domingo, 10 de octubre de 2010

LA MINA DE LOS POBRES

Recorro el tramo que fue la pista y en el camino aparecen las primeras champas; unas tienen techo de paja, otras de plástico negro, están vacías, sólo muestran piedras.  A la distancia se escucha: «pic, pac, pic, pac», es el golpe de los mazos sobre las piedras. Al acercarme el sonido es mayor y frecuente. Observo mas champas a la izquierda, camino hacia ellas. Subo un pequeño promontorio y descubro la mina.
 
En el centro hay una laguna sin vida; la lluvia ha inundado su corazón. Al fondo, la piedra está descubierta en una pendiente: huellas de la explotación que ha tenido desde los tiempos del Proyecto de Aguas Profundas, la construcción de casas en Bluefields por la brigada cubana después del huracán Juana y del cierre de la playa de El Bluff. En la parte baja, cerca de la laguna hay dos champas. Arriba, en la parte alta, están la mayor parte de ellas. Me dirijo a las champas que están en el promontorio desde donde observó.
 
  ¡Hola!, ¿cómo están? —saludo. Me miran con desconfianza y sin dejar de picar piedra. El sol ha quemado las pieles. Llevan puestas botas de hule y camisas sin mangas.
  Hola, ¿qué anda haciendo por estos lados? —pregunta una de ellas mientras la otra pasa al lado y se dirige a la punta del promontorio.
   Aquí, visitándolas. ¿Me pude dedicar un minuto de su tiempo? —digo y me siento frente a ella en una de las piedras que no ha quebrado. Me observa con recelo, como a un intruso que invade su casa. No contesta. No deja su labor.

Observo a la otra, está en la punta del promontorio sacando piedras. Siento su mirada, en un descuido me ha observado de pies a cabeza. Evita la mía. Me identifico.

  Yo pensé que era otro de los de la televisión —dice y disminuye el ritmo del golpe del mazo sobre la piedra.
  Nooo, soy de aquí. Tenía como treinta años de no venir por estos lados. Antes aquí pastoreaban los cabros del Diablo. Esto está cambiado. ¿Cómo se llama usted? —pregunto.
  Yelba —contesta en seco y sin agregar nada más.
  ¿Desde cuando hace este trabajo? —pregunto. Ella inclina su torso. Observo la fuerza de su muñeca y brazo.
  ¡Uuuhh, desde hace mas de diez años! —contesta y su rostro expresa cansancio.
  Es bastante tiempo. Este es un trabajo pesado. ¿Y su marido? —le pregunto. Su rostro cambia. Aprieta el mazo y golpea la piedra con mayor fuerza, explota en pedazos y siento que uno impacta en mi rodilla.
  ¿Pero qué le hizo? —pregunto. Me da la impresión que quisiera darle así, duro con el mazo, como le dio a la piedra —le digo.
  ¡Ja, ja, ja, ja! —ríe a carcajadas. Llama a la otra y dice.
  ¡Oí Mariluz, este ya me hizo reír! Observo a Mariluz y también sonríe.

Me levanto y camino hacia donde Mariluz. El sol quema. Está recogiendo piedras en la punta del promontorio. Explica el proceso desde que sacan la piedra grande hasta que la quiebran en pequeños trozos para al final sacar el piedrín. Regresamos a la champa de Yelba. La veo más amena.

   Entonces usted es de aquí? —pregunta Yelba con inquietud. Deja de picar piedras.
  Sí. Le explico la historia de mi niñez y juventud en el puerto. Le hablo de mis abuelos y mis padres. Están atentas.
  Yo los conocí —dice Mariluz y se sienta.
  Por qué hacen esto —pregunto.
  Aquí no hay nada que hacer, no hay trabajo. La empresa está cerrada. Para comer tenemos que buscar cómo ganarnos la vida —dice Yelba mientras Mariluz medita.
Y son solas —pregunto. Se buscan la mirada.
Desde que el hombre me dejó hago esto —dice Yelba. Se quedó sin trabajo. Usted sabe que el hombre es cómo el gallo, no sabe cuidar los pollos, sólo sabe alimentarse él mismo.
  Ja, ja, ja —eso está bueno, le digo. No lo había escuchado. Cuénteme lo que pasó.
Ya le dije, perdió el trabajo. Como no podía ayudar a sostener la familia se sentía como derrotado, sin huevos y se convirtió en vago, comenzó a beber guaro, se hizo alcohólico.
Eso es cierto, le pasa a muchos cuando no tenemos trabajo. La situación es dura.
Pero míreme a mí. Le hago capricho. Con esto sostengo la familia —concluye y se le nota el orgullo en la mirada.
  Y qué se hizo —pregunto.
  Nos abandonó. No lo pude aguantar. Se convirtió en un hombre violento, maltrataba a los niños y a mí. Nunca pudo entender que yo mantuviera con este trabajo la casa. Se fue para Puerto Cabezas.
    Los hombres son débiles —dice Mariluz. No aceptan la derrota y se desquitan con uno. Nosotras nos tragamos el orgullo. Al inicio estábamos desesperadas. Ahora vivimos de esto. Él miraba este trabajo como basura, como que haciéndolo iban a valer menos.
  No todos somos así —contesto. Dígame cuánto ganan con las piedras; mas o menos un promedio por mes. Ya saben que no le trabajo a la alcaldía, mucho menos al gobierno. Sonríen.
  En cuatro días produzco un metro cúbico de piedrín —dice Yelba.
Al mes son más o menos siete metros —calculo. ¿A cómo venden el metro?
A setecientos —dice Mariluz. Las veo un poco inquietas, como que la conversación ya no las anima.
¿Y cómo es la cosa, vienen a encargarles el piedrín?
  Sí. Pero tenemos que llevarlo hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —dice Yelba indicando donde.
Cómo lo trasladan —pregunto.
Lo medimos en cubetas. Cincuenta cubetas son un metro cúbico. Luego se traslada en carreta para cargarlo en el bote —dice Mariluz.
Mire aquella champa que está en el centro, allá al otro lado, en la parte de abajo, la del color celeste —indica Yelba. Allí esta la presidenta. Vaya a platicar con ella.

