miércoles, 29 de noviembre de 2017

CAÍDA CON AMOR

Desde que nacemos estamos propensos a las caídas. Si no nos sostienen en el momento que llegamos confundidos a este mundo, sin dudarlo sufriríamos nuestra primera caída. Los seres humanos, quizás porque nos sostienen, no consideramos normal tener una caída, pero durante toda la vida las sufrimos.

De niños, jóvenes y en la adultez sufrimos caídas. Un gen que llevamos en nuestros cromosomas hace que las superemos. Con el tiempo, luego de una caída sufrimos raspones, heridas y hasta fracturas, y luego de meditar sobre ellas nos reímos y la contamos como una historia o un chiste a nuestros seres queridos y amistades.

Hay caídas que nos marcan para siempre como aquella que nos ha dejado con fracturas pero también las hay que sin daños físicos nos hacen daños psicológicos por no obtener lo que ambicionamos en nuestra vida. No obtener el empleo deseado luego de luchar muchos años por ello nos marca para siempre, no conquistar el amor de una mujer de la que nos hemos enamorado apasionadamente y muchos más aspectos nos llevan a una caída de nuestro estado de ánimo y a muchos a sufrir de estrés permanente.

Las caídas son eso, caídas, y debemos superarlas porque está en nuestro ADN el lograrlo. Y como al nacer, el entorno familiar contribuye a ello. Las caídas son más frecuente en los niños y niñas y en las personas mayores, además es una de las causas principales de muerte. Según la OMS se calcula que anualmente mueren en todo el mundo unas 646,000 personas debido a caídas, y más de un 80% de esas muertes se registran en países de bajos y medianos ingresos.

Yo he sufrido varias caídas pero me he recuperado. Un día de estos tuve una de las más chistosas, y claro sin sufrir lesión alguna. Desperté de la siestecita que hago casi todos los días y al salir al patio de enfrente de la casa me di cuenta que mi hija Emiljamary nos visitaba con sus hijas, mis nietas, Daniela y María Fernanda. Al verlas les grité: ¡Mis princesas! María Fernanda corrió hacia mí al verme, gritando: ¡Abuelooo! Bajé un peldaño del andén que tiene una pendiente de más o menos un 15% de declive hacia la dirección en que ella se encontraba corriendo. Para abrazarla y poder levantarla me bajé de cuclillas al nivel del suelo. Llegó veloz a mí, nos abrazamos y besé a mi princesa. Unos segundos después me incliné para levantarme pero su peso me sacó de desbalance y no pude sostenerme. Al darme cuenta que estaba teniendo una caída con ella en mis brazos pude balancearme en dirección a la grama y nos caímos. Mi mujer y mi hija nos observaban desde la galera del jardín y vieron la caída. Mi hija corrió veloz hacia nosotros y nos levantó del suelo. ¡Abuelo, me botaste!, dijo mi princesa y todos nos reímos a carcajadas. 

Espero que en el futuro María Fernanda no tenga miedo de correr hacía mi para que la abrace y levantarla en mis brazos. Esa sería una gran pérdida emocional, una caída lamentable porque no disfrutaría ese contacto cariñoso, casi angelical, con mi nieta.

28/11/2017

martes, 14 de noviembre de 2017

HECHO EN LOS ESTADOS UNIDOS


Jugaban alegremente tres hermanos, muy pequeños para entender muchas cosas. Siete años tenía uno y seis los otros dos que eran gemelos. Corría el año 1982 o 1983, no recuerdo bien, y todo lo que les interesaba era divertirse con aquellos carritos de cajitas de fósforos, hules y botones que su papá les había hecho, mientras corrían y competían por ver cuál era el más bonito. Eran la sensación. Sin nintendos, ni PlayStation, ni patines, robots, ni esas cosas que veían sólo en su tele de fabricación cubana que duraba 10 minutos en encender y otros tantos para terminar de apagarse a las nueve y media de la noche, pues a las diez se iba la luz. Lo único que lograba apaciguar la vida de estos niños era ir a la casa de su abuela, en donde por las tardes estudiaban y luego se sentaban en el corredor a escuchar cuentos. A veces oían el sonido de los rafagazos de fusiles AK47 cuando un avión cruzaba los cielos de esa tierra caribeña. Luego regresaban a su casa e iban platicando sobre la conversación con la abuela que tenía la manía de hablar sola.

Los tres hermanos aún recuerdan, después de 30 años, las cenas con un pico, frijoles cocidos y un vaso de fresquitop que les dejaba el estómago revuelto, pero lleno. Alguna fiesta se celebraba de vez en cuando en su casa, con el radio marca National a un volumen bajo y la música de la radio local. Cuando pasaban algún comunicado o alguna propaganda del gobierno revolucionario que ni entendían, los invitados aprovechaban el momento para echarse un pijazo de ron Tropical y picar unos chalines secos en jugo de limón.

En las fiestas eran las únicas ocasiones en que su mamá se ponía aquel vestido floreado que le quedaba tan bello y que con esfuerzos uno que otro amigo dejó pasar en la aduana, pues sus hermanas se lo habían mandado de los Estados Unidos, pero en la radio decían que el tal Estados Unidos era malo y no permitía pasar las cosas. Por eso esperaban que hubiese alguna pachanga para que su mamá se pusiera ese vestido único y admirarla en todo su esplendor. Su madre era chela, alta, ojos verdes y buen bailar.

Los hermanos se fueron dando cuenta que algo no estaba bien: en las cenas, si había pico, faltaban frijoles; si habían frijoles, no tenían fresquitop; y si aparecía éste, no había ni picos ni frijoles. Tampoco entendían por qué muchas veces, cuando ellos comían, su mamá y su papá se iban a la sala o se hacían los ocupados. La ropa ya no tenía color y los pantalones les quedaban brincacharcos; ¿los zapatos?, sólo tenían unos mocasines chinos agujereados de tanto uso. Pero lo que más pena les daba era ir sin calzoncillos, pues de los que tenían sólo el elástico quedaba. No entendían por qué al preguntar por esas prendas interiores el papá se enojaba y los ojos verdes de la mamá se ponían tristes. Mientras tanto, seguía la tronadera de los fusiles porque a algún avión de los Estados Unidos se le ocurría pasar por encima de aquella ciudad del Caribe.

Cierto día llegó un vecino a la casa y se pusieron de acuerdo con él para hacer una reunión el fin de semana, ya que se había “bateado” 10 libras de frijoles del expendio en donde trabajaba, los vendió y tenía reales para comprar tres media de ron Tropical y dos libras de chacalines secos. Eso alegró sobremanera a los niños, porque vislumbraron que el sábado su mamá se ponía aquel vestido floreado. Morado con celeste, de los Estados Unidos.

Ese día tan esperado, la madre salió hacia la casa de la costurera. El papá, como siempre, buscó alguna chamba en el palacio municipal y los niños jugaron con sus carritos de cajas de fósforos y las colillas de cigarrillos Alas regadas por todo el piso.

Al medio día llegó la mamá, sonriente y con un bulto envuelto en papel periódico Barricada, y los llamó al cuarto. Al desenvolver el bulto aparecieron unos calzoncillos bien hechos, tres para cada uno. ¡A la mierda andar cañambucos, ahora los huevitos tenían su casa! Después de ir donde la abuela. Estudiar, escuchar cuentos, hacer figuras con las nubes y tratar de descifrar lo que ella hablaba consigo misma, volvieron a casa para ver que tocaba, si pico o frijoles o fresquitop.

La radio sonaba con su volumen bajo. Se escuchaba una canción de Willie Nelson.
“To all the girls Iʼve love before,
Who travelled in and out my door,
Iʼm glad they come along
I dedicated this song
To all the girls Iʼve loved before”.

Al primer comunicado nocturno de la radio salió la mamá ¡sin su vestido floreado! Los tres hermanos se extrañaron de aquel suceso e instintivamente el más grande corrió al cuarto, seguido por los gemelos. Revisaron sus calzoncillos, y descubrieron que eran ni más ni menos el vestido floreado de su mamá hecho pedazos para vestirles.

Kevin Berry
Jugando con fuego.

viernes, 27 de octubre de 2017

TRIAJE


Fue un golpe inesperado, pero antes anunciado.
Una botella se rompió. Sus vidrios recogí.
No logré reconocer el Déjà vu.

Los bordes del muelle y la panga se encontraron.
crujió el dedo índice de mi mano, explotó la sangre,
el cuerpo tembló y el dolor se expandió hasta terminaciones inesperadas.

La mano se tornó morada y no pude hacer
un puño tentativo. Usé la otra mano para indicar estoy bien.
Imprudente, en crisis educado.

En el triaje, la vi en su isla solitaria,
sentada al lado del tronco de un cocotero,
llamándome con su sonrisa rosa.

Ahora entiendo lo que dice sobre mí.
Mi cuerpo desea colocarse en un lugar seguro.
Gasto energía en exceso para convencerme que estoy bien.

¡Casi estoy allí! ¿No?
Además, años después, mi dedo mal curado predice la lluvia.
Me encanta verificar el clima con otras fuentes
porque tiendo a no creerme.

Dicen que no entiendo mi trama,
Pero sería un giro inteligente, ¿no? 
Si al final me doy cuenta que soy yo mismo quien me atrapa.

sábado, 7 de octubre de 2017

LA CHAVALA DE LA TOALLA BLANCA


En días de semana, luego de regresar de clases de Bluefields y hacer las tareas, caminaba por el andén de El Bluff en dirección a la casa de Miss Myrtle, la mamá de Glen Hunter. Al terminar el andén, frente a la capilla de la iglesia católica, caminaba unos metros en dirección al campo de béisbol y luego doblaba a la derecha para subir sus gradas.

