martes, 4 de septiembre de 2012

EL PRÁCTICO

De la programación semanal, elaborada por la aduana en conjunto con las agencias aduaneras, dependía su labor y paga; señalaba la ruta de los barcos mercantes que entraban y salían por la barra a través de un canal imaginario, sin boyas ni indicios que marcaran la ruta a seguir, evitando que encallaran llenos de mercancías en el seco estrecho color terroso existente entre la isla del Venado, la isla de Miss Lilian, el casco hundido del Jamaica y el promontorio rocoso de la península que se extiende amenazante bajo la quilla de los barcos al atravesarlo. En tierra firme, disfrutando la comodidad del corredor de su casa de madera y tambo ubicada en el barrio “Tres Cruces”, pintada de verde con ribetes blancos en marcos de puertas y ventanas, esperaba atento el llamado por radio para acudir, en una pequeña embarcación de madera, al auxilio de experimentados y diestros capitanes de navíos que ondeaban banderas de diferentes nacionalidades.

Todos lo conocían como “el práctico”, pero su nombre era Frank. Arriesgaba su vida al abordar los barcos en altamar, maniobrando su lancha al vaivén de las olas, apareándola a sotavento con el casco del navío en movimiento para subir en escaleras de gruesas sogas marinas a la cubierta. Brindaba el primer saludo a los tripulantes y al capitán, liberándolos de riesgos y preocupaciones con sus indicaciones hasta atracar en el muelle de la aduana, donde una comitiva conformada por agentes aduaneros, el capitán de puerto y oficiales de aduana, esperaba ansiosa al escuchar los pitidos alegres del buque, desplazándose lentamente sobre las aguas mansas de la bahía.

Desde la cubierta del barco, situado lateralmente a unos veinte metros del muelle, con la fuerza de sus motores haciendo girar las hélices que alborotaba las aguas contra la corriente, los marinos lanzaban una pelota pesada del tamaño de una manzana adherida a las gruesas amarras por un mecate fino que al caer los estibadores atrapaban y halaban hasta engancharlas en los amarraderos metálicos. Frank seguía con atención la maniobra y, una vez atracado el barco, se despedía del capitán, quien menos tenso y agradecido le hacía regalías: chocolates, caramelos, cigarrillos y licores. Tras la orden del capitán, los ansiosos tripulantes bajaban la escalera de acceso al barco hasta afirmarla con seguridad en el muelle. Frank era el primero en bajar, recibía el saludo y felicitaciones de la comitiva que se disponía a abordar ante un gentío curioso que se aglomeraba en el muelle, confundiéndose con los estibadores; se escuchaban saludos, gritos de alegría, citas nocturnas, buenas y malas nuevas desde el barco y el muelle, mientras la comitiva subía con el inspector de aduanas encabezándola.

De pie, sobre el balcón del segundo piso del edificio de la aduana, el coronel Alma de niño observaba satisfecho los movimientos en sincronía del personal en el muelle y con gentileza saludaba al capitán, moviendo sus manos temblorosas, en señal de bienvenida al puerto. “Sin Frank estamos perdidos”, le decía con su voz entrecortada a Zoilo, su asistente, al verlo abordar su pequeña embarcación de madera para dirigirse a Bluefields, mientras la inspección rutinaria se desarrollaba: revisaban manifiestos de carga, documentos de la tripulación y equipaje, el estado sanitario, las bodegas y cubierta, y las normas de seguridad, concluyendo en la cabina del capitán donde eran invitados a degustar platillos para la ocasión y brindar por el feliz arribo y una placentera estancia en el puerto. Bajaban contentos con bolsas llenas de regalías que posteriormente compartían con sus familiares y amistades.

Las plumas del barco elevaban los fardos de mercancía importada en redes de mecate hasta bajarla en el muelle y con agilidad los estibadores la trasladaban en carretillas de mano y de cuatro ruedas a la inmensa bodega sin detenerse hasta altas horas de la noche, acudiendo por turnos a degustar su cena de platos caribeños que el cuque preparaba en una vieja casa de madera cercana al muelle. Los marinos regresaban embriagados de las cantinas, cantando canciones y extasiados del amor que obtenían con regalías y pocas monedas, mientras ellos seguían en su labor.

