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miércoles, 14 de octubre de 2015

LOS COMPADRES Y LA GANADERÍA


La maleza recién cortada brillaba entre el pasto que comenzaba a crecer después de la lluvia. Un rebaño de ganado se protegía de la inclemencia del sol bajo la sombra de los árboles de Guanacaste, apiñado en un corral de alambre; el estado de sus carnes, la flacura, es producto de la mala alimentación y la escasez de agua en las llanuras chontaleñas. Los pozos están secos, los caños y ríos perdieron su alegría, la carretera de asfalto se derrite en sus lados y el hervor que emana sube como calentura hasta la cabeza. “Necesito un oasis”, pensé al avanzar sobre el empalme de Lovago en dirección hacia a Acoyapa, buscando la salida a San Carlos.

Vi un bar y me detuve girando a la izquierda. Traspasé un pequeño andén de acceso y me senté en una silla de madera a la orilla de un bordillo de bambú barnizado. Una mujer de unos treinta años, con el cabello negro ondulado que caía hasta sus hombros, se acercó con el menú en sus manos. “El Bejuco”, decía la portada.

    ¿Va viajando?
    Sí, hacia Nueva Guinea. Este calor está insoportable.
    ¿Va a tomar algo?
    Un refresco natural. ¿Tiene limonada?
    Ya se la traigo.

Su cuerpo firme se onduló al vaivén de los pasos como macolla de jaragua en la llanura chontaleña azotada por el viento.

Volví la mirada y noté otro bordillo pero de concreto; en ese ambiente dos hombres conversaban degustando un litro de cerveza y más al fondo un rotulo indicaba la ubicación de los servicios sanitarios. De frente, el bar tender llenaba un vaso con hielo. Levanté la mirada y noté el cielo raso de caña de castilla, los horcones de madera sosteniendo el techo. Escuché el rugir de una licuadora. Una camionetona Land Cruiser doble cabina, de color fucsia quemado, se estacionó; un hombre de unos 60 años con barbita de chivo canosa, lentes de medida y luciendo un sombrero camoapaeño se bajó de ella. Con el taconeo de sus botas entró al Bejuco y la mujer regresó con el vaso de limonada.

    ¡Hola, comadre! —dijo saludando a la mujer.
    ¡Adelante, compadre Julio! —respondió y lo siguió.

Bebí la limonada granizada y me di cuenta que estaba hecha de limón de castilla. Después de tres sorbos sentí lo helado subiéndoseme a la cabeza. “Buena parada”, pensé mientras veía cómo un jeep BJ40 de los años 70, color verde, se estacionó al lado de la camionetona. La mujer y Julio se quedaron expectantes, mirando hacia el andén de acceso. Un hombre de cabello gris cubierto por una gorra azul traspasó el bordillo.

    ¡Ideay, compadre Adolfo!, ¿por qué renquea? —expresó Julio desde la mesa que ocupaba.

El hombre caminó lentamente, sosteniéndose la pierna derecha con la mano. Jaló una silla y se sentó al lado de Julio estirando la pierna renca. La mujer lo observaba sin decir palabra.

    Creo que tengo artritis, talvez sea ácido úrico.
    No joda, compadre, lo que usted tiene es rencura de perro.
    No sea jayán, compadre.
    ¿Qué van a tomar? —preguntó la mujer.
    Un cuartito de whisky, de Johnny caminante con soda —dijo Julio. —Las bichas le hacen daño a mi compadre Adolfo —agregó cuando la mujer caminó hacia el lado del bar tender.
    ¿Y la comadre?, ¿cómo está? —preguntó Adolfo.

Julio tomó un puro del bolsillo de su camisa, le quitó el plástico, lo mordió, raspó un fósforo de lucifer en la mesa y lo encendió. El humo de puro rebotó en el cielo raso y su aroma se coló por mi nariz hasta estremecerme los pulmones. “Ummm, buen puro”, pensé.

    Está bien, recuperándose del tal chikungunya. Al rato eso es lo que usted anda, compadre. Ella así se levantaba de la cama, con esa rencura de perro, pero ya está mejor —dijo Julio tirando humo por la boca como dragón sentado en la piedra de Cuapa.
    No compadre, yo me conozco, esto no es ese tal chikun…, ya me enredé la lengua, ja, ja.

