sábado, 27 de diciembre de 2025

EL HOMBRE QUE VENDE BOLSAS

 

El hombre que vende bolsas de plástico está sentado en una silla de ruedas. Está bajo la sombra que se extiende desde el frente de la tienda de los chinos, la Amazona y la calle de una sola vía donde casi se desbordan las ventas de verduras y hortalizas. Al salir del super, el sol golpea fuerte mi rostro. Me acerco con el carrito de compras.

El hombre vende bolsas como pan caliente a esta hora. Espero. Veo que una niña le ayuda a dar vuelto y a entregar bolsas. Él se ve contento.

Hay un movimiento acelerado de compradores que cruzan la calle entre esos tres comercios. Los taxis pasan buscando clientes. Los camiones que viajan hacia las colonias van repletos, acelerados, con pasajeros que cuelgan de la cola del camastro. A la izquierda, al sur, en la mera esquina de la casa donde vivía Donald Ríos, una rastra está cruzada porque no puede dar la vuelta, un parte de las llantas traseras están encaramadas sobre la acera y el flujo de vehículos se detiene.

La música suena alta y acompaña el trajín de la gente, de la corriente humana. Viene de La Amazona o del lado de los chinos.

—¿Cuántas quiere? —pregunta el hombre que está sentado en la silla de ruedas.

—Dos nada más —respondo.

La niña, con velocidad entusiasta, toma dos bolsas del moño sujeto al apoya brazos de la silla. Me mira con inocencia y me las entrega. Le doy veinte pesos al hombre y la niña, rápida, sin dudar, saca un billete de diez entre las monedas que el hombre tiene en una pana sobre sus piernas y me lo entrega.

—Gracias —digo y empujo el carrito de las compras hacia el estacionamiento.

Paso las compras a las bolsas y las ubico en la maletera del vehículo.

Cuando regreso a dejar el carrito, la veo empujando la silla de ruedas frente al súper. Lo hace con fuerza, con ganas, como si el hombre no pesara. Va rápido. Se ríe. Juega. El se deja llevar. No frena nada. Levanta el rostro al sol y sonríe grande, una sonrisa competa, de esas que no le piden permiso a nadie. La niña gira la silla y da vueltas: una, dos, tres. Se ríen los dos.

Como si el tiempo se detuviera, no hay silla, no hay ruido, ni música, no hay prisa, solo los dos en su alegría. Luego lo devuelve al mismo sitio de antes. Quedan ahí, bajo la sobra, contentos. Felices como si el mundo fuera solo eso.

Él se llama Julio Rostrán. Desde que lo conozco está pegado a esa silla.

—Ella es mi niña —dice. Se llama Allison. Viera usted qué inteligente es. Se sabe bien los números, va para tercer grado y ya le voy a alistar todos sus cuadernos para la escuela antes que se pongan caros.

La música ha bajado el ritmo, ahora suena Juan Gabriel con Así fue. La vía está desatascada, pero para ellos la felicidad sigue intacta, mientras se acompañan.

Me recuerdan algo simple y duro: la felicidad no siempre tiene piernas, ni dinero, ni vitrinas. A veces va despacio, empujada por manos pequeñas, sostenida por una sonrisa sincera. No vive en los lujos, ni en lo que presume. Vive adentro. En lo poco que se comparte. En el amor que no se rinde, aunque la vida apriete.

Ojalá les dure para siempre, pienso.

Les digo adiós de manos cuando regreso al vehículo.

 

26 de diciembre de 2025.

Foto Propia.


lunes, 22 de diciembre de 2025

LA CHICA DEL SWING

 



El swing de su casa era de madera,

anclado al corredor, paralelo al andén,

colgado de gruesos mecates,

ni pequeño ni grande.

Tres cabían en el.

Ella siempre estaba allí,

meciéndose en el viejo swing.

