jueves, 29 de septiembre de 2011

DEL CAMPO NO ME VOY

Un hombre con sombrero, camisa a cuadros y gafas para el sol entró por el portón. Lo reconocí hasta escuchar su saludo. Era don Víctor Ríos Obando. Hace meses habíamos quedado en platicar sobre los viejos tiempos, cuando vino a fundar la “luz en la selva” que, junto con otros dieciséis, soñó. Entre pláticas, mostró un poema. “Lo estoy puliendo, acompañado de guitarras para cantarlo en el 47 aniversario”, dijo entusiasmado. En ese poema habla de don José Miguel Torres, el pastor que los trajo en 1965 a estas montañas. “Siempre nos aconsejaba: hermanos, no vendan sus tierras. Las palabras de don Miguel fueron como de un profeta, muchos campesinos hoy estamos sin tierra”, dice en una de las estrofas.

Los medios materiales de producción se constituyen con base en los recursos generados por la naturaleza, en su infinita variedad de elementos y energías de los reinos vegetal, animal y mineral. La conversión de ellos en factores económicos se verifica mediante el conocimiento de la actividad humana a través de variados procesos culturales, sociales, científicos y económicos. Con la información que brindan las ciencias físicas, químicas y biológicas sobre la materia y la vida, la cantidad y variedad de energías que han sido puestas al servicio de los procesos de producción es inmensa. La computadora y la red que permite comunicarme con miles de aparatos similares son ejemplo del nivel de sofisticación al que ha llegado la elaboración de la materia mediante la tecnología y el trabajo humano.

Pero no se trata únicamente de conocimiento. La tierra, como factor económico utilizado en la producción agrícola es sin duda un medio material, pero tiene connotaciones humanas especiales, subjetivas, que inciden en la mejora y expansión de sus potencialidades productivas. Para el hombre que trabaja, que vive de la tierra, ella es también el lugar que habita y en el cual despliega todas sus actividades. Algunas comunidades indígenas de la costa Caribe viven en armonía con la naturaleza, cuya relación comunitaria con la tierra, a la que consideran su madre, la madre tierra, les permite obtener alimentos mediante cultivos, recolección de frutos, crianza y caza de animales.

El avance del conocimiento biológico y agronómico ha permitido un considerable incremento de la productividad de la tierra cultivada pero, a pesar de ello, se da un hecho que los economistas clásicos llaman “rendimientos marginales decrecientes de la tierra agrícola”, fenómeno que, junto a la deuda social con el campo, incide en el constante desplazamiento de la población de los territorios rurales hacia la ciudad.

La concentración de la población en las ciudades ha sido considerada como uno de los efectos y causas del desarrollo económico. También es la causa y el efecto del tipo de desarrollo que ha seguido la sociedad actual: un desarrollo parcial, unilateral, centrado en la producción y acumulación de capitales y cosas. Para una parte de la población, el urbanismo y la industrialización, han significado un mejoramiento en la calidad de vida que ha llevado a alargar las expectativas de vida de la gente. A pesar de ello, existen indicios y hechos que señalan que ese camino parece estar llegando a ciertos límites y, si continúan estas tendencias, se darán condiciones para un deterioro progresivo del bienestar, calidad y duración de la vida.

La congestión vehicular, la contaminación ambiental, la pérdida de tiempo en el transporte urbano, la dificultad para recolectar y tratar los desechos que genera la producción y el consumo urbano, el consumismo que nos lleva a acumular cosas muchas veces inútiles y a desecharlas y cambiarlas por otras nuevas antes de obtener de ellas su utilidad, la drogadicción, la masificación y despersonalización de los ciudadanos, la pérdida de los valores familiares y comunitarios, el incremento explosivo de la delincuencia y su secuela de inseguridad para todos, así como otros fenómenos que se experimentan a diario en la vida urbana, son evidencia de que es necesaria una dinámica de desarrollo distinta si queremos realmente expandir nuestras potencialidades, mejorar nuestro bienestar y calidad de vida. Todo esto sin considerar que en las grandes ciudades se concentran en la periferia masas de población empobrecida y sufriente, cuyas expectativas y aspiraciones han llegado a ser estrechas.