Me despido de Yelba y Mariluz, son hermanas. Camino hacia donde está la presidenta. Recibo una llamada. Es el Best que me espera en la playa. No tardo, le digo. Una hora más o menos. Cómo están las bichas, le pregunto. Como te gustan, dice. Pienso en el esfuerzo de ellas. Me han hecho recapacitar sobre la situación de miles de familias que caen en la pobreza extrema cuando los hombres pierden su trabajo

Con la crisis y la presión económica en muchas partes del mundo los hombres han perdido sus medios tradicionales de subsistencia, las mujeres se han visto obligadas a realizar tareas adicionales que les reporten un ingreso, al mismo tiempo que continúan con sus labores domésticas. Cuando los hombres están desempleados, las mujeres aceptan trabajos mal remunerados, de poco prestigio, a menudo con un riesgo considerable, todo con el fin de alimentar a sus familias. Como consecuencia de su imposibilidad de contribuir adecuadamente al ingreso familiar, los hombres empiezan a sentirse de sobra y como un peso para sus familias; ven desafiada su percepción de sí mismos como sostén y jefes de familia, lo cual a menudo se traduce en ira y frustración. Por otra parte, las mujeres continúan ocupándose de sus familias, adquieren una nueva y endeble confianza en sí mismas, aunque sus oportunidades de obtener trabajo remunerado siguen siendo pocas. Se la juegan, pienso.

Salgo a la pista y me dirijo a la parte baja de la mina en busca de la presidenta. Desde arriba observo su champa, es la única allí abajo. Las piedras también se muestran y da la impresión que han sido cortadas con maquinaria, quizás con un taladro gigante, un barreno u otro tipo de herramienta. El color predominante en esa parte es el gris. Es buena piedra, es de la azul, pienso. Bajo hacia ella.

  ¡Hola!, ¿es usted la presidenta? —la acompaña un chavalo de unos dieciocho años. Me ha observado en el recorrido y no muestra desconfianza. Ha dejado de picar piedras.
  Sí, soy yo —contesta y me invita a sentarme en una silla de plástico. ¿Qué lo trae por aquí?
Le doy las razones y me identifico.
Yo le trabaje a tu mamá —dice sonriente. Llegaba a lavar la ropa de ustedes. Vos estabas chiquito. ¿Y tus hermanos? ¿Qué se hicieron?
Son gringos, viven en los Estados Unidos.
¿Y usted, dónde vive?
Soy montañero, vivo en Nueva Guinea —le digo, sonríe como quien dice este maje me quiere matizar. Antes de que me siga preguntando voy al grano.
¿De qué cosa es usted la presidenta?
Del grupo de mujeres que trabajamos aquí picando piedras. Somos como ciento veinte, pero las que estamos casi siempre son como unas sesenta —concluye con cierto aire de orgullo. Observo a su alrededor. Hay poca piedra picada. Yelba y Mariluz tienen casi dos pirámides completas de piedrín picado.
  Cuál es el trabajo que hace usted como presidenta del grupo, además de picar piedras —pregunto.
  Es una larga historia. Es una historia de lucha por tratar de sobrevivir. Hasta presa he caído. Aquí vino el Zorro a tratar de sacarnos.
  Ya me sé esa historia —le digo. La leí en los periódicos y hasta por la televisión. Cómo es que organizan el trabajo con el grupo —pregunto y me observa con duda. 
Peleamos por la piedra. Trataron de sacarnos, hasta hicieron un cerco alrededor de guarumo, de aquellos palos que están allá, antes habían más pero los cortaron casi todos para hacer el cerco y evitar que entráramos.
  Pero el Zorro dice que la mina es de su familia —le digo. Se ríe a carcajadas.
  Me extraña que creas eso —dice. Vos sabes que el coronel sólo era dueño de aquella parte —agrega y señala. Eso es lo que le compró a Teodoro. Ahora salen con el cuento que esta parte donde vivían los cabros del Diablo también es de ellos.
  Bueno esos enredos no me interesan —le digo. ¿Cuénteme cómo es que se organizan con el trabajo?
La gente que necesita la piedra para construir viene aquí a encargarla, cuando son bastantes metros, como los de los proyectos. Los que necesitan poco, vienen y la compra. Llenamos sacos y la acarreamos con carretones hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —indica.
Esto es bien pesado. ¿Por qué no han conseguido una trituradora de piedras? Así podrían sacar más piedras y trabajar menos.
  Eso es lo que queremos. Nadie nos ayuda a conseguirla.
  ¿Usted es la que hace los contratos? —pregunto.
  Sí, a mí me buscan, soy la presidenta —concluye.
  ¿Cuánto le pagan por el metro cúbico?
  Setecientos córdobas —dice.
  ¿Pagan impuestos por aprovechar la mina? —pregunto. Ríe.
  ¡No hijo, eso eran antes! —concluye y regresa a picar piedra.
  ¿Y ahora por qué no? —se detiene pensativa.
  No pagamos directamente impuestos, hacemos aportes por aprovechar la mina. Usted me entiende, ¿verdad?
  ¡Sí, claro que sí! Al entendido con señas —digo y capta inmediatamente que comprendo la situación.
  Y el dinero de la venta, ¿cómo se lo distribuyen? —hace una pausa.
Cada quien recibe su parte, según los metros que aporta.

