jueves, 14 de julio de 2011

LA FLOR APESTOSA


En el patio de mi casa disfrutamos los aromas y vistosidad de las flores; hay de diversos tipos, la mayoría comunes en este ambiente de trópico húmedo. La florescencia es constante, puesto que unas plantas florecen en el periodo seco y otras en el lluvioso. Los pájaros y las mariposas las disfrutan igual que nosotros.
           
Por las mañanas, como en un concierto musical, el canto de los pájaros llena nuestro espacio. Cada especie canta con sus sonidos y ritmos característicos. Un pájaro llamado “pájaro gua” es insoportable en el periodo seco, porque canta alucinado pidiendo agua, de allí el nombre que le dan los campesinos; al caer las primeras lluvias se calma y su canto desaparece. Al oírlo cantar, gua, gua, gua dicen que “está pidiendo agua”.
           
De las flores hay una muy particular: crece todos los años al inicio del periodo lluvioso; emerge de la tierra y, posteriormente, alrededor de ella, surgen varios tallos de un arbusto que llamamos “boa” por el color parecido que tienen a ese reptil. Con el paso de los días, la flor crece y se abre. Al desprender las capas que la cubren deja al descubierto un tallo en el que crecen a su alrededor esporas, unos puntitos blancos.
           

Esa flor no es visitada por los pájaros ni por las mariposas. No desprende un aroma exquisito, sino un olor pestilente, un olor ha podrido que únicamente atrae a las moscas para que realicen la polinización. He tratado de buscar su nombre científico en Internet, bajo el criterio de búsqueda “la flor del mal olor”, y los resultados me llevan a varias páginas, pero ninguna parecida a esta: no es la flor gigante que aparece en los resultados de búsqueda.
           
Al notarla, mi mujer dijo: “ya viste, nuevamente está saliendo la flor de la boa”. “Sí, le respondí, también apesta”. No creía, hasta que un día de estos, cuando la flor había crecido, sintió el olor. Al día siguiente, el olor era insoportable, un olor a animal en estado de descomposición que inundaba todo el patio, la casa, las habitaciones y el restaurante. La cortó de un machetazo, la metió en una bolsa de plástico y la tiró en el fondo del patio. Después me dijo que buscara qué hacer con ella porque seguía sintiendo el olor apestoso.

Les dejo las fotos por si alguno de ustedes logra identificarla. Si quieren tenerla como curiosidad en su jardín o enviársela de regalo a alguna suegra mal portada les puedo guardar unos hijos de los tallos. Me avisan.

La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 12 de julio de 2011

martes, 12 de julio de 2011

CINCO CAMPANADAS

Quitó el candado y abrió ambas puertas de metal empujándolas sobre los rieles hasta quedar ocultas en las paredes de concreto. La oscuridad desapareció ante la luz cegadora que llenó la entrada principal y puso fin a la fiesta nocturna de ratones y cucarachas. La antigua mesa rectangular de pata alta, ubicada a escasos metros del portón en el centro de la bodega, exponía ordenados y protegidos con platos de báscula el cúmulo de papeles empleados en las labores del día anterior.

Introdujo el juego de llaves en su pantalón caqui almidonado, sosteniéndolas con una fina cadena de plata colgada del pasacinto; avanzó hacia el centro, frente a la mesa, volviendo la mirada hacia las dos secciones del edificio y se quedó quieto por unos instantes tratando de descubrir algún sonido extraño. Caminó hacia la izquierda hasta llegar al escritorio, se quitó la chaqueta acomodándola en el respaldar de la silla y volvió la mirada a su reloj. Esperó cinco segundos. A las siete en punto tomó con su mano derecha el trozo de mecate amarrado al badajo e hizo sonar cinco veces la campana de bronce que colgaba del pilar contiguo, anunciando el acceso a los estibadores que, ansiosos, esperaban el aviso en el muelle.

