Mi papá, White Bush Hill, decía que el rondón debía hacerse en familia y
a la orilla del mar. No sé cuántas veces se lo escuché decir. Ahora, tantos
años después, basta que alguien mencione un rondón para que yo vuelva a verlo
junto al caldero, con el Caribe detrás.
Lo hacía en Corn Island y en la playa de El Bluff. También en los
cayitos de Utila, aunque allá le cambiaba el nombre.
—Vamos a hacer un bando —decía.
Así le llaman en Utila al mismo rondón que nosotros conocemos. Cambiaba
el nombre, pero no aquella costumbre de reunir a la familia y pasar buena parte
del día junto al mar. Mi papá tampoco escogía cualquier lugar. Buscaba un sitio
donde hubiera cocoteros y buena sombra. Nosotros recogíamos leña y algunos
troncos que encontrábamos en la playa; con la leña se hacía el fuego y los
troncos servían de asiento.
Los ingredientes llegaban en sacos y canastas. Muchas veces el coco
venía rallado desde la casa y ya en la playa exprimían la pulpa para sacarle
aquella leche blanca que iba primero al caldero. Mi papá atizaba el fuego y
comenzaba la espera.
Tenía su manera de hacer las cosas. Apenas la leche de coco empezaba a
calentarse, agregaba cebolla, chiltoma, ajo, pimienta y su punto de sal.
Después venían los bastimentos, pero tampoco los echaba todos juntos. Primero
la yuca, después el quequisque, el plátano, el banano verde y los demás, cada
uno a su tiempo. Él miraba el caldero y sabía cuándo debía entrar lo siguiente.
La fruta de pan era otra cosa. No siempre había, porque dependía de la
temporada de cosecha. Cuando la teníamos, esperaba hasta que el rondón
estuviera casi dando el punto para agregarla.
Y no cualquier pescado servía para el rondón de mi papá. Su preferido
era el king fish, grande y carnoso. Lo cortaba en buenas rodajas, lo freía
aparte y lo dejaba esperando su momento. También hacía rondón de cambute, aquel
caracol de mar que tanto nos gustaba. Otras veces utilizaba la pierna del
jamón, pero tenía que quedarle carne pegada al hueso. También podía hacerlo de cecina
salada o de cerdo salado y secado al sol. Y claro que sí, le gustaba el de Wari, pero no recuerdo que hiciera de tortuga. La tortuga la hacía en caldillo, frita o con leche de coco pero no en rondón.
Casi al final hacía la masa de los domplin con harina, agua y sal. Los
formaba con las manos y los iba agregando al caldero junto con las rodajas de
king fish que había frito antes. Después venía el chile de cabro. Ese sí que no
podía faltar. Mi papá lo echaba entero, sin cortarlo, y lo dejaba allí mientras
el rondón terminaba de hacerse.
—Es para que agarre su aroma y sabor —decía.
Y cubitos Maggi, nunca. Ahora veo que mucha gente le pone cubitos a
todo, pero mi papá no le echaba ninguno al rondón. Con todo aquello que había
dentro del caldero, no hacía falta.
Pero si les sigo contando solamente lo que llevaba el rondón, les voy a
contar apenas una parte. Porque lo mejor ocurría alrededor del fuego.
En El Bluff casi siempre estaban los amigos de mi papá: tío Felipe, Payo
Montero y Bartlett. Se acomodaban en aquellos troncos bajo los cocoteros,
hablaban de sus cosas y de pronto alguno soltaba una carcajada que se escuchaba
desde lejos. Mi papá entraba y salía de la conversación porque tenía que
atender el fuego.
Y claro, también estaban los tragos. Llevaban termos con hielo, ron,
cervezas, gaseosas, chileros, jugos y otras cosas para pasar el día. Si alguien
se acercaba, siempre había algo que ofrecerle. En eso eran muy atentos.
Hay una imagen de mi papá que todavía me hace reír. Cuando se le
terminaba el trago no pedía otro. Agitaba el vaso para que sonara el hielo y
miraba a sus amigos. Ellos ya sabían. Alguno se levantaba y volvía a servirle,
y mi papá regresaba a lo suyo. A veces, mientras revisaba el caldero, soltaba
aquello de que “el rondón siempre es mejor cuando lo cocina un hombre”. Mi
madre, tía Mechú y Dora Luz sabían que las estaba provocando. Mi mamá también
hacía un rondón riquísimo y él lo sabía. Pero así era la broma y aquello
terminaba en risas.