La toma de conciencia de estos problemas está llevando a muchos a considerar con nostalgia una relación más sana con la naturaleza y a buscar nuevos modos de interactuar con ella. Para quienes tienen recursos suficientes se manifiesta en la posesión de una segunda casa en el campo, en la playa o pequeños pueblos cercanos a la ciudad, lo que les brinda satisfacción a tal grado que muchos llegan a experimentan felicidad y bienestar sólo en las horas y días de descanso fuera de la ciudad, alejados de su vida ordinaria.

¿Seremos testigos de un movimiento migratorio inverso al que hasta hoy predomina, a través del cual proporciones crecientes de población urbana se desplace hacia zonas rurales propiciando una distribución más equitativa de la población? Hay motivos para ser optimistas. En primer lugar, por la aspiración de muchos en lograrlo, debido a la inconformidad con la vida urbana y la creciente conciencia ecológica. En segundo lugar, por el avance en las comunicaciones e informática y otros adelantos tecnológicos que se desarrollan gradualmente en el campo, facilitando la opción y creando condiciones para no perder, en un contexto agrario, los beneficios que hasta ahora proporcionan las grandes ciudades, como el acceso a la información y la cultura. En tercer lugar, por procesos de descentralización política y administrativa que buscan cómo generar participación ciudadana y desarrollo cultural.

Para lograrlo es preciso, entre otras cosas, frenar la degradación ambiental, fortalecer el aparato estatal, elevar los niveles de inversión, articular a los diferentes sectores económicos y crear sinergia con los gobiernos locales sin importar sus colores partidarios.

“Yo amo la tierra, la naturaleza, ella es la fuente de todo lo que nos rodea, del campo no me voy”, dijo don Víctor al despedirse.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 25 de septiembre de 2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

OLEAJE DE MIGRANTES

En este pedacito de tierra me encuentro casi solo. Mi familia nuclear emigró hace muchos años, alzaron vuelo como aves marinas, unos por instinto y otros, por la tragedia se elevaron hasta el cielo. Por mi abuelo paterno, Ernesto, en visitas realizadas a la isla de Utila, comprendí que debía reconocer que en mí había una vena marina ancestral. Tres hermanos que salieron de Inglaterra hacia el nuevo mundo en busca de mejores condiciones de vida a finales de 1700 se disgregaron por el Caribe. Una línea de sangre permanece hoy en las Islas Caimán, en Belice, en Nueva Orleans y, la más cercana y conocida, en Utila. Marinos y pescadores la mayoría de ellos, surcaron las aguas del Atlántico y del Caribe.

Mi padre, un marino que llegó al puerto de El Bluff sin poder pronunciar con claridad palabras en español, navegó en sus años mozos los mismos mares que sus ancestros. El auge del banano marcó el rumbo a diferentes líneas navieras y, a la edad de 20 años, desembarcó del “Vaisson” sin pensar que en esa península encontraría el amor de su vida. Mi abuelo paterno, Felipe, legendario responsable de la bodega de la aduana, entabló amistad con aquel joven que cada dos meses regresaba de sus viajes y conoció a mi madre. Mi abuela materna, Manuela, permitió que realizara su cortejo en la casa, mientras vigilaba en la sala las intenciones del marino que hablaba todo raro.
           
Manuela y Felipe, llegaron al puerto ya casados. Él de Granada y ella de Honduras, navegaron el Río San Juan haciendo estaciones en El Castillo y la barra de El Colorado donde se embarcaron en lanchas, descubriendo, sin nunca separarse, la furia de las olas del mar Caribe, el olor marino, la brisa salina, los amaneceres donde el sol es más inmenso en el horizonte y los atardeceres celestiales. Entre torrenciales aguaceros y vientos huracanados se asentaron floreciendo en prosperidad su familia.
           