Entraban de prisa a sacar carretillas de mano y de cuatro ruedas para iniciar el traslado de la mercancía descargada por las grúas de los barcos en bultos sostenidos por mecates resistentes. El ir y venir, las pláticas, los gritos, las risas y las bromas entre estibadores llenaban de vida y productos importados la inmensa bodega. Sus asistentes, ubicados en el portón principal, contabilizaban la carga con contadores manuales según cantidades trasladas por bulto o carretada que se almacenaba en el lugar que él designaba. En la mesa del centro, los empleados de las agencias aduaneras llevaban registros en hojas de trabajo de varias columnas, contrastándolos con las remisiones previas de sus clientes, la mayoría importadores chinos de Bluefields. Los empleados de la aduana bajaban constantemente las gradas desde el segundo piso en labores de supervisión y el coronel Peters, desde la comodidad del balcón, observaba el trabajo ordenado y diligente que se realizaba en los barcos y el muelle.

A las doce en punto sonaba nuevamente la campana de bronce, marcando el tiempo de descanso. Media hora después se sentaba en la mesa redonda de la cocina donde lo esperaban, junto a mi abuela, mis tíos Pablo y Jorge. Sus pláticas eran amenas, comentaba las labores del día y de los venideros. Me sentaba al lado izquierdo de él, al lado de mi abuela Manuela. La mesa exhibía platos suculentos. Maravillado observaba su forma peculiar de cortar la carne, sazonar con salsa inglesa el arroz, rodajear los bananos cocidos y saborear cada bocado que llevaba a su boca. Luego de la comida descansaba en el corredor de la casa; aprovechaba ese momento para pedirle permiso de ir a su trabajo. “Abuelo Felipe, puedo llegar por la tarde”. Nunca dijo no. “Antes de las cinco de la tarde”, respondía.

Al llegar, junto a Javier y José Manuel, bajábamos desde la planta alta por las gradas y nos presentábamos donde él. Nos indicaba dónde podíamos jugar. Recorríamos todos los rincones de la sección asignada a nuestros juegos, corríamos y subíamos sobre los bultos de mercancía arpillados, brincábamos entre ellos en competencia de salto largo, coleccionábamos estampillas viejas tomándolas de remisiones antiguas desechadas y, sin que lo notara, nos escabullíamos entre los bultos y las paredes del fondo a la sección en que trabajaban los estibadores. Desde la pared lateral derecha, a través de las rendijas, observábamos el trabajo minucioso de Juan Lacayo; elaboraba moldes de madera para convertirlos en piezas únicas de concreto que adornaban columnas, barandas y vigas de las casas del puerto.

A las cinco en punto, cinco campanadas nos daban el aviso: nuestros juegos terminaban, así como las labores en la inmensa bodega de la aduana. Antes de cerrar la verja metálica de las gradas, Javier y José Manuel subían al segundo piso para salir con mi tío Felipe al andén, mientras yo esperaba que él cerrara las puertas de metal corredizas y pusiera el candado para regresar tomado de su mano a la casa, caminando por el muelle.

La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 05 de julio de 2011 

viernes, 8 de julio de 2011

VIDAS PARALELAS

En plena florescencia de la juventud salieron en búsqueda de una nueva vida. La pobreza estrangulaba sus sueños en medio de familias numerosas donde las labores domésticas vaciaban sus almas. Nacieron en el vértice sur de Nicaragua en la década de 1930, una frente al mar y otra frente al lago.

Al seno de sus familias llegaban noticias del auge de las bananeras en la Costa Caribe, de la abundancia de empleo; cruzaron sin conocerse, en diferentes años, el Lago de Nicaragua para embarcarse en San Carlos en una travesía por el Río San Juan, haciendo estaciones en El Castillo y la barra de El Colorado. La majestuosidad del paisaje, las aguas calmas y la abundancia de aves con sus cantos hacían brotar esperanzas en sus inocentes rostros.

Desde la barra de El Colorado se embarcaron en la lancha María del Socorro y descubrieron la furia de las olas del mar Caribe, el olor marino, la brisa salina y los atardeceres de ensueño, hasta desembarcar en el puerto de El Bluff. Recurrieron a familias ancestrales que las acogieron como empleadas domésticas a cambio de poca paga y trabajo en abundancia. Maravilladas, observaban los barcos bananeros en su incesante entrar y salir del puerto, provocado por la fiebre de la manzana tropical, en un mundo de hombres aventureros que desvanecían lujuriosos frente a sus encantos.
           
