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lunes, 10 de octubre de 2011

¡ADIÓS, JUAN PÉREZ!

Cuando Bernabé Barrera, llamado con cariño por sus amigos “Doble B”, aceptó la propuesta por parte de la Asociación de Trabajadores del Campo de viajar a Cuba como integrante de una delegación de jóvenes campesinos para conocer la experiencia revolucionaria y combatir a su regreso las difamaciones que se hacían contra el sistema, no se percató que su vida cambiaría para siempre.

 “No te preocupes, tu mujer se quedará en la casa de sus padres, aprovecha la oportunidad de salir de esta comunidad abandonada”, le dijo su padre al consultarlo. Sus amigos de Los Pintos, compañeros de juego de béisbol, lo recomendaron al responsable de la organización en Nueva Guinea porque era el único de ellos que sabía leer y escribir. Recién cumplía dieciocho años y se había juntado con Esmeralda González, vecina de la parcela de su padre y dos años menor que él.
           
Jugaban en el campo de béisbol esa mañana de domingo cuando divisaron una tormenta de polvo que se aproximaba a ellos. Al estacionarse la camioneta Toyota Land Cruiser FJ40, tuvieron de voltear sus rostros para evitar el golpe del polvazal y, al volver la mirada, vieron a Hilario, el promotor de la ATC, que preguntaba por “Doble B”. “Te buscan a vos”, le gritaron sus amigos.

—    Te vengo a traer, mañana salís para La Habana —dijo Hilario.
—    ¿Mañana?, ¡todavía no me he alistado! —respondió “Doble B”.
—    No te preocupes por nada. En Managua lo haremos y hoy mismo te vamos a sacar el pasaporte —dijo Hilario con tono alentador.

Luego de despedirse de su padre, de Esmeralda y de sus amigos que lo acompañaron hasta su casa, se montó en la camioneta sonriente, mientras su madre, con llanto en los ojos, le entregaba un morralito de comida. “Para el viaje, mi niño, que Dios me lo proteja”, le dijo.

Al bajar del avión de Cubana de Aviación en el aeropuerto internacional José Martí, “Doble B” mostraba palidez en su rostro y el pantalón de azulón manchado por el vomito delataba el contenido del morralito aliñado. Al pasar por migración fue separado del grupo y trasladado al Instituto de Medicina Tropical. Le hicieron los exámenes de rigor, de sangre, heces y orina. Los resultados indicaron que padecía malaria e infección renal y le brindaron tratamiento. También descubrieron que tenía liendres en su cabello, hongos en sus pies, y deficiencia en su visión y dentadura. La doctora responsable de la atención de los nicas recomendó que se le hiciera inspección exhaustiva en sus genitales y emocionado permitió que la enfermera de turno estableciera, con sumo profesionalismo, el estado del vello púbico, la medición de la longitud de su pene, desarrollo escrotal y volumen testicular, así como la valoración de lesiones y exudados anormales. De igual manera, le indicó que adoptara la posición genupectoral y que hiciera la maniobra de Valsalva. En completo estado de excitación, “Doble B” siguió fielmente las indicaciones y, al sentir que le exploraba el ano, dio un ronco quejido y se desmayó.
           
Una semana después se unió al grupo de nicas, quienes lo encontraron totalmente cambiado: una amplia sonrisa y lentes de medida en su rostro, cabello corto a ras, dentadura impecable y más seguro de sí mismo. Recorrió junto a ellos empresas genéticas de leche, donde conoció a la famosa “ubre blanca”; granjas avícolas productoras de huevos y carne; centros de reproducción y engorde de cerdos; mataderos industriales; fabricas de piensos; granjas de la empresa de la flora y la fauna donde criaban el caballo de paso cubano, codornices, ovejas, patos de diversas razas y gallos de pelea. En cada una de estas visitas participó en conversaciones con los trabajadores, quienes explican los beneficios sociales que obtenían y en asambleas de gestión donde exponían los avances de los planes, el cálculo económico y la gestión socialista empresarial. “Doble B” se maravillaba de los logros obtenidos y hacia comentarios con los que comparaba la situación de los trabajadores del campo en Nueva Guinea, lo que le permitió asumir liderazgo en el grupo.
           
