lunes, 12 de septiembre de 2011

CUANDO LA VI ME DOLIÓ EL ALMA

Poco tengo que contarles. Prácticamente nada de lo que muchos siempre esperan: un cuento corto, una mentirita casi cierta, algo de la Costa Caribe y su autonomía, o de Nueva Guinea. No, nada de eso. Solamente quiero compartir con ustedes una de esas cosas familiares que cuando suceden no te dan tiempo de pensar, te desesperan y duelen tanto que no puedes estar tranquilo.

Un día de estos mi mujer, Emilce, amaneció sin poder caminar. La noche anterior había dicho que le dolía la rodilla y, como siempre, le di su sobadita con una pomada “ice” para los dolores, igual que ella hace conmigo. Toda la semana pasamos trabajando con habitaciones casi llenas y atendimos dos talleres de capacitación. La semana anterior, las empleadas desaparecieron y nos tuvimos que rifar los dos en el trajín del hotelito, limpiando el restaurante, la casa y atendiendo a nuestros clientes. Las tres empleadas, eran amigas y a la mayor de ellas, mamá de la muchacha que limpiaba el restaurante, el marido la sacó del trabajo porque él encontró al fin. La que nos limpiaba la casa, al ausentarse las otras dos, decidió no seguir trabajando sin avisar. Nos quedamos solos y, como mi mujer no anda con mates, rápido nos organizamos echándole la vaca a las labores.

Al despertar y levantarse de la cama casi se cae por el intenso dolor. No me daba cuenta porque limpiaba el restaurante muy de mañanita, cuando la neblina invade todo: recogiendo sillas, sacudiendo manteles, barriendo, limpiando inodoros y ella no aparecía. Antes de terminar, ella se toma un cafecito viéndome atenta y luego se pone a lampacear. Me traslado a la casa, sigo barriendo y ella, al terminar en el restaurante, hace lo mismo en la casa.

Cuando la vi sin poder caminar me dolió el alma. La supermujer, la atleta de mi vida, lanzadora de jabalina, corredora de cuatrocientos metros, campeona de saltos largos, la ganadora de medallas, no pudo dar un paso. Sentí que el mundo tejido por los dos se derrumbaba. Pensé al instante en sus caminatas matutinas para visitar a nuestros nietos, a White Bush, a Daniela y Erick Jamil. Nunca la había visto tan frágil, débil, tan necesitada de mi hombro para apoyarse. “Te das cuenta, no me haces caso, no te cuidas, comes de todo”, fue lo primero que le dije. “Aja”, respondió. “Tienes que hacerte exámenes de sangre”, le dije y me hizo caso. Se fue con mi hijo Ronald al laboratorio y al regresar dijo que a las once de la mañana estaban los resultados.

Ansioso por conocerlos, los esperaba quince minutos para las once. Como es costumbre en nuestro horario, me los entregaron a las once y cuarenta y cinco. Revisé con mirada de lupa las dos hojas con los resultados, guiándome por los valores normales en el caso de las mujeres: colesterol normal, triglicéridos normales, acido úrico normal, FR negativo, ASLO negativo pero, resaltado en color rojo y letras mayúsculas, PCR positivo, 24 mg/l.

De inmediato me fui donde el médico que la atiende. “Está pegada, tiene artritis”, dijo. Tomó los resultados y en el reverso de una de las hojas escribió su prescripción: una ampolla de Dipronova de 2 ml inyectada intramuscular cada tres meses y una cápsula de calcio todas las mañanas por cuatro meses. Y de los alimentos, ¿qué no debe comer?, le pregunté y escribió: No comer carne de cerdo, de res, mondongo, hígado, huevos de toro. Comer en abundancia frutas, verduras y vegetales.

Cuando le mostré los resultados con la prescripción me miró incrédula. “Mírame, de seguro vos le dijiste que pusiera todo eso, ya te imagino diciéndole póngale esto y esto”, dijo muriéndose de la risa. “Como a vos te gusta comer ensaladas, de seguro inventaste todo eso”, agregó.

