sábado, 23 de mayo de 2015

BRUJITAS, BRUJAS Y BRUJERIAS



Las brujitas son mi vida,
siempre alrededor.
Crecí viéndolas,
crecer, florecer, embellecer
el andén de mi puerto.
Pétalos blancos,
rojos y rosados.

Cuando llovía,
sus bulbos emergían de la tierra.
Al encontrarse la gente sonreía
deseándose mejor día.

Al pedazo de andén,
entre la esquina de Miss Lilian
y la casa de mi abuela Manuela,
lo vestían de colores.

Acogían pasos,
sus aromas acompañaban el trayecto,
al caminante embrujaban
vaivén al viento del oeste.

De brujas no digamos.
No es cuento,
es inimaginable lo que hacen
entre brujas y brujos,
resulta la brujería.


Brujitas, brujas y brujería.

martes, 12 de mayo de 2015

EL PATÍBULO DE BLUEFIELDS



En este sitio se colgaba y decapitaba a los condenados por traición y otros delitos, usado tanto por los piratas ingleses como por el rey mosco (Este pozo es una representación del mito).

La representación está ubicada en la esquina noroeste del Parque Reyes.

domingo, 3 de mayo de 2015

AL OTRO LADO DEL CERRO ABERDEEN


El lanchón atracó en la ribera derecha del río Escondido y los gritos despertaron a Jack; dormía en una hamaca colgada en la parte posterior del segundo piso de la cabina del capitán. Desde allí, entre cabezas y cuernos, observó la caía del sol sobre las quietas aguas del río y cómo se desvanecían las luces de ciudad Rama a medida que navegábamos río abajo. Era su primer viaje en un lanchón por el río y la también la primera vez que asumía la responsabilidad de comprar ganado bajo encargo de su padre para engordarlo en una finca ubicada al otro lado del cerro Aberdeen de Bluefields.

    Hemos llegado a Mahogany —dijo Stubbs observándolo a través de una pequeña ventanilla de la cabina.

Dos marineros lacustres sostenían las cuerdas; soltándolas poco a poco bajaban la rampla de proa, trataban de asentarla con firmeza en la orilla y cuando lo hicieron las amarraron de dos inmensos árboles de Teca. El lanchón quedó atracado de frente, en un recodo de la desembocadura del río Mahogany en el Escondido.

    Según la lista, aquí cargaremos veinte —respondió Jack.

La espesura de la neblina aún no se disipaba sobre las aguas verduzcas del río y los marinos se trasladaron a la cabina montándose sobre las reglas de madera que, como corral flotante, resguardaban el ganado embarcado la tarde anterior en el muelle de El Rama.

    Oye, Jack —dijo uno de ellos—, ¡a desayunar!
    Mientras esperamos es lo único que podemos hacer —dijo Stubbs.
    En el termo tengo café —respondió Jack.

En su mochila cargaba galletas de soda, chorizos enlatados, una libreta para apuntes de pasta negriblanca, un lapicero, un capote y el termo. Luego de bachillerase en el Colón se trasladó a estudiar agronomía al liceo de Juigalpa pero no le gustó el llano seco, el polvazal ni el intenso calor. Añoraba el mar, la brisa marina y a sus padres. “No aguanté ni seis meses”, me dijo al anochecer desde la hamaca en que durmió. Ahora Jack apoyaba a su padre en lo que requería; no podía ni debía estar ocioso, tenía que hacer algo además de entretenerse jugando béisbol con sus amigos en el equipo Los Diablos de El Bluff.

    ¡Ya vienen! —expresó Stubbs señalando hacia un claro existente en el denso follaje del bosque.
    Tengo que escoger los mejores —dijo Jack.
    ¿Cómo? —preguntó uno de los marinos—, son muchos.
    Separando al escogido para que los montados lo arreen sobre la rampla; cuando suba y avance hay que cruzar las reglas para que no se regrese —explicó Stubbs.
    Me faltan veinte, ¿todavía alcanzan?
    Sí —contestó Stubbs.

