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miércoles, 14 de junio de 2017

ASÍ SE GANAN LOS PESOS EN EL MAR


Luego de finalizadas las clases, la Empresa Booth de Nicaragua S.A., ubicada en el puerto El Bluff, brindaba la oportunidad de obtener empleo a jóvenes estudiantes como un medio para ganar un poco de dinero en jornadas de trabajo menores a las normales, realizando actividades supervisadas por los responsables de las diferentes áreas. Por casi todas las áreas de la empresa estuve dos años con un empleo estudiantil. La más fascinante fue el área de producción debido al proceso sincronizado, desde la descarga de la captura de camarones en el muelle de los pesqueros hasta el empaque de los mismos en cajas de cinco libras según su tamaño, donde la mano de obra empleada eran mujeres que en una banda hacían la limpieza de impurezas y luego los equipos se encargaban de clasificarlos según el tamaño.

La mayor parte de las mujeres eran afro caribeñas, black creoles de Bluefields que hacían diario el viaje a El Bluff en un barco de la empresa y desarrollaban su jornada hablando de todo, en inglés y a veces en español, creando un ambiente ameno, florecido por amplias sonrisas y carcajadas sin descuidar su labor. No cabe la menor duda que la mayor satisfacción eran los momentos del pago semanal en base a la planilla de horas normales y horas extras liquidadas con rigurosidad.

Fue tan motivadora esa experiencia que un día mi padre, White Bush Hill me dijo: ahora que ya ganaste tus pesos en tierra, te enseñaré como se ganan en el mar, alístate que por la tarde vas conmigo a pescar. A pescar en un barco camaronero llamado San Martín frente a las costas de El Bluff. Todos los años, entre los meses de noviembre y enero, la flota de barcos pesqueros salía por las tardes a realizar su faena cerca de la costa, donde el conglomerado de estos daba la impresión de tener una ciudad vecina, con miles de luces vivas e intermitentes, que se desplazaban en el horizonte durante las noches. Era un espectáculo increíble, admirado por los caminantes desde la esquina de Miss Lilian con la mirada fija en el Este, frente a la playa de El Tortuguero.

Llegamos al muelle de los barcos pesqueros como a las cuatro de la tarde. La tripulación se encontraba haciendo los preparativos para la salida. En una hora mi padre hizo el recuento de todo lo necesario para salir al mar: tripulación, chequeo del combustible, estado del motor, hielo, estado de las redes, radio comunicación, luces, alimentos, agua y definición del sitio de pesca. Una vez concluido el chequeo procedió a comunicarse por la radio con otros capitanes de barco que iban a salir esa tarde. Entre estos se comunicó con su hermano menor, Henry B. Hill, el que salía también esa tarde. Se pusieron de acuerdo y en una hora el San Martín soltaba sus amarras del muelle para hacer su maniobra de salida y enrumbarse hacia la barra. En menos de quince minutos, el barco, con sus plumas extendidas, comenzó a ser golpeado por las olas del mar y cambió un poco su rumbo hacia el noreste, cortando las olas con la proa, navegando paralelo a la costa del puerto desde donde se podía observar la loma y el faro. En la cubierta la tripulación observaba con cierta melancolía la costa y la incertidumbre apareció en sus semblantes revelando cierto grado de temor al sentirse nuevamente sin el contacto de sus pies sobre tierra firme.

Una hora más tarde el San Martín navegaba a unas ocho millas de la costa siempre en dirección noreste y comenzaba a caer la noche. Ya se había perdido contacto visual con la costa y, cada vez más, se hacían notorios los haces de luz del faro desprendidos de sus lentes de Fresnel, advirtiendo la lejanía de la costa y creando a la vez una especie de sentido de seguridad en la tripulación. Junto a mi padre, en la cabina del capitán, se podía observar a los otros barcos pesqueros, emitiendo luces verdes los que iban a la izquierda y luces rojas los de la derecha. Navegaban sin cesar a lo largo de la costa, de sur a norte.

Después de la orden dada por White Bush, fue lanzada al mar una red pequeña llamada “chango” de unos seis pies de largo y con capacidad de capturar unas veinticinco libras las que se arrastraron por unos veinte minutos para luego volver a subirlas. Una vez levantada la abrieron e iniciaron a hacer el recuento. Quince camarones de los grandes bastaron para que inmediatamente se diera la orden de lanzar las redes mayores.

“Es una buena prueba”, dijo mi padre, “vamos a lanzar las redes grandes”. En esos momentos, todos los capitanes de barcos mantenían constante comunicación por radio, surgían pláticas, algunas en español y otras en inglés, sobre los resultados de las pruebas hechas, problemas con los barcos y marineros, el estado del tiempo, sus expectativas de la captura así como de los acontecimientos transcurridos en el puerto y, no lo dudemos, también sobre las aventuras y los infaltables amores de marinos.

La noche estaba estrellada. La marejada era llevadera para los marinos. Una brisa moderada proveniente del este golpeaba a estribor. Todas las luces del San Martín estaban encendidas cuando se dio la orden de hacer el primer lance de las redes mayores. Eran como las siete y media de la noche. En un dos por tres la tripulación procedió a realizarlo de manera ordenada y con sumo cuidado. Primero hicieron la maniobra de largar o “calar” el aparejo desde la popa dando avances lentos, comenzando por la punta de las redes o “copo” que es donde va a parar la captura, después las malletas, que son unos cabos de nylon que va unidas a las puertas. En el instante de bajar las dos puertas, el cuidado de los marinos estaba al máximo debido a que se debe ejecutar con la suficiente pericia para evitar que se crucen. Estas puertas van sujetas a unos cables de acero en su cara anterior los que tiene un largo suficiente para que puedan llegar al fondo marino formando un “seno”, que en el extremo sujeto a las puertas, va arrastrando en el fondo mientas el otro extremo va unido a la maquina o “winche” que es el encargado de recoger el aparejo y es operado por el winchero.

Acto seguido se procedió a bajar los cables que sujetan las puertas con el sumo cuidado de que estén igualados debido a que un error en la calada al arriarlos puede desgarrar el arte por completo. El winchero mostraba su experiencia al ir frenando cada carrete donde se cobra el cable. Una vez arriados estos, los marinos se mostraban alegres y amenos.

En ese instante el cocinero nos llamó a cenar. Unos hermosos pargos rojos fritos, los que fueron seleccionados por él a la hora de levantar el “chango”, acompañados de abundante arroz, tajadas de plátano fritas, café en abundancia y el infaltable chile de cabro nos esperaban en la mesa comedor. La cena fue amena, reían, hablaban de sus cosas y de las expectativas de la captura. “Dentro de tres horas haremos el levante de la redes”, dijo mi padre. “Continuaremos hacia el norte y al dar la vuelta lo haremos. Espero que descansen. La noche será bastante larga. Te puedes acostar en mi camarote y duerme un poco. Te despertaré a la hora del levante”, me dijo.

Me acosté con el estómago lleno y traté de conciliar el sueño mientas escuchaba a mi padre hablar por radio y sostener conversación con el winchero, el segundo al mando en el barco. El oleaje lo sentía más fuerte y el ruido de motor no me dejaba dormir. Como a las once de la noche me despertó. “Levántate, vamos a hacer el levante, vamos a dar la vuelta”, dijo.

Al salir a cubierta los marinos estaban listos para iniciar el levante de la redes. La maniobra siguió el mismo proceso del lance, pero a la inversa, empezando por recoger el cable hasta que subieron las puertas con sumo cuidado para ser amarradas fuertemente y evitar así bandazos y accidentes por su volumen y peso, desgrilletaron las malletas jalándolas con el winche para terminar hasta llegar al final del saco, donde se encuentra la captura, el que subió a bordo dando coletazos y los marinos se esmeraban con mucha fuerza para sostenerlo. A ser levantadas en su totalidad, las redes fueron abiertas por el copo y comenzó a salir la captura, similar a una avalancha, entre las que caían camarones, peces, sardinas, tiburones pequeños, calamares, algas marinas, pulpos, toda una variedad riquísima de vida marítima.

El San Martín ahora navegaba a menor velocidad en dirección al sur, siempre paralelo a la costa, con todas sus luces encendidas y, a lo lejos, el destello de las luces del faro era más tenue. Con la captura en la cubierta, los tres marinos, entre ellos el pavo y el winchero, comenzaron a realizar el proceso de selección, unos sentados en unos pequeños bancos de madera y otros de cuclillas, cada quien con una canasta a su lado. Con una raqueta jalaban, seleccionaban, descabezaban y depositaban los camarones en la canasta. El pavo, un aprendiz de marino, seleccionaba los pescados, sardinas de buen tamaño, langostas y otras especies de utilidad, echándolas en recipientes diferentes. En esa labor pasaron más de una hora. Al concluir, la captura rechazada fue tirada a la mar, empujada por una raqueta grande a través de las escotillas de la cubierta.