No hace caso, quiere andar caminando en ese estado. Ya le dije, no puedo verte así, tienes que recuperarte, prefiero que seas vaga, que te vayas en romería de nietos todas las mañanas antes de estar aquí postrada y adolorida. Quiero verla sana, alegre, sonriente, volver a encontrar el brillo de sus ojos en las miradas de complicidad, correr en la grama jugando con los nietos, a mi lado en nuestras rutinas, alistando su maleta porque va para Juigalpa, Managua o a los Estados Unidos a visitar a su familia. Quisiera absorber ese dolor por la noche, que se me traslade por el contacto de nuestras piernas para aliviarla y que desaparezca de su rostro la desesperación, la frustración del atleta que sufre una lesión.

“No te preocupes, ándate para El Bluff como tenías planeado, recorre tu vieja playa, empápate del azul del mar, anda a hablar con el viejo sukia y tu gente. Cuando regreses estaré bien, no quiero verte sufrir por mi dolor”, me dijo. Aunque Ronald y mi nuera Ana nos ayuden, no puedo abandonarla así como está, la vieja playa siempre va a estar allí esperándome. Espero que los efectos del medicamento surtan efecto mientras estoy atento en su comida y, cuando no tenga dolor, llevarla a Managua donde un especialista.

Los cuentos cortos, las mentiritas casi ciertas, las anécdotas, los artículos de opinión, tendrán que esperar a que ella sane porque, aunque lo intente, no puedo hacerlo como antes. Ella es más importante. Hay más de ciento treinta escritos en este blog y, si no los han leído todos, los invito a hacerlo. Espero que me esperen.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 11 de septiembre de 2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

LA FÁBRICA DE SUEÑOS (Liana Castello)

Hace muchos, muchos años, existió un hombre muy bueno que soñaba con cumplir sueños ajenos. Desde pequeño, los sueños habían sido muy importantes para él. A medida que fue creciendo, se dio cuenta que a muchas personas les era dificultoso hacer realidad lo que soñaban y, lo que era peor, a muchos otros, les era imposible soñar. Y entonces, soñó la manera de ayudar a la gente a concretar sus sueños, y como lo soñó con todo el corazón, lo hizo realidad. Con todos sus ahorros, construyó así la primera (y única) “Fábrica de sueños”.

Muchos dijeron que estaba loco, otros tanto no y lo ayudaron a cumplir su meta. Trabajaron muy duro y construyeron un edificio con muchas oficinas. La fábrica tenía diferentes dependencias: “Sueños de grandeza”, “Sueños de gloria”, “Sueños sencillos”, “Sueños de amor” y en el último piso y atendida por su dueño, estaba la oficina de los “Sueños Imposibles”. A esta última costaba un poco llegar, pero se llegaba siempre porque para Mario, su dueño, no había ningún sueño que no se pudiera hacer realidad. Luego de mucho trabajo, muchas críticas y algunos elogios, la fábrica se inauguró. Como de sueños se trataba y de esos que se sueñan despiertos, cada persona que entraba veía a la fábrica de diferente manera.

A quienes tenían sueños de grandeza, la fábrica les parecía el edificio más imponente que hubiesen visto jamás. Por el contrario, los que soñaban una vida simple, veían en ella sólo una simple construcción, cálida y agradable. Dicen que quienes soñaban con ser artistas, podían escuchar, al entrar, música que nadie tocaba y aplausos que nadie brindaba. Los que soñaban con un gran amor, aseguraban haber sido atendidos por un angelito que los guiaba con una flecha a su destino tan ansiado. Y como siempre se dijo que “soñar no cuesta nada”, Mario jamás cobró por sus servicios.

La fábrica trabajaba día y noche buscando amores correspondidos, teatros a sala llena con público que aplaudiera de pie, o logrando, simplemente, un helado de siete sabores. Pero, sin dudas, su mayor esfuerzo era enseñarles a las personas que para los sueños, también hay que trabajar y luchar. Esta era la parte más difícil del trabajo de Mario. La gente llegaba a su fábrica creyendo que, con sólo expresar en voz alta su deseo, el mismo ya podría ser cumplido.

“A un sueño, hay que ayudarlo” —decía siempre Mario —hay que trabajar para lograr lo que uno desea y a veces, mucho —agregaba a sus sorprendidos clientes.

Muchos no lo entendían y se retiraban de la fábrica enojados y desilusionados. Por el contrario, quienes sí entendían de qué se trataba, trabajaban duramente por lograr su cometido. Y así era que podía verse en cada oficina, personas estudiando mucho, entrenando, ensayando, reflexionando sobre sus defectos para poder hacer felices a otros. Magos que aprendían trucos sin trucos, payasos que ensayaban rutinas insólitas por lograr la risa más sonora que se hubiese escuchado jamás.

