domingo, 18 de enero de 2026

SEVERIANO

 


En el Instituto Nacional de Chontales estudió

y sobresalía sin levantar la voz.

Había en él una manera clara de estar,

una presencia que se imponía sin tamaño.

 

Una tarde, su profesora de inglés,

la niña Mariíta Castrillo,

pasó lista de asistencia.

El aula en silencio.

Los nombres cayendo uno tras otro.

 

—¡Severiano Arnulfo Lumbí Taleno!

Silencio total.

—¿Dónde está Severiano?

—¡Aquí profe!

—¡Póngase de pie!

—¡Estoy de pie!

—¡No lo veo!

 

Las miradas giraron.

Caminó hacia el centro del pasillo

y dijo, claro, sin temblar:

—¡Severiano Lumbí Taleno!

 

La profesora bajó los lentes.

Lo miró con asombro.

Pequeño, liliputiense,

como un niño extraviado entre cuerpos grandes.

—¡Bienvenido! —dijo, casi sonrojada.

—Puede ocupar su lugar.

 

Y ocupó su lugar en el mundo.

 

Hizo amistad con todos.

Trabajó en una sastrería

confeccionando pantalones de varón.

Se graduó de contador,

aplicó en una plaza del Banco Nacional

y la vida lo llevó a Nueva Guinea.

 

Allí fue risa.

Broma.

Alegría constante.

Amor por las mujeres bonitas

y por la noche compartida.

 

Media poco más de un metro,

pero su carcajada cruzaba cantinas.

Hacía amigos rápido.

Tocaba guitarra.

Cantaba.

 

En noches húmedas de Nueva Guinea,

cuando la soledad aprieta,

salía con sus amigos,

de cantina en cantina,

regando historias, canciones y ron.

 

Tenía voz ronca,

hablaba rápido,

como si la vida no le alcanzara

para decir todo lo que llevaba dentro.

Amó y lo amaron.

Fue celoso,

estricto y amante intenso.

 

Conoció las colonias, sus caminos y su gente.

Trabajo en La Esperanza y en Talolinga lo asaltaron

siendo contador de la ventanilla del Banco.

En Nueva Guinea promovió la liga de beisbol

y los festivales de música campesina,

participando en directivas y jurados.

 

Su alegría brillaba más que su estatura.

Y fue muy querido.

Trabajador.

Responsable con los números.

Soñador con los días.

Y con esfuerzo puso su propia cantina.

 

Fue hombre de trabajo,

de música,

de amores

Y de suerte.

Un día raspó La Raspadita.

Cincuenta mil.

La alegría grande.

 

Después la vida se torció.

Como a veces pasa.

 

Una noche lluviosa,

el alcohol,

la traición,

la codicia,

lo mataron por dinero.

 

Pero no fue allí donde terminó.

Su hermano lo llevó a su Juigalpa natal.

Y allí fue sepultado.

Severiano no se quedó bajo tierra.

Sigue en la risa que estalla de repente.

En la guitarra que suena de noche.

En el brindis que se levanta sin razón.

 

Caminó el mundo a su medida

y aun así le quedó grande.

Cantó.

Bebió.

Amó.

Hizo amigos donde llegó.

 

En Nueva Guinea dejó huellas

que no se miden en metros

sino en abrazos,

en juegos de beisbol,

en guitarras sonando de noche,

cantos al amor,

en carcajadas húmedas de ron.

 

Pequeño de cuerpo, sí, 

pero grande en ganas de vivir,

por ello lo levanto en la memoria

como se levanta un brindis:

con alegría,

con música,

con su nombre dicho en voz alta:

¡Severiano!

 



Domingo, 18 de enero 2026.

Foto aportada por la familia y mejorada con IA.


domingo, 11 de enero de 2026

LOS BLUFFEÑOS

Los bluffeños son gente de mar, aunque el mar ya no les de trabajo. Nacieron en un puerto activo, de pescadores y estibadores, pero ese tiempo quedó atrás. Hoy no hay empresas pesqueras ni barcos mercantes. El muelle está vivo, sí, pero empobrecido.

