martes, 8 de mayo de 2012

LA LOLA


Caminó hasta el fondo del comedor “Paulito” y vació en el barril situado al lado del lavandero las dos cubetas de agua que cargaba. Sus pasos eran pesados, torpes como los de un gigante que se balancea herido en sus rodillas, cubiertas con tiras de tela. Calzaba botas de guardias desamarradas y al avanzar provocaba un sonido seco con las lengüetas alborotadas. Sostenía su pantalón corto con un mecate y mostraba el pecho tras la camisa mal abotonada. El cabello ralo exponía el sudor de su amplia frente y sus ojos chirres enrojecidos brillaban en la tenue luz mañanera.

    ¡No jodás, sólo cinco pesos me vas a dar! —dijo enojado—. Su aliento etílico inundó el ambiente como bomba expansiva  y reveló la ausencia de dientes en su maxilar superior. — ¡Acordate que ayer me llevé el perro muerto que estaba allí! —agregó juntando los labios y moviendo la cabeza en dirección a la entrada del comedor sin moverse del frente de la mesa.

Víctor se levantó, sacó un billete de diez pesos de su cartera y al entregárselos su rostro se iluminó como el de un niño consentido después de recibir un premio.

    ¡Ahora sí!, ¡ahora ajusto para la media! —expresó con alegría y salió del comedor apresurado.
    ¿Quién es? —preguntó uno de los clientes después de saborear un trago de café de palo hecho al estilo salvadoreño.

Abraham Sánchez llegó a Nueva Guinea finalizando la década de 1970. Una tarde se montó en la parte trasera de un bus que salía de la COTRAN y comenzó a gritar “¡La Guinea!, ¡La Guinea!”, ayudándoles a los pasajeros a montar sus maletas. No descansó en el recorrido, el conductor quedó encantado por su amabilidad pero no le duró la alegría porque en el segundo viaje se quedó. “Recuerdo cuando lo conocí”, dijo doña Rita. Estaba en mis quehaceres, escuché un alboroto frente a la tienda y al asomarme vi que unos chavalos le gritaban “¡Lola!, ¡Lola!, ¡Lola cochona!, y él, enfurecido y desesperado, gritaba palabras que no podía entender mientras recogía piedras de la calle de macadán para tirárselas a los chavalos que lo apedreaban. “Dejen de apedrearlo, les grité, y salieron huyendo hacia el lado del mercado”, añadió Rita.
           
La gente lo consideraba un loco, un dundo y baboso, pero no lo fue siempre. Un medio día con el sol incandescente, cuando era chavalo y después de almorzar, fue a dejarle comida a un tío que limpiaba una parcela. Le entregó el morralito, tomó el machete con la intención de ayudarle y en un descuido lo cortó. Al ver la sangre daba alaridos, mientras el tío, enfurecido y chorreando sangre de su pierna, le dio varios golpes en la espalda con el canto del machete. Desde entonces padecía de dolores de cabeza y su comportamiento cambió, dejó de ser el mismo para siempre. “Los cambios de luna lo transformaban. Se volvía impaciente, hacia muecas raras y locuras propias de él”, explicó Daniel; agregó: “cuando estaba en su sano juicio era servicial, les hacía mandados a todos los comerciantes del mercado, recogía la basura y halaba agua desde el pozo situado en los terrenos de ENABAS”.
           
Comenzó a beber guaro con un tuerto que andaba en los buses apodado “Gallina”,  al que le decía “Lola” porque se rumoraba que era maricón. Con el tiempo a Abraham le pusieron ese mote y se enojaba cuando le gritaban “¡Lola!, ¡Lola!” Hacía recortes de fotografía de mujeres que salían en los periódicos y cuando venía al comedor me las mostraba diciendo: “Mirá, mirá, ésta es mi novia”, recordó Víctor. Era como un niño grande y le gustaba la buena comida. “Siempre pedía comida con salsa, lo que sea pero con bastante salsa. Disfrutaba del café, huevitos fritos y le encantaba el chile”, añadió doña Chilo, esposa de Víctor.
           