Era una casa de madera, construida sobre gruesos pilares. El corredor en forma de L era amplio y en el casi siempre Miss Myrtle, sentada en una mecedora, me daba la bienvenida con las notas alegres de un violín que ejecutaba. Sin dejar de tocarlo me indicaba que Glen estaba en la sala o en su habitación, y si no se encontraba, que había salido de casa.

Siempre fui amigo de Glen Hunter, aunque él me llevaba unos años de más, la pasión por el béisbol nos unió en una amistad que perdura en el tiempo. Partíamos al campo de béisbol a realizar nuestras prácticas con el equipo de Los Diablos y, al vernos Victorino Castro, llamado “El Hechicero”, nos indicaba la rutina que debíamos hacer.

Si ninguno de los dos estábamos designados para abrir juego el día domingo en el estadio de Bluefields porque le correspondía a Davis Hodgson o a Filmore Banks, llamado “San Martín”, nos indicaba que debíamos correr por más de una hora desde el área del home plate hasta el center field, y él se dedicaba a realizar las prácticas con los jugadores del campo y los fildeadores.

Luego de la hora nos llamaba para las prácticas de los pitcheres; tomaba una pelota y, a una distancia de unos cuatro metros la tiraba velozmente hacia la izquierda para que corriéramos, nos agacháramos, la tomáramos, se la regresáramos a nivel del suelo y volvía a tirarla hacia la derecha para volver a hacerlo. Pasábamos en ese adiestramiento que nos brindaba agilidad para enfrentar las jugadas de toque de pelota y fuerza en nuestras piernas así como flexibilidad de cintura por más de media hora hasta terminar exhaustos. Nos dejaba descansar unos quince minutos y después nos mandaba a calentar el brazo, a tirar rectas en las esquinas, en el centro, a la altura del pecho de bateador, y ejecutar curvas y drops. Luego de las prácticas, nos despedíamos frente a su casa y regresaba por el andén a la casa de mis padres.

En los fines de semana o en la época en que no competíamos en la liga de béisbol de Bluefields también lo visitaba. Glen era, al igual que su madre, Miss Myrtle, aficionado a la música, tocaba la guitarra. En la sala de la casa tenía un tocadiscos, ponía sus canciones preferidas en un longplay y, desde el corredor, seguía el ritmo y los tonos con su guitarra, así escuche sus acordes y voz acompañando a los Beatles, a los Creyentes de Agua Clara, a los Rolling Stones y otros grupos que en esa época estaban en apogeo. La música era la reina de la casa de Glen. Siempre lo había pensado pero luego me di cuenta que era una especie de terapia familiar para hacer más llevadera la vida en el puerto de El Bluff.

Un día sábado por la mañana acudí como siempre a la casa de Glen. Miss Myrtle me indicó que estaba en su habitación y entré a la sala. Lo llamé pero escuché susurros de voces en la habitación y, luego de unos minutos salió en short, calzando chinelas y sin camisa. “¡Estoy ocupado!”, dijo. ¿Qué estás haciendo, y la guitarra?, pregunté. “Andá da una vuelta y luego regresas”, respondió. Me quedé pensando en qué estaría haciendo. Iba a girar para salir hacia el corredor y la puerta de la habitación se abrió.

"Voy al baño", dijo una chavala que cubría su cuerpo con una toalla blanca. Quedé paralizado, no podía moverme, solamente mis ojos se movían, seguían el movimiento de sus caderas atléticas al caminar hacia el baño, calculé su altura, noté la blancura de su cuerpo, sus largas piernas y firmes pantorrillas y el cabello castaño que le llegaba hasta los hombros al vaivén de sus pasos de reina.

¡Ve que negro!, le dije a Glen al salir del encanto que me había provocado la chavala de la toalla blanca. “Regresa más tarde”, dijo y me despedí sin poder verla regresar.

¿Ya irse?, dijo Miss Myrtle al verme salir de la sala. “Hoy no haber guitar”, agregó. Me despedí de Miss Myrtle y nunca, nunca dejé de pensar en la chavala de la toalla blanca que vi esa mañana en su casa. Luego de unos meses Glen dijo su nombre: es Carmen, ¿Te gusta?, preguntó.


10 de Octubre de 2017.

viernes, 6 de octubre de 2017

HIJOS DEL TIEMPO Y LA ARENA, EL LIBRO



¡Está listo!, ha sido un lapso prolongado pero he logrado cosechar frutos. El libro cuenta en sus 138 páginas la historia del puerto El Bluff, lugar donde nací y crecí al lado de mis abuelos y mis padres, disfrutando junto con mis amigos de su época de oro, una parte importante de su desarrollo entre los años 1960 y finales de 1970, hasta llegar a su decadencia y abandono actual.
El libro está dedicado a la memoria de mis padres, Ofelia Alvarez y White Bush Hill.
El poeta, escritor y amigo, Carlos Castro Jo, ha dedicado su tiempo y esmero para leerlo y comentarlo. Sus palabras y valoraciones son el prólogo del libro HIJOS DEL TIEMPO Y LA ARENA. “Para los que están interesados en la historia de El Bluff o en la vida cotidiana de un pueblo del Caribe nicaragüense en las décadas de 1960 y 1970, Hijos del Tiempo y la Arena (Relatos del Bluff) es una lectura obligatoria”, señala Carlos. 
He iniciado el proceso de búsqueda de apoyo para publicarlo. A mis amigos y amigas les digo que allí están ellos, a los de antes y de ahora, y que sin dudarlo, si mis gestiones para publicarlo no se materializan porque en Nicaragua es mínimo el apoyo que existe para hacerlo y carísimo, no duden que acudiré a ustedes para lograrlo. 
¡Salud!


Ronald


domingo, 24 de septiembre de 2017

UNA HISTORIA QUE CONTAR


Llevaba tres horas subiendo la ladera oeste del cerro Silva. Es una de las tantas cosas que tengo en una lista de pendientes en mi vida. Desde ese punto se observa la inmensidad de la llanura caribeña porque no existe otro sitio más elevado para ver su majestuosidad y disfrutar las cosas sencillas que nos da la vida. Una recompensa única por el esfuerzo a la edad de sesenta años. Don Pedro, el guía, un campesino, me animaba. Insistía diciendo que no abandonara la meta de coronar la cúspide después de cabalgar varias horas desde San Pancho. Estaba a punto de tirar la toalla y mi teléfono móvil comenzó a sonar desde esa altura por la señal de una de las empresas que tienen una pésima cobertura en la mayor parte de los sitios caribeños.
Vi en la pantalla un número desconocido y respondí después de sacar el móvil de la mochila que cargaba en mi espalda. Una voz de mujer preguntó indicando mi nombre.
“¡Sí!, ¿quién habla?”
“Lo llamamos del INSS… ya tenemos la resolución de su pensión. Le invitamos a que se presente a la mayor brevedad en nuestras oficinas de Nueva Guinea. Es urgente que lo haga”.
Recorrí con el pensamiento una secuencia de imágenes después de decirle que lo haría.  Recordé mi primer trabajo en la Booth de Nicaragua, los años que trabajé en la empresa de Conejos y que viví en El Cañón con mi mujer y mis hijos pequeños, la empresa Avícola, los años que trabajé en el MIDINRA y el Gobierno Regional de la entonces V Región, y los últimos catorce años que laboré en Ayuda Acción hasta el año 2007.
“¡Don Pedro!, ¡tengo que regresar!”
“No me diga, ya estamos cerca”.
“Es algo importante, voy a subir otro día”, respondí y comenzamos a bajar la ladera. En el trayecto le conté la historia a Don Pedro.
Al llegar a casa, seis horas después, le di la noticia a mi mujer. Dijo que había salido rápido mi resolución y se mostraba contenta. Al día siguiente fui a las oficinas del INSS. Una mujer me atendió de inmediato y después de explicarme ciertas cosas me entregó un cheque. “Le salió bonito”, dijo. Al ver la cifra me di cuenta que tenía razón y me sentí contento. Estaba tan contento que llamé a mis mejores amigos para contarle la historia y recibí sus felicitaciones. “Somos pocos los que aguantamos tanto”, dijo uno de ellos.
Por la noche le envié un mensaje a uno de mis amigos.
 “Entonces, te tengo una historia que contar, ¿dónde nos vemos?”
“¿Y ahora qué te pasó? Mirémonos cerca de mi casa, en el bar de al lado”, respondió.
Diez minutos después me encontraba en el bar de al lado de la casa de mi amigo. Saludé a varios conocidos y uno de ellos me invitó a su mesa donde estaba con su mujer y otro amigo. “Viejo, acompáñanos”, dijo y me presentó a su esposa. No la conocía. “Tienes mucha suerte”, le dije.
Conversamos de diferentes temas y al rato apareció mi amigo. “Ideay viejo, me hubieras llamado”, dijo y se unió al grupo.
Mi amigo dijo que tenía mucho tiempo de no verme, que me había perdido. “Sólo de vago vivís”, dijo. Le conté que ya estaba jubilado y que me daban un cheque de pensión vitalicia. “No jodas viejo, te felicito. Te lo has ganado, yo sé lo mucho que has trabajado y ahora tenés que disfrutar de la vida, lo que te queda, y cuidarte”. “Pero contamé como estás, me di cuenta que tienes otro hijo y de seguro estás contento, feliz”, respondí y noté que los otros que estaban en la mesa conversaban entre ellos sin seguir nuestra platica. Mi amigo guardó silencio por unos momentos.
“Mirá viejo, vos estás como estás por tu mujer. Sin ella no estuvieras aquí, al saber por dónde estarías viviendo, talvez en malas condiciones, ella te ha salvado la vida”, dijo.
Tiene razón, pensé. “Pero vos estás bien, tenés tus negocios, una mujer linda y mucha vida por vivir”, respondí y guardó silencio.
 “Ya no aguantó a mi mujer. Ya no la quiero. Me voy a divorciar porque es una víbora, es una barba amarilla enrollada, ¿las has visto verdad, conoces las barba amarilla?, me hace la vida imposible”, dijo.
“Vos sabes cómo son las mujeres, son sensibles, son celosas, quieren tener toda la atención de parte de nosotros, tenés que buscarle el lado débil y por allí esforzarte, no es muy difícil”, le dije.
“No jodas Viejo, si supieras todo lo que he hecho. No puedo, ya no puedo”, dijo.
Diablos, pensé, debe vivir en un infierno, en la casa del perro, en el dog house, como decía White Bush.
“Entonces qué es lo que quiere”, pregunté.
“Joderme la vida, hemos llegado a putearnos, hasta a los golpes. Me voy a divorciar porque así no puedo seguir”, dijo.
“Bueno, no la pienses dos veces”, le dije y cambié la conversación porque me di cuenta que estaba desesperado.
Busqué motivarlo invitándolo a que un fin de semana hiciéramos un viaje a la playa de El Tortuguero, al rancho de Javier Benavides en El Bluff, y platicamos de diferentes temas. La mujer del amigo que me invitó a la mesa comenzó a cantar en el karaoke del bar y noté que tiene una dulce voz. Me entusiasmé y luego canté Let it be.
A las once y media de la noche el amigo que estaba con su esposa nos invitó a acompañarlos a su casa, dijo que allí podíamos tomar cerveza y pasar un rato agradable. Todos aceptamos la invitación, pagamos la cuenta y nos dispusimos a partir.
Los tres amigos que estaban en la mesa se fueron en un vehículo y mi amigo me acompañó al parqueo para abordar mi jeep. Me detuve en la salida esperando que la vía se despejara. Repentinamente, sin saber de qué lado salió, la mujer de mi amigo abrió la puerta del jeep. Lo tomó del cabello, lo jaló tratando de sacarlo del jeep. Le dijo cosas horribles y lo golpeó varias veces. Mi amigo no reaccionó. La mujer logró sacarlo de jeep casi cayendo en la calle.
Me bajé del jeep tratando de evitar el escándalo en la vía pública.
“Usted no se meta, el problema es entre nosotros”, dijo la mujer a gritos partidos.
“Sí Viejo, sí Viejo, no voy a acompañarte, otro día seguimos platicando”, dijo mi amigo.
No dije ni una sola palabra y partí hacia la casa del otro amigo. Allí departimos un par de horas y al verlos tan felices pensé que yo también era un hombre dichoso y que de nuestro tipo muy pocos existen.