A las siete en punto de la mañana, cinco campanadas daban el aviso para comenzar nuevamente y los agentes aduaneros revisaban las mercancías con documentos en mano para cancelar aranceles y trasladarla a Bluefields en lanchones de carga, donde atiborraban establecimientos comerciales de chinos, árabes y nacionales. La ciudad se mostraba esplendorosa con la actividad comercial que mantenía iluminada y llena de vida sus calles y avenidas, donde sus habitantes adquirían artículos importados de primera a bajos costos, orgullosos de su ritmo y calidad de vida.

Finalizado el descargue, planas y lanchones se juntaban al barco para llenar sus bodegas con productos de exportación: bananos, ganado en pie, madera preciosa y mariscos. Al atardecer, el práctico retornaba al puerto en su pequeña embarcación. El capitán del navío sonaba el pitillo, ahora con un tono ronco, anunciando su salida. Las amarras se soltaban, las aguas volvían a alborotarse al girar a babor contra la corriente y Frank trazaba la ruta segura hacia las aguas azules que enlazaban la ciudad y el puerto con otras culturas caribeñas.

Ronald Hill A.
Viernes, 24 de agosto de 2012

viernes, 24 de agosto de 2012

DE ESPALDA AL MAR

A través del mar llegaron tras la búsqueda de sueños por alcanzar una vida mejor; construyeron fortalezas, dispararon cañones contra enemigos y concentraron sus casas frente a un largo andén, dándole la espalda, como avergonzados de su brisa y oleaje. Solamente el viento, un faro y las costas lo vieron de frente sin abandonarlo. El mar los llenó de riquezas, vinculándolos con otros países y culturas, sustentándolos con su vida abundante.
        
Miraron más allá del mar, hacia tierra firme, hacia las montañas azules y las grandes ciudades. Poco a poco, solamente quedaron los viejos porque sus hijos abandonaron, tras un viaje sin retorno, la tierra que los unía al mar, buscando los mismos sueños de sus antepasados. Ni a sus muertos le permitieron que le dieran la cara, los enterraban sin permitir que sus rostros disfrutaran su brisa. Otros los reemplazaron, sin raíces profundas continuaron dándole la espalda. La luz del faro sobre sus olas se apagaba y sus costas, antes alegres, se oscurecieron con opacas nubes de fuego. Las gaviotas, los pelícanos y las tijeretas también lo abandonaron, las tortugas emigraron, desparecieron los icacos, las uvas de mar y los cocoteros. El mar se sintió solitario y triste, pero el viento nunca lo abandonó: susurró en círculos sobre sus olas aumentando su fuerza, reventando oleaje furioso sobre piedras y costas, cortó el paso de sedimentos en la barra y la entrada al puerto se secó. Sin descubrir la angustia del mar, dragaron la entrada vital para mantener su ritmo de vida.
        
Lleno de dolor, el mar convocó la furia del viento en un mes de octubre. “Es hora que despierten”, dijo y el viento acumuló fuerzas desde el este hasta formar un meteoro que cambio sus vidas: destruyó casas, hundió barcos, desapareció la costa, invadió la bahía secándola sin permitir por muchos años la navegación y les cortó la abundancia de vida marina que sus manglares reproducía. Por su propia naturaleza volvieron a reconstruir sus vidas, ahora marcadas por las cicatrices del mar, abandonándolo nuevamente; soñaron con la libertad de sus ancestros, lucharon por alcanzar su autonomía y defender sus territorios, olvidándose del mar.
        
Sobre sus olas azules navegan barcazas rápidas, en su tránsito siembran ilusiones de reyes que construyen palacios sobre cimientos de arena blanca y, como guerreros, defienden botines que contaminan, aniquilándose con fuego de metralla con la mirada atenta al mar. No hay riqueza del mar que aprovechen, la navegación se pierde con el alba y siguen soñando de espalda al mar, el que un día los acogió como náufragos en sus costas.

Ronald Hill A.
Sábado, 18 de agosto de 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

UN BESO PLURICULTURAL

Al atardecer estaban sentados alrededor de una mesa de plástico frente a la playa. Provenientes de varios lugares se encontraron para festejar, con gastos pagados, el veinticinco aniversario de la organización en que laboraban. Era un día de semana, de esos en que los hoteles tienen bajo nivel de ocupación y brindan precios rebajados. Estaban eufóricos por el agasajo, una muestra de reconocimiento por su dedicación al trabajo y el crecimiento acelerado de la presencia institucional en diversos rincones del país. En diversas oportunidades se habían encontrado, pero esta ocasión era única: comida hasta la gula, ron y cervezas nacionales a cántaros, habitaciones de cuatro estrellas, playa desolada, piscina vacía  y tres días para festejarlo. 