Jack bajó a la orilla del río, se subió a un tronco y desde ahí, luego de dialogar con el responsable del arreo, escogió los veinte animales; valoraba el estado de carnes, la altura, la apariencia de la edad y la ausencia de parásitos externos como tórsalos y garrapatas. Dos horas después, al concluir la selección y completar el embarque, un grupo de diez novillos quedaron descartados. De la mochila sacó su librera, escribió en una hoja y se la entregó al hombre.

    Dígale a Míster Hodgson que lo esperamos pasado mañana en Bluefields —le dijo al despedirse.

Los marinos soltaron las amarras despidiéndose con alegría de los montados y Stubbs encendió el motor poniéndolo en reversa; al retroceder tuvo que maniobrar con rapidez porque dos pangas rápidas se desplazaban río arriba y se sintió el peso de la carga balanceándolo hacia la derecha. Una vez en su curso río abajo noté un giro largo y acentuado en forma de U inversa para continuar navegando hacia Bluefields. Pasamos Krisbila y más adelante la desembocadura del río Kama;  a partir de ese punto el río se hizo cada vez más ancho hasta pasar por Schooney Cay y desembocar en la bahía de Bluefields.

Al norte de la punta de Old Bank, cerca del Sawmill o el aserrío llamado BLUMCO, Stubbs tuvo que esperar que el barco María Rosa terminara de alinear la madera que jalaba hacia los rieles que se adentraban en la bahía para luego ser procesada en el inmenso edificio.

    Llegamos con buen tiempo —dijo Stubbs con su rostro afrocaribeño reluciendo de satisfacción cuando atracó en la ensenada.
    Son las dos de la tarde —agregó Jack luego de constatar, desde la baranda de estribor donde estaba sentado, la hora en su reloj Timex.
    Allá viene el jefe —dijo uno de los marinos.

Era el padre de Jack que se aproximaba con otros tres hombres montados a caballo. Volví a ver a Jack y se encontraba descolgando su hamaca. Los marinos bajaron otra vez la rampla y comenzaron a gritar para que el lote de cuarenta animales abandonara la embarcación. Al salir a tierra, tres de ellos doblaron sus patas delanteras y cayeron al suelo, estaban entumidos por permanecer veinte horas en una sola posición durante el viaje desde ciudad Rama. Alfonso, el mandador de la finca del padre de Jack, un tipo corpulento, de bigote y barrigón, los separó del resto del lote golpeándoles el lomo con el sombrero como todo diestro campisto chontaleño. Mientras Alfonso estaba en ello, Stubbs, Jack y su padre conversaban; el padre de Jack lo abrazaba con su brazo derecho y lo noté feliz.

Media hora después caminé al lado de Jack detrás de los montados que arreaban el ganado por el camino de tierra que conduce al Pool. Al iniciar la marcha se notaban pequeñas casas de madera y techo de zinc, pero a medida que avanzábamos se tornaron de madera rolliza y techo de palma, sobresalían junto a los árboles de almendro derribados con los que hacían carbón para abastecer a la ciudad de tan apreciado bien por sus pobladores mestizos y black creoles. Poco a poco comenzamos a ascender en una acentuada pendiente con abundante vegetación a sus lados que impedía penetrar los rayos del sol, el camino se tornó en un sendero de tierra barrosa, oscuro y húmedo, donde las nubes de zancudos zumbaban a mí alrededor.

    Falta poco —dijo Jack.
    Después de aquel claro cruzamos la falda del cerro —agregó el padre de Jack que montaba atento de nuestra marcha.

Minutos después comenzamos a descender. Alfonso y los otros hombres no apuraban el arreo debido a la presencia de peñascos a ambos lados de la bajada. Al salir al claro noté la inmensa llanura existente al otro lado del cerro Aberdeen; a la izquierda se mostraba esplendoroso, cubierto de una densa y abundante vegetación.

    Desde el parque de la loma de El Bluff se ve azul  —dijo Jack.
    Por eso la ciudad se llama Campos Azules —agregó el padre de Jack sonriendo al volver su mirada.