La mujer regresó a ellos con una bandeja sostenida por su mano izquierda y les sirvió. Al retirarse la llamé.

    ¿Se le ofrece algo más?
    Algo para comer, algo liviano.
    Le ofrezco quesillo, tacos y sándwich.
    Un quesillo, por favor. ¡Ah!, y otra limonada.
    No tardo —dijo y noté los ojos de color miel bajo sus pastosas cejas.

El ruido de una caravana de seis camiones ganaderos sobre la carretera, en dirección hacia el empalme de Lovago, estremeció los cimientos de El Bejuco.

    Mire, compadre Julio, allí van los novillos —dijo Adolfo de pie, sosteniendo su pierna renca.
    Esos vienen del lado de Nueva Guinea, allí hay abundancia pero están carísimos —respondió Julio luego de empinarse el vaso.
    Viera, compadre, cómo se apiñan esos camiones al lado de la catedral de Nueva Guinea, amanecen esperando que abran las puertas de la alcaldía.
    Ya los he visto, pero no he podido comprar terneros, nadie quiere venderlos y si se deciden te piden antojos de locura.
    Esa es la pechuga de la ganadería en estos tiempos, los toretes de doscientos cincuenta kilos.
    A propósito, compadre, ¿y los que me prometió?

El compadre Adolfo se empinó el vaso y saboreó el trago; sin responder se levantó y caminó renqueando en dirección a los servicios sanitarios. La mujer regresó y me sirvió la limonada y el quesillo.

    ¡Hola, amigo! —dijo Julio dirigiendo el saludo hacia mi lado. Volví a ver si era a otra persona y me di cuenta que me saludaba.
    Hola —respondí.
    ¿Va viajando?
    Sí, voy para Nueva Guinea por el lado de El Almendro.
    ¿Viaje de negocios?
    No, allá vivo.
    Su cara me parece conocida, ¿desde cuándo vive allá?
    Viví varios años en Juigalpa, pero desde 1990 radico en Nueva Guinea.

El compadre Adolfo regresó a la mesa, estiró la pierna renca y se sentó. La mujer estaba expectante con uno de sus hombros descansando sobre la barra del bar tender. Los hombres que bebían cerveza gritaron pidiéndole otro litro.

    El amigo es de Nueva Guinea —dijo Julio y Adolfo me saludó desde la mesa.
    Allí está el progreso —respondió Adolfo.
    Por aquí también se nota —respondí.
    Acoyapa es el pueblo típico ganadero, la ganadería es la fuente principal de su riqueza —dijo Julio.
    Los ganaderos viven el clímax del boom ganadero —dije.
    Los precios están buenísimos —dijo Adolfo.
    No se haga el chancho, compadre, ¿qué pasó con la ternerada?
    Mire, compadre, me ofrecieron un precio parejo, no pude negarlos.
    Se fija, compadre, por eso estamos como estamos, ni entre nosotros nos correspondemos. Por eso, porque no somos unidos, hasta de contrabandistas nos acusan los arribistas de los mataderos.
    Pero, compadre, vendí los cuarenta terneros a 62 córdobas el kilo, el lote entero, sin apartar cabeza, cuerpo y cola.
    Busque como reponerlos pronto porque los banqueros andan regando la bola que va a bajar el precio del ganado —dijo Julio.
    Dónde ha visto que la carne baja de precio, ese es amarre que tienen los banqueros que también son exportadores con los mataderos —dijo Adolfo.
    Póngase vivo, usted amárrese conmigo, la próxima ternerada me la aparta. Le voy a dar un cheque de anticipo. 
    Eso, mi compadre, en seis meses le tengo cincuenta toreritos.
    Pero no haga otra caballada, repóngalos, no ande de igualado, cuidado se va a comprar una camionetona.

Llamé a la mujer y pedí la cuenta. “Son cien pesos”, dijo. Me levanté y me dirigí a la mesa de los compadres ganaderos.

    Ha sido un gusto conocerlos —dije y les estreche las manos.
    Por allí nos vemos en Nueva Guinea —dijo Julio.
    Hágase la prueba del ácido úrico —le dije a Adolfo.

La mujer regresó con el vuelto, le di una propina y sus ojos brillaron. “Que le vaya bien”, dijo. En el trayecto hasta el empalme del Pájaro Negro, antes de girar hacia El Almendro, no vi ni una sola cabeza de ganado.


Octubre, 2015.