En la mesa que compartían todos eran varones, probados en el trabajo sin ponerle peros a los obstáculos porque se movilizaban en moto por trochas lodosas, en panga bajo tempestades, en mula o a caballo, con el fin de atender a las comunidades con las que trabajaban. Salí a la playa, escuché sus risas y me llamaron. Eran ellos, los que siempre sobresalían en los encuentros.

    Tómate un trago — dijo Wilfredo ofreciéndome un vaso. Su largo brazo atravesó la mesa de extremo a extremo y José, sin que lo tuviera en mis manos, sirvió un trago de ron. Hilario agregó hielo y Juan me pasó el jugo de naranja.
    Siéntate, agarra aquella silla — dijo Gustavo abriendo espacio para que me acomodara.
    ¿Y Cañal? — pregunté.
    Allá está, tiene rato de estar en el mar —respondió Juan señalando la figura de Cañal que se sumergía entre las olas.

Brindamos, conversamos, reímos acompañados por el sol desvaneciéndose en el horizonte y Cañal salió del mar, escurriendo agua salada de su piel negra garífuna. Se acercó a la mesa y Wilfredo le sirvió un trago al strike. “Para que se te quite el frío”, le dijo. “Ahhh”, expresó al tomárselo. Nos estrechamos las manos y se sentó satisfecho.

    Estábamos hablando de vos —expresó José volviendo a ver a Cañal.
    Humm, nada bueno debe ser —respondió—. Dame otro fuckin trago. Con generosidad, Wilfredo le llenó el vaso que sin respirar vació Cañal.
    Hilario está celoso —le dijo Juan.
    No acepta ser tu compadre —agregó Gustavo.

Hilario se mostró incómodo, pasándose las manos sobre el cabello negro chirizo, pero Cañal, con su espíritu caribeño, se le acercó, lo abrazó sacudiéndolo en la silla, dijo “no seas fijado” y comenzó a relatar. Ella nos visitó en Kukra Hill y, desde que me vio manejando la panga, el brillo de sus ojos azules cambió. Nunca antes había visto a un negro como yo, aunque se rían. “Es cierto”, dijo Juan, ella se entusiasmó desde que lo vio. “Joder tío, necesito que me prestes tu cuarto, un espécimen exótico como éste no se encuentra en otros lados y pronto me voy”, me dijo con urgencia después de cenar, casi rogándome. Cuando amaneció, estaba sola, desnuda en la habitación y Cañal había desaparecido”, concluyó Juan ante la expectativa de todos.

    Déjate de pendejadas y contá de una vez lo que pasó —reclamó Hilario.
    Buay, si lo cuento, te vas a enojar conmigo —respondió Cañal.
    Aquí nadie vota la gorra —aseguró Wilfredo. Cañal regresó a su silla y continuó su relato.

Ustedes saben que nosotros los garífunas somos tímidos y por eso esperé que todos estuvieran dormidos, hasta el vigilante. Al entrar en el cuarto la encontré desnudita, recién bañada, iluminada por la luz de una candela. Me quitó la ropa apresurada y de un empujón me tiró en la cama. Caí boca abajo, se me echó encima, abrió mis piernas y de pronto sentí una cosa que nunca antes en mi fuckin vida había sentido: con su lengua me chupó, me taladró, el cuerpo se me puso como erizo de mar, la mente en blanco, me flaquearon las piernas y me desmayé.

    ¡Te hizo el beso negro! —exclamó José.
    El anilingus, para ser exactos —refirió Gustavo con tono científico y todos, menos Hilario, rieron a carcajadas.
    No jodas Hilario, la cagaste todita —dijo Wilfredo. — La besabas con desesperación, como chavalo quinceañero —agregó.

Hilario no dijo nada, se levantó de la mesa y se aproximó a Cañal, quien, en alerta, se levantó rápidamente de la silla y se quedaron viendo, como reconociéndose ante la expectativa de todos. “Somos hermanos, un besito no mata a nadie”, le dijo Cañal y se abrazaron mientras reíamos al verlos indiferentes ante lo que les había sucedido. No se volvieron a separar, pasaron los dos días restantes juntos en el desayuno, en la playa, almuerzo y cena. Cuando salimos del hotel seguían sin separarse y, al despedirnos, Juan dijo “mira lo que es capaz de hacer un beso negro, unir a un indio de Masaya con un negro garífuna de Laguna de Perlas”. “Un beso pluricultural”, agregó Gustavo.