El camarón descabezado fue lavado con agua a presión, pesado y luego estibado en la bodega en hielo triturado. “Cuantas libras”, preguntó mi padre. “Doscientas”, respondió el winchero. “Es un buen lance”, comentó un marino. “Prepárense para el siguiente”, dijo mi padre y se dirigió a la radio para conocer los resultados de los otros camaroneros. “Unos has sacado un poco menos y otros lo mismo” dijo. “Es una noche buena, tienes buena suerte, pero te veo pálido. Dormí un rato, cuando hagamos el próximo levante te despierto”, agregó. “Me siento mareado”, dije. “Acuéstate que eso te hará bien”, respondió.

El oleaje era más intenso lo que provocaba movimientos bruscos del barco. La proa se hundía cortando las olas, volvía a levantarse e inmediatamente se sentía un golpe de mar fuerte a babor ladeándolo unos treinta grados a estribor. Como sin fuerzas, el San Martín volvía a estabilizarse para nuevamente iniciar su danza entre las olas. Nunca pude conciliar el sueño, pero sentía la suculenta cena moverse en mi estómago como si fuese la compañera de baile del barco. De pronto caí en un estado angustioso, sentía la boca salivosa, un leve dolor de cabeza y sudaba frío. Mi estómago no pudo soportar más la danza del San Martín y sin darme tiempo para nada, vomité en el camarote.

Escuche a mi padre decirme levántate, me agarró de un brazo y la cintura llevándome a la cubierta para que continuara vomitando. Vomité hasta lo que no tenía en el estómago. En ese preciso instante un barco se acercó como a seis metros del San Martín. Era el barco de mi tío Henry y lo escuche que gritaba diciéndome: ¡Ajá cabrón, ahora ya sabes cómo se ganan los pesos que le pedís a tu papá! Me lo repitió dos veces pero no pude levantar la mirada para ver su semblante porque nuevamente volví a vomitar una y otra vez. Tenía una sensación de inestabilidad y desequilibrio lo que provocaba un estado se inseguridad desagradable. Estaba padeciendo el “mal del navegante”. Mi padre me sostenía y daba golpes leves en mi espalda lo que me hacía sentir seguro. Al ver que deje de vomitar me llevó al camarote, me dio a beber un vaso de agua, abrió la ventana y me dijo que me quedara quieto viendo en un punto fijo y que tratara de dormir. Agotado y sin fuerzas, deseando estar en tierra firme, me quede dormido.

Desperté y me sentí desmoralizado. Mierda, pensé, se van a reír de mí. Al verme mi padre me dijo que pronto llegaríamos a El Bluff y que ya se podía ver la loma y el faro. Sin fuerzas me levanté y salí a cubierta. Me di cuenta que ya habían hecho el último lance porque tiraban los desechos al mar. No te ahueves, me dijo el “pavo”, todos hemos vomitado más de una vez, nadie se escapa de eso. Sentí un poco de alivio y la brisa llenó mis pulmones de aire fresco, aire de mar. Miles de aves marinas, gaviotas, pelícanos y tijeretas, nos acompañaban con los alegres sonidos de su canto, dándose un festín con los desechos que salían por la cubierta.

Al llegar al muelle y caminar hacia la casa aún sentía como que estaba navegando en el San Martín. “Pronto te sentirás mejor, dijo mi padre. “La vida de mar es dura y no es para todos, ahora ya lo sabes”, agregó. Si, respondí, nunca lo olvidaré.


Ronald Hill Álvarez

sábado, 10 de junio de 2017

AL RITMO DE LAS VACAS


Camina sin prisa porque sabe que va a llegar y nadie desespera en su espera. Deja que las vacas se desplacen al paso que desean mientras observa lo alto de las ramas en busca de un pájaro aguador.

¿Cuántas ordeñan? Son poquitas, unas cinco, suficiente para las cuajadas de la casa y la leche de mis hermanitos.

¿La ponen a cocer? Sí, cocida y con un poco de canela, así nos encanta.

¿Y antes? Sólo nos daban un poquito, un vasito nada más porque toda la vendían. Ahora nos dan hasta arroz de leche, siempre con las rajitas de canela que me mandan a cortar al fondo del patio.

¿A quién se la vendían? A los vecinos y en el pueblo, pero ahora mi papá dice que no vale la pena, está botada y la quieren regalada, sale mejor que nos empachemos nosotros y que se mamen los terneros.

¿Por qué está botada? Dice mi papá que por lo de siempre, aunque unos dicen que es por la lluvia tempranera que provoca el golpe de la leche. Yo no entiendo cómo nos puede golpear la leche si es una bendición de Dios. Mi papá dice que son mañas de los dueños de las planta de acopio porque siempre nos hacen lo mismo como si no fuéramos nosotros los que les entregamos leche, nos tratan como si fuéramos sus enemigos. Pero también dice que el gobierno tiene culpa porque deja que hagan lo que quieren con nosotros como si no fuéramos de este país, no nos defiende para nada.

¿No vas a la escuela? Si voy, pero hoy es sábado.

¿Y vas a pasar mañana? Siempre, todos los días paso por la mañana.

¿Qué quieres ser cuando seas grande? Cualquier cosa, tal vez maestro porque no quiero vivir como mi papá, el pobre vive de la esperanza y siempre sale mal en sus negocios, nada le sale bien, ni los frijoles, ni la yuca, ni la leche. Así no quiero vivir. ¡Miré, se metieron en aquel callejón!

El niño corrió detrás de ellas, las arreó nuevamente por el centro de la carretera y me dijo adiós de manos al seguir el camino hacia su casa, sin prisa, al ritmo de las vacas.

lunes, 5 de junio de 2017

TURTLE PUNCH

Desde hace muchos años no probaba la carne de tortuga. Es uno de mis platillos favoritos, consumirla es parte de la cultura caribeña y prepararla es un arte culinario ancestral que se recrea en las comunidades misquitas y creole. En El Rama la preparan, desde chavalo la comí en la casa de mis padres, quizás de una manera refinada, con un toque oriental tendiendo un poco a lo dulce por la influencia de mis ancestros chinos, pero la que acabo de degustar en el comedor de Miss Stella tiene un gusto peculiar, un sabor característico de la comida creole, fuerte, bien condimentada y jugosa por la leche de coco.

Llegué por la mañana a Tasbapounie para hacer negocios mediante el acopio de pescados. Desde hace meses lo he estado pensando y decidí abrir una marisquería en Managua que se complemente con el restaurante que tengo cerca de la carretera a Masaya. Viajé por tierra desde El Rama a Laguna de Perlas y luego tomé una panga para cruzar la laguna. Por recomendación de Rosario Alegría, mi prima, hice contacto con Miss Stella para alojarme en su hospedaje. Es un lugar familiar, su vivienda está ubicada al lado de las cuatro cabañas que ha construido para facilitar alojamiento a los visitantes que llegan a Tasbapounie. Desde mi cabaña se aprecia la playa con sus cocoteros, las pangas de los pescadores y los cayos pintados de amarillo al atardecer. Miss Stella maneja el negocio con Newton, su marido, y fue a través de ellos que logré hacer el contacto para reunirme con el Comunnity Board con el fin de solicitar el permiso de pesca y acopio. Pensaba en la exquisitez de la comida y en dicha reunión que sostendré mañana cuando escuché tocar la puerta.

—Good… good evening Tíaa —dijo una voz en inglés creole.

Me di cuenta que era Ray Green, el chambero que había cargado mis maletas desde el muelle. Miss Stella, fina y amable, lo invitó a pasar. Ray Green tenía un aspecto distinto, estaba bien vestido, sin la ropa que imagino siempre usaba para hacer su trabajo de chambero.

—Siéntate Ray, aquí con nosotros, al lado de Hannibal —dijo Newton en inglés señalando la silla que estaba a mi lado.
—Quieres probar la tortuga que he preparado —dijo Miss Stella en español.
—Gracias… gracias pero ya comí donde mamá —respondió Ray Green sin tomar el lugar que le ofrecían—. Vengo… vengo para contarle cuentos al jefecito —agregó dirigiéndome la mirada.
—Qué bien, perfecto. Él sabe muchas historias de la comunidad, pero sus cuentos no son gratis —dijo Newton.

Miss Stella y Newton cruzaron miradas y sonrieron entre ellos. Pensé que sería oportuno salir a caminar con Ray Green por la comunidad para hacer la digestión. Mi reloj marcaba las siete.

—Quisiera caminar y conocer un poco de Tasbapounie —dije.
—Yo… yo te llevo jefecito —expresó Ray Green.
—Perfecto Mr. Hannibal —dijo Miss Stella —. Lleva a Mr. Hannibal al bar de Mr. George, así caminan por el centro de la comunidad —agregó, dirigiéndose a Ray.

Salimos y cruzamos el andén. Al llegar al segundo, el del centro de la comunidad, caminamos en dirección hacia el norte. El cielo estrellado se infiltraba entre las copas de los árboles de fruta de pan, almendros y cocoteros. Las familias compartían sentadas en los corredores de las casas de madera y Ray Green les daba saludos que respondían con gentileza. La música ya no era estridente como en la mañana y me llamó la atención que las familias vieran televisión en una comunidad tan distante.

—¿Cómo les llega la señal de televisión? —pregunté.
—Todos… todos tienen antena para satélite —respondió Ray Green.

