lunes, 20 de agosto de 2012

UN BESO PLURICULTURAL

Al atardecer estaban sentados alrededor de una mesa de plástico frente a la playa. Provenientes de varios lugares se encontraron para festejar, con gastos pagados, el veinticinco aniversario de la organización en que laboraban. Era un día de semana, de esos en que los hoteles tienen bajo nivel de ocupación y brindan precios rebajados. Estaban eufóricos por el agasajo, una muestra de reconocimiento por su dedicación al trabajo y el crecimiento acelerado de la presencia institucional en diversos rincones del país. En diversas oportunidades se habían encontrado, pero esta ocasión era única: comida hasta la gula, ron y cervezas nacionales a cántaros, habitaciones de cuatro estrellas, playa desolada, piscina vacía  y tres días para festejarlo. 

En la mesa que compartían todos eran varones, probados en el trabajo sin ponerle peros a los obstáculos porque se movilizaban en moto por trochas lodosas, en panga bajo tempestades, en mula o a caballo, con el fin de atender a las comunidades con las que trabajaban. Salí a la playa, escuché sus risas y me llamaron. Eran ellos, los que siempre sobresalían en los encuentros.

    Tómate un trago — dijo Wilfredo ofreciéndome un vaso. Su largo brazo atravesó la mesa de extremo a extremo y José, sin que lo tuviera en mis manos, sirvió un trago de ron. Hilario agregó hielo y Juan me pasó el jugo de naranja.
    Siéntate, agarra aquella silla — dijo Gustavo abriendo espacio para que me acomodara.
    ¿Y Cañal? — pregunté.
    Allá está, tiene rato de estar en el mar —respondió Juan señalando la figura de Cañal que se sumergía entre las olas.

Brindamos, conversamos, reímos acompañados por el sol desvaneciéndose en el horizonte y Cañal salió del mar, escurriendo agua salada de su piel negra garífuna. Se acercó a la mesa y Wilfredo le sirvió un trago al strike. “Para que se te quite el frío”, le dijo. “Ahhh”, expresó al tomárselo. Nos estrechamos las manos y se sentó satisfecho.

    Estábamos hablando de vos —expresó José volviendo a ver a Cañal.
    Humm, nada bueno debe ser —respondió—. Dame otro fuckin trago. Con generosidad, Wilfredo le llenó el vaso que sin respirar vació Cañal.
    Hilario está celoso —le dijo Juan.
    No acepta ser tu compadre —agregó Gustavo.

Hilario se mostró incómodo, pasándose las manos sobre el cabello negro chirizo, pero Cañal, con su espíritu caribeño, se le acercó, lo abrazó sacudiéndolo en la silla, dijo “no seas fijado” y comenzó a relatar. Ella nos visitó en Kukra Hill y, desde que me vio manejando la panga, el brillo de sus ojos azules cambió. Nunca antes había visto a un negro como yo, aunque se rían. “Es cierto”, dijo Juan, ella se entusiasmó desde que lo vio. “Joder tío, necesito que me prestes tu cuarto, un espécimen exótico como éste no se encuentra en otros lados y pronto me voy”, me dijo con urgencia después de cenar, casi rogándome. Cuando amaneció, estaba sola, desnuda en la habitación y Cañal había desaparecido”, concluyó Juan ante la expectativa de todos.

    Déjate de pendejadas y contá de una vez lo que pasó —reclamó Hilario.
    Buay, si lo cuento, te vas a enojar conmigo —respondió Cañal.
    Aquí nadie vota la gorra —aseguró Wilfredo. Cañal regresó a su silla y continuó su relato.

Ustedes saben que nosotros los garífunas somos tímidos y por eso esperé que todos estuvieran dormidos, hasta el vigilante. Al entrar en el cuarto la encontré desnudita, recién bañada, iluminada por la luz de una candela. Me quitó la ropa apresurada y de un empujón me tiró en la cama. Caí boca abajo, se me echó encima, abrió mis piernas y de pronto sentí una cosa que nunca antes en mi fuckin vida había sentido: con su lengua me chupó, me taladró, el cuerpo se me puso como erizo de mar, la mente en blanco, me flaquearon las piernas y me desmayé.