También había cocineros probando sabores nuevos, recetas locas, combinaciones exóticas, todo por lograr el plato ideal, la comida más rica jamás preparada. Había muchos escritores que borraban, volvían a escribir, hacían bollitos de papel y todo en busca de su tan ansiado libro y otros, que soñaban con salvar el planeta que iban recolectando y reciclando todos los residuos que la fábrica generaba.

Fueron tiempos felices, donde la mayoría de la gente empezó a entender que un sueño no sólo se sueña, se construye, se defiende, se sostiene y luego se logra. Dicen, quienes recuerdan aquellos tiempos, que mientras la fábrica estuvo abierta hubo menos robos y los noticieros daban más noticias buenas que de las otras. También aseguran que la gente enfermaba menos y entonces, médicos y enfermeras usaban el tiempo libre que tenían en concretar sus propios sueños.

Los ahorros de Mario se iban acabando, mucho había invertido y nada ganaba, sin embargo él no pensaba en eso y seguía adelante.

     Deberíamos empezar a cobrar ¿no le parece Mario? —preguntaba Tomás, fiel colaborador.
     De ninguna manera ¡Cobrar por ayudar a cumplir un sueño! ¡Ni soñando! Las reservas se acaban, yo sé lo que le digo —insistió el joven.

Sin embargo, Mario hizo oídos sordos a lo que decía su colaborador. Era consciente que ya casi no había dinero para sostener la fábrica en marcha, pero su deseo de seguir ayudando pudo más. Tomás trataba de ajustar lo más que podía el presupuesto, pero sabía que tarde o temprano, en realidad, más temprano que tarde, el dinero se acabaría por completo.

     ¿Has visto Tomás? Esa joven ha encontrado el amor —comentó entusiasmado, un día Mario.
     No queda plata en el banco —dijo el joven.
     A propósito, se ha recibido de doctor Don Julio, a los setenta años.
     Me alegra señor —respondió el joven.
     Pues sonríe entonces ¿dónde está tu alegría?
     No hay dinero señor, no lo hay ¿cómo podremos seguir?

Mario no respondió. No toleraba la idea de perder la fábrica. Y llegó el día tan temido. La fábrica cerró sus puertas. Mario no fue el único que sufrió la pérdida, pero si fue el que más lo hizo. Sentado en lo puerta del gran edificio ya vacío, pensaba en que no había hecho las cosas bien y se culpaba por no haber escuchado a Tomás. Comenzó a invadirlo una gran sensación de fracaso. Al día siguiente de cerrar la fábrica, Tomás volvió a ella, sabiendo que encontraría a Mario, como siempre, como todos los días. Se sentó a su lado, en el umbral de la puerta. Mario no apartaba la mirada del suelo.

     He fracasado —dijo Mario sin mirar al joven.
     Ya lo veremos —respondió Tomás.

Mario no entendió las palabras de su amigo, pero no tardaría en hacerlo. Con el tiempo comenzó a darse cuenta que la mayoría de las personas habían aprendido que soñar era mucho más que desear algo. Vio que el fruto de su esfuerzo se reflejaba en niños sanos, amores correspondidos, aplausos sentidos y gente feliz.

Se dio cuenta que, a pesar de que la fábrica hubiese tenido que cerrar sus puertas, la gente no sólo no había dejado de soñar, sino que trabajaba con ahínco por lograr sus metas. No había sido en vano, no había soñado un sueño imposible. Había abierto en cada persona una puerta que ya no podría volver a cerrarse.

Y entonces fue feliz, aún más de lo que había sido siempre.


Autora: Liana Castello.
Escritora Argentina.
Recibido por correo electrónico de formarse@egrupos.net

viernes, 9 de septiembre de 2011

MICRO-BLOGS SOBRE MIGRACIÓN

Lo atrapó la #Migra. Desde niño quedó abandonado y deambula diario por semáforos de #Managua. Es indocumentado, no tiene #cédula. #BlogsNI

A media noche de fin de año, mientras celebraban, tomó maleta, dio vuelta en la manzana y después #emigró buscando futuro en otro país. #BlogsNI

Tiró la toalla y con #cédula recorrió países del CA4. Se convenció que su patria es incomparable aunque no tenga pegue fijo. #BlogsNI