 

El viento venido del Tortuguero,

le refrescaba el rostro mestizo,

y la falda jugaba al vaivén

acariciándole las piernas

como si el aire también supiera amar.

 

A sus pies, libros y sus cuadernos,

los mismos que llevaba en su bultito de cuero

al cruzar la bahía rumbo al colegio

y colgaba a la espalda

al caminar las calles de Bluefields.

 

Nunca conoció de aburrimiento.

El swing era su refugio:

lectura, crochet, bordados,

revistas, Vanidades, fotonovelas.

Siempre allí.

Siempre ella.

 

La miraba al ir y al regresar.

 

Al ir,

desde lejos y cada vez más cerca,

la veía de espaldas,

con el cabello liso y negro

derramado sobre el respaldar del swing.

Hipnotizado,

buscaba sus ojos café miel.

Cuando lograba su atención por segundos,

le decía adiós.

Ella respondía

con una sonrisa nácar, distante.

 

Al regresar,

con el sol cayendo sobre la isla del Venado,

y ardiéndome en el rostro,

miraba el voleo de su falda,

sus piernas rollizas, firmes, bronceadas.

Adiós, decía.

Adiós, respondía.

 

Los fines de semana,

La falda cedía su lugar a un short cortito.

Belleza caribeña sin esfuerzo:

la brisa le rozaba las piernas,

alborotando sus bellos

como a flores de mar.

Olor a señorita recién bañada,

a vida extendida

a lo largo y ancho del swing.

Chinelas en el piso.

La puerta entreabierta del cuarto,

una cama de bronce esperándola.

 

A veces estaba allí con amigos,

sentados en el piso de madera,

riendo, conversando

felices con la inocencia intacta del corazón.

Enamorados no le faltaban.

Unos tocaban guitarra,

otros leían poemas de Neruda

como quien lanza redes al mar.

 

Siempre estuvo allí,

meciéndose en el swing,

hasta que un día

dejó de estar.

 

Uno de sus enamorados,

loco de amor,

la tomó en sus brazos.

Crujieron los resortes de la cama metálica.

El corredor quedó en silencio.

 

Al pasar por el andén,

vuelvo la mirada,

la sigo buscando

en la memoria del vaivén:

la chica del Swing.

 

22 de diciembre 2025.

Foto: Internet.


sábado, 13 de diciembre de 2025

ENTRE MUELLES


He estado entre muelles gran parte de mi vida. Entre pangas he viajado por la costa a diferentes lugares: Bluefields, El Rama, Kukra Hill, Laguna de Perlas, Cayos Perlas, Rama Cay, Orinoco, Tasbapounie, Patch River, Wawashang y a El Bluff. La mayoría de esos trayectos han sido por obligaciones: estudio y trabajo.

Viviendo en El Bluff, antes “el Paraíso”, no ahora, sino cuando era chavalo, ese lugar del muelle que llamábamos el de las pangas, era uno de mis lugares favoritos. Acudía por la mañanas para salir en panga hacia el colegio, un tiempo después de viajar en barcos pos pos. Por allí pasaron grandes personajes de el puerto de El Bluff en su época de auge económico y esplendor que los he incorporado al libro Hijos del Tiempo y la Arena – Relatos de El Bluff.

En Bluefields son como ecos de memoria. En ellos he escuchado voces y gritos de las diferentes etnias que atracan con cayucos llenos de alimentos para la insaciable población (desde carne de monte hasta frutas, verduras y raíces), llenándolos de multicolores y alegría, y de desechos que se tiran en la bahía generando olores característicos de la ciudad. Muelles de madera, en zancos y muelles de concreto que cambian con el tiempo la fisionomía de las orillas de la ciudad frente a la bahía. Son muelles improvisados de madera tal marimba sobre zancos, algunos nuevos, otros abandonados, varios perdidos que reviven en la nostalgia por el pasado. Muelles de restaurantes, de bares y cantinas asentadas a la orilla por la vista espectacular de la bahía al amanecer y en noches de luna llena.