La mayor de ellas, Soledad, pronto sucumbió a las palabras de amor de Antonio, un joven de pocas palabras que se enamoró de ella desde que la vio. A escondidas de su familia se amaron por todos los rincones del puerto; amor desenfrenado y sincero que provocaba el enfado en la familia de su príncipe soñado: un joven de buena familia no podía sostener romance con una empleada doméstica. A los pocos meses, lo oculto quedó al descubierto y, por cobardía y temor a su familia, Antonio la abandonó con una criatura en sus brazos. Solitaria y angustiada, Soledad supo criar a su hijo y volvió a descubrir el amor; años más tarde contrajo matrimonio. Igual suerte tuvo Cristina, la menor.
           
Con el correr del tiempo, por ironías de la vida, Cristina se casó con Antonio quien reconoció un hijo ajeno; decisión conciente con la cual sanaba culpas de cobardía. Ambas formaron familias en el puerto y por siempre existió la enemistad entre ellas, heredada a cada uno de los nuevos miembros. Las heridas siguieron abiertas por un amor frustrado.
           
Una de las hijas de Soledad, María, se entregó a las pretensiones amorosas del hijo de Cristina, Ernesto. Nuevamente las heridas sangraron de rabia entre las familias. Se convirtieron en abuelas llenas de rencor, pero con el tiempo disfrutaron a sus nietos. Soledad le permitió a Cristina visitar a su nieta y por las tardes admitía que la llevara a su casa para que Antonio jugara con ella. El orgullo herido no lograba el olvido ni liberar de culpas a las nuevas generaciones.
           
Años después, Ernesto y María tuvieron otro hijo, se trasladaron a vivir en su propia casa en otra ciudad, alejándose del infortunio que había marcado sus vidas: ese furor amoroso en la juventud de Soledad y Antonio. Ambas quedaron viudas a la edad de sesenta años y el huracán Joan terminó de destruir sus vidas, alargando sus penas en un mar de escombros e incertidumbre. Sus hijos alzaron vuelo como aves marinas y, sin recursos para reconstruir sus vidas, acudieron donde Ernesto y María; ahora viven juntas, compartiendo sus últimos días de vida octogenaria con rezos del santo rosario y conversaciones de niñas, marcadas por lejanos recuerdos que sanan las heridas de sus vidas paralelas.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 26 de junio de 2011

lunes, 4 de julio de 2011

EN EL DIA INTERNACIONAL DEL COOPERATIVISMO

El sábado 2 de julio se celebró en Nueva Guinea el Primer Congreso Nacional Cooperativo en ocasión del Día Internacional del Cooperativismo. A eso de las diez de la mañana decidí ir a dar una vuelta para ver el ambiente. El acto se realizó en el polideportivo y había más de mil personas reunidas.

Comencé a tomar fotos y dos amigos, al verme, se levantaron de sus sillas para saludarme. “Ando solo, los de mi cooperativa no quisieron venir, se quedaron en Acoyapa”, dijo Agustín. “¿Hoy es el día internacional o nacional de las cooperativas?”, pregunté. “Internacional, se celebra en todo el mundo”, respondió Pablo. “Parece un mitin de campaña”, dije al escuchar las canciones que la simbolizan. “En las cooperativas hay de todo, sandinistas, liberales, conservadores, contras y hasta somocistas”, dijo Agustín. “Trabajadores, honrados, solidarios así como atenidos, bandidos y haraganes”, agregó Pablo. “¿Y el himno del cooperativismo?, ¿por qué no lo ponen?”, pregunté. “Pregúntale al que ameniza. De seguro se les olvidó”, dijo Agustín volviendo a ver al que hablaba en el micrófono.

Pablo se encontró con otros amigos y se los presentó a Agustín. Aproveché para despedirme y seguir tomando fotos. Me regresé a la casa antes que comenzara el acto y por la tarde le pregunte a Cristóbal cómo había estado. “Buenísimo, habló Hallesleven. Pero lo de mayor impacto fue lo que dijo un liberal que ahora apoya al gobierno”, dijo.