Caminaba con dificultad cuando sus rodillas se le hinchaban. “Aquí lo atendíamos, cocíamos hojas de aquel palo de mango que había en la esquina, se las poníamos como cataplasma en las rodillas y se quedaba dormido por horas en una silla”, explicó Rita. Luego se iba a recoger basura con un viejo borracho que le decían “El Abuelo” y como le pagábamos por ello se peleaban entre ellos. Eran tiempos en que el tren de aseo era deficiente, la alcaldía era casi nada en ese entonces.
           
El guaro lo degeneró progresivamente pero nunca dejó de trabajar. En el galerón de la parada se montaba en los buses que salen de madrugada y, en el recorrido hasta el rótulo de la salida, gritaba “¡Managua!, ¡Managua!, ¡Managuaaa!”, cargando las maletas de los pasajeros. Por ello los choferes le daban unos cuantos pesos que utilizaba para comprar su media de guaro y a las ocho de la mañana ya andaba borracho. Su parque era el sector del mercado y por las tardes se bañaba  en el salto del río El Zapote. Era conocido por todos los comerciantes y muchos de los campesinos que lo conocían le gritaban: “¡Abraham!, ¡Abraham!, ¿habrán frijoles éste año?”, mientras él, enojado, los seguía tirándoles piedras. “Quebraba vitrinas de los tramos y vidrios de los buses en su arrechura”, recordó Daniel sonriendo.
           
“Una tarde de viernes santo se apareció en mi tienda. Andaba borracho y se sentó en la silla quejándose de un fuerte dolor de cabeza y estómago. Le dimos agua para beber y luego agarró para el lado del mercado. Llegó al tramo de Vía Chica y se durmió en la acera con el sol dándole en la cara. Nunca volvió a despertarse, allí murió”, relata doña Rita. “Cuando me di cuenta que había muerto, después de llegar de río Plata a mi casa, hicimos una comitiva entre todos los del mercado y nos dispusimos a hacer los preparativos de su vela. La Policía lo llevó al hospital y gestionamos ante la alcaldía el ataúd. Entre todos recogimos con la ayuda del pueblo para hacerle la bóveda y Macolo hizo las verjas de hierro que la protegen. Lo velamos en el galerón de la parada de buses, los matarifes donaron carne y huesos para hacer sopa, la población nos llevó de todo y un gentío se aglomeró esa noche de viernes santo alrededor de la Lola. Su entierro fue frondoso, miles lo acompañamos hasta el cementerio la Gongolona”, explicó Daniel y añadió: “Siempre le llevo una corona el día de los muertos”.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Sábado, 05 de mayo de 2012

sábado, 28 de abril de 2012

"HAY FUTURO, LO ESTOY VIENDO"

Algarabía y entusiasmo es lo que percibí cuando llegue a la cancha multiusos de Nueva Guinea. El futuro revelado en los rostros de los niños y niñas, jóvenes y adolescentes que participaron en la FERIA DEL RECICLAJE realizada el viernes 27 del corriente mes.

Encontré a Pablo Britton sentado en una de las sillas, le di una palmadita en la espalda y al verme se levantó diciéndome al oído: "esto vale la pena, hay que reconocer las cosas buenas que hace el gobierno local", haciendo referencia a la nula participación por parte de las instituciones del Estado. Ni MARENA, ni INAFOR, ninguna de ellas estaba allí. Es que la ceguera partidista a ningún lado nos lleva, nos regresa al pasado, ese pasado violento que le arrancó los sueños y esperanzas a miles de jóvenes en la década pérdida y que ahora se muestra solapado como sombra que permanentemente nos acecha.

Ese entusiasmo y algarabía, reflejado en los participantes de la Feria, es el ingrediente mágico que debe perdurar por siempre para enfrentar los retos del futuro. Y son ellos, esos niños y niñas, los jóvenes y adolescentes los que se encargarán de ello. "Hay futuro, lo estoy viendo", le dije a Pablo y recorrimos los diferentes stand.

Les dejo la siguiente serie de fotos para que se deleiten y al final un vídeo para que los miren pintando sus cuadros. "Hay Futuro".