Observo a varias personas, en la parte de arriba están pendientes de mi visita a la presidenta. Voy a subir a aquella parte, le digo. Ya regreso, voy a tomar fotos. Sí, está bien, vaya. Subo la pendiente y arriba hay mas champas. Las recorro hasta el final. Llego a una donde escuchan un programa de radio en miskito.

    ¡Tutni yamni manani sut ra! —saludo.
  ¡Naksa! (¡Hola!) —contesta sorprendido un hombre de unos cuarenta años. Se levanta y le baja el volumen a la radio. Los otros sonríen.
  ¡Muhtara uba bitni, nara lika kauhla! (¡Hace mucho calor allá abajo, aquí es más fresco!) —digo. Todos callan. Los de la champa de al lado se acercan.
  ¿Bisnis kam nahki auya? (¿Cómo les va con el negocio?). Se quedan viendo.
  ¿Ta upla mairin dia mai win? (¿Qué te dijo la presidenta?) —pregunta siempre el mayor de ellos.
Diara sut pain sa wisa, diara manis atkisa bara prais ka sin sipar. (Dice que todo está bien, que venden bastante y a un buen precio).
¿Mairka bila dia prais sapa walesa? (¿A qué precio dice ella?) —pregunta inquieto.
  Sem andat córdoba mita kum. (Setecientos córdobas el metro). Se miran entre ellos.
¡Kuna baha nahki ki, witin yang nani ra lika paip andat baman ai aibapisa! (¡No puede ser, a nosotros ella nos paga a quinientos el metro!) —dice sorprendido y manifiesta ira.
  Lilka alkaya auna. Auhya ra bili kaiki banhgwisa. Yang wal miskitu ra aisisma ba mihta tinki mai wisna. (Voy a tomar fotos. Me esperan en la playa. Gracias por platicar en miskito conmigo).
   ¡Were, wapara! (¡Espera, no te vayas!) —dice mientras camino hacia la salida de la pista.
  Diara kum ai wis. Kapu, mai walisna. (Dígame. A ver, pues, lo escucho) —le digo mientras camina a mi lado.
    ¿Man televisan ra wark takisma? (¿Usted trabaja para la televisión?)
    Apia, yang kirhbi tauksna. Yang naha ra ai baikan. Aisabe. (No, ando de visita. Nací aquí. Adiós.) —deja de caminar a mi lado y se detiene en una de las champas.

El calor está sofocante. Veo el reloj y me doy cuenta que han pasado casi dos horas. Pienso en las bichas del Best, deben estar bien heladas. Antes de salir hacia la pista le digo adiós de lejos a la presidenta. Unos que están picando piedras cerca de la salida me llaman.

  ¡Señor, regáleme diez pesos!
  ¿Cómo? —grito y sigo caminando.
  ¡Que me regale diez pesos! —grita. ¡Somos pobres y nadie nos ayuda! ¡El gobierno no nos regala nada, nadie viene a vernos para ayudarnos! —siempre grita y sigo caminando, lo evito.
  ¡No esperes que te vengan a ayudar! ¡Mucho menos los políticos!

Camino hacia la playa. Pienso en la plática que sostuve con los miskitos y la presidenta. Ahora comprendo por qué Yelba y Maricruz trabajan aparte y por qué la presidenta está sola en el centro de la mina. Ellas no se dejan coimear por la presidenta, son originarias del lugar y tienen iguales derechos. La presidenta se queda con doscientos córdobas por metro cúbico de los miskitos. Hay una cadena lineal de explotación, pienso. Pero también ella es la de los contactos, la facilitadora, la que paga el traslado de ese piedrín hasta su embarque, asume costos mientras que ellos le proveen el material. Hacen aportes para aprovechar la mina mediante relaciones informales. No poseen derechos jurídicos ni legales para explotarla. En Bluefields, el costo del metro cúbico de piedrin es de setenta dólares equivalentes a mil quinientos córdobas. Entre el usuario final, ya sea proyectos sociales impulsados por ONG's, el FISE, la misma alcaldía o por cualquier ciudadano que necesita el piedrin para construir, existe una cadena de intermediación. A esa cadena hay que agregar a los políticos locales del Puerto, de ambos bandos, que se aprovechan de la situación y cuando interactúan con ellos se sienten impotentes, presionadas, silenciadas y frente a oídos sordos. Es allí donde aparece la cadena de explotación externa, la explotación de la miseria por los políticos. La corrupción también afecta a los más pobres. 