martes, 19 de septiembre de 2017

LAS VACAS DEL MANDADOR


Las Vacas del Mandador, así le llamaban a Juan Huerta porque ese era su oficio en la loma del faro, se paseaban por todos los caminos posibles del puerto. Pastaban en los alrededores de la planta de la Booth, cerca de las casas de la Colonia, a los lados de la pista de aterrizaje, en el tramo de carretera que comunicaba la planta de procesamiento con el muelle de los barcos pesqueros y alrededor del pozo del taller de la aduana donde se entretenía Orlando Lacayo con Juan Ramón Acosta brindándole mantenimiento a los motores fuera de borda que usaban en la panga que trasladaba al coronel Peters a Bluefields en sus misiones administrativas y amorosas, y a la planta eléctrica de la aduana que brindaba energía eléctrica a las casas de la aduana. Los dos eran indulgentes con las vacas y siempre sacaban agua del pozo que quedaba al lado del taller donde les dejaban dos cubetas llenas de agua para que calmaran la sed.

Uno de los lugares preferidos de las vacas del Mandador era la loma del parque. ¿Por dónde subían a la loma? No podían subir por las gradas del parque que desembocaban frente a la aduana al recorrer parte del andén después de subir frente a la casa de los Allen porque Pilito, un empleado de la Aduana, corría detrás de ellas para regresarlas. El único lugar posible era por la subida de la parte sur de la loma y que al bajarla salías frente al Vietnam. Una vez coronada esa subida del sur de la loma, se apreciaba el tanque de agua de la casa del coronel Peters y a la izquierda una casa de la guardia que tenía a su lado una pequeña celda. Desde ese punto se admiraba la playa del Tortuguero, la loma del faro, las casas de la Colonia y el muelle de los barcos pesqueros de la Booth. Entre la subida y el muro perimetral de concreto que protegía la casa del coronel predominaban pastos y matorrales que las vacas del Mandador aprovechaban pastando por las tardes. El caminito que bordeaba la derecha del cerco perimetral era frecuentado por chavalos del puerto en búsqueda de mangos, marañones y de la diversión que obtenían en la explanada del parque y su plazoleta cubierta de grama.

—Qué lindo se mira Bluefields desde aquí —dijo el chavalo flaco que calzaba unos burritos Adoc.
—Sí, el azul del cielo en la bahía se refleja en sus cerros —confirmó el chavalo chirizo que lo acompañaba.

Subieron las gradas azules de la explanada y se treparon a una jardinera aérea de concreto para tener una mejor visión del paisaje.

—¡Mirá que lindo!, ¡mirá los barcos, parecen botecitos de papel! —señaló el Flaco hacia la bahía en dirección a Half Way Cay.
—Mirá para este lado, mirá los botes de canalete de los pescadores que pescan con tarrayas frente a la isla de Miss Lilian —dijo el Chirizo.
—Todos son de Bluefields, a ningún Blofeño le gusta tarrayar —contestó el otro.

Y así, observando el paisaje y conversando sus ocurrencias fue pasando el tiempo.

 En raras ocasiones se miraba gente en los alrededores del parque con excepción de Leónidas, Masayita, Tiquitito y Victoriano que compraban sus botellas de guaro lija donde doña Rosa Emilia y seguían el camino después de hacer chambas trasladando carga a las casas de los que llegaban de Bluefields. Otros eran jóvenes parejas clandestinas en busca de privacidad al natural. El día de navidad era el más concurrido del parque por los habitantes del puerto porque el coronel Peters le celebraba a lo grande el cumpleaños a Margarita, la hermana menor de los Allen que padecía síndrome de Down, y todos eran invitados.

Desde lo alto de la jardinera el Flaco y el Chirizo vieron que Masayita, Victoriano y Tiquitito entraron a la explanada y se sentaron en una de las bancas.

—Quédate callado, no hagas bulla. Miremos lo que van a hacer —dijo el flaco bajando la voz.

Los tres se sentaron en la banca adherida al muro que retenía la grama de playa, unos veinte escalones antes de subir a la jardinera donde el Flaco y el Chirizo estaban acomodados disfrutando de la brisa y admirando el paisaje.

Masayita sacó de su abdomen dos botellas, una botella de guaro lija y otra de agua que las sostenía de la faja. Tiquitito puso en la banca dos mangos celeques y Victoriano una bolsita con sal.

—Yo primero —dijo Masayita y se empinó la botella.

Victoriano y Tiquitito se quedaron en silencio con sus ojos llorosos de ganas al ver las burbujas en la botella. Victoriano escupió, le untó un poco de sal al mango y le dio un mordisco.

—¡Clase de trago! —dijo Tiquitito y dio un escupitajo chirre en el piso azul de la explanada.

Masayita sacudió su cabeza y se puso de pie. Era el más pequeño de los tres y Tiquitito los doblaba en altura. Se remangó el pantalón con una mano y escupió.

—Ahora te toca a vos —dijo dirigiéndose a Victoriano y le cedió la botella.
—Ve que lindo —dijo Tiquitito —, sólo trajo sal, va de segundo y es glotón. Dale suave—agregó.
—Mirá, mirá, allá vienen las vacas del mandador —dijo en voz baja el Chirizo, dirigiéndose al Flaco al ver que las vacas entraban a la explanada por el mismo camino que todos habían recorrido minutos antes.
—Shiii, shiii—expresó el Flaco golpeando sus labios con un dedo.

Masayita estaba de espalda a la entrada mientras Tiquitito observaba a Victoriano echarse el trago, un trago largo, con un volumen equivalente a tres sencillos que provocaba largos movimientos en su manzana de Adán y, al hacerlo, vio a las cinco vacas del mandador que entraron a la explanada dejando sus plastas de mierda regadas en la loseta azul.

—Las vacas del Mandador —dijo Tiquitito señalándolas.
—Ordeñémoslas —dijo Masayita.
—Sí, sí, así pasamos el trago con lechita —propuso Victoriano.

Los tres se dispusieron a cortarles el paso con la intención de ordeñarlas. Masayita corrió a la entrada, Victoriano hacia la bajada norte del parque y Tiquitito se quedó frente a ellas.

—Ayudémosles —dijo el Flaco.
—Sí, yo también quiero leche —dijo el Chirizo y se bajaron de la jardinera.
—¿Y ustedes de dónde salieron? —preguntó Tiquitito.
—Les ayudamos si nos dan leche —dijo el Chirizo.
—¡Va pues! —respondió.