Una puerta de golpe fue abierta por uno de los campistos y el ganado salió libre a una inmensa llanura de pastizales verdes. Sentí la brisa fresca del atardecer en mi rostro, vi el sol iluminando la montaña con sus diferentes tonalidades de verde hasta donde la vista me alcanzaba: verde claro, verde montaña y verde azulado. Cruzamos la llanura y observé la casa de la finca al pie de la caída de un promontorio con su corral de reglas a la izquierda; frente a ella, en la plazuela, varios tablones de madera, tablas y pilares, estaban entrelazados verticalmente secándose al sol. Al llegar los campistos continuaron arreando el ganado hacia la parte posterior de la casa, buscando una quebrada y el río que cruzaba la mayor parte de los potreros. Entramos al corredor, me senté cansado en una banca al lado de Jack mientras su padre se acomodó en una hamaca y Alfonso se dirigió a la cocina.

El bosque del cerro Aberdeen brillaba por la intensidad de los rayos del sol que caía en el fondo de la selva y, en medio del silencio humano, escuché el curso de las aguas corriendo entre troncos caídos, salpicando los tablones de un viejo puente, y las rachas de viento alborotando las copas de los árboles.

    ¿Cómo te sientes, Jack? —preguntó su padre.
    Cansado, desvelado, con ganas de ducharme y dormir en una buena cama —respondió.

Alfonso regresó con una taza de café y se la ofreció al padre de Jack; él se incorporó ligeramente para asirla con su mano, dio un sorbo y volvió a tenderse en la hamaca, puso la taza en el suelo, tomó un cigarrillo de la bolsa de su camisa y, tras encenderlo, inhaló el humo profundamente.

    Quiere dormir en una buena cama —dijo el padre de Jack.
    ¡Y también con una buena hembra!, ¿verdad, Jack? —dijo Alfonso, siguiendo el juego del padre de Jack.

Jack guardó silencio. La noche anterior al viaje por el Escondido nos encontramos en una de las calles de la ciudad, propiamente en la esquina de Erasmo. Luego de saludarnos me dijo que se dirigía a visitar a una amiga en el barrio creole llamado Beholdeen. En el viaje de regreso se mostraba ansioso, con muchos deseos de regresar para verla. Noté que escribía en su libreta sobre ella, como siempre lo hacía cuando estaba ansioso; dijo que esa sería su noche soñada.

    Por una mujer que se quiere, todo se deja —agregó el padre de Jack.
    ¡Hasta una finca! —dijo Alfonso.
    Como vos lo haces —dijo Jack dirigiéndose a Alfonso.
    Que preparen dos caballos para que regresen a Bluefields —ordenó el padre de Jack.

Alfonso le gritó a los campistos que regresaban de arrear los novillos; minutos después se acercaron con dos caballos listos para ser montados.

    Te lo mereces, pero recuerda que para todo hay tiempo, incluso para enloquecerse por una mujer —insistió sobre el tema el padre de Jack.
    Si salen ahorita llegan anocheciendo  —dijo Alfonso.
    Vámonos —dijo Jack al tomar su mochila.
    Dejan los caballos donde Míster Nicholson —escuché decir al padre de Jack cuando montábamos.

Al subir la pendiente rocosa regresé la mirada y vi el rojo acaramelado del atardecer más allá de lo alto del cerro Aberdeen. El trote de los caballos era veloz por las ansias de Jack. Después que pasamos por el Pool, las lámparas de las casitas de madera comenzaron a brillar y, al girar hacia la derecha por un viejo puente de madera, noté las luces de la ciudad.

    Nos vemos otro día —dijo Jack cuando desmontamos en la casa de Míster Nicholson.
    ¿Qué harás mañana? —le pregunté.
    Dormir, dormir todo el día —respondió.

Pasaron varios días y lo volví a encontrar en el muelle de las pangas que viajan a El Bluff: una muchacha alta, delgada y de cabello corto estaba a su lado.

    Te presento a Katty —dijo—, por ella cruzo nadando la bahía si es necesario—.