Desde allá está pendiente. Su corazón se desgarra en nostalgia y trabajo. Cumple con #remesas y sueña una patria distinta. #BlogsNI

#Emigró al mar de otra tierra. No olvidó, nubes blancas y mar azul recordaron su bandera y el despojo que gobernantes hacen de ella. #BlogsNI

Cruzó al nado. Pescado mojado y deportado cinco veces sigue buscando mejor vida. Aquí sólo camisetas chicha recetan, dijo y se fue. #BlogsNI


Ronald Hill A.
La Colina
09/09/2011

martes, 6 de septiembre de 2011

PUERTO EN VENTA. ¿QUIÉN OFRECE MÁS?


Imagen de la oferta.
Lo ofertan en cinco millones de dólares por Internet. La oferta dice “Venta de Isla, RAAS, El Bluff. Isla con 2.5 Km. de Costa, propiedad apta para Proyecto Turístico, Agua Potable, Acceso a Luz Eléctrica, Área del Terreno: 426000 varas cuadradas”.

Las reacciones de los actuales pobladores no se hacen esperar. Todos muestras preocupación y esgrimen las “tarjetas amarillas que les entregó Somoza, sus escrituras de terrenos inscritas en el registro público de la propiedad y la Ley 445, ley de régimen de propiedad comunal de los pueblos indígenas y comunidades étnicas de las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica de Nicaragua”.

Al llamar (el número es 88107624), nadie respondió mi llamada. Luego de cinco minutos me llamó. “Tengo una llamada perdida de este número, ¿qué desea?”, dijo. “Información sobre el anuncio de la venta del puerto”, respondí. “¿Sabe lo que cuesta el Puerto?”, preguntó. “Sí, 5 millones de dólares, lo estoy viendo en el anuncio de www.casanica.com”, le respondí. Le di nombre y dirección de correo electrónico. Dijo que iba a enviarme la información necesaria de la oferta. No dio nombre, no quiso darlo.

Mientras esperaba, hablé con mi amigo Oscar “el zorro” Brenes. “¿Vos sos el que lo está vendiendo?”, le pregunté. “No, para nada. Hace muchos años tuve un anuncio para hacer inversión turística, pero no me dejaron; los políticos de El Bluff me hicieron la vida imposible, aun teniendo mi propiedad legal”, contestó. “Ese anuncio tiene más de cinco años de estar allí”, concluyó. Luego llamé a conocidos de las altas esferas del gobierno regional y del partido de gobierno. Nadie sabe nada. Y como nadie sabe nada, pues yo lo quiero comprar por varias razones.

El gobierno comunal creole de Bluefields, los Black Creoles, plantean que exigirán la titulación de El Bluff como parte de su patrimonio, en el marco de la Ley 445,  igual que demandan el casco urbano de Bluefields y sus alrededores, los municipios de El Rama, Muelle de los Bueyes y Nueva Guinea. Los Creoles que habitaron el puerto fueron siempre minoría en esa población de mestizos y llegaron de Laguna de Perlas, comunidades garifunas y de la desembocadura de Río Grande. Desde Bluefields viajaban todos los días para trabajar en las empresas camaroneras y como estibadores en el puerto. Con el paso de los años la población misquita se ha incrementado, surgiendo diferentes zonas de asentamiento. ¿Para qué desean los Black Creoles el puerto de El Bluff? ¿Están concientes de los conflictos que deberán enfrentar?

Al ser de mi propiedad no habrá conflicto. Si lo compran empresarios poderosos, exmilitares retirados y allegados al gobierno con socios foráneos siempre habrá problemas, porque lo que buscan es rentabilizar su inversión a cualquier costo con proyectos que excluyen a los pobladores del puerto.
           
Bueno, dirán ustedes, ¿y para qué lo quiere? Para varias cosas. Para regresarle la esperanza a la gente, para ver sonrisas en sus rostros demacrados y amarillos, para llenar su estómago de felicidad, para que los niños y niñas corran alegres por las calles con sus barriguitas vacías de parásitos, para que hagan deporte sano, para eliminar la droga que los mata, para que tengan servicio de agua potable, para que accedan a una educación de calidad sin eslogan alienantes, para que exista un puesto de salud que los atienda cuando lo necesiten, para que no terminen con la mina de piedra que los protege del mar, para reforestar la vieja playa, para que la policía nacional abra bien los ojos, para que los guardacostas patrullen el mar y sus marinos hagan obras comunitarias en lugar de dormir todo el día en un hamaca.
           