Luego de recorrer el andén por unos quince minutos, Ray Green giró nuevamente hacia la derecha, en dirección a la playa. Caminamos sobre la grama, sentí las rachas de viento proveniente del mar y el revoloteo de las palmeras en lo alto.

—Aquí… aquí es el bar de Mr. George —dijo señalando la casa.

Cruzamos una pared de madera y me gustó el ambiente alumbrado tenuemente por bombillos rojos y azules, así como la música country en inglés que sonaba por los parlantes con el volumen tolerable para escuchar los cuentos de Ray Green. Un bordillo de bambú cerraba el lado derecho y el fondo del espacio. A la izquierda estaba el bar y una lámpara blanca que colgada del techo de palma lo iluminaba. Una joven mujer creole salió de la barra a nuestro encuentro.

—Hola Ray, pasen adelante —dijo.
—Gracias… gracias Judith —dijo Ray. —Él es Hannibal… es mi amigo, anda conociendo —agregó.

Judith me observó de arriba abajo con sus grandes ojos intensos, con cierta desconfianza, pero me tendió la mano y al estrecharla mostró su hermosa sonrisa de labios carnosos.

—Pueden ocupar la mesa que deseen, pasen, pasen adelante —dijo Judith.
—¿Dónde... dónde quiere sentarse? —preguntó Ray.
—La que elijas —respondí al ver sólo dos mesas ocupadas.

Judith caminó nuevamente hacia la barra. Noté que quebraba su cuerpo, movía con erotismo las caderas, volvió su mirada hacía mí y, tras fijar su mirada en la mía, intensificó el parpadeo de sus grandes ojos negros.

—Jefecito… jefecito, usted le gusta a Judith —expresó Ray Green al notarlo.
—Es sexi, bastante sexy —respondí y entramos al salón.

Nos acomodamos en una mesa del fondo, pegada al lado del bordillo de bambú. Las sillas estaban construidas con madera rolliza de mangle y la mesa con madera de caoba. Noté que al pie de la barra estaba un pizarrón con el menú escrito con tiza: pollo frito, pescado frito, camarones empanizados, cervezas, ron y gaseosas. En la parte inferior, en letras grandes, estaba escrito: TURTLE PUNCH entre paréntesis.

La brisa proveniente de la playa hacía placentero el lugar y los otros clientes conversaban amenos, siempre en inglés creole, casi gritando. Al nuestro lado derecho, en el patio, observé varios cocoteros enanos cargados de frutas.

—Si desean algo más, me avisan —dijo Judith al servir los vasos, el ron, la gaseosa y una pana con hielo.
—¿Podrías conseguirme agua de coco? —le pregunté a Judith.
—Lo que usted quiera —respondió con su gran sonrisa—. Ray los puede cortar —agregó dirigiéndose a él.
—Claro… claro que sí, soy experto en cortar cocos —dijo Ray Green.

Ray Green cortó los cocos y Judith le dio un machete para que los pelara, luego sirvió el agua en un pichel y regresó a la barra con el mismo erotismo al andar. Le serví un trago doble a Ray Green, se empinó el vaso sin arrugar la cara y yo me lo serví mezclado con hielo y agua de coco.

—Ahora… ahora sí jefecito, ahora poder contarle cuentos.

Ray Green estaba ansioso de que escuchara sus cuentos, pero me llamaba la atención el pizarrón de la barra, porque el ponche de tortuga era parte del menú que ofertaban.

—Ray, ¿sabes cómo se prepara el turtle punch?
—Claro… claro jefecito, mi mamá saber hacerlo.
—Cuéntame cómo se prepara.

Cruzó sus piernas en la silla de mangle rollizo, pidió que le sirviera otro trago de ron para aclarar su garganta y se lo tomó. Adquirió una pose narrativa y empezó a hablar:

—Mamá… mamá lo hace desde que soy niño para papá. Ella… ella consigue una aleta de tortuga y la pone en el fuego para quemar las escamas. El fuego… el fuego deber estar bien encendido, ardiendo para quemar bien. Después… después raspar las escamas con un cuchillo y lavar sólo con agua para limpiarla. Cortar… cortar en trozos pequeños y cocer en agua para que aleta suavizarse. Cuando… cuando enfría quitaba el pellejo del aleta… Umm… umm, jefecito necesito otro trago.
—Doble, un doble para Ray —dije y se lo serví.
—¡Aah… aah! Cuando… cuando hacer turtle punch mamá siempre cantar, siempre estar alegre. Ella… ella poner en licuadora con leche y licuar bien. Después… después poner el cosa licuado a hervir con canela, nuez moscada, pimienta y guaro… guaro suficiente. Papá… papá escuchar licuadora y acercarse a la cocina. Mamá… mamá decirle que no estar listo, que ella va a llamarle. Papá… papá regresar al corredor. Cuando… cuando el turtle punch estar listo ella llamar a papá y servirlo en un pana caliente. Papá…papá tomarlo como sopa.
—¿Y le gusta a tu papá?
—¡Buay! Papá… papá comenzar a sudar después de beberlo y caminar dando vueltas. Mamá… mamá llamarme y decirme: ¡Ray… Ray!, ¡ve a jugar con tus amigos! Cuando… cuando regresar a la casa, papá estar acostado en hamaca y mirarme con un gran sonrisa.
—Jajaja, vos si sabes contar cuentos —dije y serví tragos para los dos.

Judith se acercó a la mesa después de servirles cervezas a los clientes que estaban cerca de nosotros y la llamé.

—¿Desea algo más?
—Quiero probar el turtle punch —dije y Ray soltó una carcajada.
—¡Oh no, no! —dijo Judith y caminó velozmente, sin su cadencia erótica, hacia el pizarrón de la barra. Con un trapo borró las letras del ponche de tortuga y regresó a nosotros.

Los hombres que conversaban en la mesa de al lado dejaron de hacerlo, estaban atentos a nuestra conversación después que Judith corrió a borrar el menú.

—¿Por qué lo has borrado? —pregunté.
—No vendemos más, no más turtle punch —respondió con el semblante serio, sin mover las pestañas.
—Pero, ¿por qué? —insistí.
—El MINSA lo ha prohibido, no podemos venderlo porque los hombres se vuelven locos, persiguen a las mujeres por la comunidad, no respetan.
—Cierto… cierto jefecito —dijo Ray.
—La mamá de Ray lo prepara para su papá —dije.
—Solamente se puede consumir en casa, pero en los bares está prohibido —dijo Judith.
—¿Vos lo has probado? —pregunté a Ray.
—Claro… claro que sí, jefecito. Todos… todos los hombres de Tasbapounie comer turtle punch. Todas… todas mujeres hacerlo para sus maridos. ¿Verdad amigos?
—Claro que sí, turtle punch es maravilloso —dijo uno de los hombres.
—Cállate, no digas nada, porque vos sos de los que persigues mujeres —dijo Judith, dirigiéndose al otro hombre.

El hombre no respondió, pero desde la mesa mostraba una monumental sonrisa creole en su rostro.

—¿Cuáles son las maravillas que provoca el turtle punch? —pregunté.
—Me voy, no quiero escuchar eso —dijo Judith y se retiró hacia la barra.
—Cuerpo… cuerpo calentarse. Planta… planta del pie desesperarse, querer moverse… moverse mucho, tener que caminar, no poder estar quieto. Boca… boca secarse, ojos… ojos ponerse grande, brillantes. Corazón… corazón querer explotar, ser un bombo —dijo Ray.
—El cuerpo se calienta. Necesita tener una mujer para calmarse, si no tiene mujer debe buscar una, por eso la MINSA prohibirlo. Turtle punch ponernos muy amorosos —dijo el hombre.
—No lo creo —dije.
—Jefecito… jefecito, turtle punch es la viagra natural de nosotros —dijo Ray.

Antes de despedirnos le di propina a Judith por atendernos amablemente. “Mr. Hannibal, si usted quiere turtle punch yo puedo preparárselo en mi casa”, dijo con un tono sensual cuando me disponía a salía del bar de George.

—Judith… Judith querer enloquecer a jefecito —dijo Ray y no dejó de reírse en el trayecto de regreso al hospedaje de Miss Stella.

Acostado en la cabaña pensé en mi restaurante. Vi claramente un rótulo atractivo que anunciaba el turtle punch, a hombres y mujeres haciendo fila, ordenándolo al mediodía para llenarse de energía y eliminar el estrés de la calurosa Managua. Pensando en el acopio de pescados y en la reunión del Comunnity Board me quedé dormido con el sonido de las olas del mar reventado en los troncos de los cocoteros.

domingo, 14 de mayo de 2017

LA HONESTIDAD EN EL PESCAFRITO DE BLUEFIELDS


El Pescafrito, llamado así desde la época de los años 80 del siglo pasado, ubicado en la esquina del mercado municipal de Bluefields, es uno de los lugares que más frecuento. Encuentro nostalgia, y la música —soul y reggae—, es muy buena, además está a la mano, sólo tengo que salir del hotel Caribean Dreams, girar a la izquierda, y entro por la puerta principal.