Las cooperativas han existido en Nicaragua desde los tiempos de José Santos Zelaya, quien introdujo al país las ideas del cooperativismo. En 1914 se funda la primera cooperativa de consumo y Augusto C. Sandino promueve cooperativas agrícolas en el río Coco, entre 1930 y 1934. En 1960 se fundan las primeras cooperativas de ahorro y crédito con el apoyo de Estados Unidos, a través de la Alianza para el Progreso. En 1971 el gobierno de Somoza promulgó la Ley General de Cooperativas, lo que permitió que FUNDE promoviera la organización de cooperativas de distinto tipo (transporte, ahorro, consumo, etcétera.). Hasta el año 1979, había inscritas 634 de distintos tipos, de las cuales solamente funcionaban 88.

Después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista (1979-1989) se formaron 2174 cooperativas. De ellas, 1685 eran agropecuarias, 58 de ahorro y crédito, y 73 de servicios. Además, el gobierno promulgó la Ley de Cooperativas Agropecuarias y Agroindustriales (Ley 84).
           
En el año 1990 se constituye la Federación Nacional de Cooperativas Agropecuarias y Agroindustriales (FENACOOP, R.L.) y, en año 2004, se aprueba la nueva Ley General de Cooperativas (Ley 499) en la que se plantea la creación del Instituto de Fomento Cooperativo (INFOCOOP). Se estima que en la actualidad existen más de mil cooperativas legalmente constituidas.

Las cooperativas, las empresas cooperativas, tienen varios retos y debilidades. Los hay internos, relacionados con la carencia de capital, poco dinamismo comercial, débil gestión y participación de sus miembros, así como en la integración con organizaciones de segundo o tercer grado. Todos esos problemas, vistos desde fuera y con perspectivas estrechas, conducen a veces a juicios descalificadores, tales como “ineficiencia”, “burocratismo” y “sectarismo”.

En el curso de su desarrollo histórico, el cooperativismo ha definido un conjunto de principios y valores que rigen su funcionamiento y estructura. Las formulaciones de tales principios han sido varias, pero coinciden en lo esencial; la más difundida es aquella que se conoce como “Principios de Rochdale” que, en síntesis, postula lo siguiente: un hombre-un voto, libre incorporación de nuevos socios, interés limitado de capital, distribución prorrata sobre las operaciones, educación cooperativa y, uno de los más manoseados, neutralidad política y religiosa.

En nuestro país, todo parece indicar que el movimiento cooperativo tiene las energías internas y prerrogativas de ley necesarias para superar sus problemas y limitaciones. La vía es la renovación, tanto organizativa como intelectual, cuyo hilo conductor es la búsqueda constante de mayor unidad entre la teoría y la práctica, con el fin de alcanzar una mayor articulación entre sus dimensiones económicas, sociales, culturales y políticas.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 03 de julio de 2011

jueves, 30 de junio de 2011

CONFUSION EN LA RED

La agregué como amiga en esa red social donde nos volvemos a encontrar con nuestros amigos de niñez y juventud, con antiguos compañeros de trabajo, con amigos y amigas de nuestros amigos, amigos “virtuales”, como se les llama. Su nombre me pareció conocido y compartimos sesenta amigos. Me llegó su petición de amistad y de inmediato me fui a su perfil; recorrí sus fotos y sus gustos.

“Una amiga más”, pensé. Con el correr de las semanas coincidimos en el chat y tomé la iniciativa de saludarla.

    Hola, ¿cómo estás? —escribí y di enter.

Pasaron los minutos y no contestaba. “Una mal educada más”, pensé y entré a los diferentes grupos a echar un vistazo en busca de algo novedoso. En Noticias de Bluefields leí sobre el acontecer de esa ciudad. En ello estaba cuando “pluump”, sonó la compu.

    Hola, mi amor —escribió.
    Hola guapa —respondí.

Eso de “mi amor” me puso inquieto, como atolondrado. Igual a un niño travieso a punto de cometer una fechoría bajé el volumen para reducir el “pluump”, por si las moscas.

    Sos un gran bandido, me dejaste esperando toda la noche —respondió.
    ¿Cuándo?, no puede ser, nunca te haría eso —escribí inquieto.
    Seguro que tu mujercita no te dejó salir.
    No digas eso —contesté.
    Es una mal educada, vieras lo que dice de mí —escribió.

