posibilidad de renovarlo. Una vez firmado llamó entusiasmado a Ivy dándole la noticia y preguntando sobre su familia. Su sueldo básico mensual era de mil quinientos dólares, sin incluir las propinas generosas que los turistas entregan voluntariamente a los empleados que por su esmero se las merecen. En sus viajes como asistente de camarote tenía garantiza la alimentación, el vestuario y una buena cama donde descansar. Ese ambiente limpio y reluciente, con olor a nuevo y ordenado, le parecía un espejismo cuando los recuerdos del callejón regresaban a él.

Siempre fue amistoso con sus compañeros, lo que le permitió ganarse el cariño y respeto de ellos. Estaba a cargo de varios camarotes y suites. En su labor se esforzó al máximo, asegurándose que estuviera siempre en orden, garantizando a los turistas unas vacaciones placenteras. Cambiaba la ropa de cama y limpiaba totalmente las habitaciones y, al concluir su labor, antes de cerrar la puerta, revisaba cada rincón del camarote dos o tres veces. No descuidaba ningún detalle. Si un huésped usaba espejo de mano, lo limpiaba. Si encontraba abierta una computadora portátil, le quitaba el polvo. Esos detalles lo hacían merecedor de jugosas propinas y el primer mes de trabajo logró juntar setecientos dólares.

Además del salario y las propinas, lo que más le gustaba a Joseph del trabajo en el crucero eran los viajes. En su primer año conoció las Bermudas, Cozumel, Gran Caimán, Puerto Rico, República Dominicana, Panamá y varias islas de las antillas menores. En cada uno de estos destinos aprovechaba para salir junto con sus compañeros de trabajo y llamaba a Ivy para contarle las maravillas de esos mundos y recordarle su promesa de amor. Ivy, por su parte, le comentaba la situación de su casa, del barrio y el callejón, así como la confirmación de la transferencia mensual de trescientos dólares que hacia a su nombre para entregárselos a su padre.

Al concluir el primer año como asistente de camarotes en la naviera Majestic Sea le comunicaron que debía tomar un mes de vacaciones y le extendieron el contrato por tres años renovables. Al regresar a Fort Lauderdale, proveniente de Martinica para tomar sus vacaciones, el boleto de regreso a Bluefields lo esperaba.

III

Ivy fue a su encuentro en el aeropuerto que cambia de nombre según el partido político que ostenta el poder: para los de derecha Las Mercedes y para los cristianos, socialistas y solidarios, Augusto Cesar Sandino. Desde que lo vio a través de los ventanales de vidrio se dio cuenta de lo mucho que había cambiado. Vestía con pantalones jeans color azul, camiseta de cuello color celeste, tenis blanco marca Adidas, chaqueta de cuero color café y sobre su pecho colgaba una gruesa cadena de oro. El cabello lo llevaba bien corto y en su cara sobresalía un exuberante bigote que terminaba afinado en las comisuras labiales. Su cuerpo había cambiado, lo notaba robusto, con varias libras de peso de más y esa nueva apariencia hacia palpitar de entusiasmo su enamorado corazón.

Al salir con sus maletas (tres, más su bolso de mano), Ivy corrió a sus brazos. Se abrazaron, se besaron, dejaban de hacerlo, se miraban a los ojos y volvían a besarse como dos locos enamorados mientras robaban las miradas de otros que esperaban a sus seres queridos sin atreverse a demostrar su amor y cariño como ellos. Tomaron un taxi y se hospedaron en el hotel Camino Real por su cercanía al aeropuerto para partir en el primer vuelo del siguiente día hacia Bluefields.

Se alojaron en la mejor habitación. Al entrar, los besos no cesaron, las caricias, los deseos retenidos y la pasión desbocada, explotaron como un volcán en erupciones múltiples hasta que los cuerpos, vencidos por el agotamiento placentero, dejaron las huellas de su amor en el amplio sofá que amueblaba el ambiente y en las sábanas blancas de la cama king size. Renovados de espíritu salieron al restaurante donde cenaron como enamorados en su primera cita.

— Veo que aún llevas el anillo que te entregué hace más de un año —dice Joseph al acariciar su mano.
— Nunca me lo he quitado. Ha sido mi compañero fiel desde que te fuiste, testigo de mi soledad y confort del recuerdo de tu amor —respondió Ivy acariciándole las mejillas, sintiéndolas rellenas y un poco más abultadas.
— Prepárate, es tiempo que uses uno nuevo, uno definitivo, el que llevaras el resto de tu vida —dice Joseph mientras le muestra dos anillos de oro, anillos de compromiso con sus nombres gravados.
— ¡Joseph, no te entiendo!, ¿qué estas pensando? —pregunta Ivy mirando los anillos.
— Mi amor, nos vamos a casar. Quiero que seas la mujer que me acompañe de por vida, quiero que me des hijos, quiero una nueva vida y solamente con vos la podré alcanzar —responde besando sus labios.
— Pero así, de pronto. Tenemos que planear bien el matrimonio —dice Ivy, aún incrédula y llena de emoción.
— No te preocupes, todo está arreglado. Desde hace quince días hable con Breda Wine por teléfono para que en su iglesia nos casemos. Él ya lo sabe y nos casamos dentro de cinco días.
— ¡Pero Joseph, hay que hacer otros preparativos! No tengo traje de novia, tenemos que invitar a nuestros amigos y familiares —agrega Ivy.
— Todo está arreglado. Traigo tu traje de novia y las tarjetas para los invitados, espero que solamente sean familiares y ciertos amigos.
— ¿Por qué no me lo dijiste por teléfono? —cuestiona Ivy.
— Debes preaparte desde ahora para nuevas sorpresas. Espero sean muchas en nuestra futura vida —dice Joseph con una confianza que rebasaba los límites de la temeridad.

IV

De regreso en Bluefields, Joseph anuncia el matrimonio a su familia y a la de Ivy. Ambas lo celebran con alegría y señal de un mejor porvenir. Visita a Breda Wine y le entrega quinientos dólares para que se encargue de los preparativos de la iglesia. Camina hacia la casa de Zangó y un joven de unos dieciocho años se interpone en su camino. Es el nuevo enlace hacia el rey del callejón. Luego de explicarle sus motivos y al regresar con el visto bueno de Zangó, entra a la vieja casa donde lo espera acostado en una hamaca que cuelga en la sala.

— Has regresado. Como te veo, parece que te ha ido muy bien —dice el rey sin invitarlo a tomar asiento porque no existen, mientras se inclina empujando sus piernas sobre la hamaca.
— ¿Quién es el que ha ocupado mi lugar? —dice Joseph con cierto aire de celos mientras introduce su mano en el bolsillo derecho del pantalón para sacar dinero y dárselo a Zangó.
— No quiero ningún regalo de tu parte. No me debes nada. Al contrario, siempre estaré agradecido por tus servicios de enlace, el mejor que he tenido en estos últimos años. El nuevo enlace se llama Roger y te ha reemplazado desde que te fuiste.
— ¿Y Dorothy?, ¿aún esta a tus servicios? —pregunta Joseph mientras se sienta en el soporte inferior de la ventana de madera que da al callejón.
— Siempre. A ella le he confiado la espera de la camioneta Toyota Prado de los jueves —responde Zangó mientras se levanta de la hamaca. —Es una chavala seria y muy responsable —agrega.
— ¿Y como está el negocio?
— Mucho mejor. La situación ha mejorado. Tengo nueva clientela, las visitas son mas frecuentes. Hay mucha gente refinada que busca la cocaína, gente de las altas esferas sociales de Bluefields. El crack lo consumen los que ya no encuentran el placer del polvo, esos que puedes ver por las calles en estado lamentable, vagabundos que hacen cualquier cosa por drogarse.
— ¿Y vos?, ¿cuenta cómo te ha ido? —pregunta Zangó.

