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lunes, 12 de marzo de 2012

DESCONTROLADOS


Salgo a las calles de esta ciudad del sureste de Nicaragua asentada en el corazón de trópico húmedo; las recorro de este a oeste y de norte a sur. Llego al mercado a hacer las compras que mi patrona me encomienda, me dirijo al tramo de doña Mary, un tramo pequeño, situado en una esquina donde casi siempre está ocupadísima atendiendo a otros clientes o acomodando sus productos que saca y mete diario entre una hilera de tablas para protegerlos de “los amigos de lo ajeno”, aun cuando paga un vigilante con sus vecinas. Aprovecho su quehacer y meto mano en la canasta de bananos: uno, dos, tres y pregunto por el depósito de basura; “allí, debajo de esa mesa”, contesta sonriente. Le dejo la lista de las compras y camino hacia la sección de las comiderías, “¿amor que vas a comer?”, “¡vení papacito, aquí tengo esta sopita para controlarte los nervios!”, “tomá amor, esta tortilla calientita, como te gusta”, dicen halándome de la mano, descontrolándome las muchachas provocadoras que ahora les llaman “impulsadoras”, mientras las dueñas sonríen como si se dieran cuenta de lo que pienso.

Con ellas quisiera quedarme todo el día, así quién no, pero cómo dice Chico Vela, “chiva con el supervisor, tengo que estar con el ojo pelado, nunca se sabe”. La que hace las tortillas es una diosa del maíz, las palmea con encanto; toma masa con su mano derecha, la juega, la acaricia con la palma de sus manos cargada de fineza, hace una pelota, se queda como hipnotizada y de pronto vuelve su mirada de reojo en alerta hacia los clientes como tratando de descubrir si la observan. Dejo de mirarla, vuelve a la pelota y de una palmada la aplasta como recordando alguna pena o dicha, y adopta una posición de seguridad: abre sus largas piernas, mueve en círculos su cintura al ritmo que palmea la masa, le quita el plástico con maestría y la tira al comal ardiente. “¡Dame veinte tortillas!, ¡sos mi tortillera preferida!”, le digo. Es joven, alta, morena como la canela, pelo negro largo lleno de colochos y se pinta los labios de rojo. Mientras escoge las tortillas le cuento lo de la reina de la masa. “¡Ay señor, usted me descontrola!”, contesta sonriente y por instinto vuelve a tomar masa con su mano derecha.

Cargando la bolsa caliente decido ir a dar una vuelta por la terminal que recién han mejorado, cubriendo con concreto rígido la explanada frente a la caseta del parqueo de buses y camiones. Los comerciantes se quejaron porque el negocio se le había venido abajo al trasladar el estacionamiento frente al mercado, cerca de la esquina del movimiento. Como sucede en todo, “si no te quejas, no agarras”, dice Archibold; apresuraron el trabajo y ya está funcionando en su antiguo lugar, aun cuando faltan obras por finalizar. Terminal casi nueva, pero el mismo descontrol: camiones IFA con ciudadanos y ciudadanas sentados en bancas, los que agarran lugar, hacinados como sardinas enlatadas; el resto colgados o encima del techo para dirigirse a sus colonias en los desbaratados caminos de todo tiempo que unen la ciudad con ellas. El gobierno local echándole la culpa al MTI, quien no hace nada hasta que la gente se levanta y protesta por la mala calidad del trabajo de mantenimiento que hacen en los caminos, mientras los transportistas y sus “cooperativas”, bien que tal, tienen el monopolio del transporte y la venta de combustible, así quien no, se aprovechan del descontrol y de la vista “pachona” de las autoridades, porque hasta cantinas tienen que les llaman “automarket”.