Aunque estén en tierra, los bluffeños camina como si el piso se moviera, el mar les marca el ritmo, el humor y la paciencia. La pobreza atraviesa el pueblo de arriba abajo y se volvió parte de la rutina.

En su pasado poblacional, la mayoría era mestiza, llegada del centro y del Pacifico de Nicaragua. En sus escasos tres kilómetros cuadrados de extensión territorial, convivían con los mestizos algunas familias garífunas, black creoles y misquitos.

Hoy la composición cambió: predominan misquitos, mestizos y creoles. En las calles y en los encuentros deportivos (juegan futbol y beisbol), se nota esa mezcla donde confluyen las tres sangres. Estamos frente a una generación alegre, el futuro de El Bluff, que es fuerte y resistente, nacida de la mezcla, criada en la escasez, pero todavía de pie frente al mar.

Económicamente sobreviven del rebusque. Trabajan como chamberos en el muelle de las pangas, conducen caponeras, hacen mandados, cargan bultos e implementan pequeños negocios para satisfacer necesidades básicas. Algunos levantan ranchos en la playa que solo se llenan dos veces al año: Semana Santa y Año Nuevo. El resto del tiempo es espera, fiado y aguante.

Las remesas sostienen muchas casas. Mantienen una resistencia diaria: han aprendido a aguantar sin quejarse mucho. Huracanes, olvidos, promesas rotas, pero siguen.

Las mujeres, las bluffeñas, son el pilar real del puerto. Con muchos hombres fuera por migración, ellas asumieron todos los roles: pican piedra, trabajan como domésticas, vendedoras ambulantes, pulperas, cuidando niños. Crían solas, administran la escasez y esperan el dinero que llega de lejos. No es empoderamiento discursivo, es necesidad pura, supervivencia diaria. Saben reír, bailar y gozar, pero no todo el tiempo. La fiesta llega cuando toca.

Culturalmente los bluffeños son alegres. Cuando se reencuentran después de años, reviven el pasado glorioso del puerto con risa, anécdotas y orgullo. Su forma de hablar los delata: una mezcla natural de ingles - español, con palabras como yubich, yufella, nofuk. El idioma es identidad y memoria. Cuando viajan en panga a Bluefields visten sus mejores galas, hacen compras y visitan a otros bluffeños que se trasladaron hace muchísimos años para recordar los tiempos gloriosos de una época que no volverá.

Son tímidos y huraños con los extraños. No por frialdad, sino por desconfianza. Durante muchos tiempo fueron engañados y expoliados. Aprendieron a observar antes de confiar, pero cuando hacen amistad, se abren: son solidarios, leales y acompañan sin hablar mucho.

Los bluffeños son resistentes, alegres, desconfiados al inicio y solidarios al final. Vive entre las ruinas de lo que fue y la dignidad de no rendirse, aunque el mar ya no les responda. Son pacíficos y no se apropian de luchas ajenas.

La fe también cambió. Antes, la mayoría era católica y la Virgen del Carmen, patrona del puerto, unía al pueblo en celebraciones grandes y publicas (una pomposa procesión acuática de barcos y pangas llevaba a la imagen desde Bluefields, amenizada por la banda del Instituto Cristóbal Colón). Hoy predominan las iglesias evangélicas. La fe sigue viva, pero fragmentada, más privada, menos festiva.

La educación se desplazó con el tiempo. De la escuelita de doña Carmelita, frente a la cantina de Miss Lilian, pasó a la escuela, construida por los bluffeños, situada frente a la capilla católica. Hoy se imparte en una nueva escuela ubicada en la antigua pista de aterrizaje, donde estuvo la casa rosada y se estacionaba el avión amarillo. Mejor edificio, menos carga simbólica. El centro del pueblo se movió.

Los bluffeños viven atentos al clima, la marea y el viento. Habitan casas humildes de madera, elevadas y remendadas. Al caminar por el antiguo andén se observan los vestigios de las casas del pasado.

Los niños crecen rápido. La comida es básica: arroz, frijoles, coco, pescado y pollo cuando aparece. Comer es resolver, pero el humor ayuda a solventar.