Después de muchos años volví a transitar por ese camino. El cerro se encuentra talado, varias antenas pueblan su cúspide, en sus faldas han construido un matadero y el basurero municipal; el viejo Pool agoniza contaminado, la extrema pobreza obliga a miles de familias a vivir de las piedras que extraen de las entrañas del cerro para picarlas y vender piedrín, un barrio ha crecido a ambos lados del camino y sus pobladores presionan por la mejoría de los servicios básicos, principalmente calles y andenes. Frente a ese panorama recordé la alegría de Jack apresurando el paso del caballo para cruzar al otro lado del cerro Aberdeen y reencontrarse con su amada.

Nueva Guinea
01/05/2015
Foto cortesía de Kenny Siu.

martes, 21 de abril de 2015

LA FRUTA MILAGROSA


Crucé la calle para dirigirme al taller de Iván Zavala después de comprobar que los chavalos lavaban adecuadamente el jeep: carrocería, chasis, capota, motor e interiores. Lo encontré sentado en el kiosco y su hijo sostenía una computadora portátil; chocamos los puños cómo saludo, noté la grasa y el aceite acumulado por años de trabajo en sus manos.

    ¿Qué están viendo? —pregunté.

Un camión Mercedes Benz ubicado frente a ellos tenía levantada la capota del motor y abiertas las puertas de la cabina. Al fondo, unos cinco metros a la izquierda, bajo la galera del taller, otros camiones estaban parqueados a la espera de sus manos expertas. En el suelo de los alrededores sobresalían los resultados de su incansable labor: manchas de grasa, aceite, trozos de mangueras, pernos y tornillos sarrosos, perlines, camastros embancados, envases con aceite, rines de diferentes tamaños, diminutos cortes de láminas de acero de miles formas, empaques y rodajas de tubos ennegrecidas por la inclemencia del tiempo y el paso de los años.

    Desbloquear un diferencial —respondió Iván.

Me acerqué a la pantalla y noté el diagrama que observaban. Sentí una brisa fresca que provenía de la parte posterior del kiosco; al volver la mirada noté un arbusto repleto de pequeñas frutas rojas.

    ¿Cómo se llama esa planta? —pregunté y me dirigí hacia ella.

José Antonio, su hijo, cerró la portátil. Ambos se levantaron y me siguieron. Observaba entusiasmado la planta, nunca antes la había visto. Iván cortó una pequeña baya roja y extendió su mano.

    ¡Chúpala! —dijo con la fruta roja sobresaliendo entre sus dedos de mecánico.
     ¡Ummm! —expresé. —Alguna broma me querés hacer —dije alejándome.
    ¡No, hombre, es dulce! —dijo sin apartar su mano.

Con dudas me llevé la pequeña baya roja a la boca. La cutícula roja dio paso a un color verde amarillo y la saboree.

    Tiene un gusto raro pero no es muy dulce —dije.
    Espérate, ya vas a ver —expreso. Anda tráele un limón ácido —le dijo a José Antonio.

El chavalo regresó con un limón de castilla pelado y se lo entregó a Iván.

    Me querés vacilar —le dije.
    Chupa el limón, vas a ser testigo de un milagro —expresó con una gran sonrisa en su rostro.

Iván y José Antonio me miraban expectantes ante mi reacción. Lo hice, no sentí su acidez, al contrario, su sabor era totalmente dulce.

    ¡Está dulce, el limón es dulce!
    ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Te fijas!
    ¿Cómo se llama esa fruta?
    Yo he oído que le dicen la fruta de la dulzura —respondió Iván.
    Pero qué raro —dije y corté varias.
    ¿Dónde la conseguiste?
    En Auxilio Mundial. Cuando trajeron plantas de diferentes tipos y lugares me la regalaron; tenía como una cuarta de tamaño.
    Voy a tomarle fotos.
    Mirá, también podés llevar hijos —dijo señalando los alrededores de la planta.

Chupé otra baya, recibí conforme el jeep y llegué a casa con la noticia, hablé de “la fruta milagrosa”. Era la hora del almuerzo y Emilce había preparado arroz aguado con pollo y de bastimento guineo cuadrado con una rodaja de queso entero, unos de mis platos preferidos.  El sabor del arroz aguado era  dulce.