Joseph le explica con entusiasmo el tipo de trabajo que realiza, los lugares que ha conocido, las amistades que ha hecho, la cantidad de dinero que ha ganado en el transcurso del año y su continuidad por la renovación del contrato. Zangó ha regresado a la hamaca y lo escucha atento sin perderse ningún detalle.

— Eso me llena de alegría, se nota en tu rostro lo contento que estás, siempre supe que lo lograrías —dice Zangó cuando Joseph concluye.
— Me casare con Ivy el domingo, he venido a invitarte a la boda. Quiero que asistas.
— Joseph, querido Joseph, sabes muy bien que no podré asistir, mi vida no me lo permite, no puedo frecuentar ni siquiera la iglesia —dice Zangó con cierta pesadez en sus palabras, con un destello de dolor que sale de la profundidad de su ser.
— Pero puedes asistir a la boda civil. Se realizará en casa de Ivy el día jueves —insiste Joseph.
— Lo siento mucho, no podré. Recuerda que es el día del intercambio y debo preparar cuentas. Te deseo la mayor felicidad de este mundo desquiciado. Ivy siempre ha sido una buena muchacha y estoy seguro que serán felices. Ven, acércate, déjame darte un abrazo.

Joseph se acerca. Zangó se levanta de la hamaca y ambos se aferran en un abrazo fuerte y profundo. Es un abrazo de hermanos, del maestro con el aprendiz, del pasado con el futuro. El abrazo del rey en su calabozo y del súbdito libre, liberado de esa vida del callejón que se desvanece, que se erosiona con el paso del tiempo sin dejar huellas. Ese abrazo para Joseph duró una eternidad y el tiempo que permaneció aferrado a Zangó volvió a vivir su pasado, reconoció las caras que buscaban la droga, el ruido de la camioneta de luces intermitentes, el maletín de los jueves y las vidas desperdiciadas de los habitantes del callejón, de los niños, jóvenes, mujeres y de los ancianos. Se sintió lleno de culpa.

— Siempre he tenido la necesidad de saber, siempre me he preguntado si alguien intervino para que se me diera la oportunidad de irme embarcado —dice Joseph mirándolo fijamente a los ojos.
— Lo que está para vos nadie podrá quitarlo de tu camino. Todas las cosas que nos suceden tienen un fin, un propósito y el tuyo ya está definido —dice Zangó con un cierto aire filosófico.
— ¡Contesta mi pregunta! —insiste Joseph.
— El tiempo te dará la respuesta, él se encarga de aclararnos el camino y la mente. No te precipites, disfruta tu nueva vida, ama a Ivy, cría a tus hijos, edúcalos y sácalos de este maldito callejón. Ahora vete, visita a tus amigos, disfruta tu estadía en Bluefields —concluye Zangó.
— Volveré a visitarte, antes que regrese al trabajo —agrega Joseph al despedirse.
— No lo hagas, no debes exponerte más. Es por nuestro bien. Te deseo lo mejor —dice Zangó al verlo bajar las gradas de la casa.

Al caminar por el callejón Joseph medita. Aún siente el abrazo que le dio Zangó y un ardor en el pecho. Su cuerpo está impregnado de su olor. No comprende lo que le dijo, no termina de entenderlo, sus dudas han aumentado. De lo que sí está claro es que debe salir del callejón, abandonar definitivamente el lugar que lo vio nacer, el lugar donde sus ancestros y su familia ha vivido de por vida. Los olores pesados que inhala, la suciedad a su alrededor, los cuerpos drogados tirados en los corredores, los niños que corren desnudos y descalzos, los viejos que languidecen esperando la gracia divina para llevarlos a una vida mejor; son imágenes que se contraponen en espejos de realidades paralelas, entre su vida del callejón y la de olores fragantes, la higiene, lo reluciente, lo ordenado, las sonrisas de satisfacción y la fantasía que se vive en el crucero y los hoteles de descanso donde espera una nueva travesía por el majestuoso caribe.

V

El día domingo, a las nueve y treinta de la mañana, Joseph está listo en su casa, viste de traje con chaleco y corbata adornada por lunares blancos. Aparenta mayor edad. Por su parte, Ivy luce espléndida, reluciente y bella con el vestido de bodas que resalta sus mejores cualidades. Él aún no la ha visto vestida de novia. Joseph se dirige hacia la iglesia con su madrina. Ha escogido certeramente a Dorothy y nadie ha cuestionado su decisión. Al llegar a la iglesia es recibido por los invitados, principalmente familiares y amigos de ambos.

Luego de los saludos, caminan hacia el altar donde Breda Wine los espera sonriente con su traje de ceremonia, aparenta tener la conciencia y alma limpia. Ha realizado los preparativos de la boda con un esmero nunca antes visto. La iglesia se encuentra adornada con cortinas nuevas, flores silvestres y ha dado retoques de pintura color pastel a los cuatro costados de su templo. De pie, frente al altar, Joseph se acomoda al lado izquierdo de Dorothy y, tras una espera de diez minutos, se escucha la marcha triunfal de Mendelssohn que anuncia la llegada de Ivy. La comitiva adquiere la forma de un desfile que marcha al ritmo de la música, encabezado por las damas de honor y seguidas por Ivy que lleva sostenido con ambas manos el ramo de flores, mientras su padre sostiene con su mano izquierda su brazo derecho y al caminar ella lleva medio paso adelante. Los pasos de ambos son cortos y juntan los pies tras cada avance hacia el altar.

Todas las miradas se concentran en Ivy quien luce bella, hermosa, radiante de alegría y determinación. Joseph desde el altar la admira, nunca antes la había visto tan bella como en esta ocasión en que sellaran su amor para siempre. Al llegar al altar, el padre de Ivy toma su mano y se la entrega a Joseph quien se encuentra maravillado al verla tan reluciente y le dice: “te entregó a mi hija, luz de mis ojos, corazón de mi corazón y confío en que sabrás honrarla y amarla por siempre”.

Luego que los padrinos se acomodan a ambos lados de los novios, Breda Wine inicia la ceremonia dando la bienvenida. Como bien sabe hacerlo, dirige palabras alentadoras que relajan el ambiente tenso por el que pasan los novios. Procede a la liturgia del evangelio, lee a Tobías 8, 5 - 10 del viejo testamento y luego pasa a la homilía haciéndola bastante informal, aleccionando a los novios sobre el significado del matrimonio. En el interrogatorio ambos asienten, han decidido contraer matrimonio de forma libre, con la voluntad de guardarse fidelidad y cumplir con las distintas obligaciones matrimoniales. Luego procede a desarrollar el consentimiento con la participación de los novios:

— Ivy, ¿quieres ser mi mujer? —pregunta Joseph.
— Sí, quiero, Joseph —responde Ivy.
— Joseph, ¿quieres ser mi marido? —pregunta Ivy.
— Sí, quiero, Ivy — dice Joseph.
— Ivy, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida, todos los días y todas las noches —dice Joseph con emoción.
— Joseph, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente el resto de mi vida, en los momentos de felicidad y angustias, en la salud y enfermedad, hasta el último de mis días —concluye Ivy con lágrimas de felicidad en sus ojos.

Sellan su compromiso con los anillos y, al ser declarados marido y mujer, se abrazan como la primera vez y besan ansiosos, con un beso que concluye por los extensos aplausos de los participantes en la ceremonia. Al voltearse hacia los invitados, Joseph observa hacia la entrada principal de la iglesia y descubre la camioneta Toyota Prado de los jueves que sale deprisa del parqueo. No le presta mucha atención debido a los saludos, abrazos y deseos de felicidad para ambos por parte de los presentes. Está inquieto pero no permite que esa visión perturbe el momento de felicidad.