A pesar de los factores adversos, con el empuje de las nueva generaciones, los nuevos bluffeños, soplan  aires de cambio en esta nueva época del puerto.


11 de Enero de 2026

Foto Internet. 

lunes, 5 de enero de 2026

OSTIONES, ALMEJAS Y LENCERÍA



No sé cómo empezó esto, ni por qué,

de verdad no lo sé.

Desde que Tanquecito llamó por el teléfono

la escena vuelve, insiste,

como la marea que no aprende a retirarse.

 

—Vamos —dijo—,

te voy a llevar a ver

cómo preparan los ostiones para venderlos.

 

La mujer estaba allí,

sentada en una cajilla de plástico.

como si el día le hubiera dado ese asiento.

A su lado, Saul, su pareja.

Frente a ambos,

un volcán de ostiones:

conchas pegadas unas con otras.

 

Con la mano izquierda tomaban el cuerpo áspero

con la derecha el cuchillo preciso,

abrían la concha

y sacaban el cuerpo carnoso,

blando como promesa cumplida.

 

Las piernas de la mujer, largas y abiertas,

sostenían la faena.

Fuertes, marcadas por el sol y la sal.

Cuando se estiraba,

el trabajo dejaba ver sus nalgas

quemadas de bahía y paciencia.

Quise apartar la mirada.

No pude.

El cuerpo también recuerda.

 

Pensé en Awas.

En mí, joven, recogiendo almejas

con más entusiasmo que paga.

Aprendiz de marea y cansancio.

El verdadero salario

llegaba al caer el sol sobre los cocoteros:

Sarafina,

paciente como el agua quieta,

enseñándome sin prisa

lo que no se aprende trabajando.

 

Ese recuerdo abrió otro.

Las piletas de Pointeen, Bluefields.

Astillero de día,

refugio de luna llena por la noche.

Los jóvenes íbamos en pareja

a sumergirnos en romances

dentro de agua tibia del verano

y en la luz grande

que se tendía sobre la bahía.

 

Ostiones, almejas, piletas:

todo se enlaza

como viejas redes remendadas.

 

Dos por pileta.

La luna arriba.

El agua sosteniendo cuerpos.

Susurros, silencios cargados,

el tiempo detenido en una escena lenta y hermosa.

Hasta que alguien grita:

—¡Un tiburón! ¡Aquí anda un tiburón!

 

Bajo la luz de una bujía cansada,

en la orilla de las piletas,

las mujeres salen mojadas,

temblando de frío y de susto.

Unas ríen nerviosas,

otras corren sin mirar atrás.

Al volver en sí,

se miran unas a otras:

en las manos sostienen

sostenes y bragas ajenas,

trofeos sin dueños.

 

Siempre fue un tema delicado:

ostiones, almejas y lencería.

Ahora, cuando lo pienso,

me río por dentro.

 

Recuerdo como aprendí a quitarlas:

se deslizan por el vientre,

pegadas a la piel caliente, blanca o negra,

pasan por la cadera, la nalga, los muslos,

corren por las rodillas,

se rinden en los tobillos

y allí se juntaban al fin:

lencería vencida.

 

Hoy los cubos se llenan.

Se miden con exactitud,

van en bolsas que recorren

calles, plazas, parques y muelles,

mientras alguien grita:

—¡Ostiones, ostiones!

 

Y la vida sigue,

como siempre:

abriéndose a cuchillo,

dejando ver lo que guarda,

sin detener su curso.

 

5 de enero 2026.

Foto Internet.






sábado, 27 de diciembre de 2025

EL HOMBRE QUE VENDE BOLSAS

 

El hombre que vende bolsas de plástico está sentado en una silla de ruedas. Está bajo la sombra que se extiende desde el frente de la tienda de los chinos, la Amazona y la calle de una sola vía donde casi se desbordan las ventas de verduras y hortalizas. Al salir del super, el sol golpea fuerte mi rostro. Me acerco con el carrito de compras.