Pienso en el alto grado de explotación que ha tenido la mina. Ha pasado de ser explotada para grandes proyectos estratégicos, como el del puerto de aguas profundas y el cierre del mar para recuperar la playa, a proyectos de carácter social como la construcción de casas en Bluefields después del huracán Juana. Al Zorro no lo dejaron. Ahora la explotan ellas y sobreviven a la miseria. Los políticos se aprovechan de la situación mediante impuestos informales e ilegales.

¿Cuánto tiempo durará la mina? No lo sé. Hay mucha piedra que picar todavía. Hay muchos que podrían ganarse la vida en ella. Mientras no existan alternativas de trabajo y empleo en el puerto, muchos van a continuar recurriendo a ella. La chancha, la trituradora, les facilitaría el trabajo pero acortaría el tiempo de vida. No sólo de la mina sino de todo el puerto. La mina es un promontorio convertido hoy en un enorme hueco. Ha protegido desde siempre al puerto del embate de las olas del mar. La naturaleza es sabia y vengativa. El día que se termine la piedra será el inicio del fin.

Vuelve a sonar el teléfono. Es el Best. Ya voy, estoy cerca, le digo. Está ansioso por leer la “conversación en la arena bajo un cielo estrellado”.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
10 de Octubre de 2010.

viernes, 8 de octubre de 2010

VIAJE EN DOS MOMENTOS

I

Llega la panga de Bluefields. Los pasajeros salen de ella frente a un gentío que busca maletas en vez de manos. Andan de prisa y, al salir al muelle flotante, se aglomeran en la confusión de las maletas. Tres soldados salen de su cuartel. Bajan las gradas y cierran el paso ubicándose a lo ancho del camino que va hacia la parada de buses que viajan a Managua. Dos en los extremos y uno al centro. Arriba los observa el jefe.

Los pasajeros suben las inclinadas gradas de acceso al muelle flotante. Caminan de prisa. Llegan frente a ellos. Ponen sus maletas en el suelo. Los soldados van sobre ellas como depredadores sobre una presa. Abren las maletas, meten sus manos, recorren los lados, el centro, los depósitos. Palpan su contenido ante la mirada expectante del dueño quien las cierra. Se produce otra aglomeración, todos están inquietos bajo un sol ardiente.

Unos pasan sin ser revisados. Estoy a la expectativa. He bajado varias gradas, estoy cerca y la cámara fotográfica ha captado varias imágenes. Uno de los soldados me mira con recelos. Regreso hacia arriba. El jefe clava su mirada en mi rostro. Te van a joder por estar tomando fotos me dice Rafael.

Abajo sigue la revisión. Arriba, en la calle, los que no fueron revisados abordan un carro blanco que los espera.

II

Voy hacia El Rama. Llego al muelle municipal y sin bajarme del taxi dos tipos se pelean por mis maletas. Uno de ellos es más rápido y se apropia de ellas. Sin esperarme se las lleva. De prisa lo sigo.  Le han cerrado el paso, discute con otro y no lo dejan entrar. Le quito mis maletas y entro al fondo de la caseta de embarque. Compro mi boleto y, con alivio, me acomodo en unas bancas. Llega un tipo y me dice que debo pagar en la entrada cinco pesos de peaje.

Entro a unos servicios sanitarios. Salgo y un tipo me dice que tengo que pagar dos pesos. Puta, pienso, es un derecho humano orinar. Después de media hora un tipo llama a gritos a formar fila para el registro de maletas. Todos se levantan rápido buscando como ubicarse al inicio de la fila. No tengo prisa, siento nostalgias. Me ubico al final de la línea, una serpiente en movimiento.

Pasa el tiempo, más de media hora y no han comenzado el registro. Regreso a la banca pendiente de las maletas. El mismo gritón comienza a entregar flotadores. Me pasa dejando uno por la banca. Tenemos más de media hora que nos llamaste a formar fila y no comienza el registro, le digo. El resto de pasajeros clava su mirada en él. Se da cuenta y con enojo dice: no es mi culpa hay unos pasajeros que no han venido, hasta que estén todos comienza el registro. Registran las maletas y abordamos la panga.

Todavía falta el registro de El Rama. No se si por la brisa o por la nostalgia de Bluefields, unas lagrimas recorren mi mejilla. Es la brisa, pienso.

La escena de la llegada a El Rama se repite, pero ahora llueve. Hasta a las vacas las palpan en mejores condiciones, las meten en una manga bajo techo y le introducen hasta el codo para ver si están preñadas. Nos merecemos algo mejor que esto, pienso.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 08 de octubre de 2010

lunes, 4 de octubre de 2010

ADIÓS BLUEFIELDS


Me voy Bluefields.
Me llevo todo de vos,
me extrañaras.
No sentirás mis pasos por tus calles,
tus muelles, por mi reino.
La playa notara mi ausencia,
mis manos ya no recogerán
desperdicios de otros.
Me llevo sonrisas de caras tristes.
La música va en mi maleta, es tu espíritu.