Mi madre, Ofelia, debió esperar la mayoría de edad para casarse con mi padre, cosas de esos tiempos. Nací al lado de la casa de mis abuelos, junto a ellos crecí. Mi padre me conoció después de concluido uno de sus viajes. Junto a mis hermanos menores, mi madre nos dedicó el amor, el cuido abnegado y logró aminorar el peso de la ausencia del marino en el hogar. Con el tiempo, mi padre dejó de navegar por el mar Caribe, se convirtió en capitán de barcos camaroneros con el auge de la pesca industrial y llegaron otros de distintas nacionalidades: franceses, gringos, españoles, mejicanos y cubanos que huían de la revolución.

Crecimos con la alegría a nuestro lado, sin temores, sin vallas que nos limitaran más allá que el horizonte del mar y la interminable costa caribeña. Desde niños nos embarcamos en una travesía de sueños al cruzar la bahía de Bluefields todos los días en busca de las letras, luego migramos hacia Managua e ingresamos a la universidad. Descubrí el recelo, las malas intenciones, la falsedad, el arribismo y comprendí el significado del “güegüense”. Comí tortilla como bastimento en vez de pan de coco y banano cocido, el vaho por su parecido al rondón aunque seco, la algarabía de una fritanga aceitosa, añorando los olores y sabores caribeños. Aprendí los números, el recorrido de las rutas de buses y cómo evitar el asalto y el robo que hacen en ellas luego que dejaron señas de una cadera de oro en mi cuello. También floreció el amor, después que las vacaciones fueron para la eternidad.
           
La guerra del 79 me sorprendió de vacaciones en El Bluff, mientras el resto de la familia quedó entrampada en Managua. Desde el puerto pude observar un oleaje migratorio provocado por la guerra. Los enormes barcos mercantes, que antes salían repletos de mariscos, bananos y madera, llevaban miles de personas: funcionarios del gobierno de Somoza, familias sin antecedentes políticos, prósperos empresarios de Bluefields, todos huyendo por temor a las represalias que “revolucionarios” caribeños pudieran emprender en su contra y al “sandino-comunismo” que las radioemisoras escuchadas en el caribe promulgaban.
           
El país estaba paralizado, debatiendo su destino por las balas y los guardias del puerto nerviosos. Reunidos frente a la capilla con varios amigos, un grupo de guardias, entre ellos un viejo conocido de la familia, me sacó del grupo tomándome del cuello y, frente a todos, me amenazó de muerte. “Vos sos uno de ellos” dijo, mientras Poló intercedía a mi favor. “Ándate a la Colonia donde tu tío Simeón, allí no te van a encontrar”, dijo Poló y, dos días después, mi tío pedía en el cuartel de la guardia el zarpe con mi nombre y el de su familia hacia Utila sin sellar mi pasaporte.

Nos volvimos a reunir en Utila y luego regresamos a Managua. Ingresamos nuevamente a la universidad y la euforia de esos años me embriagó. Por la crisis económica, mis padres vendieron la casa de Managua y se fueron a vivir a Corn Island. Mi hermana se separó de su “mal exmarido” y se trasladó a vivir con mi hermano, mientras yo me acomodaba con mi mujer y mis hijos en la casa de una granja que administraba. Una beca de la universidad le fue otorgada a mi hermano y partió hacia México a hacer una maestría. Mis padres abandonaron definitivamente el país trasladándose a Utila y, meses después, mi hermana, con sus dos hijas, los acompañó. Para las elecciones de 1984 las cosas se pusieron feas. Los socialistas dominaban la empresa donde trabajaba, amparados en su alianza con el FSLN y me trasladé a Juigalpa con mi mujer donde me convertí en maestro y funcionario de gobierno sin renunciar a mis ideas. Mi hermano regresó de México, continuó dando clases en la UCA y meses después partió definitivamente a los Estados Unidos con su mujer, una gringa de clima frío.