El hombre vende bolsas como pan caliente a esta hora. Espero. Veo que una niña le ayuda a dar vuelto y a entregar bolsas. Él se ve contento.

Hay un movimiento acelerado de compradores que cruzan la calle entre esos tres comercios. Los taxis pasan buscando clientes. Los camiones que viajan hacia las colonias van repletos, acelerados, con pasajeros que cuelgan de la cola del camastro. A la izquierda, al sur, en la mera esquina de la casa donde vivía Donald Ríos, una rastra está cruzada porque no puede dar la vuelta, un parte de las llantas traseras están encaramadas sobre la acera y el flujo de vehículos se detiene.

La música suena alta y acompaña el trajín de la gente, de la corriente humana. Viene de La Amazona o del lado de los chinos.

—¿Cuántas quiere? —pregunta el hombre que está sentado en la silla de ruedas.

—Dos nada más —respondo.

La niña, con velocidad entusiasta, toma dos bolsas del moño sujeto al apoya brazos de la silla. Me mira con inocencia y me las entrega. Le doy veinte pesos al hombre y la niña, rápida, sin dudar, saca un billete de diez entre las monedas que el hombre tiene en una pana sobre sus piernas y me lo entrega.

—Gracias —digo y empujo el carrito de las compras hacia el estacionamiento.

Paso las compras a las bolsas y las ubico en la maletera del vehículo.

Cuando regreso a dejar el carrito, la veo empujando la silla de ruedas frente al súper. Lo hace con fuerza, con ganas, como si el hombre no pesara. Va rápido. Se ríe. Juega. El se deja llevar. No frena nada. Levanta el rostro al sol y sonríe grande, una sonrisa competa, de esas que no le piden permiso a nadie. La niña gira la silla y da vueltas: una, dos, tres. Se ríen los dos.

Como si el tiempo se detuviera, no hay silla, no hay ruido, ni música, no hay prisa, solo los dos en su alegría. Luego lo devuelve al mismo sitio de antes. Quedan ahí, bajo la sobra, contentos. Felices como si el mundo fuera solo eso.

Él se llama Julio Rostrán. Desde que lo conozco está pegado a esa silla.

—Ella es mi niña —dice. Se llama Allison. Viera usted qué inteligente es. Se sabe bien los números, va para tercer grado y ya le voy a alistar todos sus cuadernos para la escuela antes que se pongan caros.

La música ha bajado el ritmo, ahora suena Juan Gabriel con Así fue. La vía está desatascada, pero para ellos la felicidad sigue intacta, mientras se acompañan.

Me recuerdan algo simple y duro: la felicidad no siempre tiene piernas, ni dinero, ni vitrinas. A veces va despacio, empujada por manos pequeñas, sostenida por una sonrisa sincera. No vive en los lujos, ni en lo que presume. Vive adentro. En lo poco que se comparte. En el amor que no se rinde, aunque la vida apriete.

Ojalá les dure para siempre, pienso.

Les digo adiós de manos cuando regreso al vehículo.

 

26 de diciembre de 2025.

Foto Propia.


lunes, 22 de diciembre de 2025

LA CHICA DEL SWING

 



El swing de su casa era de madera,

anclado al corredor, paralelo al andén,

colgado de gruesos mecates,

ni pequeño ni grande.

Tres cabían en el.

Ella siempre estaba allí,

meciéndose en el viejo swing.

 

El viento venido del Tortuguero,

le refrescaba el rostro mestizo,

y la falda jugaba al vaivén

acariciándole las piernas

como si el aire también supiera amar.

 

A sus pies, libros y sus cuadernos,

los mismos que llevaba en su bultito de cuero

al cruzar la bahía rumbo al colegio

y colgaba a la espalda

al caminar las calles de Bluefields.

 

Nunca conoció de aburrimiento.

El swing era su refugio:

lectura, crochet, bordados,

revistas, Vanidades, fotonovelas.

Siempre allí.

Siempre ella.

 

La miraba al ir y al regresar.

 

Al ir,

desde lejos y cada vez más cerca,

la veía de espaldas,

con el cabello liso y negro

derramado sobre el respaldar del swing.