Ronald Hill
Bluefields
04/10/2010

domingo, 3 de octubre de 2010

LA PATRONA DE BLUEFIELDS




Aquí les dejo a Monseñor Pablo Schmitz donde nos habla sobre la celebración de la Patrona de Bluefields, la Virgen del Rosario.




lunes, 27 de septiembre de 2010

CONVERSACIÓN EN LA ARENA BAJO UN CIELO ESTRELLADO

Foto: José Juan López
I
 
En sus caras se nota la alegría del triunfo, el éxtasis de la victoria. Sus uniformes están sudados, sucios, desaliñados. Están reunidos entre el montículo y la caja de bateo. Al fondo se observa la pizarra con los números finales del encuentro: dos a cero. En el centro del grupo está él. Lo han levantado para cargarlo en sus hombros, es el héroe del juego. Todos brincan, se abrazan, gritan, celebran el triunfo. El estadio ruge, el monstruo de mil cabezas ha enloquecido, las voces estridentes se escuchan como una sola, todos aplauden. La selección infantil ha ganado la serie: son los nuevos campeones. El pueblo entero celebra.

Al caminar por las calles, con destino a su casa, unos le extienden la mano para saludarlo, otros lo abrazan y aplauden. Se siente lleno de orgullo. Toma la panga para dirigirse al puerto, el panguero no le cobra, al llegar los estibadores y amigos se posesionan de él, lo sacan velozmente y vuelve a ser cargado en hombros por el recorrido del andén principal hasta su casa. Se ha convertido en un héroe del deporte a la edad temprana de doce años y lo sigue siendo en la liga amateur de Bluefields.

Sus habilidades como lanzador se las debe en gran parte a su padre quien lo motiva, lo incentiva a ello. Le compra revistas especializadas de béisbol, los mejores guantes, las mejores pelotas y le enseña nuevos lanzamientos. Desde el corredor de su casa está pendiente de sus prácticas y de que corra todos los días para alcanzar fuerza y resistencia. Es el orgullo de la familia. Al bachillerarse es reconocido por todos como el mejor lanzador de béisbol que Bluefields ha tenido en muchos años. Se ha convertido en un adolescente exitoso y debe partir hacia la Universidad.

Es becado y encabeza la rotación de lanzadores del equipo universitario en la liga de primera división. Estudia y realiza sus entrenamientos durante el día. Varias veces por semana debe viajar a los departamentos a enfrentarse con diferentes equipos. La rutina lo embarga, añora su casa, su familia. Cuando los juegos son en Managua sus amigos lo esperan a la salida del estadio y lo invitan. Sale con ellos hasta altas horas de la noche, comienza a tomar alcohol, a fumar mariguana y a desahogar sus penas entre las piernas de prostitutas. En periodo de vacaciones siempre regresa al hogar. Su padre le muestra orgulloso los recortes del periódico con las noticias de sus triunfos. Uno de sus regresos lo marca para siempre. Su madre ha abandonado la casa. Ha dejado a su padre solo con sus otros hermanos y hermanas. No lo comprende, no encuentra motivos para ello. Su padre está deshecho, lo nota más viejo y cansado.

Su rendimiento deportivo y académico se va al suelo, mientras que el consumo de drogas, alcohol y sexo comprado aumentan. La desesperación lo invade. Visita mi casa y se convierte en amigo de mi hijo: le presta su guante y la pelota. Desde que lo ve venir acude a la puerta para abrírsela y jugar con él, le lanza despacio la pelota para que la atrape. Almorzamos juntos varias veces y, en una de sus visitas, me dice que se va a jugar a otro país, que la paga es buena. Aún no concluye su carrera.

Juega con un equipo de primera en un país donde el béisbol tiene un nivel más bajo que en Nicaragua. Incursiona en el mundo de las drogas, prueba la cocaína y la heroína. Ha traspasado la frontera de las drogas. Sus hábitos sexuales no cambian, siempre compra sexo, pero ahora de nacionalidades diferentes. Acude a discotecas, clubes de noche, en esos donde ellas se quitan la ropa bailando en una tarima y haciendo contorsiones eróticas alrededor de un tubo. Se droga hasta reventar. En una de sus salidas a estos sitios se arma una pelea en la que sale perdedor, el botín es su prostituta preferida. La policía lo detiene al encontrarle cocaína. Acude a su equipo pero le dan la espalda. Sale de la cárcel y no tiene más opción que regresar a Nicaragua.

Ingresa a la universidad para concluir la carrera. Ya no es miembro del equipo universitario. Su padre le ayuda para que termine su último año. Obtiene empleo en una granja. Su madre fallece y la noticia lo deprime tanto que se aísla en su habitación a drogarse. Lo despiden de la granja. Sin más opción decide regresar al lado de su padre.