La fiesta de la boda se realiza en el segundo piso del hotel South Atlantic numero dos y termina hasta muy entrada la noche. Antes de finalizar la fiesta los novios se trasladan hacia el hotel Oasis donde han decidido pasar tres días con sus noches disfrutando su luna de miel. Al concluir, los invitados quedan satisfechos y recordarán el acontecimiento como uno de los mejores de los últimos años en la ciudad por la exquisitez de la comida, el ambiente bien decorado, la música variada y la felicidad de Ivy y Joseph.

VI

Acude nuevamente a su trabajo de asistente de camarotes. Previo al viaje ha convencido a Ivy que deben abandonar la vida del callejón. Para ello acuerdan buscar un terreno para iniciar la construcción de su casa. Viaja nuevamente a Miami, ahora más confiado que antes y con la determinación de ahorrar para rehacer su vida. Sus recuerdos y nostalgias se concentran en Ivy. Recuerda su luna de miel, revive los tres días de amor y placer compartidos sin inhibiciones, similar a un río que se esparce inundando con su torrente desconsiderado lo que encuentra en su curso.

Al llegar a Miami se dirige en otro vuelo a Fort Lauderdale para zarpar al siguiente día en el mismo barco hacia las Bahamas por cuatro días. Desempeña su labor con mayores ánimos y diario se comunica con Ivy. Al concluir el crucero le informan que a partir de ese momento ha sido asignado a una nueva ruta de viajes y promovido al cargo de supervisor de asistentes de camarotes con un salario mensual de cinco mil doscientos dólares. La vida le ha jugado una buena pasada y recuerda con claridad lo que Zangó le dijo aquella mañana, acostado en la hamaca, cuando lo visitó en su casa del callejón.

Viaja a Hawai. Se embarca en el Rhapsody of the Seas de la empresa de cruceros Royal Caribbean con capacidad de dos mil cuatrocientos pasajeros, doscientos setenta y nueve metros de eslora y velocidad de crucero de veintidós nudos. Un barco lujoso que hace la travesía por las islas de Hawai y culmina en Vancouver, Columbia Británica. Con frecuencia mensual deposita cuatro mil dólares en una cuenta bancaria a su nombre y transfiere siempre trescientos a su padre y el resto a Ivy a través de Western Union. Ivy en una de sus conversaciones telefónicas le comenta que tiene tres meses de embarazo. Joseph se siente el hombre más feliz de la embarcación, lo comunica a sus amigos, compañeros, a su jefe inmediato y celebran sin freno al llegar a Vancouver. Joseph insiste ahora más que antes en abandonar el callejón mientras Ivy le dice que ha buscado diversos terrenos en Bluefields y que en su próximo regreso tendrá que decidirse por uno para construir la casa deseada por ambos.

Durante un año continuo se desempeña en el puesto haciendo el mismo recorrido. Al término del periodo regresa a Bluefields con la ilusión de cargar en sus brazos a su hijo. Un día después de pasar en el barrio, en el callejón, visita diversos terrenos que se ofertan y decide comprar uno en el barrio Loma Fresca, un sitio alejado del centro de la ciudad y de su barrio, en el que se han construido casas modernas, pequeñas mansiones con arquitectura nunca antes vista en Bluefields.

Discute con Ivy porque ha tomado la decisión de salir lo antes posible del callejón. No quiere que su hijo, a quien ha nombrado Samuel, siga en la casa de sus padres. Los siguientes días se hospedan en un hotel, hace los trámites legales para la compra del terreno y busca una vivienda en alquiler para que Ivy y su hijo se trasladen a vivir en ella tras su ausencia. Los padres de ambos resienten la decisión tomada pero al final aceptan los argumentos de Joseph: quiere una nueva vida para su mujer y su hijo. En una visita a Zangó lo felicita y le augura un esplendido porvenir.

VII

Con el paso de los años Joseph continúa embarcado y regresa cada año a Bluefields en sus vacaciones. Cinco años después de haber comprado el terreno en Loma Fresca concluye su casa soñada. Los planos y su diseño se los hizo un arquitecto que conoció en uno de sus viajes y que lo acompaño a Bluefields para inspeccionar el terreno de una manzana. La casa es majestuosa. Es de dos pisos con una fachada parecida a la de la Casa Blanca. En el primer piso tiene un área de recepción, una amplia sala amueblada con todo lo necesario y moderno, una sala con una mesa de billar, a un lado una terraza con un moderno horno para hacer asados, dos baños de lujo y una espléndida cocina. En el piso de arriba seis habitaciones cuentan con aire acondicionado, baños privados con ducha caliente, camas king size, televisores de plasma de treinta y dos pulgadas y en el centro de ellas una amplia sala de estar con un bar exquisitamente surtido. Un pozo artesiano abastece de agua que almacena en dos tanques de cinco mil galones cada uno.

Luego de veinticinco años como jefe de camareros en los cruceros de Royal Caribbean, decide retirarse. Ivy no ha podido darle más hijos. Samuel estudia ingeniería en la Universidad Católica de Managua. En el garaje de su casa hay tres vehículos parqueados. Un Toyota Corolla que utiliza Ivy, una camioneta Mercedes Benz de color blanco cubierta totalmente y una camioneta Ford Explorer que Joseph utiliza en sus salidas por las calles de Bluefields.

Zangó ha transferido el trono. Su reinado ha concluido. Ahora el rey del callejón es Kachá y su enlace de los jueves sigue siendo Dorothy, la madrina de matrimonio de Joseph. Uno de esos jueves de transacción, la camioneta en que debe depositar el maletín y retirar el saco de bramante ha cambiado. Dorothy lo sabe, Kachá se lo ha dicho. Luego de circular la camioneta color celeste con plomo y luces intermitentes ahuyentando a los trasnochados, una camioneta Mercedes Benz color blanco se estaciona, Dorothy deposita el maletín y retira el saco, su peso ha aumentado, ahora es de treinta kilogramos. Escucha una voz en la cabina que la saluda. Su rostro cambia de semblante, deja de estar nerviosa y se siente segura, en confianza porque reconoce la voz, sabe quién es el nuevo suplidor de la mercancía.

Mientras Zangó ha desaparecido del callejón y Joseph ha realizado sus sueños, la vida del callejón se esfuma, se disipa al igual que el humo del crack o la cocaína inhalada mientras el futuro de los niños y los jóvenes es cada vez mas incierto, sin que nadie cuestione y actúe para erradicar el mal deseado por muchos que viven a expensas de generaciones que se pierden en la marginación, la pobreza y las drogas.

Ronald Hill A.
La Colina
hillron@hotmail.com
Miércoles, 10 de noviembre de 2010
Nueva Guinea, RAAS.


lunes, 1 de noviembre de 2010

CUANDO UN HOMBRE NO TIENE AUTONOMIA, NO TIENE NADA MAS

Es uno de los principales personajes de Bluefields. Una mañana decidí visitarlo en las oficinas de la Fundación Autónoma para el Desarrollo de la Costa Atlántica de Nicaragua (FADCANIC), donde ejerce el cargo de director. Con hospitalidad me atendió la recepcionista y se comunicó por teléfono con él. De inmediato subí al segundo piso. Al fondo del mismo tiene su despacho. Es el profesor Hugo Sujo Wilson. Me identifiqué y comentó haber conocido a mi padre. Le expliqué que deseaba hacerle una entrevista y quedamos para el día siguiente. Comparto con ustedes una de las conversaciones más amenas e interesantes que he tenido en estos meses.

Estimado profesor, coméntenos sobre sus orígenes, sobre su familia.