    ¡Te hizo el beso negro! —exclamó José.
    El anilingus, para ser exactos —refirió Gustavo con tono científico y todos, menos Hilario, rieron a carcajadas.
    No jodas Hilario, la cagaste todita —dijo Wilfredo. — La besabas con desesperación, como chavalo quinceañero —agregó.

Hilario no dijo nada, se levantó de la mesa y se aproximó a Cañal, quien, en alerta, se levantó rápidamente de la silla y se quedaron viendo, como reconociéndose ante la expectativa de todos. “Somos hermanos, un besito no mata a nadie”, le dijo Cañal y se abrazaron mientras reíamos al verlos indiferentes ante lo que les había sucedido. No se volvieron a separar, pasaron los dos días restantes juntos en el desayuno, en la playa, almuerzo y cena. Cuando salimos del hotel seguían sin separarse y, al despedirnos, Juan dijo “mira lo que es capaz de hacer un beso negro, unir a un indio de Masaya con un negro garífuna de Laguna de Perlas”. “Un beso pluricultural”, agregó Gustavo.

Ronald Hill A.
Miércoles, 15 de agosto de 2012

martes, 14 de agosto de 2012

RECUERDOS ENTRE PARENTESIS, DE CUMPLEAÑOS

Hoy cumplo cincuenta y cinco años. ¡Cómo pasa el tiempo! Volviendo la mirada al pasado, compactando las etapas vividas, sin lugar a dudas, la infancia y adolescencia en mi puerto querido, y la actual son las mejores. ¿Y las otras?, se preguntarán. Las encierro en un paréntesis de gratos momentos aún cuando se desarrollaron entre las convulsiones eufóricas de este país ardiente, que como sus volcanes despierta cada cierto tiempo en erupciones catastróficas para comenzar de nuevo.

Me acompañan por siempre la brisa del mar, su arena y sus azules olas. En las noches de insomnio despejo mi mente y duermo hasta materializar la imagen de la bahía de Bluefields, observando en el horizonte, desde el corredor de la casa de mis padres, el apacible oleaje frente a la isla de Miss Lilian y su inseparable isla chiquita. En este día siempre están vivos mis abuelos Felipe y Manuela; tanto a mis hermanos como a mí, nos despertaban en el día de cumpleaños reventando pólvora, tirando cohetes chinos y, luego de celebrarlo con mis padres, cruzaba el patio, una división imaginaria, para acudir donde ellos.

Trabajaba más allá del horario establecido, con la firme convicción que el esfuerzo y esmero son ingredientes necesarios para transformar la realidad. Mis compañeros y compañeras de entonces me sorprendieron: al salir de la oficina me llamaron a un auditorio y los encontré alrededor de una mesa con la cena servida, el pastel con una candela encendida y botellas de ron para celebrar mis cuarenta años. Me encontraba lejos de la familia, mi mujer y mis hijos y, sin poder evitarlo, lloré de alegría. Conservo la foto y nunca olvidare ese detalle por parte de ellos.

Al cumplir los ansiados cincuenta la celebración duró varios días hasta culminar rodeado con mis amigos de siempre y sus familiares. Con ese entusiasmo, con ese espíritu de celebrar la vida, hoy aplaudo la barba blanca y las primeras canas en mi cabello negro que “parecen rayos plateados”, dice Emilce, herencias de mi padre y madre. Los celebraré en la tranquilidad de mi casa, bajo la sombra de los árboles de Caoba que un día planté, rodeado de mis seres queridos, los recuerdos de aquellos que en este largo camino estuvieron a mi lado y se han ido, y los que vuelan sin cesar buscando una rama que los proteja.

Poco a poco, palabras acomodando palabras, párrafo a párrafo, sin prisa porque la vida se acaba, compartiré con ustedes los recuerdos guardados entre paréntesis. ¡Salud!