Tiene un ambiente a media luz, rojiazul, las cervezas siempre están heladas y te atienden con amabilidad. La estructura del techo es un laberinto de cerchas de madera, horcones y columnas frágiles. Las mesas son de madera y sillas de plástico. El viernes, sábado y domingo lo he visitado. Posee una fuerza de atracción que no puedo evitar.

Varios amigos, los hermanos Thomas y sus esposas, Gregory y Jimmy, regresamos al atardecer de la playa de El Bluff. Sin que lo sugiriera entraron al Pescafrito. Lo dije, “este lugar es uno de mis favoritos”, y nos tomamos tres cervezas para postergar la sensación agradable que deja una tarde en la playa de El Bluff entre amigos.

Luego que los hermanos Thomas partieron se lo dije a Greg y a Jimmy. Hubo un tiempo que este lugar fue manejado por mis padres, White Bush y Ofelia, a inicios de los años 80 cuando se promovía en toda Nicaragua el consumo de mariscos por el  bloqueo de los yanquis. Y vivían allá abajo, dije, señalando el segundo piso de la casa de Hennington Hodgson porque eran buenos amigos.

Luego, Greg pidió la cuenta. “Give me the bill”, le dijo a la mesera, una morena, una black creole, joven y hermosa que nos estaba atendiendo, la misma que me había atendido los días anteriores.

La mesera regresó a la mesa y dijo la cantidad. Greg no dejó que aportáramos y le entregó un billete de quinientos córdobas. La mujer fue a la barra, pagó el consumo mientras seguíamos conversando. Regresó con el cambio y se lo entregó a Greg. Desde mi lugar, atenuada la iluminación solamente observaba los círculos fluorescentes de los billetes, de los córdobas de plástico. Greg los revisó a media luz y le entregó uno. “Esta es tu propina”, le dijo.

La mesera, acostumbrada a ese ambiente, vio la denominación del billete, uno de doscientos córdobas e inmediatamente, sin pensarlo, dijo en inglés: estás seguro de la propina, y se lo entregó. Todos quedamos viendo el billete. Greg tomó uno de los del cambio, lo cambió por el de doscientos y le entregó otro de menor valor.

“Para que mirés”, dijo, dirigiéndose a mí. “En la Costa Caribe hay gente honesta”, agregó. Sí, le dije, en Managua u otro lugar de Nicaragua la mesera o el mesero se va y no te lo dice. “Hasta en la mañana, de goma te das cuenta cuando revisas la cartera”, dijo Jimmy.

De seguro esta chavala es honesta porque sus padres se lo han enseñado, quizás va a una iglesia, talvez lo ha aprendido en el colegio”, dije. Ese es mi punto de vista, agregué, pero mejor voy a preguntárselo y seguimos conversando.

Luego de tomarnos la cerveza nos disponíamos a partir y Greg me lo recordó: “pregúntale a la chavala”.

Me dirigí a ella mientras salían por la puerta.

—¿Vos lo conoces a él? —pregunté al oído por la música.
—No.
—¿Por qué regresaste el billete de 200?
—Me parece que se había equivocado.
—¿Pero por qué? En otro lado no se lo regresan.
—En la vida tenemos que ser honestos.

¿Qué te dijo?, pregunto Greg en la acera, frente al hotel Caribean Dreams.
Le han enseñado lo que es correcto.
Te fijás, todavía hay gente honesta.

También por eso el Pescafrito será siempre uno de mis lugares preferidos en Bluefields, pensé mientras nos despedíamos.

Bluefields, RACCS.
Domingo, 14 de mayo de 2017

jueves, 11 de mayo de 2017

MALA JUGADA


La lámpara de la oficina se apaga. La batería inicia a sonar con un bip, bip que se intensifica al paso de los segundos. Veo la hora en mi teléfono celular, las diez de la mañana, y me doy cuenta que está descargado. Sin energía y con el teléfono descargado, nada peor. Recuerdo que tengo una batería externa, un power bank, y busco en las gavetas del escritorio, en los anaqueles del librero, en la mesa de trabajo pero no lo encuentro.

El jeep, voy a cargarlo con el jeep encendido. Camino hacia el jeep. El motor arranca luego de cuatro intentos. No tiene combustible, la aguja indica que tiene poco menos de la reserva. Hace tres días, quizás cuatro, lo dejé con medio tanque de combustible. Debo reabastecerme. Entro en mi habitación y me quitó el pijama. No sé a qué hora volveremos a tener energía eléctrica, pero debo tomar las cosas con calma. Voy a reabastecerme de combustible y regreso.

Ojalá pueda llegar. Ya antes me ha pasado, me he quedado varado y he dejado el jeep tirado, tomar un taxi y buscar la gasolina. Recorro la ruta más corta: frente al Aguilar giro a la derecha tomando la avenida con boulevard y doblo en la esquina de la Juanita, cruzo el parque y salgo frente a la gasolinera. Me he detenido por el tránsito de vehículos. El calor es sofocante, un calor húmedo, propio del trópico húmedo. En el trayecto he ido saludando a Yelba, a Mocho Robles, a Justo, a Juanita y a Abel. Tenía muchos días de no verlos, quizás un mes. La calle se ha despejado y la traspaso.

Me estaciono detrás de un camión que está cargado de piñas, tan cargado que se pueden caer. Las piñas de Nueva Guinea son dulces y bastante apetecidas en los mercados. Veo a los ayudantes del camión, dos hombres jóvenes que bajan de los barandales y estiran el cuerpo en el piso techado de la gasolinera. Sus botas de hule lodosas hacen contraste con el suelo salpicado de manchas de aceite. Se dan cuenta que muchas piñas están por caerse, las jalan y luego las colocan en el centro del camión. El conductor ha descendido de la cabina. Debe ir lejos, quizás a Managua, sí, en Managua las piñas son apetecidas y se venden a buen precio. El conductor se ha dado cuenta que lo observo. Saluda de manos y de manos regreso el saludo. Detrás del jeep se encuentra un motociclista, lo he visto desde el espejo retrovisor.

Un taxista se abastece de combustible en la bomba de gasolina contigua y detrás de su vehículo otros dos están a la espera. Un vigilante descansa su espalda cerca de la puerta de la tienda de la gasolinera, a sus lados hay exhibidores de aceites, a su derecha la bodega de combustibles y lubricantes y más allá varias motocicletas estacionadas. Desde adentro de la tienda se escucha música ranchera y tras los ventanales de vidrio observo gente en movimiento. Por la calle se escucha el rugir de las motocicletas, los depósitos de basura están rebalsados y a su alrededor hay bolsas en el suelo.

El conductor del camión IFA sube a la cabina, enciende el motor, los dos hombres de botas sucias suben al camastro. Es mi turno. El camión tarda en salir, observo a un taxi que da marcha atrás. El camión gira un poco a su derecha y sale. Me preparo para estacionarme frente a la bomba y en un suspiro el taxi se me adelanta, se estaciona frente al jeep. El taxista se baja, le entrega un papel al bombero y sonríe al verme. Lleva varios pasajeros. El bombero también me observa pero no muestra emociones en su rostro. La rutina lo agobia, más en un día atareado. Los taxistas se saludan.

El motociclista que está detrás comienza a tocar el pito de la moto. “Me estás atrasando, avanzá”, grita pero como no se da cuenta de lo que sucede frente a mí, no le hago caso. Sigo esperando a que el taxista se abastezca, debe tener mucha prisa, es posible que se dirija a una de las colonias, talvez lleva a una persona enferma hacia el hospital. Llega otro taxi y se estaciona detrás del taxi que ha ocupado mi lugar. El taxi se marcha y el que acaba de llegar trata de hacer lo mismo. La moto pasa por mi derecha y se estaciona frente al jeep, frente a frente con el taxista. El hombre del taxi se baja, el motociclista también lo hace y comienzan a discutir. El vigilante se acerca, los bomberos están atentos. Me bajo del jeep. El aroma de aceite y combustible me golpea, el piso está resbaloso.

Es el turno del jeep, dice el vigilante. El motociclista me observa. Sos pendejo, por qué dejas que te quiten el lugar, dice. No tengo prisa, respondo. Es el turno del jeep dice el bombero que atiende la bomba que he estado esperando. Retrocedé, le dice el vigilante al taxista. Esta gasolinera es de nosotros, responde el taxista. Nosotros somos clientes, dice el motociclista. Da la vuelta, parquéate al otro lado, le indica el otro bombero al taxista. El taxista entra al taxi y le da un jalón fuerte a la puerta. Es tu turno, dice el motociclista y empuja la moto para que me estacione al lado de la bomba. No, no, le digo, llená el tanque, no tengo prisa. ¡Por Dios que sos pajista!, dice y se estaciona para llenar su tanque.

El taxista llena el tanque en la bomba contigua, al otro lado, y sale velozmente de la gasolinera. El motociclista también lo hace. El bombero me hace señas para que me estacione frente a la bomba. Le entrego la llave. Trescientos córdobas, digo. Debe ser un día bastante atareado, no hay emociones en su rostro. La próxima no permita que le quiten su lugar, no deje que le hagan una mala jugada, dice al entregarme la llave.