El Flaco y el Chirizo corrieron hacia ellas con el fin de atrapar a una pero se espantaron y corrieron en dirección hacia Victoriano que trataba de detenerlas para que no se escaparan por la bajada del parque pero fue imposible que las vacas se detuvieran, aun cuando Masayita y Tiquitito pegaban gritos como verdaderos cowboys en una estampida para que se dirigieran hacia la explanada nuevamente.

Abajo, en el portón de la Aduana que tenía acceso al andén del puerto, se encontraba Pilito. Desde allí escuchó los gritos que daban y dio aviso a los otros empleados que salieron ante el bullicio. Al verlos abandonar sus escritorios el coronel apresuró su andar taciturno hacia el portón.

—¿Cuál es el es-cán-da-lo? —preguntó el coronel con su voz baja y entrecortada al asomarse.
—Unos vagos querer bajar vacas del mandador desde allá arriba —respondió Pilito en su español machacado.
¿Có-mo? —preguntó el coronel tratando de ver hasta la cumbre de las gradas.
—Arriándolas mi coronela, por eso gritar, gritar mucho.
—Las va-cas no pue-den, no pue-den ba-jar gra-das, es an-ti na-tu-ral pa-ra ellas, las van a des-nucar —explicó el coronel.
—¿Por qué? —preguntó uno de los empleados.

El coronel explicó al grupo, con su forma de hablar, que las vacas evitan caminar abajo en las escaleras porque la pendiente y la estructura de las escaleras no se encuentran en la naturaleza y que solamente se adaptan a las proporciones humanas de la pierna. La pendiente media de una escalera es de 35 grados, por lo que los seres humanos pueden caminar por ella sin pensarlo. Las vacas, por el contrario, tienen una distribución de peso y una estructura ósea mucho más diferentes por lo que es difícil para ellas moverse de la misma manera. También les dijo que cualquier animal con una masa corporal como la de una vaca tendría dificultades para ir cuesta abajo en una pendiente de 35 grados. Agregó que por el peso de una vaca, el miedo del animal de caminar por las escaleras es racional. Dijo que los cuellos de las vacas son mucho menos móviles y que cuando se inclinan tan hacia adelante se les hace difícil ver hacia el frente, algo que instintivamente evitan y, si se les obliga a ello, pueden resbalar y desnucarse.

—Esos vagos las van a desnucar —dijo uno de los empleados al escuchar los argumentos del coronel sobre las vacas y las escaleras.
—Coronela, yo ir a evitar desnuque de vacas —dijo Pilito y salió corriendo hacia las gradas del parque.
—Va-yan, va-yan us-te-des tam-bién —les dijo el coronel a los otros empleados que miraban a Pilito subir pegando gritos para que dejaran de arrear las vacas por las gradas del parque.

Las vacas se resistían en la última estación de descanso, antes de coronar la subida hasta la plazoleta de loza. Al ver a Pilito y a los otros empleados de la aduana que subían gritando que no las siguieran arreando, Masayita, Tiquitito y Victoriano salieron corriendo hacia el camino en dirección a la bajada del Vietnam mientras que el Flaco y el Chirizo corrieron en dirección opuesta, buscando el árbol de Guanacaste cercano al pozo de doña Marianita para evitar ser atrapados por los empleados de la Aduana.

Después de ese incidente, de la travesura del Flaco y el Chirizo en conjunto con Masayita, Tiquitito y Victoriano, todos los habitantes del puerto se dieron cuenta que a las vacas nunca se les debe arrear cuesta abajo en unas gradas, mucho menos en las gradas empinadas, azules como el mar, que te permitían subir al parque de la loma donde vivía el coronel. Por ello, las vacas del Mandador siempre se encontraban pastando en la loma sin ser molestadas por los pobladores del puerto.

15/09/2017

EL BLUFF: ORIGEN DEL NOMBRE Y PRIMEROS POBLADORES

Si traducimos la palabra Bluff vemos que significa, en términos geográficos, risco, peñasco, acantilado o despeñadero, pero también significa fingir, aparentar, engañar. Ambos significados tienen validez para esclarecer el nombre de El Bluff. Por un lado vemos, conociendo su geografía, que al navegar hacia el puerto por su parte sur, solamente se observa un gran acantilado, y por otra parte, si un navegante entra por primera vez, se lleva una gran sorpresa al admirar la belleza del paisaje al adentrarse en la bahía pasando por la barra del puerto.

Según Juan Ramón Acosta, en su libro El Bluff de doña Luz y sus cuentos fieros, “su nombre se debe a la ubicación geográfica y no de un nombre  expresamente escogido y que represente otra cosa en el mapa de Nicaragua. Es mal llamado el antepuerto de  Bluefields, porque tanto el uno como el otro es un puerto en sí, nada más que de diferente función. Hay que tomar en cuenta que la palabra  Bluff significa en cualquier diccionario,  entre otras cosas, un punto geográfico cuya particularidad relevante consiste en que es una colina escarpada, que tiene por un lado, la influencia del mar y, por el otro, la influencia de un rio. En el caso del Bluff concurren ambas cosas, ya que  el remanso de su bahía es la desembocadura natural del río Escondido y por el otro lado, está el mar abierto”.

Doña Luz Gómez, conocida como mamá Luz, fue una persona humilde, pero chispeante y dicharachera, manejando siempre a flor de labio esa manera muy particular  de decir las cosas y cuya gama de valores y forma de expresarse, heredó a su hija, doña Leonor Gómez. Doña Leonor quiso contar un día la historia del Bluff con una parte de los recuerdos de su Mama Luz con su personal aportación, pero falleció en Corinto y le tocó a su hija Dora Luz Gómez, hacer el relato de los cuentos fieros acaecidos en el Bluff, que no son más que el reflejo de su pueblo hasta el año 1974, fecha en que se trasladó con su familia al puerto de Corinto.

En los albores de los años 40 del siglo pasado se comenzó a consolidar la población en el Bluff y el panorama era desolador. Había ya algunos pobladores que Doña Luz, también una de las primeras, ya conocía, entre ellos los siguientes:

Juan Huerta: Era conocido como el mandador debido a que ejercía esa labor en El Cocal, propiamente en la parte donde se encuentra ubicado el faro. Según doña Luz, ocupa uno de los cinco lugares en la lista de primeros pobladores. Fue empleado de la familia Bustamante desde que llegó al Bluff desde su natal Kurinwas. Juan Huerta y su esposa tuvieron tres hijos: Evaristo, Victoriano y doña Eulogia, muy conocidos en el puerto.

Los Bustamante: Son los miembros de una familia muy conocida tanto en Bluefields así como en el Bluff, destacándose entre ellos, la insigne maestra Doña Carmelita Bustamante, quién alfabetizó a muchos de los nacidos en el puerto y, por tal hazaña, merece el título de hija dilecta. Doña Carmelita siempre recordaba que su alumno más difícil fue Silvio Lacayo Marenco, el popular Macho Silvio, quien en un abrir y cerrar de ojos de la venerable maestra, se le escapaba en un cayuco de los Sambola, rumbo a la isla de Miss Lilian a ver a una novia.

Otros notables pobladores de antes de los 40 fueron don Abraham Rodríguez, conocido como Tapalwás, por ser originario de un poblado chontaleño con ese nombre; Míster Abraham Sambola, que al igual que Doña Gloria Cardoze  y Doña Esther Carvajal, también se cuentan entre los primeros pobladores. Otra insigne dama que debió ser declarada hija dilecta del Bluff, fue doña Rosa María Gómez, la popular comadrona del puerto, quien con destreza jaló la cabezota de muchos, quienes solo a dar guerra vinieron a este mundo.

Doña Luisa Sandino, hoy difunta al igual que su marido, el coronel G.N., Isidro Sandino, siempre dijo que el Bluff era el lugar donde hasta el viento se detenía. Ella perenne se mantenía en una banca bajo un frondoso árbol de Almendro que quedaba frente a la agencia aduanera de Pedro Joaquín Bustamante, cuyo staff estuvo compuesto por Jimmy Wilson, Pablo “El Turco” Alvarez y Zoilo “Kansas City” Carrasco. Doña Luisa era una persona muy chispeante y afable, que se mantenía  con su característico cigarrillo en la boca y la crítica penetrante y mordaz a flor de labio. Vivía echándole un ojo a las gradas del muelle frente a la casa de la Juana Angulo, para ver quién osaba pasar ante su presencia. El coronel Sandino y doña Luisa vivieron su momento de gloria cuando en 1973, el coronel Brenes Luna fue retirado del ejército en franca jubilación, por lo que Sandino en ese entonces con grado de capitán, pasó a ser el comandante de la plaza militar del Bluff. Fue ascendido al grado de teniente coronel y trasladado a Corinto en 1976 como jefe del cuartel militar de ese puerto, desde donde salió huyendo con sus tropas hacía El Salvador en 1979, al triunfo de la revolución popular sandinista.
   