Ronald Hill A.
La Colina
Día de cumpleaños.

viernes, 10 de agosto de 2012

MI TÍA MERCHÚ


Probablemente muchos de ustedes se la toparon por el andén, en la iglesia, en labores comunitarias o, simplemente, la vieron al pasar por su casa  en donde todas las tardes sacaba una mecedora de la sala y se acomodaba en el corredor frontal a admirar el paisaje de la bahía, disfrutar la brisa marina que fluía sin atascos desde la playa del Tortuguero, sosteniendo amenas pláticas con los visitantes que al verla se desviaban del andén principal. Acompañaban sus atardeceres el resplandor de los rayos de sol sobre el inmenso techo rojo de la aduana, el verdor de la bahía, la estela de espuma esparcida por el constante cruce de las pangas hacia Bluefields con su cerro azul dominado en la cúspide por bandadas de nubes blancas, y el verdor de las islas de El Venado y Half Way Cay. Satisfecha encendía un cigarrillo cubierto del filtro por una boquilla para eliminar las impurezas que quebrantan la vida y escuchaba con suma atención los problemas que le exponían sus visitantes enumerando múltiples motivos de queja; mi tía Merchú, al escucharlos atentamente, se entristecía, los sufría, pero siempre tenía motivos de esperanza y ayuda para ellos.

La comida que preparaba mi tía Merchú era exquisita, agasajaba a su familia con manjares de mar y tierra. Para los días festivos, mi sitio preferido era su cocina y, en los comunes, su presencia en la mesa enriquecía con su ánimo los platos que preparaba: panes, dulces, lomos rellenos, mariscos, jamones, nacatamales, todos una delicia. Cuando pasaba por el andén a la hora del almuerzo o la cena, escuchaba el festín de tenedores, cuchillos y cucharas sobre los platos de china y, al verme bajo el umbral de la puerta del comedor, sonriente me ofrecía una silla. “Este chavalo no come en la casa porque dice que tu comida es más rica, aunque sólo sean frijoles”, le decía mi mamá y sonreía.

Por las noches, nos esparcíamos en la sala de su casa alrededor del televisor para ver la telenovela del momento y, en eventos especiales como el alunizaje del Apolo XI o las peleas del Alexis Arguello y Mohammed Alí, a todos los chavalos nos acogía manteniendo con sutileza la armonía. Siempre estaba al tanto de las noticias, de la entrada y salida de los barcos mercantes y de los adelantos de la ciencia y la tecnología. Pero mayor atención prestaba a las festividades religiosas que se desarrollaban en la pequeña capilla promoviendo su organización: la procesión del viacrucis; la peregrinación de la virgen del Carmen, patrona del puerto, desde Bluefields; las kermeses para recaudar fondos, los novenarios, las primeras comuniones, las misas navideñas, los rezos para los difuntos y los bautizos con los que ganó el record de tener el mayor numero de ahijados en el puerto.

Cuando triunfó la revolución, se involucró en tareas por el bien de los habitantes del puerto: promovió las jornadas de salud; también la distribución equitativa y oportuna de alimentos, sin permitir el insolente acaparamiento; la luz del saber en los analfabetas, sin darse cuenta por su esmero que el mundo a su alrededor se desmoronaba poco a poco hasta que el huracán Juana destruyó sus cimientos. Con el mismo espíritu y compromiso, asumió la tarea de reconstruir la vida de otros para que pudieran levantar su techo organizando brigadas de autoayuda y pegando bloques tras bloques.

La fuerza de su espíritu, su alma generosa y sus sueños de vida mejor para otros se truncaron cuando Felipe  Alvarez, mi tío, falleció en el año 1998; quedó solitaria, sus hijos, como aves, habían levantado vuelo, sin percatarse que en su cabello fino florecían canas sufriendo en soledad. Emigró a su natal Ostional para aligerar sus penas al lado de su familia, viajó a Corinto y finalmente se asentó en la casa de Rafael, su hijo, el amante de la mar y el rio.

El mal de Parkinson la atacó, pero no logró doblegarla: mañana y tarde, bajo el corredor izquierdo de la casa, elevaba plegarias al cielo con el rosario en mano. “Cómo están los muchachos, cómo está Indiana, cómo está Tony, ¿y los nietos?”, siempre preguntaba en mis frecuentes visitas. La mirada se le nubló y frente al féretro de Rafael, en la silla de ruedas y con su inseparable rosario, el corazón desintegrado y lágrimas de dolor rodando en sus mejillas, rogándole al Señor decía: “por qué te llevaste a mi hijo, mejor me hubieras llevado a mí”. El 31 de Julio, a las 8:50 de la noche y a la edad de 87 años, sus ruegos se hicieron realidad: un ejército de ángeles acudió a su lecho y sobre una luz cegadora la elevaron a los cielos.