FOTOS DEL RECORRIDO:





















CHAVALAS CONCURSANTES CON TRAJES RECICLADOS:





VÍDEO DE PARTICIPANTES PINTANDO:



Ronald Hill A.
Sábado, 28 de abril de 2012
Nueva Guinea, RAAS.


jueves, 26 de abril de 2012

LA CITA DEL PAPELITO


Al sonar el timbre salimos al corredor del segundo piso, bajamos bromeando por las gradas del ala izquierda del edificio de madera y nos dirigimos hacia el parque. Caminamos por el andén hasta el kiosco, lo bordeamos por la derecha y nos encontramos a Sergio, recién bañado y perfumado, con los ruedos campanas de su pantalón volando al viento, chocando entre ellos al dar sus largos pasos por la prisa de baterillista trasnochado. “¡Clase de goma!”, le dijo Mariano; sin prestarnos atención siguió caminando hacia el edificio.

“¡Tres vigorones con sus respectivos vasos de chicha!”, dijo Alfredo desde adentro de la glorieta, mientras esperábamos sentados en los bancos con los codos descansando en la losa de concreto que lo rodea en sus tres costados. “El chivo”, así le decíamos a Alfredo, entró por la puerta trasera y saboreaba una porción mayor a la nuestra con un enorme vaso debido a que su mamá era la dueña del negocio. Al concluir, regresamos al Instituto Cristóbal Colón y compramos pijibay, escudriñando entre las panas tibias que las vendedoras colocaban sobre el muro del parque. Desde allí observé en lo alto a Mázate junto a Fernando y Dexter, hablando entre ellos de cerquita como secreteando y subimos de prisa al sonar el timbre.

El hermano José Cruz inhaló profundamente el cigarrillo, tiró la colilla al vacío, expulsó el humo moviendo sus labios al saborearlo y entró al aula sonriente con su caminar poético. En su juventud fumaba puros habanos en su Cuba añorada, pero sus cansados pulmones y la escasez de ellos en Bluefields lo obligaban a saborear cigarrillos Windsor. Borró la pizarra y todas las miradas se concentraron en sus nalgas: un tic nervioso provocaba que se alzaran, juntándose y masticando el pantalón por unos segundos, luego lo soltaba, volvían a elevarse para devorarlo nuevamente, pero nadie se burlaba. Escribió en la pizarra el tema del día, giró hacia el auditorio como tratando de descubrir miradas impertinentes, jaló la silla y, dispuesto a pasar lista, se sentó suspendiéndose en el acto con el rostro enrojecido. Sin pronunciar palabras se quitó el chiche que tenía adherido en la nalga derecha, lo puso sobre el escritorio, revisó la silla, volvió a sentarse y pasó lista con el auditorio enmudecido.

A mitad de la clase recibí un papelito doblado: “no te vayas, por la noche vamos  a Pointeen, al muelle de Martínuz”. Busqué su mirada pero escribía concentrada en el cuaderno, uno de los tantos que me prestaba para copiar apuntes y su letra clara, casi perfecta, la delataba. Guardé emocionado la nota como si se tratara de un compromiso inquebrantable e imaginé sus carnosos labios abiertos, su lengua traviesa, sus morenos pezones erguidos como velas alborotadas por la brisa de la bahía y sus nalgas sobre los cimientos de concreto del antiguo varadero, cuando el timbre me regresó al aula. “Vos fuiste”, le dijo Mariano a Mázate al bajar las gradas pero no respondió, se quedó calladito, silbando “fui, fuii, fuiiii” como que no se dirigía a él, pasándose el peine que siempre cargaba en la bolsa del pantalón con su mano derecha sobre el cabello negro, resplandeciente por la brillantina “para mí”. Bajamos las gradas del parque frente al Palacio Municipal y caminos juntos hasta el colegio San José. Nos despedimos al llegar a la casa de la familia Chávez, propiamente frente al colegio.

Eran días previos al desfile del catorce de septiembre y se escuchaba el sonido intenso de tambores y pitoretas que los alumnos entusiastas del San José provocaban en su hora de práctica. Sentado en el comedor la observaba bajar las gradas de la planta alta, vestida con el uniforme azul y blanco del colegio Moravo, sobresaliendo la insignia del manso corderito en su camisa, pero en ese instante, en alerta como el tigre del Colón, la vi diferente: llevaba puesto un short cortito mostrando sus largas piernas, sus caderas florecidas intentando reventarlo y cargaba en su mano derecha el bastón de palillona. “¡Hasta te estás babeando!”, dijo Adolfo al sentarse en la mesa. Angelina, su hermana, se sorprendió y mi rostro enrojeció. Ella sonrió y seguí con la mirada los movimientos marciales de su cuerpo colmado por el orgullo de ser la palillona más bella de la ciudad hasta que desapareció al cerrar el portón cubierto de malla ciclón. “Sos maldito”, le contesté y, al levantarse de la mesa respondió “te tengo una sorpresa”.

