miércoles, 7 de diciembre de 2011

CARTA AL NIÑO DIOS

Querido Niño Dios:

En esta Navidad que celebramos recordando tu nacimiento en la gruta de Belén, me doy cuenta que tengo más de cuarenta años de no escribirte. El tiempo ha pasado como un soplo de aliento desde aquella última vez que lo hice y te pido perdón por no haberlo seguido haciendo. Con el paso de los años me di cuenta que mis padres acomodaban en la cama los juguetes que te pedía, así como lo hice con mis hijos y ahora ellos lo hacen con mis nietos. No tengo ningún reproche por eso, al contrario, me lleno de orgullo por la ilusión que tejieron a mí alrededor esperando tu llegada.
         
También, Niño Dios, con el paso de los años, ya mayorcito, esperaba tu venida festejando con mis amigos y amigas a lo grande. No tengo que decirte cómo, porque tú lo sabes. Por eso se me olvidó ir a la misa del gallo, salir corriendo a la casa para abrazar a mis padres que ahora están a tu lado cuidándote y los añoro mucho. Por eso también te pido perdón, yo se que estás viendo las lágrimas que derramo, pero la vida es dura, tú lo sabes mejor porque lo sufriste en carne propia cuando te crucificaron por querer construir un mundo mejor para todos.
         
Hoy en día, en estos tiempos, nos siguen crucificando de distintas maneras; no les bastó con vos, les quedó la maña, la maldad. Vieras, Niño Dios, los centros comerciales, la televisión con la propaganda, las ofertas y la promoción del consumismo que hacen en tu nombre para engordar sus cuentas en los bancos, sin importarles nada más. No tienen ojos, no pueden ver, están ciegos por la avaricia y deseos de poder. No te voy a seguir contando, vos lo sabes; mejor voy al grano y te expreso mis deseos. Vos sos milagroso y se que todo lo podes hacer realidad.

1.    Tráeme una brisa nueva de vida para ver crecer sanos y felices a mis nietos. Te pido que la acompañes con un paquete de salud. Te voy a dejar abierta las ventanas de mi casa, podes entrar sin esforzarte mucho porque no tienen verjas. Lo que te pido también va en nombre de mi mujer, recuerda su rodilla.
2.    Alúmbrale el camino a mis hijos. Ya están grandes, les he dado todos los consejos que puedas imaginarte, pero a veces no hacen caso. Un día se darán cuenta y dirán “mi papá tenía razón”, pero mientras tanto te los encomiendo a vos. Por favor, entra a la casa de ellos, no los olvides.
3.     En tu recorrido te pido que riegues a mi alrededor, en mi patio, en Nueva Guinea, en la costa Caribe y Nicaragua entera, una buena dosis de concordia para que germine en todos los corazones el amor y el deseo por hacer el bien hacia los demás.
4.     Hace florecer los campos, sopla la semilla de los campesinos para que tengamos cosechas en abundancia.
5.     Calma las aguas, detén las tormentas para que los pescadores tengan buena faena.
6.    Te pido que dejes caer esas estrellitas brillantes que como estela te acompañan, en la cabeza de la mayor parte de los políticos de nuestro país para que les ilumines el cerebro y no sigan haciendo las caballadas que cometen todos los días, perjudicando a este pueblo trabajador que se merece un futuro mejor.

Desde ya estoy ansioso por que vengas y esta carta te la dejó debajo de la almohada para que la encuentres fácilmente. Una copia se la envío a mis amigos y amigas para que se animen y te escriban.

Buenas noches, mi querido Niño Dios.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 06 de diciembre de 2011

PD: Niño Dios, si crees que son muchos mis deseos te pido que te esfuerces en los primeros cinco; el último de ellos, aquí nosotros lo vamos a resolver más temprano que tarde. 



lunes, 5 de diciembre de 2011

EL CORONEL ALMA DE NIÑO

Su imagen dibujada con crayola en la pared del segundo piso, al lado izquierdo del portón que daba acceso a la oficina, era el reflejo de su alma. Su figura sobresalía entre todos los empleados; estatura mediana, piel rosada y sudorosa, cabello ralo, ojos azules, gafas gruesas, nariz aguileña, abdomen abultado y caminar taciturno, como evitando pisar espumas de cerveza alemana por ser la tierra de sus ancestros. Su voz pausada era de niño, pero todos lo respetaban.
           
Llegó al puerto desde Managua, después de bajar desde la hacienda cafetalera de sus padres ubicada en Las Nubes y asentarse en San Carlos, para luego navegar por el Río San Juan hasta salir al mar Caribe, en los tiempos que el ferrocarril y las aduanas del país estaban en manos de los gringos. Le pusieron el uniforme caqui con el grado escrito en el nombramiento de administrador de aduanas. Nunca realizó un disparo, nunca puso sus pies en una academia militar, pero ostentaba el rango de coronel: dos fusiles cruzados sobre los cuellos de la camisa y en el sombrero militar de picos.
           