Ronald Hill A.
Miércoles, 15 de agosto de 2012

martes, 14 de agosto de 2012

RECUERDOS ENTRE PARENTESIS, DE CUMPLEAÑOS

Hoy cumplo cincuenta y cinco años. ¡Cómo pasa el tiempo! Volviendo la mirada al pasado, compactando las etapas vividas, sin lugar a dudas, la infancia y adolescencia en mi puerto querido, y la actual son las mejores. ¿Y las otras?, se preguntarán. Las encierro en un paréntesis de gratos momentos aún cuando se desarrollaron entre las convulsiones eufóricas de este país ardiente, que como sus volcanes despierta cada cierto tiempo en erupciones catastróficas para comenzar de nuevo.

Me acompañan por siempre la brisa del mar, su arena y sus azules olas. En las noches de insomnio despejo mi mente y duermo hasta materializar la imagen de la bahía de Bluefields, observando en el horizonte, desde el corredor de la casa de mis padres, el apacible oleaje frente a la isla de Miss Lilian y su inseparable isla chiquita. En este día siempre están vivos mis abuelos Felipe y Manuela; tanto a mis hermanos como a mí, nos despertaban en el día de cumpleaños reventando pólvora, tirando cohetes chinos y, luego de celebrarlo con mis padres, cruzaba el patio, una división imaginaria, para acudir donde ellos.

Trabajaba más allá del horario establecido, con la firme convicción que el esfuerzo y esmero son ingredientes necesarios para transformar la realidad. Mis compañeros y compañeras de entonces me sorprendieron: al salir de la oficina me llamaron a un auditorio y los encontré alrededor de una mesa con la cena servida, el pastel con una candela encendida y botellas de ron para celebrar mis cuarenta años. Me encontraba lejos de la familia, mi mujer y mis hijos y, sin poder evitarlo, lloré de alegría. Conservo la foto y nunca olvidare ese detalle por parte de ellos.

Al cumplir los ansiados cincuenta la celebración duró varios días hasta culminar rodeado con mis amigos de siempre y sus familiares. Con ese entusiasmo, con ese espíritu de celebrar la vida, hoy aplaudo la barba blanca y las primeras canas en mi cabello negro que “parecen rayos plateados”, dice Emilce, herencias de mi padre y madre. Los celebraré en la tranquilidad de mi casa, bajo la sombra de los árboles de Caoba que un día planté, rodeado de mis seres queridos, los recuerdos de aquellos que en este largo camino estuvieron a mi lado y se han ido, y los que vuelan sin cesar buscando una rama que los proteja.

Poco a poco, palabras acomodando palabras, párrafo a párrafo, sin prisa porque la vida se acaba, compartiré con ustedes los recuerdos guardados entre paréntesis. ¡Salud!

Ronald Hill A.
La Colina
Día de cumpleaños.

viernes, 10 de agosto de 2012

MI TÍA MERCHÚ


Probablemente muchos de ustedes se la toparon por el andén, en la iglesia, en labores comunitarias o, simplemente, la vieron al pasar por su casa  en donde todas las tardes sacaba una mecedora de la sala y se acomodaba en el corredor frontal a admirar el paisaje de la bahía, disfrutar la brisa marina que fluía sin atascos desde la playa del Tortuguero, sosteniendo amenas pláticas con los visitantes que al verla se desviaban del andén principal. Acompañaban sus atardeceres el resplandor de los rayos de sol sobre el inmenso techo rojo de la aduana, el verdor de la bahía, la estela de espuma esparcida por el constante cruce de las pangas hacia Bluefields con su cerro azul dominado en la cúspide por bandadas de nubes blancas, y el verdor de las islas de El Venado y Half Way Cay. Satisfecha encendía un cigarrillo cubierto del filtro por una boquilla para eliminar las impurezas que quebrantan la vida y escuchaba con suma atención los problemas que le exponían sus visitantes enumerando múltiples motivos de queja; mi tía Merchú, al escucharlos atentamente, se entristecía, los sufría, pero siempre tenía motivos de esperanza y ayuda para ellos.