Para demandar a la empresa Gulf King ante tribunales nacionales y ante Washington, para terminar con los políticos corruptos vividores de la miseria de los pobladores, para alumbrarles el camino y que vuelvan a descubrí que el trabajo es el único medio para mejorar el futuro, para que recuperen la dignidad que les fue robada, para que se organicen en función de sus intereses y no de ajenos, para hacer un banco autogestionario y solidario de vivienda, para reactivar la pesca, para que cuando el proyecto de la marina se implemente no los explote, para ayudarles a crear sus propios proyecto de vida y que sepan gestionarlos.
           
Para eso lo quiero. ¿Quién ofrece más? Si usted quiere ayudarme, ya sabe dónde contactarme.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Martes, 06 de septiembre de 2011

lunes, 5 de septiembre de 2011

BUSCANDO IMÁGENES


Sin papel, sin libreta, sin lapicero, escapa de sus tormentos; de penas y angustias, del diario rugir de camiones que pasan atestados de gente y carga, del mugir mañanero de las vacas, del trote de los potros, de volquetes cubiertos de piedras con destino incierto, de los amanecidos buscadores del elixir etílico, del cantar de los pájaros, del verdor que  lo apresa. En busca de imágenes y sensaciones recorre su vieja playa, que como sendero gris, muestra sus dunas de arena acompañadas por el vuelo de gaviotas y tijeretas, conchas, caracoles, cangrejos, mansas olas, blancas nubes, piedras y cielo azul.

Atrás quedaron sus rutinas, sus amores infantiles, la bruma fresca que viste de gris los amaneceres, el sonido ensordecedor de la lluvia sobre el techo, el denso bosque sobre la colina refugiando vida, el paso incesante de campesinos con manojos de leña sobre sus hombros y de lentos bueyes, las manos migrantes que lo visitan y estrecha, sonrisas que desaparecen en instantes. Allá, a lo lejos, en el horizonte, la cordillera majestuosa inamovible descansa, cubierta de encantos y marcada por recuerdos del pasado como las heridas de sus faldas.

Con los pies en la arena, inspirados en fiesta sus sentidos, apenas su vista alcanza a elevarse sobre el mar. La añoranza lo vuelve a sorprender, pensó en idilios del pasado con la alegría de un escritor que ha publicado su primera novela. Encontró aire puro y fresco que invadió sus pulmones, soledad en el horizonte, donde se vio con sirenas a su lado; tenía para su intimidad el azul del mar y el blanco de las nubes, los colores de su bandera, de la cual, descubrió, hacen en nombre de ella los gobernantes a su antojo. Desvaneciéndose un velero a lo lejos, lo tomó del mástil acercándolo a la seguridad del puerto y pescadores saludó en la playa con miles de peces atrapados en sus tarrayas.

Caminó hasta perderse tras la búsqueda de imágenes. Al regresar, descubrió la dicha de vivir, el tiempo preciso y la paz necesaria para describir nuevas imágenes. Atrapó una, dos, tres y, sin descanso, su cabeza  llenó de ellas, archivadas en su memoria para continuar en su insaciable manía de escribir por la vida.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 02 de septiembre de 2011

jueves, 1 de septiembre de 2011

POBLACIÓN, MIGRACIÓN Y ECONOMÍA TRADICIONAL

Para muchos, el crecimiento poblacional es uno de los retos a superar para lograr el desarrollo del país. Plantean que “hay más pobres en el país porque no se puede reducir la pobreza si se produce más personas que riqueza material, es decir, si el crecimiento poblacional es mayor que el aumento de la producción material”.

Hace más de 200 años, Thomas Malthus postuló la relación entre crecimiento de la población y el agotamiento de los recursos. Dos corrientes cuestionan el problema. Por un lado, quienes plantean la necesidad de urgentes programas de control de la natalidad en los países pobres, que son los que tienen mayores tasas de crecimiento poblacional. Por el otro, los que enfatizan la pasión del consumo, el gasto de energía y recursos en los países más industrializados. La discusión contribuye a centrase en la raíz del problema, siempre y cuando haga referencia a dos términos principales: economía y población.