Regresó con dos varas de caña piña y me invitó al “Sesteo”, la cantina de su padre, ubicado en la avenida Patterson, contiguo al taller de “Gato Nelson”. Fuimos hasta la esquina del Club Chino, doblamos a la izquierda y  pasamos buscando a Mariano. “Vamos a hacer tareas”, dijo dirigiéndose al dacta López, su padre, quien leía el periódico en el comedor, y caminamos juntos hasta la cantina. Al llegar, Adolfo peló una vara de caña, le quitó los nudos, hizo cuatro trozos de cada gozne y los depositó en una pana. Del estante tomó un galón del mejor guarón de Bluefields y lo vació en ella. “Esperemos que se embeban, una media hora”, dijo. Me quedé viendo los trozos que giraban alrededor de la pana, flotando como “aguas malas” de la bahía llenas de gasolina alrededor del muelle de las pangas.

Media horas después, luego de haber ponchado varias canciones en la roconola, comenzamos a masticar y chupar los trozos de caña. Era la primera vez que lo hacía y quedé fascinado, no sentía el ardor del guaro fino recorriendo mi garganta ni al reposar en mi estómago, sino que su dulzura motivaba a seguir haciéndolo.  “Está buenísimo”, dije y Adolfo se dispuso a hacer lo mismo con la otra vara de caña. Cuando salí del Sesteo, a eso de las seis de la tarde, me sentí flotando entre el gentío que recorría la avenida y con disimulo entré con Mariano a su casa evitando la sala. “Voy a dormir una media hora”,  le dije en la habitación del fondo donde dormían los hermanos López y desperté cuando escuché la voz del dacta López; eran las seis y media de la mañana, recordé con un intenso dolor de cabeza la cita del papelito.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 25 de abril de 2012

lunes, 23 de abril de 2012

EL DERROCHE DE AGUA EN NUEVA GUINEA

El sistema de agua potable de Nueva Guinea, inaugurado en el año 1993, fue diseñado para abastecer a 1500 usuarios del “casco histórico” de la ciudad. Desde el rio el Zapote, ubicado al suroeste del casco urbano, mediante una represa se capta el agua que es bombeada a la planta de tratamiento y posteriormente a los tanques de almacenamiento para distribuirse por gravedad. Según la filial de ENACAL, durante el año 2011, desde el río se bombearon 1.74 millones de metros cúbicos de agua y 1.25 desde la planta a la red de distribución.

La planta de tratamiento es subutilizada. De diez floculadores cinco funcionan y dos de tres sedimentadores. Por el lavado de ambos se pierden 28,800 metros cúbicos (7,6 millones de galones) anualmente al ser vertidos a una quebrada sin retornar al rio. Esa cantidad equivale al 2.3 por ciento del agua tratada en el año 2011 y, si la restamos del agua bombeada desde el río, existe una diferencia anual de 463, 268 metros cúbicos (122.2 millones de galones) con el agua tratada y bombeada desde la planta, lo que significa que únicamente se distribuye el 72.9 % del agua extraída. La diferencia, el 27.1%, equivale a 3.2 meses de agua bombeada desde el río y 4.5 meses del volumen tratado y distribuido por la planta hacia los tanques de almacenamiento. ¿Qué sucede con esa cantidad de agua? ENACAL debe brindar las respuestas debidas.

De dos tanques de almacenamiento se utiliza uno con capacidad de 250 mil galones y una pila de 150 mil ubicados a 229 metros sobre el nivel del mar (msnm). Una vez llenos, el agua es distribuida a la población por gravedad y se precipita velozmente hacia las zonas bajas (menos de 205 msnm) tales como el sector de “la montañita”, la ultima calle ubicada al sur de las zonas tres, dos, el sector de las cantinas del río El Zapote y ciertos lugares de las zonas uno y cuatro.

