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lunes, 20 de mayo de 2013

EL ANCIANO DE LA CHAMPA INCONCLUSA


La carretera de macadán hacia Nueva Guinea partía en dos la finca Mokorón que albergaba a cincuenta familias evacuadas desde las profundidades de la montaña y, donde antes predominaba el verdor de los pastos, el plástico negro sobresalía desde la distancia. Mi labor consistía en realizar una inspección de los asentamientos porque en los medios internacionales eran denunciados como campos de concentración.
A tempranas horas sostuve una reunión con el responsable del asentamiento. Me facilitó los nombres y apellidos de los evacuados, el nombre de sus comunidades de origen y los bienes que habían logrado salvar; unos tenían cerdos y gallinas, otros unas pocas vacas pero la mayoría llegó sin nada más que su propia vida. Luego hice el inventario de los alimentos y enseres domésticos que tenían para garantizarles alimentación así como sus requerimientos para tres meses y, al concluir, salí a constatar las condiciones en que se encontraban las familias.
Los hombres y las mujeres estaban atareados; armaban la estructura de las champas con madera rolliza, clavándola hasta formar dos triángulos unidos de sus ángulos superiores por largos troncos que enlazaban con otros de menor tamaño de sus lados laterales para cubrirlos con el plástico negro.
En el recorrido encontré a un anciano sentado en un tronco frente a una champa inconclusa.
    ¿De dónde viene? —le pregunté.
    De El Delirio —respondió con una sonrisa.
Era su comarca, su lugar, su hogar y por sólo el hecho de nombrarlo su rostro se iluminó. Simplemente por eso.
    Estaba cuidando cerdos —explicó.
    ¿Cerdos? —pregunté sin ponerle mucha atención porque la labor de los otros me atraía.
    Sí, los engordaba con yuca y guineos. Fui el último en salir de El Delirio.
Me fijé en su barba larga y cabello blanco, sus ojos eran azules como los de un norteño, sus cejas gruesas y plomizas, calzaba botas de guardia y vestía de jeans con camisa manga larga.
    ¿Qué tipo de cerdos?
    De varios —dijo acariciándose la barba con su mano izquierda—. Tuve que dejarlos en la parcela.
Observaba a los hombres de los lados afanados en la construcción de las champas con ayuda de las mujeres. El responsable del asentamiento estaba a mi lado. Al fondo, en lo alto de un cerro, los milicianos hacían excavaciones para atrincherarse de día y noche en sus horas de posta.
    La contra nos anda merodeando —dijo el responsable cuando notó que los miraba.
Debía dormir esa noche en el asentamiento y partir al día siguiente hacia otro ubicado cerca de Nueva Guinea.
    ¿Cuántos cerdos eran? —pregunté.
    Nueve, tres curros y seis chapiollos, de esos que son picudos y no se sabe qué sangre tienen —contestó mirando fijamente al responsable.
    ¿Y tuvo que dejarlos en la parcela?
    Sí, por la artillería, por los cohetes que caían haciendo grandes huecos el teniente me dijo que no había tiempo, que debía apurarme para alcanzar el camión.
Los niños y las niñas corrían en los alrededores, jugaban y gritaban en ese mundo gris que los mantenía a salvo.
    ¿Y no tiene familia? —le pregunté mientras observaba a cinco campesinos que arreaban varias vacas en dirección contraria al cerro donde estaban los milicianos.
    No —dijo —, a nadie, soy sólo, mi patrona ya falleció.
    ¿Y qué bando le gusta?
    Ninguno, no me interesa la política, vea a lo que nos han llevado. He andado largos caminos, tengo setenta años y creo que ya no puedo seguir más.
    ¿Y la champa?, ¿cuándo la termina?
    Ellos me van a ayudar cuando se desocupen —dijo señalando a los vecinos.
Me despedí del anciano y seguí recorriendo el asentamiento. Por la noche se realizó una reunión con los representantes de cada comunidad evacuada para conocer la problemática que enfrentaban. Dormí en una hamaca colgada en el corredor de la casa hacienda y a las tres de la mañana me despertó el sonido de las ráfagas de los fusiles que escuchaba en los alrededores, más allá del cerro.
Cuando aclaró el día me dijeron que no había bajas que lamentar, pero al recorrer el asentamiento constaté que el anciano de barba blanca y cabello largo había desaparecido con las dos familias que estaban ubicadas a los lados de su champa. “Se fue con la contra, lo vinieron a buscar”, dijo el responsable cuando pregunté por él.
Era un día soleado, el resplandor del sol sobre la copa de los árboles se filtraba a ambos lados de la carretera y, en el trayecto hacia “El Níspero”, no dejaba de pensar en la suerte del anciano y sus nueve cerdos.

Viernes, 17 de mayo de 2013