Hipnotizado,

buscaba sus ojos café miel.

Cuando lograba su atención por segundos,

le decía adiós.

Ella respondía

con una sonrisa nácar, distante.

 

Al regresar,

con el sol cayendo sobre la isla del Venado,

y ardiéndome en el rostro,

miraba el voleo de su falda,

sus piernas rollizas, firmes, bronceadas.

Adiós, decía.

Adiós, respondía.

 

Los fines de semana,

La falda cedía su lugar a un short cortito.

Belleza caribeña sin esfuerzo:

la brisa le rozaba las piernas,

alborotando sus bellos

como a flores de mar.

Olor a señorita recién bañada,

a vida extendida

a lo largo y ancho del swing.

Chinelas en el piso.

La puerta entreabierta del cuarto,

una cama de bronce esperándola.

 

A veces estaba allí con amigos,

sentados en el piso de madera,

riendo, conversando

felices con la inocencia intacta del corazón.

Enamorados no le faltaban.

Unos tocaban guitarra,

otros leían poemas de Neruda

como quien lanza redes al mar.

 

Siempre estuvo allí,

meciéndose en el swing,

hasta que un día

dejó de estar.

 

Uno de sus enamorados,

loco de amor,

la tomó en sus brazos.

Crujieron los resortes de la cama metálica.

El corredor quedó en silencio.

 

Al pasar por el andén,

vuelvo la mirada,

la sigo buscando

en la memoria del vaivén:

la chica del Swing.

 

22 de diciembre 2025.

Foto: Internet.


sábado, 13 de diciembre de 2025

ENTRE MUELLES


He estado entre muelles gran parte de mi vida. Entre pangas he viajado por la costa a diferentes lugares: Bluefields, El Rama, Kukra Hill, Laguna de Perlas, Cayos Perlas, Rama Cay, Orinoco, Tasbapounie, Patch River, Wawashang y a El Bluff. La mayoría de esos trayectos han sido por obligaciones: estudio y trabajo.

Viviendo en El Bluff, antes “el Paraíso”, no ahora, sino cuando era chavalo, ese lugar del muelle que llamábamos el de las pangas, era uno de mis lugares favoritos. Acudía por la mañanas para salir en panga hacia el colegio, un tiempo después de viajar en barcos pos pos. Por allí pasaron grandes personajes de el puerto de El Bluff en su época de auge económico y esplendor que los he incorporado al libro Hijos del Tiempo y la Arena – Relatos de El Bluff.

En Bluefields son como ecos de memoria. En ellos he escuchado voces y gritos de las diferentes etnias que atracan con cayucos llenos de alimentos para la insaciable población (desde carne de monte hasta frutas, verduras y raíces), llenándolos de multicolores y alegría, y de desechos que se tiran en la bahía generando olores característicos de la ciudad. Muelles de madera, en zancos y muelles de concreto que cambian con el tiempo la fisionomía de las orillas de la ciudad frente a la bahía. Son muelles improvisados de madera tal marimba sobre zancos, algunos nuevos, otros abandonados, varios perdidos que reviven en la nostalgia por el pasado. Muelles de restaurantes, de bares y cantinas asentadas a la orilla por la vista espectacular de la bahía al amanecer y en noches de luna llena.

Todos esos muelles en que he estado no solo son madera. Son espera, despedida y regreso. La genta va a ver quién llega y quién no. Eso pasa.

En los muelles el sonido manda. Agua golpeando pilotes, sogas crujiendo, motores cansados, voces que se reconocen a lo lejos. Si no se escuchan no es muelle.

La gente vibra en los muelles. Pescadores, cargadores, vendedores, niños descalzos, viejos mirando el horizonte, pasajeros y marineros. Cada uno con un fin y un ritmo diferente.

Los muelles tienen su olor. Sal, diesel, gasolina, pescado, alga, madera húmeda. El caribe primero entra por la nariz.

En los muelles el tiempo es lento.  Aunque tengas prisa, nada es urgente. Siempre se espera: la marea, el clima, la lancha, el visitante, los pasajeros. El muelle enseña paciencia.