Contaba doña Luz, que la verdadera historia del Bluff comienza con el nombramiento de Alejandro Peters Vargas como Administrador de Aduanas, con todo y su título de dedo de Coronel y su uniforme tan almidonado que parecía una estatua cuando se ponía de pie. La llegada de Peters al Bluff ocurrió allá por el año de 1918, según documentos recabados de la época y de ello se infiere precisamente, de que Peters recorrió el terreno desde Cabo Gracias a Dios hasta finalmente asentarse en el Bluff. Siendo Hernán Cortez, el famoso Piarrocha, todavía un mozalbete allá por 1934, quien cuenta que estuvo con su padre por el Bluff y conoció a Peters, que en ese tiempo ya era casi un sesentón. Piarrocha, auto calificado como gringo-caitudo, señalaba que Peters se la daba de arquitecto e ingeniero y fue quien diseñó las estructuras del muelle, las famosas gradas y el parquecito que daba con su casa, ubicada en la mera loma del Bluff. Por la aduana pasaron dos administradores antes de Peters: Fritz Halsall y Frank Sequeira, el marido de Doña Mariíta Bustamante y es conocido, que Peters, hijo de un inmigrante alemán, fue el que ganó fama y fortuna. Entre el staff del coronel Peters en la aduana del Bluff, catalogados como fundadores, se pueden contar a Charles Bacon, Rafael Montero, Steven Sambola, Ernesto Morales, Alberto Gómez, Juan Bautista Lacayo, Santiago Bermúdez, Orlando Lacayo, Bertie Downs, Abraham Sambola, Alonzo “Allie” Allen, Felipe Alvarez y su hijo Felipe Alvarez Alvarado.

Al margen de cualquier consideración al respecto, alguna inexactitud, debe achacársele a la bola de años que tenía Doña Luz al momento de hacer sus cuentos fieros de El Bluff, dice Juan Ramón Acosta.


lunes, 7 de agosto de 2017

SIN FINQUEROS NO HAY COMIDA


De seguro has visto ese eslogan en una etiqueta pegada a la tina de una camioneta o en el vidrio posterior de un vehículo por las calles de la ciudad cuando vas en el autobús, en tu vehículo o en motocicleta hacia tu trabajo. Estoy seguro que en algún momento te has puesto a pensar en el porqué de esas cinco palabras que dejan claro que el finquero es la persona que con su esfuerzo produce los alimentos que consumimos diariamente en la comodidad de nuestra mesa familiar. La respuesta es sencilla, responde a la urgencia que tienen para que su labor sea apreciada y valorizada por la sociedad.
Los finqueros o campesinos son aquellos que desarrollan labores de ámbito rural, sean estas agrícolas o ganaderas, cuyo objetivo es la producción de diferentes tipos de alimentos que pueden ser consumidos para satisfacer su necesidades y comercializados para obtener ingresos.
¿Qué sería de nosotros sin finqueros? Imagínate que un día los finqueros, los campesinos de todo el país, se unen y toman la decisión de dejar de producir alimentos para comercializarlos en los diferentes mercados. De la mesa, en la que disfrutamos con la familia, desparecerían repentinamente la leche, el queso, la carne de res y de cerdo, los huevitos de amor, las tortillas, los frijoles, las frutas y verduras, las raíces y tubérculos, las musáceas, y todos los productos de primera necesidad que consumimos para nuestro diario vivir.
Una vez consumida la existencia de esos productos en nuestro hogar, tendríamos que salir a buscarlos pero no los encontraríamos en la pulpería, ni en el mercadito de barrio, ni en los mercados tradicionales, muchos menos en los mercaditos campesinos. ¿Qué haríamos frente a la escasez? Estoy convencido que la mayor parte de los Nicaragüenses tenemos familiares u amistades que de alguna manera viven en el campo y producen alimentos donde a través de ellos podríamos abastecernos. Otro sector de la sociedad, los más pudientes, los de mayores ingresos, buscarían como comprarlos en el mercado negro y estarían dispuestos a pagar cifras astronómicas por tener acceso a ellos.
De una día para otro viviríamos en el caos, un caos provocado por los finqueros que han dejado de producir alimentos. ¿Cuánto tiempo podríamos soportarlo? ¿Una semana, quince días, un mes?
Los finqueros, los campesinos son de vital importancia para el desarrollo de la sociedad pero históricamente han sido marginados y explotados. No dejan de producir alimentos aunque la sociedad no lo reconozca con mejores precios, aunque las grandes empresas capitalistas monopólicas paguen precios bajos por sus productos, aunque los gobiernos y el Estado no intervengan para lograr una mejoría de su situación, profundizándose la crisis social que viven cada vez más con nuevas formas de dominio y explotación. 
Tomar conciencia sobre el papel de los finqueros en nuestra sociedad es un asunto del diario vivir, es una cuestión moral, deberíamos celebrar su existencia en la mesa familiar y apoyar sus luchas y reivindicaciones para tener acceso permanente a los productos que generan y que son vitales para nuestra existencia.

miércoles, 26 de julio de 2017

EL BRUJO DEL BLUFF

Al regresar de clases debía limpiar el corredor de la casa de mi abuela; primero sacudía las mecedoras, las dos ventanas del frente y el swing. Después barría y lampaceaba el piso de ladrillo rojo. Siempre lo hacía por las tardes porque por las mañanas iba a estudiar a Bluefields. No recuerdo si estaba barriendo o lampaceando, pero él llegaba todas las tardes. Lo miraba encaminarse por el lado del cementerio de la Iglesia, después de salir del barrio en que vivía y cruzaba la carretera de piedra en dirección a la casa. Saludaba a mi abuela y se sentaba en el corredor con sus piernas colgadas del piso, golpeando el muro con la suela de sus zapatos tenis. Allí, sentado en el piso, lo miraba de espalda como un hombrecito perezoso, sin ganas de hacer algo, ni siquiera hablaba, pero estaba atento a la gente que caminaba por la carretera en dirección a la Iglesia, la cancha de básquet, las cantinas o hacia la planta de la Booth.

Mi abuela regresaba a sus quehaceres después que lo saludaba. Yo seguía en mis labores y nunca me cruzaba palabras, sólo me quedaba viendo de lado, a su izquierda y a su derecha, de arriba abajo, y de abajo a arriba desde el piso donde estaba sentado. Yo en esos tiempos era chavala, cursaba el segundo año en el Instituto Cristóbal Colón. Lo recuerdo porque fue en ese año que comenzamos a usar el uniforme con una falda cuadrada color café, similar a la falda irlandesa llamada Kilt que usan los hombres de esas tierras. Regresaba a la casa y lo primero que hacía era cambiarme el uniforme por un short cortito que usaba al igual que todas las chavalas de mi edad. El hombrecito me miraba girando la cabeza con sus ojos gatos brillantes y con sus manos se sobaba la barba larga y canosa, sobresaliéndole las uñas larguísimas de sus dedos meñiques. Su mirada era rara, profunda y perdida como si estuviera ausente, pero cuando alguien pasaba por la carretera o mi abuela, mi prima o mi primo salían al corredor, el dejaba de hacerlo y se reía solo.

Nunca me dirigió una palabra, nunca me dijo ¡Hola María del Carmen!, ni siquiera cuando visitaba a Lastenia, su hija. Éramos compañeras de clases y viajábamos en La Lesbia, la lancha que nos llevaba a Bluefields y en la que regresábamos a El Bluff después de clases. Terminaba mis quehaceres y pedía permiso para ir donde ella por el mismo camino en que él aparecía, dejando a mi izquierda el cementerio para dirigirme a su casa. Era una casa de minifalda, con una sala comedor y tres habitaciones, una de su mamá y él, otra de sus tres hermanos y la de Lastenia. En la parte posterior de la casa, debajo de unos palos de coco, de mango y marañones había una perrera donde mantenían amarrados tres perros y habían construido tres cuartos que le alquilaban a unas mujeres misquitas que habían llegado al puerto. Hacíamos las tareas entre las dos y luego, cuando aún era temprano, íbamos a la ensenada que quedaba frente a la casa desde donde disfrutábamos la brisa marina que nos llegaba de frente, observábamos el faro, los barcos que navegaban por el canal en dirección al río Escondido y la playa de El Tortuguero. Un día se nos hizo tarde por estar viendo subir un bote en la playa y, al regresar a casa de Lastenia, él estaba esperándola enfurecido. “Chavala desgraciada, chavala vaga, cuántas veces te he dicho que no salgas de la casa”, le dijo con un chilillo en la mano. Me dio un gran temor que salí corriendo hacia mi casa, sin despedirme de Lastenia. Desde el camino escuché su llanto.

No volví a visitarla hasta muchos años después, pero aprovechábamos la hora del viaje de ida en el barco para revisar las tareas aunque ella siempre se encontraba apenada y con una profunda tristeza. Siempre pensé que su timidez era natural, que era parte de su carácter de chavala, pero desde la vez que lo vi con el chilillo y escuché su llanto supe que era debido a él. Nunca le hice comentario sobre lo sucedido ni ella a mí.

Lastenia llevaba una vida miserable por culpa del maltrato que le daba a tal grado que dejó de hablarle a Mansel, un muchacho estudiante que la cortejaba en los viajes y terminó siendo su novio. Alguien le llegó con el chisme y la obligó a que dejara de hablarle. Estaban enamorados, yo lo sabía, con sólo verla se notaba en sus ojos una chispa de alegría cuando estaban juntos. Mansel no se dio por vencido, se las ingeniaba para verla: una noche se escabulló entre los arboles del patio de la casa y lo descubrió por el alboroto que armaron los perros que soltaba al anochecer. Sin bastarle eso, ahuyentarlo con los perros, lo sentenció frente a la casa de sus padres. Mansel dejó de viajar en el barco y de asistir a clases. Después me di cuenta que había enfermado, que su mamá lo había llevado donde todos los médicos de Bluefields y no lograron que el pobre pudiera hacer sus necesidades fisiológicas casi un mes después de pasar todos los días en el intento. La pobre mamá de Mansel y toda su familia estaban desesperados. A mí me contó una prima que el pobre pasaba largas horas sentado y quejándose en el inodoro, y que una vez lo vio con unas inmensas ojeras, flaco pero reflaco, con el estómago crecido de tanta cochinada retenida por más de un mes. Tal era la desgracia del pobre que no podía defecar pero el apetito lo mantenía hambriento, devoraba como enloquecido todo lo que fuera comida. Desesperada la mamá de Mansel, por consejo de sus amigas Blofeñas, hizo un viaje hasta Raitipura en la Laguna de Perlas donde un Sukia le preparo una contra para liberar al pobre de la brujería que sufría y que todos en el puerto a él le achacaban. Por temor a que le sucediera algo peor sus padres lo mandaron a estudiar a Chontales. Desde entonces Mansel no pone un pie en El Bluff, si lo hace le da un hambre feroz, deja de defecar y se le hincha el vientre de cochinadas.