Vivía en una inmensa casa ubicada en la loma del puerto, su fortín; desde allí, con su mirada, dominaba la bahía de Bluefields y el cerro Aberdeen, la costa de la isla del Venado, las serranías de Yolaina, el movimiento de los barcos mercantes que entraban y salían atiborrados de riquezas, el muelle de los barcos camaroneros en mera faena, la Colonia con sus casas made in USA, la pista y, con binoculares, sonreía al ver el aterrizaje semanal del avión bimotor amarillo que celebraba su llegada con lluvia de caramelos para los niños ansiosos que lo esperaban; divisaba la loma del cocal y su faro, la playa del Tortuguero, amaneceres y atardeceres celestiales, noches estrelladas y tormentas huracanadas.
           
Para acceder a ella le ordenó a Juan Lacayo, el ingeniero de la aduana, construir el parque de sus ensueños, el más bello de la costa Caribe: un largo andén revestido con basalto, azul como el mar, le permitía subir las gradas sostenido de pasamanos, luego de hacer cinco estaciones en su recorrido; tomaba aire fresco cada quince metros en áreas de descanso que lo acogían con bancas y columnas aéreas que terminaban en su pináculo con faroles redondos. Cerca de la cúspide, sostenido de la baranda respiraba profundo, volvía la mirada hacia la aduana y, al llegar a la inmensa plazoleta de losa, admiraba el verdor de la grama de playa que amarraba la tierra protegida por un muro de retención colmado de bancas y jardineras áreas florecidas. Al coronar la subida, recorría el andén izquierdo admirando los árboles de marañones y el solitario árbol de Laurel de la India adornado con bancas a su alrededor en el centro de la explanada frente a la casa. Virginia, su empleada, una creole originaria de Pearl Lagoon, esperaba ansiosa su llegada con la puerta abierta y, al entrar, la cerraba para juntos jugar sus juegos noctámbulos de fantasías secretas.
           
Igual que él, otros llegaron como lluvia de dracónidas, en el mismo lapso, cada quien buscando una mejor vida para colmar sus sueños en la península.

    Sus amigos incondicionales eran empleados de la aduana —dijo Rafael.
    Los más cercanos eran Juan Ramón, Chicho y Chagüito, mi papá —agregó Ramón.
    Recuerdo los viajes del Coronel Peters a Bluefields en la panga de la aduana —comentó Rafael.

Chicho era el panguero oficial de la aduana y diario cruzaba la bahía. “Igualito al hijo del Macho Silvio, así, gato, alto y chelote pero flaco”, dijo Ramón. Las pangas eran estacionadas en un galerón construido sobre el agua y las elevaban con un guinche para evitar los golpes contra el muro del muelle, provocados por el oleaje. Juan Ramón era el jefe del taller de mecánica, se entretenía brindándole mantenimiento a la planta generadora que suministraba energía eléctrica a las casas desde las cinco de la tarde hasta las diez de la noche.

El taller quedaba al pie de la bajada hacia al muelle de las pangas y allí guardaban los motores, el combustible y daban mantenimiento. Al lado derecho de la entrada al taller había un pozo del que sacaban agua para lavar las herramientas y motores. Nadie utilizaba el agua para consumo porque estaba contaminada, solamente los caballos cholencos y vagabundos del Mandador que se paseaban por el andén. Contiguo al galerón, al lado derecho, había una batería de tres letrinas que facilitaban las necesidades fisiológicas de pasajeros, estibadores y pangueros. En ese punto siempre se respiraba un aire raro y pesado, producto de la mezcla de los olores de gasolina, orina y excrementos. Los peces mutruz crecían como gigantes en esos alrededores, pero el Coronel pasaba por allí con la cabeza erguida y sonriente, conteniendo la respiración y abordaba la panga con la ayuda de Chicho.

    Nunca viajó sentado, siempre de pie aferrado al mecate. Desde que mirábamos venir la panga por Half Way Cay sabíamos que era él —dijo Ramón.

Sus travesías eran por razones administrativas y amorosas. Se enamoró de una joven y, sin dudarlo, como agasajo, ordenó a su ingeniero de cabecera la construcción de una casa de dos pisos color azul desde los cimientos, para ablandar el corazón de su futura suegra. Al concluirla realizó una exhaustiva inspección de la vivienda, revisando cada uno de los detalles; recorrió la sala, la cocina, subió al segundo piso, entró a las seis habitaciones, se asomó a la azotea, volvió a bajar y se quedó pensativo, observando el inmenso jardín protegido por dos largos corredores internos. “Algo falta”, dijo y un mes después regresó con un árbol de cerezas que mandó a pedir a Nueva Orleans para plantarlo. Todos los del puerto visitaban esa casa, hacían compras en las tiendas de los chinos y, con cortesía, doña Pastora, en la comodidad de una mecedora, permitía que dejaran sus sacos de víveres. La atracción de todos los visitantes era el árbol rojo, lleno de cerezas, que la anciana contemplaba como hipnotizada, mientras él cortejaba a su musa en la terraza.
           