En los muelles se nota el desgaste. Hay madera carcomida, clavos oxidados, pintura desgastada. Eso cuenta historias sin hablar.

La relación de los muelles con el mar no es una postal. Es respeto, miedo y dependencia. El mar da, pero también quita.

En los muelles muchas cosas no se dicen. Hay silencios largos, miradas fijas en el agua, gestos mínimos. Allí está lo más fuerte.

El muelle es frontera. Entre agua y tierra, entre irse y quedarse, entre la vida diaria y lo que puede pasar.

 

13 diciembre de 2025.

Foto: Muelle de la Colonia en El Bluff.. 

lunes, 1 de diciembre de 2025

UN HOMBRE PARECIDO A CRISTO LLEGÓ A EL BLUFF

 



Un hombre parecido a Cristo llegó a El Bluff,

a inicios de los años 70.

Era flaco, alto, con el cuerpo como un tronco seco

moldeado por el viento y el salitre.

Pelo largo, barba enredada,

ojos que miraban lejos,

como si siempre buscara otra orilla.

 

Vestía cotonas sueltas,

collares coloridos al cuello,

y sandalias con suelas de llanta.

Su andar, aunque desgarbado,

tenía un ritmo sereno,

como quien camina sabiendo

que no hay destino, solo camino.

 

Tenía una nariz fuerte,

las orejas se perdían bajo el cabello,

y los pasos largos lo llevaban

de punta a punta del andén,

y en los tres kilómetros cuadrados que El Bluff

podía ofrecerle al mundo.

 

No cargaba biblia,

ni venía con palabras sagradas.

No reprendía,

no prometía cielo ni infierno,

hablaba del amor como quien lo ha probado,

como quien sabe que la paz no se impone,

se vive.

 

Los marineros lo subían a sus barcos,

las mujeres de las cantinas

le guardaban café y pan dulce.

Los chavalos lo seguían con asombro,

no por lo que decía,

sino por la forma en que estaba vivo.

 

A veces lo llevaban mar adentro,

no para que pescara,

ni para que enseñara nada,

sino para que su presencia

hiciera más liviana la faena.

Él fumaba en silencio

y dejaba que el viento hiciera el resto.

 

Era común verlo sentado

en la esquina frente a la escuela y la capilla,

esperando a que alguien le preguntara algo,

para entonces hablar del amor,

como si de eso dependiera

que el sol siguiera saliendo al día siguiente.

 

Un día desapareció.

Mujeres, pescadores y jóvenes lo notaron.

Cada quien lo extrañó como si

fuera un pariente querido,

como a alguien que sin pedir nada,

les dejó una luz encendida.

 

Dicen que subió a la cúspide

del cerro Cuizaltepe,

como si fuera a dar su último sermón.

Desde entonces, nadie lo ha visto…

pero a veces, en varios pueblos,

alguien cree que lo ve pasar,

y al voltear, ven su figura

que se aleja.

 

 

Semana Santa de 2025.

Foto: Internet.


sábado, 22 de noviembre de 2025

EL LADO OSCURO DE LA ISLA

 



Las chispas del fuego suben al cielo

como si quisieran imitar a las estrellas.

La leña cruje y, entre el humo,

el viejo fija la mirada en un punto lejano,

allá donde la bahía se vuelve sombra y misterio.

Se pasa la lengua por los labios,

siente el sabor de la sal que el viento levanta

y deja escapar un suspiro largo,

de esos que huelen a mar y a tiempo vivido.

 

—¿Ven allá donde el mar se estira

y parece tragarse la luna? —dice

mientras señala con el mentón—.

Allí están las tres islas. Las que todos miran,

pero pocos entienden.

Juntas forman un triángulo, como anzuelo

hundido en el corazón de la bahía.

Ese canal que ves en medio,

por ahí pasan los hombres del mar

desde antes que yo naciera.

Algunos con motores viejos,

que suenan como si lloraran,

y otros con canaletes, golpeando el agua

al ritmo de sus brazos duros.