Siempre digo en conversaciones entre amistades y personas que me hacen esa pregunta, me gusta decir siempre que yo tengo todititas las razas de la humanidad, no me pueden mencionar una sangre de una raza que no tengo, tengo sangre negra, sangre china, sangre indígena, de blanco, todos, todos, de todas las razas. Pero me considero, me identifico como un verdadero negro creole.

¿Pero cual es el origen de su apellido, Sujo?

Es chino, mi papa es un chino de Cantón. La mayoría de los chinos que vinieron a Bluefields eran de Cantón. Usted se acuerda de que Zelaya prohibió la entrada de los chinos, pero siguieron entrando legales e ilegales, sobornando a los oficiales, no pudieron parar jamás la inmigración china y había dirigentes políticos en Nicaragua que hablaban cosas muy denigrantes de los chinos, decían que eran la peor raza de la tierra. En el barrio donde vivo yo, siempre he vivido allí, en la corta calle donde nací en Punta Fría, había tres tiendas chinas; uno de esos chinos se metió con mi mamá o mi mamá se metió con él, no sé cómo fue, pero yo soy el producto de ellos.

¿Como se llamaba su Papa?

Carlos Sujo; bien conocido por entre los negros del barrio como Charles. Él se trasladó, cuando las cosas iban mal en Bluefields, a Boaco. Era un nómada de verdad.

¿Como se llamaba su Mama?

Elena. En esos tiempos los extranjeros se metían con las mujeres locales. Es una hija de un norteamericano. Eran los tiempos del auge del banano. Ella es media yankee. Tengo una hija, la doctora Katia Sujo, como es nieta de ella, puede verse la herencia indirecta.

Coméntenos sobre su niñez y adolescencia.

Mi familia, de parte de mi mamá, era de los más pobres del lugar. Nací en la pobreza. He estado trabajando desde que tengo memoria, desde los 8 o 9 años estaba vendiendo en el barrio, pattie, johnny cake, vendiendo de todo y buscando chamba. Cuando llegue a mi adolescencia, a los 15 o 16 años, junto con otros muchachos de los barrios, nos metimos a todo, en botes de canalete a pescar y en otras cosas como poder ganarse la vida.

¿Estudió aquí en Bluefields?

En esos tiempos había algunos criollos que tenían una instrucción relativa, tenían pequeñas escuelas en casas particulares, eran unos buenos viejos maestros, algunos eran misioneros, algunos negros muy educados de origen jamaiquino que también estudiaron en Jamaica y daban clases. Eran misioneros, uno de mis primeros maestros era el abuelo del doctor Cyril Omier, en el barrio usaban esos libros ingleses que se llamaban Star Reader y Royal Star Reader. Esos libros abarcaban un poquito de todo: historia, geografía y tenían un glosario, un tipo de diccionario después de cada lectura. Yo llegué hasta el quinto grado en esos libros, por eso aprendí mucho de la cultura e historia inglesas.

Ya en el quinto grado, mi mamá fue al colegio Moravo. La directora era Miss Marx y ella me contó que mi mamá llegó donde ella con lágrimas en sus ojos pidiéndole una beca para que estudiara en el Colegio. Yo había llegado hasta el quinto grado sólo en inglés, pero eso sí, daban también matemática, aritmética. Cuando llegué al colegio Moravo, yo no sabia ni abc en español y por eso me bajaron hasta tercer grado. Pero me resultó fácil por la aritmética y las otras clases. Allí me bachilleré en 1955. En esos tiempos daban la calificación y vino el tribunal de Managua a hacer el examen de bachillerato. Fui uno de los dos o tres que se bachilleró con notas de sobresalientes.

Yo abandoné los estudios en secundaria como dos o tres veces por la necesidad de trabajar antes de recibirme. Una vez, cuando estaba en tercer año, un grupo de muchachos nos fuimos a Managua, no había carretera, fuimos en un bote por el río hasta el Recreo y de allí a pie hasta donde llegaba la carretera y nos dieron raid, éramos doce jóvenes en busca de trabajo. Estando en Managua, mi mamá me mandó una carta triste diciéndome que escribía con lágrimas en sus ojos y pedía que regresara. No pude aguantar y regresé precisamente cuando conseguí un trabajo, un empleo con la TEXACO por medio de un amigo que trabajaba allí, exalumno del colegio Moravo, llamado Gonzalo Sequeira; él me presentó y cuando llegué el jefe encantado me dijo que siempre habían querido emplear a un muchacho bilingüe.

Cuando regresé a Bluefields, mi mamá fue al colegio y le pidió a Miss Marx que me aceptara y me aceptó contra todo el reglamento y la ley por la ausencia larga; ella escribió una nota que decía “matricula renovada” para que se la enseñara a todos los profesores y de aula en aula la iba enseñando. Cuando aparecí el primer día y anduve en las calles, todos mis viejos compañeros jodieron diciendo que era un fantasma. De allí continúe y logre bachillerarme. Cuando me bachilleré, mi único objetivo de bachillerarme era para estudiar derecho porque vivía enamorado de la profesión de abogado y todavía sigo estando enamorado de esa profesión.

Al bachillerarme, Miss Marx me pidió dar un año de clase y como no tenía trabajo ni nada más, como quien dice ni otro palo donde ahorcarme, decidí quedarme dando clase un año. Y me quedé dando clases desde 1955 a 1998. La mayor parte me quede allí trabajando, una gran parte de mi vida, la mayor parte, un total de 43 años.

Coméntenos de sus tiempos en el CIDCA

Cuando se fundó CIDCA, con el primer gobierno revolucionario, ya no podía vivir del sueldo de maestro y solicite trabajo en CIDCA. Estaba de colaborador un norteamericano negro, llamado Edmundo Gordon, que era el director y Charles Hale. Encantados me recibieron, siempre dijeron que querían a alguien como yo allí. Edmundo dijo: Sujo, vos y yo vamos a poner a Bluefields en el mapa.

Con la ayuda de Mundo y algunas de las clases de mi carrera universitaria breve, fui tomando unos cursos de profesionalización en Managua y me contagiaron con la investigación histórica. Tenía un profesor de historia en Managua llamado Roberto Fuentes que simpatizaba mucho conmigo. Me interesé mucho por la historia y las técnicas de investigación. Eso fue en la UNAN, en la facultad de Ciencias de la Educación, y tenía una escuela de profesionalización para los maestros empíricos. Casi todos mis profesores en la primaria y secundaria, jamás tuve un profesor titulado, eran empíricos, eran bachilleres, eran muy buenos, por eso digo que los buenos bachilleres de antaño equivalen a más que los licenciados de ahora.

¿Que lo motivó a escribir la Historia Oral de Bluefields?

Había muchos cuentos, supersticiones, y cosas curiosas e interesantes. Se publicó en 1998, pero fue escrito tal vez diez años antes porque no había oportunidad de publicarlo, publicar era misión imposible y el CIDCA lo publicó. Me motivó recoger las creencias, supersticiones, costumbres y ciertos conceptos erróneos que se tenían de los bluefileños. Siempre me ha gustado, no sé si es una virtud o vicio combatir ciertas cosas. Yo le dije a mi esposa, después de este artículo El 11 de octubre no es el cumpleaños de Bluefields, que un día de estos la gente me va a linchar. Hay cosas erróneas.

¿Qué cree que le hizo falta incluir en la Historia Oral de Bluefields?

Si yo me pusiera a pensar, hallaría muchas cosas. Muchas personas me dicen hace falta esto, falta esto otro. Algunos personajes populares, yo no tengo todo, solamente algunos criollos, pero faltan unos mestizos. Si me pusiera a pensar. Yo por eso digo que esto es sólo el comienzo y me gustaría que otra persona lo continuara. Esto fue lo primerito, nadie antes había escrito algo de esta naturaleza. Estudiantes universitarios vienen a visitarme a cada rato para utilizarlo como referencia de sus investigaciones. Pero a mí me gustaría ver una versión aumentada.