“Debe estar confundida”, pensé. “Con alguien me confunde”, pero decidí seguir la conversación. Nuevamente el “pluump”, menos escandaloso.

    Quiero verte, no sabes lo mucho que añoro tu aroma.
    Es el desodorante.
    No, mi amor. Ese olorcito tuyo no se me pierde, lo estoy sintiendo en el aire.
    Como tan así. Estás exagerando.
    Esa mezcla de tabaco y colonia me eleva por los cielos, mi amor.
    Umm, creo que estás confundida.
    Tus besos, tus caricias, eso es lo que me tiene confundida.

Excitante estaba el chat. Ya iba por el quinto cigarrillo, cuando de pronto entró mi hijo Ronald a la oficina. “Ajá, estas chateado”, dijo. “Esta jaña está confundida”, respondí.  Se acercó para ver con quién chateaba y me dijo: “Papá, estás en mi página de perfil”. “Ideay, ya te he dicho que no uses mi computadora”, respondí. Inmediatamente salí de su página, entré a mi perfil y ella seguía conectada.

“Voy a seguir chateando con ella”, pensé y comencé nuevamente.

    ¡Hola, guapa!, ¿sigues allí?
    Hola, Don Ronald, ¿Cómo amanece?
    Bien gracias y vos.
    Aquí, en el trabajo, me saluda a su esposa, tengo que irme. Adiós.

Los cinco minutos de ese chat equivocado me dejaron pensando en las confusiones que se cometen diario. Por ello mi hijo se compró una mini laptop y yo le puse contraseña a la mía. Si usted se conecta en un ciber café, cierre su perfil y no permita que se guarde su contraseña. Siempre la busco, ¡cómo quisiera que continuara confundida!


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 30 de junio de 2011 

lunes, 27 de junio de 2011

¡IDEAY HOMBRE!, ¿QUÉ ESTÁS ESPERANDO?

El monumento. Nueva Guinea.
La asamblea comenzó a las diez de la mañana. Al llegar a la escuelita de la comunidad pocos esperaban, pero minutos después aparecieron en oleadas, mujeres, niños y niñas, jóvenes, adultos y viejos. Don Fernando y don Melvin, líderes comunitarios, en un inicio se mostraban inquietos, pero luego de media hora conversaban sonrientes con Anselmo al ver que sus vecinos atiborraban la escuelita.

Días antes, Fernando y Melvin, acudieron a la oficina. Fueron atendidos por Anselmo y, al concluir la reunión, pasaron visitándome. “Cuidadito no llega a la reunión con la comunidad”, dijeron y se marcharon. Luego apareció Anselmo confirmando la reunión. “Vamos a ir a Río Plata, la gente quiere que nos reunamos con ellos”, dijo preocupado.

Nos hicieron pasar frente al grupo. Eran unas cien personas y muchos de ellos se quedaron de pie, alrededor de las paredes de madera mohosas, devoradas por las insaciables larvas de polilla. Los rayos de sol iluminaban tenuemente el aula como intrusos, colándose a través de los orificios de las láminas de zinc oxidado. Me dio la impresión que el piso de madera no resistiría el peso de tanta gente reunida; don Melvin dio las palabras de bienvenida y seguidamente el pastor de una de las iglesias elevó oraciones al cielo pidiendo por su comunidad, por la mejora de su escuela, por las familias, por una paz duradera, dando gracias por nuestra presencia en su comunidad, por un día más de vida. Tras cada petición, la mayoría de los presentes respondían con alabanzas y aplausos.

Luego habló don Fernando. “Somos una de las comunidades más pobres y, hasta hoy, no hemos visto, desde hace casi un año, los beneficios”, dijo volviendo a ver a Anselmo. Volví la mirada hacia él como todos. Su rostro enrojecido, sus manos inquietas y sus labios comprimidos bajo su denso bigote delataban inconformidad. Estaba acostumbrado a no ser increpado, a hablar con propiedad frente a los campesinos desde su posición de líder organizador de cooperativas y productores, sin debatir sus decisiones. Su mirada se clavaba fija en el umbral de la puerta como buscando argumentos. Su idea central y única se basaba en apoyar a la gente con microcréditos para resolver la problemática de las comunidades. “Con el crédito producirán y con las ganancias podrán mejorar las condiciones de la familia y la comunidad”, decía.