Antes que el gallo cante, ya están allá afuera,

lanzando redes, con el sueño metido en el pecho

y los ojos apuntando al horizonte.

Y cuando el sol se vuelve rojo, pesadote,

y cae sobre los cocoteros, todo el mundo se calla,

porque la noche es la única que manda en la bahía.

 

El viejo toma una ramita y mueve el fuego,

dejando que las brasas chisporroteen.

 

—La mayor de las tres, la del Venado, es la más brava.

Se alarga como una costilla gigante,

y su destino parece ser el de cuidar a las otras,

protegerlas del oleaje y de esos vientos locos

que bajan en temporada ciclónica.

La más pequeña, la Chiquita,

ya no tiene piel verde.

Es pura piedra y tierra colorada,

pero no se ha rendido.

Aún sirve de faro para los pescadores,

y las aves marinas la cubren como si fuera su reino.

 

Hace una pausa,

bebe un sorbo de café frío que aún huele a humo.

 

—La de Miss Lilian es distinta.

Aún respira verde, pero hace años

la desnudaron de sus piedras.

Hombres sin alma vinieron y

le arrancaron su escudo para venderlo como piedrín,

sin pensar que con cada piedra

le quitaban un pedazo de corazón.

Desde entonces, cuando el mar golpea fuerte,

parece que la isla gime… y yo les digo,

muchachos, que las islas también tienen memoria.

 

Un soplo de viento revuelve el humo y las brasas,

y los ojos del viejo brillan

como si el fuego encendiera sus recuerdos.

 

—El tiempo no perdona a nadie, ni a las islas.

Pero ese canal sigue vivo,

lleno de lanchas con chacalines

y peces que brillan como monedas.

Y allá arriba, las gaviotas se ríen del mundo,

como si fueran dueñas del cielo.

 

El viejo guarda silencio un momento,

mira hacia el horizonte negro

y vuelve a hablar con voz más baja.

 

—Del lado oeste de Miss Lilian… ah, de ese rincón

se cuentan historias que ponen la piel de gallina.

Allá van las parejas de enamorados,

buscando paz y silencio,

escondiéndose de las malas lenguas.

Pero no siempre fue así.

Ese lado también vio cosas oscuras,

cosas que el mar no olvida.

 

Las chispas del fuego saltan

y se apagan en la arena mientras

el viejo baja la voz, como si hablara con fantasmas.

 

—Había un hombre, Herrera.

Cruzaba la bahía cada tarde en un bote de canalete,

con una vela blanca chiquita.

Era el hombre de la dueña de la isla,

y todos lo miraban con respeto.

Cavaba en la arena,

escondía su dinero en potes de aluminio,

como si confiara más en el mar que en su mujer.

Dicen que aún hoy, cuando el viento está quieto,

se escucha el golpeteo de su canalete sobre el agua.

 

El viejo se inclina hacia el fuego, susurra casi en secreto:

 

—Pero lo más pesado de esa isla son los piratas.

Sí, piratas de verdad.

No de cuentos, de esos que mataban sin parpadear.

Allí tenían su guarida.

Entre borracheras, saqueos y mujeres robadas,

enterraban no solo cofres de oro y armas,

sino también a quienes se atrevían a mirar demasiado.

Cavaban de norte a sur, de este a oeste,

y dejaban el silencio como único testigo.

 

El viento sopla fuerte y el viejo se cubre el rostro, pero sigue:

 

—Años después, algunos botes se perdían allá,

en ese lado oscuro.

Iban con picos, palas y provisiones,

buscando el tesoro que nadie ha visto.

Y todavía hay quienes se meten ahí,

unos por codicia, otros por simple curiosidad.

Pero yo les digo, el mar no suelta lo que guarda.

Si algo fue enterrado allí, se quedó allí…

y el que lo busque, que sepa que el mar cobra caro.

 

El viejo calla.

El silencio los envuelve.

La fogata cruje, el mar respira,

y las gaviotas allá lejos

cierran la noche con su canto.

 

 

Noviembre 2025.

Foto Propia.