No escuchaba la radio, pero estaba al día con los acontecimientos. Todas las mañanas, después de asomarse en el balcón de la aduana para inspeccionar el trajín de los barcos y recorrer el muelle, mandaba a llamar a Chagüito. Recostado en el sillón, frente a todos los empleados que, como murciélagos, desde sus escritorios, afinaban los radares, le preguntaba, con su voz baja y entrecortada, sobre las noticias.

    Cha..güi..to, cuén..te..me..lo, qué es..cu..chó en la Voz de A..mé..ri..ca.
    Nada nuevo Coronel, repetición, repetición de los mismo que le conté el otro día —dijo Chagüito.
    Gra..cias, re..gre..se a sus la..bo..res.

Se quedaba pensativo, mirando el techo de zinc del salón y de reojo al resto de empleados en su incesante tecleo de las maquinas de escribir Olympia, elaborando pólizas de importación. Mandaba a llamar a Juan Ramón con Zoilo, un joven que se iniciaba en la aduana como office boy, para corroborar lo que decía Chagüito. “El Ejercito Popular de Liberación de China derrotó el ejercito Tibetano en el Chamdo”, comentó Juan Ramón.

    Juan Ra..món, dí..ga..le a Cha..güi..to que le e..che a..gua al po..lo a tie..rra del en..chu..fe don..de co..nec..ta la ra..dio.
    Sí mi Coronel.
    De..be ser que no es..cu..cha bien por la in..ter..fe..ren..cia, por la es..tá..ti..ca.

“Y mi papa lo hacia, porque un día llegó apurado de la aduana y me mandó a echarle un balde de agua al polo a tierra del enchufe donde conectaba el radio Phillips, aquellos con teclado y válvulas”, dijo Ramón a carcajadas.

    Tenía un gran corazón —dijo Rafael.

Amparaba a muchas ancianas solitarias. Todos los meses les entregaba un saco con provisiones y, cuando enfermaban, cubría sus gastos en medicamentos, transporte y estancia en Bluefields. Los días veinticinco de diciembre celebraba a lo grande el cumpleaños de Margarita, una niña que padecía síndrome de Down, hija de la hermana de Virginia, Miss Sarah, la esposa de Mr. Allen. Era la fiesta esperada por todos los habitantes del puerto. Niños, jóvenes y adultos eran invitados. A los niños les preparaba piñatas, repartían paquetes de caramelos, chocolates, refrescos y galletas, y entregaban juguetes. Los jóvenes bailaban toda la tarde y los adultos disfrutaban la comida, cervezas, vinos y whiskey importados. La explanada frente a su casa se llenaba de risas, gritos y la algarabía de niños y niñas que subían y bajaban las gradas del parque como hormiguitas enloquecidas. Margarita sonreía de dicha y felicidad.

Se casó con la musa que cortejaba, pero el amor le duró poco tiempo: enviudó y la luz de sus ojos azules perdió intensidad. Se refugió en la casa y desde entonces su caminar fue taciturno. Continúo con sus rutinas y se volvió a enamorar de una joven de Bluefields de apellido Cajina.

En una ocasión, el presidente de Nicaragua, Luis Somoza, visitó el puerto. Lo atendieron en la casa de don Octavio Gómez, y el coronel jefe de la guardia y los guardacostas del puerto; le solicitó al presidente el cargo que ocupaba el legendario Coronel alma de niño. “Ese muerto yo nunca lo cargaré”, dijo Luis. Cuando su hermano, Anastasio Somoza, asumió el poder, sin pensarlo dos veces, lo retiró del cargo. Fue entonces que se trasladó a Bluefields. Allí vivió sus últimos años en soledad. Una noche murió de aflicción; al expirar, una luz azul intensa se elevó a los cielos desde la explanada de la loma del parque de sus sueños y una lluvia de estrellas bajó a su encuentro.
           
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 03 de diciembre de 2011

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿CÓMO QUIERE QUE LO CUENTE?

Sin luces, micrófonos, cámaras y un auditorio repleto, te voy a contar cómo lo cuento. Ya lo sabes, es sólo un intento porque ahora, después de ver un video en una de las páginas que más frecuento, unos periodistas cuentan que están desarrollando un taller para ellos y estudiantes de comunicación sobre cómo contar historias, cómo escribir crónicas y se me ocurrió contarte cómo trato de hacerlo.
           