¿De los buenos tiempos, que es lo que más añora de su Bluefields?

Bluefields, man, cualquier persona de mi edad debe recordar que Bluefields era mas sano, moral y socialmente. Yo no estoy de acuerdo con el famoso dicho de que todo tiempo pasado fue mejor. Todavía Bluefields tiene sus cosas buenas, pero sí, en el pasado habían algunas cosas: más seguridad ciudadana, seguridad en el hogar, en las calles, más empleo, menos hambre. La gente más pobre vivía comiendo gallo pinto con coco y pescado y carne de monte. Todas esas cosas ahora no son comida de pobre. Se podían ver en el solar de cada hogar de Bluefields árboles frutales, uno o dos árboles, mangos, caimitos, aguacates, así como pequeños huertos detrás de las casas con plátanos, banano, yuca, quequisque, etcétera. Ahora no y todo es caro.

¿Qué es lo que más le preocupa de la situación actual de Bluefields?

A mí, como yo tengo una vena política, lo que a mí de disgusta es cómo los políticos locales y las personas electas a puestos de responsabilidad obedecen a Managua, reciben órdenes de Managua a pesar de que estamos viviendo legalmente un proceso de autonomía y que por nuestra propia culpa no tenemos el valor de implementarlo debidamente. Seguimos dependientes, casi todos lo políticos, principalmente los de los grandes partidos Nacionales, reciben ordenes de Managua y algunos lo dicen descaradamente para justificar su conducta. Cuando un hombre no tiene autonomía no tiene nada más. Los políticos locales sienten que la sede de poder en todos los partidos está en Managua y que sin ellos no pueden adelantar personalmente; para mí eso es vergonzoso.

Yo militaba en el partido liberal, bajo el régimen de más de uno de los Somoza, en mi juventud. Yo no era de ese tipo de políticos. En aquellos tiempos era el departamento de Zelaya, y yo por mis escritos e información era dirigente sindicalista y armaba mucha bulla en la política local. Tenía un movimiento fuerte y con otros jóvenes dirigentes, usted sabe cómo es la juventud, a veces loca y vanidosa, nos jactábamos diciendo que los que no nos respetaban nos temían, por nuestros escritos y nuestra dirigencia. Y llega un momento que los grandes partidos tradicionales de las dos paralelas históricas, para fortalecerse ellos, el partido liberal me agarro a mí y el conservador a Cash. Él continúo en la política, pero yo decidí retirarme porque las cosas se pusieron demasiado sucias y hasta la vez son así. Los políticos hasta la vez también son malditos. Y pensando en mi familia y en mis hijos decidí retirarme. Como liberal escalé lo puestos mas altos que cualquier costeño podía alcanzar, me nombraron gobernador del departamento de Zelaya, se conocían como jefes políticos y eran nombrados por el presidente. Yo no pude cambiar ni guardar silencio.

Cuando fui gobernador teníamos aquí en Bluefields un buen comandante militar que se portaba bien con la gente, un coronel, el coronel Adrián Gross, y cuando se iba hicieron una gran despedida para él en el Club Social y me invitaron, no como un gran miembro de la alta sociedad, sino como jefe político. Usted sabe cómo son las fiestas, uno debe hablar, dar su discursito. En esa despedida del coronel Gross, como siempre joven fogoso, también le di un discurso fogoso y dije que lamentamos que se va el coronel Gross, un hombre tan bueno como él, pero que aquí en Bluefields también muchos saben en carne propia lo que hace la guardia. Al día siguiente comenzaron a llover telegramas al general Somoza diciendo que el jefe político atacó a la guardia. Eso fue el fin mío como el político gobernador. Me sacó Somoza de la manera más humillante y descortés, no como lo hacen mandando un telegrama diciendo gracias por sus servicios, sino que nombraron inmediatamente a Luciano S. Benoit en mí lugar. Al día siguiente sin comunicarme nada, llego a mi casa personalmente a enseñarme el telegrama, yo no dije nada y caminamos, porque no había taxis, a la oficina para entregarle.

¿Desde entonces abandono la vida política?

No, no. Continúe escribiendo, interviniendo, criticando y reclamando. Cuando se descachimbó, en buen nicaragüense, el gobierno liberal somocista, todos los grandes liberales y ex funcionarios huyeron. Lo único que hice por desconfianza, en una de esas migraciones, mandé a toda mi familia a Costa Rica por miedo a algunos fanáticos. Mi orgullo no permitía que corriera. Cuando era diputado existía la práctica de tener deudas y no pagar, y conseguir libres para importación de vehículos para venderla pero yo nunca las vendí. Yo era suplente de doña Alba Rivera y cuando fue nombrada ministra de educación ocupé su lugar por dos años. Cuando dejó de ser ministra volvió a ocupar su curul. Muchos amigos me decían que era baboso porque no me aproveche de eso. Por eso no tenía razones de huir, no tenía nada que temer.

Y cuando el nuevo gobierno Sandinista decidió, tuvo anuente y por razones tácticas políticas, dar la autonomía, me invitaron a participar. Yo no tenía nada de eso en mente. Algunos fanáticos sandinistas sabían que trabajaba como liberal con Somoza y me respetaban, así que me involucré.

¿Cuales son sus preocupaciones actuales?

Es humillante, me da vergüenza cómo actúan los políticos. Muchos son amigos míos, pero no tienen el valor cívico, político, ni moral. Yo tuve el valor de decirle en su cara lo que pensaba al coronel Gross, eso me costó el cargo, eso fue mi caída en tiempos de Somoza.

¿Cómo quisiera, como le gustaría ver Bluefields?

A mí me gustaría que muchos jóvenes se metieran a política por razones sanas, cívicas, con independencia de los partidos nacionales, eso sería lo ideal. Fui uno de los fundadores de una organización negra llamada OPROCO, Organización Progresista Costeña,  junto con Charles Mitchell, Foster Downs, Roberto Hodgson, entre otros; ese fue un movimiento de negros bien fuerte. Algunos trataron de denigrar el grupo llamándonos racistas. Tuvimos que hacer eso porque en esos tiempos ningún criollo fue nombrado en una posición importante en el gobierno. Nosotros buscábamos defender los derechos de las etnias criollas, buscar el progreso y comenzamos a construir la carretera, la trocha hacia Kukra River, con kermeses, rifas y un montón de actividades y trabajo voluntario, pero llegamos al convencimiento que no se podía construir con eso. Había un joven de Bluefields, asesor de Somoza para la Costa, y acudimos a él, no voy a mencionar su nombre, y talvez para ahorrarle dinero al gobierno de Somoza y quedar bien dijo que la carretera no era viable. Por la presión que ejercimos, mandó a un ingeniero que lo llevamos hasta Kukra River con un baqueano, y regreso caminando y rindió su informe diciendo que no era factible. Luego en una mesa de tragos dijo que debía informar así porque tenía miedo de que lo mandaran a construir esa carretera. Conseguimos una contribución del gobernador de Wisconsin, pusimos un monumento allí en la entrada con una placa agradeciendo esa contribución, creo que se la robaron porque últimamente ahora venden todo lo de metal. Lo mismo que hacia Twee Twee, pero éste era honrado, hombre fuerte y milagroso que buceaba en el fondo. Era un hombre misterioso.

Quiero ver a la juventud asumir, tomar posesión dentro del verdadero espíritu de la autonomía. De eso nos acusaban a algunos, cuando estábamos trabajando el proyecto de autonomía, de ser separatistas, pero la autonomía puede ser una realidad funcional como en muchos países, como en España.

¿Qué balance hace de la Autonomía?