Muchos pensarán que tu vida, tía Merchú, fue efímera, un esbozo desdibujado que casi no llegaste a vivirla en plenitud y sentirán, como de muchos otros, lástima de ti; lástima como la que han sentido las madres por sus hijos que transitan en senderos equivocados, los hombres perdidos, los viejos abandonados que mendigan, los pobres llenos de rencores y los ricos egoístas. En la justa balanza, ¿quién pesará más que mi tía Merchú?, ¿quién más méritos que tú? Seguro estoy, tía Merchú, que en el cielo los ángeles pedirán tu ayuda y, como en vida, les ayudarás eternamente satisfecha.

Ronald Hill A.
La Colina.
Miércoles, 08 de agosto de 2012

miércoles, 8 de agosto de 2012

DIOSA CUBIERTA DE ESPUMA


El reflejo en el piso de baldosa de la media luz emitida por la lámpara ubicada en la mesa, el ritmo de la música instrumental fluyendo a través de los parlantes adaptados a la microcomputadora y la cama king size volvían la habitación pintada de color nácar en un espacio que invitaba a los excesos, aunque nunca se había percatado de ello, hasta esa noche. Sus días y horas en soledad transcurrían motivados por lograr lo imposible para otros: empecinada en el cálculo económico, revisando fórmulas inventadas por su ingenio, el presupuesto del año venidero, indicadores y resultados, costo y beneficio, fichas de proyectos y borrando errores en las hojas impresas.

La percibí relajada cuando abrió la puerta. “No te esperaba tan temprano”, dijo volviendo a ver su reloj de plata satinada que hacía un llamativo contraste en su piel morena. “No importa, ya estoy terminando, puedes pasar”, agregó. Calzaba chinelas de playa, un pantalón deportivo azul de lana y una blusa blanca sin mangas que destacaba la cadena del mismo metal sobre la semicuenca de sus pechos. El cabello largo lo llevaba recogido por un moño. Al dar la vuelta para ofrecerme una mecedora ubicada frente al closet, observé su largo y frágil cuello, sus movimientos de gacela nerviosa.

“Siéntate, déjame arreglar estos papeles”, expresó luego de cerrar la puerta y abrió en mi destellos continuos de pensamientos tras cada uno de sus gestos. “Si estás incomoda te espero en la recepción”, le dije deseando que lo negara. Regresando la mirada, inclinada sobre la mesa con su rodilla derecha sobre la silla, mostrando su esplendida cadera, con una sonrisa, lo hizo: “No, tranquilo. Voy a ducharme, dame unos minutos. Puedes encender la tele”. Recorrí todos los canales; mis sentidos se filtraron en su intimidad hasta ver su imagen reflejada en la pantalla mientras caía un vendaval en la ciudad que siempre se inunda.

El agua tibia estremeció su cuerpo y se aproximó al intenso torrente introduciendo en alerta su pie derecho. Con determinación expuso los pechos sobre el caudal, sus pezones morenos se irguieron como flor ante rayos de sol mañanero, se estrujó con ambos brazos y movió lateralmente la cabeza evitando empapar su cabello. Giró en torno a la ducha hasta quedar frente al sudado espejo. Tomó el jabón de avena, lo frotó entre sus manos y acarició su cara en círculos con la yema de los dedos. Volvió a la ducha introduciendo la cara, restregó con delicadeza su abdomen, cadera y piernas; su piel brotó como espiga de diosa cubierta de espuma. Se secó con la toalla, desempañó el espejo y al verse mostró una sonrisa de gozo. “Qué elegancia, qué goce”, pensé con envidia pendiente de la puerta y sus imágenes desaparecieron cuando salió con la toalla cubriendo su cuerpo.

“Viste, no demoré demasiado”, dijo al dirigirse al closet y sentí la fragancia de su cuerpo. “Está lloviendo”, dije sin volver la mirada. Tras unos segundos de silencio contestó: “no es buena idea salir, podemos pedir la cena y me ayudas a revisar lo que me hace falta”. Se dirigió al espejo de la habitación con el mismo atuendo, se quitó el moño y peinó su cabello. “Lista”, expresó y nos quedamos viendo sin decir palabras.