A propósito, lo que están haciendo es una campanada de alerta para los grandes medios de comunicación, los dueños y sus editores, esos que con cierta arrogancia y dependiendo de su estado de ánimo desechan en el cesto de la basura lo que con mucho esfuerzo tratamos de contarte. Ojo, mucho ojo facultades de ciencias de la comunicación, el viejo esquema, el “lead” con sus respuestas a las seis W: ¿qué?, ¿quién?, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿dónde? y ¿cómo?, se está quedando atrás con el desarrollo tecnológico y los nuevos medios de comunicación. Los lectores, los que consumen las palabras escritas, la razón de ser de los medios escritos, se están aburriendo.
           
El género periodístico es diverso. La tipología anglosajona, basada en la frase “facts are sacred, ideas free” —los hechos son sagrados, las ideas libres— lo clasifica en dos tipos. Por un lado, el que da a conocer hechos como la noticia, el reportaje y la crónica; por otro, el artículo de opinión y el editorial que dan a conocer ideas. En los primeros, siguiendo la frase de que los hechos son sagrados, son bien rigurosos, a tal grado que te obligan a corroborarlos hasta extenuarte. La crónica se enmarca en lo que ha pasado y el periodista la interpreta directamente sobre los hechos. Contar historias, hacer una crónica, es fascinante para el que quiere ir más allá de lo tradicional. Interpretar los hechos y cautivarte con ellos es el reto.
 
Lo primero que hago es elaborar un plan. Antes elaboro una lista de temas que han estado dando vuelta y vuelta en mi cabeza. Esos temas se encuentran a nuestro alrededor, en la vida diaria, en la lucha constante por construir una vida mejor. ¿Lucha? Sí, lucha. La vida sin lucha no es vida. Todos y todas luchamos contra algo o alguien que se opone en la consecución de nuestras metas, siempre hay oponentes y de esa lucha se deriva la historia que te voy a contar. A veces la lucha es interna, contra nosotros mismos, pero esa parte es otro cuento. Historias hay muchas que contar. Debes estar claro del objetivo, es decir ¿para qué?, cuáles son los motivos que tienes para contarlo. ¿Quién es el destinatario? Es decir, para quién lo escribes, porque debes despojarte del yo en homenaje al usted. Con esos aspectos resueltos ya vas avanzando.
           
Comienza a escribir tu historia, no te detengas. No tengan miedo nunca a la crítica, siempre habrá alguien que quiere demolerte de entrada. Debes saber dónde empezar y dónde concluir. Toda historia tiene un principio, un ambiente, un desarrollo y una conclusión, igual que la vida misma. Tú decides dónde empezar. Puedes hacerlo al final de la historia cuando “fueron felices para siempre” y retroceder en el tiempo. Ojo, el tiempo es importante para los que te leen; tienes que ir al grano, pero no hay que ser rudos, no sueltes toda la historia de una vez, emplea la “teoría del iceberg”, esa que dice que el iceberg sólo muestra el diez por ciento de su masa ante nuestros ojos. Recuerda que el editor es tu enemigo y la extensión de tu historia la utilizará como pretexto para desecharla. Escoge bien las palabras, nunca emplees esas rebuscadas y trata de mantener a tu lado varios diccionarios. Recuerda que nos comunicamos dialogando, así que emplea diálogos, pero no cargues mucho tu historia con ellos y debes aprender a construirlos en desborde. La tentación de describir siempre te va a atrapar, hazlo pero no en exceso. Recuerda que narrar y describir no es lo mismo, narrar es relatar y describir es pintar, emplea el lápiz como un pintor el pincel.
           
Emplea escenas como en las películas o en el teatro, intenta que los que leen se aproximen a tus personajes como el lente de una cámara en “close up” o en alejamiento. Debes conocer bien a los personajes, como que fueran de tu propia familia y recuerda que son seres humanos que tienen temores, vicios, alegrías y malicias. No te olvides de la acción, sin acción no hay movimiento. Reflexiona y analiza lo que sucede, entrégales el micrófono para que sean las personas las que opinen. Llegará un momento donde tu historia debe resolverse, “la crisis de la acción”, el punto donde los conflictos se resuelven y de allí en adelante la acción cae, termina la lucha y se da la resolución de tu historia. Lo puedes hacer de diferentes maneras, pero no creas que es fácil.
           
Cuando termines tu historia, no te llenes de mucho orgullo. Conviértete en carpintero, utiliza el cepillo y la lija, debes pulirla y sacarle brillo. Desecha en ese momento lo que puedas, corrige y corrige como cuando comenzaste a escribir, con entusiasmo. Compártela, entrégasela a un amigo sincero para que la lea. Él sabrá valorarla, te dirá si encontró sensaciones y sonidos agradables en las palabras y en cada frase al entrar por sus ojos hasta hacer chispas con las neuronas, trasladándose a vivirlo en carne propia, desde la comodidad de la cama o el sillón, sin asumir ningún riesgo. Él te dirá si la trama que preparaste para intrigarlo, convencerlo, convertirlo en tu aliado, enojarlo, alegrarlo, carcajearse o entristecerlo, lo atrapó. Si tu historia es buena, al concluir su lectura, te aseguro que se ha quedado en suspenso, pensando en las palabras, en las imágenes grabadas en su corazón, mente y piel, o subrayadas en el papel. Ese es el premio del esfuerzo.
           
