No sé cómo
empezó esto, ni por qué,
de verdad
no lo sé.
Desde
que Tanquecito llamó por el teléfono
la escena
vuelve, insiste,
como la
marea que no aprende a retirarse.
—Vamos —dijo—,
te voy a
llevar a ver
cómo preparan
los ostiones para venderlos.
La mujer
estaba allí,
sentada en
una cajilla de plástico.
como si
el día le hubiera dado ese asiento.
A su
lado, Saul, su pareja.
Frente a
ambos,
un
volcán de ostiones:
conchas pegadas unas con otras.
Con la
mano izquierda tomaban el cuerpo áspero
con la derecha
el cuchillo preciso,
abrían
la concha
y
sacaban el cuerpo carnoso,
blando
como promesa cumplida.
Las
piernas de la mujer, largas y abiertas,
sostenían
la faena.
Fuertes,
marcadas por el sol y la sal.
Cuando
se estiraba,
el
trabajo dejaba ver sus nalgas
quemadas
de bahía y paciencia.
Quise
apartar la mirada.
No pude.
El
cuerpo también recuerda.
Pensé en
Awas.
En mí, joven,
recogiendo almejas
con más
entusiasmo que paga.
Aprendiz
de marea y cansancio.
El
verdadero salario
llegaba al
caer el sol sobre los cocoteros:
Sarafina,
paciente
como el agua quieta,
enseñándome
sin prisa
lo que
no se aprende trabajando.
Ese
recuerdo abrió otro.
Las
piletas de Pointeen, Bluefields.
Astillero
de día,
refugio de
luna llena por la noche.
Los jóvenes
íbamos en pareja
a sumergirnos
en romances
dentro de
agua tibia del verano
y en la
luz grande
que se
tendía sobre la bahía.
Ostiones,
almejas, piletas:
todo se
enlaza
como
viejas redes remendadas.
Dos por
pileta.
La luna
arriba.
El agua
sosteniendo cuerpos.
Susurros,
silencios cargados,
el tiempo
detenido en una escena lenta y hermosa.
Hasta
que alguien grita:
—¡Un
tiburón! ¡Aquí anda un tiburón!
Bajo la
luz de una bujía cansada,
en la
orilla de las piletas,
las mujeres
salen mojadas,
temblando
de frío y de susto.
Unas ríen
nerviosas,
otras corren
sin mirar atrás.
Al volver
en sí,
se miran
unas a otras:
en las
manos sostienen
sostenes
y bragas ajenas,
trofeos
sin dueños.
Siempre
fue un tema delicado:
ostiones,
almejas y lencería.
Ahora, cuando
lo pienso,
me río
por dentro.
Recuerdo
como aprendí a quitarlas:
se deslizan
por el vientre,
pegadas a
la piel caliente, blanca o negra,
pasan
por la cadera, la nalga, los muslos,
corren por
las rodillas,
se rinden
en los tobillos
y allí
se juntaban al fin:
lencería
vencida.
Hoy los
cubos se llenan.
Se miden
con exactitud,
van en
bolsas que recorren
calles,
plazas, parques y muelles,
mientras
alguien grita:
—¡Ostiones,
ostiones!
Y la
vida sigue,
como
siempre:
abriéndose
a cuchillo,
dejando
ver lo que guarda,
sin
detener su curso.
5 de
diciembre de 2026.
Foto Internet.