La gira incluía actividades recreativas y culturales. Conoció el estadio Latinoamericano, donde presenció un juego amistoso de béisbol entre Cuba y Nicaragua; visitó el teatro Carlos Marx, museos, Varadero, el Tropicana y recorrió la Habana vieja. Participó en el acto del XXI aniversario de Playa Girón celebrado en la plaza de la Revolución, donde escuchó emocionado el discurso del comandante en jefe, quien, al concluir el acto, saludó a la delegación nica y estrechó su mano.
           
Tres meses después fue informado por la embajada de Nicaragua que había sido seleccionado, por su destacada participación en la misión, para realizar visita con iguales objetivos a otros países socialistas. Pensó en Esmeralda y sus padres, pero no dudó en aceptar la propuesta. En un periplo de dos años conoció Berlín, Sofía, Praga, Varsovia, Moscu, Hanoi y Pyongyang. Regresó a la Habana y, posteriormente a Nicaragua, exactamente dos años y quince días después que Hilario, el promotor de la ATC, lo llegó a buscar a su casa. En el aeropuerto lo esperaba un funcionario de la cancillería, quien le entregó quinientos córdobas para que regresara a Nueva Guinea, además de solicitarle el pasaporte oficial emitido a su nombre.
           
Bernabé Barrera, “Doble B”, contactó a Hilario con el fin de detallarle los logros y avances observados en el agro de los países socialistas, los beneficios de los trabajadores, así como aspectos de cultura general asimilados y los idiomas que dominaba, pero por la prioridad de la guerra que se enfrentaba en ese momento no fue escuchado como esperaba y se refugió decepcionado en la vieja casa de madera de sus padres junto a Esmeralda. Pasaba las mañanas ayudando en las labores de la parcela y por las tardes, tendido en una hamaca, leía los libros que había adquirido en sus viajes y escuchaba música clásica. Sus viejos amigos, al tener noticias de su regreso, lo buscaron para que compartiera su experiencia ya que ellos lo habían recomendado.
           
“Vieran ustedes qué bello es el mausoleo de Lenin, cuando lo vi pensé que estaba vivo, ¿saben quién es Lenin? Recorrí el muro de Berlín, alto y bien vigilado por los militares, ¿saben qué es el muro de Berlín? El teatro Carlos Marx de la Habana es inmenso, su sala tiene más de cinco mil butacas y allí se realizan los conciertos más importantes, ¿saben quién es Carlos Marx? ¿Se fijan?, ustedes son ignorantes, no saben ni conocen nada, para ello deben salir de esta comunidad, viajar, relacionarse con otra gente y su cultura”, les decía a sus amigos, quienes se volvían a ver asombrados.

Con el paso de las semanas, “Doble B” acudió al campo de béisbol donde sus amigos jugaban y, al concluir, se reunieron bajo la sombra de un árbol frondoso de Laurel para escuchar sus historias. Como siempre, mencionaba los lugares que había visitado y preguntaba si ellos los conocían, burlándose con aires de grandeza. De pronto, Mauricio, uno de sus amigos, cansado de escuchar sus burlas tomó la palabra. “Se ve que aprovechaste el viaje, conociste varios países, su cultura y hasta hablas varios idiomas. Nosotros no hemos salido de estos montes, no conocemos a esos que tienen nombres raros, pero te aseguro que vos no conoces a un tipo que se ha hecho famoso aquí en Los Pintos, uno que se llama Juan Pérez”, dijo ante la mirada de sorpresa de los otros.

—    Debe ser otro ignorante como ustedes —dijo “Doble B”.
—    Te equivocas, no tiene nada de pendejo —respondió Mauricio.
—    ¿Quién es ese Juan Pérez que no lo he oído mencionar? —pregunto inquieto “Doble B”.
—    Es el que ha pasado revolcándose en potreros y quebradas con tu mujer desde que te fuiste —respondió Mauricio, provocando risas y burlas del resto de sus amigos.

Desde ese día, “Doble B” abandonó a Esmeralda y se trasladó a vivir a la colonia de Río Plata. Trabajó en el Centro de Investigación y Estudios de la Reforma Agraria hasta que se dio el cambio de gobierno de 1990; con una mochila en su espalda llena de papeles y un lapicero en la bolsa de su camisa, camina por las calles de Nueva Guinea y cuando sus amigos lo saludan le gritan: “¡Adiós, Juan Pérez!”.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 05 de octubre de 2011

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ECONOMIA CAMPESINA Y EL PROBLEMA GENERACIONAL (RURAL ECONOMY AND THE GENERATIONAL PROBLEM)

Hace unos nueve mil años surge la agricultura como un proceso constante de prueba y error. Se hace arte y ciencia, permite el desarrollo y la evolución de las civilizaciones. Los principales sujetos que se decidan a ella se encuentran dispersos a lo largo del planeta y tienen algo en común: viven de los frutos de la tierra.