La comida que preparaba mi tía Merchú era exquisita, agasajaba a su familia con manjares de mar y tierra. Para los días festivos, mi sitio preferido era su cocina y, en los comunes, su presencia en la mesa enriquecía con su ánimo los platos que preparaba: panes, dulces, lomos rellenos, mariscos, jamones, nacatamales, todos una delicia. Cuando pasaba por el andén a la hora del almuerzo o la cena, escuchaba el festín de tenedores, cuchillos y cucharas sobre los platos de china y, al verme bajo el umbral de la puerta del comedor, sonriente me ofrecía una silla. “Este chavalo no come en la casa porque dice que tu comida es más rica, aunque sólo sean frijoles”, le decía mi mamá y sonreía.

Por las noches, nos esparcíamos en la sala de su casa alrededor del televisor para ver la telenovela del momento y, en eventos especiales como el alunizaje del Apolo XI o las peleas del Alexis Arguello y Mohammed Alí, a todos los chavalos nos acogía manteniendo con sutileza la armonía. Siempre estaba al tanto de las noticias, de la entrada y salida de los barcos mercantes y de los adelantos de la ciencia y la tecnología. Pero mayor atención prestaba a las festividades religiosas que se desarrollaban en la pequeña capilla promoviendo su organización: la procesión del viacrucis; la peregrinación de la virgen del Carmen, patrona del puerto, desde Bluefields; las kermeses para recaudar fondos, los novenarios, las primeras comuniones, las misas navideñas, los rezos para los difuntos y los bautizos con los que ganó el record de tener el mayor numero de ahijados en el puerto.

Cuando triunfó la revolución, se involucró en tareas por el bien de los habitantes del puerto: promovió las jornadas de salud; también la distribución equitativa y oportuna de alimentos, sin permitir el insolente acaparamiento; la luz del saber en los analfabetas, sin darse cuenta por su esmero que el mundo a su alrededor se desmoronaba poco a poco hasta que el huracán Juana destruyó sus cimientos. Con el mismo espíritu y compromiso, asumió la tarea de reconstruir la vida de otros para que pudieran levantar su techo organizando brigadas de autoayuda y pegando bloques tras bloques.

La fuerza de su espíritu, su alma generosa y sus sueños de vida mejor para otros se truncaron cuando Felipe  Alvarez, mi tío, falleció en el año 1998; quedó solitaria, sus hijos, como aves, habían levantado vuelo, sin percatarse que en su cabello fino florecían canas sufriendo en soledad. Emigró a su natal Ostional para aligerar sus penas al lado de su familia, viajó a Corinto y finalmente se asentó en la casa de Rafael, su hijo, el amante de la mar y el rio.

El mal de Parkinson la atacó, pero no logró doblegarla: mañana y tarde, bajo el corredor izquierdo de la casa, elevaba plegarias al cielo con el rosario en mano. “Cómo están los muchachos, cómo está Indiana, cómo está Tony, ¿y los nietos?”, siempre preguntaba en mis frecuentes visitas. La mirada se le nubló y frente al féretro de Rafael, en la silla de ruedas y con su inseparable rosario, el corazón desintegrado y lágrimas de dolor rodando en sus mejillas, rogándole al Señor decía: “por qué te llevaste a mi hijo, mejor me hubieras llevado a mí”. El 31 de Julio, a las 8:50 de la noche y a la edad de 87 años, sus ruegos se hicieron realidad: un ejército de ángeles acudió a su lecho y sobre una luz cegadora la elevaron a los cielos.

Muchos pensarán que tu vida, tía Merchú, fue efímera, un esbozo desdibujado que casi no llegaste a vivirla en plenitud y sentirán, como de muchos otros, lástima de ti; lástima como la que han sentido las madres por sus hijos que transitan en senderos equivocados, los hombres perdidos, los viejos abandonados que mendigan, los pobres llenos de rencores y los ricos egoístas. En la justa balanza, ¿quién pesará más que mi tía Merchú?, ¿quién más méritos que tú? Seguro estoy, tía Merchú, que en el cielo los ángeles pedirán tu ayuda y, como en vida, les ayudarás eternamente satisfecha.