Eran tiempos de posguerra. Comenzaba la década de 1990 y miles de familias retornaban a sus comunidades, luego de abandonarlas por temor a perder sus vidas en una guerra entre hermanos. Los repatriados llegaban por miles provenientes de Costa Rica para comenzar de nuevo. La desmovilización de los contras había comenzado al igual que miles soldados del Ejercito Popular Sandinista. Los caminos se encontraban abandonados, intransitables igual que ahora; la producción agrícola y el ganado eran inexistentes, la montaña estaba devastada por el paso furioso del huracán Juana, las casas, igual que la infraestructura escolar y sanitaria, estaban en ruinas. Iniciaba un nuevo gobierno y la gente mostraba sonrisas de esperanza, aliviados por el fin de los combates, de los estruendos provocados por los obuses, del constante aleteo de helicópteros vomitando fuego en combate, de ráfagas de balas y trazadoras destellantes al caer la noche y de enterrar a sus parientes e hijos. Las heridas entre sandinistas y contras aún no sanaban, la reconciliación apenas comenzaba. Las instituciones del Estado volvían a funcionar con las uñas, sin mucho que ofrecer. La desconfianza recorría las calles, los barrios, colonias y comarcas.

Al hablar Anselmo, les dijo que su papel como cooperativista y organizador de los campesinos era apoyarlos con la producción. Los invitaba a afiliarse a su organización, por medio de la cual gestionaría recursos. Estaba convencido que eran culpables de la derrota electoral y que no merecían ser apoyados. No lograba asimilar la derrota mediante los votos ni el cambio en su rol de líder campesino, acostumbrado a organizar cooperativas en tiempos de guerra, bajo las balas.

En la oficina, días después, a regañadientes aceptó la propuesta de apoyar a la comunidad de Río Plata con la construcción de un preescolar y la reparación de la escuela. En una ocasión visitamos juntos la comunidad para ver los avances del trabajo comunitario. Pocos participaban con trabajo voluntario. “Vamos donde Fernando”, dijo y caminamos en las calles lodosas hasta su casa. Al salir al patio, frente a su casa, le dijo: “¡Ideay hombre!, ¿Qué estás esperando? ¡Nadie trabaja en la comunidad!”. Sorprendido, don Fernando respondió: “están esperando que se les pague los días trabajados, lo que prometiste en tu oficina”.

Él mismo se daba a la tarea de boicotear el trabajo comunitario con diferentes artimañas, a través de los miembros de las comunidades afiliados a su organización. Con el tiempo logró convencerse que se debía apoyar a las comunidades en otras cosas además del crédito, pero era demasiado tarde. Abandonado quedó al descubrir que sus argumentos sobre la necesidad del crédito escondían el clientelismo y el oportunismo, al desembolsarlo a su gusto y antojo entre sus allegados. Al entregarle la carta dirigida al banco con el fin de eliminar su firma de las cuentas, bajó la mirada y, sin expresar palabras, firmó temblando y nos dimos la mano. Amigos y líderes comunitarios, en esos tiempos de posguerra, lo celebraron, “¡ya era hora!, ¿qué estabas esperando?”, dijeron. 


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 23 de junio de 2011

miércoles, 22 de junio de 2011

LA DEUDA SOCIAL CON EL CAMPO

Escuchaba por radio hablar sobre el problema que se enfrenta con miles de familias que abandonan el campo y que, al trasladarse a las ciudades, ejercen presión para que se les solucionen sus problemas. “Es un problema de Latinoamérica, de Nicaragua, es de todos, y nunca se podrá resolver por ningún gobierno. Es, como dice la canción, Pobre la María”, dijo el locutor. La gente del campo, los campesinos, principalmente los pobres, salen de sus parcelas y comarcas en busca de mejores condiciones de vida por el eterno abandono en que se encuentran. Siempre han enfrentado altos índices de pobreza, desigualdad, exclusión social y escaso acceso a recursos.