A pesar de la guerra de los ochenta, la exclusión y marginación social de los años 90, los discursos en tarimas llenas de flores, batallas de piedras y garrotes, élites pseudo revolucionarias que se enriquecen de la miseria del pueblo, violaciones de la constitución y cortes de chaleco a la institucionalidad del país en estos nuevos tiempos, aprendí, sin ser marino porque mi padre siempre lo evitó, que en el arte de navegar no importan los vientos sino como se acomodan las velas para fijar el rumbo sin incertidumbre, por ello, nunca he pensado abandonar mi tierra. A finales de los años noventa perdí a mi madre y un año después a mi padre

Con decisión y entusiasmo emprendí un largo camino recorriendo este país, acompañando siempre a los más necesitados, hombres, mujeres y niños, brindándoles la mano, tejiendo sueños de una mejor vida a su lado. Mis hermanos viven en “la yunai”, son gringos, siempre estoy pendiente de ellos y a veces los visito. Me enamoré del trópico húmedo donde cosecho nietos y un día los llevaré a mi vieja playa, esa franja costera con menos de cien metros de ancho que ha recibido a manos abiertas varios oleajes de migrantes y une mis raíces y mi sangre con el resto de Nicaragua.


Foto: Arpillera de Nydia Taylor. "Eating mangoes on the beach".

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 18 de septiembre de 2011

domingo, 25 de septiembre de 2011

EL DÍA NACIONAL DE LA BIBLIA

El último domingo del mes de septiembre se celebra el Día Nacional de la Biblia según decreto de la Asamblea Nacional No. 3317, aprobado el 15 de julio de 2002 y publicado en La Gaceta No. 149 del 9 de agosto del mismo año.

Dicho decreto indica que las instituciones públicas y privadas, en celebración del Día Nacional de la Biblia, podrán celebrar actividades públicas o privadas y gozarán de las prerrogativas de protección que las autoridades policiales deban ofrecer. También establece que queda exenta de toda carga tributaria la distribución, producción y difusión de la Biblia en todo el territorio nacional.

El día de la Biblia se celebra en varios países aunque no coinciden necesariamente en la misma fecha. Es celebrado por diferentes grupos religiosos que la utilizan, entre ellos: evangélicos, católicos romanos y ortodoxos.

La Sociedad Bíblica ha sido la responsable de impulsar la campaña de la celebración del mes de la Biblia, el cual es el mes de septiembre. ¿Por qué el mes de Septiembre? Por varias razones. Para los católicos porque el 30 de septiembre es el día de San Jerónimo, el hombre que dedicó su vida al estudio y traducción de la Biblia al latín. Para los evangélicos porque el 26 de septiembre de 1569 se terminó de imprimir la primera Biblia traducida al español por Casiodoro de Reina llamada “Biblia del Oso”. Se llamaba así porque la tapa de esta Biblia tenía un oso comiendo miel desde un panal. Esta traducción, que posteriormente fue revisada por Cipriano de Valera, dio origen a la famosa versión “Reina Valera”.

La Biblia es el libro más vendido de todos los tiempos, es el “best seller” de la humanidad. Se estima que más de 3 mil millones de biblias han sido vendidas aunque muchos consideran que la cantidad es mayor.

Yo tengo mi Biblia. La leo de diferentes formas, cada quien tiene su estilo. A veces me guío con el calendario católico y a veces la abro al azar. De cualquier forma, siempre encuentro en sus escritos una luz que ilumina mi camino, un mensaje que supera mis pesares. Los invito a darle una leída de vez en cuando, vale la pena, sus escritos te llenaran de esperanza, de paz y descubrirás que en estos tiempos de desarrollo tecnológico y comunicacional, sufrimos los mismos males por los que millones murieron tratando de construir un mundo mejor para todos. ¡Que viva la Biblia!