Fue entonces cuando me di cuenta que el papá de Lastenia hacía brujerías. Sentí un enorme temor y cada vez más compasión por ella. Cuando miraba que cruzaba la carretera para dirigirse a sentarse al corredor, dejaba de hacer mis quehaceres y salía corriendo hacia el cuarto con desesperación, el cuerpo me temblaba de miedo. Al verme mi abuela en ese estado le tuve que contar la forma en que me miraba y ella se encargó de que no siguiera llegando al corredor de la casa. ¡Por favor no regrese a mi corredor! ¡No me gusta como mira a María del Carmen!, le dijo.

Siempre pasaba a la misma hora. Salía por el mismo lado, detrás de la iglesia, del lado del cementerio, caminaba por la carretera, cruzaba el cine y se iba a sentar a las gradas del dispensario sin volver a ver la casa. Siempre estaba solitario; desde allí miraba pasar a la gente y jugar a los chavalos basquetbol y voleibol en la cancha. Sus hijos varones también jugaban con los otros chavalos del puerto, pero les daba una vida de constantes reprimendas, una vida de militar como la que él tuvo cuando fue miembro de la Guardia Nacional.

No sé exactamente de donde era originario pero mi tío José un día comentó, unos días después que mi abuela lo corrió del corredor, que desde joven se había metido a la guardia. En esos años, con tanta pobreza que había y tan pocas oportunidades para salir adelante en la vida, ser miembro de la guardia era una alternativa para sortear los obstáculos que debemos enfrentar. Y por eso resultó sirviéndole la comida a los guardias y a los presos de la loma de Tiscapa. Cuántos años estuvo allí no sé, pero fueron varios haciendo lo mismo y poco a poco, los males a todos se nos pasan, le fue cogiendo gusto a eso de maltratar a los presos. Les tiraba la comida, les gritaba obscenidades y así siguió actuando hasta que se involucró en las torturas. No me gusta decirlo, te lo confieso, pero ya que te interesa tanto te dejo claro que fue por otras personas que escuche decir que a los presos les hacía barbaridades: le encantaba sacarles las uñas de los dedos de la mano, por eso creo que él se las dejaba crecer para no olvidarlo, mezclaba la comida para los presos con sus propias heces y orina, les propiciaba choques eléctricos y hacía las veces de odontólogo con alambres y punzones hasta que se desmayaban. Fueron tantas barbaridades que se prestaba a hacerles que los propios jefes se lo prohibieron porque pensaban que estaba fuera de su cabales. Por esa abstinencia de torturas trató de fugarse de la loma de Tiscapa saltando un muro hasta caer en las laderas de la laguna, pero los guardias lo buscaron al darse cuenta y lo atraparon. Los encarcelaron y estuvo preso varios meses. Privado de sus fechorías, en la soledad su celda daba gritos de día y de noche hasta que el propio Somoza tuvo que intervenir. El general se apiadó del pobre y como en la mayoría de los casos que enfrentaba de guardias mal portados y delincuentes, lo trasladó al Bluff, la última península de la Costa Atlántica habitada, como castigo.

Se presentó al cuartel de la guardia con su hoja de traslado sin que señalara los motivos pero los oficiales tenían información de la prenda que les enviaban. Le asignaron el cargo de asistente de cocina porque no sabía nada de mecánica, oficio tan necesario para mantener brillantes los motores de los guardacostas que casi siempre permanecían atracados en la parte del muelle asignado a ellos y que todos llamaban el muelle de los guardacostas. Un mes después de su llegada mandó a traer a su familia y construyó, poco a poco, la casa que ocuparon de por vida al otro lado del cementerio. La maña de las torturas no se le quitó, pero debido a que en el puerto nunca había prisioneros, la practicaba con perros vagabundos que atrapaba en el mini mercado de doña Bernarda Rocha, ubicado al bajar las gradas, detrás de cuartel. Al teniente Sandino no le gustó ver las barbaridades que les hacía y le dieron de baja definitiva.

A sus hijos varones les procuraba entrenamiento militar en la playa de El Tortuguero. Los hacia correr con palos en el hombro hasta Falso Bluff dos veces por semana y les decía “mis combatientes”. Eran tan estricto con ellos que desde el andén del dispensario los vigilaba mientras jugaban en la cancha con sus amigos del puerto. Una vez finalizado los juegos salían disparados hacia su casa. Una vez que llegaron a adolescentes, uno por uno se fueron de la casa, abandonaron El Bluff y se fueron a otros países en busca de mejores horizontes llevándose a su madre mientras que Lastenia permanecía sola con él.

Fue en esos años, ya más viejo y retirado de la guardia, que su fama de brujo creció en el puerto. Las dueñas de burdeles y cantinas de El Bluff eran parte de su clientela porque le pedían sus oficios para mejorar los negocios. Para ello, el hombrecito de ojos gatos y barba larga canosa, vestido con un overol azul y calzando sus zapatos tenis, se levantaba de las gradas del dispensario y caminaba hacia el Vietnam por el lado de la casa de don Chon Benavidez. La dueña lo esperaba con lo que necesitaba para hacer el riego de la prosperidad: cuatro velas verdes, agua mineral, una regadora, cerveza, esencia de ruda, agua de coco y miel. Con estos ingredientes el hombrecito mezclaba en la regadora un litro de agua mineral, agua de coco, una cucharadita de miel y un vaso de cerveza. Después de batirla le echaba a la regadora la esencia de ruda. Con ese brebaje comenzaba a regar la puerta el local desde dentro hacia fuera y cuando terminaba encendía en la puerta de entrada las cuatro velas verdes formando los puntos cardinales (Norte, Sur, Este y Oeste) y las dejaba arder hasta que se disipaban. ¿Qué cómo lo sé? Era conocido por todos los Blofeños porque el hombrecito hacia lo mismo en todas las cantinas y putales los días viernes al mediodía. Y le daba resultados porque hervían de hombres todos los días. A las mujeres les enseñó cómo atraer clientes y la práctica más difundida entre ellas era la oración del puro.

Todos estos favores que le hacía a los prostíbulos, cantinas y mujeres le fueron bien remunerados, pero también tenía la simpatía de los marinos y pescadores porque les hacía el ritual del amarre para que sus mujeres no les fueran infieles durante la ausencia. Les daba resultados porque, cuando los marinos mercantes volvían al puerto, pasaban en dirección a la casa del hombrecito con paquetes y regalos. Los pescadores también eran generosos con él porque lo miraba pasar para su casa con gajos de pescados, langostas y cajas de camarones que le regalaban en el muelle de los barcos pesqueros de la Booth.

Con sus hechizos y brujerías prosperó en el puerto a tal grado que por su popularidad entre los necesitados de brujerías, le llegaban clientes desde Bluefields. Los bluefileños, mestizos y creoles, dejaron de requerir servicios de los Obeah Man que vivían en los barrios creole de la ciudad como Old Bank, Cotton Tree y Beholden, y poco a poco estos se fueron quedando sin empleo por la fama que tenía. Los vientos del sur también llevaron los rumores de sus buenos oficios a las comunidades de la cuenca de Pearl Lagoon, principalmente Tasbapounie, Kakabila y Raitipura, donde los Sukia fueron perdiendo su clientela histórica. En tiempos de su auge se miraba caminar gente extraña por el andén de El Bluff que se dirigía hacia su casa ubicada al otro lado del cementerio. Pero como en esta vida la prosperidad de unos es mal vista por otros, los Sukia y los Obeah Man unieron fuerzas y destrezas para contrarrestar su popularidad mediante conjuros que deshabilitaron la eficacia de los rituales que le hacía a sus clientes, le iban quitando vida y en menos de un año se convirtió en un viejito enclenque que solamente podía caminar con un bastón.

Todo ese tiempo Lastenia se encargó de cuidarlo, nunca lo abandonó, pero llegó un día en que ya no pudo soportarlo. Fue cuando Lastenia se presentó en la casa de mi abuela preguntando por mí, muchos años después de aquellos tiempos en que viajábamos como estudiantes a Bluefields. Salí al corredor y allí estaba ella con los ojos rojos, demacrada y enflaquecida que casi no la reconozco. Me puso al tanto de lo que le sucedía y me pidió que la acompañara a su casa. Sentí tanta pena y compasión por ella que me vestí apropiadamente y partimos juntas en la oscuridad por el trecho del camino pegado al lado del cementerio.