Regreso por el mismo trayecto. Pienso en la mala jugada del taxista y en la intención de hacerla del motociclista. Mejor no sigo pensando, las malas jugadas están en todos lados.

viernes, 5 de mayo de 2017

LA BENDITA MANÍA DE REZAR


Rezo todas las noches. Rezar ha sido algo que he hecho a lo largo de mi vida. Desde los tiempos de estudiante en el colegio San José y el Instituto Cristóbal Colón de Bluefields me inculcaron el acto de rezar. Eso era algo esperado si tomamos en cuenta que eran centros educativos gestionados por hermanos cristianos de La Salle, pero fue mi madre, Ofelia Alvarez, la que marcó para siempre la bendita manía de rezar en mi vida.

Mi padre era un marinero convertido con los años en capitán de barcos camarones y al final en un empresario que prosperó como muchos otros a través de la pesca industrial, en la época de oro de dicha actividad en la Costa Caribe, a finales de la década de 1960 hasta la llegada de la revolución sandinista. Como marino y capitán mi padre pasaba la mayor parte del tiempo en alta mar, surcando sus aguas en la afanosa labor de pesca de camarones y, años después, de langosta.

La mayor parte del tiempo, mis hermanos, Tony, Indiana, y yo, estábamos solos con mi madre en nuestra casa de El Bluff, una casa de madera y dos pisos. En la segunda planta estaban las habitaciones, tres en total. La casa quedaba frente a la bahía, al lado de la casa de mis abuelos maternos, Manuela y Felipe.

Recuerdo que mi abuela Manuela rezaba con un rosario, pero a mi abuelo nunca lo vi hacerlo, él se entretenía en otras cosas, principalmente en la bodega del patio de la casa y jalando agua del pozo tal como creo que lo he contado en el patio de mi abuela. Para la época de las purísimas, mi abuela se esmeraba en preparar su altar y celebrarla a lo grande porque casi todas las familias de El Bluff en esa época acudían a sus rezos. El entusiasmo y la alegría se apoderaban de mí en esa época, no por los rezos, sino por la tiradera de pólvora, cohetes, carga cerrada, buscapiés y triquitracas, todos estos de origen chino, importados desde la yunai, pero cuando llegaba el punto culminante del rezo bastaba una sola mirada de mi abuela para que entrara a su casa a rezarle a la virgen.

En nuestra casa se rezaba todas las noches. Mi hermano Tony y yo teníamos nuestra habitación, la de la parte posterior del segundo piso, la de Indiana quedaba en el centro y la de mis padres en la parte frontal de la casa desde donde se apreciaba desde las ventanas de vidrio el muelle de los barcos camaroneros, el muelle de la Texaco, la salida hacia la barra, la isla de miss Lilian, la isla del Venado y una parte de la bahía de Bluefields. Desde su habitación, mi madre, luego que hablamos cosas cotidianas, nos llamaba a rezar pero cada quién lo hacía desde su habitación, ya en pijama y listos para dormir, porque debíamos levantarnos muy temprano para tomar un barco pospos para salir hacia el colegio de Bluefields.

El ritual era siempre el mismo; persignarse, el padre nuestro, un dios te salve María, la petición de nuestros ruegos y la despedida con la oración del ángel de la guarda. Lo hacíamos todo en coro, siguiendo la voz de nuestra madre. La casa se inundaba con nuestras plegarias y, cuando había tormentas, de esas que poco se ven ahora, con truenos y relámpagos que iluminaban toda la habitación, no dejábamos de hacerlo pero nuestras voces eran opacadas por la incesante lluvia con sus gotas gigantes sobre el techo de zinc.

Las peticiones las hacíamos por turno, eso creo, pero nunca dejábamos de pedir por nuestro padre ausente, por el pescador, por el marino. Le pedíamos a Dios que le apartara las tormentas en la trayectoria de su faena de pesca, que la temporada fuera buenísima con muchas cajas de camarones para que las familias de los capitanes, wincheros, marinos y pavos, mejoraran sus condiciones de vida. Que los barcos no sufrieran desperfectos, que ninguno se enfermara y que todos regresaran sanos y salvos al puerto.

Luego nos quedábamos en silencio y despertábamos hasta que nuestra madre nos llamaba para que nos alistáramos para volver a surcar la bahía hacia la escuela. Al despertar, todo estaba en su lugar, el uniforme, los zapatos, las toallas y, luego del aseo y vestirnos, nos esperaba el desayuno en el comedor ubicado en la planta baja de la casa.

Los domingos íbamos a la misa que se celebrara en la capilla de El Bluff, la misma en la que se casaron nuestros padres. Eran tiempos de chavalos, inolvidables. Recuerdo que para recibir la comunión debía de confesarme con el padre Edwin, un gringo que por muchos años fue el responsable de la capilla. No tenía ningún pecado, pero me confesaba enumerando que había matado loras y pajaritos con un rifle de balín, que me había peleado con Lolo y con Martín (QEPD), mis vecinos, que no le había hecho caso a mi mamá, y sin pensarlo dos veces el padre Edwin me mandaba a rezar para quedar limpio de pecados.

Lo que más me gustaba de la misa era ver a las chavalas del puerto que vestían sus mejores trajes para la ocasión: a Teresita Gómez, aunque siempre supe que a ella le gustaba Tony, a Lesbia Brenes, bella, elegante con su porte de reina, a las gemelas chinitas, las del comedor que le llamábamos el comedor de Las Chinitas, a Francis Benavides y su hermana Rina, a Rosamaría, cuyos ojos me hipnotizaban, y a otras que la memoria no las atrapa del pasado. ¿Helen, ibas a Misa?
 
Con el tiempo me convertí en monaguillo por la insistencia de mi tía Merchú y en diversas ocasiones tuve que leer la palabra de Dios frente a los concurrentes de la misa con mis manos temblando, tal como me sucede ahora cuando tengo la ocasión irrefutable de enfrentarme al público.

En nuestros viajes de vacaciones a Utila, mi padre nos enviaba a la iglesia Metodista, la iglesia a la que pertenecía toda su familia. El culto era distinto pero principalmente porque era en inglés, porque lo otro, las plegarias y alabanzas era para el mismo Dios. Lo que más me gustaba era el Sunday School porque nos reuníamos con los amigos y amigas de Utila de nuestra época y ellas se mostraban graciosas con sus cantos y en las diversas actividades que se organizaban los domingos. Por las noches, mi abuela Hazel, desde su habitación, en la casa de Papú, mi abuelo Ernesto, era de madera con cuatro habitaciones levantada sobre pilares de madera, nos invitaba a rezar mientras el abuelo Ernesto y tía Natalia creo que lo hacían en silencio.

Con el paso de los años, ya grandecito, fui abandonando mi presencia de las misas. La más emotiva de todas las misas en que he participado, la que nunca en mi vida olvidaré, fue la misa campal que se celebró al anochecer en el cementerio de Utila cuando enterramos a White Bush Hill, mi padre. No pude rezar en esa ocasión, el dolor de perder a mi padre se apoderó de todos mis sentidos y no dejé de llorarlo hasta que mi hermana Indiana, su familia y yo nos quedamos solos y nos abrazamos cubiertos de dolor.

Aunque no esté en el lecho de mi cama siempre rezo por la noches y lo hago en silencio, solo para mí y el Señor. Mi mujer reza en su lado de la cama, con su rosario en la mano, y yo en el mío pero como no me escucha no cree que lo haga. El ritual sigue siendo el mismo que me enseño mi mamá: persignarse, el padre nuestro, un dios te salve María, la petición de mis ruegos y la despedida con la oración del ángel de la guarda. Ahora le pido a Dios que mis padres estén en su reino, iluminados por su luz eterna.

Hace unos años le escribí una carta al niño Dios porque me di cuenta que era necesario enviarle una cartita con mis deseos y motivar a mis amigos para que lo hicieran. Ahora mis peticiones se han ido acorralando a mi entorno. Rezo y le pido a Dios por mis hijos, por mis nietos y mis nueras, le pido para que les ayude en la lucha por la vida, que les alumbre el camino porque ya es poco lo que puedo hacer por ellos, le pido por mis nietos, por mis hermanos, por mis amigos de siempre cuando están enfermos o tienen problemas, le pido siempre un mundo justo.

Cuando rezo no hago peticiones materiales, la etapa de mi vida en la que luché incesantemente por tener algo material ya terminó, ahora le pido a Dios, a través de la bendita manía de rezar, por lo más prioritario que tenemos en la vida: salud, familia y justicia, aunque casi siempre los seres humanos tenemos que esforzarnos para lograrlo.

jueves, 20 de abril de 2017

TRES CHONTALEÑOS EN LA ESQUINA DE ERASMO


No podía creer lo que miraba, en mis años errantes no lo pude sospechar, pero por unos instantes me sentí hechizado. Desde que salí del hotel Caribean Dreams noté que el ambiente blufileño se me mostraba lóbrego, y por unos instantes, bajando hacia el muelle del mercado municipal, pensé que iba a ser un día lluvioso, de calles mojadas y encierro prolongado por las nubes oscuras estancadas sobre la bahía. Observe varias camionetas lodosas estacionadas en esa cuadra y recordé el movimiento de gente en el pasillo del hotel que entraba a sus habitaciones la noche anterior, y el tránsito de camiones por la carretera en construcción que trasladan toros y camionetas con tráileres ocupados por caballos durante la tarde que viajé desde Nueva Guinea a Bluefields.