En el campo, los servicios de salud son inadecuados: los campesinos son atendidos por un médico o enfermera ocasionalmente, dos veces al año por medio de las jornadas de vacunación y cuando las brigadas de médicos atienden sus comunidades; el resto del año, padecen un sinnúmero de enfermedades sin poder tratarse. En el campo es donde se presentan los mayores índices de mortalidad materna y desnutrición infantil. Miles de campesinos recurren a curanderos para resolver sus problemas de salud y, al no lograrlo, deben cargar en hamacas a los enfermos, haciendo recorridos de hasta tres días para llegar a la unidad de salud más cercana de su comarca.

La educación en el campo es ineficiente debido a la carencia de infraestructura adecuada y maestros. Las aulas de estudio multigrado, en las que encontramos alumnos que cursan desde tercero hasta sexto grado, son reproductoras de una educación mediocre. Unido a ello, ningún maestro o maestra titulada desea ser trasladado al campo a sufrir junto al campesino sus carencias. Unido a lo anterior, los niños y niñas se incorporan en edad temprana a las labores agrícolas, abandonando las aulas de clase y, en la mayoría de los casos, también a la familia al alcanzar la mayoría de edad, pues van en busca de las oportunidades que faltan en sus localidades y migran a las ciudades o a otros países.

Las condiciones de las viviendas son precarias y se vive con alto nivel de hacinamiento. No tienen acceso al agua potable ni a energía eléctrica. Las mujeres deben recorrer grandes distancias para obtener el vital líquido de quebradas, ríos y ojos de agua. Se consume sin tratamiento básico, con consecuencias negativas en la salud familiar. Miles de familias no tienen la capacidad de adquirir un panel solar por el elevado costo del mismo; se ven obligados a depender del candil y la lámpara para tener un haz de luz en la vivienda.

Los campesinos, la inmensa mayoría de ellos, no acceden a servicios de asistencia técnica e innovación tecnológica, lo que limita sus potencialidades de producción. Los rendimientos productivos por unidad de área cultivada o por unidad animal son bajos por la tecnología tradicional que emplean en sus actividades. No acceden a recursos financieros por las elevadas cargas de la tasa de interés que aplican las organizaciones crediticias, lo que ha provocado un nivel de sobreendeudamiento en el campo. La mayor parte de ellos no son sujetos de crédito por las características propias de la actividad agropecuaria que es catalogada como de alto riesgo. Hasta hoy, los modelos de desarrollo han priorizado a los medianos y grandes productores considerados como los “viables” y con asistencialismo a los pequeños, “los perdedores”.

En el campo se presentan altos índices de violencia y delincuencial. Robos, secuestros, asesinatos y abigeo son parte de una realidad que obliga al campesino a vivir en constante temor y zozobra.

A pesar de estas limitaciones, son ellos los que con su esfuerzo, en las condiciones señaladas, nos garantizan los alimentos para disfrutarlos en nuestra mesa. Granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, frutas y verduras, carne bovina, porcina y aviar son parte de los productos que llegan a nuestros mercados, encarecidos por una endemoniada cadena de intermediación que, sin límites, se aprovecha de las condiciones de marginalidad en que se encuentran.

Cada año escuchamos que nuestra economía crece, que los niveles de producción agropecuaria se incrementarán con relación al ciclo anterior, que tendremos cosechas record, que los niveles de exportación de los principales rubros agropecuarios han crecido y que la generación de divisas proveniente de la actividad agropecuaria aumenta.

Si crecemos cada año, vale la pena preguntarse: ¿por qué no se logra mejorar las condiciones de vida en el campo? Nicaragua acarrea una deuda social con el campo, con miles de campesinos que viven precariamente. Esa deuda social impone prohibiciones injustas, que afectan las capacidades y las necesidades esenciales para el desarrollo personal y familiar. Esa deuda social viola sus derechos consignados en la Constitución Política y, desde el enfoque de derechos, se deben promover programas y proyectos para solventarla. Solamente con ese enfoque, sin exclusión, prebendas y clientelismo político, se logrará brindar oportunidades para desarrollar el campo y reducir el éxodo hacia las ciudades.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 18 de junio de 2011

lunes, 20 de junio de 2011

MAR, SIEMPRE MAR

Dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño, recorriendo imágenes con el fin de atraparlas, evitando que se desvanezcan de los recuerdos, el majestuoso mar se impone hasta perderme en sus aguas. No es un mar agitado, ni sus fuertes vientos con olas que revientan en la playa calman mis penas y angustias. Es calmo mar, que cambia de color azul turquesa por tonalidades amarillas y naranjas en el atardecer, al esconderse el sol entre las islas de Miss Lilian o los cayos de Utila.
           