Todos esos muelles en que he estado no solo son madera. Son espera, despedida y regreso. La genta va a ver quién llega y quién no. Eso pasa.

En los muelles el sonido manda. Agua golpeando pilotes, sogas crujiendo, motores cansados, voces que se reconocen a lo lejos. Si no se escuchan no es muelle.

La gente vibra en los muelles. Pescadores, cargadores, vendedores, niños descalzos, viejos mirando el horizonte, pasajeros y marineros. Cada uno con un fin y un ritmo diferente.

Los muelles tienen su olor. Sal, diesel, gasolina, pescado, alga, madera húmeda. El caribe primero entra por la nariz.

En los muelles el tiempo es lento.  Aunque tengas prisa, nada es urgente. Siempre se espera: la marea, el clima, la lancha, el visitante, los pasajeros. El muelle enseña paciencia.

En los muelles se nota el desgaste. Hay madera carcomida, clavos oxidados, pintura desgastada. Eso cuenta historias sin hablar.

La relación de los muelles con el mar no es una postal. Es respeto, miedo y dependencia. El mar da, pero también quita.

En los muelles muchas cosas no se dicen. Hay silencios largos, miradas fijas en el agua, gestos mínimos. Allí está lo más fuerte.

El muelle es frontera. Entre agua y tierra, entre irse y quedarse, entre la vida diaria y lo que puede pasar.

 

13 diciembre de 2025.

Foto: Muelle de la Colonia en El Bluff.. 

lunes, 1 de diciembre de 2025

UN HOMBRE PARECIDO A CRISTO LLEGÓ A EL BLUFF

 



Un hombre parecido a Cristo llegó a El Bluff,

a inicios de los años 70.

Era flaco, alto, con el cuerpo como un tronco seco

moldeado por el viento y el salitre.

Pelo largo, barba enredada,

ojos que miraban lejos,

como si siempre buscara otra orilla.

 

Vestía cotonas sueltas,

collares coloridos al cuello,

y sandalias con suelas de llanta.

Su andar, aunque desgarbado,

tenía un ritmo sereno,

como quien camina sabiendo

que no hay destino, solo camino.

 

Tenía una nariz fuerte,

las orejas se perdían bajo el cabello,

y los pasos largos lo llevaban

de punta a punta del andén,

y en los tres kilómetros cuadrados que El Bluff

podía ofrecerle al mundo.

 

No cargaba biblia,

ni venía con palabras sagradas.

No reprendía,

no prometía cielo ni infierno,

hablaba del amor como quien lo ha probado,

como quien sabe que la paz no se impone,

se vive.

 

Los marineros lo subían a sus barcos,

las mujeres de las cantinas

le guardaban café y pan dulce.

Los chavalos lo seguían con asombro,

no por lo que decía,

sino por la forma en que estaba vivo.

 

A veces lo llevaban mar adentro,

no para que pescara,

ni para que enseñara nada,

sino para que su presencia

hiciera más liviana la faena.

Él fumaba en silencio

y dejaba que el viento hiciera el resto.

 

Era común verlo sentado

en la esquina frente a la escuela y la capilla,

esperando a que alguien le preguntara algo,

para entonces hablar del amor,

como si de eso dependiera

que el sol siguiera saliendo al día siguiente.

 

Un día desapareció.

Mujeres, pescadores y jóvenes lo notaron.

Cada quien lo extrañó como si

fuera un pariente querido,

como a alguien que sin pedir nada,

les dejó una luz encendida.

 

Dicen que subió a la cúspide

del cerro Cuizaltepe,

como si fuera a dar su último sermón.

Desde entonces, nadie lo ha visto…

pero a veces, en varios pueblos,

alguien cree que lo ve pasar,

y al voltear, ven su figura

que se aleja.

 

 

Semana Santa de 2025.

Foto: Internet.