“Mañana van a montar toros”, dijo uno de mis amigos que siempre visito. La mujer que me atiende con el desayuno lo confirmó. “Hoy hay montadera de toros”, dijo al servirme una taza de café acompañada con tortillas de harina cubiertas de mantequilla. “¿Va a ir?”, preguntó y luego de un sorbo de café le dije que prefería la tranquilidad de la playa. Terminé mi desayuno y caminé por las calles de la ciudad. Cuando llegué la esquina de Erasmo me encontré con el torrente de taxis que la saturan y que vuelven peligroso el cruce entre las aceras.

Vi a George en la esquina y crucé la calle. Le pedí que me lustrará las sandalias y me ofreció el banco para sus clientes. Quíteselas para no mancharle los pies, dijo. Le entregué la primera, la del pie izquierdo, y la quedó observando con detenimiento. ¿Con qué las lustra?, preguntó. Con Chinola porque me es más fácil, respondí. No lo vuelva a hacer, la Chinola mata el cuero porque tiene muchos químicos, dijo al abrir la lata de pasta café y comenzó a cubrirla de una capa delgada con sus manos gruesas.

Noté a dos hombres en la esquina que observaban a George, propiamente donde estaba el Alto cuando la calle era de doble vía. Uno de ellos se acercó y mostró sus botas de vaquero. Vestía de jeans y camisa manga larga a cuadros con una gruesa faja que en la hebilla mostraba los cuernos enormes de un toro. ¿Cuánto cobra por lustrarlas?, le preguntó. George se quedó pensativo sin dejar de cepillar la sandalia. Cien el par, dijo. El hombre no respondió y regresó donde su acompañante. George me volvió la mirada. Mucho cuero, mucha pasta, dijo. Está caro, pero nunca me las ha lustrado un negro, dijo el hombre que había mostrado sus botas. Date el gusto, respondió el otro regresando la mirada y noté que vestía similar pero llevaba puesto un sombrero.

¿Estás seguro que aquí es el mejor lugar?, pregunto el hombre de las botas. Aquí tiene que ser el desfile hípico, imagínate toda esta calle con el montón de caballos subiendo para allá —señaló hacia el antiguo cine Variedades— y con la bahía de fondo, con el montón de negros asustados de ver tantos animales de raza bailando al son de los chicheros, algo nunca antes visto en Bluefields, dijo extasiado el hombre de sombrero.

Deme la otra, dijo George tocando con el cepillo la caja de lustrar. Noté algo raro en su semblante y sus manos callosas temblaban.

¡Mirá, mirá, allá viene Joaquín!, dijo el hombre de las botas. ¡Y montado!, dijo el de sombrero. Volví la mirada. Un hombre vestido de vaquero, barbudo, con el jeans dentro de las botas y una tajona cruzada en su faja, se dirigió hacia la esquina.

¡Compadre Joaquín, andaba perdido!, dijo el hombre de las botas mientras el de sombrero se acercó al caballo y lo sostuvo de la gamarra porque el torrente de taxis que transitaban por la esquina lo arisquearon.

¡Aquí nadie se pierde, es más pequeño que Juigalpa!, dijo el hombre de la tajona bajándose del caballo. Anduve por el lado del parque y vi un montón de negras hermosas, lindas. Todas me quedaban viendo, agregó con tono de entusiasmo al pisar la acera.

El tránsito de vehículos por la esquina de Erasmo se atascó y el caballo inició a corcovear  porque los taxistas tocaban con intensidad la bocina de los carros y varios gritaban: ¡aparten el caballo! El hombre de sombrero lo jaló hasta subirlo en la acera. La gente que caminaba por la esquina se detuvo ante la presencia del caballo y se formó un tumulto de admiradores.

Hechizado lo observé. Se mostraba hermoso, un pura sangre español, un caballo Andaluz blanco con una alzada de más de un metro setenta; de cuello fuerte y arqueado, cubierto de una crinera larga y colgante; cabeza mediana, ligeramente convexa, cabeza de halcón; ojos vivaces; pecho amplio; grupa redondeada y potente. Su porte era el de un caballo orgulloso de armoniosas proporciones, un caballo dueño y señor de la esquina, provocando un contraste irreal, exótico entre el flujo de gente, sus voces altisonantes y los fuertes aromas de la calle caribeña.

George volvió a golpear la caja de lustrar y me volvió a la realidad. “Listo”, dijo y le entregué los veinte córdobas. Los tomó con su mano nerviosa y caminó, con el rostro brillando por el sudor que se discurría en su barba cana, hacia el tumulto de gente. “Move that fucking horse from the sidewalk”, gritó en inglés creole.

Los curiosos se apartaron como aguas bíblicas y George quedó solitario frente a los tres hombres y el caballo. “Quítenlo de la acera”, dijo en español. “La acera es para la gente, no es para animales”, agregó. ¡Sí, quítenlo!, gritó uno de los espectadores. ¡Quítenlo!, gritó otro. Los tres hombres no respondieron ni una sola palabra ante los gritos de la gente. El hombre del sombrero volvió a jalar el caballo y, haciendo señas a los conductores, cruzó hacía la esquina opuesta donde había menos gente.

El hombre de las botas se volvió hacia George. Estaba sorprendido por su reacción, lo siguió con la mirada hasta que se acomodó en la caja de lustrar y caminó hacia él. “Negro, le dijo, lústrame las botas”. George tomó sus trapos, el cepillo, la pasta y los introdujo sin prisa en la caja de lustrar. El hombre que llegó montado en el caballo caminó también hacia George. “Ya terminé de trabajar”, respondió George. “Dale Negro, lústranos las botas a los dos”, dijo el otro hombre. George tomó su caja de lustrar y su banco. “No me gustan las botas ni los caballos”, dijo y caminó con cierto orgullo en su semblante hasta perderse al doblar la esquina de Erasmo en dirección hacia la calle Paterson.

Al abordar la panga hacia la playa de El Bluff el cielo se había despejado. A mi izquierda, más allá de la punta de Old Bank, observé el destello de la pólvora sobre las casas y la línea de la bahía. “Ya comenzó la montadera de toros”, dijo uno de los pasajeros.

Nueva Guinea.
20 de Abril del 2017. 

sábado, 1 de abril de 2017

EL PRIMER DÍA DE ABRIL



El encanto del amanecer cubrió su rostro. Su apariencia se transfiguró por la luz de mañana, cubriéndola bajo el dintel de la puerta. Por unos instantes quedó inmóvil, iluminada por los primeros rayos del sol del primer día de Abril.

En sus ojos negros descubrí la belleza de la noche, y entre toda su hermosura, la gracia del día ruborizándose por el enrojecido cielo. Escuché su voz diciendo su nombre, el canto de una paloma en las altas ramas de los árboles de caoba, la música de una dulce melodía. De su sonrisa los destellos de luz irrumpen al amor, el contenido de todas las virtudes de su fascinante corazón.

Y en este primer día de Abril, los pájaros en bandada señalan el cielo, a mis oídos aburridos, a mis ojos cegados por nostalgia, que ella sigue conmigo, que su belleza está intacta, que irradia siempre cada uno de mis amaneceres.


jueves, 2 de marzo de 2017

MUNDO DE MENTIRAS


Aunque no seas consciente lo es, es real en la mente de la mayoría de las personas, y lo digo porque ya desde hace rato me curé. Es tan frecuente, tan cotidiano que se vive con intensidad.

Y es que se manifiesta claramente si lo quieres ver. En cada conversación está. "Es el mejor vehículo", "los rendimientos en el banco X son mayores", "el hombre me llamó", "la jefa se enojó", "tengo tres business que van a socar", "una casa más grande en la colina vamos a comprar".

Y en cada aspecto lo que importa es sobresalir, aparentar ser el man, tener lo mejor, igual lo inalcanzable sin dudar. Cristiano Ronaldo o Messi son su cotidiano hablar. Y mientras se tratan de igualar lo más importante sin darse cuanta se le va a resquebrajar.

Un mundo de mentiras construyen y se encarga de borrarlos de la realidad. Cuando cuenta se dan lo han perdido todo, lo más importante se desvanece por su actuar.

Los escucho y me rió de ese mundo de mentiras en que viven sólo para ante otros aparentar sus ambiciones que en este mundo nunca en su vida van a alcanzar. ¡Zas!




sábado, 21 de enero de 2017

UN DÍA DE ANIVERSARIO


Joaquín Balles despertó con la detonación de la pólvora, el resonar discrepante de los chicheros y los gritos de los acompañantes entusiastas de la diana que pasaban por la calle polvorienta de su casa ubicada en la zona 2. Su reloj de pulsera —un Seiko 5 Stainless Steel que Rosalba Gámez, su mujer, le había regalado en su segundo aniversario de matrimonio— marcaba las 4:30 de la mañana. Se volvió y la vio en posición fetal al lado derecho de la cama, cubierta por la luz del amanecer que se infiltraba entre las rendijas de la pared de madera. Sin pensarlo, porque siempre lo hacía como un acto reflejo, se aferró a su cintura, pegándosele a las caderas de guitarra que lo hipnotizaron desde la primera vez que la vio bailar música disco en la discoteca Eclipse 2000.