El fin de la economía es la población y no al revés, siendo la economía un medio para la realización y el desarrollo de la vida humana. El predominio del problema económico lleva a considerar a la población como poco más que un factor de la economía, cuya escasez o abundancia se juzga y evalúa conforme a las exigencias del propio proceso económico. Como ejemplo coyuntural tenemos la migración cíclica de miles de ciudadanos nicaragüenses hacia Costa Rica a cortar café, cuando en nuestro país existe una alta demanda de cortadores en las zonas cafetaleras. Se van porque la economía cafetalera no les garantiza un empleo digno y satisfacción.

La población es el sujeto de la economía, su protagonista y actor, siendo la realidad económica la obra o el actuar de la población. Al mismo tiempo, la economía condiciona el ritmo de crecimiento de la población y su distribución en las diferentes zonas geográficas. Si la población “hace la economía” para su propio beneficio, la construye en un marco definido por las estructuras económicas establecidas que no pueden ser cambiadas por la población, sino a través de procesos lentos y complejos; resulta más fácil controlar a la población para que se ajuste a la economía, que cambiar la economía para que se armonice con las necesidades de una población en rápida expansión.

¿Por qué los pueblos más pobres presentan las tasas de crecimiento demográfico más elevadas? Si las economías pobres no están en condiciones de proporcionar subsistencia y vida satisfactoria a su población, parece contradictorio que en éstas la población se multiplique más aceleradamente, con lo que el problema de la pobreza se agudiza. Para el que observa este comportamiento en base a las estadísticas comparativas, el fenómeno se explica como un comportamiento irracional que surge de la ignorancia, la falta de previsión y la incultura de los pobres. Hay que ser cautelosos antes de atribuir ignorancia, porque detrás de esa irracionalidad opera una racionalidad diferente.

La tendencia a tener un elevado número de hijos responde, desde el punto de vista económico, a una racionalidad determinada porque en condiciones de pobreza los recursos y factores económicos más importantes para asegurar la subsistencia son los propios recursos humanos, la fuerza de trabajo, así como las relaciones de cooperación y solidaridad.

En las economías tradicionales, campesinas, artesanales y populares urbanas, la familia se constituye como unidad de trabajo y producción, antes que como unidad de consumo. Debido a que son formas económicas que no operan con la lógica del capital, del cual carecen, el acceso a la fuerza de trabajo no se realiza a través de su contratación en el mercado, excepto en pequeñas cantidades, sino mediante su reproducción familiar.

Los hijos garantizan su continuidad en el largo plazo y son parte esencial de las estrategias familiares de subsistencia y progreso entre las que sobresale la migración y la transferencia de dinero vía “remesas familiares” desde el extranjero al ser obligados a emigrar por una economía enferma. De igual manera, la pertenencia a comunidades y a redes de integración social resulta decisiva para garantizar la seguridad, particularmente en condiciones como las de nuestro país, donde se pueden prever recurrentes situaciones críticas. A tal pertenencia contribuyen de manera significativa los hijos insertos en familias extensas, tanto dentro como fuera del país.

Lejos de garantizar mejores niveles y calidad de vida para la población, una reducción de las tasas de crecimiento demográfico contribuiría a un mayor debilitamiento económico y agudización de la pobreza. Si la principal fuente de generación de riquezas descansa en este tipo de economías, la lógica indica que hacia ellas se deberían destinar más recursos para fortalecerlas y políticas que premien con diferentes incentivos la inversión de una parte del dinero que entra al país como “remesas familiares” equivalentes a casi la mitad del valor de las exportaciones.

Ronald Hill Álvarez
La Colina
Nueva Guinea, RAAS

lunes, 29 de agosto de 2011

“NUNCA VOY A OLVIDARLO”


Nunca necesité una secretaria típica: la que elabora cartas, memorándum, hace esperar a la gente que te busca invitándola a sentarse en una silla de la sala de espera, les ofrece un café o les invita a leer una revista o el periódico, mientras con cierto aire de importancia decide el momento en que debes atender a esa persona, entonces te llama, toca la puerta para anunciarlo o simplemente le dice que regrese otro día porque estás ocupado en una reunión. Cuando la tuve, no fue de esas.

