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jueves, 21 de septiembre de 2023

LA PLAYA DE LOS RECUERDOS

 



Bajo el cocotero, un hombre solitario,

en la playa, observa el horizonte incierto,

línea que enlaza el mar y el cielo a diario,

en su mente, recuerdos que aún no han muerto.

 

Aves marinas danzan en su vuelo,

barcos hacia las Islas del Maíz se deslizan,

a la derecha, el faro, sus ojos como anhelo,

a la izquierda, la playa, que sus sueños eternizan.

 

Recoge conchas, con destreza las esculpe,

sus pensamientos, como mareas, lo atrapan,

en la playa del caribe donde el amor irrumpe,

historias de pasiones que no se privan.

 

Recuerda el festejo a la virgen del Carmen,

las almas que en el mar se desvanecieron,

mujeres bellas y sus amantes bajo luna llena,

entre icacos y uvas de mar se vieron.

 

Bajo sombra del cocotero, calla su lamento,

en esta playa, sus recuerdos persisten,

un hombre solo con sus pensamientos,

atrapado por una época que aun resiste.

 

17/09/2023

Foto Propia: Playa de El Bluff.


domingo, 23 de octubre de 2016

DISFRUTA DE LA PLAYA DE EL BLUFF



Indiscutiblemente, el principal atractivo de El Bluff es su playa, la playa del Tortuguero, llamada en estos tiempos “Bluff Beach”. Para llegar a “El Paraíso”, así le llaman las nuevas generaciones de Blofeños, se debe tomar una panga en Bluefields, y luego de unos 15 minutos de travesía, en los que se aprecian los cayos de la bahía, pescadores nativos en sus cayucos de vela, aves marinas, pasajeros que viajan a Bluefields dándote saludos, barcos que cruzan el canal en la parte norte de la bahía de Bluefields en dirección al Río Escondido y otros saliendo por la barra hacia el Mar Caribe, los chamberos te esperan en el muelle de las pangas, entre ellos Wesley y Pelé.

Allí mismo, a un lado del muelle, puedes tomar una moto-taxi o “caponera” para trasladarte hasta la playa al precio de veinte córdobas por persona. Si no tenés prisa, si quieres conocer El Bluff, hay solamente dos rutas a tomar.

A la izquierda del muelle, a unos diez metros, hay una subida que te lleva al antiguo andén del puerto. Al caminar vas a ver una malla metálica que bloquea todo el sector de la aduana así como los vestigios de casas que fueron bellas hace muchos años y que el huracán Juana dejó en ruinas, pero con la ayuda de Hábitat para la Humanidad las familias lograron reconstruirlas parcialmente. En el trayecto vas a encontrar la Capitanía del Puerto y frente a ella un portón clausurado que prohíbe el paso hacia el muelle de la aduana. Al llegar al acceso que da a las oficinas de la aduana, vas a ver a la derecha unas gradas que antes podías tomarlas para subir al parque de la loma de El Bluff donde vivió por muchos años el coronel Alejandro Peters, pero hoy se encuentran bloqueadas con láminas de zinc que no permiten el acceso. Un poco más en el trayecto vas a ver a tu izquierda el cuartel de los guardias, hoy llamado base naval de El Bluff, y un portón metálico resguardado por guardias nerviosos que bloquean el paso. No te detengas y sigue caminando. Vas a llegar a un punto desde el cual la playa del El Bluff te da la bienvenida en la distancia, ese punto en que te encuentras y la ves de frente, es la esquina de Miss Lilian, llamada así en los tiempos gloriosos de El Bluff. Debes seguir caminando y llegaras a la iglesia Morava y, unos metros más hacia adelante, a la capilla de la iglesia católica. Allí, en frente de la iglesia está el colegio, y detrás el cementerio. Si sigues la bajada no muy marcada vas a ver el parque de El Bluff, propiamente donde antes se jugaba béisbol y futbol. En ese sector siempre hay moto-taxis y, si quieres ir más allá de ese punto, puedes hacer un tour por los diferentes sectores que conforman el pueblo.

La otra vía para llegar a la playa es tomando directamente una moto-taxi para que te traslade, pero también puedes tomar una panga y arreglar el traslado hasta el muelle de la playa. Muchas personas que quieren ir directamente desde Bluefields alquilan una panga, es decir, pagan el viaje expreso ida y vuelta con lo que se evitan la desesperación de esperar que los pangueros llenen la panga de pasajeros. Si vas con un grupo te recomiendo esta última opción que cuesta 40 dólares el viaje redondo, evitándote estar pendiente de la panga para que te traslade de regreso a Bluefields.