Tenemos dos universidades funcionando y en plena vigencia un programa de educación intercultural, bilingüe, y lo de la salud y el simple hecho de poder de elegir nuestras propias autoridades, aunque no sirvan, pero es algo. En los mismos estatutos de la Autonomía, en la letra de la autonomía, tenemos derecho a disfrutar de una parte justa de lo que producimos, pero no se cómo va eso en concreto.

¿Qué opina de que muchos Costeños ocupan cargos públicos de alto nivel en este gobierno?

Ningún gobierno nacional antes ha dado a los criollos tantos puestos de significación, puestos altos como embajadores, etcétera. Y más importante, seamos sandinistas o no, tenemos que reconocer que el gobierno sandinista es el primero en la historia que ha estado anuente a darnos una autonomía política. Aunque en la historia, antes de la incorporación, éramos un pequeño estado casi independiente bajo el dominio de los ingleses, era una autonomía también.  Por eso digo que el presente proceso de autonomía que estamos viviendo no es algo nuevo, es la recuperación, la reconquista de la autonomía que conocieron nuestros antepasados, gracias al movimiento político e inteligente de los sandinistas darnos eso. Aunque para algunos nicaragüenses esto era un riesgo, pero nosotros no queremos nada de separatismo. Sólo queremos una verdadera autonomía para manejar nuestros propios asuntos.

Pero no nos dejan los mismos partidos

Exactamente, lo poco que tenemos en la ley no lo usamos. Hay una ley de Lenguas que obliga a los edificios públicos a poner rótulos y tener traductores en las instituciones como la policía y los juzgados, pero nadie lo hace. La gente debe llevar su propio traductor. Menos mal que la mayoría de los criollos hasta cierta edad somos bilingües. Sólo una minoría, unos cuantos viejitos, sólo hablan ingles, pero ya ni les importa.

La ley de tierras es un gran logro. Ese reconocimiento es una gran cosa. El gobierno de Bolaños creo que fue el que empujó esa ley por recibir reales, pero no les gusta, están arrepentidos.

Lo importante de la Universidades es que los profesionales se queden aquí para el desarrollo de la región. Las dos dicen que tienen la filosofía costeñista. Mi esperanza sigue siendo la juventud, tiene que ser por lógica la juventud el relevo para cambiar las cosas.

La administración de justicia, hay todas clases de disparates. Yo escribí que la juventud debe hacer algo y mencioné que, cuando éramos jóvenes, ante la situación de injusticia y explotación, había un tal Millet, de la Casa Cruz, que era así, sacamos una manifestación publica, sin permiso, con un ataúd diciendo se murió doña Ley. La juventud debería hacer algo parecido.

¿Cómo se siente usted ahora, como persona?:

No he perdido la esperanza, es lo último que se pierde. No tengo el menor interés en política partidista. Voy a seguir escribiendo, molestando, pero sin ningún partido político. No tengo interés en ningún puesto notable. Quiero ver a los jóvenes de todos los grupos étnicos en acción.

¿Qué edad tiene?

Tengo 78 cumplidos en mayo.

¿Qué otra cosa le gustaría hacer, algo que tenga pendiente?

Me gustaría, aunque ha pasado de moda, poniéndose obsoleto, un periódico escrito. Un periódico local. Yo escribía semanalmente en la Información un editorial y después Juan Santamaría tenía El Debate. Después hicimos un periódico mimeografiado, un periodiquito loco, violento y hasta ofensivo para algunas personas. Un periodiquito arrecho. Teníamos algunas suscripciones y pequeños comerciales. Esto es un deseo nada más.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 29 de octubre de 2010

sábado, 30 de octubre de 2010

HIMNO A LA AUTONOMIA

Entonemos hermanos costeños
El canto de amor y de paz
Que vibra y llena mi tierra
Con sueño, trabajo, lealtad y dignidad
Los signos de nuestra hermandad

Nuestro grito de jubilo se alce
Por encima de todo dolor
Sudor cual roce se asiente
Y llene hogares de fruto y de pan
De la vida el retoño vendrá

Tierra hermosa de ríos y mares
OH cuna de sabios ancianos
Corazón de pueblo costeño
El alma, el nervio de un pueblo inmortal
Tierra virgen, codicia mundial

Salve hoy, OH raza gloriosa
Te saluda el sol de unidad
Ondean palmas te aclama
Salve OH! Costa sagrada y bendita
Tierra virgen, tesoro ancestral

jueves, 28 de octubre de 2010

LA AUTONOMIA: AVANCES Y DESAFIOS

Foto Kenny Siu
Este 30 de octubre se celebran veintitrés años de haberse aprobado el Estatuto de la Autonomía, así se institucionalizó dicha fecha como el día de la Autonomía. En la Regiones Autónomas se desarrollan diversos eventos para conmemorar ese hecho que reivindica los sueños y aspiraciones de los diferentes grupos étnicos que las conforman y que viste a Nicaragua de diversas tonalidades al reconocerse como un Estado multiétnico y pluricultural, elevando en el escenario internacional su nivel de prestigio.

Con la Autonomía ganamos todos. La Autonomía debería llenar de orgullo a todos los nicaragüenses. Los derechos, sueños y aspiraciones de los pueblos indígenas del Pacifico, Centro y Norte del país se han visto fortalecidos y, en muchas ocasiones, materializados con la aprobación de la Autonomía para los pueblos indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe; similar triunfo al de un hermano desaparecido que ha regresado a casa y todos lo festejan con alegría. El resto de los Nicaragüenses también deberían llenarse de orgullo: muchas voces, diferentes razas, diferentes culturas, diferentes formas de ver el mundo es una riqueza que hemos recuperado cuando vemos en otras partes del planeta el exterminio de ellas por la intolerancia, la codicia, la avaricia y el etnocidio.

Nicaragua cambió para siempre después de haber aprobado el Estatuto de la Autonomía; le reconoció a la Costa Caribe, después de noventa y tres años de la reincorporación violenta y avasalladora por el régimen de Zelaya, el derecho de practicar sus formas tradicionales de tenencia y uso del territorio, sus recursos naturales, sus formas de organización y la libertad de elegir a sus propias autoridades. Eso es lo que festejamos.

Al hacer un balance de estos años, en Autonomía el saldo es negativo a pesar de los grandes avances que se han dado. Nicaragua es un estado moderno, ejemplo para muchos otros que hoy debaten lo que nosotros hemos realizado. Tenemos todo el andamiaje jurídico y legal para que las cifras rojas del proceso autonómico vivido hasta hoy se conviertan en números halagadores que muestren con mayor claridad el porvenir, que iluminen el futuro de las nuevas generaciones que lo demandan.

Con la Autonomía los pueblos de la Costa Caribe han creado sus propias instituciones. Una de ellas son los Consejos Regionales, eligiendo a sus propias autoridades, para bien o para mal, pero propias, dejando a un lado la práctica de la imposición desde Managua, por el partido de turno en el poder, la figura del gobernador o del jefe político. Ahora son los pueblos garifunas, misquitos, creoles, ramas, sumos, mayangnas y mestizos, los que aseguran su representación en la máxima instancia política regional para gobernar su territorio, algo nunca antes visto y negado por siglos. La universidades de la Costa Caribe, URACCAN y BICU, son instituciones que tienen claridad en su visión y misión para contribuir a fortalecer el proceso autonómico, formando a las nuevas generaciones que ya no deben viajar a las universidades del resto del país para incidir en el desarrollo de su territorio acorde con sus potencialidades. Hay otras instituciones, pero estas dos son ejemplo de avances.