El nombre científico de la planta es Synsepalum dulcificum o Sideroxylon dulcificum, un arbusto tropical de la familia de las Sapotaceae. La “fruta milagrosa” o “baya mágica” es una planta frutal originaria del oeste de África; tiene la capacidad de volver dulce los alimentos ácidos que se ingieren después de probarla. Fue dada a conocer en Europa desde comienzos del siglo XVIII, supuestamente por exploradores franceses.

Se le conoce como fruta milagrosa debido al contenido de miraculina en la pulpa, una glicoproteína que se enlaza a las papilas gustativas y enmascara completamente los sabores ácidos y amargos durante un tiempo prolongado, entre 30 y 60 minutos. Esta propiedad le ha dado cierto prestigio culinario en Japón, Europa y EUA, y ha motivado su empleo como edulcorante substituto del azúcar en alimentos dietéticos para el control de la diabetes y la obesidad.

La fruta mágica ha cobrado una gran popularidad en ciudades como Nueva York, donde se organizan “viajes de sabor” (a 15 dólares el “trip”), reuniones donde aficionados prueban diversos platillos y productos después de ingerirla, con el fin de llevar las papilas gustativas al límite. Algunos bares han estado ofreciendo cócteles con la fruta, sin embargo, su costo pone en duda su éxito, ya que cada baya cuesta 2 dólares. Mientras la fruta es consumida, la miraculina se esparce sobre toda la lengua y bloquea las partes que pueden reconocer los sabores amargos y agrios. 

Ya la conoces. Por mi parte, tengo preparado un pedacito de tierra donde voy a sembrar varias de las plantitas que se encuentran al pie de la planta madre que tiene Iván en el terreno de su taller de mecánica. La planta es lenta en cuanto al crecimiento: a los tres años de plantada produce la primera cosecha y al año da dos. Cuando coseche te sigo contando. 

Ronald Hill A.
20/04/2015

martes, 14 de abril de 2015

EL COMERCIANTE


En 1990 se metió de lleno a los negocios; lo conocí en un camión IFA, viajando a una de las colonias en que revendía los productos que compraba en Cholutequita. En aquella ocasión me mostró el cartón que le entregaron en la oficina de Administración de Rentas de Juigalpa donde decía que era comerciante; con resistol, él le había pegado su foto.

En esos años estaba joven, lleno de vida; hacia amistades fácilmente por ser atento y, la mayor parte de las veces, generoso. Por ello y por la escasez de productos en esa época de postguerra, su clientela le era fiel: lo atendían con mucho esmero, en las comunidades que abastecía con botas de hule, baterías para foco y abundancia de chiverías, lo esperaban con el desayuno calientito por las mañanas.

De todas las colonias que visitaba no le gustaba Providencia, pero le encantaba La Unión, decía que de todas era la única comunidad de Nueva Guinea que en el futuro tendría más progreso que cualquier otra por sus pobladores amables y unidos. Estuvo en todas las colonias, las conocía todas, negocios hizo en ellas y lo vio todo: pobreza, escasez, olvido y la lucha de su gente. Después de realizar sus ventas compraba granos de cacao, queso, frijoles, jengibre, raicilla y cerdos para venderlos en Estelí, Masaya y Managua. Odiaba Providencia, algo había allí que nunca le gustó, pero no lo dijo.

Una tarde llegó a mi oficina y me pidió un aventón hacia Juigalpa. Era verano, propiamente el mes de abril de 1997; fue la primera vez que recorrí el camino El Triunfo–El Almendro–Pájaro Negro para trasladarme a Juigalpa. Él era de Chontales. En aquel viaje me di cuenta que todavía era tímido. Durante la guerra, sus compañeros militares le habían hecho cosas poco agradables, pero de eso habló poco. A pesar de lo que sucedía en el país seguía creyendo en la Revolución. “Patria o muerte, venceremos”, era su consigna. Cuando llegamos a El Almendro me pidió que me detuviera unos minutos frente al parque. “Es por negocios”, dijo cuando se bajó de la camioneta.

Por el retrovisor lo observé hablando con tres hombres que estaban de pie al lado de unos camiones parqueados en un costado del parque; otros cargaban los camiones con sacos de queso que levantaban del andén, dejando una mancha húmeda que emblanquecía ese trecho del parque.