Nosotros, los chavalos, vivíamos nuestra propia fiesta. Corríamos por la
arena, entrábamos al mar, salíamos y al rato estábamos otra vez en el agua. Las
mujeres nos mantenían bajo la mirada, aunque nosotros creíamos andar libres por
toda la playa.
Y no todo era bañarnos. Nos íbamos por los alrededores buscando icacos,
uvas de mar y manzana de los cocos. Cuando encontrábamos bastante, levantábamos
la parte de abajo de la camiseta y hacíamos una especie de bolsa para
llevarlos. Regresábamos orgullosos donde los adultos y les ofrecíamos lo que
habíamos encontrado. Después volvíamos a desaparecer rumbo al agua.
Hasta que el olor del rondón nos encontraba. Podíamos estar metidos en
el mar y aquel olor llegaba hasta nosotros. Salíamos con la sal pegada al
cuerpo y la arena en los pies y mirábamos hacia el caldero.
Ya casi.
Mi papá probaba el caldo, atizaba el fuego, acomodaba algún pedazo de
leña y volvía a mirar dentro del caldero. No recuerdo que necesitara reloj para
aquello.
Él sabía.
Si cierro los ojos todavía puedo escuchar aquella playa. Las olas,
nuestros gritos desde el agua, las conversaciones de los mayores y alguna
carcajada que sobresalía de las demás. Y entre todos aquellos sonidos, de vez
en cuando, el hielo golpeando dentro de un vaso.
Hasta que mi papá decía:
—Ya está.
Entonces salíamos del mar y nos acercábamos con el hambre que dejan
horas de correr, nadar y andar de un lado para otro. Cada uno buscaba su plato
y cuchara y se acomodaba bajo los cocoteros, algunos todavía sobre aquellos troncos
recogidos en la playa.
Alguien pedía más caldo, otro quería otro pedazo y las conversaciones
seguían. Nosotros seguramente estábamos pensando en regresar al agua apenas
termináramos. Éramos chavalos. Qué iba a saber que tantos años después recordaría
hasta el sonido del hielo dentro de un vaso.
Al final todavía nos esperaba un trabajo. Los mismos sacos en que habían
llegado los ingredientes servían para recoger latas, botellas, restos y toda la
basura que habíamos producido. Eso nos tocaba a nosotros, bajo la mirada de los
adultos. Nada debía quedar tirado en la playa. Después cargábamos los sacos de
regreso a casa. Habían llegado llenos con las cosas para el rondón y regresaban
con nuestra basura. Atrás quedaba la playa limpia.
Y miren cómo trabaja la memoria. Comencé hablándoles del rondón de mi
papá y ya estoy viendo a tío Felipe, Payo Montero y Bartlett. Veo a mi madre, a
tía Mechú y a Dora Luz, y también nos veo a nosotros corriendo por la playa con
las camisetas levantadas y llenas de icacos y uvas de mar.
Han pasado muchos años y he comido otros rondones, algunos muy buenos,
pero ninguno sabe a aquellos días. Quizás porque aquel rondón era mucho más que
lo que había dentro del caldero: era la gente, las carcajadas, los chavalos
corriendo, el humo de la leña, el ruido de las olas y aquel vaso que mi papá
agitaba para hacer sonar el hielo.
Cuando todo eso regresa, vuelvo a verlo.
White Bush Hill está junto al caldero. Los amigos conversan bajo los
cocoteros, nosotros corremos por la arena y el mar suena a pocos pasos. Detrás
de mi papá está el Caribe.
Y todavía lo escucho decir:
—El rondón debe hacerse en familia y a la orilla del mar.
26 de septiembre de 2026.

Disftuté en vivo y a color tu relato, eso es saber escribir con magia
ResponderEliminarGracias por leerlo y valorarlo. Abrazos.
EliminarLa lectura me hizo participar de su recuerdo como una espectadora, admirando cada etapa del proceso, y sobre todo ese ingrediente valioso e indispensable, la unión familiar.
ResponderEliminarMuchas gracias por participar en ese grato recuerdo que tengo sobre el rondón de mi papá y la familia. Abrazos.
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