II

Salimos de la panga y nos dirigimos donde mi prima, saludamos, tomamos un refresco y caminamos por el anden. Mi hijo me acompaña. Vamos directo a su casa. Han pasado más de quince años y no nos hemos visto. A unos metros observo el corredor vacío. Subimos las gradas y abro la baranda. Entramos al corredor.

— ¡Buenas! ¿Se encuentra Jorge? —nadie responde. Pasan unos segundos y desde el fondo de la casa alguien sale de una habitación. Es su padre.
¡Ideay Catracho, tanto tiempo de no verte! ¡Y ese milagro! ¿Qué andas haciendo? —pregunta Don Chano mientras se acomoda la camisa y nos ofrece asiento.
Visitando el puerto con mi hijo para que conozca y a usted también — digo mientras lo observo. Está viejo, su paso es lento, se mueve con cálculo. Su cuerpo muestra aún los vestigios de sus fuertes músculos.
Siempre me recuerdo de ustedes, de tu papá y de tu mamá. ¿Y este chavalo es hijo tuyo? ¡Se parece a tu hermano!
Sí —eso dicen. — ¿Cuénteme cómo están las cosas por aquí?
Pues qué te puedo decir, las cosas andan mal. No hay trabajo. Aquellos tiempos, cuando tu papá pescaba, se acabaron. Siempre tengo el taller, pero por allá sale un buen trabajo —concluye haciendo un ademán de lejanía con su mano derecha.
¿Y Jorge, dónde se encuentra, qué hace? —no contesta al instante. Lo veo incomodo, se levanta y vuelve a ver hacia la calle. Regresa a su asiento.
Mira catracho, aquí no hay nada que hacer. ¡Jorge se ha hecho un vago, allí anda con otros fumando esa piedra maldita! De seguro te lo vas a encontrar por las calles —concluyó con su rostro tenso, enojado y sus manos temblorosas.


Al verlo inquieto nos despedimos. Caminamos hacia la playa y observamos los estragos dejados por el paso del huracán, la playa ha desaparecido.  Regresamos hasta el parque y de lejos observo un grupo de gente frente a la casa de Don Chano. Al acercarnos veo a algunos conocidos, amigos de juventud, los reconozco a casi todos.

¡Ideay Catra!, ¿Dónde te has perdido? —la voz es familiar.

Busco la mirada del que saluda y lo veo. Es él. Es Jorge, el Best, como le llamamos con cariño. Está irreconocible, flaco a tal extremo que sus pómulos sobresalen en su cara, su cuerpo está lánguido, la cavidad de sus ojos es profunda y han dejado de brillar, están amarillos.

¡Ideay Best, no jodas, no te conocía! —contesto y me acerco para estrechar su mano y darle un abrazo. Los otros ríen con malicia.
¿Y este chavalo, es hijo tuyo? ¡Se parece al buzo! —dice sonriendo y estrecha la mano de mi hijo.
Voy para el muelle. Se hace tarde y debemos salir temprano por la mañana — lo invito a que nos acompañe.
Vamos pues, yo también voy para allá —se despide de los otros y caminamos juntos por el anden principal.

El Best lleva un periódico viejo enrollado en sus manos. En la caminata por el andén conversa de diferentes temas: economía, política, de la escasez de empleo y de la pesca. Está al día con lo que acontece. Los perros salen de las casas ladrando, enfurecidos y tratan de morderlo. —Estos perros hijos de puta están locos —dice y los ahuyenta a patadas.

Al llegar al muelle nos sentamos en una de las bancas a esperar la salida de la próxima panga hacia Bluefields. Lo observo inquieto, como que trata de decirme algo pero no se atreve. Me llama aparte y argumenta que la situación económica está mal y dice que le preste cien córdobas. Sin pensarlo, antes de despedirnos, se los doy. Es el Best.

— ¡Ese Best se está muriendo! —dice mi hijo.

III  
La droga fluye como el viento en el puerto. La gente no tiene empleo. Otros se llevaron las esperanzas. La miseria ha irrumpido sin invitación y se adueña de muchos, llegó después del esplendor. La familia ya no lo aguanta más. Las cosas se pierden. Su padre está más viejo, sin fuerzas y no puede lidiar con él. Esconden bajo llave todo lo de valor. Sus hermanas no lo soportan, roba cualquier cosa para venderla y luego compra la piedra de crack para drogarse. Pasa el día fuera de la casa y se le observa en el muelle a la espera de un conocido para pedir dinero. Por las noches camina ambulante por el puerto en busca de algún objeto ajeno para venderlo y poder drogarse. Los flacos y pulgosos perros lo odian.

Algunos de sus amigos de Bluefields tratan de ayudarle para que deje la droga. No reconoce su adicción, todo intento es en vano. Su padre lo corre de la casa. El Zorro le da la mano y lo emplea como cuidador en el proyecto que gestiona en la loma cerca del faro. Dura poco tiempo porque la droga no lo deja trabajar. Vende las cosas que debe cuidar. Va por las calles y pide dinero. Corre a comprar la piedra, se droga y regresa como que nada ha pasado, con la mirada perdida, sin sentidos, como un fantasma en vida. Su padre sufre, sus hermanas también. Se ha convertido en una lacra despreciable en su casa y en el puerto. Vive en las profundidades bajo las llamas del infierno.
IV

Con el paso de los años viajo hasta Bluefields por la trocha que han abierto desde Nueva Guinea. Al día siguiente, después de la travesía, regreso al puerto. Hago el mismo recorrido por el andén. Llego hasta la casa de Don Chano y decido visitarlo con cierto recelo.