    Y vos, ¿cómo ves las cosas en Nueva Guinea? —preguntó cuando volvió.
    Nada bien —respondí.
    Pero se va a componer, será mejor —dijo. Tienen de todo, es el único lugar donde se puede prosperar. Es el punto de inicio de un nuevo comienzo.

No dije nada. En el trayecto le hablé de los negocios que podía hacer en el sector de Providencia y más allá de Cerro Bonito, buscando Puerto Príncipe, navegando por el río Chiquito hasta la desembocadura de río Punta Gorda en el mar Caribe.

    No —me respondió—, Providencia no me gusta.

En el empalme de Lóvago pidió que me detuviera. Se bajó y dijo que allí esperaría un vehículo que lo llevaría a Santo Tomás. En una hoja de papel escribí la dirección de un primo y otros conocidos que viven en esa ciudad helada y famosa por sus quesillos. Me agradeció por lo que había hecho y nos despedimos. A él le gustaba Nueva Guinea: el verdor permanente de sus paisajes, la neblina de sus amaneceres y el espíritu emprendedor de su gente lo cautivaban.

No lo volví a ver por muchos años pero seguía haciendo negocios. Escuchaba las viñetas de sus comerciales por la radio Manantial y me di cuenta de lo mucho que había prosperado: poseía una distribuidora de productos básicos, farmacias veterinarias, fincas, camiones ganaderos y varias casas de alquiler en la ciudad. En el Octavo Festival de Música Campesina lo volví a ver; ya no era el mismo, los años habían terminado con su timidez. “Me encanta Nueva Guinea”, dijo con su aliento etílico luego de saludarnos, acercándose a mi oído.
 
Lo último que supe de él fue veinticinco años después de aquella vez que lo conocí en el camión IFA. En la ruta entre Providencia y Punta Gorda lo asaltaron, dos mochilas llenas de dólares le fueron robadas y su cuerpo mutilado fue encontrado flotando río abajo. Recordé que no le gustaba Providencia y también que nunca dijo por qué.


Ronald Hill A.
Lunes, 13 de abril de 2015

viernes, 10 de abril de 2015

LYGUA MAIRIN (LIWA MAIREN)(La Sirena del Río)


Desde hace unos 4 años atrás, durante un viaje de trabajo a Waspam escuché sobre la Lygua Mairin, sobre las apariciones a los habitantes de las comunidades en las riveras del Río Coco.


En esa ocasión, durante la visita al Hospital de Waspam, vi a un joven sentado en una banca esperando consulta, cubierto (de pies a cabeza) con una sabana blanca. Le pregunté a una trabajadora del hospital sobre aquel extraño comportamiento del joven enfermo, - Y me contestó: ha doctor es que seguro vio a la lygua en el río y lo enfermó. Me sorprendió mucho el término, ya que en mi experiencia como médico nunca había escuchado sobre alguna bacteria, virus o parásito que produjera esa extraña enfermedad. Ese día por la falta de tiempo no pude curiosear más sobre esa rara enfermedad.


Hace unos meses (4 años después) volví a visitar aquel municipio del caribe norte, famoso por su cultura miskita y sus bellos paisajes del Coco (el río). Está vez después de terminar mi visita de trabajo me puse a conversar con algunos pobladores sobre la famosa Lygua Mairin y esto me dijeron: “Doctor es que cuando los pescadores van de noche al río, alguno de ellos ven a la sirena y si ella se enamora del pescador, lo hechiza con mal de amor”…Y pregunte- como es? que cuentan los que la han visto?- Ha doctor ella (la sirena) toma la forma de la mujer que el pescador ama y así lo enamora hasta enfermarlo! - Y que le da al hombre, que síntomas tiene?.- La señora me respondió: Bueno les da mucha calentura hasta que tiemblan como convulsiones, ganas de vomitar, y pueden hasta morirse. Al hombre tiene que verlo el curandero y tiene que andar tapado, porque la vista las personas lo puede enfermar más, y si es la vista de las mujeres hasta lo puede matar. En ese momento comprendí por qué el extraño comportamiento de aquel joven que estaba sentado en el hospital.