    Mi llave maestra, ¡estás calientito! —dijo Rosalba al virase hacia él.
    Mi cajita de herramientas, volvé a dormirte —contestó Joaquín al levantarse. —Me voy a alistar para regresar al mediodía—.
    Te voy a tener listo el almuerzo de aniversario —contestó Rosalba y volvió a la posición fetal.
    No amor, mejor almorzamos en la barrera —dijo al tomar una tolla.

Joaquín salió al patio en calzoncillos, caminó con sus chanclas sobre una alfombra roja natural, corrió el plástico negro del baño, se echó varias panadas de agua amanecida. La explosión en el piso embaldosado alborotó una nube de cotorras que alzaron vuelo, cantando desde las ramas de los árboles de pera de agua que lo cubrían. Con la toalla se removió el frío de la mañana y, por un instante, se sintió el hombre más dichoso de Nueva Guinea.

Regresó al cuarto, se vistió para el trabajo, calzó sus botas de guardia y besó con sutileza la mejilla a Rosalba para no despertarla. En la cocina se preparó una taza de café y calentó frijoles fritos con una tortilla para desayunar. Se sirvió el plato y antes de probar un bocado se puso a orar: “En este nuevo día te alabo Señor y bendigo tu nombre, te doy gracias por mi esposa y por el trabajo que puedo realizar día a día. Dame sabiduría para que pueda mantener la calma al pasar el día siendo paciente en todo lo que deba realizar. Te pido que protejas a mi familia cuando entran y salen del hogar, cuídanos y líbranos de todo mal, que seas escudo alrededor de nosotros. Gracias por estar a mi lado, por las oportunidades que me das, por las puertas que se abrirán hoy, gracias por darme tu amor y tu bendición. Amén”. Consumió sus alimentos y se asomó al cuarto. Rosalba dormía en la misma posición.

Abrió la puerta del zaguán, se montó en su jeep WAZ destartalado y al retroceder vio en el asiento trasero el saco de bramante donde había guardado la tarde anterior el utillaje de béisbol que utilizaba con sus amigos para jugar perreras en el estadio. Le dio pereza bajarse y por el apuro de llegar al taller decidió llevárselo. Salió de su casa, subió la cuesta de la escuela, cruzó la pista de aterrizaje, dobló en la esquina del banco y se estacionó en el galerón del taller de Chepe Encendedor.

    Madrugaste—dijo Chepe Encendedor al verlo.
    Sí, me despertó la diana—respondió al ver que eran las 6:45 en el reloj Seiko.
    Estamos de fiesta, hoy se cumplen 20 años de fundación de Nueva Guinea—dijo Chepe Encendedor al abrir la bodega de las herramientas.
    Voy a trabajar hasta el mediodía —dijo al entrar a la bodega.
    ¿Vas a ir a la barrera?
    Sí, con Rosalba, estamos de aniversario —respondió con una gran sonrisa en su rostro.
    Es cierto, felicidades —dijo Chepe Encendedor y se retiró hacia la tienda de repuestos.

Joaquín Balles encendió el bombillo e hizo una inspección panorámica en la bodega. Frente a él, en la pared del fondo, vio las tablas manchadas por la constante manipulación de las herramientas con manos grasosas. En una hilera superior, las llaves planas de dos bocas estaban sostenidas por clavos, ordenadas desde la numeración más baja hasta la más alta. En la hilera del centro, ensartados en una tablilla, los desarmadores de estrella y de tuercas formaban la figura de un escaleno rectángulo siguiendo el curso de su mirada hacia la derecha, y en la inferior, los martillos, mazos, tijeras corta chapa y sierras de metal descansaban en tablillas clavadas de la pared. A su izquierda y derecha vio los cajones tapados. “Todo está en orden”, pensó. Tomó una escoba y procedió a iniciar la limpieza.

    ¡Joaquín!, ¡Joaquín!—escuchó la voz de Chepe Encendedor llamándolo.
    ¡Aquí estoy! —respondió, asomándose desde la puerta de la bodega.
    El camión de Piña se descompuso en la bajada del Perro Negro.
    ¿Quieres que vaya a rescatarlo?
    Sí, sí, pero esperemos que venga uno de los ayudantes.
    ¿Qué le pasó?
    No me dijeron. Llévate una caja de herramientas, la gata hidráulica, sierras y lo que creas necesario.

“Ojalá no sea algo serio, no puedo fallarle a Rosalba”, pensó. Alistó las herramientas y las colocó en la parte trasera del jeep WAZ. Moncho, uno de los ayudantes de mecánica que laboraba como aprendiz en el taller, apareció y le pidió que lo acompañara.

    Me llevo a Mocho —le dijo a Chepe Encendedor cuando encendía el jeep.
    ¿Llevas lo necesario?
    Eso creo —respondió y salió de la galera
.
Se detuvo en la esquina de la pista de aterrizaje, dobló en dirección hacia la alcaldía y bajó por la cuesta de la Policía hasta llegar a la gasolinera de don Jesús Balles. Dos camiones estacionados en sentido contrario no le permitieron doblar hacia el puente del río El Zapote. “El primer atraso”, pensó y se bajó del WAZ para ver qué sucedía. Caminó hasta encontrarse en el centro de la calle, a ambos lados de los camiones.

    ¡Hermano Joaquín! —dijo uno de los conductores.
    ¿Qué sucede?
    Nada, Joaquín, estoy esperando pasajeros.
    ¿Y a ése que le pasa?
    Están descargando productos para la veterinaria de al lado.
    Hermano, adelántate un poco, déjame pasar que llevo prisa.

Manuel movió el camión unos metros hacia adelante. Joaquín avanzó despidiéndose de él con las manos por encima de la capota y pitándole. “Ve que frescos son estos choferes”, le dijo a Mocho y aceleró. No se detuvo en el puente de El Zapote porque la vía estaba libre y siguió avanzando hasta el empalme de El Verdún. Vio su reloj Seiko y marcaba las 9 de la mañana. “Agárrate fuerte”, le dijo a Moncho y volvió a acelerar al doblar el empalme. El río La Sardina lo pasó volando, dio un frenazo en el empalme de Yolaina porque varias personas cargaban sacos de yuca en un camión. Escuchó los gritos y saludos al pasar, no respondió pero hizo señas. Manejaba concentrado en la carretera de macadán y, al doblar en la vuelta de la finca de Donald Ríos, volvió a acelerar a fondo para subir la cuesta. “Agárrate”, le dijo a Moncho. Una mujer con un niño en sus brazos le hizo parada en El Paraisito, disminuyo la velocidad y, sin detenerse, le gritó que iba hasta El Perro Negro. “Si no tuviera tanta prisa le daría raid, pobre mujer”, le dijo a Mocho que iba aferrado como garrapata en el asiento. “Ya estamos cerca”, respondió Moncho sin dejar de sostenerse. En la bajada comenzó a frenar, las fricciones del jeep chillaron y, al dar la primera vuelta, antes de la alcantarilla, vio al camión varado a un lado de la carretera.

    ¿Qué sucedió? —le preguntó Joaquín al chofer del camión.
    De pronto escuché un ruido feo y casi me salgo de la carretera —respondió el chofer.
    Trae la caja de herramienta —le indicó a Mocho.

Joaquín se colocó de cuclillas frente al guardafangos izquierdo del camión para inspeccionarlo. Con su mano derecha tomó la barra de la dirección y, al moverla de abajo hacia arriba, descubrió que la muñequilla estaba desprendida. Se dio cuenta que debía improvisar para trasladar el camión hasta el taller.

    Es la muñequilla —dijo al levantarse.
    ¿Qué hacemos? —preguntó Mocho.
    Hay que sostenerla para trasladarlo al taller —respondió.
    ¿Te sirve un hule de neumático? —preguntó el chofer.
    Si, con eso la volvemos a acomodar—respondió Joaquín.

Mocho acomodó la gata, suspendió la llanta y Joaquín la removió. Procedió a enganchar la muñequilla y con el hule, cubriéndola varias veces con la barra, la volvió a fijar. Miró el reloj y se dio cuenta que eran las 11 de la mañana. Rosalba se debe estar alistando, pensó.

    Te esperamos en el taller —le dijo al chofer.

“Eran las doce, mediodía cuando lo vi entrar al taller. Me puso al tanto de lo que habían realizado. "Listo Chepe", me dijo y le dije que se fuera por su compromiso de aniversario, que nosotros íbamos a reparar el camión. Se fue contento, no bajó la caja de herramientas, se las llevó en el WAZ por la prisa. Supe de él hasta entrada la nochecita, cuando me dieron aviso de lo sucedido”

*

“Iban a ser… no, prácticamente ya eran la dos de la tarde cuando los vi salir de la casa. Ella iba elegante, elegantísima… estaba de estrenos, no le había visto esa ropa, parecía nueva, el pantalón y la blusa… se miraba radiante… se había alisado el pelo, lo tenía más largo, por debajo de los hombros… llevaba puesto tacones altos, de eso estoy segura porque vi a Joaquín que la tomó del brazo para que se subiera al WAZ, y me dije yo misma, ve que hermosa es la Rosalba… fina toda ella con esas caderas de guitarra, para que, iba bella y contenta. Desde allí… de esa esquina del corredor… la vi pero sólo él lo notó y me dijo adiós de manos. Más tarde, como a las cinco sólo la vi a ella, triste… llorando la pobre después de lo que pasó, que desgracia”. (Doña Chica, vecina de la zona 2).