Anímate, cuenta tus historias. Si eres libre, olvídate del editor, tarde o temprano se convencerá que las mejores historias son las que ha enviado al cesto de la basura. Si no lo eres, insiste, abrúmalo con tus historias, un día se cansará.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Sábado, 26 de noviembre de 2011

lunes, 28 de noviembre de 2011

EL FABRICANTE DE INSTRUMENTOS MUSICALES

Su hermano mayor deseaba aprender a tocar, pero en la comunidad de Wapi no había donde comprar una guitarra. En una capilla de la iglesia católica encontraron una, la observaron con detenimiento y con un formón filoso, hecho de un machete viejo, procedieron a moldear y cavar un trozo de palo hasta fabricarla. Don Roger Aragón, músico de la comunidad, la probó y le dio el visto bueno a pesar de los golpes ásperos que tenía provocados por el cepillo. “Fue un éxito, mi hermano siguió experimentando y logró hacer otras”, dice José Santos.

Sin mucha ilusión, ante la insistencia de su hermano y los resultados que obtenía, se dio cuenta que fabricando guitarras podía ganarse la vida. “Probamos varios tipos de madera, nos hacían encargos, comenzamos a venderlas y, después que ganó doña Violeta en 1990, nos trasladamos a vivir a El Rama. Allí conocimos a un alemán llamado Henke que hacia guitarras y nos facilitó moldes, las medidas científicas para construirlas usando la cinta métrica para dividir las partes exactamente y evitar errores”. A los ocho años aprendió a tocar guitarra. “El primer acorde que aprendí fue Mi Mayor, iba a la capilla de la iglesia católica y me gustó”.

En 1999 decidió trasladarse a Nueva Guinea por la actividad comercial y la demanda de instrumentos. “Con la experiencia que tenía, surgió la idea de poner el taller y desde entonces estoy aquí”. Ahora, José Santos Pérez Ortega posee su taller llamado “Fabrica de Instrumentos Musicales El Mariachi” donde oferta guitarras, requintos, vihuelas, guitarrón, violín, mandolinas y charango. Es un tramo pequeño ubicado en el marcado municipal, al fondo del monumento en dirección a la parada de buses. El ambiente es ameno, alegre donde se respiran notas musicales, olor a pintura y barniz; cuando se entra los pasos trituran colochos de madera. En la pared y en la ventana cuelgan los instrumentos logrados con su esfuerzo.

Sus principales clientes son campesinos. “La gente del campo es la que más me encarga instrumentos musicales. Siempre buscan guitarra, guitarrón, requinto y vihuelas para hacer el mariachi”. El violín es el instrumento más difícil de construir. “Dedico quince días para hacer un violín porque el trabajo es más fino y seis días para una guitarra”.

El buen constructor de guitarra debe saber emplear la madera. “De una troza salen muchas tablas, pero no todas son aptas. Se debe seleccionar bien la madera, que no tenga ojos, que la hebra no esté encontrada, que no esté quemada, darle el secado completo a temperatura ambiente, lo que puede durar más de un año. Una de las maderas preciosas empleada para construir guitarra es el cedro real; es fina y liviana, y en muchos países quisieran tener este tipo de madera”, explica con orgullo.

Los precios varían según el instrumento y la madera empleada. La guitarra más favorable tiene un costo de dos mil setecientos córdobas, pero si combina granadillo en las fajas laterales, tapa trasera y diapasón, cedro real en la tapa principal y caoba en el brazo, el precio aumenta. Las iglesias evangélicas demandan guitarras electroacústicas. “La construimos con la misma madera y le ponemos la pastilla empotrada en la caja armónica”, explica José Santos.

Un guitarrón lo vende a tres mil doscientos córdobas cuando es de clavija de madera, pero si le pone tornillos al “estilo mexicano” vale cuatro mil seiscientos. La vihuela tiene un costo de dos mil doscientos y el requinto tres mil quinientos córdobas. El violín lo construye con su arco incluido. En sus planes contempla vender los instrumentos con los forros o estuches para el mejor cuido de los mismos.

Los que saben de música prefieren comprar instrumentos hechos de manera artesanal, así como las hacemos aquí, humildemente. Las fábricas, la industria produce en serie, en cantidades, porque les interesa vender una marca. Nosotros hacemos poco pero de alta calidad. No necesitamos hablar, el instrumento habla por nosotros. Me va bien, esto ha sido importante en mi vida, mantengo a mi familia. Mi trabajo me ha permitido ganar muchas amistades, todos los que me visitan muestras un gran cariño al verme, al saludarme. Antes, cuando era soltero, a través de la música y las serenatas, conquisté varios amores que nunca se olvidan” dijo sonriente José Santos.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 14 de noviembre de 2011

jueves, 24 de noviembre de 2011

MACHO TIME

Macho time es el momento que los hombres buscamos para nosotros, sin ellas. No me refiero al tiempo que requerimos para leer nuestro libro preferido, escuchar nuestra música predilecta ni abandonarnos en la soledad para meditar, escribir, pensar en los problemas que debemos resolver por el peso de las cargas diarias o en ella, si es que nos mandó a dormir a la casa del perro, al dog house como decía mi papá.
           