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
25/09/2011

viernes, 23 de septiembre de 2011

AQUÍ NO ME DEJARON HABLAR, PERO ME INVITAN A HACERLO EN EL PARLAMENTO EUROPEO

Las festividades del 14 y 15 de septiembre llenaron de alegría a Nueva Guinea. El día 14 desfilaron los diferentes colegios del casco urbano con sus bandas musicales, gimnasia rítmica, estandartes de los colegios, mantas alusivas a las festividades, alumnos y alumnas mostrando orgullosos cintas de excelencia académica. Fueron la atracción de miles pobladores que llenaron la calle principal de la ciudad para observarlos, tomar fotografías y salir de la rutina diaria. Luego del desfile se congregaron en el estadio municipal donde se realizó un acto, como en el resto del país, para conmemorar la batalla de San Jacinto. El día 15 se reunieron todos los colegios en el mismo estadio, se dio lectura al Acta de Independencia de Centroamérica proclamada hace 190 años y, posteriormente, lo que el pueblo ansioso esperaba llenando el estadio, los colegios hicieron presentaciones por diez minutos de sus destrezas con la gimnasia rítmica y banda musical.
           
Pero algo me llamó la atención. La bandera del partido de gobierno, la roja y negra, no ondeaba al lado de la azul y blanco de Nicaragua. “Ve hombre, qué bonito se mira el estadio, lleno de los colores que nos cobijan a todos sin exclusión”, pensé y se lo comenté a uno de los funcionarios del poder ciudadano que, sentado bajo una carpa escapando del intenso sol, asistía como invitado especial. “Es la orientación recibida”, respondió. “Y muy atinada”, respondí.

El acto del 14 fue cortito, rapidito terminó, como quien dice “mañana es el gran día”. Y lo fue, porque el acto del 15 duró desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde. Fue un acto alegre, estadio repleto de gente, con las barras divididas, la del colegio Salinas Pinell a la izquierda y la del Instituto Rubén Darío por la derecha, como siempre ocurre.
           
También me di cuenta que el alcalde de Nueva Guinea no participó en estos actos. Independientemente de que sea liberal del PLC, es el primer ciudadano del municipio, electo por la voluntad de los ciudadanos con el 63 por ciento de los votos y debió presidir estas fiestas, hablar en los actos, decir sus palabras. Tampoco participaron los otros miembros del Consejo Municipal. El MINED y el poder ciudadano, el FSLN, organizaron y dirigieron las actividades de esos dos días.

Si el alcalde hubiera participado, hablando o leyendo el acta de la independencia, los colores de nuestra bandera, el azul y el blanco, hubieran brillado con mayor intensidad porque los símbolos se concretizan, se hacen realidad cuando somos capaces de superar la ceguera partidista que nos nubla ante eventos que deberían unirnos a todos sin excepciones. Es urgente que esta situación se supere porque, de lo contrario, los ciudadanos comunes y corrientes seguiremos sufriendo las consecuencias del recelo, la carencia del trabajo conjunto y coordinación entre gobierno local y las instituciones del Estado, la intolerancia partidista que se da entre ellos y que frenan el desarrollo económico y social.

Un día de estos escuché al alcalde, Denis Obando, por la radio: “Aquí no me dejaron hablar en las fiestas patrias, pero me invitan a hacerlo en el Parlamento Europeo”, dijo. Va para allá, ojalá que su mensaje sea en beneficio del municipio.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 22 de septiembre de 2011

miércoles, 21 de septiembre de 2011

LAS GÜIRILAS DE DOÑA PAULA URBINA

Son exquisitas, de maíz recién cosechado, tiernito. Son palmeadas con las manos laboriosas de doña Paula luego de destusar la mazorca, desgranar, moler el grano y hacer la masa. Con recelo, no era de esperarse de otra manera, explica el proceso que realiza para ganarse la vida en una de las esquinas de Nueva Guinea, contiguo a la rotonda de “los cuatro evangelios”.