¡Buenas! —saludo y pregunto: ¿Hay alguien en casa?—entro al corredor después de abrir la baranda.
¡Hola, hola! —contesta Reina, su hermana. —¡Pasa adelante! —se acerca y nos saludamos con un beso en la mejilla. — ¡Tanto tiempo de no verte! —dice sonriente.
Siempre que vengo paso por aquí saludando, pero nunca estas.
Hoy estoy de día libre, toma asiento, voy a llamar a mi papá.

Pasan varios minutos. Hace un intenso calor. El sol brilla bajo un cielo limpio vestido de azul intenso. Saco el pañuelo para limpiar los lentes y aparece Don Chano.

¡Catracho! ¡Te habías perdido! ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? ¡Tenias rato de no venir! —dice con cara de alegría. Me levanto para saludarlo, nos estrechamos las manos, lo siento con fuerzas. Su mirada esta viva. No se ha sentado y llama a su hija.
¡Reina, Reina, tráele al Catracho un vaso de agua con hielo que lo veo cansado!
¡Un día de estos estuve pensando en vos! Te traje con el pensamiento —dice y ríe con ganas, como un niño contento.
  ¡Te tengo una gran noticia! —junta su manos, las frota y me mira. — ¡Es Jorge, ha cambiado!
¿Cambiado? ¿Qué le pasó? —me inquieta lo que pueda significar el cambio.
¡Al fin!, ¡al fin, hijo!, ¡ha dejado la maldita droga!, ¡tienes que verlo, platicar con él! ¡Hasta ha regresado a ayudarme en el taller! —dice contento.

El cambio debe ser drástico. Don Chano está diferente. Ha recuperado la alegría, se manifiesta en su voz, su paso es firme, igual que sus movimientos. Su mirada expresa paz en su alma. Ha desparecido la atmósfera de tensión y tristeza. Expresa cariño al hablar de Jorge y me dice hijo.

¿Y donde está Jorge, Don Chano? — pregunto ansioso por saber.
¿Reina, que se hizo Jorge? —pregunta a su hija. —Hace un rato estaba aquí sentado en el corredor leyendo el periódico —dice el mismo.
Se fue para la playa, anda en el rancho — contesta Reina al darme el vaso.
Si es cierto, hoy es domingo —afirma él.
  ¿En el rancho? ¿Qué hace en la playa? —pregunto.
Atiende el rancho de Florencia los fines de semana. Ahora que volvimos a tener playa, viene bastante gente y allí vende comida y gaseosas —dice. Vos sabes que aquí las cosas andan mal, no hay trabajo —concluye.
Voy a caminar a la playa. Voy a buscarlo.
¡Si hijo, anda, esta en el primer rancho al llegar!

Me despido y camino hacia la playa. Voy de prisa. Por mi mente se cruzan imágenes de la infancia. Recuerdo las caminatas sobre las piedras haciendo equilibrio para evitar caer en el suampo y llenarnos de lodo. Al llegar a la punta de la pista vuelvo a ver la playa. La han recuperado colocando una inmensa y larga barrera de piedras que permite la acumulación de arena y evita el paso de las olas hacia la bahía. Camino sobre la arena, mis pies quieren hundirse en ella. Me quito las sandalias. La brisa, el rugir de las olas, la arena y espuma en mis pies hacen que me sienta libre. El cielo vestido de azul está de fiesta, las tijeretas y gaviotas danzan al vaivén del viento.

V

El rancho tiene techo de paja y una parte del piso es de concreto. Está concurrido. Lo busco al entrar y lo veo detrás del bar.  Lleva puesta una gorra, viste de camiseta y en el cuello lleva colgados los lentes. Nos saludamos como siempre. Su físico ha cambiado mucho desde la última vez que nos vimos. Tiene unas libras más de peso. Su rostro ya no muestra los pómulos, su mirada está limpia y serena. Lo noto calmado, despejado, sin prisa ni desesperación. Sus manos están quietas, ya no tiemblan. Tiene razón Don Chano, pienso. Ha cambiado. Atiende a los clientes que piden cervezas sacándolas de un termo con hielo.

Tenías buen rato de no venir —dice mientras abre dos cervezas y sale a dejarlas a una de las mesas de sus clientes. Lo observo conversar amenamente con ellos.
Más de ocho años desde la última vez —le contesto cuando regresa mientras tomo una cerveza del termo y le digo que lleve la cuenta.
Apártalas allí en esa cajilla —dice indicándome y agrega: —Cómo pasa el tiempo, me parece que fue hace poco.
         
Dos mujeres se acercan al bar y escucho que le dicen con cierta pena: “véndanos dos miaditas”. Introduce sus manos en una cajita de cartón, saca una llave, dos rollitos de papel higiénico y los entrega a cambio de seis córdobas. Nota que no comprendo lo que sucede y me dice: “este es el único rancho que tiene servicios sanitarios, la miadita vale tres córdobas para las mujeres”. Me río a carcajadas y él también.