En las zonas bajas el agua se derrocha; mantienen llaves abiertas las veinticuatro horas del día y negocian con ella mediante lavaderos de carros, camiones y raíces y tubérculos. Hasta que cierran las llaves y el nivel del agua sube, en horas de la madrugada, los habitantes que viven arriba de los 205 msnm (zonas 5, 6 y 7) logran, si es que les llega, almacenarla en baldes y tanques.

Actualmente se atiende a 4800 usuarios, de los cuales el 30 por ciento no posee medidor que controle su consumo. También existen centenares de familias conectadas ilegalmente a la red de distribución ocasionando altos niveles de desperdicio. Los “tubos madres” del sistema son antiguos y se rompen con facilidad, provocando fugas prolongadas debido a carencia de equipos y herramientas adecuadas para resolver situaciones de emergencia en pocas horas.

El caudal del rio tiende a bajar y para muchos la problemática se debe al cambio climático global. Desde la década de 1990, el río El Zapote ha sido objeto de intervención de varios proyectos para reforestarlo, capacitar a los productores y a la población de la colonia Los Ángeles, ubicada en la zona alta de la cuenca. Los resultados se observan solamente en informes de esos proyectos. ¿Dónde está el impacto de miles de dólares invertidos en la cuenca del río?

Para reducir el derroche del agua y garantizar sostenibilidad, ENACAL debe evitar pérdidas mejorando la gestión del agua extraída del rio, reciclando el agua vertida en la quebrada, regulando la distribución mediante llaves de pase y aplicando el peso de la ley en los usuarios derrochadores. De igual manera, es prioritario que brinde mantenimiento adecuado a la planta, aumente la capacidad de  almacenamiento con nuevos tanques ubicados a mayor altura para abastecer las zonas altas y fortalecerse con medios técnicos para resolver situaciones de emergencia sin suspender por días la distribución.

El gobierno municipal no está exento de responsabilidades y debe coordinar acciones con ENACAL para contribuir a resolver la problemática, aun cuando no le signifique ingresos, porque todos tenemos derecho a un servicio de calidad y sostenible, razón suficiente para que se involucre activamente en el marco de la ley 620, “Ley General de Aguas” y, en conjunto, generen conciencia ciudadana mediante programas de sensibilización sobre el valor del agua.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 20 de abril de 2012

martes, 17 de abril de 2012

NADIE MUERE POR UNA HERIDA, LOS HEMOFÍLICOS SÍ

Julián acordó con Isidoro, su vecino hacendado, limpiarle cinco manzanas de caña Japonesa que emplea picada para alimentar a las vacas que ordeña. No era aflicción, pero sentía algo raro, algo que daba vueltas en su cabeza recordándole el compromiso.  “Mamá, ya me voy”, le dijo a Juliana después de desayunar. “Lo espero con una sopita de frijolitos camagua”, le contestó desde el tenamaste ubicado en el fondo de la casa. “No olvides el galón de agua”, le gritó al verlo abrir la puerta de alambre desde el corredor. Julián regresó por el galón y le dijo “sos mi ángel de la guarda”, dirigiéndose de prisa hacia el cañal.

Pasó por la casa de Antonia dándole los buenos días con un santito, pretexto para ver a Marcela, recién bañada y con el uniforme azul y blanco, lista para dirigirse a la escuelita de la comarca. “Que te acompañe Julián”, le dijo Antonia. Apenas pasaron la primera curva, Julián y Marcela se tomaron de la mano. Julián abandonó la escuela para trabajar y ayudar a su madre en la crianza de sus tres hermanos menores desde la muerte de su padre. Marcela apenas tenía trece años y daba muestra de su pubertad con el florecimiento de dos pezones en sus pechos, aunque su cintura y sus nalgas daban la impresión de que poseía mayor edad. “Me encanta tu carita fresca y húmeda como una flor bañada de rocío madrugador”, le dijo Antonio cuando se decidió a cortejarla y, al verla sonreír, comprendió que sería para él. Tomados de la mano admiraban la naturaleza y al divisar la escuelita de Guinea Vieja separaron sus manos, despidiéndose con la promesa de que Marcela lo esperaría al salir de clases.