A través de una cadena familiar, desde la parcela le llevan las mazorcas y oferta sus güirilas a diez córdobas con una rodajita de queso y el apoyo de sus hijas que las acomodan en el fogón para darles el toque mágico que atrae a los compradores. No escapa del pago de impuestos municipales, cumple con la ley. Vende más de trescientas al día, depende de la ocasión. Con su esfuerzo y el de su familia se gana la vida aprovechando la temporada de las milpas florecidas, llenas de mazorcas.

Si sacamos cuenta, tiene ingresos de noventa mil pesos al mes, más o menos. Si descontamos sus costos, entre ellos, las mazorcas, el transporte de la parcela al sitio, la molida del grano, las hojas de chagüite, el quesito, el carbón, la depreciación del fogón y la parrilla, las bolsas de plástico, el pago a la alcaldía, su propio esfuerzo y el de sus hijas que le ayudan, no le va mal, se gana la vida al igual que miles de pequeños comerciantes de este país para sostener a la familia.

El trabajo de Doña Paula es un ejemplo de la economía popular, familiar, donde la solidaridad entre sus miembros es un factor clave que se combina con otros para salirle al frente a la adversidad. Al igual que doña Paula, cientos de miles de nicaragüenses, con su esfuerzo y emprendimiento salen adelante a pesar de la crisis económica en que vivimos.

Aquí les dejo el vídeo de Doña Paula.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
21/08/2011





lunes, 19 de septiembre de 2011

BLUEFIELDS: VIDA COMUNITARIA EN LAS CALLES Y ESQUINAS

La tradición de la gente de Bluefields, “los bluefileños”, es cosa aparte. No he encontrado un lugar en mi bello país donde se manifieste como en mi querido Bluefields. Mi ciudad de campos azules tiene una tradición que no sólo se manifiesta en la comida (rondón, gallo pinto con coco, patti, etcétera), o en el ritmo caribeño llamado Palo de Mayo. No es sólo eso. Es la alegría de vivir la vida, es el orgullo caribeño que por generaciones ha mantenido ese algo que cualquier visitante lo puede ver y sentir. Muchas veces, lo pasamos por alto porque no lo valoramos; me refiero a vivir la vida en constante comunidad, en un espacio que es de todos: las calles de Bluefields y sus añoradas esquinas. Sí, los bluefileños vivimos y hacemos comunidad en la calle, en las esquinas. Las esquinas de Erasmo, de Wing Sang, la esquina del duqui y muchas otras, son puntos de encuentro y reunión de los habitantes de Bluefields.
           
Las calles y sus esquinas son el nervio y pulso de mi ciudad. La vida nocturna comienza en las esquinas que son punto de encuentro de hombres y mujeres, para compartir lo bueno y lo malo del día. El día se concretiza al caer la tarde y culmina con el encuentro en la calle. La calle y esquina fortalecen los lazos de amistad y compañerismo entre los bluefileños, alimentados por la fresca brisa de la bahía. Todo cambia después del encuentro en la esquina. Nos sentimos con nuevos impulsos para continuar en la búsqueda constante de algo que nos mueve, nos cuestiona, nos obliga a buscar al otro para juntos discutir, hablar, analizar, soñar.

Todo puede suceder en ese encuentro: discutir sobre la problemática nacional, sobre la autonomía, la gestión del alcalde, sobre los precandidatos a la alcaldía, los aspirantes a diputados, la falta de empleo, el gobierno regional y los concejales regionales, del poder ciudadano, se habla de todo. Además de hablar, se concretizan cosas que se convierten en realidades: el encuentro entre novios y amantes, la organización de una fiesta no programada, la visita inesperada a un amigo que después de trabajar largos meses embarcado ha regresado de vacaciones, la búsqueda constante de consenso para hacer propuestas de cara a mejorar la gestión pública.