Lo negativo, lo perverso, lo indeseable, lo que resalta las cifras rojas, continua siendo, aun con Autonomía, el grado de miseria y abandono; los altos niveles de corrupción; la impunidad de los funcionarios autonómicos corruptos; la alta inestabilidad jurídica y legal de las tierras indígenas, incluso cuando se les ha reconocido su derecho histórico mediante la demarcación y titulación; el narcotráfico y narcomenudeo que invade las aulas de clases; los altos niveles de desempleo que motivan actos delincuenciales y la inseguridad ciudadana; la falta de sensibilidad de todos los gobiernos centrales que todavía consideran que con discursos y proclamas la realidad puede cambiarse; la complicidad de los grandes partidos nacionales que corroen y motivan con sus ambiciones de poder los actos corruptos de sus símiles en las esferas de las Regiones Autónomas.

La Autonomía tiene un gran desafío. Los mestizos de la llamada Zelaya Central, conformada por los municipios de El Rama, Muelle de los Bueyes, El Ayote y Nueva Guinea, ven con recelos el proceso vivido hasta hoy por los hechos y porque han sido marginados de la misma. Sus voces y propuestas no han sido escuchadas por el articulo 42 del Estatuto de la Autonomía que literalmente señala “las zonas que se encuentran actualmente bajo otra jurisdicción se incorporarán a su respectiva Región Autónoma a medida que las circunstancias lo permitan y que éstas sean definidas y determinadas por la Región Autónoma respectiva en coordinación con el Gobierno Central”.

¿Hasta cuándo lo permitirán las circunstancias? Con el balance logrado hasta hoy pareciera que nunca. Es más probable, más seguro, que con el correr de los años, tome fuerza y forma el parto doloroso y no esperado por muchos de una Tercer Región Autónoma si la situación actual que se vive con la Autonomía no se revierte para que dé los frutos deseados.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 26 de octubre de 2010

domingo, 24 de octubre de 2010

EL CONJURO


Llueve a cántaros. El trayecto es corto pero se torna cada vez más intenso. Va sentado en la parte delantera. Asoma la cabeza fuera del plástico y observa la oscuridad de la noche. Minutos después, mar y cielo se estremecen con la furia de los truenos. La luz de las descargas eléctricas muestran caras desconocidas a su lado, nunca antes vistas, caras de muertos en vida. Se acurruca sobre sus rodillas y le pide a Dios que lo proteja. Sus manos tiemblan, las quijadas desesperadas hacen contacto veloz de manera involuntaria. Sólo escucha el rugido de los truenos, el ruido del motor y el contacto de las furiosas olas con la panga. De pronto la velocidad disminuye, signo de cercanía al muelle, agradece al Señor.

En la maniobra para acercarse al muelle la panga cruza entre varios barcos, el rumbo estaba equivocado por la tormenta. Se desliza en las aguas sorteando las gruesas amarras de los barcos; al tratar de observar lo que ocurre sacando la cabeza por encima del plástico, impacta en su pecho una de ellas y cae al agua. Abatido, logra salir a la superficie y su cuerpo hace contacto con uno de los barcos por el arrastre de la corriente. Escucha gritos, observa el destello de luces a su alrededor. Una soga cae a su derecha y se aferra a ella. Lo han rescatado.

Camina en la oscuridad de la noche por el andén. Su cuerpo tirita de frío. En el recorrido no encuentra una sola alma. Un perro negro sale violentamente a su paso y trata de clavar en su pierna izquierda las mandíbulas filosas y chorreantes de saliva espesa. Corre desesperado, a su encuentro sale un perro blanco que se trenza en lucha a muerte con el negro hasta ahuyentarlo, se queja moribundo de dolor, temblando con el rabo entre las piernas. El perro blanco lo acompaña el resto del camino.

Observa su casa a la distancia. Al acercarse, el perro blanco le ladra tres veces como despidiéndose y lo abandona. Una luz tenue ilumina la entrada. Un gentío está en el porche pero ninguna persona le es conocida. Escucha muchas voces, en varios idiomas, ninguna le es familiar. Entra a la sala. La busca entre la gente y, al observar hacia el fondo, nota que sube las gradas hacia el segundo piso. No le ve la cara, sólo su figura. Es ella, piensa. Vuelve la mirada hacia un lado y observa a una mujer acostada en una tijera. Es joven, lo invita a acostarse a su lado. Cansado se acuesta, siente la tibieza de su cuerpo y las manos que acarician su rostro. Las manos se tornan gélidas y se levanta asustado. Busca a la otra, no la encuentra. Vuelve la mirada a la tijera y allí está, dormida con una bata blanca. La otra ha desaparecido. Qué raro, piensa.

De pronto todos comienza a gritar. Corren enloquecidos de un lado a otro en la casa sin saber qué hacer. Observa y se da cuenta que el agua inunda la casa, fluye por los lados y se derrama desde el segundo piso. ¿Qué pasa?, pregunta. ¡Es un conjuro, un conjuro!, le gritan. No halla qué hacer. Vuelve la mirada en busca de ella y la tijera está vacía, pero llena de sangre, sangre que también se derrama. Ha desparecido. No comprende lo que pasa. La gente barre el agua sin descanso y a su lado se torna roja. ¿Qué se hicieron?, pregunta. ¡Se fueron, se fueron a la otra casa!, le responde una voz de niño. ¿Hacia dónde?, pregunta. ¡Allá, allá, a la casa de verde con blanco, la que está al final del andén!, le responde la misma voz.

Sale de prisa, asustado. No comprende lo que ha visto. Se llena de valor y sigue caminando en busca de la casa verde con blanco. En el trayecto, al dar la vuelta en una esquina, la esquina desde donde se observa el mar, se le cruzan en el camino siete hombres armados. Primero pasan a su lado cuatro, los otros tres se detienen. De pronto, uno de los que están frente a él carga el fusil y corre a su encuentro tirándolo a sus pies. Al darse cuenta de la intención corre a un lado y se refugia en el tambo de una casa. Se dispara el fusil en automático y se entabla un combate entre todos ellos. Los disparos lo ensordecen, en la última ráfaga se vuelven a juntar como si nada hubiera pasado y siguen su camino. ¡Dios mío!, ¿qué es esto?, se pregunta y sigue en busca de la casa.

Al llegar, la encuentra vacía. Entra a la sala. No hay muebles, no hay espejos, solamente un silencio ensordecedor. Con temor camina hacia el fondo. Al salir a un corredor en la parte posterior observa impresionado. Están reunidos en un círculo, son siete. En el centro está ella. Lleva la misma bata blanca pero cubre su rostro con un pañuelo rosado y el cabello con un turbante rojo. En su mano izquierda sostiene una flor roja. Se esconde a un lado de la puerta y la escucha decir:

"Santa Elena, reina fuiste y al calvario llegaste, tres clavos trajiste: uno lo tiraste al mar para que los navegantes se salvasen; el otro se lo diste a tu hijo; el tercero que te queda no te lo pido dado sino prestado para clavarlo en el corazón de Marvin, para que venga a mí amante y cariñoso, fiel como un perro manso, como un cordero caliente, como un chivato; que venga, que venga, que nadie lo detenga; que corra, que corra, que nadie lo socorra; si hay una silla que no se siente; si hay una cama que no se acueste; que venga por el camino de Santa Elena; que los pasos se le alarguen y el camino se le acorte. Amén".