A la orilla del mar vine al mundo. Además de mi madre, el mar siempre estuvo a mi lado. La vida de marino de mi padre me obligó a respetarlo. En mis oraciones de niño elevaba plegarias al cielo pidiendo por un mar generoso, abundante, protector, sin tempestades. Surqué sus aguas a edad temprana, disfruté su arena y sus olas en la playa de El Bluff; aprendí a admirar su belleza oculta a simple vista, sumergiéndome en las cristalinas aguas de Utila y Corn Island.
           
Descubrí los placeres de la pesca junto a familiares y amigos de infancia y juventud. En el muelle, al atardecer, junto a Gustavo, mi tío, aprendí la destreza en el uso del arpón, cazando, con el corazón desbocado, los mejores ejemplares en los cardúmenes de róbalo, frente a la casa de mi abuela Manuela, en el viejo muelle de la Texaco. Una fiesta de abrazos y gritos de alegría estallaban tras cada ejemplar atrapado que aleteaba en los tablones del muelle. Con Pablo, mi tío menor, navegando en la barra, cuchareábamos júreles y sábalo real, cuando las aguas estaban tranquilas, luego de cada periodo de fuertes lluvias. Con Pancho y Melá, en el muelle de la esquina de Miss Lilian, pasábamos las tardes en competencia de pesca por lograr los mejores ejemplares de roncadores que terminaban en la cocina de doña Juana Angulo, cubiertos de cebolla y tomate con tajadas de plátano, limón y el infaltable chile de cabro recién cortado del arbusto contiguo a la cocina.
           
Por mi abuelo Ernesto, en las diferentes visitas realizadas a la familia en Utila, comprendí que debía reconocer que en mí había una vena marina ancestral. Tres hermanos que salieron de Inglaterra hacia el nuevo mundo en busca de mejores condiciones de vida a finales de 1700, se disgregaron por el Caribe. Una línea de sangre permanece hoy en las Islas Caimán, en Belice, en Nueva Orleans y, la más cercana y conocida, en Utila. Marinos y pescadores la mayoría de ellos, surcaron las aguas del Atlántico, del Caribe y, la nueva generación, al conversar con ellos, indican los océanos en que se encuentran e imaginariamente me traslado a su lado para surcar esos mares.
           
El mar inmenso, inspirador de cuentos titánicos y aventuras, desconocido por muchos, sostuvo por más de tres décadas con su riqueza la economía de la Costa Caribe de Nicaragua, hasta que esos que no lo aprecian abandonaron las esperanzas de recuperar la economía de miles de familias que se sustentan del trabajo en sus aguas, de mestizos y creoles, de misquitos y garifunas, por cuentos de fantasías donde lo extraño priva sobre lo propio, donde las cifras pomposas de la inversión extranjera con muelles para ricos vagabundos llamados “marinas” sustituyen la pesca, un medio de vida milenario de nuestros pueblos y generadora de empleo digno, limpio y sostenible, sabiendo bien llevarlo. ¿Cuántos países no desearán tener la riqueza de nuestro mar? Basta conocer los conflictos marítimos de nuestro país para tener la respuesta.
           
Mar colosal, mar de riquezas y leyendas. Llegará el día que calmes con tus dones las angustias de tu pueblo Caribeño. Seguiré buscándote, caminaré en tus playas, navegaré en tus aguas, escribiré sobre tus pueblos y, al partir, descansaré al lado de los míos cubriéndome de tu arena bajo el cielo azul, disfrutando para siempre la fresca brisa del puerto que me vio nacer. Mar siempre, mar.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 19 de junio de 2011