Ronald Hill A.
La Colina
Domingo, 29 de julio de 2012

viernes, 27 de julio de 2012

EL DESARROLLO EN TERRITORIOS TITULADOS DE LA COSTA CARIBE

La economía en los territorios titulados de la Costa Caribe no es homogénea, pero poseen rasgos afines que determinan una racionalidad económica común: se caracterizan por el asentamiento humano de familias (misquitos, sumos, mayangnas, ulwas, ramas, afrodescendientes y mestizos) en una propiedad comunal, explotada por sus integrantes conforme a una lógica productiva orientada a la satisfacción de sus necesidades de consumo y a la reproducción de sus condiciones de existencia; suelen articularse a nivel local en alguna forma de comunidad más amplia que las inserta en una estructura comunal, micro-regional y regional, con base a complejas y diferenciadas relaciones económicas, sociales y culturales.

Sus integrantes realizan diversas actividades en todos los aspectos y diferencias estacionales que se dan en la parcela; el pastoreo y crianza de ganado, aves y cerdos; la preparación y conservación de alimentos y bebidas; el mantenimiento y mejora de instalaciones; el aprovechamiento de los recursos del bosque; la caza y pesca; el tejido y labores artesanales; las operaciones comerciales, de intercambio y reciprocidad; el cuidado de los enfermos, la educación de los niños y la participación en actividades ceremoniales y sociales.

La gestión la ejerce el jefe de la comunidad, pero con amplia discrecionalidad por parte de las personas responsables de las diferentes funciones y tareas. El factor tecnológico está entrelazado con el hábitat, las costumbres y la cultura, y se manifiesta en el saber práctico sobre cultivos, crianzas, clima y medio ambiente, compartido por las distintas comunidades y que se transmite de generación en generación por vía oral y ceremonial. Los medios materiales se asientan todos sobre la tierra poseída y no son valorados, cambiados o desechados por la rentabilidad y ganancia, sino en cuanto a medios de vida con los que se establecen vínculos de pertenencia, afecto y reciprocidad.

Bajo estas condiciones, pareciera que no experimentan dinámicas de expansión y desarrollo, o que sean muy lentos y apenas sujetos a cambios observables. Si existe dinámica economía, ¿cómo se explica que se mantengan en la pobreza y no experimenten un desarrollo humano y social efectivo? El subdesarrollo y pobreza es atribuible al hecho que las formas económicas capitalistas los llevaron a una integración parcial y subordinada en los mercados modernos, al mismo tiempo que mutilaron y desordenaron sus formas tradicionales, con el resultado que no han llegado a contar con los beneficios y oportunidades de aquellas ni de éstas.

El nivel y calidad de vida, evaluado no en términos de la posesión de dinero y productos sino conforme a parámetros de satisfacción personal y social de necesidades, de autonomía y control de las propias condiciones de vida, y de integración social, eran sin duda superiores cuando sus formas económicas distintivas se desplegaban coherentemente sin interferencias de la modernidad, a cuanto lo son ahora.

Esas interferencias han consistido en invasión de los territorios, expropiación de tierras, exterminio militar, imposición de tributos expoliatorios, sustracción de la riqueza acumulada (bosques, recursos marinos, metales preciosos), en la introducción de enfermedades desconocidas para ellos y en exigencias de adaptación a ordenamientos jurídicos que no corresponden a sus formas de vida, a su cultura ni a su organización económica. Sin esas interferencias, después de siglos transcurridos, se hubieran podido desplegar procesos de expansión y diversificación económica que los habría llevado a alcanzar niveles y calidad de vida superiores a los que tienen actualmente.

Con las tierras bajo el dominio y posesión de los pueblos indígenas, cabe preguntarse sobre su futuro desarrollo. La demarcación y titulación es un esfuerzo de muchos otros necesarios. Es preciso recuperar sus valores e identidad cultural lo que se vincula estrechamente a la revalorización de formas de trabajo, tecnología, organización, distribución y reproducción económica que objetivan dichas culturas; formas económicas que se distinguen por consistentes elementos comunitarios y de integración solidaria.

Para que tengan proyección de futuro y contribuyan al desarrollo, es necesario que la revalorización de las formas de organización y de los contenidos fundamentales de la racionalidad económica que le son propias se efectúe, no negando ni contraponiéndose radicalmente a la modernidad, sino aprovechando todos aquellos contenidos que puedan creativamente asimilar y hacer propios sin interferencias nefastas.