Luego se acerco otra señora y me contó algo más increíble, una experiencia propia: 
-Fíjese doctor que una vez estábamos lavando a la orilla del río y a unos cuantos pies estaba una muchacha bañándose y de repente escuchamos un grito, como pidiendo auxilio, cuando volteamos a ver, a la muchacha la iba arrastrando algo hacia lo hondo del río, corrimos y la agarramos, pero no se veía nada en el agua; de pronto algo la empujo hacia arriba…la levanto como a 1 metro y la soltó! La muchacha no podía hablar, la sacudimos y sólo miramos que respiraba como que se estaba muriendo, y una de las amigas vio una marca, un morado en forma de mano en la pantorrilla. Entonces pregunté;- Y no es que la Lygua Mairin es una sirena (femenina)? Y entonces la señora me contestó – Doctor es que la sirena, puede enamorarse de un hombre o una mujer, o sea si se enamora a un hombre se vuelve mujer (adopta la forma), y si se enamora a una mujer toma forma de hombre…


Bueno hay mas historias sobre la famosa Sirena del Río o en idioma miskito Lygua Mairin, lo que resulta ser es que no discrimina a hombres o mujeres y a los que ataca o enamora, los enferma y que solo el curandero los/as puede curar.


Mito o realidad, no lo sé. Sólo me gustaría ir por todo el Río Coco a ver si me encuentro a la Lygua Mairin.

Tomado de: Los Viajes del Doc
 http://eldocnica.tumblr.com/post/97242799919/lygua-mairin-mito-o-realidad
Twitter: @elDocNica

martes, 24 de marzo de 2015

EL FINAL DE CIERTAS COSAS


Antes, El Bluff era un puerto de pescadores y estibadores. Todos sus habitantes se sorprendían al ver las inmensas palas de las hélices de los barcos mercantes salpicando las aguas azules de su bahía. Al atardecer, en esas mismas aguas, admiraban el paisaje entre las islas de Miss Lilian, la isla del Venado y la barra con barcos camaroneros que partían hacia altamar en una faena más. Pero un año los barcos mercantes dejaron de hacer espuma en la bahía y la flota pesquera se oxidó aferrada a su muelle. La inmensa bodega de la aduana quedó vacía, los estibadores sin trabajo permanente y su muelle se convirtió en un desierto vigilado por guardias nerviosos que limitan el paso. La flota pesquera y la planta procesadora de mariscos quedó abandonada, sus pescadores deambulaban alucinados por el andén y los barcos que un día les garantizaban su sustento fueron desmantelados para ser vendidos como chatarra: trozaban con grandes sierras eléctricas las máquinas, mástiles y el casco de los barcos para cargar con ayuda de los estibadores grandes planas que se perdían con ellos al entrar al río Escondido, llevándose todo lo que había hecho de El Bluff un puerto próspero de pescadores.

Las bodegas, las oficinas, los cuartos fríos, la fábrica de hielo, los tanques de almacenamiento de agua y la línea de procesamiento de mariscos quedaron abandonados en medio de la planicie que conduce a lo que fue su pista de aterrizaje.

Veinte años después no quedaba nada de la empresa procesadora de mariscos, excepto los cimientos de concreto ennegrecidos que Jack y Katty vieron al caminar hacia la antigua pista, en dirección a las pequeñas lagunas que flanquean sus lados para pescar.

    Aún quedan las ruinas, Jack —dijo Katty.

Mientras caminaba, Jack miró a su izquierda, hacia el portón que daba acceso a la línea de procesamiento de mariscos.

    Allí está  —expresó.
    ¿Te acordás cuando entrabas a los cuartos fríos? —preguntó Katty.
    Sí, recuerdo.
    Parece un cementerio desordenado de pilas, rodos y bandas —opinó ella.

Él no expresó nada. Caminaron hasta perder de vista los restos de la planta, siguiendo el camino sinuoso que lleva a la antigua colonia, un tiempo habitada por empleados de alto nivel de la empresa de mariscos. Por el trayecto, a la derecha fueron apareciendo pequeñas casas donde antes solamente palmeras y matorrales poblaban la planicie pantanosa, cubiertas por la frescura de la vegetación del promontorio que se erige frente a ellas.