Al cruzar el umbral de la puerta sentí un ambiente espeso, sofocante, impregnado por el aroma del alcrebite quemado, la bujía de la sala se apagaba y encendía sin que nadie tocara el interruptor y comencé a escuchar lamentos provenientes de una de las habitaciones. Seguí avanzando detrás de Lastenia y cuando ella abrió la puerta de la habitación allí estaba él en una cama. La bujía de la habitación también se apagaba y se encendía sola al igual que la de la sala y en esa intermitencia de luz lo fui observando. El hombrecito había enflaquecido tanto que era un costal de huesos, había perdido el cabello, la barba de antes era una hebra larga de pocos pelos, sus ojos gatos estaban apagados y observaba fijamente el techo, todo en él se había desvanecido menos las uñas de sus dedos meñiques que le habían crecido tanto que así acostado en la cama se extendían más allá de sus pies descalzos. Lastenia le habló y el comenzó a respirar afanosamente como ahogándose en el  intento e inició a quejarse cada vez más fuerte sin mover ni siquiera los pies hasta que los quejidos se convirtieron en gritos de horror que se elevaban en intensidad siguiendo el ritmo del destello de la bujía al encenderse y bajaban al apagarse. No pude soportarlo y salí corriendo de la habitación y fue allí cuando me di cuenta que los perros aullaban fuera de la casa siguiendo en sintonía los gritos espantosos que el daba dentro de la habitación. Salí al patio y vi que los vecinos se encontraban afuera de sus casas impresionados por lo que sucedía.

Lastenia dijo que ya no sabía qué hacer, que llevaba tres meses de día y de noche en esa situación y que los vecinos estaban enojados porque no los dejaba dormir. Traté de calmar su angustia y una de las mujeres misquitas, inquilina de uno de los cuartos, dijo que eso sucedía porque le habían hecho una brujería, un maleficio de venganza y que ella conocía a un Sukia de Puerto Cabezas que podía liberarlo. Entre los vecinos y la misquita logramos convencer a Lastenia de sacarlo de la casa para ubicarlo en uno de los cuartos que estaba desocupado y así ella podría descansar hasta que la misquita diera con el Sukia de Puerto Cabezas y lo liberara de esa inconclusa agonía. Regresé a casa y puse al tanto de los que sucedía a mi abuela y al tío José. Logré que me dieran permiso para acompañar a Lastenia un rato por las noches y así lo hice hasta el día que la misquita apareció una tarde con el Sukia de Puerto Cabezas.

El Sukia lo auscultó en el cuarto que ahora ocupaba y nos permitió, a Lastenia y a mí, que lo acompañáramos. Le quitó toda la ropa hasta dejarlo desnudo y comenzó a limpiarle el cuerpo con un trapo humedecido en una pana que contenía alcohol y unas pelotitas de alcanfor. Le ayudamos a girarlo y quedé horrorizada cuando vi la punta de sus vertebras casi por salirse de la piel. Al terminar lo volvimos a colocar boca arriba, lo vestimos y le sujetamos las manos y los pies con un mecate por instrucciones del Sukia. Así, con una tijera bien afilada, el Sukia comenzó a cortarle pedacito por pedacito cada una de las uñas mientras él daba alaridos espantosos cada vez que la cortaba, desprendiendo con cada trozo un emanación igual a la del cabello quemado. Dos horas después el Sukia dijo que estaba sin fuerzas y debía descansar para esperar y ver como respondía a su cura, a mi mano, dijo, y la misquita lo llevó a su cuarto de alquiler para que descansara y se alimentara. Yo seguí al lado de Lastenia que estaba sin fuerzas, desesperada y con un rosario en sus manos rezaba pidiendo por su padre.

Ya entrada la noche, a eso de las siete, comenzó nuevamente la agonía desesperante. El Sukia acudió al cuarto y estuvo solo con él por un rato. Luego llegó a la casa donde nosotras estábamos con un saco en sus manos y dijo que tenía que visitar el cementerio. Lastenia se puso histérica, decía que para qué, que no entendía lo que el Sukia quería hacer con su padre y la misquita le explicó que el Sukia iba a ponerle fin a la agonía, que lo liberaría de los malos espíritus que se habían apoderado de su padre y para lograrlo debíamos hacer lo que nos indicaba.

La mujer misquita marchaba adelante alumbrado el camino con una linterna, la seguía el Sukia y nosotras atrás de ellos. Entramos por el lado sur. Al pisar el camposanto el Sukia habló con la misquita y nos dijo que necesitaba encontrar dos tumbas, la más antigua y la más reciente. No tardamos mucho tiempo en encontrarlas pues tanto Lastenia como yo conocíamos muy bien la ubicación por el hecho de ser un lote de terreno pequeño. En cada una de ellas el Sukia se arrodilló frente a las lápidas, tomó tierra con grama de sus cuatro lados depositándola en el saco hasta llenar tres cuartas partes del mismo y dijo que regresáramos.

En el cuarto los gritos eran intermitentes como el destello de las luces, se elevaban en intensidad al encenderse la bujía y disminuían al apagarse en cuestión de segundos. Los cuatro estábamos de pie observándolo. El Sukia dijo que debíamos desnudarlo nuevamente. Lastenia procedió a desvestirlo mientras el Sukia formaba una cruz con la tierra y grama del cementerio en el centro del cuarto, encima acomodó la ropa que se le quitó y le pidió gasolina y fósforos a la misquita. Lastenia comenzó a llorar y temblaba por el temor a lo que desconocíamos y que estaba por suceder. Al verla en ese estado me acerqué a ella y nos abrazamos. La misquita regresó con un recipiente y los fósforos. El Sukia regó con combustible la ropa amontonada sobre la cruz de tierra y encendió un fósforo. El tiempo se detuvo y, mientras la bujía se apagó por una milésima de segundo, vi el destelló del fosforó encendido que caía girando lentamente en dirección a la cruz de tierra con la ropa. Al hacer contacto hizo una explosión que reventó en miles destellos azules y desprendió una humareda pestilente que se apropió del cuarto junto con los gritos de desesperación que el hombre pegaba desde su lecho agonizante. La luz de la bujía aceleró su intermitencia, los perros aullaban como enloquecidos alrededor del cuarto y el Sukia hacía invocaciones en su lengua con los brazos elevados sobre la humareda. Volví la mirada y vi que de los ojos del hombrecito corrían lágrimas mientras la humareda se disipaba, la intermitencia de la bujía se detenía junto con los aullidos de los perros y el aroma de alcrebite desaparecía. Lastenia corrió al lado de su padre y se arrodilló en su lecho, vi que murmuró unas palabras, dio un suspiro profundo y dejó de respirar.

Al día siguiente lo sepultamos en el cementerio, detrás de la capilla de la iglesia. Fue un sepelio lúgubre en el que solamente unos cuantos vecinos acompañaron a Lastenia. Siempre le seguí haciendo compañía y un día le pregunté sobre las palabras que su padre murmuró antes de ser liberado de la brujería que le habían  hecho. “Perdóname hija, perdóname por toda la familia para descansar en paz”, eso dijo Lastenia que habían sido sus últimas palabras. 

Con el paso de los meses Lastenia se fue recuperando poco a poco, había ganado unas libras de peso y en su rostro se notaba la paz que había alcanzado. Nunca se casó, sus últimos años lo vivió en soledad en la casa donde una noche vi a un Sukia liberar a su padre, al brujo del Bluff, de una agonía interminable.

26/07/17

miércoles, 14 de junio de 2017

ASÍ SE GANAN LOS PESOS EN EL MAR


Luego de finalizadas las clases, la Empresa Booth de Nicaragua S.A., ubicada en el puerto El Bluff, brindaba la oportunidad de obtener empleo a jóvenes estudiantes como un medio para ganar un poco de dinero en jornadas de trabajo menores a las normales, realizando actividades supervisadas por los responsables de las diferentes áreas. Por casi todas las áreas de la empresa estuve dos años con un empleo estudiantil. La más fascinante fue el área de producción debido al proceso sincronizado, desde la descarga de la captura de camarones en el muelle de los pesqueros hasta el empaque de los mismos en cajas de cinco libras según su tamaño, donde la mano de obra empleada eran mujeres que en una banda hacían la limpieza de impurezas y luego los equipos se encargaban de clasificarlos según el tamaño.

La mayor parte de las mujeres eran afro caribeñas, black creoles de Bluefields que hacían diario el viaje a El Bluff en un barco de la empresa y desarrollaban su jornada hablando de todo, en inglés y a veces en español, creando un ambiente ameno, florecido por amplias sonrisas y carcajadas sin descuidar su labor. No cabe la menor duda que la mayor satisfacción eran los momentos del pago semanal en base a la planilla de horas normales y horas extras liquidadas con rigurosidad.

Fue tan motivadora esa experiencia que un día mi padre, White Bush Hill me dijo: ahora que ya ganaste tus pesos en tierra, te enseñaré como se ganan en el mar, alístate que por la tarde vas conmigo a pescar. A pescar en un barco camaronero llamado San Martín frente a las costas de El Bluff. Todos los años, entre los meses de noviembre y enero, la flota de barcos pesqueros salía por las tardes a realizar su faena cerca de la costa, donde el conglomerado de estos daba la impresión de tener una ciudad vecina, con miles de luces vivas e intermitentes, que se desplazaban en el horizonte durante las noches. Era un espectáculo increíble, admirado por los caminantes desde la esquina de Miss Lilian con la mirada fija en el Este, frente a la playa de El Tortuguero.

Llegamos al muelle de los barcos pesqueros como a las cuatro de la tarde. La tripulación se encontraba haciendo los preparativos para la salida. En una hora mi padre hizo el recuento de todo lo necesario para salir al mar: tripulación, chequeo del combustible, estado del motor, hielo, estado de las redes, radio comunicación, luces, alimentos, agua y definición del sitio de pesca. Una vez concluido el chequeo procedió a comunicarse por la radio con otros capitanes de barco que iban a salir esa tarde. Entre estos se comunicó con su hermano menor, Henry B. Hill, el que salía también esa tarde. Se pusieron de acuerdo y en una hora el San Martín soltaba sus amarras del muelle para hacer su maniobra de salida y enrumbarse hacia la barra. En menos de quince minutos, el barco, con sus plumas extendidas, comenzó a ser golpeado por las olas del mar y cambió un poco su rumbo hacia el noreste, cortando las olas con la proa, navegando paralelo a la costa del puerto desde donde se podía observar la loma y el faro. En la cubierta la tripulación observaba con cierta melancolía la costa y la incertidumbre apareció en sus semblantes revelando cierto grado de temor al sentirse nuevamente sin el contacto de sus pies sobre tierra firme.