El encuentro de esas búsquedas autónomas es el camino para que dichas potencialidades puedan desplegarse eficazmente con el contacto, intercambio de experiencias y el establecimiento de relaciones económicas reales entre esos pueblos y otros grupos humanos que convergen hacia una racionalidad económica similar fundada en la solidaridad y el trabajo.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Lunes, 23 de julio de 2012

jueves, 19 de julio de 2012

LOS NACATAMALES DE JUANITA

Juanita Betancourt tiene más de quince años de elaborar nacatamales en Nueva Guinea. En Managua aprendió y, al trasladarse a esta ciudad, los siguió haciendo. Con su trabajo, cuatro veces al mes los elabora, produce 1000 nacatamales, lo que le permite mantener su casa y a su familia, entre ellos, dos hijos con capacidades diferentes.

En este vídeo te presento a Juanita y el trabajo que realiza. La cena de hoy fue uno de esos deliciosos nacatamales con una buena taza de cafecito. Mira el vídeo dando click.



lunes, 16 de julio de 2012

ANTE LAS DESGRACIAS NOS UNIMOS

Cuando un miembro de nuestra comunidad, un amigo, un familiar o simplemente un conocido tienen problemas, acudimos para tenderles la mano, ponernos a su disposición, para ayudarle en la medida de nuestras posibilidades. Las desgracias nos dejan perplejos y nos unen.

El pueblo de Nueva Guinea, conformado por los campesinos que labran la tierra, los ganaderos, los comerciantes, los trabajadores por cuenta propia, los técnicos y profesionales, es inmensamente solidario. La adversidad ha sido su escuela, han aprendido por los golpes sufridos que dejó una guerra entre hermanos, por huracanes, inundaciones y desbordes de los ríos.
           
En los últimos días, la desgracia provocada por torrenciales lluvias se hizo presente en la comunidad de Puerto Príncipe, ubicada a unos 45 kilómetros al sureste del casco urbano. El río Chiquito se desbordó, provocando que muchas casas quedaran cubiertas por la furia del agua, y resultaran evacuadas y damnificadas más de doscientas cincuenta familias. El pueblo de Nueva Guinea no se hizo esperar y, mediante un hablatón organizado a la urgencia del caso, apoyó como siempre con víveres, ropa, calzado y otros enseres de uso personal.

El alcalde municipal, Denis Obando, y los miembros que conforman el Comité Municipal de Prevención y Mitigación de Desastres Naturales (COMUPRED) se unieron para atender la emergencia. Allí, en el lugar del desastre, ante la adversidad de la gente, al fin se pudieron reunir las instituciones del Estado que por ley deben integrar esa instancia local, presidida por el alcalde militante del Partido Liberal Constitucionalista (PLC). Al fin pudieron coordinar acciones, sandinistas y liberales con sus aliados, para atender a la población afectada. Es su deber y es de esperarse que lo hagan. Nada tiene de raro, pero en el caso de Nueva Guinea, las instituciones del Estado y el gobierno local, caminan como cuando se encuentran dos enemigos: evitan el encuentro cambiando de acera desde que se divisan en la distancia, sin ni siquiera intercambiar miradas.

Si en condiciones normales, en el quehacer diario, el gobierno local y las instituciones del Estado trabajaran de la misma manera, coordinados, reconociéndose ambos como actores vitales para impulsar el desarrollo económico y social, Nueva Guinea avanzaría por otros senderos. La imagen deseada del municipio, construida por todos y todas, únicamente se puede establecer mediante relaciones de integraciones bilaterales, complementarias, formando con ellas distintos caminos para construir una nueva realidad, un futuro mejor lleno de esperanzas, seguridad, libertad e igualdad.
            
Nueva Guinea posee el potencial para convertirse en “la luz en la selva” de Nicaragua. Para ello es urgente que los funcionarios de las instituciones del Estado y el gobierno local se quiten la venda partidista que les nubla el actuar, guiados por slogans vacíos de derecha e izquierda.