Ronald Hill A.
La Colina.
Miércoles, 08 de agosto de 2012

miércoles, 8 de agosto de 2012

DIOSA CUBIERTA DE ESPUMA


El reflejo en el piso de baldosa de la media luz emitida por la lámpara ubicada en la mesa, el ritmo de la música instrumental fluyendo a través de los parlantes adaptados a la microcomputadora y la cama king size volvían la habitación pintada de color nácar en un espacio que invitaba a los excesos, aunque nunca se había percatado de ello, hasta esa noche. Sus días y horas en soledad transcurrían motivados por lograr lo imposible para otros: empecinada en el cálculo económico, revisando fórmulas inventadas por su ingenio, el presupuesto del año venidero, indicadores y resultados, costo y beneficio, fichas de proyectos y borrando errores en las hojas impresas.

La percibí relajada cuando abrió la puerta. “No te esperaba tan temprano”, dijo volviendo a ver su reloj de plata satinada que hacía un llamativo contraste en su piel morena. “No importa, ya estoy terminando, puedes pasar”, agregó. Calzaba chinelas de playa, un pantalón deportivo azul de lana y una blusa blanca sin mangas que destacaba la cadena del mismo metal sobre la semicuenca de sus pechos. El cabello largo lo llevaba recogido por un moño. Al dar la vuelta para ofrecerme una mecedora ubicada frente al closet, observé su largo y frágil cuello, sus movimientos de gacela nerviosa.

“Siéntate, déjame arreglar estos papeles”, expresó luego de cerrar la puerta y abrió en mi destellos continuos de pensamientos tras cada uno de sus gestos. “Si estás incomoda te espero en la recepción”, le dije deseando que lo negara. Regresando la mirada, inclinada sobre la mesa con su rodilla derecha sobre la silla, mostrando su esplendida cadera, con una sonrisa, lo hizo: “No, tranquilo. Voy a ducharme, dame unos minutos. Puedes encender la tele”. Recorrí todos los canales; mis sentidos se filtraron en su intimidad hasta ver su imagen reflejada en la pantalla mientras caía un vendaval en la ciudad que siempre se inunda.

El agua tibia estremeció su cuerpo y se aproximó al intenso torrente introduciendo en alerta su pie derecho. Con determinación expuso los pechos sobre el caudal, sus pezones morenos se irguieron como flor ante rayos de sol mañanero, se estrujó con ambos brazos y movió lateralmente la cabeza evitando empapar su cabello. Giró en torno a la ducha hasta quedar frente al sudado espejo. Tomó el jabón de avena, lo frotó entre sus manos y acarició su cara en círculos con la yema de los dedos. Volvió a la ducha introduciendo la cara, restregó con delicadeza su abdomen, cadera y piernas; su piel brotó como espiga de diosa cubierta de espuma. Se secó con la toalla, desempañó el espejo y al verse mostró una sonrisa de gozo. “Qué elegancia, qué goce”, pensé con envidia pendiente de la puerta y sus imágenes desaparecieron cuando salió con la toalla cubriendo su cuerpo.

“Viste, no demoré demasiado”, dijo al dirigirse al closet y sentí la fragancia de su cuerpo. “Está lloviendo”, dije sin volver la mirada. Tras unos segundos de silencio contestó: “no es buena idea salir, podemos pedir la cena y me ayudas a revisar lo que me hace falta”. Se dirigió al espejo de la habitación con el mismo atuendo, se quitó el moño y peinó su cabello. “Lista”, expresó y nos quedamos viendo sin decir palabras.

Ronald Hill A.
La Colina
Domingo, 29 de julio de 2012

viernes, 27 de julio de 2012

EL DESARROLLO EN TERRITORIOS TITULADOS DE LA COSTA CARIBE

La economía en los territorios titulados de la Costa Caribe no es homogénea, pero poseen rasgos afines que determinan una racionalidad económica común: se caracterizan por el asentamiento humano de familias (misquitos, sumos, mayangnas, ulwas, ramas, afrodescendientes y mestizos) en una propiedad comunal, explotada por sus integrantes conforme a una lógica productiva orientada a la satisfacción de sus necesidades de consumo y a la reproducción de sus condiciones de existencia; suelen articularse a nivel local en alguna forma de comunidad más amplia que las inserta en una estructura comunal, micro-regional y regional, con base a complejas y diferenciadas relaciones económicas, sociales y culturales.