Julián entró al cañal con el sol brillando sobre los arboles de la cerca viva. Se empinó el galón de agua, tomó su lima cuchilla y afiló el machete. Decidido procedió a cortar, con un movimiento vertical del machete en ángulo de cuarenta y cinco grados de ida y vuelta, la densa maleza. Tras cada golpe del machete avanzaba con la velocidad adquirida a través de los años. Pensaba en Marcela. A las nueve de la mañana se detuvo y sació su sed bajo un árbol de acacia amarilla florecido. Volvió a entrar al cañal apresurado el corte de la maleza y golpeó un viejo tronco, limpió su alrededor y siguió avanzando. De pronto, con la destreza de tigre adquirida en el trabajo de campo, volvió la mirada, descubrió a un metro de sus pies una víbora terciopelo enrollada que se disponía a embestirlo, pero con su arte de espadachín le cortó la cabeza en el aire. En instante descubrió a su izquierda dos víboras enfurecidas que volaban hacia sus piernas y de un tajo les partió el dorso. Sintió algo caliente en su pierna izquierda y se dio cuenta que se había cortado con el machete.

Apoyado en una vara llegó gritando hasta la escuelita. Todos salieron al escucharlo y vieron su pierna bañada en sangre. Lucrecia, la maestra de multigrado, le dio aviso a Timoteo quien llegó en su moto mientras Marcela lloraba al lado de Julián. Lo montaron y se despidió de Marcela diciéndole “no te preocupes que en el hospital de Nueva Guinea me van a curar”. Timoteo se detuvo para darle aviso a Juliana, quien gritó horrorizada al verle el chorro de sangre: “alístese, espere la pasajera que voy para el hospital, allá la espero”, dijo Julián.

Lo atendieron de emergencia como a cualquier otro que acude por ese tipo de accidentes. Sentado en la banca, un manto de sangre se esparcía sobre el piso; al verlo, uno de los médicos lo cargó en hombros para limpiarle la herida. Tres horas después llegó su madre, iba acompañada de Antonia y Marcela. “¡Se va a morir!, “se me muere mi Julián”, decía Juliana. “Nadie muere por una herida”, contestó el joven médico. Le tomaron la presión arterial y el jefe de emergencias ordenó su traslado al hospital de Juigalpa donde descubrieron que padecía de hemofilia y lo trasladaron hacia Managua. Julián murió desangrado en el trayecto. A sus hermanos menores los sometieron al diagnóstico y descubrieron que padecían el mismo trastorno de coagulación de la sangre.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Lunes, 16 de abril de 2012

jueves, 12 de abril de 2012

SI LLOVIERA MARINERO, SI LLOVIERA


Si lloviera marinero, si lloviera
sobre la blanca espuma impregnada de salitre
de las playas que has hollado con tus huellas milenarias
una gota tan solo bastaría
para hacernos hombres nuevos
marinero, si lloviera.
  
                                    Si lloviera marinero
                                    si lloviera
                                    como llueve sobre el cálido caribe,
                                    una lluvia tan solo bastaría
                                    para hacernos pueblos nuevos;
                                    con las manos ahuecadas
                                    sobre el verde corazón huracanado,
                                    y las voces multilingües enigmáticas
                                    cantarían bajo el ritmo de tus costas,
                                    y las bocas anhelantes beberíanse la lluvia
                                    para hacer las vidas nuevas
                                    si lloviera marinero, si lloviera.

Si lloviera marinero
si lloviera,
un invierno tan solo bastaría
para ver nuestros pantanos,
los desiertos y las tierras agrietadas y resecas
anegadas como fértiles lagunas,
infinitos como arenas
se volvieran nuestros campos cultivados,
si lloviera marinero,
¡ay!, si lloviera.


Víctor Obando Sancho
"Los Hijos del Infortunio también sueñan, cantan, luchan y aman".
Poeta Caribeño. Bluefields.

martes, 10 de abril de 2012

VERANO


Planta amanecida con hojas marchitas
capullos ansiosos por el rocío de vida
ardiente sol invade el ambiente.

Lodo en tiempos de lluvia
polvo irritante nos asedia durante el día
agua fuente de vida escasa.

Transición hacia ella se observa
los árboles florecidos por instinto de sobrevivencia
canto de polluelos en nidos.

Tierra herida en sus entrañas
grietas como surcos en el suelo seco
mano depredadora es la causa.

Pocas gotas de agua bastan
cubeta en mis manos ahora te colman
flor amarilla agradece el gesto.

Agua por ti deseosos estamos.

Ronald Hill A.
La Colina
10/04/2012