Los políticos locales tienen un gran desafío. Trabajar unidos por un pueblo que desea el progreso, la paz y el desarrollo. El reto es enorme, pero la próxima contienda electoral por ocupar la silla edilicia nos mostrará quién es quién y podremos elegir al mejor de ellos porque ante las desgracias nos unimos.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 13 de julio de 2012

miércoles, 11 de julio de 2012

LOS CHINOS EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA

Chinos reunidos frente a su club social (Bluefields, 1930).
Los chinos llegaron por primera vez a la Costa Caribe de Nicaragua en la última parte del siglo diecinueve; la mayoría de ellos se establecieron en ciudades como Bluefields, Laguna de Perlas, El Rama, La Cruz de Río Grande, Waspam y Puerto Cabezas. Tres factores incidieron en el proceso de inmigración china: el descubrimiento de oro en California en 1848, la construcción del ferrocarril transcontinental en Estados Unidos de Norteamérica entre 1865 y 1869, y la construcción del ferrocarril interoceánico de Panamá entre 1850 y 1855. Los principales motivos que provocaron la emigración de los chinos fueron una serie de guerras (guerra del opio de China con Inglaterra entre 1838-1842), rebeliones y desórdenes civiles, así como inundaciones, hambrunas y sequías que hacían difícil la vida en China.

Según Eddie Kühl Arauz, en su libro “Nicaragua: Historia de Inmigrantes”, al recibir la noticia sobre el descubrimiento del oro en California, muchos chinos de la provincia Cantonesa de Kuangtung viajaron en grupos de amigos de la misma villa a Hong Kong donde se embarcaron hacia California. “La mayor parte de ellos pedían dinero prestado a sus familiares o agencia para el viaje con el acuerdo de pagarse una vez estando en California. Les llamaban “coolies” por el hecho de llegar con este tipo de contrato de trabajo. Desde 1849 empiezan a llegar chinos a California atraídos por las minas y los trabajos anexos ligados a la extracción de oro. En 1852 llegan los primeros 195 contratistas de mano de obra china a Hawái, quienes enganchan a más de 20,000 chinos que llevan a California. En 1865 la compañía de ferrocarril Central Pacific Co., empieza a engancharlos para la construcción del tramo entre Santa Fe y San Francisco que fue completado en 1869”.

La construcción del ferrocarril de Panamá se inició en 1850 y el primer tren de pasajeros recorrió más de la longitud total el 28 de enero de 1855; su infraestructura fue vital para la construcción del canal de Panamá a través de una ruta paralela medio siglo después. Los obreros que trabajaron en la obra provenían de Estados Unidos, Europa, China, las Antillas, incluyendo algunos esclavos africanos.

La ruta de tránsito de los chinos hacia la costa Caribe de Nicaragua fue desde California hasta Nueva Orleans por tren y de allí se embarcaban en ferry bananeros con destino al puerto de El Bluff. Muchos llegaron directamente desde Jamaica y otros, después de asentarse temporalmente en Greytown, se trasladaron a Bluefields. La entrada por la costa Caribe era mucho más fácil porque había menos controles migratorios. “En la costa Caribe nicaragüense, el Gobernador General Duarte, por decreto # 31 del 4 de junio de 1895 basado en el articulo 17 de la Constitución de 1893, prohibió el desembarque de inmigrantes chinos en la llamada Costa Atlántica. Posteriormente encontraron maneras como evadir esta medida pagando cuotas por su entrada al país” (Kühl, 2007). En su libro Oral History of Bluefields, Hugo Sujo Wilson señala: “Algunos de los ancianos de Bluefields todavía recuerdan cómo solían traer a los chinos de contrabando. Afirman que algunos de los chinos vinieron en barriles y que a veces hasta los lanzaban al mar cuando había posibilidad de que el barco fuera registrado por personas inconvenientes”.

En 1925 solicitan naturalización el señor Wah Kan Sin, residente en Bluefields, y el señor Juan Ow, residente en la Cruz de Río Grande. En Prinzapolka vivían Willy Lam, casado con María Herrera, y Francisco Onsang, casado con Judith Mendoza (Kühl, 2007).  Después de llegar y establecerse se involucraron en casi todo lo que generaba dinero: exportación, importación, venta al por mayor, venta al por menor, restaurantes, bares, lavanderías, fábricas de ropa, fábrica de jabón, estudios fotográficos, fábricas de confites, fábricas de galletas, transporte y juegos de azar. Fueron los primeros en introducir a Bluefields la mini lotería, conocida hoy con el nombre de “duqui” (Sujo, 1998).