Considero Macho time como ese tiempo que los hombres inventamos, creamos, casi conspirando contra ellas, para encontrarnos con nuestros amigos, nuestros broders, nuestros yuntas, sin que ella participe. Ese espacio con “tus amigotes”, así les llaman ellas, es una necesidad; es innegable, inaplazable, aunque a ellas no les guste. Por supuesto que si las tenemos abrazaditas, dándoles besitos, apapachándolas, acariciándolas o si simplemente estamos acostados en el sofá de la sala viendo la televisión bajo el control de sus miradas, siempre van a estar contentas y felices. Por lo general, nos miran con malicia como tratando de entrar en las entrañas de nuestros pensamientos para adivinar en qué diablos estamos pensando. No te preocupes, así son ellas.
           
Cuando surge la necesidad de ese momento me las ingenio. Hago cualquier cosa por halagarla, estoy pendiente de sus necesidades, como casi siempre, pero con los cinco sentidos en alerta: si hay que barrer la casa lo hago, si tengo que lampacear, lavar el inodoro, recoger la basura, hacer los mandaditos que me encomienda, cocinarle sus antojitos, hermano, no lo dudes, lo hago con el mayor esmero que puedas imaginarte. Pero como me conoce como a la palma de sus manos, “así te conozco”, dice mostrando su mano, es difícil que no descubra mis intenciones. Y de allí para allá busco el pretexto indiscutible para reunirme con mis “amigotes”: “tengo que llevar el jeep al taller, cambiarle el aceite, lavarlo y pastearlo” o simplemente “ya vengo, voy a ir a visitar a los nietos” y me escapo. Eso sí, lo que digo que voy a hacer lo cumplo para no herir sus sentimientos. Ronald Jr., mi hijo, es el rey del ingenio. “Hoy vengo tarde, tengo que salir a hacer un avalúo”, dice y se escapa.
           
El Macho time se planifica, se construye y se organiza. Hoy mejor que antes, por la tecnología, basta una llamada o un mensajito para que te provoquen: “en la gasolinera de los panaderos están a quince las coronas, allí nos vemos”, “en el rancho de Simón están haciendo un chancho al estilo cubano, a las cinco lo comienza a repartir”, “Julio está haciendo una sopa de huevos de toro”, “Harry se volvió loco, tiene a doce las toñas” y así otros indicios más para juntarnos a lo grande.
           
“Ustedes, los hombres, sólo hablan de mujeres cuando están sin nosotras”, dijo Ana, mi nuera. Está equivocada, bueno, no totalmente porque también hablamos de ellas, de ellas, las otras, “las guapas”. “Vieras como está la chavala que tiene el lunar en la nariz”, dijo Charrasca. “Ya te diste cuenta, la Manía anda empaquetada y no se sabe quién se la apeó”, dijo Chico volviendo a ver a Harry y a Rudy. Y entre vieras o fíjate la testosterona sube y fluye, llena el ambiente. Pero también hablamos de otras cosas que se las decimos a ellas, pero entre amigos las hacemos más chistosas. “No jodas, acabó de amarrar 20 vacas por teléfono, mañana caen los billetes, otra tanda por favor para esta mesa”, dijo Aster, mi hijo. “El teléfono de Ronald me lo sé de memoria, chiva andarlo grabado, dos cuarenta y cinco y una treinta y ocho por si aguanta los primeros dos balazos”, dijo Chico.

También nos comentamos cosas al oído, esas que sólo compartimos entre machos y evitamos que ellas se den cuenta. Y los chistes, los que nos hacen reír a carcajadas, son infaltables. El chele de El Verdun, es el rey de los chistes, podes pasar toda la noche a su lado sin que repita uno. Se encuentran dos amigos y uno le dice al otro: “Ideay broder, te veo como mueble de carpintería fina”. “Cómo es eso hermano”, contesta el otro. “Bien pulido, bien acabado” dice y todos ríen a carcajadas. El más picante es el del “huevo de paloma” y si no te lo sabes otro día te lo voy a contar, chiva con ellas. Y es que entre fíjate, vieras, los negocios y los chistes, siempre suena el teléfono de todos, son ellas las que llaman. “Mesero, ya no traiga las cervezas, ya me voy, mi mujer me está llamando”, dijo Aster en voz alta con la llamada activa. “Ya voy amor, sólo una más me voy a beber, ya te pedí un pollito asado” y cualquier otra cosa para prolongar el Macho time.