    ¿Y dio resultado el conjuro? —le pregunta Raúl a Marvin veinticinco años después.
  No jodas, salí corriendo como un demonio. Al inicio no creía en esas pendejadas, dice con el rostro aún asustado. Pero me hizo pasar una época en la que me volvía loco por regresar a ella y me desbocaba así como le pidió a la Santa.
  ¡Un clavo saca otro clavo! ¡Ese clavo de Santa Elena me lo sacaron en Diriomo, me llevaron donde un brujo! —dice Marvin con una sonrisa nerviosa.
    No te creo, solo cuentos sos —le dice Raúl.
  ¡No jodas, cuídate! ¡Atenerse al santo y no rezarle es jodido! —contesta Marvin con las manos temblorosas.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 24 de octubre de 2010

miércoles, 20 de octubre de 2010

EN BLUEFIELDS CON EL POETA

I. EL ENCUENTRO Y NUESTRO REINO

Foto El Nuevo Diario
Tenía muchos años de no verlo. Salí a la recepción del hotel en busca de la guía telefónica y noté que al lado alguien me observaba. Nos vimos, nos reconocimos, nos dimos la mano y un abrazo de hermanos. Fue mi maestro, lo seguirá siendo. Es Guillermo Villanueva, llamado con cariño “Memo” por los chontaleños y sus amigos. Quedamos de vernos por la noche. No lo logramos hasta el día siguiente. Conversamos en su habitación. Me habló de sus libros, de sus escritos y poemas; uno de sus textos es especial, es un poema a Bluefields, en él recupera recuerdos de días lejanos y felices. Me lo pasó para leerlo. No, le dije, vos sos el poeta y quiero que lo leas con la inspiración que te motivó a escribirlo. Lo leyó inspirado. Evocó la bahía por un amor que debió haber sido suyo toda la vida.

Salimos a recorrer las calles de Bluefields de tarde. Caminamos hasta el parque donde se celebraba la elección de Miss Bluefields. Al inicio evitamos la música estridente. Subimos al kiosco, luego me dijo que quería ver de cerca el nuevo edificio, antes el Cristóbal Colón, del consejo regional. Más tarde lo invité a que descubriera los centenarios caobas y se quedó admirado. Trepamos al pie del monumento de la autonomía y desde allí observamos a las bellas disputándose el título de ganadora. En un entremés vimos una competencia de baile, desde el inicio dijo: “la gorda, la gorda va a ganar”. Así fue. Es sensual, tiene cadencia, dijo.

Caminamos a un costado del parque, el que lleva al estadio de béisbol. Allí nos sentamos a platicar y preguntó sobre mi vida; se la mostré en varias tomas. Estás bien, seguí así, dijo.

II. LA CUCARACHITA CHONTALEÑA

No bebe ni fuma. Desde que lo conozco sus placeres han sido la lectura, la escritura, la buena comida y las musas que lo inspiran. Subimos a la azotea de un restaurante y las pláticas cesaron hasta muy tarde.

Tiene buen apetito. En una de sus salidas gastronómicas visitó los Pollos Tip Top y descubrió que hay cucarachas. No puede ser, son irresponsables. No se los perdono, dijo. Al pasar por el lugar, con entusiasmo, me lleva a verlas desde afuera, a través de las ventanas de vidrio. ¡Mira, mira, allá están! ¿Las ves? Sí, sí, le digo. Son pequeñas, son raras.

Al día siguiente por la tarde había acordado con Carlos Eddie Monterrey en vernos para identificar a dos de los nueve jóvenes guerrilleros que aparecen en una foto junto con él. ¿A dónde vamos?, pregunta. Sí, vamos, me dice, yo lo conozco. Llegamos al rancho. El lleva uno de sus libros para regalárselo. Yo cargo la cámara fotográfica y en ella va la foto. Al llegar, llamo por teléfono a Carlos y responde que no tarda. Qué vas a comer, pregunta. Camarones al ajillo, le digo. Pedí pues, yo voy a ver cómo están, a ver si me decido, contesta. Al llegar Carlos Eddie, después de los saludos, toma el libro, lo firma frente a él y se lo entrega. Sirven mis camarones y decide pedir lo mismo. Hoy tengo ganas comer bien, así que tráeme, además de los camarones, una tajaditas de plátano con chanchito, le dice al mesero. Le muestro la foto a Carlos Eddie y no recuerda el nombre de los dos que me interesan, son los que nadie recuerda. Míralo, le dice, cómo come, está calladito. Le sirven sus platos y Carlos Eddie ordena que sirvan un plato de rondón. Me quedo extrañado, estoy lleno. Lo comemos también, dice.

Entusiasmado, Carlos Eddie lleva la cámara a su esposa para mostrarle la fotografía. Cómo ves a Carlos Eddie, me pregunta. Lo veo tranquilo, sereno, sin prisa, no tiene ningún estrés. Lo veo inmerso en su negocio, en sus planes de mejora, en rescatar la cultura local, está sin preocupaciones. Así lo veo yo también, dice. Al regresar Carlos Eddie se lo comenta. Le pregunta sobre las mejoras del Rancho. Tengo que estar pendiente del mantenimiento, hay que fumigando con comenejol, dice Carlos Eddie. Inmediatamente le cuenta lo de las cucarachas y Carlos Eddie se sorprende y dice: fíjate, aquí antes no había de esas, son chiquitas, son raras. Se vienen por los árboles, ya inundaron Nueva Guinea y ahora están en Bluefields, son cucarachitas Chontaleñas, digo. Para de comer y ríe a carcajadas. La palma de su mano derecha busca la de mi mano izquierda y las chocamos entre carcajadas. Sos bandido, dice. ¿Quieres una tortillita tostada, con queso y cuajada?, le pregunto. Aquí no hay, sólo que las hagan de leche de coco, contesta y reímos a carcajadas.

III. LA DE BLANCO O LA DE NEGRO

No han servido la comida. Pide vaso de jugo de naranja tipo frost. El mesero le dice que la licuadora se ha dañado y él se ríe a carcajadas. El mesero le ofrece uno preparado con hielo bien picado y lo acepta. Ve que frescura, dice.

Mira, mira, dice en voz baja y con malicia. Dos damas le hacen compañía a un hombre de unos sesenta años en una mesa cercana. Una de ellas lleva puesta una blusa blanca, es la más joven. La otra viste una blusa negra. El hombre está sentado en el centro, ellas a los lados. Quiero ver si sos fiera, me dice. A cuál de las dos crees que enamora, me pregunta. Creo que a la de negro, pero estoy seguro que para vos es a la de blanco, le digo. Pues sí, dice. Mira, mira, como la atiende, dice. Cuando terminan de comer y se retiran de la mesa las queda viendo. Fíjate bien, le digo. Es más bella la de negro, dice. Sos fiera.

IV. EL POETA Y EL PARAGUAS

Salgo a la recepción del hotel y llevo un paraguas en la mano derecha. Por si llueve, le digo. No va a llover, me dice y regreso a dejarlo a la habitación. Vámonos, caminemos, me dice. Recorremos las calles, las esquinas y recuerdos comunes. Quedamos en volver a vernos el día siguiente. Salgo de la habitación y lo espero en el porche. Lleva un paraguas y me da la impresión que lo necesita de apoyo. ¿Y ese paraguas?, pregunto. No va a llover, le digo. Es mi entrada al paraíso, dice golpeando el piso con la punta. La recepcionista ríe a carcajadas, yo divago y luego, al comprenderlo, también sonrío.

V. SUS RECUERDOS DE BLUEFIELDS

Bluefields le da nuevos brillos. Así lo percibí. Se siente en un mundo encantado y encantador. A varios amigos nos acompaño en 1977, durante el periodo de vacaciones. Conoció mi casa, mis padres y hermanos. Mi padre le mostró las artes de pesca. Pero de todos sus recuerdos sobresale su diosa, así la llama, Johanna. Todavía hoy, después de tantos años, siente el aroma de ella al pasar por la que fue su casa. Al escucharlo leer el poema a Bluefields, comprendí por qué sobrevive en sus recuerdos aquel llamado ardiente y puro, tierno y volcánico de su diosa; con el paso de los años, tal como su padre se lo dijo, la tibieza de su ombligo sigue tentando sus noches en celo.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 19 de octubre de 2010