Sus integrantes realizan diversas actividades en todos los aspectos y diferencias estacionales que se dan en la parcela; el pastoreo y crianza de ganado, aves y cerdos; la preparación y conservación de alimentos y bebidas; el mantenimiento y mejora de instalaciones; el aprovechamiento de los recursos del bosque; la caza y pesca; el tejido y labores artesanales; las operaciones comerciales, de intercambio y reciprocidad; el cuidado de los enfermos, la educación de los niños y la participación en actividades ceremoniales y sociales.

La gestión la ejerce el jefe de la comunidad, pero con amplia discrecionalidad por parte de las personas responsables de las diferentes funciones y tareas. El factor tecnológico está entrelazado con el hábitat, las costumbres y la cultura, y se manifiesta en el saber práctico sobre cultivos, crianzas, clima y medio ambiente, compartido por las distintas comunidades y que se transmite de generación en generación por vía oral y ceremonial. Los medios materiales se asientan todos sobre la tierra poseída y no son valorados, cambiados o desechados por la rentabilidad y ganancia, sino en cuanto a medios de vida con los que se establecen vínculos de pertenencia, afecto y reciprocidad.

Bajo estas condiciones, pareciera que no experimentan dinámicas de expansión y desarrollo, o que sean muy lentos y apenas sujetos a cambios observables. Si existe dinámica economía, ¿cómo se explica que se mantengan en la pobreza y no experimenten un desarrollo humano y social efectivo? El subdesarrollo y pobreza es atribuible al hecho que las formas económicas capitalistas los llevaron a una integración parcial y subordinada en los mercados modernos, al mismo tiempo que mutilaron y desordenaron sus formas tradicionales, con el resultado que no han llegado a contar con los beneficios y oportunidades de aquellas ni de éstas.

El nivel y calidad de vida, evaluado no en términos de la posesión de dinero y productos sino conforme a parámetros de satisfacción personal y social de necesidades, de autonomía y control de las propias condiciones de vida, y de integración social, eran sin duda superiores cuando sus formas económicas distintivas se desplegaban coherentemente sin interferencias de la modernidad, a cuanto lo son ahora.

Esas interferencias han consistido en invasión de los territorios, expropiación de tierras, exterminio militar, imposición de tributos expoliatorios, sustracción de la riqueza acumulada (bosques, recursos marinos, metales preciosos), en la introducción de enfermedades desconocidas para ellos y en exigencias de adaptación a ordenamientos jurídicos que no corresponden a sus formas de vida, a su cultura ni a su organización económica. Sin esas interferencias, después de siglos transcurridos, se hubieran podido desplegar procesos de expansión y diversificación económica que los habría llevado a alcanzar niveles y calidad de vida superiores a los que tienen actualmente.

Con las tierras bajo el dominio y posesión de los pueblos indígenas, cabe preguntarse sobre su futuro desarrollo. La demarcación y titulación es un esfuerzo de muchos otros necesarios. Es preciso recuperar sus valores e identidad cultural lo que se vincula estrechamente a la revalorización de formas de trabajo, tecnología, organización, distribución y reproducción económica que objetivan dichas culturas; formas económicas que se distinguen por consistentes elementos comunitarios y de integración solidaria.

Para que tengan proyección de futuro y contribuyan al desarrollo, es necesario que la revalorización de las formas de organización y de los contenidos fundamentales de la racionalidad económica que le son propias se efectúe, no negando ni contraponiéndose radicalmente a la modernidad, sino aprovechando todos aquellos contenidos que puedan creativamente asimilar y hacer propios sin interferencias nefastas.

El encuentro de esas búsquedas autónomas es el camino para que dichas potencialidades puedan desplegarse eficazmente con el contacto, intercambio de experiencias y el establecimiento de relaciones económicas reales entre esos pueblos y otros grupos humanos que convergen hacia una racionalidad económica similar fundada en la solidaridad y el trabajo.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Lunes, 23 de julio de 2012

jueves, 19 de julio de 2012

LOS NACATAMALES DE JUANITA

Juanita Betancourt tiene más de quince años de elaborar nacatamales en Nueva Guinea. En Managua aprendió y, al trasladarse a esta ciudad, los siguió haciendo. Con su trabajo, cuatro veces al mes los elabora, produce 1000 nacatamales, lo que le permite mantener su casa y a su familia, entre ellos, dos hijos con capacidades diferentes.

En este vídeo te presento a Juanita y el trabajo que realiza. La cena de hoy fue uno de esos deliciosos nacatamales con una buena taza de cafecito. Mira el vídeo dando click.