La playa de El Bluff es prácticamente virgen, en el sentido que no existen construcciones que alteran el paisaje. Vas a encontrar varios ranchos, pero solamente funciona uno todos los días de la semana. ¿Por qué? Por varias razones.

La playa de El Bluff como destino turístico solamente es promovida por las autoridades municipales e INTUR para la época semana santa. Los habitantes de Bluefields son poco asiduos en disfrutar del mar, aún cuando lo tienen frente a la bahía, y se convierten en playeros para la época navidad y año nuevo. En esas épocas del año, la mayor parte de los visitantes se traslada con sus alimentos y bebidas lo que provoca un bajo nivel de consumo de los productos que ofertan los dueños de los ranchos (comida, cervezas, gaseosas, agua embotellada y ron), reduciendo el ingreso local.

Los dueños de los ranchos también tienen limitantes que deben superar, como disponer de servicios sanitarios y agua potable permanente, aspectos vitales a los que todo el visitante debe acceder de manera permanente.

La escasa actividad turística mantiene desmotivados a los dueños de los ranchos y sus problemas se vuelven cíclicos. Cada quien mira por sus intereses y se preocupan por estar activos en las épocas del año antes mencionadas. Sin unidad no conseguirán superar sus problemas. Entre todos podrían crear una oferta de servicios más estable, gestionar promoción permanente frente a las autoridades, adquirir una o dos pangas para el traslado de los clientes desde o hacia Bluefields y hacer publicidad de sus servicios.

Con el tránsito permanente de vehículos en la carretera de Nueva Guinea a Bluefields, se abre una ventana de oportunidades para hacer realidad el turismo de playa en El Bluff. Pero mientras llega ese momento, me tomo la libertad de recomendar a mi amigo Javier Benavidez, el único que se mantiene 365 días del año prestando atención en un rancho de la playa.

Si en tus planes está contemplado disfrutar de la playa, aquí te dejo su número de teléfono, 8361431, para que lo llames. Estoy seguro que vas a pasar un día ameno y tranquilo disfrutando del Mar Caribe y él te pude platicar sobre la historia de El Bluff.

Domingo, 23 de octubre de 2016

martes, 31 de mayo de 2011

MANOS VACÍAS, MANOS LLENAS


Llega al medio día empujando su carretilla con las compras necesarias. Realiza tres paradas en el recorrido; la última a escasos treinta metros. Suelta la empuñadura, hace medio giro, retrocede dos pasos y se sienta en ella. Su mirada se concentra en los alrededores, no tiene prisa, está cansado. Piensa en la rutina del día, en los posibles visitantes que lo acompañaran para acelerar el consumo de su tiempo en soledad, compartirlo a manos llenas. Su mascota corre alrededor, guau, guau, guau, mueve la cola, se detiene y con sus manos escarba en la arena. “Sí, ya estamos cerca, déjame descansar unos segundos más”, le dice al pastor alemán de cuatro meses. Se reincorpora y con decisión inicia la marcha. La rueda se hunde en la arena seca provocando mayor empuje de sus cansadas piernas y entra el rancho. Se dirige al espacio posterior, abre una pequeña puerta corrediza y baja la carga.
           
Recoge trastes sucios, tenedores, cucharas, vasos, platos y los coloca en una pana plástica. Con un trapo sacude la arena del estante, abre el saco y sin prisa toma uno a uno limones, tomates, chiltomas, cebollas; un litro de aceite, una bolsita de sal, una ristra de tortillitas, media docena de choricitos de Viena, una bolsa de galletas de soda, cuatro medias de extra Lite y diez bolsas de hielo. Los observa, contrasta con la lista del papel arrugado y cuenta los setenta córdobas del cambio. “Todo bien, las compras del día, quizás para la semana, no se sabe”, piensa.
           
El cachorro ladra inquieto. Vuelve la mirada hacia el frente, observa olas reventando en la playa, toma su machete oxidado y sale de prisa al embaldosado cubierto de una densa capa de arena blanca. Lo observa correr a la izquierda, regresa y se echa a sus pies. Tres gaviotas salen volando, una carga en el pico, restos de un cangrejo cubierto de hormigas, pelean entre ellas con sus alas emitiendo chillidos desesperados y se alejan. “Ringo, me asustaste. Buen muchacho”, dice. Levanta la mirada, ladra y sale hacia la playa, las olas revientan, pequeñas aves marinas de paso rápido y nervioso picotean sobre la espuma y juguetea con ellas.
           