Cae la tarde y debo regresar a Bluefields. El Best me dice que no me preocupe, que saldrá una panga por la noche y que la espere. El rancho se encuentra vacío. Aquella panga que ves allá, me indica, es de unos tipos que andan reparando el faro. No dilatan. Ven, trae tu cerveza, sentémonos aquí, acomodémonos en la arena, en este tronco para que platiquemos.

Tengo más de seis años de estar limpio. Ingrese a una clínica. Ya dejé la droga y no he probado ni una sola gota de alcohol. Soy alcohólico anónimo. Ya se qué estás pensando. Debes preguntarte cómo es posible que esté vendiendo guaro. La situación hermano, la puta situación me obliga a ello.
Y qué dicen los del grupo — le pregunto mientras lucho con en viento por encender un cigarro.
Ellos me comprenden, aunque al inicio estaban mal conmigo. Siempre asisto a las sesiones. He cambiado. Mi papá, mi pobre papá está contento ahora.
Sí, ya lo sé, cuando llegué a su casa me di cuenta. Él me dijo que te buscara aquí en la playa.
Mira Catra, he sido una lacra. Vos conoces bien lo que ha sido de mi vida. Pero me siento bien, estoy en paz conmigo mismo, con mi familia. Antes no valoraba nada, estaba ciego. La droga me convirtió en egoísta, nada me importaba más que metérmela. Con ella obtuve cierta gratificación aparente, produce placer, alivio pero luego te provoca dolor, desastre, desolación y multitud de problemas.
Hermano, no sabes lo contento que me siento de que me digas estas cosas.
Cuando se anda metido en la droga, uno pierde lo mejor: el autocontrol y la fuerza de voluntad. Te convierte en un ser apá­tico, desinteresado, ansioso. Se pierde el estímulo por los logros personales y profesionales. Mírame, vos sabes bien que soy un profesional, pero la cagué toda. El drogadicto, entre mayor nivel de formación tiene, mas se aísla, des­precia los vínculos familiares y amistosos. Se en­cierra en círculos, los más bajos, donde le resulta fácil conseguir la droga. Se vuelve esclavo de la sustancia hasta destruirse a sí mismo. Yo ya no me meto con esos majes drogo. No los margino, pero ya no ando con ellos.
Best, me estas dando una cátedra. ¿Dime qué paso con el sexo? —le pregunto y me vuelve a ver.
Te estoy contando mi vida de drogo. Esto no te lo había dicho, pero el resto ya lo sabes.
El sexo, Best. ¿Tienes relaciones sexuales? —le recalco la pregunta.
Tengo una novia. Es una chavala jovencita. Apenas tiene dieciocho años. Vieras qué linda que es. Sus manos, Catra, sus manos son bellas. Cuando las comparo con las mías me doy cuenta cómo he desperdiciado la vida. Ella me ha regresado las ganas de vivir, me llena de dicha. Es pobrecita y le ayudo porque ahora estoy trabajando en el taller de mi papá, hago fogones metálicos y con esto que gano aquí en el rancho pues me da para ayudarle.
Dicen que para dejar la droga, es necesario que la persona tome la decisión. En tu caso, sé que unos amigos trataron de ayudarte pero no resultó. ¿Que fue lo que pasó para que tomaras la decisión definitiva? —le pregunto.
 
Se queda callado, mira hacia arriba, ve el cielo estrellado, me dice que lo observe, está lleno de estrellas brillantes, mete sus manos en la arena y dice:
     
Una noche, una de esas noches de infierno, de desesperación y angustias por la ausencia de la droga, me quede dormido. Tuve un sueño, algo raro porque casi nunca soñaba. En el sueño volví a ver juntos a mi papá y mi mamá como cuando eran jóvenes. Estaban lejos y me llamaban. Al verlos, caminé hacia ellos, pero cada vez estaban más lejos. De pronto vi junto a ellos a un viejo de pelo largo, barbudo, todo canoso. Comencé a caminar y ahora me acercaba. Estaban en un lugar totalmente blanco, todos de blanco. Me decían que entrara a un lugar que tenía colores bonitos. Que si entraba allí volveríamos a estar juntos toda la vida. El viejo sonreía.
¿Y qué pasó después? —le pregunto. No responde. Observa el cielo y miro hacia arriba, el firmamento está esplendoroso, miles de estrellas brillan. El brillo llena su rostro y delatan las lágrimas. No insisto.
Le doy una palmada en el hombro. Best, si yo hubiera podido….
No Catra, dice sin dejar que termine la frase. Sólo yo podía. Me desperté asustado, bañado en sudor. Me di cuenta que podía cambiar y tome la decisión. Fui donde mi papá, se lo dije, pero no me creía. Nadie me creía, todos desconfiaban de mí. Aquí estoy, poco a poco me he vuelto a ganar la confianza de ellos y la gente. ¡Mira, aquellos que viene son los de la panga!, ¡apurémonos tienes que irte!



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
27 de septiembre de 2010.