“Yo estaba en la pista de aterrizaje, eran pasadas las dos de la tarde, lo sé porque esa es la hora en que Payín suelta a sus bueyes para que pastoreen. Vi que el WAZ subió por el lado de la casa de Allan Forbes, allá del otro lado. Yo estaba platicando con Payín, Joaquín nos dijo adiós, preguntó si íbamos a ir a la barrera y se fue por la mitad de la pista en dirección a la barrera de toros. Minutos después se dio la tragedia”. (Fermín, ayudante de Payín, frente al estadio de béisbol).

“Estábamos en uno de los chinamos, no recuerdo si era en el de la Blanca Cagona o en el de la Tres Pedos, estábamos varios desde temprano, eso estaba que pujaba, alegrísimo, imagínate, el mero 5 de Marzo, le hacíamos rueda a una flaca, una mujer de al saber que colonia era, la cosa es que la flaca andaba con sus cervecitas, era una fiera suelta, bailaba con uno y con el otro, los sacaba, se les pandeaba, les quebraba las caderas en la cara, los tiraba al suelo, les pasaba el gancho encima y les ponía el chuche en la cara, jajá, vieras la gritería de la gente, de los hombres y las mujeres, estábamos alegrísimo hasta que llegaron unos chavalos gritando que había un muerto y todos nos salimos para verlo”. (Charrascón, sentado en una banca del parque central).

“A mí me dieron ganas de ir a la barrera desde temprano. Era un día especial, un día de aniversario, de alegría, de conmemoración, de festejar la lucha por estos sueños de lograr un pedacito de tierra para trabajarla. Por la mañana me fui con otros fundadores a la marcha, vieras que lindas las carrozas, las muchachas desfilando, la gente, todo bien bonito. Después anduve en el acto, allí me encontré con otros fundadores y pasamos un rato alegre, recordando todas las penurias que pasamos en esos primeros años de fundación. Fue un día muy especial, la cosa es que agarré para la barrera como a eso de las dos de la tarde. Me fui caminando por la calle central, pasé por el parque y caminé hasta el hotel de Cruz Robles, el Nueva Guinea, de allí doblé a la izquierda y salí a la pista, propiamente en la esquina de Moncho Robles. La verdad es que esa calle es puro Robles, yo la llamo la calle de los Robles, porque allí viven la Hilda, Cruz y Moncho. Yo que doblo la esquina en dirección a la barrera cuando veo el alboroto alrededor de un WAZ: una mujer hermosa está pegando gritos porque unos hombres la están manoseando. De pronto dejé de ver lo que pasaba porque un camión de los de Moncho se parquea frente a la casa, da la vuelta, y cuando sale de mi vista, cuando entra al garaje, veo a un hombre tirado en el suelo, a un lado del WAZ, y a los otros, los que también manoseaban a la mujer, dando carrera hacia la barrera. Después me di cuenta de lo sucedido, fue algo trágico y, lo peor, en un aniversario, en un día tan especial”. (Cid Torrentes, fundador de Nueva Guinea, en el patio de su casa de la zona 3).

“Clarito lo recuerdo. Me encontraba en el corral, ayudando a apartar los toros para la monta. Allí estuvieron un buen rato, viendo los toros, haciendo bromas entre ellos. Entraban a uno de los chinamos, se quedaban un rato y volvían a salir con cervezas. La barrera ya se había llenado, estaba casi a reventar, la gente de las colonias seguía llegando en camiones y la del pueblo se desbordaba por la calle del instituto. La montadera ya había comenzado, los chicheros sonaban y la tiradera de cohetes estaba en lo fino, por eso me extrañé cuando vi que agarraron para el lado de la pista, cogiendo por la esquina del terreno baldío. Andan bolos, pensé y lueguito la noticia que había un muerto… un muerto que poco antes estaba a mi lado en las reglas del corral”. (Chico Yegua, montando un caballo que doma por las calles).  

“Después que salió del taller fue a buscar a Rosalba. Cruzó la pista y se los encontró a los tres, andaban tomados. Le hicieron parada, pero como no les hizo caso, no se detuvo, le gritaron barbaridades. Parece que querían que los llevara a los chinamos, al lado de la barrera. Llegó a la casa y Rosalba estaba lista. En un lado de la cama le había apartado la ropa que se iba a poner. Se metió al baño y rapidito se vistió. Ella estaba tan linda que tuvo que frenarse porque se hacía tarde y tenía mucha hambre. Se fueron por el centro de la pista en dirección a la barrera. En el fondo se escuchaba la alegría, los chinamos, los chicheros y la tiradera de cohetes. Parecía un hormiguero de gente la que se miraba en los alrededores, bajando de camiones, caminando hacia la barrera, un movimiento increíble, la fiesta de su tercer aniversario ya había comenzado. Se lo comentó a Rosalba, le regresó la mirada envuelta de ilusión, sus ojos brillaban de alegría, le acarició la pierna y se dieron un beso en el trayecto. Poco antes de llegar a la barrera se le ocurrió parquearse frente a la casa de Moncho Robles, siempre del lado de la pista. Rosalba se bajó del jeep y, cuando él lo hacía, vio que se acercaron los tres borrachos que le habían pedido raid, los que le gritaron groserías. “Tan creído que sos hijo de puta”, le dijo uno de los tres. Trató de calmarlos pero se acercaron a Rosalba, dos la tomaron de los brazos y otro le tocó las nalgas. “¿Te gustan Montoyita?, ¿Cómo las sentiste?, ¡Tócaselas otra vez!”, le decían al que la había tocado, al tal Montoyita y se le nubló la mente, le temblaron las manos, se quedó sin reaccionar por un segundo y el tal Montoyita agarró a Rosalba de la cintura y comenzó o moverse haciendo vulgaridades. Rosalba gritaba, lloraba y reaccionó: dio la vuelta, vio el saco con el utillaje de béisbol y la caja de herramientas en la parte trasera del jeep, agarró el saco y sacó el bate. El Montoyita estaba de espalda cuando dio la vuelta, Rosalba estaba angustiada, ¡déjala ir!, ¡suéltala!, le gritó y los otros dos quisieron agarrarlo, pero sin pensarlo, sin mucha fuerza, le dio un batazo en la nuca y cayó redondito al lado del jeep. Al verlo, los otros dos salieron corriendo para la barrera y abrazó a su Rosalba que temblaba de horror”. (Chepe Encendedor, cuenta que eso le dijo Joaquín en la cárcel el día que lo echaron preso).

“En esos años, para esa época, no existía la fiscalía ni medicina legal, sólo el juez y la policía, claro, también los abogados. Imagínate como era la cosa que Chilo, el abogado, era juez, abogado defensor y acusador a la misma vez, estás claro. Al bateador, el que batió a Montoyita, a Joaquín, se lo llevaron para la policía, lo echaron preso. Resulta que el papá del muerto, de Montoyita, José Reyes, lo fue a visitar a la cárcel porque eran amigos, compañeros de la misma iglesia. Todo el mundo conocía a Montoyita, era pendenciero, y cuando andaba tomando se ponía peor. Mirá José, hermano, yo sé que la embarré todita, te aseguro que no le di duro, sólo lo quería detener, no podía soportar que le tocara las nalgas a mi mujer, le dijo Joaquín el día que lo fue a ver. Yo creo que al final lo perdonó, pero aunque le hubiera dado sin ganas, despacito así como dijo Joaquín, ¿cómo iba a aguantar si le dio con un bate hechizo, hecho a mano de Cortez, de esos que son pesados? Con el tiempo Joaquín se convirtió en un reo de confianza, era un tipo querido en el pueblo, era servicial, amable y muy evangélico. Una mañana, muy de mañanita, lo mandaron a buscar la carne de la policía al lado del mercado, donde don Gerardo Aragón, y no lo volvieron a ver nunca más. Dicen que agarró rumbo al norte, pasando por Bluefields y Puerto Cabezas, y que se mueve por el río Coco en cayucos y pipantes, de arriba abajo, reparando motores marinos en todas las comunidades Mayangnas y Misquitas fronterizas con Honduras y que siempre anda puesto el reloj Seiko que le regaló la mujer en su segundo aniversario. Aquí nunca más se volvió a saber de él, hasta ahora que vos andas preguntando por cosas que sucedieron hace muchos años en Nueva Guinea. ¿La mujer?, eso te lo cuento en la próxima visita que me hagas. (George Palas, con sus brazos descansando en el mostrador de la ferretería).

20 de Enero de 2017
La Colina, Nueva Guinea.