A la hora de la pagar la cuenta, se divide entre todos. “Celos, vos crees que te cela, es a los reales, no seas baboso”, dijo Chico. Cuando llega el momento no deseado, las despedidas son efusivas y las bromas siguen. “No jodas, te fijas, yo te dije, no te cases, la cagaste todita, ahora tenés que aguantarla”.
           
Cuando regreso a mi casa, entro como gato en casa ajena. Ella ya está dormida, aparentemente, pero apenas siente que me acomodo en la cama se voltea y me da la espalda y, al amanecer, le tengo preparado su cafecito. “Qué barbaridad, nunca te vas a componer, ya estas viejo para andar con ese montón de chavalos”, dice. “Amor, pero si son mis hijos y sus amigos, es un espacio que me relaja y me divierto”, le contestó, pero se hace la loca. Ya no le interesa como antes lo que estoy pensando, esa etapa ya pasó y por eso me imagino el próximo Macho time. A los otros no sé cómo les va, pero he escuchado que varios amanecen en la casa del perro, los mandan al dog house. Y vos, ¿ tenes tu Macho time?

Ronald Hill A.
Martes, 22 de noviembre de 2011

martes, 22 de noviembre de 2011

EN NUEVA GUINEA NO EXISTEN CALLES PARA EL PUEBLO

Las calles del casco urbano de Nueva Guinea, el municipio más poblado y con mayor auge económico de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), son literalmente desastrosas; más del ochenta por ciento de ellas se encuentran en mal estado, son recubiertas con material selecto pero se deterioran con facilidad por las altas precipitaciones y el transito de rastras, camiones IFA y ganaderos, y la mayoría de ellas no cuentan con cunetas ni andenes.

El mantenimiento y reparación de las calles es ocasional, por allá, como dicen. Pero según cálculos del gobierno municipal, se destinan cincuenta mil córdobas anuales por cada calle no pavimentada en su mantenimiento. Los vehículos livianos, taxis y particulares también sufren las consecuencias porque se deterioran con facilidad, provocando altos costos en su mantenimiento.

El drenaje pluvial es ineficiente. Al llover, casi diez meses en el año, las calles se inundan, el agua corre a su gusto y antojo; cruza las calles, se desparrama hacia las zonas bajas, sigue su curso en cauces naturales hasta desembocar en el río El Zapote y varias quebradas que son tributarias del Río Plata. La población se detiene, deja de circular observando la correntada de agua con nostalgia, pero al estancarse en grandes charcos, las nubes de zancudos proliferan enloqueciéndola y en el periodo seco el polvo invade hasta su alma.

Las calles adoquinadas o cubiertas con concreto rígido forman un rectángulo entre la calle central, el mercado municipal, la rotonda de los “cuatro evangelios” y la salida hacia Managua, propiamente donde un rótulo da la bienvenida a Nueva Guinea. Las calles de las zonas cinco, seis, parte de la ciudadela y la que termina en la alcaldía fueron adoquinadas con el apoyo de la cooperación Española. La calle central, desde el Instituto Nacional Rubén Darío hasta el monumento, fue financiada por el FISE a inicios de la década de 1990. En los últimos años otras calles han sido construidas con concreto rígido, como la de los “cuatro evangelios”, uniéndose con el adoquinado de la zona cinco. Desde el monumento hacia el “hospital” se encuentra adoquinado por ser parte del proyecto de adoquinamiento hasta Naciones Unidas que unirá a Nueva Guinea con Bluefields.

El viernes 18 de noviembre, Nueva Guinea estrenó dos calles pavimentadas que le faltaban al parque central. La obra tuvo un costo total de U$ 114,293 dólares. El Programa de Desarrollo Municipal financiado por USAID aportó el 81 por ciento y la municipalidad la diferencia. Fue ejecutada por el organismo CHF y cuenta con rampas de acceso al parque para personas con capacidades diferentes. “Esta inversión es una respuesta de la municipalidad a la demanda que parte de la población expresó en espacios de consulta que realizó la Alcaldía a finales de 2009”, dice una nota de prensa de USAID y CHF.

A cuarenta kilómetros de Nueva Guinea, en dirección a La Curva, buscando la carretera hacia El Rama, se encuentra el municipio de El Coral; un municipio pequeño, predominantemente ganadero y de reciente formación. Todas sus calles se encuentran adoquinadas, lo que cambia como por arte de magia su atractivo. El alcalde de dicho municipio dejó a un lado las diferencias políticas y logró que el gobierno central apoyara la localidad con el programa “calles para el pueblo”, igual que sucede en otros municipios donde el gobierno local no es dominado por el partido de gobierno.

En Nueva Guinea no existen “calles para el pueblo”, pareciera que no son para humanos por la intolerancia política, la falta de visión, trabajo armónico e intereses partidarios en el quehacer institucional. De los caminos rurales, los que unen la ciudad con las colonias y comunidades, mejor ni mencionarlos porque la situación es deplorable. Nueva Guinea se merece mejores calles. ¿Hasta cuándo este pueblo cristiano, solidario y trabajador podrá tenerlas?