Una hora más tarde el San Martín navegaba a unas ocho millas de la costa siempre en dirección noreste y comenzaba a caer la noche. Ya se había perdido contacto visual con la costa y, cada vez más, se hacían notorios los haces de luz del faro desprendidos de sus lentes de Fresnel, advirtiendo la lejanía de la costa y creando a la vez una especie de sentido de seguridad en la tripulación. Junto a mi padre, en la cabina del capitán, se podía observar a los otros barcos pesqueros, emitiendo luces verdes los que iban a la izquierda y luces rojas los de la derecha. Navegaban sin cesar a lo largo de la costa, de sur a norte.

Después de la orden dada por White Bush, fue lanzada al mar una red pequeña llamada “chango” de unos seis pies de largo y con capacidad de capturar unas veinticinco libras las que se arrastraron por unos veinte minutos para luego volver a subirlas. Una vez levantada la abrieron e iniciaron a hacer el recuento. Quince camarones de los grandes bastaron para que inmediatamente se diera la orden de lanzar las redes mayores.

“Es una buena prueba”, dijo mi padre, “vamos a lanzar las redes grandes”. En esos momentos, todos los capitanes de barcos mantenían constante comunicación por radio, surgían pláticas, algunas en español y otras en inglés, sobre los resultados de las pruebas hechas, problemas con los barcos y marineros, el estado del tiempo, sus expectativas de la captura así como de los acontecimientos transcurridos en el puerto y, no lo dudemos, también sobre las aventuras y los infaltables amores de marinos.

La noche estaba estrellada. La marejada era llevadera para los marinos. Una brisa moderada proveniente del este golpeaba a estribor. Todas las luces del San Martín estaban encendidas cuando se dio la orden de hacer el primer lance de las redes mayores. Eran como las siete y media de la noche. En un dos por tres la tripulación procedió a realizarlo de manera ordenada y con sumo cuidado. Primero hicieron la maniobra de largar o “calar” el aparejo desde la popa dando avances lentos, comenzando por la punta de las redes o “copo” que es donde va a parar la captura, después las malletas, que son unos cabos de nylon que va unidas a las puertas. En el instante de bajar las dos puertas, el cuidado de los marinos estaba al máximo debido a que se debe ejecutar con la suficiente pericia para evitar que se crucen. Estas puertas van sujetas a unos cables de acero en su cara anterior los que tiene un largo suficiente para que puedan llegar al fondo marino formando un “seno”, que en el extremo sujeto a las puertas, va arrastrando en el fondo mientas el otro extremo va unido a la maquina o “winche” que es el encargado de recoger el aparejo y es operado por el winchero.

Acto seguido se procedió a bajar los cables que sujetan las puertas con el sumo cuidado de que estén igualados debido a que un error en la calada al arriarlos puede desgarrar el arte por completo. El winchero mostraba su experiencia al ir frenando cada carrete donde se cobra el cable. Una vez arriados estos, los marinos se mostraban alegres y amenos.

En ese instante el cocinero nos llamó a cenar. Unos hermosos pargos rojos fritos, los que fueron seleccionados por él a la hora de levantar el “chango”, acompañados de abundante arroz, tajadas de plátano fritas, café en abundancia y el infaltable chile de cabro nos esperaban en la mesa comedor. La cena fue amena, reían, hablaban de sus cosas y de las expectativas de la captura. “Dentro de tres horas haremos el levante de la redes”, dijo mi padre. “Continuaremos hacia el norte y al dar la vuelta lo haremos. Espero que descansen. La noche será bastante larga. Te puedes acostar en mi camarote y duerme un poco. Te despertaré a la hora del levante”, me dijo.

Me acosté con el estómago lleno y traté de conciliar el sueño mientas escuchaba a mi padre hablar por radio y sostener conversación con el winchero, el segundo al mando en el barco. El oleaje lo sentía más fuerte y el ruido de motor no me dejaba dormir. Como a las once de la noche me despertó. “Levántate, vamos a hacer el levante, vamos a dar la vuelta”, dijo.

Al salir a cubierta los marinos estaban listos para iniciar el levante de la redes. La maniobra siguió el mismo proceso del lance, pero a la inversa, empezando por recoger el cable hasta que subieron las puertas con sumo cuidado para ser amarradas fuertemente y evitar así bandazos y accidentes por su volumen y peso, desgrilletaron las malletas jalándolas con el winche para terminar hasta llegar al final del saco, donde se encuentra la captura, el que subió a bordo dando coletazos y los marinos se esmeraban con mucha fuerza para sostenerlo. A ser levantadas en su totalidad, las redes fueron abiertas por el copo y comenzó a salir la captura, similar a una avalancha, entre las que caían camarones, peces, sardinas, tiburones pequeños, calamares, algas marinas, pulpos, toda una variedad riquísima de vida marítima.

El San Martín ahora navegaba a menor velocidad en dirección al sur, siempre paralelo a la costa, con todas sus luces encendidas y, a lo lejos, el destello de las luces del faro era más tenue. Con la captura en la cubierta, los tres marinos, entre ellos el pavo y el winchero, comenzaron a realizar el proceso de selección, unos sentados en unos pequeños bancos de madera y otros de cuclillas, cada quien con una canasta a su lado. Con una raqueta jalaban, seleccionaban, descabezaban y depositaban los camarones en la canasta. El pavo, un aprendiz de marino, seleccionaba los pescados, sardinas de buen tamaño, langostas y otras especies de utilidad, echándolas en recipientes diferentes. En esa labor pasaron más de una hora. Al concluir, la captura rechazada fue tirada a la mar, empujada por una raqueta grande a través de las escotillas de la cubierta.

El camarón descabezado fue lavado con agua a presión, pesado y luego estibado en la bodega en hielo triturado. “Cuantas libras”, preguntó mi padre. “Doscientas”, respondió el winchero. “Es un buen lance”, comentó un marino. “Prepárense para el siguiente”, dijo mi padre y se dirigió a la radio para conocer los resultados de los otros camaroneros. “Unos has sacado un poco menos y otros lo mismo” dijo. “Es una noche buena, tienes buena suerte, pero te veo pálido. Dormí un rato, cuando hagamos el próximo levante te despierto”, agregó. “Me siento mareado”, dije. “Acuéstate que eso te hará bien”, respondió.

El oleaje era más intenso lo que provocaba movimientos bruscos del barco. La proa se hundía cortando las olas, volvía a levantarse e inmediatamente se sentía un golpe de mar fuerte a babor ladeándolo unos treinta grados a estribor. Como sin fuerzas, el San Martín volvía a estabilizarse para nuevamente iniciar su danza entre las olas. Nunca pude conciliar el sueño, pero sentía la suculenta cena moverse en mi estómago como si fuese la compañera de baile del barco. De pronto caí en un estado angustioso, sentía la boca salivosa, un leve dolor de cabeza y sudaba frío. Mi estómago no pudo soportar más la danza del San Martín y sin darme tiempo para nada, vomité en el camarote.

Escuche a mi padre decirme levántate, me agarró de un brazo y la cintura llevándome a la cubierta para que continuara vomitando. Vomité hasta lo que no tenía en el estómago. En ese preciso instante un barco se acercó como a seis metros del San Martín. Era el barco de mi tío Henry y lo escuche que gritaba diciéndome: ¡Ajá cabrón, ahora ya sabes cómo se ganan los pesos que le pedís a tu papá! Me lo repitió dos veces pero no pude levantar la mirada para ver su semblante porque nuevamente volví a vomitar una y otra vez. Tenía una sensación de inestabilidad y desequilibrio lo que provocaba un estado se inseguridad desagradable. Estaba padeciendo el “mal del navegante”. Mi padre me sostenía y daba golpes leves en mi espalda lo que me hacía sentir seguro. Al ver que deje de vomitar me llevó al camarote, me dio a beber un vaso de agua, abrió la ventana y me dijo que me quedara quieto viendo en un punto fijo y que tratara de dormir. Agotado y sin fuerzas, deseando estar en tierra firme, me quede dormido.

Desperté y me sentí desmoralizado. Mierda, pensé, se van a reír de mí. Al verme mi padre me dijo que pronto llegaríamos a El Bluff y que ya se podía ver la loma y el faro. Sin fuerzas me levanté y salí a cubierta. Me di cuenta que ya habían hecho el último lance porque tiraban los desechos al mar. No te ahueves, me dijo el “pavo”, todos hemos vomitado más de una vez, nadie se escapa de eso. Sentí un poco de alivio y la brisa llenó mis pulmones de aire fresco, aire de mar. Miles de aves marinas, gaviotas, pelícanos y tijeretas, nos acompañaban con los alegres sonidos de su canto, dándose un festín con los desechos que salían por la cubierta.

Al llegar al muelle y caminar hacia la casa aún sentía como que estaba navegando en el San Martín. “Pronto te sentirás mejor, dijo mi padre. “La vida de mar es dura y no es para todos, ahora ya lo sabes”, agregó. Si, respondí, nunca lo olvidaré.


Ronald Hill Álvarez