Los papeles regados por los rincones en un desorden infernal; ampos incompletos; la pizarra acrílica llena de garabatos y símbolos mágicos de diferentes colores; las tazas de café y vasos olvidados en los estantes, escritorio y mesa de trabajo; carpetas con cheques por firmar; correspondencia de las comunidades, organizaciones socias y líderes comunitarios, así como los correos electrónicos impresos. Todo desaparecía en un orden que habíamos acordado, manteniendo la oficina con su propio estilo. “Aquí hacen falta plantas”, dijo una vez y, al regresar de una gira de trabajo, encontré varias maceteras llenas de vida.

Con el tiempo, al ver que mostraba interés, la involucré en el mundo fascinante de la planificación, el seguimiento, la evaluación y negociación con las organizaciones y comunidades donde trabajábamos. Participaba activamente en las reuniones alrededor de la mesa de trabajo, tomaba notas en una computadora portátil y, al finalizar, presentaba varias copias de la memoria para ser firmada por los participantes. De allí surgía una parte del trabajo del mes siguiente y, con base en ello y el plan anual, presentaba los cálculos de los requerimientos financieros a solicitar para continuar nuestra labor. “Me gusta su estilo, usted no le miente a la gente, está más pendiente de los problemas que de los logros”, dijo una vez. “Es por eso que estamos aquí, para identificarlos y ayudar a resolverlos”, contesté.
           
Esas reuniones consumían gran parte del tiempo, unidas a las visitas a los proyectos en el territorio. Siempre estaba atenta a que no coincidieran actividades y, cuando era inevitable, sin pedírselo se ofreció a cubrirlas. “No se preocupe, estaré pendiente de los problemas”, dijo con firmeza. Y lo hacía, porque al regresar era lo primero que señalaba. Aprendió la lección, pero luego comprendió que se deben reconocer los logros. Hay que estimular a la gente, “a todos nos gusta que reconozcan nuestro esfuerzo”, dije. Logró alcanzar el equilibrio, establecer el balance entre problemas y avances. Siempre concluía diciendo: “A pesar de… se ha avanzado en…”.
           
Al separamos, cuando cerramos el programa de Ayuda en Acción, era otra. Nunca intentó copiar mis recetas al pie de la letra, las moldeaba a su manera con ese toque sutil que los hombres no poseemos: la sonrisa, la mirada, los gestos, el tono de decir las cosas, eran diferentes; era una mujer que le gustaba su trabajo. Nunca dominó la destreza en la pizarra frente a un auditorio, convencer escribiendo, reflejando las ideas en ese espacio en blanco. Cuando lo intentó, la atención de los participantes se perdía en otros lados y no avanzábamos.
           
Hicimos más de cuarenta despedidas. En cada comunidad, con socios locales, instituciones del Estado y el gobierno local donde presentamos un informe de cierre con los resultados de catorce años de trabajo en cada una de ellas, con fotos y la inversión realizada. Fue la despedida más larga que he tenido: duró casi nueve meses. Todas ellas fueron emotivas por las palabras de los líderes comunitarios, las madres, los campesinos, los poemas de niñas y niños, reconocimientos de las comunidades, actos culturales en las escuelas, canciones con guitarras campesinas, discursos y las inevitables pachangas con los más fiesteros, acompañadas por grandes calderos de sopa de gallina y el infaltable ron o cususa.
           
En el momento de nuestra despedida, igual que con las otras cinco mujeres que formábamos el equipo, recordamos los mejores momentos que pasamos juntos en esa larga lucha contra la pobreza y exclusión social, la sonrisa de los niños, la cara de la gente cuando descubría que podía salir adelante con su esfuerzo y un pequeño impulso. “Nunca voy a olvidarlo”, dijo. Me abrazó con lágrimas en sus ojos y se fue. Siguió trabajando en la misma organización y ahora dirige un proyecto. Hace poco hablé con un amigo que trabajó como coordinador en otro lugar de Nicaragua y al recordarle esos tiempos dijo: “Ni lo menciones, fueron los años más horribles que tuve”. 
           
Un día de estos apareció Ana, mi nuera. “Le tengo una propuesta, voy a arreglar su oficina que está hecha un desastre”, dijo. “¿Y?”, le pregunté. “En la universidad me dejaron de tarea presentar un proyecto, quiero que me ayude a hacerlo”, respondió. Tardó toda una tarde, sacamos varios sacos de papeles viejos que juntos revisamos, igual que cientos de fotos de esos años inolvidables. Ahora todo está en orden.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 28 de agosto de 2011