El polvo de aquella mañana de marzo todavía parece flotar en el aire
cuando Josefa Mejía empieza a hablar. Han pasado más de cincuenta años, pero
ella lo recuerda con una claridad que estremece. El sol caía sin piedad sobre
la pista de tierra, el viento golpeaba de frente y un avión enorme acababa de
abrir su vientre para dejarla allí, sola, en medio de la montaña. Hoy está
sentada en el corredor de su casa de madera, pequeña y firme como siempre, y
sus ojos vivarachos siguen brillando como si el tiempo no hubiera pasado.
—Esos fueron los mejores años de mi vida.
Recuerda el avión enorme, como si una bestia hubiera abierto el vientre para vomitar en aquella montaña desconocida. Venía como damnificada del terremoto de Managua, igual que muchas. Otras venían buscando horizontes nuevos porque ya no había trabajo, porque estaban cansadas de servir en casas ajenas o de ver a sus familias explotadas en algodoneras y cañaverales.
Allí estaba ella, en el centro de la pista, con sus cositas dentro de un saco de bramante y un bolso de lona al hombro. El viento seco le alborotaba el pelo. El polvazal golpeaba de frente. Era un mes duro del verano.
Un hombre con lápiz y cuaderno preguntaba nombre y procedencia. Luego les indicaron caminar hacia una gran casa de campaña. Tres filas de gente. Aviones que aterrizaban y despegaban sin descanso. Cuatro bajaron esa tarde. Nadie conocía a nadie.
Le habían prometido tierra.
—¡Tierras, hija, tierras! —le dijo su mamá—. Probá suerte. Nada pedrés.
Pero vino la desilusión. La tierra solo se entregaría a parejas.
Aquella noche durmió bajo el alero de una iglesia recién construida. Varias mujeres solas hicieron un redondel y se acomodaron juntas. El frío de la madrugada las obligó a ovillarse. El calor humano fue el primer milagro en aquella montaña.
Al amanecer les dieron café, tortillas con cuajada y frijoles tiernos. El humo subía espeso. Se oían chicharras escondidas entre el monte cercano y el olor a tierra caliente mezclado con madera fresca recién cortada llenaba el aire.
Frente al rancho de paja, un hombre de lentes gruesos se subió a un tractor de oruga. Habló del proyecto, de colonizar aquellas tierras, de convertir el monte en producción, de futuro. La gente gritaba y aplaudía.
Hasta que volvió la advertencia: sin pareja, no había tierra.
Sintió la soledad como un machetazo. Pensó en Gilberto, su novio, que no quiso venir por miedo a la montaña y a los peligros. Allí entendió algo: el miedo no siembra nada.
Al día siguiente reunieron a los solteros. Mujeres a la izquierda. Hombres a la derecha.
—Mírense. Conózcanse. Decidan —dijo el administrador—. Todos
vinieron por un pedazo de tierra.
El viento soplaba fuerte sobre la pista. Ella miraba sin saber a quién mirar.
Y entonces lo vio. Moreno. Cabello negro, un poco crespo. Espalda
ancha. Ojos serenos. Se llamaba Julián. No habló mucho. Le dijo algo sencillo:
—Si vamos a sembrar, que sea para quedarnos.
No fue una declaración romántica. Fue una promesa de trabajo. Ella sintió que esas palabras pesaban más que cualquier miedo. Se emparejaron.
Les dieron tierra. Monte cerrado. Árboles gruesos. Lianas. Zancudos. El canto lejano de monos al amanecer. No había nada fácil.
Vinieron los años duros. Madrugadas con machete. Lluvias interminables golpeando el techo de zinc. Meses de sequías que cuarteaban la tierra. Hijos naciendo mientras el viento silbaba entre las tablas de la casa recién levantada.
Pero también llegaron las primeras mazorcas. Los frijoles verdes asomando. El olor a tierra mojada después del primer invierno. El maíz alto como esperanza.
La montaña dejó de ser amenaza. Se volvió hogar.
—Ha sido una gran aventura —dice ahora.
Desde el corredor mira a sus nietos correr descalzos por el patio. Uno tropieza y se levanta riendo. Julián sale despacio, con paso ya lento, pero firme. Los llama por sus nombres.
El sol de la tarde cae sobre los potreros que antes fueron monte cerrado. El viento mueve las hojas de los robles y las acacias.
Josefa lo mira a él. Luego mira la tierra. Y entiende que aquella muchacha que bajó del avión con miedo y un saco de bramante no perdió nada.
Ganó compañero. Ganó hijos. Ganó raíces.
Y en marzo seco, mientras el polvo vuelve a levantarse suave sobre el camino, Josefa sonríe. Porque sembró sin garantías… y cosechó un mundo entero.
21 de febrero de 2026.
Foto: Internet.