Barre la capa de arena sobre el embaldosado y, a medida que avanza, sacude las mesas y sillas de plástico acomodándolas una sobre otra en el bordillo de bambú. Levanta la mirada hacia el inicio de la playa y observa una figura solitaria que avanza a lo lejos. Inquieto, entra al bar, toma el largavistas, limpia con la camiseta los lentes y enfoca la imagen regulándolos. “Es Rush”, dice y continua en su labor. “Una caminata más sobre la costa”, piensa. Escucha el ruido de un motor, mira hacia el puerto en la parte posterior del rancho y observa el avance de una panga. Los enfoca, tres personas con el panguero se acercan a la costa. “La guía del día”, piensa y apresura su labor.
           
Dos extraños bajan de la panga, toman las mochilas, pagan el pasaje al panguero y se dirigen sin prisa hacia el rancho. Trata de identificarlos, regula los lentes sobre sus rostros sin lograrlo. Ringo ladra a su lado, inquieto, con la cola levantada y el pelaje del dorso erizado. “Calma, Ringo, calma”, le dice. Rush se encuentra cada vez más cerca, carga en sus manos una vara y un machete sostenido en la cintura. Al verlo, descubre los rayos inclementes del sol, nublando su visión por el reflejo radiante en la arena, sin sombra que se anticipe o preceda.  Al aproximarse, el cachorro sale a su encuentro, ladra a su alrededor y lo sigue.

    Hola viejo —dice Rush—. ¿Manos llenas o vacías? —pregunta al sentarse en la banca de la izquierda, recostándose en el bordillo de bambú.
    Por ahora vacías —responde el viejo—. Espero iniciar el día con aquellos que se aproximan —dice señalando a los extraños mientras arregla las sillas alrededor de las mesas.
    Te deseo suerte —dice Rush. Se levanta estirando sus brazos y sale hacia la arena iniciando su marcha hacia las lagunas, en dirección a Caimán Rock.
    Igual, tienes días de pasar con las manos vacías —grita el viejo al terminar de arreglar las sillas.

Rush continúa su camino y grita levantando la vara: ¡Hoy será un buen día!, mientras los extraños entran al rancho, saludan y ordenan dos cervezas. Desde el mostrador los observa tratando de descubrir sus intenciones. “No tienen rasgos de turistas”, piensa. Uno de ellos es más alto, llevan pantalones cortos, camisolas y chinelas de gancho. Al más bajo le cuelga una gruesa cadena de oro del cuello. Han puesto las dos mochilas en el suelo, al lado de las sillas.

    ¿Conociendo la playa? —pregunta el viejo—. La buena temporada ha pasado, durante semana santa vino bastante gente —agrega. Ringo los observa echado en la arena, en el borde del embaldosado.
    Por eso venimos, para disfrutarla sin el bullicio de la gente —dice el más bajo mientras el alto sonríe.
    Estoy arreglando el local, si desean algo me avisan —dice el viejo y se dirige a la cocina.
    Vamos a caminar por la playa, ya regresamos —dice el más alto.
    Bien —responde el viejo—. Aquí los espero.

Los ve alejarse en la misma dirección que camina Rush. Toma los largavista, busca la figura de Rush pero no la encuentra, solamente la hilera de cocoteros que se desvanecen en el horizonte interminable y las olas reventando en la playa bajo el cielo azul. “Va rápido”, piensa. Regresa a sus labores ante la mirada expectante de Ringo. “Tranquilo, no pasa nada”, dice. Al concluir, regresa al frente del rancho y busca a los extraños sin encontrarlos en la playa. Al girar los largavista un poco a la derecha, observa una lancha rápida que sale de la playa, la sigue con atención descubriendo su recorrido paralelo a la costa en dirección a Set Net Point. “Pescadores”, piensa. Se acuesta en la hamaca colgada a un costado mientras Ringo se echa abajo en posición vigilante.
           
Una hora después, Ringo ladra y se despierta levantándose de prisa de la hamaca. Escucha el ruido de un motor, observa una panga que se aproxima en la parte posterior, hacia el muelle. Se levanta, toma los largavista y observa a Rush y los extraños que se aproximan cargando tres bultos. Al llegar, los extraños pagan las cervezas y se dirigen a la panga que los espera con el motor encendido. Rush juguetea con Ringo frente al rancho, tratando de alcanzarlo con la vara.

    ¡Oye, Rush! —grita el viejo al verlo juguetón—. ¿Manos vacías o llenas? —pregunta.
    Llenas —contesta Rush alejándose.

El viejo toma los largavistas y observa a los extraños acomodar las mochilas y el bulto en la panga. Los rayos de sol color naranja que se oculta entre las islas de Miss Lilian lo enceguecen. “Otro día de manos vacías”, piensa al buscar leña para encender una fogata por los insoportables jejenes que lo enloquecen, sus compañeros de noche en la soledad del rancho frente al mar. Vuelve la mirada hacia el faro, la figura de Rush ha desaparecido en el horizonte.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 30 de mayo de 2011