Regreso donde doña Mary, cargo las compras y me dirijo a DISSUR. Ya no los aguanto, la cuenta no baja, sube y sube todos los meses. “Necesito que revise el consumo de energía de mi casa, ese medidor debe estar descontrolado”, le digo a la jefa de la oficina. “Usted consume 8.15 kwh por día”, contesta luego de hacer el cálculo según la factura. Le argumento que desde hace meses vivimos solos mi mujer y yo, que tengo un abanico, un televisor que lo encendemos por la noche al acostarnos para ver las noticias, una computadora, que le enciendo una bujillita a la virgen después de las seis de la tarde, una lámpara de cuarenta watts por la noche y una bujía ahorrativa. “Otras casas que hacen fiesta, llenas de gente y electrodomésticos pagan menos, necesito que me cambie el medidor”, insisto. “Pague esta factura y cuando le llegue la próxima haga el reclamo”, me dice sin respirar, sin parpadear, sin verme a los ojos, como un robot.

Debo pasar por el banco. La fila es interminable. A esa hora los depositantes cargan grandes bolsas llenas de dinero; los vende pollo, los vendedores de cerveza y ron, las microfinancieras que “tienen descontrolados a los campesinos, hasta el cuello”, como dice “el Pelón” de la UCA, los grandes comerciantes de ganado y la fila no avanza, la gente desespera. “¡“Viejo, hace fila”!”, dice el Guatuso que siempre anda la camisa mal abotonada. “Respetá mis canas, tengo prioridad por Ley”, le digo volviendo a ver al vigilante y me ubicó en frente de la ventanilla sin entrar en la fila. “¡Don Ronald, usted todavía no tiene sesenta años!”, dice Irlanda. “La cédula habla sola”, contesto. “Usted anda por los cuarenta y cinco, lo veo rejuvenecido como lechuga recién cortada”, dice y todos ríen a carcajadas. “Tres cuartos” mete su cuchara cuestionándome, tratando que ingrese a la fila y al decirle que sí dejara de pintarse el pelo tendría prioridad, se queda calladito. Al retirarse el cliente que atienden en la ventanilla tomo su lugar. La cajera que atiende está cansada, pero trata que no se le perciba sonriendo por obligación, “buenas tardes”, le digo y entrego la cédula y tarjeta. Al ver la cédula duda por segundos, me observa detenidamente, vuelve a sonreír, sonrisa verdadera, hace la transacción y, al concluir, entrega los documentos diciéndome en voz baja: “hoy todos andan descontrolados”.

Foto: Krieg de Sergio Orozco.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 10 de marzo de 2012

jueves, 29 de septiembre de 2011

DEL CAMPO NO ME VOY

Un hombre con sombrero, camisa a cuadros y gafas para el sol entró por el portón. Lo reconocí hasta escuchar su saludo. Era don Víctor Ríos Obando. Hace meses habíamos quedado en platicar sobre los viejos tiempos, cuando vino a fundar la “luz en la selva” que, junto con otros dieciséis, soñó. Entre pláticas, mostró un poema. “Lo estoy puliendo, acompañado de guitarras para cantarlo en el 47 aniversario”, dijo entusiasmado. En ese poema habla de don José Miguel Torres, el pastor que los trajo en 1965 a estas montañas. “Siempre nos aconsejaba: hermanos, no vendan sus tierras. Las palabras de don Miguel fueron como de un profeta, muchos campesinos hoy estamos sin tierra”, dice en una de las estrofas.

Los medios materiales de producción se constituyen con base en los recursos generados por la naturaleza, en su infinita variedad de elementos y energías de los reinos vegetal, animal y mineral. La conversión de ellos en factores económicos se verifica mediante el conocimiento de la actividad humana a través de variados procesos culturales, sociales, científicos y económicos. Con la información que brindan las ciencias físicas, químicas y biológicas sobre la materia y la vida, la cantidad y variedad de energías que han sido puestas al servicio de los procesos de producción es inmensa. La computadora y la red que permite comunicarme con miles de aparatos similares son ejemplo del nivel de sofisticación al que ha llegado la elaboración de la materia mediante la tecnología y el trabajo humano.