Se le ha llamado economía campesina a la práctica que realizan millones de unidades de producción familiares que a través de la misma logran el sustento de la familia, en contraposición a la llamada economía empresarial debido a la lógica de producción diferente. Para unos lo principal es alcanzar el sustento de la familia y para otros la tasa máxima de ganancia al hacer el cálculo económico entre egresos e ingresos. Por todas partes se escucha decir que la base de la producción agropecuaria en nuestro país descansa en los pequeños y medianos productores. Se nos ilustra con ejemplos en cuanto a su aporte de la producción de maíz, frijol, arroz, café, ganado de carne y producción de leche, producción de cerdos, etc. Es una realidad innegable.

Estos agricultores, los pequeños productores y medianos, tienen un espacio físico bien demarcado que muchos le llaman finca o parcela. En ese espacio de tierra, variable según las diferentes zonas del país, combinan sus activos. Entre ellos el más importante es la mano de obra, principalmente la familiar, así como la tierra, los implementos y los conocimientos prácticos adquiridos. En esa combinación, se prioriza aquello que le permita obtener los productos necesarios para satisfacer la necesidad básica más importante: la alimentación de la familia.

En el campo la media de miembros por unidad familiar es alta y popularmente se escucha decir que el campesino tiene “una chorrera de cipotes”. Entre mayor es la cantidad de miembros de la familia mayores esfuerzos debe dedicar (mayor área o diversificar los cultivos) para poder producir lo necesario para alimentarlos así como la intensificación del trabajo aplicado a los cultivos o labores. Cada vez es mayor esta tendencia debido al factor limitante del avance de la frontera agrícola en nuestro país.


Los hijos y las hijas aún siendo niños se incorporan en edad temprana al trabajo en la unidad familiar. En el campo se constituyen familias a edad temprana y es común encontrar a jóvenes en edades que oscilan entre los 17 y 20 años, ya casados y con hijos.


Dependen de la voluntad autoritaria del padre y en la inmensa mayoría de los casos no tienen remuneración por el trabajo que realizan. Deben buscar trabajo fuera de la unidad familiar y en la mayor parte de los casos emigran hacia los centros urbanos en busca de alternativas de empleo o hacia otro país. Esta situación es catastrófica debido a que los jóvenes hoy en día tienen un nivel educativo dos veces mayor que el de sus padres y rápidamente podrían incorporar nuevas tecnologías para la producción, al tener mayores habilidades y destrezas, incrementándose los niveles de producción y productividad en el agro.

El relevo generacional en la unidad de producción familiar se realiza de manera tardía porque existe la tradición en los padres de heredar hasta la muerte, lo que orgullosamente queda plasmado en el dicho popular “hasta que el chancho se muere suelta la manteca”.


En estos tiempos, el relevo generacional, sucesión o herencia de la unidad de producción se está realizando entre hombres de la tercera edad y entre adultos mayores, lo que no permite que los jóvenes puedan tener acceso a la tierra y mucho menos a emprender actividades económicas porque no son sujetos de crédito, no acceden a servicios de asistencia técnica porque no son los responsables de la parcela, etc. situación que es más agravante aún en el caso de las jóvenes.

En la mayoría de los casos, cuando el padre muere y hereda, los hijos se encuentran lejos de la finca desarrollando otras actividades, han creado diferentes redes, hábitos y costumbres y otras formas de capital social, lo que hace que al final vendan la finca a “afuerinos” con otras condiciones socioeconómicas, lo que va desfigurando el entramado social y la comunidad.


Los planes, programas y proyectos de desarrollo dirigidos al sector rural deben considerar esta realidad porque de lo contrario se seguirá perdiendo todo el esfuerzo que los jóvenes han hecho para alcanzar un nivel de educación mayor al de sus padres, el esfuerzo de la propia familia y del propio Estado. Se debe promover e incentivar el relevo generacional como un proceso gradual, de tal forma que los jóvenes, con mayor nivel educativo, contribuyan al enriquecimiento del agro y del país.


Ronald Hill
La Colina
Nueva Guinea, RAAS