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 20 de noviembre de 2011

sábado, 19 de noviembre de 2011

LO QUE TENGO

Tengo vida, vivida a mi manera. Tengo sueños, esperanzas, anhelos y temores. Tengo sonrisas, miradas de ilusión y voces de alegría. Tengo amigos y amigas, lejanos y cercanos. Tengo penas y nostalgias. Tengo amores, infantiles y soberbios.
Tengo lo que tengo, heredado y construido. Tengo sangre, sangre de múltiples colores.

Odio a veces lo que oigo. Amo lo que veo, ojos medio ciegos. Siento lo que sientes, piel festiva, corazón doliente. Ando por tus sendas, camino tus caminos cubiertos por espinas.
Lagrimas derramo lleno de alegría. Libros leo, mancho y los comparto.

Tengo una guitarra. Tengo perros. Tengo un blog donde me inspiro. Tengo una casa convertida en mansión de esperanzas. Tengo una reina que encadenó mi corazón. Tengo hijos que son amigos. Tengo nietos y les daré consejos llenos de nostalgia.

Tengo lo que tienes, carne y alma
Tengo lo que tengo y me desborda
Lo que tengo es tuyo, un regalo
Lo tengo sin condiciones, acepta lo que tengo.




viernes, 18 de noviembre de 2011

DÍA DE CABALLOS


Los caballos de Huete no pastan en los potreros de su finca. Son caballos machines, vagabundos que permanecen en los callejones y a orilla de la carretera. Cuando te quejas con él solamente se pone a reír. Ya le dije: “me vas a pagar potreraje”, porque entran por el portón a comerse la grama que cuido permanentemente y dejan una marimba de cascos en la tierra que dificulta el corte de la misma. Hoy entraron cuatro veces y tuve que salir corriendo a tirarles piedras. Son mañosos, ninguno de mis vecinos los quiere, todos los ahuyentan. Como me mantengo atendiendo a mis clientes, al verlos me avisan y salgo disparado a correrlos.

Cuando hay desfile de hípicos, Huete es uno de los principales organizadores. Monta un bello semental, de paso elegante y bailador. A ese lo cuida como a la niña de sus ojos, lo baña, lo peina, le da su ración de concentrado, pasto de corte y lo mantiene desparasitado y vitaminado, pero a los otros los margina, son los chapiollos que ni siquiera les asigna un potrero en su finca y los odiados por sus vecinos finqueros porque se saltan los cercos y arrasan con todo lo que encuentran.

Huete se vive quejando en la Policía porque en varias ocasiones los roba ganado han destazado reses en su finca. A cada rato veo pasar su camioneta con policías para que miren la huesera que le dejan. Un día de estos le destazaron una vaca, le sacaron los lomos y le cortaron una pierna. Si los caballos se comieran, estoy seguro que los mantuviera encerraditos, cuidaditos y ordeñaría a las yeguas para vender la leche. Me tiene al borde, me hace perder la paciencia. Cuando les tiraba piedras, pasó uno del ejercito y le grite: “préstame el AK para matar estas bestias” y se puso a reír. También pasó Norvin, el que corta la grama con una guaraña y, al verme tirar piedras, dijo: “dales un escopetazo, para nada tenés esa sarrosa”.

Al rato se apareció Bayardo, mi vecino, montado en su caballo. “El colmo, pensé, más caballos” y me puse a leer con disimulo. “Patrón, venga”, dijo Bayardo. “Este quiere guaro”, pensé, porque a veces agarra una farra de hasta quince días que tienen que ponerle suero para que deje de tapinear. Acercó el caballo a las gradas del restaurante y me entregó un sobre. “Lo tienen asoleado esos caballos”, dijo. Abrí el sobre y lo leí. “Te invito a mi cumpleaños el día sábado 19 de noviembre a partir de las cinco de la tarde”. Lo vamos a celebrar, le dije. “Sí patrón, nos vamos a beber una caballada de guaro, cuidado no llega”, dijo, espueleando al caballo para salir al trote por el portón.

Hablé con mi amigo el juez sobre el asunto. “No vale la pena meterse a clavos por esas bestias”, dijo. La alcaldía municipal debería multar a Huete, encerrar los caballos y entregárselos hasta que pague, pero nadie hace nada. Otro amigo me contó que una vez hicieron una ofensiva contra los caballos vagabundos que provocan accidentes en la carretera. "Nos organizamos y salimos armados de noche hasta la curva. A cada caballo que nos encontrábamos lo palmábamos", dijo. Ya acumulé piedras para ahuyentarlos, así voy calentando el brazo y el codo para el cumpleaños de Bayardo.


Ronald Hill A.
Jueves, 17 de noviembre de 2011