Pero no se trata únicamente de conocimiento. La tierra, como factor económico utilizado en la producción agrícola es sin duda un medio material, pero tiene connotaciones humanas especiales, subjetivas, que inciden en la mejora y expansión de sus potencialidades productivas. Para el hombre que trabaja, que vive de la tierra, ella es también el lugar que habita y en el cual despliega todas sus actividades. Algunas comunidades indígenas de la costa Caribe viven en armonía con la naturaleza, cuya relación comunitaria con la tierra, a la que consideran su madre, la madre tierra, les permite obtener alimentos mediante cultivos, recolección de frutos, crianza y caza de animales.

El avance del conocimiento biológico y agronómico ha permitido un considerable incremento de la productividad de la tierra cultivada pero, a pesar de ello, se da un hecho que los economistas clásicos llaman “rendimientos marginales decrecientes de la tierra agrícola”, fenómeno que, junto a la deuda social con el campo, incide en el constante desplazamiento de la población de los territorios rurales hacia la ciudad.

La concentración de la población en las ciudades ha sido considerada como uno de los efectos y causas del desarrollo económico. También es la causa y el efecto del tipo de desarrollo que ha seguido la sociedad actual: un desarrollo parcial, unilateral, centrado en la producción y acumulación de capitales y cosas. Para una parte de la población, el urbanismo y la industrialización, han significado un mejoramiento en la calidad de vida que ha llevado a alargar las expectativas de vida de la gente. A pesar de ello, existen indicios y hechos que señalan que ese camino parece estar llegando a ciertos límites y, si continúan estas tendencias, se darán condiciones para un deterioro progresivo del bienestar, calidad y duración de la vida.

La congestión vehicular, la contaminación ambiental, la pérdida de tiempo en el transporte urbano, la dificultad para recolectar y tratar los desechos que genera la producción y el consumo urbano, el consumismo que nos lleva a acumular cosas muchas veces inútiles y a desecharlas y cambiarlas por otras nuevas antes de obtener de ellas su utilidad, la drogadicción, la masificación y despersonalización de los ciudadanos, la pérdida de los valores familiares y comunitarios, el incremento explosivo de la delincuencia y su secuela de inseguridad para todos, así como otros fenómenos que se experimentan a diario en la vida urbana, son evidencia de que es necesaria una dinámica de desarrollo distinta si queremos realmente expandir nuestras potencialidades, mejorar nuestro bienestar y calidad de vida. Todo esto sin considerar que en las grandes ciudades se concentran en la periferia masas de población empobrecida y sufriente, cuyas expectativas y aspiraciones han llegado a ser estrechas.

La toma de conciencia de estos problemas está llevando a muchos a considerar con nostalgia una relación más sana con la naturaleza y a buscar nuevos modos de interactuar con ella. Para quienes tienen recursos suficientes se manifiesta en la posesión de una segunda casa en el campo, en la playa o pequeños pueblos cercanos a la ciudad, lo que les brinda satisfacción a tal grado que muchos llegan a experimentan felicidad y bienestar sólo en las horas y días de descanso fuera de la ciudad, alejados de su vida ordinaria.

¿Seremos testigos de un movimiento migratorio inverso al que hasta hoy predomina, a través del cual proporciones crecientes de población urbana se desplace hacia zonas rurales propiciando una distribución más equitativa de la población? Hay motivos para ser optimistas. En primer lugar, por la aspiración de muchos en lograrlo, debido a la inconformidad con la vida urbana y la creciente conciencia ecológica. En segundo lugar, por el avance en las comunicaciones e informática y otros adelantos tecnológicos que se desarrollan gradualmente en el campo, facilitando la opción y creando condiciones para no perder, en un contexto agrario, los beneficios que hasta ahora proporcionan las grandes ciudades, como el acceso a la información y la cultura. En tercer lugar, por procesos de descentralización política y administrativa que buscan cómo generar participación ciudadana y desarrollo cultural.

Para lograrlo es preciso, entre otras cosas, frenar la degradación ambiental, fortalecer el aparato estatal, elevar los niveles de inversión, articular a los diferentes sectores económicos y crear sinergia con los gobiernos locales sin importar sus colores partidarios.

“Yo amo la tierra, la naturaleza, ella es la fuente de todo lo que nos rodea, del campo no me voy”, dijo don Víctor al despedirse.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 25 de septiembre de 2011