Pero no todo es agradable, al menos no todo el tiempo lo ha sido. Actualmente, la calle después de determinadas horas se ha convertido en un sitio inseguro para los bluefileños y los que visitan la ciudad. Ese mal que aqueja a la sociedad bluefileña irrumpió sin invitación, invadiendo el espacio en que construimos comunidad. El tráfico de drogas ha desfigurado ese gran valor que por años ha sido orgullo de los bluefileños, igual que los actos de delincuencia que cada vez se tornan más violentos. Pero desde la misma vida comunitaria que construimos en las calles y esquinas, podemos y debemos combatir esos males que nos aquejan. Si la calle y esquinas son los puntos de encuentro y reunión, también son el punto para iniciar el proceso de eliminación de estos males que, poco a poco, van desfigurando la vida social heredada de generaciones y que es el orgullo de los habitantes de Bluefields.

Antes se decía que la seguridad ciudadana en Bluefields era mucho mayor que en otras ciudades del país. No debemos dormirnos frente al acecho creciente de esos males que, gradualmente, van carcomiendo la tradición. No lo podemos permitir. ¿Qué podemos hacer, desde la tradición de vivir y disfrutar la vida en las calles y esquinas, para combatir esos males?

Muchas son las respuestas, estoy seguro. Desde mi perspectiva, tres grandes cosas podemos hacer: en primer lugar, declarar que la vida en la calle y las esquinas es un patrimonio heredado por nuestros ancestros y que nunca jamás vamos a tolerar que esos males terminen con eso que es parte de nuestro orgullo; una segunda acción es hacer trabajo en las calles y esquinas, dirigidos a la prevención del delito y recreación de nuestros jóvenes (hombres y mujeres) con programas elaborados y ejecutados por el gobierno municipal y las delegaciones ministeriales (MIFAMILIA, Policía Nacional, Ministerio de Gobernación, etc.), las organizaciones civiles sin fines de lucro que en sus principios contemplan actuar en ese sentido y las diferentes iglesias, principalmente la Morava y Católica. No se requieren muchos recursos económicos ni financieros, porque basta con insertarse en ese mundo de las calles y esquinas para lograrlo. Por ultimo  debemos promover y rescatar la mejor calle y esquina, con sus mejores acciones desarrolladas en beneficio de la comunidad, se trata de regresar a la misma comunidad. Se requiere capitalizar ese gran valor que existe en la sociedad blufileña: la alegría de celebrar la vida, de buscarnos y juntos hacer y soñar. ¿Qué no se podría hacer desde las calles y esquinas por nuestra ciudad?
           
Cuando los bluefileños no estamos en nuestra ciudad, ya sea en Managua, en otro país, en cualquier lugar que no es Bluefields, siempre estamos atentos a buscarnos para encontrarnos, ya no en la calle y esquina, sino en el centro de Miami, en los sitios caribeños que han proliferado en Managua, en las casas de los amigos y amigas, para seguir haciendo realidad ese legado que hemos heredado y que forma parte de la vida de los bluefileños.

Foto: Arpillera realizada por Nydia Taylor, "Ribon Pole".

Ronald Hill Álvarez
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com

sábado, 17 de septiembre de 2011

BANDA MUSICAL Y GIMNASIA RÍTMICA DEL INST. NACIONAL SALINAS PINELL DE NUEVA GUINEA

Parte de la presentación del Instituto Nacional Salinas Pinell de Nueva Guinea en el acto del 15 de septiembre efectuado en el estadio municipal de Nueva Guinea.






Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
17 de septiembre de 2011.

viernes, 16 de septiembre de 2011

BAILE DE PAJARITA DE LA PAZ

La Compañía de Danza Infantil Nicaragüita de Nueva Guinea baila PAJARITA DE LA PAZ en el acto del 15 de septiembre. Integrantes del grupo: Mercedes Benítez, Verania Borges, Alexandra Urbina y Juliana García.

Aquí les dejo el vídeo.