En 1938 el cónsul chino era Zeenag Teh Ing. Ese mismo año, sólo en Bluefields habían 30 negocios chinos (Kühl, 2007). En los días florecientes del predominio comercial chino en Bluefields, la gente mayor todavía recuerda las grandes celebraciones públicas anuales del Kuomintang, el partido republicano fundado por el Dr. Sun Yat-sen el 11 de octubre de 1912. En esas ocasiones repartían en la sede de su club paquetes de dulces a todos los niños que asistían al evento, desplegaban una impresionante cantidad de fuegos artificiales y hacían que un dragón artificial se tragara a una dama, lo que era impresionante para todos los espectadores. Desde los días en que prácticamente todo el centro comercial de Bluefields pertenecía a los chinos, todas las tiendas permanecían abiertas de noche hasta las ocho de lunes a viernes y hasta las nueve los sábados. En aquellos días, la ciudad presentaba un aspecto alegre con todas las luces de las tiendas y las calles atestadas de gente: algunos comprando y otros paseando. La esquina de Wing Sang era la más popular de noche, allí se reunían los hombres para chismear y ponerse al día de las noticias (Sujo, 1998).

Las primeras generaciones de chinos formaban un grupo cerrado; no se mezclaban mucho con la población local. Como inmigrantes en tierra extraña, eran muy unidos; toda disputa era arreglada entre ellos mismos, nunca acudían a las autoridades locales por asuntos relacionados con uno de sus paisanos. Los chinos más viejos, después de establecerse, y cuando tenían la posibilidad económica, mandaban a la China a traer a sus esposas que habían dejado atrás o pedían esposas por correo. Esto se hacía, entre otras cosas, enviando retratos de sí mismos junto con sus pedidos. Pero algunos de los más pragmáticos simplemente se unieron con una de las mujeres locales, con o sin matrimonio. La mayoría de la generación más joven, tanto hombres como mujeres, comenzaron a casarse con personas de la localidad, a veces aun en contra de la voluntad de sus padres (Sujo, 1998). Siendo la mayor parte de los inmigrantes varones, muchos de ellos encontraron en las atractivas mujeres nicaragüenses la pareja ideal para compartir su dedicación al trabajo, al estudio y a la familia;  una de las razones por las cuales la raza china reproduce uno de los mestizajes más interesantes de Nicaragua. 

En Bluefields, algunos miembros de la comunidad china llegaron a ser bien conocidos y populares por motivos especiales. Había un chino llamado Chow Wing Sing que acuñaba sus propias monedas, según Luis M. Chong (2011). También estaba el Sr. John Fong, llamado “Jack” por sus amigos de la ciudad, quien era una atleta multifacético: jugaba baloncesto, balompié, tenis, voleibol y, cuando estaba demasiado viejo para ello, patrocinaba diferentes equipos. Otro personaje era Pim Poy,  tenía un pequeño restaurante, vendía comida muy buena y barata. Tres chinos que eran “verdaderos agricultores”, abastecían con una gran variedad de  verduras de calidad a la ciudad: Mantalón que vivía en Old Bank, así como Chow Ping y Cua Ho que vivían en Punta Fría (Sujo, 1998).

Los jóvenes de esa época se burlaban de los chinos haciéndolos pasar momentos desagradables; se burlaban de su manera de vestir, su manera de comer y de hablar, se mofaban de ellos y hacían toda clase de travesuras, hacían cualquier cosa para enojarlos, porque para ellos la cosa más divertida era oír a los chinos maldecir y pronunciar algunas de las obscenidades locales (Sujo, 1998).

¿Cuál es el legado que la inmigración de los chinos dejó en la Costa Caribe de Nicaragua? Contribuyeron en el abanico multicolor del mestizaje, enriqueciendo con su sangre la multietnicidad y pluriculturalidad de la costa Caribe. Enriquecieron los aromas y sabores de la comida caribeña, lo que perdura para el deguste de las nuevas generaciones. Trajeron ilusiones y sueños que convirtieron en realidad a pesar de la adversidad y nos sirven de ejemplo de que con esmero, disciplina y dedicación se puede salir adelante. Es por ellos que cuando te relacionas con un descendiente de aquellos primeros chinos de apellidos Lau, Sujo, Chang, Cheng, Woo, Siu, Kuan, Chow, Chiong, Wong, Samqui, San-Cam y otros, se puede ver el orgullo en sus rostros.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 08 de julio de 2012