    Más ruinas, Katty —dijo Jack señalando las bases de cemento sobre las que erigían las casas de madera prefabricadas, importadas en piezas.
    Para el recuerdo —dijo Katty y les tomó una foto con la cámara de su teléfono.

Cuando culminaron la cuesta salieron al claro de la pista. A izquierda y derecha, el azul intenso del cielo sobresalía sobre el color gris de la pista y los matorrales que crecen a sus lados. Se detuvieron a tomar agua de una botella que cargaba Jack en su mochila. El calor del mediodía se notaba en la cara de la muchacha.

    ¿Qué es ese ruido? —preguntó Katty.

Era un sonido constante y fino que provenía del otro lado de la pista. Al cruzarla observaron varias champas de plástico negro alrededor de una laguna de aguas verde, lamosa y estancada.

   Son mujeres —dijo Jack al verlas con mazos en sus manos picando piedras debajo de las champas.
    Mirá, mirá, son cerros de piedrín —agregó Katty, señalando los alrededores de las champas y a lo largo de la pista en dirección al mar.

Jack se detuvo en la laguna del lado izquierdo y entraron a una champa abandonada ubicada en la orilla. De su mochila sacó las pequeñas cañas de pescar, las desplegó y colocó los engañadores de colores vistosos.

    No tardan en picar, vamos a sacar unos hermosos guapotes —dijo Jack.
    Eso espero —respondió Katty, absorta en la caña.

El ruido de las piedras al ser reventadas no la distraía, ni siquiera quería hablar. Le gustaba muchísimo pescar con él. Jack tiró el engañador en dirección al centro de la laguna. Antes acudían a pescar en esas lagunas y en poco tiempo los peces comenzaban a picar; el tiempo transcurrió sin que lo hicieran. Al principio Katty estaba tranquila, pero luego comenzó a probar en distintas direcciones, imitando a Jack.

    ¿Qué te pasa, Jack?
    No sé —contestó mientras enrollaba la cuerda.

La tarde caía y la intensidad del sol había disminuido del mismo modo que la frecuencia del sonido provocado por las mujeres. Katty buscó su bolso, sacó varios sándwiches y le ofreció uno a Jack.

    No tengo hambre —dijo Jack.
    Dale, Jack, come uno.

Comieron sin cruzar palabras, observando las cuerdas y el reflejo de los matorrales en el agua.

    Vos tenés la culpa, si no te hubieras marchado…
    Ya lo sé, siempre te lo he dicho, no pude evitarlo. Es tiempo que lo superes —dijo Katty.
    Para vos es fácil olvidar, siempre olvidas —dijo Jack.
    ¡Ah!, ¡ya basta, Jack!, ¡te lo ruego! ¡No sigas con lo mismo de siempre, por favor!
    No puedo.
    Vamos, decimé la verdad.

Jack miró hacia la loma y observó el brillo del faro provocado por los rayos del sol al caer la tarde.

    Ya no me divierte nada.

Ella lo miró fijamente, sin decir una sola palabra. Jack continuó:

    Me siento vacío, todo lo bueno ha desaparecido de mí. No sé, Katty. No sé qué decirte.
    ¿Ni siquiera el amor te divierte? —pregunto Katty.
    No.

Ella se puso de pie, tomó su bolso y se alejó caminando por el camino que los había llevado hasta esa laguna de aguas sin vida. Una motoneta salió a la pista, Katty la detuvo y desapareció montada en ella.

Jack se quedó allí por un buen rato. Acostado en el suelo observaba los colores del cielo al atardecer; Javier apareció por el lado de las casas que se apiñan alrededor del camino que conduce al mar. Él escuchó sus pasos pero continuó sin moverse.

    ¿Y Katty?, ¿qué sucedió? —preguntó.
    Nada, no pasó nada.
    ¿Pelearon?

Jack se incorporó sin contestar y ambos se dirigieron hacia el mar. Al llegar se sentó en un tronco, observaba sus pies pisando las algas que expulsaban las olas mientras a su espalda el sol caía más allá de la isla del Venado.

Ronald Hill A.
Domingo, 22 de marzo de 2015